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Detenido, admiro la monumental pila de dinero que ha sido construida ante mis ojos. Creo por ratos que parece un castillo o la casa de un señor feudal… recapacito y creo que parece el botín de un pirata, o quizás la torre en cuya cima vive Rapunzel, recluida por un diagnóstico de Trastorno Bipolar . Y pienso, ¿cómo mierda es posible tanto dinero junto?

De cualquier modo, y sin moverme, en un descampado oscuro esa noche me detengo y la admiro. Ha sido construida ante mis ojos. Y hace un minuto, la pila ha sido rociada con gasolina de 108 octanos por un arlequín que apareció desde muy atrás, cargando una galonera descomunal, y cuyos movimientos –casi arácnidos– me aterraron con su gracia, ritmo y contorsión lumbar. La pila ha sido luego encendida por el mismo arlequín, que para encenderla utiliza un zippo de plata extraído de los profundos bolsillos que tiene su bombacho, y cuando la enciende, justo antes de hacerlo, voltea un instante y me sonríe. Sus dientes son blanquísimos, como la base pálida que cubre su cara, y sus ojos desahuciados están amargos como la bilis. Sus ojos en un principio me impactan, luego me debilitan… pienso que el color de sus ojos estremecidos se aproxima al color del ensueño cuando es opaco y contiene sólo el aliento de la desesperanza.

El arlequín enciende la pila y de inmediato se retira. Se aleja del fuego, que ilumina muchísimo la zona del descampado que lo circunda mas sumerge el resto de él en la sombras, de modo que ya no se pueden observar las paredes de barro y piedra que definen su linde. Se aleja de la pila encendida y así, poco a poco, el morado de su túnica, similar a la de un fraile, se funde en el negro y desaparece. No sé si se ha ido aún del descampado, si ha llegado a la calle lejana que vuelve hasta la ciudad, desde este arrabal húmedo, o si me observa todavía desde un rincón del lote solitario, bajo una tienda. Pero imagino sus dientes pequeños y blanquísimos, sonriendo, mirándome… puedo ver cada vez sus ojos amarillos.

Pronto me despabilo y decido acercarme. Todavía empieza a consumirse cuando yo me acerco a la pila esa noche. Empiezo a sentir que arrecia el calor. En pocos minutos, se eleva la temperatura. La pila completa está encendida y es ahora una hoguera. En ese momento una mujer desnuda se acerca y empieza a devorar el dinero encendido. De mediana estatura, tiene los brazos gordos y el cuerpo fino, los ojos tenebrosos y la nariz corta y muy bella. Su piel es muy suave, propia esta cualidad de la canela, su cuello en cambio no aparenta serlo; fuerte y fibroso, le da un aire mamífero y socarrón a sus gestos. Pero sus pelos lacios rodean su cara en una actitud dócil, reducen lo que en otro caso sería una mirada dura a una sonrisa aguda, con un atisbo de codicia.

Primero la mujer se acerca y recoge un billete. Lo levanta a la altura de sus ojos y observa la llama, entre anaranjada y amarilla, cómo abraza a Benjamin Franklin. Abre su boca y traga a Benjamin Franklin riendo, sin apagar la llama. Sonríe con amplitud y mira la magnífica pila. Eructa una pequeña nube de ceniza. Luego hace lo mismo con el resto de la pila. Uno a uno, recoge los billetes y los traga. Se come miles de veces a Benjamin Franklin. Uno por uno, hasta el último de ellos. Y para mi sorpresa, no se ensancha un centímetro. Si bien no es esbelta (tiene las caderas anchas y el culo largo y si uno tuviera que compararla con una fruta, diría que es una pera), no ha cambiado su figura en este tiempo desde que ha empezado a comer. Cuando termina de comer, empieza a eructar fuera de control. Y sus eructos hieden a humo y ceniza y pastos de planicies incendiadas. Ciertamente en estas planicies podrían filmarse coboyadas pero no, pues esto es el Perú: en cambio se colocan hoteles en chacras que pertenecieron alguna vez a Manco Capac –y a ningún indio común y silvestre– y comunidades reclaman por el deicidio generalizado de los Apus: ¡oh por Jesucristo, no lo hagan!

