1

No quería titular esta nota así. No quise aludir a Thomas Mann. Eventualmente me he cagado en él. No ha sido así siempre –de ninguna manera– ni lo es así tampoco en esta ocasión. Sucede que hablo en esta ocasión de cartografía, de la ubicación de las cosas, después del tránsito que hacen las personas a través de todas estas cosas previamente dispuestas y del tránsito que hacen también ellas a lo largo o ancho del terreno –entre ellas mismas– movidas sea por voluntad propia o por las personas, asimismo de las decisiones y pulsiones que determinan este tránsito, tránsito que no sigue ningún orden o sugerencia de orden que haya comprendido nadie jamás. Y no quise aludir para esto a la susodicha obra de Thomas Mann. Sencillamente no era necesario. Aún así no me cago en él esta vez. De hecho no puede serlo así cuando efectivamente titulo este último testimonio mío así, o casi así, cuando al escribir recuerdo inevitablemente la obsesión de Aschenbach, el cólera y la ciudad desahuciada, recuerdo también a Tadzio, indemne como una manzana. Porque llegué a Barcelona y comencé a presentir a la muerte. Mi muerte inminente había tintado la ciudad entera. Llegó a mi mente a penas aterricé en el Prat. La muerte era tangible en cada paso que daba y en cada bufa que aventuraba la podía también entrever. Pero luego comencé a andar y la muerte se aburrió de mi y huyó persiguiendo a Belén Esteban. Yo conocí a un verdulero catalán y muy guapo, deambulé por la ciudad, conocí a una asturiana muy pequeña y más guapa, deambulé mucho más por la ciudad llovida, después conocí a Kevin, él era de Tennessee, no era guapo, finalmente volvió la muerte a mi mente tres semanas después, había sido abofeteada sin decoro por Belén Esteban tras burlarse de la manera en que bailó en la tele y se había estado acercando sigilosamente a mí otra vez desde entonces. Fue una tarde sentado en el Parc X, en cualquier parte del Eixample de la cual no quiero acordarme. Yo disfrutaba del extraño sol invernal, sol radiante y extraño que no sé si sea común en esta ciudad, país o qué mierda, pero que sin duda debe ser señalado como un sol extraño, bello y solícito, quiero decir bello como la mierda, extraño y adamantino (como la mierda). Comía aceitunas cuando se apareció delgadísima ante mí, pálida y fálica como un fuet. Yo sólo me quedé mirándola, enmudecido por su belleza ibérica que entendí –solamente desde ese momento– estrictamente geodésica. Quiero decir que llegué a Barcelona y la muerte que anidó en mi tripa, que luego voló a otro lugar que debo entender mucho más cálido que mi tripa, que luego volvió definitivamente para quedarse en mi tripa congelada, en ese Parc X, no era la misma muerte que antes había vislumbrado y conocido, la muerte que acecha muy callada a mi nonna, manteniéndola tibia día tras día, la muerte que de algún modo nos persigue a casi todos, milenariamente regentada por Hades y vilipendiada aquella anecdótica vez por Jesús. Mi muerte era distinta, distinta de aquel modo como algunos niños pequeños son vagamente distintos y luego crecen para ser adultos vulgarmente distintos, escindiéndose así de la generalidad de modo que al cabo tienen problemas para reproducirse. Mi muerte, la muerte que presentía para mí, ante todo era cálida. Eso la alejaba de todas las otras muertes, que eran gélidas y no congeniaban con ella: una muerte de sangre caliente era una cosa insólita, cómica y tabú, grotesca y baladí y por tanto una muerta destinada a estar proscrita por las otras muertes (que se tomaban ellas mismas muy en serio, como algunos grandes escritores y los más insignificantes empleados públicos). Mi muerte era un mamífero maricón y cantor bailando zamacueca entre un público de reptiles descansados. Mi muerte era el amor malhecho a la luz de un quinqué, entre dos pre-púberes curiosas. Empezando porque mi muerte solitaria no utilizaba el solemne latín, en cambio me hablaba en catalán y me engreía: me convidaba bocatas de tortilla en las mañanas y cortados o americanos por las tardes. Y eso no era visto bien por las otras muertes. Yo lo pude notar también: tanta generosidad de mi muerte me llevó a no temerle una mierda a mi muerte, cosa nada conveniente pues me condujo a pasar buenos momentos con ella. Así después fui celoso de ella, estuve despechado y absolutamente desierto cuando huyó persiguiendo a Belén, rubia y tan triste bailarina. Quise que mi muerte fuera sólo mía y para siempre, que no matara a Belén. Pensé idiotizado que en verdad Belén merecía vivir. Opté cuando volvió por mantener mi muerte en secreto, desde ese instante y para siempre, cuanto tiempo eso fuera. En resumen, el asunto es que llegué a Barcelona y de inmediato comencé a presentir a la muerte, que luego la olvidé, deambulé por la ciudad y sentí que la ciudad era como un tablero de Risk, que finalmente abrí los brazos para ella como una madre en una playa desierta, una tarde cuando comía aceitunas en cierto Parc X, que la recibí con los ojos abiertos, que me fundí en ella y fuimos a caminar, le invité unas cañas en el Born, después follamos.

