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1

Desperté el lunes cerca de las 9 de la mañana. Giré sobre la cama, cogí el teléfono de la mesa de noche y marqué el número de Mónica.

–Hola… ¿Mónica? –titubeé, todavía dormido.
–Hola, ¿Juan? –contestó Mónica. Su timbre era fresco, como el agua fría.
–Hola Mónica.
–Hola Juan, ¿estás bien? –calló un momento–. ¿Qué pasa?
–Bueno, la verdad es que me siento un poco mal –le confesé.
–Ok… pero… ¿qué tienes? ¿Vas a poder venir?
–No lo sé… Me siento mal, desde ayer.
–¿Desde ayer? –preguntó.
–Sí, desde ayer –repetí–, me duele… me duele el culo desde ayer.
–¿Que de duele qué?
–El culo –le respondí–, me duele el culo.
–¿Qué te duele el culo, me has dicho?
–Eso mismo, el culo–. Imposté la voz grave y seria–: Me duele mucho el culo desde ayer.

2

Todo empezó el domingo. Apareció el domingo entre mi culo una masa voluptuosa y endurecida: una piña. No había esperado jamás que lo hiciera. Nunca antes me había crecido nada allí, junto a las nalgas. Es decir que estuve sorprendido cuando descubrí que aquello me había aparecido, de pronto, de la nada, en el exiguo espacio entre las pompas. Es raro que le crezca a uno una piña en ese lugar. Estuve anonadado, desconcertado, no había sabido nunca antes de otro caso similar.

Me levanté el domingo por la mañana y tenía un piña entre las nalgas. Desperté y todavía llevaba la ropa de la noche anterior: un par de jeans oscuros, las medias negras, una camisa azul y la casaca nueva. No era extraño; ocurre que bebo hasta entumecerme. Acostumbro luego de entumecerme hasta la desmemoria dormir con la ropa con la que salí en busca de los líquidos que quiero o que quizás no quiero tanto, pero que de cualquier modo bebo y me entumecen, me hacen estar como si nada me importara, como si entumecerme fuera el único propósito en mi vida –en ese momento de hecho lo es– y como si fuera ingenuo a todas las traiciones y ausencias que me han sido infligidas en la vida por mis enemigos y los amigos en iguales proporciones (y frecuentemente en confabulación), a todas aquellas arteras embestidas yugulares que han sido asestadas en mí y que jamás puedo olvidar, menos aún cuando lo pretendo y estoy entumecido.

El hecho es que eran las 11 de la mañana y que estaba echado sobre el cubrecama aún parcialmente entumecido, en realidad quiero decir borracho, que tenía la garganta sucia y que necesitaba con urgencia mear, pero cuando me quise erguir sobre el colchón, sentí una punzada entre las nalgas. Un dolor sordo hirvió en todo mi cuerpo. De inmediato retrocedí: volví a tumbarme. Al rato volví a intentarlo: otra vez sentí la punzada aguda e inaplacable, larga como tratar de aguantar la respiración, luego el dolor sordo recorriendo la espalda desde abajo hasta las axilas. A pesar de él, esta vez me erguí decidido. Anduve hasta el baño rengo. Hacía un túnel amplio con las caderas, manera que mitigaba el malestar. Acto seguido, tras cerrar la puerta de madera, me libré del jean y del calzoncillo de algodón. Me ausculté profusamente con el dedo índice y el medio; me contorsioné, recorrí con cautela toda la superficie del objeto desconocido. Era obvio, sí, efectivamente, tenía una piña alojada entre las nalgas. La piña se adhería con rigor al tejido inflamado, persistente y dolorosa. Al tacto era tensa como el diamante y yo imaginé que si pudiera traerla fuera, brillaría en la opacidad del cuarto de baño. Mas no pude traerla fuera. Tras estimularla, la piña demostraba no ser un cuerpo inerte. En cambio estaba muy bien conectada con mi entraña; podía enviar señales centellantes por todo mi cuerpo, que se quebraba al instante. El dolor era certero, daba justo donde residía mi orgullo y lo dejaba sonso, alicaído.

Quedé silencioso un momento. Pude ver la imagen que reflejaba en el espejo. Pude ver que tenía el pelo revoloteado y grasoso, los ojos sangrados y tristes. Volteé la mirada.