Ahora parece que la mujer va a vomitar. Se tambalea, se dobla sobre su cintura, se retuerce y se inclina. Es tan hermosa, pero mierda… La primera arcada es terrible: sin embargo no aparece nada de su garganta. La segunda arcada es más honda y la mujer cae de rodillas. Su boca continúa seca. Se suceden la tercera, la cuarta, llegamos a la novena arcada. Empieza a engrosarse su pecho y su cuello. Abre los ojos como si fuera a morir de espanto. Nunca habíamos visto nada como esto. Un peluche gris le aparece entre los dientes… tiene la forma de un coco. Hemos vomitado tantas veces y la bola de pelo que expele la mujer de su garganta nos aterroriza. Nunca lo vimos. No es una regurgitación cualquiera: quizás es un parto bucal. El vomito, en cambio de ácido y dulce, ha tomado la forma de una bola de pelos, como si la mujer fuera un búho que ha quedado ahíto de ratas. Pero tan sólo tocar el suelo polvoriento del descampado, de inmediato el vehículo se casca como una fruta y de ella emerge un pequeñísimo bebé. Cubierto en una leche blanquecina abre los ojos por primera vez; mientras tanto su madre a muerto.

El engendro está desnudo y volcado sobre el polvo que recubre el suelo, envuelto en leche. La leche se mezcla con el polvo y empieza a formar una argamasa, como si el engendro estuviera siendo arrebozado. Me detengo y lo admiro en asco, arrebozado en el polvo sucio e iluminado por el destello de la noche plena. Recojo mi teléfono móvil de un bolsillo, enciendo su linterna y lo ilumino en los ojos rojos: mierda, es idéntico a su madre. Veo unos minutos cómo se retuerce en el suelo. Al cabo logra ponerse de pie por si solo. Tambaleándose, se me acerca. Un momento me mira encandilado, me dice… papá. Se ase mi brazo. Me dice que le compre libros, que le enseñe a leer y a comer helados. De pronto, es como si pasaran 16 años y me pide que le permita estudiar filosofía. Quiere irse a Cambridge, donde Sheila, su novia, estudiará Geografía. Le digo que no lo puedo hacer, que no quiero que sea ni pobre ni hipócrita ni defensor de la monarquía constitucional. El me dice que está bien, será feliz como yo quiera.

Esa noche, mientras busco cómo salir del descampado, imagino por segunda vez nuestro futuro. En una pequeña noche, mi bebé cumple 35 años y nos vamos los dos a Cagliari de vacaciones. Una mañana, postrados en la playa, mientras tomamos un Bloody Mary recordamos a su madre. ¿Cuál era su nombre? ¡Qué maravilloso fuera verla otra vez!

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Reconozco todavía el vaivén de los vientos que atienden esta playa. Es la primera noche que paso en ella este verano. Reconozco una leguminosa telaraña de brisa: creo todavía que es una legaña empalagosa prendiéndose de los pelos sucios, límpida y meticulosa y empapada en whisky, que nos hace y nos deshace y que eso nos viene bien, para eso hemos venido –nos hemos venido–, no para librarnos de la ciudad, patibularia y cacasena, sino sólo para encontrarnos una vez más con el hedor salobre del mar, amplio y libertario como una concha estremecida.

Pero hoy la situación es distinta, está volcada, ha sido controvertida por la memoria selectiva de los labios. Los labios no estuvieron de nuestro lado. Los labios fueron tan traicioneros como cualquier puta mal pagada, como cualquiera parte de la propia anatomía que ha quedado desatendida. Moraleja: no confíes en tus labios si no han dado besos en mucho tiempo, tampoco confíes en tus ojos, lo mismo tu corazón. Tu corazón es una meretriz presuntuosa, pendenciera, ilusa y al tiempo golosa. Confía tan solo en tu pija. Porque tu pija habla cada noche con Darwin por Skype, habla con él e intercambian secretos. Darwin le ha contado que Dios no tiene cara, que es un agujero al final del túnel, en una recámara blanca, una especie de golfa iluminada y con olor a pez, inmóvil, frígida. Esto es decir que tu pija y sólo ella sabe lo que es necesario para ti. Tu corazón (y que no nos llame ahora la atención su índole colorada) es estúpido. Él sólo quiere lo mejor para ti. Tú –como ya debieras saber– no quieres lo mejor para ti. ¡Piénsatelo bien! Tú sólo quieres lo que tu pija quiere para ti.