2

Todo empezó cuando conocí al verdulero. El verdulero ni se llamaba a si mismo así ni me habló de la muerte. Era sólo el tercer día desde mi aterrizaje, mi muerte acababa de huir y yo había hecho una siesta recostado sobre Montserrat. Por ratos, más cuando admiraba la soledad de mis zapatillas mojadas que descollaban del asiento de la silla de polietileno, las podía a penas distinguir apareciendo sobre la silla del escritorio que ahora utilizaba de perchero, levemente cubiertas por mi casaca, empapadas, cabeceaba. Me había erguido con dificultad y me disponía a ver la televisión cuando descubrí que mi apariencia no era la adecuada. Fui a mear, creí que era oportuno mear antes de postrarme en el sofá cuando miré en el espejo y lo supe, supe que así no me liaría con nadie. ¿Qué mierda era aquello? Aquello era una especie de poliedro extraño o casco roto u hongo mal puesto. Quiero decir que aquello era espantoso. Y como necesitaba urgentemente liar con alguien, me dirigí de inmediato a una peluquería. Me vestí a la carrera y bajé a la calle y entré a la primera que encontré: ocurrió así que conocí al verdulero. La peluquería estaba en la misma cuadra que el piso en el que me hospedaba. Era pequeña y sólo tenía dos estaciones. La administrada un chino ensuciado, tan delgado que parecía una espiga de trigo. El chino no sabía ni castellano ni catalán ni tampoco inglés. Entré y me dirigí a él. Finalmente nos comunicamos con señas, o quise creer que lo habíamos hecho, en efecto. Pero el chino –venenoso como una espiga de trigo– no me entendió en evidencia un carajo, me cagó el pelo: hizo un corte fundamentalmente oriental, no ajustándose a la condición ex-oriental de mis pelos y moderna de mis nuevas necesidades, y el verdulero se cagó de risa sentado entre atados de acelgas y rúcula fresquísima, pestilente y alegre en su puesto junto a la peluquería mientras me veía increpar al chino sorprendido y algo ofendido, aún delgado como una venenosa espiga de trigo, sonrojado pero todavía incapaz de entenderme. Cuando salí rendido del establecimiento, se me acercó, me dijo que se llamaba Joan Ferrer y que él podía ayudarme. Noté que era muy guapo, tenía los ojos amplios y claros. Le dije que yo me llamaba Juan y que aceptaría su ayuda. Llevaba una camisa blanca con pequeños puntos azules. Me dijo que me conduciría a un lugar donde me arreglarían la cabeza. Tenía el cabello cobrizo y yo pensé que sus pelos parecían una mopa, que estaban bien. Pensé también que esto era muy apropiado. Si algo necesitaba con urgencia era que alguien me arreglara la cabeza. ¿Y dónde iríamos para eso? Me hizo una seña rápida con la mano y lo seguí. Primero tomamos el Carrer de Sardenya. Bajando hacia el mar, la ciudad que todavía no conocía del todo me sorprendió: era fértil, era mate y la transitaban todos tipo de personajes parlantes, enfundados alternativamente en cuero o paño, dependiendo de la edad. Transitaban, nosotros también, formábamos figuras, trazos que me parecían describirse como breve estelas en el asfalto que desaparecían convertidas en vapor de agua. Pronto cruzamos la Diagonal, el Carrer d’Aragó, la Gran Vía de les Corts Catalanes. A la altura del Carrer d’Ausiàs March, viramos y tomamos en diagonal el Carrer de Ribes. Llegamos por él al Arc de Trionf, seguimos por Trafalgar, luego por d’Ortigosa. Entonces comenzó a llover y el cielo se oscureció, mostrando su índole pendenciera. El suelo se enfrió muchísimo. Yo abrí el paraguas; Joan se cubrió con la capucha de su casaca azul, entró a un bar y compró dos cafés para llevar. Tomamos luego la Vía Laetana hasta Jaume I, donde doblamos a la derecha. Frente a la Generalitat de Catalunya encontramos una concentración de pakistaníes protestando bajo la lluvia. Tomamos el café mientras los observamos con apacibilidad. Sus figuras morenas se disponían de tal modo que sugerían un coro. Mojados y entristecidos, cargaban pancartas donde con pésima caligrafía denunciaban las condiciones laborales deplorables de los inmigrantes en España. Yo le pregunté a Joan si siempre sucedía esto. Permaneció callado y dio el último sorbo a su café. Nos detuvimos sólo un momento más y luego bajamos hasta el litoral por d’Avinyó, sin hablar, seguimos por el litoral hasta toparnos con la figura de Colón mismo, descomunal y metálico. Allí, frente al Mediterráneo extendido que permanecía impávido como una sábana, Joan se ofreció a tomarle una foto a 3 turistas belgas. Cogió el aparato con firmeza y pude notar que tenía las manos hermosas, tupidas y peludas todavía cuando muy finas. Tan pronto como tuvo la cámara de fotos entre sus manos, me hizo una seña. Tuve que seguirlo. Fuck you! Joan corría como un pato. Come back! Aún así era abrumadora su velocidad. Traté de no perderlo de vista. En ese tiempo anocheció y la calle, que mutaba a nuestro alrededor como una película que iba de R a Triple X, se colmó de putas humorosas y brillantes, decoradas con baratijas y mucha fantasía, impregnadas de un cierto ceño del medio oriente. Le pregunté a Joan, que jadeaba, dónde carajo estábamos, por qué carajo había hecho eso y por qué mierda había tantas putas. Sólo entonces