Ameba

La ausencia más honda no debe ser atómica. No puedo luego particularizarse, señalarse, ni siquiera definirse o delimitarse, como es usual hacerlo con los otros tipos de ausencias. De los otros tipos, tienen todas en común ser la ausencia de un objeto específico. Este objeto puede ser cualquier cosa y esta ausencia suele caracterizarse por una sensación de carestía aguda pareada a una melancolía pura, letárgica y desasosegante, ambas siempre ubicables en una sola persona o grupo de personas que podemos llamar él o los sujetos de esta ausencia. Los sujetos de la ausencia la explicitan y es así como la reconocemos. Suspiran, beben, gritan, corren, conducen como locos calatos a lo largo de avenidas estrechas, se sonríen con insolencia, también combinan estas actividades, quizás suspiran y beben, quizás gritan y corren y se sonríen con insolencia, ocurre que suspiran, beben, gritan, corren hasta su auto y conducen como locos calatos a lo largo de avenidas estrechas… acaban viajando a otros países, conciertan citas en teatros, le declaran su odio a un peluquero, pueden dedicarse al arte, pueden acometer cualquier negocio vil como la familia, la adopción de un niño africano, la política y la diplomacia, la literatura de índole beat, también la danza moderna. Pero siempre es la ausencia que padecen flagrante: podemos leerla en sus sonrisas imbéciles y en sus cejas que bailan como embrujadas. Y no debe ser la ausencia más honda, sin embargo, quizás parecida a estas.

La ausencia más honda… primero que todo estará velada, casi imposible de reconocer, segundo que, si acaso lográramos efectivamente reconocerla, jamás la podremos fijar a un ente concreto, pudiera ser este el objeto de la ausencia padecida o el sujeto de ella o cualquier actor –animado o inanimado– que por las circunstancias aciagas pudiera estar suscrito al drama que da lugar a esta ausencia. Será siempre una noción vaga, una sospecha leve que nos intrigue y no podamos conquistar. La ausencia más honda es desde su parto inubicable e imposible de dirigir, todavía menos de teledirigir, cosa que tan frecuentemente nos sucede cuando sumidos en el tedio nos encontramos aburridos y, con pura desidia, nos sumergimos en la añoranza larga y arbitraria. La ausencia más honda no distingue entre objeto y sujeto; esta ausencia es única, es unánime y total y celeste… no está cimentada –como las otras– en función al puente o nexo visible entre objeto y sujeto, luego es así que no se presenta explícita. No es geométrica como un grillete, espacial como una figura de amor, sino que es amorfa y omnipresente y si tuviera cualquiera que representarla gráficamente, finalmente terminaría esbozando una ameba lívida y gigantesca que trascendería el lienzo elegido, con trazos gruesos y casi traslúcida y constantemente difuminándose hacia la noche. (He pensando algunas mañanas que si quisiéramos cabalmente imaginarla, tendríamos que volver a aceptar el concepto físico del éter.)

Siendo todo así, la ausencia más honda estará exenta de cualquier atisbo de toda posibilidad de sueño de cielo de océano y esperanza. No padece por esto la víctima de ella de las agonías que son la carestía y la melancolía, ambas causadas por la extrapolación del extremo deseo vuelto vano. Esta ausencia es íntima y brumosa, como un vaho atado al estómago que no registra la ley de las dispersiones. Siendo además muy leves los indicios externos de su existencia, nadie sabe donde está, nadie sabe quién y cuantos y cómo la padecen. Siempre inclinado al escepticismo, he sabido en ocasiones descreer de ella. Quizás la víctima de la ausencia más honda está, al fin y al cabo, condenada a ignorar su deslumbrante padecimiento. Si brilla como un hombre contento, ¿quién puede adivinar lo que se encuentra dentro de ella?

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