Ahora me siento en la arena húmeda. Quiero escuchar tan sólo a mi pija enternecida por la zozobra y reconozco en cambio el vaivén de los vientos que atienden el murmullo de fiestas en terrazas, quiero decir gritos de mujeres en terrazas, quiero describir alharaca de niñas con tetas en terrazas, todas bebiendo chilcanos o capitanes, ya quisiéramos, todas esperando algo que yo no podría volver a darles, he deducido a este tiempo, he creído que no era así, he vuelto a creer que es así de cualquier modo, he dudado cómo podría no ser así, cómo sería si no lo fuera y si fuese exactamente lo opuesto. Lo he ponderado y no me ha parecido posible darles ya ni siquiera cualquier cosa: lo que he hecho antes en cada ocasión. Ya no me parece posible nada salvo besarlas con aquella manera pequeña y dulce que se podría considerar al mismo tiempo ominosa.

Entonces digo ¿existirá el método? Y si es así, ¿cómo mierda descubro el método?

Me ha dicho el salvavidas que esta playa está loca, oscurecida por celos patológicos, el amor de 300 madres espartanas, maldita como la vagina de una charapa adolescente, ante todo preñada. Lo hemos conversado por la tarde en la piscina mientras yo comía tequeños y él cuidaba de las niñas que nadaban. Somos amigos hace más de 10 años. Él me enseñó a entrar en el mar cuando las olas estaban gigantes y uno podía morir. Ahora, mientras observa la delgadez de las pre-púberes acuáticas, le he preguntado quién la preñó, si acaso la preñó él (que se jacta de tenerla de 22cm muertita y, en consecuencia, es un candidato viable para preñar tan grande extensión de arena). Me ha mirado confundido. Me ha dicho que por las mañanas, cuando orina en la orilla antes de que lleguen las primeras niñas a la piscina, los pescadores, que lo observan mear, se acercan y le hacen chistes, le conversan y miran de reojo su sexo, boscoso como un oso. Le han contado historias de perros descomunales que caminan los arenales aledaños a las playas por las noches, devorando chiquillas embobadas y enculando muchachos ebrios. Me ha dicho que en las madrugadas esta playa la surcan perros descomunales, pescadores de hombres y chiquillas, lujuriosos perros de la playa, sin pelo, sin corazón y estrictamente siempre sin condón. Se ha preocupado en apuntar, escueto pero determinante, que a pesar de su malignidad debemos tomar en cuenta que la leche progenitora de esos canes, deglutida como almíbar o utilizada para cortar la leche de pantera, puede revitalizar un hombre, puede volverle los ojos blancos otra vez, la mirada ausente, la vista gorda, las axilas humorosas y peludas, la complexión radiante, los dientes luminosos como choclos sagrados, dientes nada menos que adecuados para morder el cuello de una chiquilla petulante.

Y yo digo ¿dónde carajo quedó la novia, aquella novia mía, para mí, ella que tenía los labios delgados, labios para mí?

Dice mi compañera de camarote que la novia ha muerto, que ella vio el cuerpo entumecido cuando se lo llevo la marea, colorado como la cáscara de una langosta. El salvavidas –mi supuesto amigo– la ha violado sobre la torre de salvavidas mientras los canes vejaban a los huachimanes. Me ha dicho que fue una situación espectacular y peculiar, 5 huachimanes murieron empalados, luego murió la novia, luego eyaculó el salvavidas como si alguien hubiera descubierto una torre de petróleo blanquecino (imaginé cuando me lo contó la cara de Daniel Day Lewis y eso no me sorprendió, confieso que lo admiro a él y que también me gusta Paul Thomas Anderson). Me ha dicho que si bien empezó como normalmente principia una violación, quiso decir a la fuerza y en contra de la opinión del violado, en este caso la novia sólo mantuvo esa actitud un momento, inmediatamente empezó a gemir y se volcó sobre el salvavidas enhiesto, rasgó su vestido, rasgó la breve ropa de baño, se sentó sobre su pija como si fuese un pony mientras él se sentaba en la silla de la torre, gozó del coito como una chancha de mierda aún cuando los huachimanes morían empalados en todas direcciones. Me ha dicho que primero murió Escalera, alto y flaco, el perro ardido lo analizó hasta causarle una hemorragia interna, que segundo murió Mosquito, el que se quería con Fernanda (la chica que trabaja en la casa de los Gómez), atravesado de oído a oído, entonces y tercero murió La Mona, el de la cabellera, el can le partió el recto en 7 secciones idénticas, cuarto murió el Zorro, rápido y libre, ahogado y gimiendo con estridencia mientras un can muy parecido a Winston Churchill le convidaba crayola por la garganta, quinto murió El Ronco, con sus lentes, cuyo dolor rememoraba un berimbau si bien algunos dicen que cantaba una de Miguel de Molina, muy grave, sólo luego la muerte le fue dada a ella, cuando el salvavidas estaba por alcanzar el orgasmo y el éxtasis fue tal que sin quererlo la empujó de la torre y ella cayó de cabeza en la arena seca, se rompió el cuello, pero él continuó masturbándose utilizando su mano lampiña, eyaculó sobre la brisa y el semen chispeó sobre ella justo en el momento en que hacía el misterioso tránsito de mujer a cadáver.