se colgó la cámara alredor de la nuca, hizo una mueca como de koreano adinerado departiendo en el Parc Güell y me dijo que eso era el Raval, que esas putas eran talentosas, aunque para ser franco llevaban la concha colmada de cizaña. Sin más retomamos el camino. Joan se mostraba campante y afectuoso. Andábamos y me dijo que se me vería muy bien con unas gafas. Buscó en el bolsillo de su casaca y me entregó un par. Sin verlas las guardé en el bolsillo de mi abrigo. Íbamos ahora por la Ronda de Sant Pau, alejándonos del puerto. Esta se convirtió luego en Comte d’Urgell y pronto cruzamos, en dirección opuesta, la Gran Vía y d’Aragó. Seguimos recto hasta la Plaça de Francesc Macia. Zigzagueando y escalando por calles, alcanzamos después la Vía Augusta. Allí nos rodeó de pronto una horda de muchachas perfumadas que hablaban de carteras y los Arctic Monkeys. Nos observaron con asco. Inmediatamente me puse las gafas, pero yo no había escuchado el último disco de los Arctic Monkeys y ellas pudieron notarlo. Nos continuaron observando con asco. Le pregunté a Joan quiénes eran estas muchachas fabulosas. Me dijo que también eran putas, tan solo que no eran profesionales y en cambio de ser cizañosas, llevaban virulencia en los labios, tan suaves, y codicia en el colon excoriado. Tras escapar con éxito de ellas, descendimos por la Vía Augusta y luego nos perdimos entre calles más pequeñas, frías y estrechas. Corría un viento húmedo y redentor; llovía todavía y se empezaba a colar el frío por mis pies. Joan me dijo que aquello se llamaba Gràcia. Aquí podríamos pillar hachís si es que lo quería. Una bellota, acaso dos. Vi tres hippies encender un porro en una plaza. Un minuto después vi una paloma blanca defecar en una terraza. Me senté y quise recordar el olor del porro. Lo había retenido en mi lengua como se retiene el sabor de un chocolate obscuro en el paladar unos segundos. Fue en vano: ya se había ido definitivamente. En cambio recordé unos minutos a la paloma blanca que había visto defecar. Me puse en pie con lentitud y determinación, como si estuviera siendo ahogado por un mar infinito y esta propiedad suya, su infinitud, no me sorprendiera. Luego seguimos el camino, descendimos aún más hasta llegar al Passeig de Sant Joan. Tomamos el Carrer de Rosselló a la izquierda y cuando volvimos a alcanzar Sardenya, sintiéndome timado, habiendo perdido 3 horas y volviendo a reconocer la Sagrada Familia, le dije que habíamos vuelto al mismo lugar. Lo miré: ni nos habíamos detenido en otra peluquería, ni en un centro psiquiátrico, ni en una clínica de cirugía estética. Joan Ferrer se sonrió.

3

He comenzado a caminar muy lento. Me pierdo cada vez en giros inútiles. Descubro siempre caminos agotados. Las calles forman dibujos en un mapa y yo recorro estos dibujos con meticulosidad. Estos dibujos empiezan a parecerme infinitos. Esta infinitud no me sorprende. He caído en cuenta de que ando cada vez más despacio. Antes iba muy rápido. Las cosas me veían pasar y yo echaba entre las cosas mi estela de vapor de agua de colonia. Ahora la figura está invirtiéndose. Quiero decir que he perdido el protagonismo. Salgo a la calle y permanezco incógnito. Veo como las cosas pasan a mi lado y a mi alrededor, sin mirarme, dando giros, trazando espirales. ¡Y no sólo simples cosas! También aquellas cosas que, un poco más gruesas o distendidas, comienzan a llamarse eventos. Salgo y observo: ocurren innegables eventos y acontecimientos a mi alrededor, algunos incluso son sorprendentes y dignos de señalar. Antes despotricaba de toda aquella gente que caminaba más lento que yo. ¡Imbéciles, peleles enculados, malditos tragapollas despojados de sino y urgencia! Elaboraba teorías sobre esta gente intratable, que debía ser intrínsicamente idiota y que además esto no debía ser algo casual. Había llegado a insinuar que debía haber alguna señal apreciable en su genotipo que los delatara y hubiera condenado a desplazarse a esa velocidad poco cívica, pasmosa, soporífera. Anything but a Tabula Rasa, pensaba. Sería factible practicar la eugenesia: eliminar a los lentejas de la tierra. Lo había dicho en una tertulia pública y por fortuna olvidada. Y ahora parezco caminar más despacio que casi cualquiera. Ahora soy uno de ellos. De pronto he comenzado a caminar tan lento. Me han rebasado señoras en tacos muy altos. Iba por la Diagonal y vi como una me adelantaba con cautela. Era una anciana, lo hacía y cuando lo hacía, ¡ella sabía lo que hacía! Sonriendo como una máscara aterrada, me miraba, gozaba de su victoria pequeña. Hay victorias que son tan pequeñas, pero cuando las únicas victorias que tenemos son estas, tan así las gozamos como si fueran olímpicas. Llevaba el peinado de David Lynch –me sonreía también con él–, parecía musitar algo. ¡Adeu, adeu bon jove! ¡Esta es mi medalla de oro! Me ha pasado un señor con una boina, mantenía el culo muy apretado, los pantalones a cuadros no lograban encubrirlo. Llevaba un Beagle y un bastón de madera con el que hacía figuras en el aire, de esos con un pájaro metálico en el mango que semejan una gárgola pariendo. Me ha pasado hasta el típico turista idiota que camina muy lento