Ameba

La ausencia más honda no debe ser atómica. No puedo luego particularizarse, señalarse, ni siquiera definirse o delimitarse, como es usual hacerlo con los otros tipos de ausencias. De los otros tipos, tienen todas en común ser la ausencia de un objeto específico. Este objeto puede ser cualquier cosa y esta ausencia suele caracterizarse por una sensación de carestía aguda pareada a una melancolía pura, letárgica y desasosegante, ambas siempre ubicables en una sola persona o grupo de personas que podemos llamar él o los sujetos de esta ausencia. Los sujetos de la ausencia la explicitan y es así como la reconocemos. Suspiran, beben, gritan, corren, conducen como locos calatos a lo largo de avenidas estrechas, se sonríen con insolencia, también combinan estas actividades, quizás suspiran y beben, quizás gritan y corren y se sonríen con insolencia, ocurre que suspiran, beben, gritan, corren hasta su auto y conducen como locos calatos a lo largo de avenidas estrechas… acaban viajando a otros países, conciertan citas en teatros, le declaran su odio a un peluquero, pueden dedicarse al arte, pueden acometer cualquier negocio vil como la familia, la adopción de un niño africano, la política y la diplomacia, la literatura de índole beat, también la danza moderna. Pero siempre es la ausencia que padecen flagrante: podemos leerla en sus sonrisas imbéciles y en sus cejas que bailan como embrujadas. Y no debe ser la ausencia más honda, sin embargo, quizás parecida a estas.

La ausencia más honda… primero que todo estará velada, casi imposible de reconocer, segundo que, si acaso lográramos efectivamente reconocerla, jamás la podremos fijar a un ente concreto, pudiera ser este el objeto de la ausencia padecida o el sujeto de ella o cualquier actor –animado o inanimado– que por las circunstancias aciagas pudiera estar suscrito al drama que da lugar a esta ausencia. Será siempre una noción vaga, una sospecha leve que nos intrigue y no podamos conquistar. La ausencia más honda es desde su parto inubicable e imposible de dirigir, todavía menos de teledirigir, cosa que tan frecuentemente nos sucede cuando sumidos en el tedio nos encontramos aburridos y, con pura desidia, nos sumergimos en la añoranza larga y arbitraria. La ausencia más honda no distingue entre objeto y sujeto; esta ausencia es única, es unánime y total y celeste… no está cimentada –como las otras– en función al puente o nexo visible entre objeto y sujeto, luego es así que no se presenta explícita. No es geométrica como un grillete, espacial como una figura de amor, sino que es amorfa y omnipresente y si tuviera cualquiera que representarla gráficamente, finalmente terminaría esbozando una ameba lívida y gigantesca que trascendería el lienzo elegido, con trazos gruesos y casi traslúcida y constantemente difuminándose hacia la noche. (He pensando algunas mañanas que si quisiéramos cabalmente imaginarla, tendríamos que volver a aceptar el concepto físico del éter.)

Siendo todo así, la ausencia más honda estará exenta de cualquier atisbo de toda posibilidad de sueño de cielo de océano y esperanza. No padece por esto la víctima de ella de las agonías que son la carestía y la melancolía, ambas causadas por la extrapolación del extremo deseo vuelto vano. Esta ausencia es íntima y brumosa, como un vaho atado al estómago que no registra la ley de las dispersiones. Siendo además muy leves los indicios externos de su existencia, nadie sabe donde está, nadie sabe quién y cuantos y cómo la padecen. Siempre inclinado al escepticismo, he sabido en ocasiones descreer de ella. Quizás la víctima de la ausencia más honda está, al fin y al cabo, condenada a ignorar su deslumbrante padecimiento. Si brilla como un hombre contento, ¿quién puede adivinar lo que se encuentra dentro de ella?

1

No quería titular esta nota así. No quise aludir a Thomas Mann. Eventualmente me he cagado en él. No ha sido así siempre –de ninguna manera– ni lo es así tampoco en esta ocasión. Sucede que hablo en esta ocasión de cartografía, de la ubicación de las cosas, después del tránsito que hacen las personas a través de todas estas cosas previamente dispuestas y del tránsito que hacen también ellas a lo largo o ancho del terreno –entre ellas mismas– movidas sea por voluntad propia o por las personas, asimismo de las decisiones y pulsiones que determinan este tránsito, tránsito que no sigue ningún orden o sugerencia de orden que haya comprendido nadie jamás. Y no quise aludir para esto a la susodicha obra de Thomas Mann. Sencillamente no era necesario. Aún así no me cago en él esta vez. De hecho no puede serlo así cuando efectivamente titulo este último testimonio mío así, o casi así, cuando al escribir recuerdo inevitablemente la obsesión de Aschenbach, el cólera y la ciudad desahuciada, recuerdo también a Tadzio, indemne como una manzana. Porque llegué a Barcelona y comencé a presentir a la muerte. Mi muerte inminente había tintado la ciudad entera. Llegó a mi mente a penas aterricé en el Prat. La muerte era tangible en cada paso que daba y en cada bufa que aventuraba la podía también entrever. Pero luego comencé a andar y la muerte se aburrió de mi y huyó persiguiendo a Belén Esteban. Yo conocí a un verdulero catalán y muy guapo, deambulé por la ciudad, conocí a una asturiana muy pequeña y más guapa, deambulé mucho más por la ciudad llovida, después conocí a Kevin, él era de Tennessee, no era guapo, finalmente volvió la muerte a mi mente tres semanas después, había sido abofeteada sin decoro por Belén Esteban tras burlarse de la manera en que bailó en la tele y se había estado acercando sigilosamente a mí otra vez desde entonces. Fue una tarde sentado en el Parc X, en cualquier parte del Eixample de la cual no quiero acordarme. Yo disfrutaba del extraño sol invernal, sol radiante y extraño que no sé si sea común en esta ciudad, país o qué mierda, pero que sin duda debe ser señalado como un sol extraño, bello y solícito, quiero decir bello como la mierda, extraño y adamantino (como la mierda). Comía aceitunas cuando se apareció delgadísima ante mí, pálida y fálica como un fuet. Yo sólo me quedé mirándola, enmudecido por su belleza ibérica que entendí –solamente desde ese momento– estrictamente geodésica. Quiero decir que llegué a Barcelona y la muerte que anidó en mi tripa, que luego voló a otro lugar que debo entender mucho más cálido que mi tripa, que luego volvió definitivamente para quedarse en mi tripa congelada, en ese Parc X, no era la misma muerte que antes había vislumbrado y conocido, la muerte que acecha muy callada a mi nonna, manteniéndola tibia día tras día, la muerte que de algún modo nos persigue a casi todos, milenariamente regentada por Hades y vilipendiada aquella anecdótica vez por Jesús. Mi muerte era distinta, distinta de aquel modo como algunos niños pequeños son vagamente distintos y luego crecen para ser adultos vulgarmente distintos, escindiéndose así de la generalidad de modo que al cabo tienen problemas para reproducirse. Mi muerte, la muerte que presentía para mí, ante todo era cálida. Eso la alejaba de todas las otras muertes, que eran gélidas y no congeniaban con ella: una muerte de sangre caliente era una cosa insólita, cómica y tabú, grotesca y baladí y por tanto una muerta destinada a estar proscrita por las otras muertes (que se tomaban ellas mismas muy en serio, como algunos grandes escritores y los más insignificantes empleados públicos). Mi muerte era un mamífero maricón y cantor bailando zamacueca entre un público de reptiles descansados. Mi muerte era el amor malhecho a la luz de un quinqué, entre dos pre-púberes curiosas. Empezando porque mi muerte solitaria no utilizaba el solemne latín, en cambio me hablaba en catalán y me engreía: me convidaba bocatas de tortilla en las mañanas y cortados o americanos por las tardes. Y eso no era visto bien por las otras muertes. Yo lo pude notar también: tanta generosidad de mi muerte me llevó a no temerle una mierda a mi muerte, cosa nada conveniente pues me condujo a pasar buenos momentos con ella. Así después fui celoso de ella, estuve despechado y absolutamente desierto cuando huyó persiguiendo a Belén, rubia y tan triste bailarina. Quise que mi muerte fuera sólo mía y para siempre, que no matara a Belén. Pensé idiotizado que en verdad Belén merecía vivir. Opté cuando volvió por mantener mi muerte en secreto, desde ese instante y para siempre, cuanto tiempo eso fuera. En resumen, el asunto es que llegué a Barcelona y de inmediato comencé a presentir a la muerte, que luego la olvidé, deambulé por la ciudad y sentí que la ciudad era como un tablero de Risk, que finalmente abrí los brazos para ella como una madre en una playa desierta, una tarde cuando comía aceitunas en cierto Parc X, que la recibí con los ojos abiertos, que me fundí en ella y fuimos a caminar, le invité unas cañas en el Born, después follamos.