No lo pude creer. Le dije a mi compañera de camarote por la puta madre, ¿qué mierda es el sosiego? Ha quedado silenciosa. Luego he agregado ¿hay que ser fuck buddies?

Esta noche he venido solo a la playa con una botella de whisky. La botella de whisky la he robado del padre de una amiga. La botella se ha terminado. A pesar de todo me ha dado frío. Estoy borracho y mis pies están húmedos y tengo frío. Son las 11 de la noche y estamos sábado y tengo frío y estoy acongojado. La isla se extiende sobre el mar y me parece una gorda preñada. El salvavidas es un huevón (además de un fantoche y un traicionero). Pues la playa no está preñada: es la isla que está preñada. Y quizás la novia, antes de morir, pudo haber quedado preñada también. Tengo frío. Acongojado, he encendido una copia del Esplín de Paris y con ella ilumino mis genitales. Quisiera poder oírlos otra vez. Parece vano intentarlo. Mi pija ha muerto. Quisiera quedarme pero ya es hora de volver a la casa. Debo huir de los perros empaladores, de quienes no podré defenderme con mi pija muerta. Debo huir de ellos como se huye de todo lo que busca el corazón. Es tiempo de cambiarme, ponerme la camisa con puntitos. Es tiempo de salir a bailar nuevas canciones.

Digo ¿por qué la rosa no indica todavía el rumbo a Praga, barrio judío, tumba de Franz Kafka?

Quiero decir ¿por qué a falta de ella sólo tengo esta isla blanca como la panza de una gorda preñada, nevada pero con guano, estacionada como una caca cetácea contra el horizonte renegrido?

Tengo que escapar de aquí. La buena vida me está persiguiendo sigilosamente. Como una puta en una incursión urbana altamente remunerada, busca pagarme todo lo que mi papá y mis genes y mi educación y mis amigos le han indicado que me debe. Pero yo no le quise pedir nada. ¡Lo juro! Yo sólo soy un moroso (yo sólo tengo el corazón moroso).

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Alrededor mío está el bosque. Por el bosque ando, corro, me escapo; ella repta detrás de mí. El bosque es muy largo, muy ancho y magnífico, perverso, esférico y amplio, muy hermoso: contiene tulipanes, catedrales francesas, viajes a Buenos Aires, mujeres hermosas de pelos oscuros, un Ipod Nano negro, culturas orientales, toda la bibliografía sobre el Comte de Lautréamont, incómodos métodos anticonceptivos, miles de ejemplares del Harvard Business Review, 8 o 15 religiones, la televisión digital, incluso el futuro de la industria discográfica. A través de todos estos elementos yo viajo y la buena vida me persigue. Y la buena vida es mucho más cruel que la INTERPOL, mucho más metódica que la SUNAT. Me quiere hacer rico a toda costa, gerente general, hombre fresco de ternos brillantes y un cutis siempre mate. Pero yo no tengo aquella labia de los dioses, ya lo dije: yo tengo el corazón moroso. Ella me quiere proveer de hijos bronceados y robustos, totalmente felices y ampliamente desprovistos de sueños. Y por esto la buena vida me persigue día a día, a través del bosque incomparable y hasta todos sus lindes intergalácticos. Me quiere devorar los ojos, mis tristes oráculos; las manos. La buena vida me quiere alimentar con nueces de Macadamia y foie gras –con nada más–, me quiere entregar un séquito de nietos folladores y brillantes, nietos que follarán con niñas hermosas como aquellas con las que yo nunca follé, que muy sensatos conocerán el coitus interruptus y eyacularán sobre sus vientres mientras ellas sonríen complacidas, todavía sin haber sacado el DNI.