y admira los edificios que no han construido aún ni construirán en su país: con su pequeño gorro azul y la camisa beige. Lo noté por primera vez la tarde en que estuve con Andrea. Andrea me lo dijo sin asco. ¿Acaso era idiota o qué? Me dijo que en Xixón todas caminan como ella. Tomó un trago de whisky. Me dijo que su madre puede cubrir 100 metros en 18 segundos, siempre con al menos uno de ambos pies sobre la tierra. Tomó otro trago, se inclinó sobre la mesa de modo que pude verle las tetas con detenimiento, comió algunas de mis bravas. ¿Acaso era idiota o qué? Nos conocimos en un bar y al día siguiente salimos a dar una vuelta e inmediatamente, no habíamos andado ni 50 metros cuando me dijo que yo caminaba extraño. Me preguntó si era cojudo, si me pasaba algo. ¿Acaso era idiota o qué? Yo sólo me quedé mirándola. Parecía que aún estaba bajo los efectos del whisky que nos habían servido la noche anterior. Luego recordé la historia de la velocidad de su madre. Luego recordé que en Xixón todos andaban como ella. Quedé en silencio. Su nariz recta y sus pómulos vacuos, su sonrisa lisa, su culo genial y su cintura fina, sus pelos largos y obscuros como la brocha de un pintor, todo era muy agradable. ¿Acaso era idiota o qué? La había conocido en un bar y ella había bebido tres whiskys y yo seis o siete y alrededor del cuarto le había dicho que había venido a la ciudad y que de pronto una tarde, cuando comía almendras tostadas en la Plaça Reial, esta me había parecido una autopista, una maravillosa autopista en forma de cuadrícula. ¿Acaso era idiota? Le dije que casi había muerto. También… quiero decir figuradamente. Hizo una mueca. Sí, era un poco idiota. No sólo eso, además era un idiota mal vestido. Tendríamos que ir a comprarme algo de ropa. Yo le dije que no llevaba mucha pasta. Ella me dijo que no importaba. Iríamos al H&M. Al día siguiente la pasé a buscar. Vivía en un piso muy pequeño en el Carrer de Verdi. Caminamos al centro. Y cuando acabamos de comprar, se despidió. Anduve un minuto solo, luego tomé la Ronda de Sant Pere. Tenía más de 2 horas que perder antes de llegar al Parc de la Ciutadella, donde me esperaban. Le había dicho a Andrea que no sabía qué hacer con ese tiempo. Me dijo que caminara recto hacia el lugar. Le pedí que me acompañara. Me dijo que no podía. Le dije que si caminaba recto inevitablemente llegaría antes de 2 horas. Cierto, era cierto, aún a mi velocidad. Me dijo que entonces podía optar por caminar muy lento, todavía más, y que si acaso llegaba antes, pues que diera una vuelta por la playa, estaba muy cerca. Le dije que no sabría cómo volver a la hora justa y convenida al lugar indicado. Me dijo que podía tomar el tiempo y utilizar sólo la mitad de aquel que me restara en el camino de ida, luego emprender el retorno. Es decir, si por ejemplo llegaba al punto de encuentro con 1 hora de anticipación, debía andar 30 minutos de paseo, luego volver por el mismo camino y, si mantenía la misma velocidad, llegaría al lugar convenido a la hora justa. Pero era determinante no descuidar el tiempo. Si acaso me excedía y caminaba, pongamos 40 minutos más allá del lugar convenido, tendría solo 20 para volver. En ese caso tendría que andar el doble de rápido el camino de regreso. De este modo, si caminaba 45 minutos más allá, tendría sólo 15 para volver. Esto era una tercera parte de lo que había invertido en alejarme, luego tendría que volver 3 veces más rápido. Aquello seguramente significaría correr y no era lo que deseaba. Asentí. Le dije que me parecía una técnica magnífica, aunque quizás un poco peluda. Además, prefería no volver por el mismo camino que por el cual me había alejado. Me dijo que en ese caso la mejor opción era la de plantear un circuito. Por ejemplo, el método más sencillo era describir un cuadrilátero. ¿Dónde era mi cita? Vale, entonces podía partir del encuentro entre el Carrer de Nápolis y Passeig de Pujades, andando en dirección a Marina. Me debía demorar aproximadamente 15 minutos en trazar la primera de las 4 piernas, y en ese instante debía doblar recto a la izquierda. Quizás llegaría hasta d’Àvila, subiría por ella, trazaría otra pierna. Debía caminar otros 15 minutos más. Acaso llegaría entonces hasta el Carrer d’Aragó. Si fuera así, debía ir por ella en dirección contraria a la inicialmente tomada, llegar hasta Nápolis –lo que demoraría aproximadamente 15 minutos adicionales–, doblar a la izquierda y así bajar, en los 15 minutos de resto, hasta alcanzar otra vez la esquina de Nápolis con Passeig de Pujades, donde me estarían esperando. Le dije que me parecía un método encantador. Me dijo que si en algún momento notaba que iba tarde, podía acortar el trecho. Esto sucedería durante la segunda pierna. Si notaba que ya iba andando 30 minutos y aún no había completado la segunda pierna, debía inmediatamente doblar a la izquierda y andar hasta el Carrer de Nápolis. Llegaría finalmente a mi destino también a la hora indicada, sólo que estaría transformando el trazado de mi circuito. Sería ahora un rectángulo, ya no más un cuadrilátero. Asentí. Nos quedamos en silencio un momento. Me preguntó si había considerado esperar sentado.