De inmediato entré a la ducha y puse el agua caliente. Cuando alcanzó cierta temperatura, dejé que me diera por la espalda. El vapor comenzaba a formar una nube y la nube me envolvía. Quise creer que me abrumaría. El vapor entraba en mis ojos y humedecía mi pelo graso, mis axilas agrias, sin embargo no me aislaba totalmente. Podía escuchar lo que pasaba fuera. A través de la ventana que daba a la jardinera oía el televisor y oía también los pasos de mi madre, que iba y volvía por el pasillo entre las habitaciones. Cerré los ojos. Un momento más tarde, giré y dejé todavía que el chorro me diera por la espalda. Después de recorrer los omóplatos y la cintura, el chorro tibio seguía el surco entre mis nalgas. Ahora, cuidadosamente, incliné las caderas hacia atrás y procuré que el chorro acariciara la piña. Estuve así un rato más. El agua caliente bañaba la piña y parecía disminuir el dolor… Entré en una especie de trance.

Pensé que quizás me ocuparía de la piña más tarde. Pensé que acaso… ¡a lo mejor la ignoraría! Cerré la llave de la ducha, elegí un par de zapatos y tomé medio litro de agua que había puesto la noche anterior a helar. Conduje el auto hasta los pantanos de Villa. Durante el almuerzo noté que la piña seguía creciendo. Hice lo que pude por ignorarla. Siempre y cuando no la tocara o ejerciera presión sobre ella, parecía no molestar. Más tarde no pude manejar de regreso hasta San Isidro.

Por la noche tomé un café con José. Sentado en la cafetería, cruzando las piernas podía mantener la piña unos milímetros sobre la porción de mis nalgas que sostenía el tronco recto. Cuando volví a casa hurgué en mis calzoncillos. Noté que todavía crecía. El dolor era en efecto insoportable. Esa noche me acosté de lado, atormentado por la hinchazón.

3

Desperté el lunes cerca de las 9 de la mañana. La habitación estaba inundada con una frágil y extraña luminiscencia. Sentí otra vez la garganta sucia y ácida. El olor a sudor impregnaba el aire, lo había vuelto salobre. Cada respiro era tortuoso y denso; tenía el sabor de la mostaza y las verduras hervidas. Había dormido muy poco. Recostado todavía sobre el hombro izquierdo, miraba hacia la ventana y podía ver como el día se comenzaba a manifestar entre las persianas metálicas.

Quedé lánguido un momento, metido aún entre las sábanas, postrado y callado. Con el sol del invierno en los ojos, astuto, azul, sentí un pequeño alivio. Giré sobre la cama, cogí el teléfono y marqué el número de Mónica. Timbró cinco veces y nadie contestó. Un minuto después volví a intentar. Ahora timbró solamente una vez.

–Hola… ¿Mónica? –titubeé, aún parcialmente dormido.
–Hola, ¿Juan? –contestó Mónica. Su voz era clara, como el agua fría. Detrás del auricular (fresca como el agua fría) Mónica llevaba ya 40 minutos sentado frente a su computadora.
–Hola Mónica.
–Hola Juan, ¿estás bien?
–Ehh… Sí, sí… bueno no… en verdad no –le confesé.
–¿Qué tienes? –calló un momento, esperando una respuesta, luego siguió–. Ya son las 9 de la mañana Juan. Juan, teníamos el almuerzo con Patricia, ¿recuerdas?
–Me siento un poco mal, Mónica.
–Ok… pero… ¿qué tienes? –sonaba de pronto ofuscada–. ¿Vas a poder venir? Tenemos el almuerzo con Patricia, ¿recuerdas?
–No lo sé. Me siento mal, desde ayer.
–¿Desde ayer?
–Sí, me duele… me duele el culo –le dije–. Desde ayer.
–¡Desde ayer!
–Sí, desde ayer –repetí.
–Espera, ¿que de duele qué?
–El culo –me escuchaba, callada y parca–, me duele el culo desde ayer.
–¿Qué te duele el culo, me has dicho?
–Eso mismo, el culo. Me duele mucho el culo desde ayer.
–No entiendo, ¿el culo? –Mónica sostenía el auricular, y este, entre sus manos, semejaba una pistola–. ¿Desde ayer?
–Sí, el culo Mónica.
–…
–¿Mónica? –estaba jodido–. ¿Me escuchas?