2

Todo empezó cuando conocí al verdulero. El verdulero ni se llamaba a si mismo así ni me habló de la muerte. Era sólo el tercer día desde mi aterrizaje, mi muerte acababa de huir y yo había hecho una siesta recostado sobre Montserrat. Por ratos, más cuando admiraba la soledad de mis zapatillas mojadas que descollaban del asiento de la silla de polietileno, las podía a penas distinguir apareciendo sobre la silla del escritorio que ahora utilizaba de perchero, levemente cubiertas por mi casaca, empapadas, cabeceaba. Me había erguido con dificultad y me disponía a ver la televisión cuando descubrí que mi apariencia no era la adecuada. Fui a mear, creí que era oportuno mear antes de postrarme en el sofá cuando miré en el espejo y lo supe, supe que así no me liaría con nadie. ¿Qué mierda era aquello? Aquello era una especie de poliedro extraño o casco roto u hongo mal puesto. Quiero decir que aquello era espantoso. Y como necesitaba urgentemente liar con alguien, me dirigí de inmediato a una peluquería. Me vestí a la carrera y bajé a la calle y entré a la primera que encontré: ocurrió así que conocí al verdulero. La peluquería estaba en la misma cuadra que el piso en el que me hospedaba. Era pequeña y sólo tenía dos estaciones. La administrada un chino ensuciado, tan delgado que parecía una espiga de trigo. El chino no sabía ni castellano ni catalán ni tampoco inglés. Entré y me dirigí a él. Finalmente nos comunicamos con señas, o quise creer que lo habíamos hecho, en efecto. Pero el chino –venenoso como una espiga de trigo– no me entendió en evidencia un carajo, me cagó el pelo: hizo un corte fundamentalmente oriental, no ajustándose a la condición ex-oriental de mis pelos y moderna de mis nuevas necesidades, y el verdulero se cagó de risa sentado entre atados de acelgas y rúcula fresquísima, pestilente y alegre en su puesto junto a la peluquería mientras me veía increpar al chino sorprendido y algo ofendido, aún delgado como una venenosa espiga de trigo, sonrojado pero todavía incapaz de entenderme. Cuando salí rendido del establecimiento, se me acercó, me dijo que se llamaba Joan Ferrer y que él podía ayudarme. Noté que era muy guapo, tenía los ojos amplios y claros. Le dije que yo me llamaba Juan y que aceptaría su ayuda. Llevaba una camisa blanca con pequeños puntos azules. Me dijo que me conduciría a un lugar donde me arreglarían la cabeza. Tenía el cabello cobrizo y yo pensé que sus pelos parecían una mopa, que estaban bien. Pensé también que esto era muy apropiado. Si algo necesitaba con urgencia era que alguien me arreglara la cabeza. ¿Y dónde iríamos para eso? Me hizo una seña rápida con la mano y lo seguí. Primero tomamos el Carrer de Sardenya. Bajando hacia el mar, la ciudad que todavía no conocía del todo me sorprendió: era fértil, era mate y la transitaban todos tipo de personajes parlantes, enfundados alternativamente en cuero o paño, dependiendo de la edad. Transitaban, nosotros también, formábamos figuras, trazos que me parecían describirse como breve estelas en el asfalto que desaparecían convertidas en vapor de agua. Pronto cruzamos la Diagonal, el Carrer d’Aragó, la Gran Vía de les Corts Catalanes. A la altura del Carrer d’Ausiàs March, viramos y tomamos en diagonal el Carrer de Ribes. Llegamos por él al Arc de Trionf, seguimos por Trafalgar, luego por d’Ortigosa. Entonces comenzó a llover y el cielo se oscureció, mostrando su índole pendenciera. El suelo se enfrió muchísimo. Yo abrí el paraguas; Joan se cubrió con la capucha de su casaca azul, entró a un bar y compró dos cafés para llevar. Tomamos luego la Vía Laetana hasta Jaume I, donde doblamos a la derecha. Frente a la Generalitat de Catalunya encontramos una concentración de pakistaníes protestando bajo la lluvia. Tomamos el café mientras los observamos con apacibilidad. Sus figuras morenas se disponían de tal modo que sugerían un coro. Mojados y entristecidos, cargaban pancartas donde con pésima caligrafía denunciaban las condiciones laborales deplorables de los inmigrantes en España. Yo le pregunté a Joan si siempre sucedía esto. Permaneció callado y dio el último sorbo a su café. Nos detuvimos sólo un momento más y luego bajamos hasta el litoral por d’Avinyó, sin hablar, seguimos por el litoral hasta toparnos con la figura de Colón mismo, descomunal y metálico. Allí, frente al Mediterráneo extendido que permanecía impávido como una sábana, Joan se ofreció a tomarle una foto a 3 turistas belgas. Cogió el aparato con firmeza y pude notar que tenía las manos hermosas, tupidas y peludas todavía cuando muy finas. Tan pronto como tuvo la cámara de fotos entre sus manos, me hizo una seña. Tuve que seguirlo. Fuck you! Joan corría como un pato. Come back! Aún así era abrumadora su velocidad. Traté de no perderlo de vista. En ese tiempo anocheció y la calle, que mutaba a nuestro alrededor como una película que iba de R a Triple X, se colmó de putas humorosas y brillantes, decoradas con baratijas y mucha fantasía, impregnadas de un cierto ceño del medio oriente. Le pregunté a Joan, que jadeaba, dónde carajo estábamos, por qué carajo había hecho eso y por qué mierda había tantas putas. Sólo entonces se colgó la cámara alredor de la nuca, hizo una mueca como de koreano adinerado departiendo en el Parc Güell y me dijo que eso era el Raval, que esas putas eran talentosas, aunque para ser franco llevaban la concha colmada de cizaña. Sin más retomamos el camino. Joan se mostraba campante y afectuoso. Andábamos y me dijo que se me vería muy bien con unas gafas. Buscó en el bolsillo de su casaca y me entregó un par. Sin verlas las guardé en el bolsillo de mi abrigo. Íbamos ahora por la Ronda de Sant Pau, alejándonos del puerto. Esta se convirtió luego en Comte d’Urgell y pronto cruzamos, en dirección opuesta, la Gran Vía y d’Aragó. Seguimos recto hasta la Plaça de Francesc Macia. Zigzagueando y escalando por calles, alcanzamos después la Vía Augusta. Allí nos rodeó de pronto una horda de muchachas perfumadas que hablaban de carteras y los Arctic Monkeys. Nos observaron con asco. Inmediatamente me puse las gafas, pero yo no había escuchado el último disco de los Arctic Monkeys y ellas pudieron notarlo. Nos continuaron observando con asco. Le pregunté a Joan quiénes eran estas muchachas fabulosas. Me dijo que también eran putas, tan solo que no eran profesionales y en cambio de ser cizañosas, llevaban virulencia en los labios, tan suaves, y codicia en el colon excoriado. Tras escapar con éxito de ellas, descendimos por la Vía Augusta y luego nos perdimos entre calles más pequeñas, frías y estrechas. Corría un viento húmedo y redentor; llovía todavía y se empezaba a colar el frío por mis pies. Joan me dijo que aquello se llamaba Gràcia. Aquí podríamos pillar hachís si es que lo quería. Una bellota, acaso dos. Vi tres hippies encender un porro en una plaza. Un minuto después vi una paloma blanca defecar en una terraza. Me senté y quise recordar el olor del porro. Lo había retenido en mi lengua como se retiene el sabor de un chocolate obscuro en el paladar unos segundos. Fue en vano: ya se había ido definitivamente. En cambio recordé unos minutos a la paloma blanca que había visto defecar. Me puse en pie con lentitud y determinación, como si estuviera siendo ahogado por un mar infinito y esta propiedad suya, su infinitud, no me sorprendiera. Luego seguimos el camino, descendimos aún más hasta llegar al Passeig de Sant Joan. Tomamos el Carrer de Rosselló a la izquierda y cuando volvimos a alcanzar Sardenya, sintiéndome timado, habiendo perdido 3 horas y volviendo a reconocer la Sagrada Familia, le dije que habíamos vuelto al mismo lugar. Lo miré: ni nos habíamos detenido en otra peluquería, ni en un centro psiquiátrico, ni en una clínica de cirugía estética. Joan Ferrer se sonrió.

