Posts Tagged ‘besar ojos’

Estábamos en el departamento de Dora y yo dibujaba en su bitácora. Eran las 2 AM, quizás las 3 AM cualquier madrugada, lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado o domingo, y faltaba poco para salir a tomar y bailar y yo había querido dibujar y el resto conversaba, tomaba con aplicada necedad, y habíamos puestos las luces bajas y el proyector proyectaba contra la pared a mi derecha el cuadro con el duro perfil de la loca potente y admirable que se roba la moto para ir al aeropuerto en la última parte de Mujeres al borde de un ataque de nervios, sólo ese único cuadro detenido.

Agazapado, yo dibujaba dibujos intransigentes que no podía dejar de dibujar, que me poseían y me sometían al tiempo mismo que los dibujaba. En la penumbra y entre las canciones a todo volumen y algún esporádico baile que me permitía, trazaba dibujos que dibujaba con el mismo ahínco con que alguna vez he escrito La Verdad en servilletas, con la misma falta de mesura que me permitía eso en aquel momento y otra vez en ese instante proyectar zonas y planos y caretas concretamente vergonzosas de mi alma secreta, tan venida a menos, desnudada por la música, el sol y los besos entregados.

Le había pedido casualmente a Dora su bitácora. Había recogido la cartuchera con plumones de 36 colores y había entendido de pronto que tenía que concretar muchas confusas sensaciones, perversiones fértiles que presentía a flor de piel, no cuestiones duras o aterradoras, sino simples y suaves y alucinados y dóciles y dulces y eternos y entretenidos pero hondos giros del ánimo íntimo, aquel indivisible del sueño y de las manos.

Los dibujos, poco es necesario especificarlo, eran voluptuosos pero pobres. Disformes. Renuentes. Generosos. Parciales. Secretos. Inevitables y delatores. Prohibidos. Dibujé labios, gruesos labios de distintos colores. Primero dibujaba los labios rojos. Ensayé 10 y 12 labios rojos. Luego labios verdes. Labios azules como la noche. Violetas como las violetas. Dibujé una violeta y luego una pierna larga. Entonces una pierna corta. Después una nariz. Un poto pequeño. Un poto grande. También tobillos, una serie de tobillos en línea, como esperando a Jimmy Choo. Dibujé distintas cabelleras: recogidas, rubias, lacias. Dibujé prendas de vestir: 2 faldas, vestidos de flores y vestidos muy cortos. Dibujé cuero, ropa de cuero. Ropa de plástico. Ropa con metal. Ropa con tachas. Lápices de labios. Envases cuadrados. Dibujé envases alargados y hermosos que parecían sirenas echadas en pequeñas islas. Intenté esqueletos de formas que fueran esbozadas en alambre de cobre (fue preciso para esto utilizar plumón naranja y luego repasarlo con plumón marrón). Dibujé dos cuerpos desnudos abrazados. Dos cuerpos abrazados y desnudos en la playa. Dos cuerpos besándose en un auto negro. Un cuerpo resfriado. Dibujé extasiado dos cuerpos desnudos abrazados y llorando: dos cuerpos despidiéndose.

Y en eso, aún presa de la vorágine, noté que Álvaro hablaba del peligro de la extinción de los pandas. Interrumpí los dibujos y levanté la mirada para hablar: hablé.

A los pandas no les gusta el sexo, se merecen desaparecer.

Ya habían pasado varias noches en esta ciudad que visitábamos, entre distintos barrios y distintas noches y el Subte, ese largo túnel sin salida. Había ya historias, causas y consecuencias y culpas y pintorescas increpaciones. Así que él me miró, con suficiente instrucción, se reía un poco.

A ti tampoco te gusta… parece.

Y aunque estaba muy equivocado, todavía así el chiste era bueno, por lo que no quise responderle cualquier cosa. Existen tiempos en que engendramos personajes. Luego hemos de vivirlos también, fatalmente. Así que arranqué la página que había garabateado, la doblé y la introduje forzosamente en mi billetera, le respondí.

Bueno, nunca quise dar a entender que yo merezca persistir, en cualquier sentido.

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Fernanda vive en Saturno. Yo vivo en Lima. Ambos preferimos el vino y estamos demasiado solos. Eso, entre otras cosas más y menos superfluas, nos unirá para siempre.