Del otro lado de la línea, pude imaginarla sosteniendo el aparato con la cara sonriente, echa una máscara: los ojos muy abiertos mostrándose como dos huevos pálidos y la mandíbula caída. En realidad les digo que pude imaginar su cara imaginando a su vez mi cara. Recordé todas las veces en las que había visto su cara redonda y rosada a lo largo de los últimos años, su cara afable que me daba órdenes y que me parecía un melón. Supe exactamente la expresión que tendría ahora, sentada ella sola en la oficina unos minutos después de las 9 de la mañana, junto a la ventana que miraba desde un noveno piso sobre una atestada avenida de Miraflores. Supe ya cómo esa cara –la sonriente cara de máscara que sabía que llevaba en este instante– me permitiría distinguir la cara de alguien que está oyéndote hablar y pensando que es lo que dices –cómo más decirlo– una extensísima huevada.

Un segundo me detuve en el techo blanco de la habitación, en el ventilador que hacía giros colgado de él y cuyas aspas estaban cubiertas de polvo. Luego miré mis zapatos en el suelo de la habitación. Estaban mojados, tirados junto a la camisa que me había puesto la tarde anterior. Esperé otro segundo.

–¿Mónica? –no contestó.

Reconocí un ligero ajetreo del otro lado de la línea, un ruido de aquellos que connotan un trámite o un proceso. Alguien parecía estar moviendo u ordenando pilas voluminosas de papel. Se oía música en el fondo, muy bajo, casi como un murmullo ronco o una ilusión. Se oía también el teclado de una computadora que iba al ritmo del murmullo; iba y venía un teclado con pausas regulares, junto a los compases. Alguien redactaba con velocidad.

Vi la hora en el despertador. Eran las 9 más 7 minutos. Me provocaba un café largo y amargo. Di la vuelta sobre la cama otra vez y volví a preguntar.

–Aquí estoy, Juan –contestó Mónica.
–Mónica, pensé… –me detuve aliviado– pensé que se había cortado.
–No, aquí estoy.
–Sí… –no supe continuar.
–¿Me decías que te duele el culo? Me decías que…
–Sí, eso es –interrumpí–, me duele el culo. La verdad es que me duele mucho el culo Mónica.
–Ok…
–Y que no me puedo sentar… –agregué–. Desde ayer.
–Veo… ¿o sea que te duele el culo y por eso no te puedes sentar?
–Exactamente –recalqué, guardando una pausa afirmativa–. Es que me duele mucho.
–No entiendo.
–…
–No entiendo bien, Juan –insistió.
–¿Qué cosa no entiendes?
–¿Es un poco raro no? –pude notar que se reía, a este tiempo un poco asustada–. ¿Cómo que te duele el culo?
–Es que… ¿cómo lo digo?…
–¿Qué cosa Juan?
–…
–¿Juan?
–Aquí estoy.
–¿Por qué te duele el culo? –reclamó.
–Creo que me ha crecido una piña, Mónica.
–¿Qué?…–calló un segundo, luego volvió con un tono más alto– ¿Qué dijiste?
–Dije que creo que me creció una piña… Yo lo sé…, pero eso es lo que ha pasado.
–No entiendo –ahora exclamaba en voz alta–. ¿Cómo dices…?
–Yo sé que suena raro, pero creo que me creció una piña en el culo.
–¿En el culo? ¿Pero dónde?
–Sí… eso es –quise terminar la conversación–. Cualquier cosa yo te aviso.
–¿Una qué?… ¿¡Dónde!? –gritaba.
–Una piña…
–¿Una piña, me dices?
–Sí –le confirmé desesperado, y quizás con una contundencia que bordeaba con la descortesía, seguí–: En el culo, sí, en el medio, entre las nalgas. Me ha crecido una piña en el medio del culo. Cualquier cosa yo te aviso…
–No entiendo.
–Digo que creo que no voy a poder ir al trabajo hoy. Mónica, no me puedo sentar.
–Espérame un ratito –ordenó. Siguió un largo silencio–. Ok, ya volví.
–Ok.
–¿Bueno, tienes algo urgente para hoy?
–Ehh… mmm… –no podía pensar–, creo que no…
–¿Estás seguro? –volvió a preguntar.
–Sí, no, todo está al día.
–Bueno…
–Sí, bueno… chau Mónica, nos vemos mañana, supongo.
–¡Chau, cuídate! –respondió, y pareció querer colgar el auricular, pero inmediatamente agregó–: Espera, no entiendo.