3

He comenzado a caminar muy lento. Me pierdo cada vez en giros inútiles. Descubro siempre caminos agotados. Las calles forman dibujos en un mapa y yo recorro estos dibujos con meticulosidad. Estos dibujos empiezan a parecerme infinitos. Esta infinitud no me sorprende. He caído en cuenta de que ando cada vez más despacio. Antes iba muy rápido. Las cosas me veían pasar y yo echaba entre las cosas mi estela de vapor de agua de colonia. Ahora la figura está invirtiéndose. Quiero decir que he perdido el protagonismo. Salgo a la calle y permanezco incógnito. Veo como las cosas pasan a mi lado y a mi alrededor, sin mirarme, dando giros, trazando espirales. ¡Y no sólo simples cosas! También aquellas cosas que, un poco más gruesas o distendidas, comienzan a llamarse eventos. Salgo y observo: ocurren innegables eventos y acontecimientos a mi alrededor, algunos incluso son sorprendentes y dignos de señalar. Antes despotricaba de toda aquella gente que caminaba más lento que yo. ¡Imbéciles, peleles enculados, malditos tragapollas despojados de sino y urgencia! Elaboraba teorías sobre esta gente intratable, que debía ser intrínsicamente idiota y que además esto no debía ser algo casual. Había llegado a insinuar que debía haber alguna señal apreciable en su genotipo que los delatara y hubiera condenado a desplazarse a esa velocidad poco cívica, pasmosa, soporífera. Anything but a Tabula Rasa, pensaba. Sería factible practicar la eugenesia: eliminar a los lentejas de la tierra. Lo había dicho en una tertulia pública y por fortuna olvidada. Y ahora parezco caminar más despacio que casi cualquiera. Ahora soy uno de ellos. De pronto he comenzado a caminar tan lento. Me han rebasado señoras en tacos muy altos. Iba por la Diagonal y vi como una me adelantaba con cautela. Era una anciana, lo hacía y cuando lo hacía, ¡ella sabía lo que hacía! Sonriendo como una máscara aterrada, me miraba, gozaba de su victoria pequeña. Hay victorias que son tan pequeñas, pero cuando las únicas victorias que tenemos son estas, tan así las gozamos como si fueran olímpicas. Llevaba el peinado de David Lynch –me sonreía también con él–, parecía musitar algo. ¡Adeu, adeu bon jove! ¡Esta es mi medalla de oro! Me ha pasado un señor con una boina, mantenía el culo muy apretado, los pantalones a cuadros no lograban encubrirlo. Llevaba un Beagle y un bastón de madera con el que hacía figuras en el aire, de esos con un pájaro metálico en el mango que semejan una gárgola pariendo. Me ha pasado hasta el típico turista idiota que camina muy lento y admira los edificios que no han construido aún ni construirán en su país: con su pequeño gorro azul y la camisa beige. Lo noté por primera vez la tarde en que estuve con Andrea. Andrea me lo dijo sin asco. ¿Acaso era idiota o qué? Me dijo que en Xixón todas caminan como ella. Tomó un trago de whisky. Me dijo que su madre puede cubrir 100 metros en 18 segundos, siempre con al menos uno de ambos pies sobre la tierra. Tomó otro trago, se inclinó sobre la mesa de modo que pude verle las tetas con detenimiento, comió algunas de mis bravas. ¿Acaso era idiota o qué? Nos conocimos en un bar y al día siguiente salimos a dar una vuelta e inmediatamente, no habíamos andado ni 50 metros cuando me dijo que yo caminaba extraño. Me preguntó si era cojudo, si me pasaba algo. ¿Acaso era idiota o qué? Yo sólo me quedé mirándola. Parecía que aún estaba bajo los efectos del whisky que nos habían servido la noche anterior. Luego recordé la historia de la velocidad de su madre. Luego recordé que en Xixón todos andaban como ella. Quedé en silencio. Su nariz recta y sus pómulos vacuos, su sonrisa lisa, su culo genial y su cintura fina, sus pelos largos y obscuros como la brocha de un pintor, todo era muy agradable. ¿Acaso era idiota o qué? La había conocido en un bar y ella había bebido tres whiskys y yo seis o siete y alrededor del cuarto le había dicho que había venido a la ciudad y que de pronto una tarde, cuando comía almendras tostadas en la Plaça Reial, esta me había parecido una autopista, una maravillosa autopista en forma de cuadrícula. ¿Acaso era idiota? Le dije que casi había muerto. También… quiero decir figuradamente. Hizo una mueca. Sí, era un poco idiota. No sólo eso, además era un idiota mal vestido. Tendríamos que ir a comprarme algo de ropa. Yo le dije que no llevaba mucha pasta. Ella me dijo que no importaba. Iríamos al H&M. Al día siguiente la pasé a buscar. Vivía en un piso muy pequeño en el Carrer de Verdi. Caminamos al centro. Y cuando acabamos de comprar, se despidió. Anduve un minuto solo, luego tomé la Ronda de Sant Pere. Tenía más de 2 horas que perder antes de llegar al Parc de la Ciutadella, donde me esperaban. Le había dicho a Andrea que no sabía qué hacer con ese tiempo. Me dijo que caminara recto hacia el lugar. Le pedí que me acompañara. Me dijo que no podía. Le dije que si caminaba recto inevitablemente llegaría antes de 2 horas. Cierto, era cierto, aún a mi velocidad. Me dijo que entonces podía optar por caminar muy lento, todavía más, y que si acaso llegaba antes, pues que diera una vuelta por la playa, estaba muy cerca. Le dije que no sabría cómo volver a la hora justa y convenida al lugar indicado. Me dijo que podía tomar el tiempo y utilizar sólo la mitad de aquel que me restara en el camino de ida, luego emprender el retorno. Es decir, si por ejemplo llegaba al punto de encuentro con 1 hora de anticipación, debía andar 30 minutos de paseo, luego volver por el mismo camino y, si mantenía la misma velocidad, llegaría al lugar convenido a la hora justa. Pero era determinante no descuidar el tiempo. Si acaso me excedía y caminaba, pongamos 40 minutos más allá del lugar convenido, tendría solo 20 para volver. En ese caso tendría que andar el doble de rápido el camino de regreso. De este modo, si caminaba 45 minutos más allá, tendría sólo 15 para volver. Esto era una tercera parte de lo que había invertido en alejarme, luego tendría que volver 3 veces más rápido. Aquello seguramente significaría correr y no era lo que deseaba. Asentí. Le dije que me parecía una técnica magnífica, aunque quizás un poco peluda. Además, prefería no volver por el mismo camino que por el cual me había alejado. Me dijo que en ese caso la mejor opción era la de plantear un circuito. Por ejemplo, el método más sencillo era describir un cuadrilátero. ¿Dónde era mi cita? Vale, entonces podía partir del encuentro entre el Carrer de Nápolis y Passeig de Pujades, andando en dirección a Marina. Me debía demorar aproximadamente 15 minutos en trazar la primera de las 4 piernas, y en ese instante debía doblar recto a la izquierda. Quizás llegaría hasta d’Àvila, subiría por ella, trazaría otra pierna. Debía caminar otros 15 minutos más. Acaso llegaría entonces hasta el Carrer d’Aragó. Si fuera así, debía ir por ella en dirección contraria a la inicialmente tomada, llegar hasta Nápolis –lo que demoraría aproximadamente 15 minutos adicionales–, doblar a la izquierda y así bajar, en los 15 minutos de resto, hasta alcanzar otra vez la esquina de Nápolis con Passeig de Pujades, donde me estarían esperando. Le dije que me parecía un método encantador. Me dijo que si en algún momento notaba que iba tarde, podía acortar el trecho. Esto sucedería durante la segunda pierna. Si notaba que ya iba andando 30 minutos y aún no había completado la segunda pierna, debía inmediatamente doblar a la izquierda y andar hasta el Carrer de Nápolis. Llegaría finalmente a mi destino también a la hora indicada, sólo que estaría transformando el trazado de mi circuito. Sería ahora un rectángulo, ya no más un cuadrilátero. Asentí. Nos quedamos en silencio un momento. Me preguntó si había considerado esperar sentado.

4

Sentado con la computadora portátil en el regazo, escuchando canciones o vagando en Google Maps, otras veces procurando dormir, entonces encogido en posición fetal, las noches transcurren en este cuarto empequeñecido. No caben casi los ruidos ni las luces en la habitación. Sólo destellos intermitentes denuncian el silencioso tránsito nocturno. Las persianas están cerradas por completo. Quizás es el camión de la basura lo que casi se oye. En cualquier caso, puede ser él o cualquier cosa lo que se oye pasar por la calle. Es lo mismo. Cualquier cosa… Y acaso cada calle no permanece quieta, a pesar del silencio en el que aparenta descansar. Acaso cada calle permanentemente sube o baja hacia el litoral o las colinas. Quiero decir o creer que ninguna está quieta verdaderamente. Tan sólo es eso lo aparente, cuando sabemos ya a estas alturas de la historia que lo aparente es mucho más que lo real pero mucho menos que lo efectivo. De pronto, en realidad es fácil concebir en una ciudad que se aposta entre el mar y las colinas que las calles que conducen al litoral bajan y que aquellas que conducen a las colinas, pues que ellas suben. Y así constantemente, también por las noches. O así, de hecho, en el mayor número de los casos a los que podamos remitirnos cuando estamos en esta habitación empequeñecida. Pues cuando lo pienso, si bien no las imagino tampoco encuentro lógicamente imposibles aquellas calles distintas que bajen hacia la colina o que suban hacia el litoral. Y acaso existen, sigilosamente. Son el resultado de un trazo irregularizado, cierto y en desmedro de la coherencia espacial que nos envuelve o que, digamos, procuramos que nos envuelva. Son como aquellas personas o formas semejantes a personas o vacíos y ausencias que nos sorprenden eventualmente, límpidas o sigilosas, nunca ambos al mismo tiempo. Y acaso ocurre también que nos reunimos con cuerpos que no son cuerpos, del mismo modo, que en cambio de cuerpos son nubarrones facundos. Es decir son espectros, hálitos, formas semejantes a memorias radiantes que van extinguiéndose con premura. Otras veces nuestros encuentros sí son tangibles, hablamos con un ser verosímil, lo podemos tocar… creemos que lo podemos tocar, de pronto detrás de él no existe nada. Y acaso cuando la vi supe ya que era una fantasma y por eso se lo dije, que era como una de esas calles disidentes que había considerado plausibles y que con esta similitud como único sustento, no la podría asir. Íbamos en el metro. La vi y supe que ella no era más que puro ectoplasma. Había subido al metro y habían pasado pocos minutos. Estábamos en la estación Universitat. Ella subió muy despacio, andando con cuidado. Llevaba 45 capas de ropa y ciertamente le debían restar agilidad. Lo recordé todo claramente mientras descansaba en posición fetal. Creí que había oído el camión de la basura. Lo recordé en ese preciso momento. Un destello iluminó la habitación empequeñecida, colmada de un vaho que se asemejaba al kerosene. Recordé que cuando se acercó a mi, sorprendido por su elección contundente de abrigo, le dije que no hacía demasiado frío. Ella me miró indignada. ¡Sí que lo hacía! Me dijo que fue el invierno más frío en muchos años. No le creí. Había nevado, pero yo no tenía frío. El tren arrancó y ella se sentó frente a mí, muy tímida. A su izquierda, frente de mí y a mi derecha, se había sentado un muchacho. Llevaba una camisa blanca con puntos azules y unos jeans ceñidos. Tenía rasgos ibéricos. Aparte de él y nosotros, no había nadie más en el vagón. Tan pronto como se había sentado, encendió un reproductor de música y se colocó unos auriculares enormes y dorados. Si me preguntan, parecían los headphones de Héctor Lavoe. Volví a fijarme en ella, sentada y sin hablar. Me miraba también. Estaba sonriendo. Le dije que así parecía un espectro, en el buen sentido. Le dije que me parecía una momia bonita, pálida y chaposa. Se apartó el pelo de la frente amplia. Le dije que con el pelo recogido así se parecía a Tadzio. Ella no había leído el libro. Le pregunté si había visto la película. Tampoco. Le confesé que era un juego de palabras. Tadzio era un niño polaco, no podían parecerse. No le hizo gracia. Entonces me atreví finalmente, le dije que sentí que la perseguía. Había corrido por toda la ciudad y en todas partes habría creído verla. En el Mercat de Santa Caterina. En la esquina de Pau Claris con Mallorca. En el Fnac. En una maceta. Esto sí le hizo gracia. Pero luego me dijo que si era ella sólo un espectro, ¿cómo podía yo perseguir al vacío? ¿No era eso un poco cojudo? Reconocí que tenía un buen punto. En ese momento el tren se detuvo en la estación de Plaza Catalunya. Era ya muy tarde y los trenes iban casi vacíos. El aire frío parecía nublarse alrededor de nosotros. El aire parecía formar una nube y esta nube parecía estar compuesta de kerosene. Cuando se abrieron las puertas subió una pareja mayor. Ella entró primero. Llevaba un abrigo negro de paño y una chalina blanca descomunal. El viejo llevaba un abrigo largo y holgado, un gorro azul de terciopelo. Parecían alegres y solemnes, habían hecho su entrada con circunspección, no obstante tan pronto como se cerraron las puertas la vieja dio un grito. El viejo quiso darle un abrazo. Ella lo apartó. El tren partió de la estación. El viejo quiso entonces darle un beso. No lo logró. Ella utilizó una de las varas de acero que atraviesa el vagón verticalmente y sirve de asidero para cubrirse de él, no lo dejó así aproximarse. Entonces el viejo dio un grito. Hubo un segundo de silencio. La vieja dio dos gritos. El viejo respondió a estos con cuatro o cinco gritos. No pude entender lo que decían. Luego ambos gritaron a la vez durante un largo tiempo, sin respetar el orden ni el turno del otro para gritar. Continuaron en esto hasta que llegamos a la estación del Arc de Trionf. Las puertas no se abrieron. Cuando partimos de ella, continuaban aún. Entonces Héctor detuvo su reproductor para oír la pelea. Un momento después lo volvió a encender. Me pareció reconocer la melodía, se la podía escuchar parcialmente. Le hice una seña con la mano. Le pregunté a Héctor qué era lo que escuchaba. Quedó perplejo un instante, luego introdujo una mano en el bolsillo de su camisa, sacó una servilleta y me la entregó. No entendí lo que decía. Ella me pidió que se la mostrase. Extendí la tira de papel absorbente frente a sus ojos:

h t t p : / / w w w . y o u t u b e . c o m / w a t c h ? v = 0 P 5 j V 4 l H H R 0

Hizo una mueca de satisfacción. Entonces me atreví, le confesé que la muerte me había encontrado. Ella me dijo que eso no tenía sentido, dado que evidentemente estaba en este momento conversando con ella y, en consecuencia, me encontraba más bien vivo. Le hice notar que si bien aparentaba estar vivo, estaba hablando con un espectro. Eso no podía ser normal. Me concedió aquello y se sonrió. Luego lo pensó un poco y me dijo que quizás no estuviera muerto. Si no lo estaba, debía ser un chamán o a lo menos un medium. Le dije que en realidad sólo había muerto unos días, que luego mi muerte me había dejado por una chica de la televisión. No tuvo tiempo de reaccionar. El viejo le había dado un manotazo fortísimo a la vieja, volteándole la cara y desarreglando su chalina, manotazo que la vieja respondió con una bofetada certera y fulminante que dejó una región de la tez del viejo completamente roja, además de una herida sangrante a la altura de la quijada, procurada por el brillante de ella, bofetada que el viejo respondió con un sinnúmero de lágrimas. Finalmente sólo se dio la vuelta avergonzado y tomó asiento. La vieja permaneció parada mirándolo enfurecida. Héctor veía todo inmutable. Entonces le dije que había sido en un parque donde había visto a la muerte, cuando yo comía pequeños trozos de fuet. Le dije que, justamente, la muerte era muy parecida a un fuet. Se rió. Me dijo que ella nunca se habría imaginado a la muerte así. Quizás en su mente la muerte era una mancha obscura permanentemente difuminándose, algo como una figura paternal y maternal y soberbia y satánica a la vez. Quizás en su mente la muerte sería un payaso. Yo nunca lo sabría. No me lo quiso decir. Me dijo que no solía hablar de sus sueños. Permanecimos callados un largo rato. Los viejos ya no se gritaban. En extremos opuestos del vagón, frente a frente, lloraban ahora ambos, completamente mudos. Pasamos en silencio Marina, Glòries y Clot. No se abrieron en ninguno de los tres casos las puertas. Cuando llegamos a la estación de Sagrera, me preguntó si no me iba a bajar. Aquí podía hacer conexión con la azul y llegar al piso donde dormía. Negué con la cabeza. Le dije que me quedaría con ella. Entonces se puso en pie, dio un brinco, hizo una figura correspondiente al ballet, dio una voltereta, se rió y se sentó a mi lado, de modo que ahora nuestros hombros se rozaban. La miré un momento. Luego le dije que me gustaban sus tetas. Me dijo que eso era burdo y poco delicado, si de verdad quería saberlo. Yo le repliqué que era la primera vez que me gustaban un par de tetas en toda mi vida. Eso no podía ser salvo dulce y espectacular. Se rió. Me sentí muy cerca de ella. En ese momento entramos a la estación de Fabra i Puig. Lentamente y con la misma cordura con la que habían ingresado, la pareja mayor bajó del tren. Podía ya oler el kerosene. Imaginaba también las calles que ascendían hasta el mar, desde un espacio remoto. Lo recordaba todo e imaginaba una red de pescar, un panal, un molde de acero para preparar galletas. Y me sentí de súbito completamente extraviado. Noté que había mirado largo rato al vacío. Noté que ella había estado observando mi perfil mientras yo lo hacía. Pensé que parecíamos estar escenificando un drama absurdo. Pensé que si ella fuera una bailarina, pues yo sería un bailarín. Pensé que si ella fuera una diseñadora de vestuario, pues yo sería en ese caso un novelista procaz. Pensé que si ella fuera algún día electricista o gasfitera, yo sería técnico en computación. Pensé que si ella fuera artista plástica, yo no podría ser nada salvo un ingeniero industrial. Cuando el vagón se detuvo en Fondo, le dije que ella era incapaz de llenarme. La observé detenidamente. Su cabeza descansaba ahora sobre mi regazo. Muy discreta, la había puesto allí y empezaba ahora a quedarse dormida. Se rió, como ida, miró un momento el techo del vagón y me dijo que eso era obvio, tan obvio como ese techo metálico, tan obvio como el Cirque du Soleil, tan obvio como las páginas de un nuevo Moleskine cuadriculado. No por nada la llamaban Ausencia. Yo le pregunté si era verdad que Ausencia era su nombre. Me parecía novedoso, similar a Amparo pero mucho más guay. Volvió a cerrar los ojos. Pareció un momento ponerse extremadamente pálida. Casi pude ver un instante a través de ella. Le di un beso desesperado en la frente. De súbito abrió los ojos. De pronto tuvo la complexión despejada, moteada por una tonalidad encendida. Parecía que, del mismo modo como se esparce la escarcha, alguien había dejado nevar cristales de un tinte carmesí sobre su cutis. Se sonrió. Me dijo que no sea tonto: por supuesto que sí. Su primer nombre era Ausencia y se apellidaba Carolina. El “de”, colocado entre el nombre y su apellido, se lo había ganado –a mucha honra– en proporción a sus logros, una nueva propuesta artística y la elaboración que había presentado en cierta declamación famosa aunque privada. Noté que Héctor había vuelto a detener su reproductor. Callado, nos oía muy atento.