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Hace muchos años Fernanda vino a la Tierra y se enamoró de mí. Eran los tiempos de la revolución francesa y yo pasaba las tardes soñando con Tocqueville. Es de entender que estaba confundido y en ese tiempo no la quise. En cambio de querer a Fernanda, quise a Lorena. La quise más que a la libertad, la igualdad y la fraternidad, y eso es decir bastante. Ella bebía mucho más que Fernanda y sonreía mucho más que Fernanda, pero era mucho menos inteligente que Fernanda y sobre todo más fea que Fernanda. Por todas estas razones, era también mucho más fácil de querer. Y así, sencillamente, la quise. Yo veía sus ademanes delicados, cada vez más subyugado, y pensaba que si lograba engañarla con astucia y suficientes diamantes, me querría mucho más de lo que nadie podría quererme jamás.

Y Lorena quizás me quiso brevemente, o pensó que podría quererme, pero al poco tiempo ambos supimos que no era susceptible a los diamantes que yo podía producir en mi secreta mina artificial, 1km debajo de San Isidro, como aquellas minas 1.5km debajo de Johannesburgo. Supe que fracasaría: Lorena prefería los topacios o los rubíes y esas gemas las producían otros.

Primero me rendí, luego traté de imitar esas piedras. Lanzaba los frutos de mi esfuerzo como proyectiles desde manos y hondas y catapultas contra la sien pálida o el pecho descubierto de Lorena, pero ella era inmune. Yo simplemente no podía producir otras piedras y mis piedras rebotaban, se acumulaban y un día, mientras las recogía por los suelos del desierto, fue que conocí a Fernanda. Ella se me acercó y me dijo que le encantaban mis diamantes, que no había piedras así en los desiertos de Saturno. Me dijo que eran transparentes y si se sostenían contra la luz, uno podía ver en ellos la misma alma del Demonio.

Ese mismo día nos besamos e hicimos el amor hasta el amanecer.

Terco, no pude dejar de buscar a Lorena. Aunque habían pasado unos meses terribles, quise todavía tratar. Veía a Fernanda ocasionalmente, pero seguí elaborando diamantes, perfeccionando diamantes, puliendo diamantes, cantando diamantes para Lorena. Pero ella estaba ya demasiado lejos, y se había vuelto supremamente puta. Me enteré que ya follaba con cientos de fabricadores de rubíes, miles de pulidores de topacios: que me había olvidado por completo.

Caí en una profunda depresión y dejé de fabricar diamantes del todo. Pasaba las horas leyendo a Bécquer, o quizás algo aún más ridículo. Gritaba, lloraba, me masturbaba como si hubiera vuelto a la adolescencia. Bebía cantidades enormes de alcohol y vagaba por las jardineras. Dormía en las fuentes. Entraba gritando en las matinées de los cines.

Una tarde, caminando por la Avenida Arequipa, súbitamente me topé con Fernanda. Ella venía en el sentido contrario, me vio y se sorprendió. Pude ver el brillo de compasión en sus ojos. Yo estaba llorando y ella había visto eso en los míos. Le había escondido la melancolía que me aquejaba, le había ocultado mi tristeza por semanas. Ella propuso que bebiéramos algo, que me haría bien. Me llevó a su cuarto y sacó una botella de vino tinto de una caja negra junto a su cama. Mientras ella descorchaba la botella y traía las copas, yo ya sabía que ella era mucho mejor que Lorena, que podía quererme más, pero no podía pensar en eso: sólo podía recordar que Lorena prefería la sidra y que en los buenos tiempos nos habíamos emborrachado muchas veces con ella. Recordaba cómo nos emborrachábamos y nos abrazábamos y nos besábamos por horas, cómo yo le metía el dedo a la boca y le acariciaba con este mismo dedo los pezones y entonces ella cogía mi verga como quien coge un control remoto.

Fernanda siempre prefirió el vino. Cuando sus labios se llenan de él, cuando se cubren en vino y se tornan rojos y helados, son los mejores labios que existen. Uno los besa, ella se estremece y por un momento eso, la figura que formamos nosotros besando su cuerpo estremecido, es todo lo que se nos aparenta necesario. Los ángeles vengadores, torpes y corruptos, han de haberlos diseñado en un arrebato insano de lujuria. Pero en ese momento, cuando Fernanda me sirvió aquella primera copa de vino, yo no lo supe, y tal fue la circunstancia de mi perdición. De eso estoy seguro. De eso y de que ya soñaba con Tocqueville aunque él no había nacido, y de que ya escribía versos que premeditaban a Rimbaud, y de que todavía no amaba el vino.

