Les dije a mis amigos que existía un lugar seguro. Los interrumpí y se los juré. Estábamos reunidos, todos sentados alrededor de una mesa redonda viéndonos las caras como si fuésemos estatuillas desnudas que se auscultaban unas a otras. Lo dije y entonces se callaron y me miraron como si fuese un cojudo, cosa que no me sorprendió dado que ya había tenido otras señales a lo largo de esa misma noche de que opinaran aquello, cosa que tampoco resentí tomando en cuenta la coyuntura, contenta y lubricada, en la que yo introducía un enunciado que no era sólo un enunciado sino que también algo seco y ancho y poco propenso a fluir a lo largo de cualquier tipo de tracto elongado, algo como una roca atascada en una manguera. Lo supe así, áun así lo dije, así cuando lo dije era de noche, departíamos contentos y de pronto yo había creído entrever, emborrachado por el vino, una estancia paradisiaca donde un manantial enorme y en forma de vientre derramaba un líquido escarlata sobre bowls hechos de chocolate obscuro y donde, a gusto de cada uno, además ese líquido escarlata sabía tranformarse en cualquier otro líquido, fuera ideal o concreto, y ese chocolate transmutarse en cualquier otro sólido. Lo había entendido así y me había sonreído con esta visión.

Inmediatamente José me habló de mujeres. Yo le respondí que habían muchísimas mujeres en ese lugar, miles de mujeres de todos los tamaños, altas y tetonas, chatas y sin tetas, chatas y con tetas, altas y con tres tetas… en fin, todo tipo de mujeres. El replicó que quizás no eran tantas. Yo estuve rápidamente de acuerdo. Recapacité y supe que tan solo había atisbado el lugar a través de una borrachera, y todos sabemos que una borrachera no es como una ventana: en realidad una borrachera es como el hoyo en una cerradura. Pongamos que el lugar que había atisbado fuera muy profundo, como un pasillo que empezara en la puerta sobre la que se contenía la cerradura. Entonces podría ser el caso que yo hubiera subestimado la profundidad del lugar y sólo juzgado la densidad de mujeres en función de la ilusión –carente de profundidad– que causa el corte transversal que se hace con las vista del pasillo, donde la densidad se ve exaltada por la confusión que ocasiona la falta de una visión efectivamente binocular (recordemos que cuando se ve por el ojo de una cerradura sólo se usa un ojo). Suspiré. Luego hablamos de su prima. José tenía la prima más linda del mundo. En cambio todas mis primas o eran demasiado niñas o demasiado viejas o estaban preñadas o no me gustaban. Luego hablamos de comida, de evitar los carbohidratos y después volvimos a hablar de mujeres. Finalmente hablamos de ensaladas, discutimos el fin de semana y eso fue todo.

Al rato Fátima me habló de algo duro como un diamante y similar a la mierda aunque no tan radical ni maloliente y que pululaba la tierra. Yo le respondí que existía aquello que era suave como una esponja, similar al cielo, y que aquello, si se lo podía imaginar, era abundante en ese lugar seguro. Ella frunció el ceño, no me creyó, pareció que no me quiso creer, se rió un poco. Yo pensé que me reconocía en esa cara endurecida y en su humor ácido. También sonreí.