5

Ocasionalmente no desciendo. En cambio escalo. Detrás de la costa y el ensanche empiezan las colinas. Tienen quebradas que son distintas. Cada barrio es distinto. Ocasionalmente he planeado descender. Hacia el puerto que ya conozco. Hacia las calles de noches llenas de inmigrantes vendiendo cerveza que esconden en las alcantarillas cuando aparecen los Mozos de Escuadra. Hacia los tramos solos del litoral donde he visto llover sobre la playa por horas. Hacia los bares estrechos en que sólo sirven cerveza y también hacia los bares anchos, donde se puede ordenar whisky y jarras enormes de sangría. Hacia las plazas en las cuales como almendras tostadas y donde puedo entablar una conversación, no lo sé, quizás con una turista francesa, turista que inevitablemente siempre piensa que soy del lugar y que me hace preguntas las cuales respondo, le doy direcciones las cuales no conozco, la conduzco a cualquier lugar en donde acaso la atraquen, la vejen. Y en ocasiones cuando tengo todo esto en mente, en cambio escalo. Quiero proteger a todas las turistas francesas, no es mentira que son las más bellas de todas. Opto entonces por lo alternativo a lo que quise anteriormente. Quizás he notado una raja en mis planes. Por lo tanto cambio de planes. Es ya una costumbre. Es ya muy fácil cambiar de planes y no descender, en cambio escalar. Pongamos que al principio de todo sólo existía el plan A. Se había elaborado sólo esa posibilidad de acción, minuciosa y detallada como un proyecto y contemplada como perfecta para describir el tránsito de todo, de un tiempo a esta parte, desde esta parte hasta cualquier parte y desde aquella hasta el fin de los tiempos. ¿ Y qué es todo? Pues todo. La historia íntegra es todo. Y lo que quiero es que pongamos que al principio de todo sólo existía el plan A, el perfecto plan A. Comprendía los cientos de pasos que debían seguirse para llegar a la meta. Pero inmediatamente existió el plan B. Fue una consecuencia directa del plan A. Su parto era inminente. La primera raja en el plan A, que no pudo ajustarse a la realidad traicionera y yugular, engendró el plan B. Pronto se desmoronó el plan B. Entonces la realidad –entusiasta y austera además de traicionera y yugular– planteó los posibles planes C y D. Yo me burlé de la realidad, francamente los planes C y D no hacían más que debatirse entre la fantochería y la fanfarria, ideé el plan E, voluptuoso como un calabozo, después me arrepentí, todavía más cachondo elucubré el plan F. Entonces una amiga nueva me propuso el plan H. Al mismo tiempo una amiga vieja me propuso el plan I, muy similar al plan H. Al cabo, obviando detalles, habíanse echado a perder los plan H, I, J, K y M, había saboteado yo mismo el N y ahora empezaba a deducir el inminente fracaso del plan O, descubierto por un erudito en un libro muy antiguo. El plan O, desmoronándose, había dado indicios para plantear los posibles planes P y Q. Entre ambos aún no había podido elegir y vislumbraba ya un plan R, cuando de pronto y sin precedentes se conjugaron los planes P y Q, formando el plan PQ, serio contendor frente al aún imperfecto plan R. Dispusimos celebrar un debate público para finalmente definir el rumbo de todo. ¡Menuda idea! El debate se tornó en un embrollo y un escándalo. De pronto del plan PQ y el R surgieron el plan PQR, la alternativa PRQ, la segunda alternativa QRP. Un viejo lobo desempolvó el plan A, propuso conjugarlo con el plan R. Se dispuso la creación del plan AR. Surgieron del debate, lógicamente las posibilidades PAQR, AQRP, PQAR y AQPR. Entonces un segundo viejo lobo postuló la posibilidad de la repetición de un sub-plan dentro de un plan mayor. Surgieron el bélico plan ARPA, el sucio plan PAPA, el salomónico plan PARA y el dulce plan LARA. No faltó al tiempo el jocoso que sugiriera el plan CACA. El segundo viejo lobo se sintió injuriado por un posible plan CACA. El primer viejo lobo pareció acudir en su ayuda, pero muy cerca se tornó en su contra y le dio una patada en el culo. Se armó la gresca. Entró la guardia republicana en el recinto. Las cámaras de televisión registraron todo. Murieron 8 y el edificio sucumbió a las llamas. Se anotó en el registro del comisario que se habían encontrado rastros de kerosene en los restos de la construcción calcinada. Pasó mucho tiempo. El fuero correspondiente puso en suspenso el debate y el destino de sus participantes. Primero los periódicos le dieron mucha atención a la catástrofe. Se supo que Gordon Brown tuvo una opinión espinosa. Un tabloide inglés tergiversó lo dicho en su portada y presentó fotos del primer viejo lobo departiendo con dos ancianos más en una playa del caribe, todos embriagados (se presume que podría tratarse de un tercer y otro cuarto viejo lobo, si bien no se descarta la presencia de Anthony Hopkins). Todo tendió a detenerse. No se tomaron acciones. Pasaron 3 años con lluvias particularmente intensas y el debate pareció quedar en el olvido. Se dejó de planificar –en líneas generales– todo. Todo, luego, se tornó en una ciénaga, otros dijeron que más bien parecía una red de pescar tendida en la arena. No se pusieron de acuerdo. En ocasiones uno andaba por la ciudad y sentía que efectivamente todo era una ciénaga grande. En otras una andaba por la misma ciudad y por las mismas calles y sentía que el suelo era compresible y que los pies se le enredaban. Y de pronto una tarde en Barcelona, cuando ya nadie meditaba sobre el pasado y todo esto, casi puesto en el olvido, cuando había ponderado solo algunas horas la factibilidad del plan BJ, pues me pareció que retaba la segunda ley de la termodinámica, decidí no descender. En cambio tomé una decisión y preferí subir al ferrocarril que conducía al Tibidabo. Y en el Tibidabo conocí muy rápidamente a Kevin. Llevaba unos cargos, una camisa floreada y era de Tennessee. Su cara parecía un pastel. Ambos íbamos solos y él me saludó. Me asustó su cara de pastel. Reconocí el acento y pensé que me hablaría del Nascar, de Letterman o de Cormac McCarthy. En cualquier caso había pensado indicarle cuánto me sudaba la polla y perderlo tan pronto como fuera posible. En cambio me habló de la muerte. Me sorprendí y le respondí. La muerte le dije, la muerte es sólo una bola. La muerte es efímera. La muerte es volátil. La muerte es etérea. Tú piensas que la tienes en tus brazos, te has enamorado de ella y ella huye con Belén Esteban. La muerte es como una avispa con cuernos de yak. La muerte es como una paloma que viaja de Kuwait a Nueva Gales en busca de un cernícalo enhiesto. Y encima, lo hace en Lufthansa. La muerte es como un chimpancé en M. La muerte es como ella misma. La muerte es como cualquier otra, siempre y cuando no se haya liado previamente con ella misma. La muerte es un trozo de pan integral. La muerte es la noche estrellada. La muerte es un abismo y en ese abismo habitan los pudorosos. La muerte es la convexidad de las cucharas en un spaghetti western. La muerte es la belleza ilimitada de los tulipanes. La muerte es el moco que le hemos podido perdonar a escasas narices. La muerte son los pelos cortos de una mujer cuando son teñidos de azul. La muerte no es el horizonte le dije, ningún horizonte o confín evidencia la inmaterialidad de la muerte. Cualquier madrugada, traslúcida como el hielo joven, la muerte es una esfera de viento. Entonces Kevin se sonrió y permaneció callado un segundo. Supe en ese segundo que era de pocas palabras. Un momento después hurgó en su mochila, encendió un cigarro y puso cara de punki. Death me dijo, death is a strange myth. Yet Halliburton makes it, packs it, picks it, places it within your reach. Death is the modern portrayal of the eternal void, now striken with tiny pieces of purple plated glass imported from Singapur. Pepsico stores it in a basement in downtown Cincinatti, together with twenty or twenty fives cups of chocolate –the exact figure is uncertain– and a perfect replica of Barack Obama’s heart. No serious weatherman would include it in his morning forecast. No sensible Santa Claux would grasp it, then consider it as a potencial gift for next Christmas. No Al Pacino would shout at it, not even in the dark of a singing drunk whore`s hotel room in any given Chinatown. There are only two things which are real. Only two things in this wild untimely frapuccino-struck land, me dijo. Love… se detuvo un momento, nothing but Love and Sweet Fucking Cunt. Luego nos separamos. No nos volveríamos a ver, y todavía después de lo sucedido eso no parecía entristecernos. Nos despedimos en una esquina, evadiendo la fatalidad. Yo caminé unos minutos más. Compré un shawarma. Miré 3 palomas cagar desde una cornisa cuyos trazos no correspondían a la influencia de Gaudí. Retiré 80 euros de la Caixa, sigiloso, cuidando que nadie me viera, me enculara, me robara. Caminé 8 cuadras más hacia el Mediterráneo, tan abierto esta tarde como un burdel japonés. Un instante pude oler algo que debían ser papas fritas. Pensé en las ciudades y en su diseño trivial. Pensé que las ciudades eran como grandes prados sobre los cuales se había derretido la página final de un Moleskine cuadriculado. Prat pensé. Carajo pensé inmediatamente, qué imbécil que soy. Entonces vi un supermercado. Entré y compré huevos de granja. Compré 2 paquetes de rúcula fresquísima. Compré un vino de la Ribera del Duero. Compré un pequeño envase de kerosene. Compré 200 gramos de aceitunas verdes deshuesadas que me parecieron, cuando las mordía como si fueran pequeños muñecos vudú, la misma presunción del abismo.

Lo primero que hice fue colocar una bandera… miento, eso sucedió un poco después. En realidad lo primero que hice después de bajar del avión fue tomar un tren, luego tomar el metro, después andar por una calle fría y diagonal, iluminada por faroles metálicos, transitada con mucho orden por autos, hombres en bicicletas y mujeres a pie, subir a un primer piso colmado de una humareda que emanaba de sendos porros, luego bajar del primer piso, caminar hasta la esquina al bar de un chino muy educado, beber 3 cervezas catalanas medianas y una clara, luego subir al mismo primer piso, beber 2 cervezas más, esta vez holandesas y pequeñas, después dormir acurrucado en un sofá plegable, sólo entonces colocar la bandera. Es decir que lo undécimo que hice fue colocar una bandera en Barcelona. Y esa bandera se concretó en la forma de un colchón.

He clavado mi primera bandera en el suelo de esta ciudad. He hundido el asta de mi bandera en el suelo catalán, donde pretendo establecerme. He hundido mi bandera y de tal modo he puesto el primer pie en esta tierra, el primero de los dos pies de los que dispongo aún y que no sé todavía precisamente con qué timing se volverán a juntar en un solo lugar. Quizás eso no suceda jamás otra vez. Quizás estoy destinado, fui hecho para nunca sentirme en casa, como definitivamente no me siento ahora en casa, demasiado frío, y como nunca me he sentido en cualquier ocasión antes en casa. Nunca, con nadie, en ninguna situación. Tengo hoy un pie todavía en Lima y acaso, de hecho ocurre que a veces lo siento así, ese pie jamás se despegue de su ubicación actual, fijo a ciertos lugares comunes a los que constantemente vuelvo y que me halan como si fuera pequeñas cuevas húmedas y dulces y con un talento social para la canción poco afectada.