En resumen, la buena vida me quiere volver un hombre respetable.

Ciertas noches la buena vida me mira mientras duermo, me investiga: me tienta a soñar sueños de castillos templados y acentuada moralidad, ¡nunca me subyuga! Me quiere presentar al amor de mi vida, una chica no tan hermosa, muy gentil, estable, dadivosa, propensa a ser querida por mi mamá y a entrometerse en causas políticamente correctas. Y entonces yo tengo que escapar de aquella chica, maltratarla, tengo que decirle a mi mamá que no hay ya mujeres en el mundo para amar, que sí me gustan pero que todas son una puta mierda, que no son como yo, que quieren ser felices de aquella forma buena y moderada, conspicua, prudente, económico-filosófica, no de aquella forma gigantesca e imprudente e incorrecta como yo quiero ser feliz, entre sexo y burda maravilla y sonrisas y opiniones hondas fabuladas a cada instante y viajes a puertos asoleados y besos fríos con sabor a Bourbon y fotografías y abundante desparpajo. Y en ocasiones sucede que la buena vida me escucha hablar con mi mamá de esto por la noche, escondida detrás de las cortinas, bajo la negra lámpara dicroica. Inmediatamente diseña un método maldito: me ofrece trabajo en Procter & Gamble. Entonces yo tengo que escapar de todo, huir y olvidar la posibilidad de trabajar tan cerca de mi casa y a una distancia sin tráfico, tengo que cagar la entrevista, volverme un espía delirante, un asesino de respuestas entusiastas. Tengo que adoptar yugos banales, emborracharme y difamar la industria de los pañales. Tengo que tirar ACE a las alcantarillas y mear en las bateas anaranjadas.

Luego, no sé cómo ser. Pero tengo que ser: tengo que hacer. Debo despilfarrar mi esencia por el mundo, en 3 o a lo menos en 2 continentes. Debo reproducirme, que es otra cosa todavía más osada. Debo viajar, fuera, muy lejos. Debo convertirme en Sherlock Holmes, London, circa eighteen ninety-two. Debo ser un Mesías retrofuturista forrado en una campera Kosiuko de nylon. Debo acumular el amor de todos los hombres y mujeres que existen a lo largo del bosque. Debo engordar con chocolate. Debo ser mesero y reflejar mi mirada en los cafés. Debo follar con chicas en azoteas. Debo mirar las noches en otro hemisferio. Debo estudiar fotografía celeste. Debo escribir una novela porno o demencial, porno y demencial. Debo enamorarme una vez más, todavía.

¿Pues qué más queda pedirle a este bosque, entre los árboles de troncos renegridos, cualquier noche?

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Hay que dormir en todos los lugares posibles. Hay que dormir en sofás de tres cuerpos, en armarios, en plazas asoleadas, en calzadas ensuciadas de países que visitemos. Hay que dormir en escaleras de laja, en descansos de escaleras de madera, en piscinas de mayólicas azules, en verdes pastizales rectangulares. Hay que dormir en camas de hombres y en camas de mujeres. Hay que dormir en camas que huelan bien. Hay que dormir con frío. Hay que dormir con alguien que no conocemos. Hay que dormir a la intemperie. Hay que dormir bajo higueras y muy cerca de drenajes habitados por mujeres pequeñitas, hálitos de ángel: encarnaciones de demonios viejos hechas action figures a la moda. Hay que soñar.

Es necesario perseguir la belleza a toda costa.

Hay que brillar en la oscuridad. Hay que ser totalmente otro, muchos, no solamente uno, pues no es suficiente ser solamente uno para este mundo tan hambriento y ninfómano y estridente y clerical. Hay que esconder toda la verdad. Hay que mentir: a todas las mujeres, a tus amigos del trabajo, a tu mamá. Hay que posar. Hay que crear una imagen, un sospechoso personaje redondo pero falso, una caricatura clara y luminosa u opaca y oscura y vaga y ominosa que viaje por el mundo globalizado como Francis Drake coqueado por los océanos gigantescos, por una ciudad perfectamente plana que antes pensamos era nuestra maravillosa vida y que en verdad no lo era, sino que sólo era un estropajo llano, una paradójica ruma plana de trastes de historias de corazones de sueños y otras imaginaciones.