4

Sentado con la computadora portátil en el regazo, escuchando canciones o vagando en Google Maps, otras veces procurando dormir, entonces encogido en posición fetal, las noches transcurren en este cuarto empequeñecido. No caben casi los ruidos ni las luces en la habitación. Sólo destellos intermitentes denuncian el silencioso tránsito nocturno. Las persianas están cerradas por completo. Quizás es el camión de la basura lo que casi se oye. En cualquier caso, puede ser él o cualquier cosa lo que se oye pasar por la calle. Es lo mismo. Cualquier cosa… Y acaso cada calle no permanece quieta, a pesar del silencio en el que aparenta descansar. Acaso cada calle permanentemente sube o baja hacia el litoral o las colinas. Quiero decir o creer que ninguna está quieta verdaderamente. Tan sólo es eso lo aparente, cuando sabemos ya a estas alturas de la historia que lo aparente es mucho más que lo real pero mucho menos que lo efectivo. De pronto, en realidad es fácil concebir en una ciudad que se aposta entre el mar y las colinas que las calles que conducen al litoral bajan y que aquellas que conducen a las colinas, pues que ellas suben. Y así constantemente, también por las noches. O así, de hecho, en el mayor número de los casos a los que podamos remitirnos cuando estamos en esta habitación empequeñecida. Pues cuando lo pienso, si bien no las imagino tampoco encuentro lógicamente imposibles aquellas calles distintas que bajen hacia la colina o que suban hacia el litoral. Y acaso existen, sigilosamente. Son el resultado de un trazo irregularizado, cierto y en desmedro de la coherencia espacial que nos envuelve o que, digamos, procuramos que nos envuelva. Son como aquellas personas o formas semejantes a personas o vacíos y ausencias que nos sorprenden eventualmente, límpidas o sigilosas, nunca ambos al mismo tiempo. Y acaso ocurre también que nos reunimos con cuerpos que no son cuerpos, del mismo modo, que en cambio de cuerpos son nubarrones facundos. Es decir son espectros, hálitos, formas semejantes a memorias radiantes que van extinguiéndose con premura. Otras veces nuestros encuentros sí son tangibles, hablamos con un ser verosímil, lo podemos tocar… creemos que lo podemos tocar, de pronto detrás de él no existe nada. Y acaso cuando la vi supe ya que era una fantasma y por eso se lo dije, que era como una de esas calles disidentes que había considerado plausibles y que con esta similitud como único sustento, no la podría asir. Íbamos en el metro. La vi y supe que ella no era más que puro ectoplasma. Había subido al metro y habían pasado pocos minutos. Estábamos en la estación Universitat. Ella subió muy despacio, andando con cuidado. Llevaba 45 capas de ropa y ciertamente le debían restar agilidad. Lo recordé todo claramente mientras descansaba en posición fetal. Creí que había oído el camión de la basura. Lo recordé en ese preciso momento. Un destello iluminó la habitación empequeñecida, colmada de un vaho que se asemejaba al kerosene. Recordé que cuando se acercó a mi, sorprendido por su elección contundente de abrigo, le dije que no hacía demasiado frío. Ella me miró indignada. ¡Sí que lo hacía! Me dijo que fue el invierno más frío en muchos años. No le creí. Había nevado, pero yo no tenía frío. El tren arrancó y ella se sentó frente a mí, muy tímida. A su izquierda, frente de mí y a mi derecha, se había sentado un muchacho. Llevaba una camisa blanca con puntos azules y unos jeans ceñidos. Tenía rasgos ibéricos. Aparte de él y nosotros, no había nadie más en el vagón. Tan pronto como se había sentado, encendió un reproductor de música y se colocó unos auriculares enormes y dorados. Si me preguntan, parecían los headphones de Héctor Lavoe. Volví a fijarme en ella, sentada y sin hablar. Me miraba también. Estaba sonriendo. Le dije que así parecía un espectro, en el buen sentido. Le dije que me parecía una momia bonita, pálida y chaposa. Se apartó el pelo de la frente amplia. Le dije que con el pelo recogido así se parecía a Tadzio. Ella no había leído el libro. Le pregunté si había visto la película. Tampoco. Le confesé que era un juego de palabras. Tadzio era un niño polaco, no podían parecerse. No le hizo gracia. Entonces me atreví finalmente, le dije que sentí que la perseguía. Había corrido por toda la ciudad y en todas partes habría creído verla. En el Mercat de Santa Caterina. En la esquina de Pau Claris con Mallorca. En el Fnac. En una maceta. Esto sí le hizo gracia. Pero luego me dijo que si era ella sólo un espectro, ¿cómo podía yo perseguir al vacío? ¿No era eso un poco cojudo? Reconocí que tenía un buen punto. En ese momento el tren se detuvo en la estación de Plaza Catalunya. Era ya muy tarde y los trenes iban casi vacíos. El aire frío parecía nublarse alrededor de nosotros. El aire parecía formar una nube y esta nube parecía estar compuesta de kerosene. Cuando se abrieron las puertas subió una pareja mayor. Ella entró primero. Llevaba un abrigo negro de paño y una chalina blanca descomunal. El viejo llevaba un abrigo largo y holgado, un gorro azul de terciopelo. Parecían alegres y solemnes, habían hecho su entrada con circunspección, no obstante tan pronto como se cerraron las puertas la vieja dio un grito. El viejo quiso darle un abrazo. Ella lo apartó. El tren partió de la estación. El viejo quiso entonces darle un beso. No lo logró. Ella utilizó una de las varas de acero que atraviesa el vagón verticalmente y sirve de asidero para cubrirse de él, no lo dejó así aproximarse. Entonces el viejo dio un grito. Hubo un segundo de silencio. La vieja dio dos gritos. El viejo respondió a estos con cuatro o cinco gritos. No pude entender lo que decían. Luego ambos gritaron a la vez durante un largo tiempo, sin respetar el orden ni el turno del otro para gritar. Continuaron en esto hasta que llegamos a la estación del Arc de Trionf. Las puertas no se abrieron. Cuando partimos de ella, continuaban aún. Entonces Héctor detuvo su reproductor para oír la pelea. Un momento después lo volvió a encender. Me pareció reconocer la melodía, se la podía escuchar parcialmente. Le hice una seña con la mano. Le pregunté a Héctor qué era lo que escuchaba. Quedó perplejo un instante, luego introdujo una mano en el bolsillo de su camisa, sacó una servilleta y me la entregó. No entendí lo que decía. Ella me pidió que se la mostrase. Extendí la tira de papel absorbente frente a sus ojos:

h t t p : / / w w w . y o u t u b e . c o m / w a t c h ? v = 0 P 5 j V 4 l H H R 0

Hizo una mueca de satisfacción. Entonces me atreví, le confesé que la muerte me había encontrado. Ella me dijo que eso no tenía sentido, dado que evidentemente estaba en este momento conversando con ella y, en consecuencia, me encontraba más bien vivo. Le hice notar que si bien aparentaba estar vivo, estaba hablando con un espectro. Eso no podía ser normal. Me concedió aquello y se sonrió. Luego lo pensó un poco y me dijo que quizás no estuviera muerto. Si no lo estaba, debía ser un chamán o a lo menos un medium. Le dije que en realidad sólo había muerto unos días, que luego mi muerte me había dejado por una chica de la televisión. No tuvo tiempo de reaccionar. El viejo le había dado un manotazo fortísimo a la vieja, volteándole la cara y desarreglando su chalina, manotazo que la vieja respondió con una bofetada certera y fulminante que dejó una región de la tez del viejo completamente roja, además de una herida sangrante a la altura de la quijada, procurada por el brillante de ella, bofetada que el viejo respondió con un sinnúmero de lágrimas. Finalmente sólo se dio la vuelta avergonzado y tomó asiento. La vieja permaneció parada mirándolo enfurecida. Héctor veía todo inmutable. Entonces le dije que había sido en un parque donde había visto a la muerte, cuando yo comía pequeños trozos de fuet. Le dije que, justamente, la muerte era muy parecida a un fuet. Se rió. Me dijo que ella nunca se habría imaginado a la muerte así. Quizás en su mente la muerte era una mancha obscura permanentemente difuminándose, algo como una figura paternal y maternal y soberbia y satánica a la vez. Quizás en su mente la muerte sería un payaso. Yo nunca lo sabría. No me lo quiso decir. Me dijo que no solía hablar de sus sueños. Permanecimos callados un largo rato. Los viejos ya no se gritaban. En extremos opuestos del vagón, frente a frente, lloraban ahora ambos, completamente mudos. Pasamos en silencio Marina, Glòries y Clot. No se abrieron en ninguno de los tres casos las puertas. Cuando llegamos a la estación de Sagrera, me preguntó si no me iba a bajar. Aquí podía hacer conexión con la azul y llegar al piso donde dormía. Negué con la cabeza. Le dije que me quedaría con ella. Entonces se puso en pie, dio un brinco, hizo una figura correspondiente al ballet, dio una voltereta, se rió y se sentó a mi lado, de modo que ahora nuestros hombros se rozaban. La miré un momento. Luego le dije que me gustaban sus tetas. Me dijo que eso era burdo y poco delicado, si de verdad quería saberlo. Yo le repliqué que era la primera vez que me gustaban un par de tetas en toda mi vida. Eso no podía ser salvo dulce y espectacular. Se rió. Me sentí muy cerca de ella. En ese momento entramos a la estación de Fabra i Puig. Lentamente y con la misma cordura con la que habían ingresado, la pareja mayor bajó del tren. Podía ya oler el kerosene. Imaginaba también las calles que ascendían hasta el mar, desde un espacio remoto. Lo recordaba todo e imaginaba una red de pescar, un panal, un molde de acero para preparar galletas. Y me sentí de súbito completamente extraviado. Noté que había mirado largo rato al vacío. Noté que ella había estado observando mi perfil mientras yo lo hacía. Pensé que parecíamos estar escenificando un drama absurdo. Pensé que si ella fuera una bailarina, pues yo sería un bailarín. Pensé que si ella fuera una diseñadora de vestuario, pues yo sería en ese caso un novelista procaz. Pensé que si ella fuera algún día electricista o gasfitera, yo sería técnico en computación. Pensé que si ella fuera artista plástica, yo no podría ser nada salvo un ingeniero industrial. Cuando el vagón se detuvo en Fondo, le dije que ella era incapaz de llenarme. La observé detenidamente. Su cabeza descansaba ahora sobre mi regazo. Muy discreta, la había puesto allí y empezaba ahora a quedarse dormida. Se rió, como ida, miró un momento el techo del vagón y me dijo que eso era obvio, tan obvio como ese techo metálico, tan obvio como el Cirque du Soleil, tan obvio como las páginas de un nuevo Moleskine cuadriculado. No por nada la llamaban Ausencia. Yo le pregunté si era verdad que Ausencia era su nombre. Me parecía novedoso, similar a Amparo pero mucho más guay. Volvió a cerrar los ojos. Pareció un momento ponerse extremadamente pálida. Casi pude ver un instante a través de ella. Le di un beso desesperado en la frente. De súbito abrió los ojos. De pronto tuvo la complexión despejada, moteada por una tonalidad encendida. Parecía que, del mismo modo como se esparce la escarcha, alguien había dejado nevar cristales de un tinte carmesí sobre su cutis. Se sonrió. Me dijo que no sea tonto: por supuesto que sí. Su primer nombre era Ausencia y se apellidaba Carolina. El “de”, colocado entre el nombre y su apellido, se lo había ganado –a mucha honra– en proporción a sus logros, una nueva propuesta artística y la elaboración que había presentado en cierta declamación famosa aunque privada. Noté que Héctor había vuelto a detener su reproductor. Callado, nos oía muy atento.