Quiero decir que me levanté la primera mañana tras mi primera noche en Barcelona y fui a Ikea y me compré un colchón de espuma. Poco después supe que lo quería, le cambié el género y le puse Montserrat. La quería, de pronto lo supe. Era mi primera posesión española y la había elegido por eso con minuciosidad. Había paseado horas por la tienda, luminosa y musical como un casino, hubo algo en ella que me atrajo. No fueron los atributos que pudiera tener –pues no era la mejor– ni su precio –que no era tampoco el mejor– los que me sedujeron. Fue algo más, inmaterial, propio de ella y no ubicable en sus 10 cm de espesor compresible. De hecho si entro a la página web de Ikea, ellos no me recomiendan a Montserrat. Por supuesto, ellos recomiendan colchones mucho más caros que Montserrat. Montserrat sólo cuesta 55 euros, cuando ellos no recomiendan nada bajo los 129. Curioso, no me sentiría a gusto con uno así. En mi condición de excursionista y colocador improvisado de banderas, creo ser solamente digno de Montserrat y de su espuma que Ikea, calculo como menos logrando un margen de 100%, precia en 55 sencillos euros.

Comiendo en un japonés le he contado a Daniel y a Dunja y a Sandra que Montserrat se llamaba así, que había reconocido en ella una identidad persistente y femenina y que la había tenido que bautizar, tal como, por ejemplo, tuve que bautizar mi Bacinica como Robin. Me han escuchado y hemos seguido comiendo. Luego, esa misma noche he sabido que Montserrat es mi primera bandera. Después de encender la luz de mi estrecha habitación, la he reconocido, ondeando en la atmósfera quieta, flagrante como un grito. Apostada fuera de mi hogar, es mi primera señal de auxilio. Montserrat es la primera señal de mi partida, el anuncio de todo lo que debo hacer de ahora en adelante. Es la primera manifestación de que me cago en diversas cosas, la declaración abierta de la guerra silenciosa que se ha ido cociendo bajo tierra, el momento justo en una fiesta antes de que se saque la primera botella de vino.

Escribo ahora mismo sentado en mi primera bandera. Mi primera bandera es sueca y está hecha de espuma. Ahora mismo ondea en una habitación muy oscura, iluminada sólo por la pantalla de la computadora. Fuera llueve, nieva, alternativamente cualquiera de ambos. Totalmente solo, escribo y escribo y escribo sandeces mientras cojo mi bandera del asta, la blando en la oscuridad como si fuera una metralleta.

Quizás el haber perdido toda esperanza de obtener lo que quiero, cada vez, me haya entregado una libertad que no se pueda conmensurar. Dado que cada vez he perdido todo lo que quise alcanzar, ocurre que me he sentido inmensamente libre. Cada vez todo se ha desecho ante mis ojos en una cadena maldita de eventos, quiero decir en una concatenación maldita de inmundos y muy improbables eventos que dejan mucho a dudar el rol supuestamente preponderante del azar y conjugado a él el rol tácitamente justiciero del libre albedrío en la historia aparatosa que es cualquier vida. Cada vez he ponderado minuciosamente cuánto dependió de mí y cuánto no, he creído ser impreciso en esos cálculos, traicionado por la memoria, me he sentido incapaz de completarlos satisfactoriamente, no he renunciado aún así a esa laxitud muy común de asumir que todo estuvo y estará siempre fuera de mi control, lo he ponderado todo otra vez, he querido aprender de mis errores, quizás no lo he logrado, he luchado por ello en vano, no por eso me he rendido definitivamente y ciertamente los volveré a cometer.

Quizás sí he aprendido, dudando, divagando, que esta libertad que me ha sido entregada, profundísima y extensísima, no es la libertad sustanciosa y fraternal que nos pregonan los sistemas políticos y económicos, cualquier fe religiosa, los cánones artísticos. Incluso, he cavilado que quizás no sea lo que en efecto queremos evocar cuando decimos libertad sino sólo una institución insana y enajenada, pero muy semejante a la libertad. En ninguna sentido esta supuesta libertad –cuya identidad ahora pongo en duda– me ha dado cualquier vez un aliento de esperanza, sentido de pertenencia, fraternidad o igualdad, trozo de prosperidad, sugestión de control sobre mi vida propia, plenitud o limpidez de conciencia, promesa de amor, nitidez de espíritu, forma semejante a goce estético, sensación próxima a logro expresivo o potencia creativa o sencillo placer.

Quizás esta libertad distinta es al mismo tiempo –al mismo tiempo que una especie de institución malsana y maligna y meticulosa, todavía así semejante a la libertad ortodoxa– el elemento más vacío, desasosegante y violento que habría de encontrar en toda mi vida. Esta libertad no tiene correspondencia. Es vasta, pero repercute tras sus gritos desmesurados un silencio solo y apabullante, largo como un planeta azul y sin luz eléctrica, largo como un sino azul, sin vino tinto y sin mujeres pequeñas. Esta libertad no es capaz de correspondencia alguna. Y quizás por esto he llegado ha sentir que no puedo soportarla más: quizás no puedo aguantar más el yugo obeso y exagerado y callado de mi propia libertad estéril, combinación incontrolable de conciencia moral, dolor, inquietud estética y fragor sexual, todos en sus sentidos más amplios incidiendo al mismo tiempo en mi pensamiento, en mi pecho y en mis labios.

Todavía así, sentado en este avión camino a Barcelona, me acepto completamente ante ella. Soy yo ante mi libertad inmensa, vasta, vacía, folladora de almas y de mujeres pequeñas. Mi libertad estéril es mía y de nadie más. Del mismo modo soy yo para ella. Por eso nuestra relación es íntima, no es extraño que la vea desnuda, hubieron incluso ocasiones en que yo estaba cagando y ella no dudó en entrar al cuarto de baño y lavarse los dientes mientras yo aún cagaba y luego afeitarse las piernas mientras yo gozaba del cálido bidet. Esta bonita vida de pareja repercute hoy en mí. ¿Quién puedo ser si mi libertad me dice que ser cualquiera es lo mismo que nada? ¿Qué ley debo seguir respetando si mi libertad me dice, después de besarme, que respetar toda ley es lo mismo que nada? ¿Qué plan debo imponer en mi vida si mi libertad me susurra anarquía al oído, me dice que imponer cualquier plan sobre ella es lo mismo que nada? ¿A quién puedo estimar si siento que estimar a cualquiera que no sea mi libertad es lo mismo que nada? ¿Qué puedo desear aún, aún hoy cuando creo que desear cualquier cosa me alejaría de ella?

Quizás, a falta de pulsiones íntimas o causas propias que realmente valga defender, estaría dispuesto a luchar y también arriesgar mi vida por cualquier causa ajena a mí, la más ajena de todas si ese fuera el caso, si la idea estuviera buena. Me haría miembro de Green Peace para salvar las focas en el Mar del Norte. Me uniría a Un techo para mi país y me iría a Haití a construir cubos de triplay. Iría a dar un golpe de estado a Venezuela, armado hasta los huevos. Pelearía en Italia del lado del Eje, Carabinieri, muy guapo. Defendería, en el Japón del Tokugawa Yoshinobu, la eternidad del Shogunato.

Pongamos ahora que aquel señor en el asiento 33D, cruzando el pasillo a mi derecha, con el mostacho y las gafas de carey, aquel que hurga su mochila y tiene cara de bandido y de dogmático, pongamos que aquello en su mochila sea una bomba. No discutamos extensamente el método por el cual la hizo ingresar. Tampoco su índole (por ejemplo, si es un bomba concreta, correspondiente a una causa social, o si es una bomba conceptual, acaso capaz de liberar un gas narcótico en la cantidad adecuada para colmar la cabina y drogarnos a todos, ciertamente un happening). Pongamos sencillamente que su plan sea explotarnos, en cualquier sentido: vaporizarnos en cualquier sentido como una luciérnaga cuyas tripas se han llenado con nitroglicerina y que luego enciende su culo instintivamente buscando la atención de las otras luciérnagas. Pongamos que yo lo he notado y que si el continúa y yo no lo evito –o peor aún, si lo ayudo– todos en este vuelo podríamos morir, alternativamente acabar severamente drogados, tomar este avión, quizás armar una fiesta en este avión, irnos por culo. Pongamos que si ese fuera el caso, he considerado que le daría esa mano.

Entre dos frases, abrí y luego crucé las piernas como se cierra una cueva oscura –una vagina tibia–, una cueva húmeda y puerca y desconocida que ha estado cerrada 500,000 años y que repentinamente fue abierta durante pocos segundos de espanto, expelió su perfume de pez del pleistoceno, que otra vez vuelve a ser cerrada por 500,000 años más. Recordé a Sharon Stone en esa película en la que hace de loca, la del asesinato y la psiquiatra con el IQ exorbitante, si bien mis intenciones habían sido totalmente otras. Quise sugerir en cambio con ellas una cantidad de suavidad que contrastaba duramente, al mismo tiempo con su locura y con mi ceño endurecido, con mis pómulos vacíos, con mis labios juntados formando un capullo. Así liberé un vaho marino pero dulce, pretérito aún cuando ligero desde mi cueva, se lo lancé hasta sus narices, ciertamente ella lo olió pues se le torció la nariz en un gesto donde no se podía discernir el placer del asco pero ciertamente se podían entrever ambos, hizo una contorsión con los labios, alzó levemente el foco de sus ojos y lo extravió en la decoración del local. Entonces, ya seguro de haberla cautivado, volteé la mirada, miré al mozo y le dije que quería un Manhattan y un vaso con agua, siempre cuidando de dejar colgada mi mano sobre la muñeca mientras ordenaba todavía, dejándola caer siempre de aquel modo particular que alude con flagrancia a la poca gracia de un albatros que camina sobre un bote mientras los marineros amotinados le pegan con los remos de la embarcación, ella francesa y extraviada.