Al tiempo finalmente nació Tocqueville y yo dejé de querer a Lorena. Entonces me enamoré de Fernanda: entonces ella se tuvo que ir y volvió a Saturno.

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Toda dicotomía tiende a ser el principio de cierta convalecencia.

Todas las flores son instantáneas. Son las más lindas y vaporosas flores, todas, hasta que se marchitan y no son más flores, sino puñales. Con los siglos a la intemperie, los puñales se herrumbran, son cada día más delgados, se destemplan y un día descubrimos que podemos morderlos: se quiebran como las galletas de soda.

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Hace un par de semanas empecé a tener clases de Pilates. Contra lo que pueda creer cualquiera, es de lejos la cosa más hardcore que he hecho en términos de deporte. Nos metemos a una sala oscura, en un piso 15, y por las ventanas se ve la ciudad: constipada de carros, lenta y anodina. La profesora baja las luces y enciende la radio, entonces entra la luz de la calle, la oscuridad de la niebla e inmediatamente ella pone una batería de canciones New Age que puede hipnotizar a cualquiera. Son nefastas pero son efectivas. Cuesta creerlo, pero poco es más épico que hacer abdominales escuchando una versión de Comfortably Numb que parece elaborada por Enya y Brian Eno al tiempo que hacen el amor.

Luego están los ejercicios, que son lo más cercano a la tortura a lo que me he entregado tan feliz y voluntariamente. Pero es bacán, funciona, mi abdomen está más duro, mi postura está muchísimo mejor y ya no me duele la espalda cuando me siento a leer, cuando me siento a escribir.

Parte de todo el asunto fue comprar el mat, la pelota y la liga. El yoga mat es una alfombrita azul que sirve para no resbalarse sobre el piso mientras uno intenta seguir las acrobáticas indicaciones de la profesora. La liga es una banda elástica tubular con dos asas que permite hacer trabajos de resistencia. La pelota es una esfera azul de plástico llena de aire que sirve sobre todo de apoyo y amortiguación y que pesa mucho más de lo que parece.

El jueves, mientras inflaba por primera vez la pelota, estaba conversando con María Fe. Ella se sienta a mi lado 9 horas al día y tenemos una relación apacible, rampante: cada uno habla de todo lo que necesita hablar cada día. Así ella sabe todo lo que yo pienso del género femenino y yo se al mínimo detalle el orden de los piqueos como saldrán en su inminente fiesta de matrimonio. Yo estaba luchando con el inflador mientras le hablaba de Alberto Pizango y ella me dijo, súbitamente, que su primera hija se llamaría Sofía. Es un nombre genial pensé. Y como quise ganarle tomé la oportunidad, terminé de inflar la pelota, recogí el plumón indeleble y la bauticé Sofía, en letra script, grande y roja.

Hay madrugadas en que sueño con mi nueva belleza, torneada y azul. Recuerdo su olor plástico, su aroma dulce. Sueño que la abrazo y que ella no me corresponde . Resisto lo fría que es, cómo me quiere sin gestos. Hay tardes en que me siento en ella, en que quito mi silla y la uso de asiento: ella es mi sostén, en ella pongo todas mis esperanzas.

Sofía es azul. Sofía es esférica. Sofía es perfecta. Sofía no me traicionará. No me traicionará a menos que yo le de pie para que lo haga. ¿Pues no es así como siempre nos sucede?

Fui a la tienda, entré tímido y me acerqué a la señorita. Muy bajo, le murmuré señorita, quiero uno de esos jeans que son… como que no tan sueltos y ella, en voz alta ¿un pitillo?

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y yo, suavecito no, uno de esos que son más apretados, que no se abren abajo y ella, fuerte otra vez ¿¡un pitillo!?

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y yo, disimulando no, uno de esos que se estiran un poco y tienen la pierna recta y ella, a voz en cuello ya pues, ¡un pitillo! Ven por acá.