5

Ocasionalmente no desciendo. En cambio escalo. Detrás de la costa y el ensanche empiezan las colinas. Tienen quebradas que son distintas. Cada barrio es distinto. Ocasionalmente he planeado descender. Hacia el puerto que ya conozco. Hacia las calles de noches llenas de inmigrantes vendiendo cerveza que esconden en las alcantarillas cuando aparecen los Mozos de Escuadra. Hacia los tramos solos del litoral donde he visto llover sobre la playa por horas. Hacia los bares estrechos en que sólo sirven cerveza y también hacia los bares anchos, donde se puede ordenar whisky y jarras enormes de sangría. Hacia las plazas en las cuales como almendras tostadas y donde puedo entablar una conversación, no lo sé, quizás con una turista francesa, turista que inevitablemente siempre piensa que soy del lugar y que me hace preguntas las cuales respondo, le doy direcciones las cuales no conozco, la conduzco a cualquier lugar en donde acaso la atraquen, la vejen. Y en ocasiones cuando tengo todo esto en mente, en cambio escalo. Quiero proteger a todas las turistas francesas, no es mentira que son las más bellas de todas. Opto entonces por lo alternativo a lo que quise anteriormente. Quizás he notado una raja en mis planes. Por lo tanto cambio de planes. Es ya una costumbre. Es ya muy fácil cambiar de planes y no descender, en cambio escalar. Pongamos que al principio de todo sólo existía el plan A. Se había elaborado sólo esa posibilidad de acción, minuciosa y detallada como un proyecto y contemplada como perfecta para describir el tránsito de todo, de un tiempo a esta parte, desde esta parte hasta cualquier parte y desde aquella hasta el fin de los tiempos. ¿ Y qué es todo? Pues todo. La historia íntegra es todo. Y lo que quiero es que pongamos que al principio de todo sólo existía el plan A, el perfecto plan A. Comprendía los cientos de pasos que debían seguirse para llegar a la meta. Pero inmediatamente existió el plan B. Fue una consecuencia directa del plan A. Su parto era inminente. La primera raja en el plan A, que no pudo ajustarse a la realidad traicionera y yugular, engendró el plan B. Pronto se desmoronó el plan B. Entonces la realidad –entusiasta y austera además de traicionera y yugular– planteó los posibles planes C y D. Yo me burlé de la realidad, francamente los planes C y D no hacían más que debatirse entre la fantochería y la fanfarria, ideé el plan E, voluptuoso como un calabozo, después me arrepentí, todavía más cachondo elucubré el plan F. Entonces una amiga nueva me propuso el plan H. Al mismo tiempo una amiga vieja me propuso el plan I, muy similar al plan H. Al cabo, obviando detalles, habíanse echado a perder los plan H, I, J, K y M, había saboteado yo mismo el N y ahora empezaba a deducir el inminente fracaso del plan O, descubierto por un erudito en un libro muy antiguo. El plan O, desmoronándose, había dado indicios para plantear los posibles planes P y Q. Entre ambos aún no había podido elegir y vislumbraba ya un plan R, cuando de pronto y sin precedentes se conjugaron los planes P y Q, formando el plan PQ, serio contendor frente al aún imperfecto plan R. Dispusimos celebrar un debate público para finalmente definir el rumbo de todo. ¡Menuda idea! El debate se tornó en un embrollo y un escándalo. De pronto del plan PQ y el R surgieron el plan PQR, la alternativa PRQ, la segunda alternativa QRP. Un viejo lobo desempolvó el plan A, propuso conjugarlo con el plan R. Se dispuso la creación del plan AR. Surgieron del debate, lógicamente las posibilidades PAQR, AQRP, PQAR y AQPR. Entonces un segundo viejo lobo postuló la posibilidad de la repetición de un sub-plan dentro de un plan mayor. Surgieron el bélico plan ARPA, el sucio plan PAPA, el salomónico plan PARA y el dulce plan LARA. No faltó al tiempo el jocoso que sugiriera el plan CACA. El segundo viejo lobo se sintió injuriado por un posible plan CACA. El primer viejo lobo pareció acudir en su ayuda, pero muy cerca se tornó en su contra y le dio una patada en el culo. Se armó la gresca. Entró la guardia republicana en el recinto. Las cámaras de televisión registraron todo. Murieron 8 y el edificio sucumbió a las llamas. Se anotó en el registro del comisario que se habían encontrado rastros de kerosene en los restos de la construcción calcinada. Pasó mucho tiempo. El fuero correspondiente puso en suspenso el debate y el destino de sus participantes. Primero los periódicos le dieron mucha atención a la catástrofe. Se supo que Gordon Brown tuvo una opinión espinosa. Un tabloide inglés tergiversó lo dicho en su portada y presentó fotos del primer viejo lobo departiendo con dos ancianos más en una playa del caribe, todos embriagados (se presume que podría tratarse de un tercer y otro cuarto viejo lobo, si bien no se descarta la presencia de