Yo supe perfectamente lo que estaba haciendo.

Entendí que existe un número de poses, modos, caras, ademanes. Entendí que existe un modo específico, fino, particular de concatenar estas poses, modos, maneras, formas, expresiones y ademanes. Entendí que de ese modo podía acaso engatusar a cualquiera. Entendí que lo que hacía y decía y actuaba era irrisoriamente falso, casi injuriosamente prostético, también alienado y ridículo, huachafo pero aún así sensible, estético, esotérico, que tenía una propiedad lubricante o alcohólica. No lo desprecié, mas bien me entregué a aquello que hacía y lo hice con holgura. Concatené con la mejor arte que tuve poses, subterfugios, vergüenzas, nuevas artimañas, sonrisas, diversas formas, inclinaciones lentas de la cabeza, muecas afectadas, otras endurecidas, ademanes estudiados, de pronto vulgares ademanes muy míos, de pronto melosas expresiones completamente prestadas.

Era domingo en la noche. Estábamos en la terraza de un restaurante limeño. Gabriela me había recogido de mi casa y habíamos decidido ir a comer algo. Nos encontramos a Vera sentada en el restaurante. Vera nos acababa de contar que se iba a ir a vivir a Barcelona en el 2011. Había exclamado un montón de cosas y yo me había reído y Vera también y mientras tanto Gabriela había elegido una mesa bonita en la terraza. Luego de escuchar a Vera un tiempo más yo había ido a la mesa, donde Gabriela ya me esperaba. El clima estaba fresco, lo que es decir que la noche estaba fresca y rica, corría algo de viento. Contenta, Gabriela me había visto pedir, me acababa de ver pedir. Antes lo había hecho ella y yo, inversamente, la había visto hacerlo.

Primero yo la había mirado detenidamente. Ella no me había mirado directamente durante casi un minuto. Había mirado en cambio su cartera, el interior de ella como si dentro hubiera una multitud de cosas cuya complejidad mereciera la atención minuciosa que ella les estaba dedicando, como buscando descifrar cualquier propósito u orden o cometido que pudieran tener o de pronto adquirir, cuando en realidad sólo había allí dentro una llana cajetilla de cigarros, su billetera, una latita cuyo secreto contenido le hacía sonreír, su tarjeta de crédito plateada y unos chicles de sandía con yerba buena. Después había hecho algunas muecas con los labios, Satanás sabe pensando en qué, había sacado un cigarro y, ahora sí mirándome fijamente, le había solicitado al mozo un encendedor. Al minuto el mozo había vuelto y le había entregado el aparato. En ese minuto no habíamos dicho ninguna palabra, sólo nos habíamos visto, por momentos habíamos visto también los árboles que rodeaban la terraza, yo había pensando en un avión que sobrevolaba el Atlántico, súbitamente secuestrado por 2 células latinas de Al Qaeda trabajando en perfecta coordinación, una de Tingomaría y la otra con sede en Puerto Mont, y ella bien podría haber pensando en una computadora portátil aún encendida como en un hombre robusto como en una mujer de piel lozana como en un posgrado en diseño de joyería. Todavía mirándome había encendido el cigarro, sólo había dado la primera pitada y luego lo había puesto en un cenicero. Entonces había decidido mirar la carta, la había estudiado todavía mientras el mozo y yo la observábamos, con suma tranquilidad. El mozo se había puesto impaciente, había murmurado algo y ella la había continuado revisando un momento más, en efecto por las huevas, puesto que ya sabía lo que quería. Entonces había dejado la carta de lado, levantado la mirada de la mesa, observado al mozo como si fuera un niño excitado y le había dicho que quería una copa de vino, una vaso con agua, una cajetilla de Lucky Lights y el carpaccio de lomo. Finalmente se había erguido –yo la había mirado erguida, sorprendido–, se había bajado el cierre y había sacado una lombriz portentosa y grosera y bella de su pantalón, la había reposado sobre la mesa: negra como una avispa.

Yo supe perfectamente lo que ella estaba haciendo.

No haber escrito lo que querías escribir. En cambio haber escrito cualquier otra cosa. Haber escrito y por tanto comunicado aquello que no querías o estabas preparado para decir. Luego de haberlo escrito, efectivamente haberlo creído, configurado un personaje a partir de aquello, una amalgama triste de realidad e incendiada retroalimentación positiva: pura hipérbole peripatética hecha tú, tu cuerpo, tus ademanes, tus dientes, tus figuras estranguladas.

Haber dicho después aquello que pensaste que debías decir. Haberlo dicho en una ocasión en un escenario, disfrazado ante unas 1000 personas, todas silenciosas y dispuestas a oírte. Haberlo dicho también en privado, junto a unos labios que habías besado hacía segundos, a pocos centímetros. Haberlo confesado aquella vez a través de un teléfono. Haber dicho aquello que te revelaba sentimental, iluso, pobre, dilucidable, escamoso, libidinoso, cretino, tramposo, poco estimable, mediocre, instruido, malsano y panochero, irreverente, inmaduro, generoso, entregado, afectado, ingenioso, agudo, propenso a la bufa indiscriminada.

Haber difamado a tu mamá, ¡está demasiado gorda!, a tus amigos, algunos son demasiado burdos, a tu nonna, ¡está tibia!, a tu trabajo, sodomiza las horas, las ata con un grillete de oro, a ti mismo, eres demasiado débil, estás demasiado exhausto, a las mujeres que quisiste, fueron demasiado débiles, quedaron exhaustas demasiado rápido, a la que todavía quieres y ocasionalmente te encuentras, blanquecina y pequeña y bonita y sonriente y quizás ajena a ti y acaso cruel, otra vez a tu mamá, ¡está demasiado gorda!, a 3 o 4 de tus mejores amigos, ¿cómo soportarlos tan cerca de ti?, a tu ciudad, pudorosa y puta como una monja desnudada frente a un cura delgadísimo, barbudo y enhiesto, a esos lugares muy específicos de tu ciudad que no son sino sólo lugares comunes pero en donde en algún momento te descubriste malogrado, habitaste intruso, te emborrachaste con 6 cervezas importadas desde Rusia que te habían sido vendidas en mal estado, dormiste en un parque, te quisiste masturbar pero pasaron dos amantes cogidos de la mano justo cuando la sacabas del pantalón, lugares todos los cuales recuerdas ahora con vergüenza, alternativamente con una sinvergüenza intransigente, todavía ardidos, todavía elocuentes, a veces idiotas, siempre embriagados.

Haberte descubierto completamente equivocado, bruto y demasiado expuesto, develado por las circunstancias aciagas y en evidencia cojudo. Haber comprendido que aquello no era lo que querías decir. Quiero decir: casi haber dicho y hecho lo opuesto a lo que querías decir. Luego entenderlo y tomar las cosas como si fueran una broma. Esa angustia que no te permite dormir… ella es una puta broma. Una putísima broma, con la cierta y macabra intención de buscarse un señor muy viejo con una billetera muy enorme para que le compre un coche y cada noche la llene sin piedad hasta que le arda la panocha, le de hijos, la invite a pasar las navidades en New York, estos hijos virtuales tengan éxito y se concreten en la forma de logros tales como automóviles, más navidades en New York y diagnósticos benignos en la Mayo Fucking Clinic, quiero decir logros validables por la generalidad comerciante y entusiasmada y adicta al juego y la noche y el deseo, logros reconocidos y bellos cuando juzgados bajo los estándares de nuestro tiempo en llamas, enfurecido, subyugante y frenético, sosegado, unánime y nice.

Haberte descubierto incapaz de sentir ya profundamente cualquier cosa, arrepentimiento, entusiasmo, intimidad, confianza, ilusión, armonía, ternura, risa, ira o esperanza. El arrepentimiento incide en tus calzoncillos, pero es incapaz de penetrarte debidamente, como alguna vez lo hizo cuando las cosas parecían enteramente importarte. El entusiasmo te parece alienígeno, soporífero y difuminado, estrellado, defecado por un Marvin graduado y huevón desde una navecilla vituperiosa, cantado por él desde ella a través de un megáfono en plena órbita elíptica alrededor de Alfa de Centauro. La intimidad es ajena a tus genitales enamorados y vacuos. Cualquier hálito de confianza lo perdiste esa última vez que te vieron todos desnudo. Eras como un pelícano, estabas desgarbado, drogado y ahogado, te dolía el corazón y los pulmones tenías llenos de un agua rosácea, parecías un tísico. La ilusión fue follada por un manganzón adinerado en el asiento trasero de una Cayenne. La armonía, ella no te alcanzará y si tratara de hacerlo, ciertamente algún manganzón la follaría primero en el asiento trasero de una Cayenne plateada, la haría suya antes de que lograra alcanzarte. La ternura sencillamente no la recuerdas. La risa se vuelca sobre ti mismo: es una impostura soez. La ira no se asienta en tus músculos patéticos. De la esperanza descrees.