4

Oí que se despedía y llevé el aparato lejos de mi boca, extendiendo el brazo derecho hasta la mesa de noche del mismo modo tal si fuera una pala mecánica. Lo llevé con lentitud y precisión trazando un arco amplio y constante, sin perderlo de vista, abriendo poco a poco el codo con una torsión hacia fuera alrededor de la axila. La piña, que hasta este momento de la mañana se había mantenido en silencio, comenzó de pronto a latir con insistencia. Un sordo tambor bregaba entre mis nalgas, y el estruendo del tambor, aliado a repetidas punzadas enviadas a mí con cada uno de los golpes dados en él, ocasionaba un escozor espeluznante.

Cuando el teléfono estaba por alcanzar su posición de descanso, estuve aliviado. Entonces empezó a tocar el tambor: ya casi había puesto el auricular en su lugar sobre la mesa de noche cuando escuché, muy suave, lo último que Mónica dijo. Del mismo modo lo escuchó también la piña.

Esperé un momento y traje de vuelta el teléfono junto a la cara.

–Espera, no entiendo– dijo, y quedó silenciosa, permitiendo un corto suspenso–. Sí –repitió–, no entiendo.
–¿Qué cosa no entiendes? –le pregunté.

A continuación la conversación cambió de dirección. En cierto sentido, no podría asegurar lo que aconteció.