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Estoy tomando una cerveza, parado en el bar, pub o discoteca, un poco de los tres y ya son las 2 de la mañana. Me ha mirado, desde las zapatillas, blancas pero inmundas, hasta los ojos. Estrecho, yo no puedo ver más allá de unos metros. Pero más allá de unos metros creo distinguir una chica mirándome. Circunspecto, no enfoco nada, no enfoco su pelo, no enfoco sus leggins. Ebrio, elucubro estas líneas y no me muevo. Torpe, las esbozo en la boleta que me dieron cuando pagué las cervezas. Miro hacia arriba: ya se ha ido. Alegre, triste, alegre, triste, alegre y bailando, detenido en el mismo lugar, a veces no comprendo lo qué está sucediendo conmigo.

Probablemente ningún Dios creó todo. Es lo más razonable. Pero por un momento imaginemos que sí lo hizo, que uno solo, majestuoso como la historia, es culpable de toda esta brea que nos circunda.

Digamos que creó los besos, por ejemplo. Imaginemos que yo aparecí luego y le traté de arrebatar los besos, que durante miles de años insolentemente traté de hacerlos solamente míos y no suyos, que profesé que serían míos, en plazas, periódicos, lenocinios y blogs, todos los pequeños besos, suaves y tenues y malditos, y que así fui proscrito, envenenado: perseguido por sus discípulos más hermosos con fríos vasos de Coca Cola que ocasionalmente bebí y condenado por su ángeles dorados, que más que ángeles en el sentido convencional me parecen cautelosos y tiernos violadores, silenciosos pedófilos apocopados felizmente dedicados a la docencia escolar.

Pero no frontalmente: no imaginemos que fui perseguido a través del cielo por estas bestias, tal estrella azul, fugaz y caída, que se me insultó a la cara y que corrí, que fui vapuleado o injuriado durante milenios, o incluso que fui violado por estos monstruos hermosos, tan adeptos a las bruscas, únicas ceremoniosas, extrañas variantes del amor sensual. No salí en la tele, ningún tabloide inglés me adujo amantes falsas. No hubo fama, que hubiera sido una consecuencia más bien agradable de la persecución. No hubo ningún paparazzi, nadie que me persiguiera por un túnel, que me permitiera morir con cierta decencia, decapitado y envuelto en cadente heroísmo.

Con el paso de las eras todo permanece: he visto lo mismo siempre, he visto todo perpetuarse. Mi tortura consistió en la permanencia de unas pocas ausencias. Como un chicle adherido a las paredes del intestino, todo se quedó en vacíos, en revistas y flagrantes incongruencias, en dolores sordos y nuevas canciones graves que me drenaban. He encarnado cientos de cuerpos, que es lo mismo que decir que he reñido cientos de años y visto cientos de películas. He estado solo en cada uno de ellos. Con cada uno caminé, odié los campos, las discotecas, las modas pasadas, vigilé las murallas del reino que anhelo y todo lo que más quise me alejó de él.

Hasta una noche que andaba por la playa, ya casi rendido. Alegre, oía melodías hasta en las canciones que ponen las muchachas más bellas de mi generación cuando revolotean en las terrazas y se decoran y sueñan y sonríen. Cuando de la bruma surgió una figura. Envuelta en una sábana roja, desde la orilla caminaba hacia mí una figurara desnuda. Me sonreía: me invitaba a acercarme y lo hice feliz y cuando estuve muy cerca supe que no era una simple figura: era la sombra detrás de todas las sombras, y entonces no volví a ser feliz. El creador se había encarnado en Johnny Depp y venía a buscarme, me sonreía y no parecía odiarme más, desearme más, perseguirme más. Quizás me habría perdonado y su ingenuidad, la dulzura en sus ojos me conmovió. Ya muy cerca, era sólo un hombre, sólo un hombre solo e idéntico a Johnny Depp que miraba a otro hombre con ternura.

Yo lo miré, después, muy lento, muy suave, lo besé un minuto. Luego mordí: como un perro cerré mi mandíbula y rasgué, le arranqué los labios. Él gritó y yo sentí que me desmayaba. Lo había traicionado y mi boca se llenaba de sangre, de su sangre azul y deliciosa y sagrada. Lo miré, adolorido, por primera vez enamorado, y entonces me dijo te odio.