Haberte entendido siempre ajeno a esa propiedad etérea denominada sosiego, innegablemente atada al concepto económico de propiedad, tan sólo que extrapolada hasta ámbitos mucho más amplios (aunque los hippies conscientes y Tagore lo nieguen). Si el sosiego habita en las cosas que sabemos que son nuestras, la libertad, entendida como desapego de todo, resulta entonces sólo ser la concreción de la angustia y el vacío. Somos libres y miramos a nuestro alrededor: no hay nada. Al tiempo, en todas partes todos poseen todo, al mismo tiempo, sin ninguna medida o razón de medida. Pero tú no posees nada. Tú no puedes ser entonces inmutable. Acaso querer ser inmutable una noche en la playa, cuando todo lo que quieres poseer está cerca. Pero ya ha sido poseído por otros la noche anterior, está comprometido a otros esta noche (y no necesariamente los mismos que aquellos que lo tuvieron la noche anterior), la próxima noche también, y en consecuencia no cabe más la posibilidad de que en el corto plazo lo poseas tú ni nadie como tú ni ninguna sombra o sugestión de silueta similar a ti.

Luego recordar lo escrito: no haber escrito en esa precisa ocasión lo que quisiste escribir. Haber dicho también muy poco, demasiado poco, que es como haber dicho casi nada, sólo lo bueno, jamás lo desgraciado e hiriente que era más tuyo y que has podido contener dios-sabe-cómo. Sentir entonces la furia desnudada de un muchacho embriagado que caga sangre en un silo cavado en la arena volcánica. Recordar los hechos consumados como si fueran jabalinas griegas y, en ese sentido, entender que viajan voladores y delgadísimos por el cielo o espacio, encendidas como si fueran las mismas Erinias viniendo a encularte, cautelosas y borrachas volando hasta los ojos enrojecidos de cada uno de los habitantes de esta playa baldía, así mientras todos permanecen dormidos.

Les dije a mis amigos que existía un lugar seguro. Los interrumpí y se los juré. Estábamos reunidos, todos sentados alrededor de una mesa redonda viéndonos las caras como si fuésemos estatuillas desnudas que se auscultaban unas a otras. Lo dije y entonces se callaron y me miraron como si fuese un cojudo, cosa que no me sorprendió dado que ya había tenido otras señales a lo largo de esa misma noche de que opinaran aquello, cosa que tampoco resentí tomando en cuenta la coyuntura, contenta y lubricada, en la que yo introducía un enunciado que no era sólo un enunciado sino que también algo seco y ancho y poco propenso a fluir a lo largo de cualquier tipo de tracto elongado, algo como una roca atascada en una manguera. Lo supe así, áun así lo dije, así cuando lo dije era de noche, departíamos contentos y de pronto yo había creído entrever, emborrachado por el vino, una estancia paradisiaca donde un manantial enorme y en forma de vientre derramaba un líquido escarlata sobre bowls hechos de chocolate obscuro y donde, a gusto de cada uno, además ese líquido escarlata sabía tranformarse en cualquier otro líquido, fuera ideal o concreto, y ese chocolate transmutarse en cualquier otro sólido. Lo había entendido así y me había sonreído con esta visión.

Inmediatamente José me habló de mujeres. Yo le respondí que habían muchísimas mujeres en ese lugar, miles de mujeres de todos los tamaños, altas y tetonas, chatas y sin tetas, chatas y con tetas, altas y con tres tetas… en fin, todo tipo de mujeres. El replicó que quizás no eran tantas. Yo estuve rápidamente de acuerdo. Recapacité y supe que tan solo había atisbado el lugar a través de una borrachera, y todos sabemos que una borrachera no es como una ventana: en realidad una borrachera es como el hoyo en una cerradura. Pongamos que el lugar que había atisbado fuera muy profundo, como un pasillo que empezara en la puerta sobre la que se contenía la cerradura. Entonces podría ser el caso que yo hubiera subestimado la profundidad del lugar y sólo juzgado la densidad de mujeres en función de la ilusión –carente de profundidad– que causa el corte transversal que se hace con las vista del pasillo, donde la densidad se ve exaltada por la confusión que ocasiona la falta de una visión efectivamente binocular (recordemos que cuando se ve por el ojo de una cerradura sólo se usa un ojo). Suspiré. Luego hablamos de su prima. José tenía la prima más linda del mundo. En cambio todas mis primas o eran demasiado niñas o demasiado viejas o estaban preñadas o no me gustaban. Luego hablamos de comida, de evitar los carbohidratos y después volvimos a hablar de mujeres. Finalmente hablamos de ensaladas, discutimos el fin de semana y eso fue todo.

Al rato Fátima me habló de algo duro como un diamante y similar a la mierda aunque no tan radical ni maloliente y que pululaba la tierra. Yo le respondí que existía aquello que era suave como una esponja, similar al cielo, y que aquello, si se lo podía imaginar, era abundante en ese lugar seguro. Ella frunció el ceño, no me creyó, pareció que no me quiso creer, se rió un poco. Yo pensé que me reconocía en esa cara endurecida y en su humor ácido. También sonreí.

Luciana me habló de una película en la que un hombre muy pequeño, que había nacido en un pueblo muy pequeño, crecía y viajaba una cantidad ridícula de kilómetros hasta alcanzar una ciudad extensa pero achatada, repleta de mujeres medianas y hombres muy grandes que hacían el amor selectivamente sólo con las más bellas entre las mujeres medianas. Una vez allí se hacía famoso, primero alcalde, luego presidente, finalmente fundaba una religión, una línea de ropa, ponía una fábrica de zapatos, un periódico, dos revistas, una de automovilismo y otra de diseño industrial, finalmente se casaba con una mujer mediana, la engatusaba tras ser follada y desechada por un hombre muy grande, luego ella moría asesinada por el mismo hombre muy grande que la venía a buscar y se veía humillado por su matrimonio con el hombre pequeño (pequeño aunque de gran verga), luego él se sumía en la melancolía y se iba de vacaciones eternas a una playa en Borneo. Yo la escuché embobado y cuando acabó le dije que estaba guapísima. Le gustó el piropo. Le indiqué que tenía unos pelos maravillosos. Se sonrío. Luego me habló de su papá. Me dijo que su papá cocinaba muy bien y que su hermana bailaba ballet y que un día quería vivir tranquila, lejos aunque cerca de todos ellos. Yo no comprendí por qué quería estar lejos pero cerca. Yo sólo quería estar lejos de mi familia. Ella se rió cuando le dije que no esperaba más nada que dejar de olerlos, dejar de oírlos, huir de ellos. Luego me dijo que no sea huevón, me sentí huevón y se volvió a reír.

Jaimé me habló de algo que no entendí. Con Jaime no pude comunicarme esa noche.

Carolina me dijo las cosas más bonitas. Me dijo que yo era guapo, cosa que jamás he creído y que me hizo pensar que podría estar muy confundida. Después me dijo que yo era bueno, cosa que con seguridad debía ser mentira y que seguramente me dijo porque estaba confundida y pensaba que era guapo y quería caerme bien. Me dijo que yo era gracioso, cosa que me sorprendió gratamente. Yo no pensé jamás que era gracioso, siempre pensé que era solamente ridículo, si no muy ridículo, como un pelícano. Me dijo después que yo la entendía, cosa que nunca he creído posible. No en vano y precisamente por eso la admiro: creo que lo que ella tiene va en varios sentidos más allá de lo que yo he sido o podré ser y creí así, confundido y maravillado por ella, que lo mejor que podía hacer era acercarme lo más que pudiera a todo aquello, fundirme en todo aquello –que es bello– aún nunca pretendiendo cabalmente entenderlo. Me dijo tales cosas y en concencuencia pensé que sería la primera en venir conmigo hasta ese lugar seguro, la única que no me había tomado en broma, pero al rato cambió de opinión y me dejó de decir las cosas más bonitas. Hubo un silencio y me informó que ya no podría venir conmigo. No me resentí con ella por eso. La entendí. Era bastante pedirle que viniera conmigo a ese lugar, si es que acaso se lo había pedido. Nunca supe si se lo pedí o si sencillamente ella se ofreció. El asunto es que después de definir los hechos nos sentamos 15 minutos en mi auto, fuera de su edificio. Ella se fumó un cigarro y me miró, alternativamente miró el vacío. Yo le dije que no iba a tratar de besarla y se rió. Quiero creer que quiso darme un beso, pero en cambio se bajó del auto y entró a su edicificio y no dijimos nada más.

Así fue que les dije una noche a mis amigos que existía un lugar seguro. La noche siguiente todos me traicionaron: se fueron en tropel a ese lugar mientras yo tuve que trabajar hasta tarde. Compraron una botella de sangría por cabeza y fumaron tronchos y se fueron. No me dijeron cómo se iba. Todavía no sé cómo llegar. He podido tratar de acercarme. Camino por la calle y en ocasiones paso muy cerca del pasado. Me he encontrado al pasado en el chat y el pasado me dice que él también lo ha pensado, me dice que iba por la calle y pensó que seguramente pasaría muy cerca de mí.

Ahora los espío de lejos. Así los he visto a todos, cada uno por separado. Beben el líquido X de los bowls hechos de Z y charlan como polillas que flotan en la niebla fina de la ciudad destemplada. Me pone contento verlos. Todos son en alguna medida felices. José recibe un masaje. Fátima hace muay thai. Luciana se engomina la peluca. Jaime carga extraños mientras mean. Carolina me sonríe todavía, con sus labios bonitos, con sus ojos y con sus tetas bonitas.

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