Anthony Hopkins). Todo tendió a detenerse. No se tomaron acciones. Pasaron 3 años con lluvias particularmente intensas y el debate pareció quedar en el olvido. Se dejó de planificar –en líneas generales– todo. Todo, luego, se tornó en una ciénaga, otros dijeron que más bien parecía una red de pescar tendida en la arena. No se pusieron de acuerdo. En ocasiones uno andaba por la ciudad y sentía que efectivamente todo era una ciénaga grande. En otras una andaba por la misma ciudad y por las mismas calles y sentía que el suelo era compresible y que los pies se le enredaban. Y de pronto una tarde en Barcelona, cuando ya nadie meditaba sobre el pasado y todo esto, casi puesto en el olvido, cuando había ponderado solo algunas horas la factibilidad del plan BJ, pues me pareció que retaba la segunda ley de la termodinámica, decidí no descender. En cambio tomé una decisión y preferí subir al ferrocarril que conducía al Tibidabo. Y en el Tibidabo conocí muy rápidamente a Kevin. Llevaba unos cargos, una camisa floreada y era de Tennessee. Su cara parecía un pastel. Ambos íbamos solos y él me saludó. Me asustó su cara de pastel. Reconocí el acento y pensé que me hablaría del Nascar, de Letterman o de Cormac McCarthy. En cualquier caso había pensado indicarle cuánto me sudaba la polla y perderlo tan pronto como fuera posible. En cambio me habló de la muerte. Me sorprendí y le respondí. La muerte le dije, la muerte es sólo una bola. La muerte es efímera. La muerte es volátil. La muerte es etérea. Tú piensas que la tienes en tus brazos, te has enamorado de ella y ella huye con Belén Esteban. La muerte es como una avispa con cuernos de yak. La muerte es como una paloma que viaja de Kuwait a Nueva Gales en busca de un cernícalo enhiesto. Y encima, lo hace en Lufthansa. La muerte es como un chimpancé en M. La muerte es como ella misma. La muerte es como cualquier otra, siempre y cuando no se haya liado previamente con ella misma. La muerte es un trozo de pan integral. La muerte es la noche estrellada. La muerte es un abismo y en ese abismo habitan los pudorosos. La muerte es la convexidad de las cucharas en un spaghetti western. La muerte es la belleza ilimitada de los tulipanes. La muerte es el moco que le hemos podido perdonar a escasas narices. La muerte son los pelos cortos de una mujer cuando son teñidos de azul. La muerte no es el horizonte le dije, ningún horizonte o confín evidencia la inmaterialidad de la muerte. Cualquier madrugada, traslúcida como el hielo joven, la muerte es una esfera de viento. Entonces Kevin se sonrió y permaneció callado un segundo. Supe en ese segundo que era de pocas palabras. Un momento después hurgó en su mochila, encendió un cigarro y puso cara de punki. Death me dijo, death is a strange myth. Yet Halliburton makes it, packs it, picks it, places it within your reach. Death is the modern portrayal of the eternal void, now striken with tiny pieces of purple plated glass imported from Singapur. Pepsico stores it in a basement in downtown Cincinatti, together with twenty or twenty fives cups of chocolate –the exact figure is uncertain– and a perfect replica of Barack Obama’s heart. No serious weatherman would include it in his morning forecast. No sensible Santa Claux would grasp it, then consider it as a potencial gift for next Christmas. No Al Pacino would shout at it, not even in the dark of a singing drunk whore`s hotel room in any given Chinatown. There are only two things which are real. Only two things in this wild untimely frapuccino-struck land, me dijo. Love… se detuvo un momento, nothing but Love and Sweet Fucking Cunt. Luego nos separamos. No nos volveríamos a ver, y todavía después de lo sucedido eso no parecía entristecernos. Nos despedimos en una esquina, evadiendo la fatalidad. Yo caminé unos minutos más. Compré un shawarma. Miré 3 palomas cagar desde una cornisa cuyos trazos no correspondían a la influencia de Gaudí. Retiré 80 euros de la Caixa, sigiloso, cuidando que nadie me viera, me enculara, me robara. Caminé 8 cuadras más hacia el Mediterráneo, tan abierto esta tarde como un burdel japonés. Un instante pude oler algo que debían ser papas fritas. Pensé en las ciudades y en su diseño trivial. Pensé que las ciudades eran como grandes prados sobre los cuales se había derretido la página final de un Moleskine cuadriculado. Prat pensé. Carajo pensé inmediatamente, qué imbécil que soy. Entonces vi un supermercado. Entré y compré huevos de granja. Compré 2 paquetes de rúcula fresquísima. Compré un vino de la Ribera del Duero. Compré un pequeño envase de kerosene. Compré 200 gramos de aceitunas verdes deshuesadas que me parecieron, cuando las mordía como si fueran pequeños muñecos vudú, la misma presunción del abismo.

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