Es necesario ver muchísimos videos de David Bowie.

Hay que odiar a todos, indiscriminadamente. Hay que abrazarlos después. Hay que destruir todo lo que somos. Hay que construir todo lo que queremos ser. Hay que odiar todo lo que fuimos: hay que odiar todo lo que seremos. Hay que señalar los errores ajenos. Hay que mirar al enemigo con desprecio. Hay que amar la conquista por si misma. Hay que imaginar que cada hora de tu vida es parte de un prolongado y casi eterno campeonato de Risk donde el árbitro es una contorsionista belga o austriaca, todavía mejor si es ucraniana, una contorsionista que seguirá tus pervertidas órdenes siempre y cuando la proveas de la suficiente cantidad de billetes de 100 dólares. Hay que encubrir el meollo de ese asunto. Hay que averiguar donde imprimen billetes de 100 dólares.

Es necesario que viajes solamente.

Hay que esperar el brusco momento del encuentro con el fin, que no está lejos. Mientras tanto, hay que reírse de los débiles y procurar juntarse con los fuertes. Hay que golpear a los fuertes por la espalda una mañana, una tarde, una noche o madrugada cuando se descuiden endulzados por nuestras maliciosas sonrisas de azafata de avión francés. Hay que asumir el riesgo de que luego de ese primer golpe no logremos acabar con aquel fuerte, pues quizás entrene jiu-jitsu o sea indestructible, y hay que saber que quizás él decida en represalia golpearnos. Hay que amar ese riesgo como si fuera una copa congelada de helado de vainilla con fudge. Hay que entender que los fuertes pueden matarnos con las manos, sin necesidad de armas y especialmente sin necesidad de decir palabra alguna. Hay que perder el miedo de la muerte. Hay que creerse efectivamente Genghis Khan cabalgando por la estepa. Hay que imaginar a la muerte como una señora similar a Grace Kelly, pero muy puta y dispuesta a felarnos a espaldas de Rainiero.

Es necesario hacer deporte por la madrugada.

Hay que engañar a los adultos. Hay que mentirle sistemáticamente a todo adulto que se nos acerque. En cambio, hay que ser absurdamente sincero con los niños. Hay que mirarlos a los ojos –hay que saber que en esos ojos estrambóticos vive un futuro demonio de fuego y dinero y sexo y vida y alucinante salvación– y hay que restregarles el mundo por los ojos. Hay que exprimirles un wetex empapado de mundo gota a gota dentro de los ojos, como quien cura un enfermo de conjuntivitis. Hay que procurar cegarlos para siempre. Hay que herirlos. Hay que dañarles el alma y el ánimo. Hay que saber que sólo concretando aquel deslinde entre la realidad y sus deseos podrán salvarse de esta soñada vanidad.

Es necesario saber de política económica.

Hay que decirle a todas las chicas que las amas, indiscriminadamente. Hay que amar, indiscriminadamente. Hay que ser un huevón. Hay que ser agresivo, soez, parlanchín, generoso, burlón, cariñoso. Hay que medir grosores de labios y espesores de narices. Hay que ser hermoso, imbécil, galán, injurioso. Hay que besar multitudes de lunares. Hay que ser irracional, violento, cautivante. Hay que mirar directamente a todos los ojos que nos miren. Hay que ser mágico, múltiple, matón. Hay que negar la posibilidad del fin de cualquier instante. Hay que ser perfecto, parcial, radiante. Hay que evitar un llanto.

Es necesario hacer el amor.

Estábamos en el departamento de Dora y yo dibujaba en su bitácora. Eran las 2 AM, quizás las 3 AM cualquier madrugada, lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado o domingo, y faltaba poco para salir a tomar y bailar y yo había querido dibujar y el resto conversaba, tomaba con aplicada necedad, y habíamos puestos las luces bajas y el proyector proyectaba contra la pared a mi derecha el cuadro con el duro perfil de la loca potente y admirable que se roba la moto para ir al aeropuerto en la última parte de Mujeres al borde de un ataque de nervios, sólo ese único cuadro detenido.