–Esto de la piña –contestó con ligereza–. ¡Esto de la piña me tiene muy, muy intrigada! –agregó, y se puso a reír.
–Ah, cierto.
–¿Cómo es? –en su lugar, sentada en la oficina, Mónica sonreía–. Dime, ¡¿cómo es?!
–Es un poco extraño todo esto. Mira, tú entenderás… Me levanté las mañana del domingo y ya me dolía. El sábado estuve fuera, de fiesta. Tomé demasiado. No sé lo que pasó.
–Sí –interrumpió–, la verdad… ay, yo no había escuchado algo así antes. ¡La verdad es que jamás había escuchado algo como esto!
–Mónica, yo tampoco, pero te puedo jurar… Fui al baño. Bueno, la ví. ¡Es, es cierto! –exclamaba–. No sé lo que pasó…
–¡No entiendo! –se reía. Y cada carcajada, como la mano de una campesina lechera, parecía frotarme la piña con una cosquilla–. ¡No entiendo!
–Para serte totalmente sincero, Mónica, ¡yo tampoco lo entiendo! He tratado mucho de entenderlo. Estuve todo el domingo tratando de entenderlo. Y no pude. En Villa, las dos horas que comí con mis padres, no pude descifrarlo. Cuando servían el vino, yo pensaba en la piña. Cuando asaron el chancho, seguía con los pensamientos en ella. Más tarde, recostado en el automóvil… ¡es que yo tampoco lo entiendo!
–¿Pero cuánto tiempo vas a estar mal? –Mónica bullía; la piña, como si la excitaran con una pluma, no se quedaba quieta–. Por Dios, ¿¡cuánto tiempo dura una piña!?
–No lo sé –espeté dubitativo–. Pero hoy no me he podido levantar de la cama. ¡Eso es seguro!
–Vas a ir al doctor, me imagino. Tienes que ir al doctor.
–No lo sé –imaginé llamar, imaginé la voz de la secretaria–. ¿Qué le voy a decir al doctor? “Doctor, necesito una cita por favor.” “Señor, qué es lo que usted tiene? “Doctor, tengo una piña en el culo”. ¡No! El doctor va a pensar que soy un loco de mierda, un imbécil. No me atenderá.
–¡Una piña! –ahora era casi como si le hubieran dado una buena noticia. Reía–. ¡Una piña!
–Es seguro que voy a ir. En la tarde, sí, ¡voy al doctor por la tarde!
–¿Y cómo es? –su respiración, al acelerarse, se había vuelto clara y rítmica. Tomó un descanso–. ¿Có-mo-es-la-pi-ña-Juan? –preguntó, ahora lentamente.
–Bueno, yo diría que es como cualquier piña, Mónica. Sí, en efecto, como cualquier piña. Como las piñas que compras en el supermercado. Sí, como cualquiera de ellas. Como las piñas que recuerdas de chica. Sí –¿que cómo cualquier piña? ¿Qué carajo hablaba?– Sí, así es.
–¿No la has visto?
–No, pero la he tocado. Fui al baño… La toqué con las manos.
–Mierda –replicó con asco–. ¡Mierda! –repitió riéndose–, ¿la has tocado?
–Sí, claro. Digamos –no existía una forma de explicar esto, así que acometí el asunto como pude–. La toqué con los dedos. Es ovalada, áspera, está cubierta de extraños rombos. Es como un huevo rugoso… ovalada como un huevo terso y rugoso, cubierta de rombos, muy grande.
–¿Cómo entra? –se mostró curiosa–. No imagino como te cabe allí.
–De hecho yo diría que no entra, Mónica. Sí, creo que por eso me duele tanto. ¡Eso es!
–Mierda, tienes que ir a un doctor Juan… ¡Mierda! –volvió a maldecir–, yo sé que no te gustan…
–Yo creo que se irá sola.
–¿Estás loco? Debes ir al doctor…
–Pero es sólo una piña. Al fin y al cabo… Ya se irá. Si pasa suficiente tiempo… No, yo no puedo. No. Después de todo, ¡es sólo una piña!
–¿Cómo que es sólo una piña?
–Yo creo que podría ser peor… Yo creo que podría ser mucho peor.
–¿Cómo podría ser peor?
–Ehhh… –medité un momento:– sí, creo que podría ser mucho peor.
–¿Qué?
–Podría ser una papaya –continué en voz alta–. Mónica: ¡imagínate si fuera una papaya!
–¿Una papaya?
–Ciertamente sería peor si fuera una papaya.
–¡No entiendo nada! –se carcajeó.
–Si fuera una naranja, creo que sería mejor.
–¿Por qué? –volvió a agravarse.
–Por el tamaño. Quiero decir… una naranja dolería mucho menos en el culo.
–¡Oye! –exclamó–. ¡Déjate de huevadas! Anda a un doctor y que te diga que tienes.
–En cambio una papaya dolería mucho más.
–Deja de hablar sonseras –ordenó.
–Pero si fuera una papa sería terrible.
–Mira, ¡escúchame! Tienes que…
–Por lo menos no tengo una papa en el culo –la detuve–. Tampoco hace ruido –seguí–. Imagínate que hiciera ruido.
–¿Cómo?
–Si hiciera ruido.
–¿Cómo mierda va a hacer ruido, Juan?
–Si fuera un animal haría algún ruido.
–¿Qué? Estás hablando huevadas.
–En cierto sentido, creo que tengo suerte de que haya sido una planta. Las plantas no se mueven, salvo que el viento sople contra ellas. Las frutas, en general, no joden demasiado. Las frutas, en su mayoría, son dulces y legres. Por lo menos las frutas no ladran ni aúllan.
–Oye…
–Pudo ser un coyote. Eso sí que hubiera sido un problema. Creo que pudo ser un coyote.