Luciana me habló de una película en la que un hombre muy pequeño, que había nacido en un pueblo muy pequeño, crecía y viajaba una cantidad ridícula de kilómetros hasta alcanzar una ciudad extensa pero achatada, repleta de mujeres medianas y hombres muy grandes que hacían el amor selectivamente sólo con las más bellas entre las mujeres medianas. Una vez allí se hacía famoso, primero alcalde, luego presidente, finalmente fundaba una religión, una línea de ropa, ponía una fábrica de zapatos, un periódico, dos revistas, una de automovilismo y otra de diseño industrial, finalmente se casaba con una mujer mediana, la engatusaba tras ser follada y desechada por un hombre muy grande, luego ella moría asesinada por el mismo hombre muy grande que la venía a buscar y se veía humillado por su matrimonio con el hombre pequeño (pequeño aunque de gran verga), luego él se sumía en la melancolía y se iba de vacaciones eternas a una playa en Borneo. Yo la escuché embobado y cuando acabó le dije que estaba guapísima. Le gustó el piropo. Le indiqué que tenía unos pelos maravillosos. Se sonrío. Luego me habló de su papá. Me dijo que su papá cocinaba muy bien y que su hermana bailaba ballet y que un día quería vivir tranquila, lejos aunque cerca de todos ellos. Yo no comprendí por qué quería estar lejos pero cerca. Yo sólo quería estar lejos de mi familia. Ella se rió cuando le dije que no esperaba más nada que dejar de olerlos, dejar de oírlos, huir de ellos. Luego me dijo que no sea huevón, me sentí huevón y se volvió a reír.

Jaimé me habló de algo que no entendí. Con Jaime no pude comunicarme esa noche.

Carolina me dijo las cosas más bonitas. Me dijo que yo era guapo, cosa que jamás he creído y que me hizo pensar que podría estar muy confundida. Después me dijo que yo era bueno, cosa que con seguridad debía ser mentira y que seguramente me dijo porque estaba confundida y pensaba que era guapo y quería caerme bien. Me dijo que yo era gracioso, cosa que me sorprendió gratamente. Yo no pensé jamás que era gracioso, siempre pensé que era solamente ridículo, si no muy ridículo, como un pelícano. Me dijo después que yo la entendía, cosa que nunca he creído posible. No en vano y precisamente por eso la admiro: creo que lo que ella tiene va en varios sentidos más allá de lo que yo he sido o podré ser y creí así, confundido y maravillado por ella, que lo mejor que podía hacer era acercarme lo más que pudiera a todo aquello, fundirme en todo aquello –que es bello– aún nunca pretendiendo cabalmente entenderlo. Me dijo tales cosas y en concencuencia pensé que sería la primera en venir conmigo hasta ese lugar seguro, la única que no me había tomado en broma, pero al rato cambió de opinión y me dejó de decir las cosas más bonitas. Hubo un silencio y me informó que ya no podría venir conmigo. No me resentí con ella por eso. La entendí. Era bastante pedirle que viniera conmigo a ese lugar, si es que acaso se lo había pedido. Nunca supe si se lo pedí o si sencillamente ella se ofreció. El asunto es que después de definir los hechos nos sentamos 15 minutos en mi auto, fuera de su edificio. Ella se fumó un cigarro y me miró, alternativamente miró el vacío. Yo le dije que no iba a tratar de besarla y se rió. Quiero creer que quiso darme un beso, pero en cambio se bajó del auto y entró a su edicificio y no dijimos nada más.

Así fue que les dije una noche a mis amigos que existía un lugar seguro. La noche siguiente todos me traicionaron: se fueron en tropel a ese lugar mientras yo tuve que trabajar hasta tarde. Compraron una botella de sangría por cabeza y fumaron tronchos y se fueron. No me dijeron cómo se iba. Todavía no sé cómo llegar. He podido tratar de acercarme. Camino por la calle y en ocasiones paso muy cerca del pasado. Me he encontrado al pasado en el chat y el pasado me dice que él también lo ha pensado, me dice que iba por la calle y pensó que seguramente pasaría muy cerca de mí.

Ahora los espío de lejos. Así los he visto a todos, cada uno por separado. Beben el líquido X de los bowls hechos de Z y charlan como polillas que flotan en la niebla fina de la ciudad destemplada. Me pone contento verlos. Todos son en alguna medida felices. José recibe un masaje. Fátima hace muay thai. Luciana se engomina la peluca. Jaime carga extraños mientras mean. Carolina me sonríe todavía, con sus labios bonitos, con sus ojos y con sus tetas bonitas.

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