Agazapado, yo dibujaba dibujos intransigentes que no podía dejar de dibujar, que me poseían y me sometían al tiempo mismo que los dibujaba. En la penumbra y entre las canciones a todo volumen y algún esporádico baile que me permitía, trazaba dibujos que dibujaba con el mismo ahínco con que alguna vez he escrito La Verdad en servilletas, con la misma falta de mesura que me permitía eso en aquel momento y otra vez en ese instante proyectar zonas y planos y caretas concretamente vergonzosas de mi alma secreta, tan venida a menos, desnudada por la música, el sol y los besos entregados.

Le había pedido casualmente a Dora su bitácora. Había recogido la cartuchera con plumones de 36 colores y había entendido de pronto que tenía que concretar muchas confusas sensaciones, perversiones fértiles que presentía a flor de piel, no cuestiones duras o aterradoras, sino simples y suaves y alucinados y dóciles y dulces y eternos y entretenidos pero hondos giros del ánimo íntimo, aquel indivisible del sueño y de las manos.

Los dibujos, poco es necesario especificarlo, eran voluptuosos pero pobres. Disformes. Renuentes. Generosos. Parciales. Secretos. Inevitables y delatores. Prohibidos. Dibujé labios, gruesos labios de distintos colores. Primero dibujaba los labios rojos. Ensayé 10 y 12 labios rojos. Luego labios verdes. Labios azules como la noche. Violetas como las violetas. Dibujé una violeta y luego una pierna larga. Entonces una pierna corta. Después una nariz. Un poto pequeño. Un poto grande. También tobillos, una serie de tobillos en línea, como esperando a Jimmy Choo. Dibujé distintas cabelleras: recogidas, rubias, lacias. Dibujé prendas de vestir: 2 faldas, vestidos de flores y vestidos muy cortos. Dibujé cuero, ropa de cuero. Ropa de plástico. Ropa con metal. Ropa con tachas. Lápices de labios. Envases cuadrados. Dibujé envases alargados y hermosos que parecían sirenas echadas en pequeñas islas. Intenté esqueletos de formas que fueran esbozadas en alambre de cobre (fue preciso para esto utilizar plumón naranja y luego repasarlo con plumón marrón). Dibujé dos cuerpos desnudos abrazados. Dos cuerpos abrazados y desnudos en la playa. Dos cuerpos besándose en un auto negro. Un cuerpo resfriado. Dibujé extasiado dos cuerpos desnudos abrazados y llorando: dos cuerpos despidiéndose.

Y en eso, aún presa de la vorágine, noté que Álvaro hablaba del peligro de la extinción de los pandas. Interrumpí los dibujos y levanté la mirada para hablar: hablé.

A los pandas no les gusta el sexo, se merecen desaparecer.

Ya habían pasado varias noches en esta ciudad que visitábamos, entre distintos barrios y distintas noches y el Subte, ese largo túnel sin salida. Había ya historias, causas y consecuencias y culpas y pintorescas increpaciones. Así que él me miró, con suficiente instrucción, se reía un poco.

A ti tampoco te gusta… parece.

Y aunque estaba muy equivocado, todavía así el chiste era bueno, por lo que no quise responderle cualquier cosa. Existen tiempos en que engendramos personajes. Luego hemos de vivirlos también, fatalmente. Así que arranqué la página que había garabateado, la doblé y la introduje forzosamente en mi billetera, le respondí.

Bueno, nunca quise dar a entender que yo merezca persistir, en cualquier sentido.

Estaba soñando con una luna gigantesca que nos iluminaba, con un poto blanco y hermoso y amplio que refulgía sobre la cama de un hostal, recostado sobre las sábanas opacas, bruscamente revelado por la luz triste que penetró la habitación entre las delgadísimas persianas plásticas desde un típico poste de luz limeño.

Estaba soñando con un poto fabuloso sobre el cual yo avanzaba y me recostaba, pues muy naturalmente este poto estaba concatenado, por delante con dos piernas fabulosas, si bien algo cortas, por detrás con un torso pálido y largo y delgado en la cintura, sólido en los hombros (del torso surgían dos brazos, que eran como dos tripas rechonchas, y una cabeza mediana cubierta de un pelo castaño, hermoso, lacio, largo, suave, lo coronaba).