¿Y cómo no habría de odiarme? Lo había derrotado. Con los 23 años de este cuerpo, con su pobre esencia, un verano fucsia y tórrido, el más flaco, el más débil de todos sus enemigos, lo amé más que ningún otro antes: acaparé todos los besos, todo el repertorio de pequeños ósculos que él había creado y jugosamente monopolizaba. Los acaparé y luego se los escupí de vuelta en la cara.

Fue entonces que repitió te odio. Te odio… ¡Te amo tanto!

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Digamos además que este Dios creó el sexo oral. Imaginemos luego que, tras mi primera inmensa victoria y aquella ceremonia cansada, el resto de mi vida será la pugna por arrebatárselo.

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No soy alcohólico, soy feliz: soy feliz cuando estoy fuera de mí. No dentro de otro, sino en el éter: entre la nada y el recinto donde está detenido tu cuerpo, hoy, este grave mayo cuando me lees.

En aquella pequeña grieta existe otro lugar que bulle maravilloso. Es un infierno imantado, infinito, una gran planicie de apetitos desatendidos. Pero al fondo, a tres o cuatro atardeceres de distancia, detrás de los candelabros opacos y las vírgenes orales, detrás de los pequeños artistas periféricos y el desencanto de los modistos bicéfalos, rondado por niñas morenas y sus chales y las solemnes señales que gritan al unísono los coros, hay todavía una vasta habitación que los demonios no infectaron.

Dentro de ella persiste una cama formidable, velada por linos translúcidos, envuelta como un cadáver en satén ensangrentado. Sobre ella se evapora un gas mostaza. Lo veo y se esfuma: no es una ilusión: ¡es una mujer mostaza que baila y se esfuma!

Te lo digo, ¡existe todavía otro lugar! ¡Otro! Negro, blanco. ¡Otro! Dulce, primisorio. ¡Existe otro lugar!

En cierto pequeño habitáculo, en cierta pequeña noche de cielo de estrella de sueño… Tras de todo, antes de todo. En ese lugar… en la encrucijada: allí me espera el mundo entero.

Pues que me espere.

Yo no podría complacer al mundo entero. Porque mi corazón no es un motor. Mi corazón es sólo válvulas y cieno. No puedo crear nada. No puedo impulsar nada. No puedo ser lo que tengo que ser. Jamás soy lo que necesito ser. Ahora el verdadero tiempo no es el del deseo. Ahora el verdadero ritmo está en nuestros estómagos y nuestro único contacto con el mundo es este flujo regurgitado de materia.

La belleza, por las tardes, por las mañanas, no cuaja realmente.

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Yo no sé cómo detenerme. Esta es, desde cualquier punto de vista, la vorágine que temía. Tuve muchísimas opciones y elegí sólo una y hoy no vuelvo atrás porque no quiero, porque nadie podrá empujarme salvo yo mismo y si me empujo será por un ventana, volando así como Oliveira al final de Rayuela, cayendo para caer suavemente desde este cubo rígido que es mi habitación a los cielos amplios, circulares y concéntricos donde me puede recibir Virgilio y ningún otro, pero transferidos -fonográficamente- para dibujarse con rúbricas y cuerdas vibrantes en el jardín bajo mi ventana, fuera de mi casa cualquier noche otoñal -como esta- en que las madreselvas apesten a vidas ajenas o imaginarias y cuando la desesperación me haya abrumado una vez más, y acampar entonces sin heridas aparentes, pero magullado íntimamente, guturalmente, dormir junto a la parrilla y lejos de mis almohadas que he abrazado y besado cada noche, junto a ese lugar del jardín donde ya no está más el árbol verde y brillante, un poco conífero que yo siempre consideré un árbol de navidad y que una navidad hace 15 años incluso decoré con bolas y luces pero que después se pudrió y murió, penetrado por un hongo negro, y de esta independencia trágica que emanaría de mi cuerpo al dormir solo y humedecido por el rocío sobre el césped repleto de todas las memorias y de la ausencia de este árbol y de muchas otras ausencias que realmente no importan, de todas mis canciones de algún modo liberarme en un segundo paso trascendente desde el jardín hasta el futuro para convertirme efectiva y eficazmente en una corriente pura e informe de leche chocolatada, el efluvio sencillo y práctico que se vierte del cartón al vaso cualquier desayuno (aunque todavía hoy que soy un hombre por primera vez me sienta demasiado débil para ser un mensajero).




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