Lo primero que hice fue colocar una bandera… miento, eso sucedió un poco después. En realidad lo primero que hice después de bajar del avión fue tomar un tren, luego tomar el metro, después andar por una calle fría y diagonal, iluminada por faroles metálicos, transitada con mucho orden por autos, hombres en bicicletas y mujeres a pie, subir a un primer piso colmado de una humareda que emanaba de sendos porros, luego bajar del primer piso, caminar hasta la esquina al bar de un chino muy educado, beber 3 cervezas catalanas medianas y una clara, luego subir al mismo primer piso, beber 2 cervezas más, esta vez holandesas y pequeñas, después dormir acurrucado en un sofá plegable, sólo entonces colocar la bandera. Es decir que lo undécimo que hice fue colocar una bandera en Barcelona. Y esa bandera se concretó en la forma de un colchón.

He clavado mi primera bandera en el suelo de esta ciudad. He hundido el asta de mi bandera en el suelo catalán, donde pretendo establecerme. He hundido mi bandera y de tal modo he puesto el primer pie en esta tierra, el primero de los dos pies de los que dispongo aún y que no sé todavía precisamente con qué timing se volverán a juntar en un solo lugar. Quizás eso no suceda jamás otra vez. Quizás estoy destinado, fui hecho para nunca sentirme en casa, como definitivamente no me siento ahora en casa, demasiado frío, y como nunca me he sentido en cualquier ocasión antes en casa. Nunca, con nadie, en ninguna situación. Tengo hoy un pie todavía en Lima y acaso, de hecho ocurre que a veces lo siento así, ese pie jamás se despegue de su ubicación actual, fijo a ciertos lugares comunes a los que constantemente vuelvo y que me halan como si fuera pequeñas cuevas húmedas y dulces y con un talento social para la canción poco afectada.

Quiero decir que me levanté la primera mañana tras mi primera noche en Barcelona y fui a Ikea y me compré un colchón de espuma. Poco después supe que lo quería, le cambié el género y le puse Montserrat. La quería, de pronto lo supe. Era mi primera posesión española y la había elegido por eso con minuciosidad. Había paseado horas por la tienda, luminosa y musical como un casino, hubo algo en ella que me atrajo. No fueron los atributos que pudiera tener –pues no era la mejor– ni su precio –que no era tampoco el mejor– los que me sedujeron. Fue algo más, inmaterial, propio de ella y no ubicable en sus 10 cm de espesor compresible. De hecho si entro a la página web de Ikea, ellos no me recomiendan a Montserrat. Por supuesto, ellos recomiendan colchones mucho más caros que Montserrat. Montserrat sólo cuesta 55 euros, cuando ellos no recomiendan nada bajo los 129. Curioso, no me sentiría a gusto con uno así. En mi condición de excursionista y colocador improvisado de banderas, creo ser solamente digno de Montserrat y de su espuma que Ikea, calculo como menos logrando un margen de 100%, precia en 55 sencillos euros.

Comiendo en un japonés le he contado a Daniel y a Dunja y a Sandra que Montserrat se llamaba así, que había reconocido en ella una identidad persistente y femenina y que la había tenido que bautizar, tal como, por ejemplo, tuve que bautizar mi Bacinica como Robin. Me han escuchado y hemos seguido comiendo. Luego, esa misma noche he sabido que Montserrat es mi primera bandera. Después de encender la luz de mi estrecha habitación, la he reconocido, ondeando en la atmósfera quieta, flagrante como un grito. Apostada fuera de mi hogar, es mi primera señal de auxilio. Montserrat es la primera señal de mi partida, el anuncio de todo lo que debo hacer de ahora en adelante. Es la primera manifestación de que me cago en diversas cosas, la declaración abierta de la guerra silenciosa que se ha ido cociendo bajo tierra, el momento justo en una fiesta antes de que se saque la primera botella de vino.

Escribo ahora mismo sentado en mi primera bandera. Mi primera bandera es sueca y está hecha de espuma. Ahora mismo ondea en una habitación muy oscura, iluminada sólo por la pantalla de la computadora. Fuera llueve, nieva, alternativamente cualquiera de ambos. Totalmente solo, escribo y escribo y escribo sandeces mientras cojo mi bandera del asta, la blando en la oscuridad como si fuera una metralleta.

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  1. hace tiempo que no te leía.
    1. no sé si no te perdonaré que te hayas ido y no poder haberte dicho chau. no estoy segura, no sé qué pensar. creo que, como no te he dicho chau y como no te veía casi nunca, no siento que te hayas ido, así que no hay nada qué perdonar.
    2. interesante que escribas halar y no jalar. recontra subtítulo.
    3. qué vas a estudiar?




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