Estaba soñando que me recostaba sobre este cuerpo, primero sobre este poto blanco como una luna, luego lentamente sobre su espalda, apoyando mi torso frío contra el torso perfecto de este cuerpo, después acurrucando mis piernas frías para abrazar con ellas las piernas perfectas de este cuerpo, y así le hacía una cuchara a este cuerpo, y todo olía jazmines o a Wizard de jazmines, cualquiera de los dos, porque en los sueños prima el deseo y tan pequeña minucia no es relevante.

Estaba soñando y yo lo abrazaba y este cuerpo temblaba, casi titilaba de amor, pues no era sólo un cuerpo: era una energía, un ser almario y potente que aguardaba mi primera sonrisa, mi primer terror.

Estaba soñando y presentí que este ser me mataría y que era demasiado hermoso para mí y entonces pude escuchar un rugido patético y espeluznante que me dejó inmóvil, traté de gritar y no pude, pero el cuerpo no se movió: se quedó inmóvil mientras yo lo penetraba todavía, y seguí así feliz y aterrado y feliz e inmóvil también sobre él, pensaba ya que todo había terminado, me disponía a seguir penetrando a mi cuerpo amado cuando de súbito, en un acto de tajante sucesión, algo distinto y maldito y pequeño y suave se apoderó de mí, se metió en mí, penetró en mí, se introdujo en mi estómago tomando el camino que empieza por detrás de mí.

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En la mañana me desperté jubiloso. Abrí las ventanas. Canté canciones sin escuchar la letra y miré al cielo de día como quien mira al cielo de noche: como quien pretende comprender los patrones fatales que dibujan las estrellas.

Detrás de mí, trazando una línea desde la jardinera del pasadizo, a través de las losetas, cruzando el umbral de la puerta de mi cuarto, por sobre el piso machihembrado, subiendo por la pata delgada de mi cama, se descubría un camino de baba.

Recordando aquel viejo juego, le dije a María Fe si estuvieran en un bote perdidos en el medio del mar, tú, Jorge y tu mamá, y si tuvieras que sacar a uno, porque si no el bote se hunde y todos se ahogan, si tuvieras que hacerlo, ¿a quién de los dos botarías? Pero ella es completamente incapaz de responderme: no puede decidir entre su mamá y su novio.

Si yo fuera María Fe, con toda su alegría apabullante, inalcanzable, si yo fuera ella, tan imposible como aquello es porque si yo fuera ella ya me habría cortado el cuello (y entonces, por definición, no «sería»), si yo fuera ella botaría a mi mamá sin dudarlo.

Me impresiona la alegría constante de María Fe. Su alegría es como una tetera y la mía es como un cigarro. Su alegría es como un globo y la mía es como un condón. Su alegría es como un cantante y la mía es como un actor. Su alegría es como una estrella y la mía es como un planeta. Su alegría es como tres hojas de menta y la mía es como abundante hierba mate todavía húmeda, pegada al fondo de un recipiente metálico. Su alegría es como un éclair cubierto con perfecto chocolate; la mía como un tiramisú. Su alegría es como la tarde en Bermuda y mi alegría es como la mañana en Londres. En pocas palabras, su alegría es como la felicidad y mi alegría es hosca, dura: mi alegría es como el amor.

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Ocurre algunas veces que veo a mi mamá, que me habla y le sonrío y conversamos, que me divierto y conversamos. Ocurre otras que veo a mi papá, que lo miro y sé muy poco qué puedo pensar de él, que conversamos y yo no sonrío y él alegre se dispone, por ejemplo, a contarme de su trabajo, de sus éxitos e intricadas fabulaciones. Pero yo lo miro, la miro, los miro y no pienso nada. Me siento triste. Me siento solo.

Ocurre entonces que no entiendo a María Fe, y eso por extensión es decir lo mismo que decir que no entiendo a casi nadie. Otra tarde, le he preguntado a María Fe, francamente intrigado ¿puedo abrazar a tu mamá? y ella se ha reído mucho de mí y me ha dicho ¡no! Entonces yo le he replicado ¿ni el día de tu matri, en el saludo?

Ando todavía sin respuesta, pero sé cómo vivir así: no sería el mismo si no hubiera estado siempre desamparado.




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