–Pero fue una piña…
–¡Imagínate! ¡Un coyote Mónica!
–Estás imbécil –concluyó, categóricamente. Ahora Mónica se había echado totalmente, el torso entero sobre un codo y el escritorio, y con la mano libre pasaba los post-its uno a uno, de un lado del monitor al otro, donde los volvía a pegar–. Además, creo que en Perú no hay coyotes, Juan.
–Y en Europa, ¿hay coyotes?
–No lo sé –replicó–. ¿Pero qué importa?
–Es que en el verano estuve en Europa.
–¿Y?
–Quizás lo traje sin darme cuenta. Quizás lo traje en la maleta, en el avión.
–¿Qué?
–Que quizás lo traje sin darme cuenta– Mónica imaginó un pequeño coyote, enrollado como una bolsa de dormir, en el fondo de la mochila–. En la mochila, por ejemplo.
–Juan, creo que en Europa no hay coyotes –imaginó que el coyote no se movía, imaginó que quedaba 16 horas totalmente quieto.
–Pero yo creo que quizás lo traje en la mochila sin darme cuenta.
–Juan, te hubieran visto y te hubieran hecho pagar por una mascota. Además, te digo… en Europa no hay coyotes.
–¿Dónde hay coyotes entonces?… –¿dónde?–. ¿Mónica?
–Sí, sí… En México hay, al norte. Allí tienen coyotes. Al norte de México hay un desierto muy largo. También es muy ancho. Está seco, como un pozo. Allí, donde se juntan México y los Estados Unidos, en medio de ese mar de narcos, putas muertos, allí mismo hay coyotes como cancha.
–Coyotes… ¿cómo el que persigue al Correcaminos en los dibujos?
–Exactamente –confirmó.
–Bueno, pero en México sólo fui al sur. Estuve en Yucatán, fuimos a la playa –recordé–. Fuimos con mis padres. Yo tenía 9 o 10, quizás menos. Mi padre condujo a Chichén Itzá, comimos tacos en Valladolid (sí, como en España). Luego casi se cae en un senote, el huevón. En el Bogarts, un restaurante para turistas decorado al estilo marroquí, el lomo tenía sabor a mierda. Lo juro, a mierda. Mi padre dijo que era carne congelada… Es que lo recuerdo todo perfectamente. Nunca pidas ensalda Caesars en México, Mónica, ¡nunca!
–En Arizona también hay –Mónica contaba las hojas libres de su cuaderno–. En Nevada hay coyotes. ¿Has ido?
–No fui nunca.
–Seguro que en Texas hay coyotes también.
–Solo estuve en la costa este. En el 89, cuando fuimos a Florida. Volvimos en el 91. La primera vez nos quedamos en el Sonesta; la segunda en el Marriot. Recuerdo como mi hermano se golpeó la cabeza en Miami Beach. Un poco más y se la rompe. Lloró como un maricón: ¡qué tal huevón! Y mi padre usaba casacas, con todo y el calor. Y mi madre todavía se ponía hombreras, como en las pasarelas… Recuerdo que me gustó mucho Miami.
–Pero allí no hay, eso es seguro. En los pantanos…, en los Everglades sólo hay cocodrilos.
–Luego en el 96 fuimos a Nueva York. Nos quedamos en un hotel en la 81 con Broadway.
–¿Conociste el MET?
–No. Mi mamá fue, pero yo me quedé en un McDonalds. Tenía un vaso de Dr Pepper de 12 oz. Era refill.
–Creo que lo que hay en Europa son lobos, Juan.
–Yo no vi ningún lobo en toda Europa –ahora era Mónica la que hablaba huevadas.
–Eso es obvio… Es obvio que no viste ningún lobo.
–¿Por qué? –quisé encontrar el motivo yo mismo. No lo logré–. ¿Por qué sería obvio?
–¿Acaso fuiste al bosque?
–No.
–Pues no creo que haya lobos en el metro, corriendo entre los inmigrantes hambrientos, ni lobos en el H&M, mascando los calzoncillos, ni lobos en las playas, cagando y cagando, ni en el Museo del Prado…vamos, en general, no creo que haya lobos por la calle en Europa. Europa es un lugar civilizado (probablemente demasiado), y en los lugares demasiado civilizados no hay lobos que van por la acera. ¡De ninguna manera!
–¿Por qué?
–Pues porque los meterían a una perrera. Tarde o temprano los encontrarían e irían a una perrera.
–¿Y después?
–Los llevarían al zoológico supongo. Allí los criarían o verían como regresarlos al bosque. En el bosque es donde tienen los europeos sus lobos.
–No lo creo.
–¿Qué mas harían?
–Podrían matarlos.
–¡No digas eso!
–Claro que sí, podrían matarlos con un tubo metálico, darles en la puta cabeza con un tubo metálico… ¡hasta volver mermelada sus cráneos!
–¿¡Qué!?
–Que quizás es un lobo, digo, lo que tengo. Quizás lo que tengo en el culo es un lobo que se había perdido y que aún no habían cogido. ¡Se salvó de morir! Quizás lo que tengo en el culo es un lobo que se salvó.
–Bueno, Juan, quizás, es posible. No es del todo refutable. Hay un momento para cada cosa y, en ese momento, cualquiera cosa es posible. Ya he visto muchas locuras. ¡Ya las he visto todas!
–Quizás por eso me ladraron los perros en Schiphol.
–Y tienes suerte de haber pasado la Aduana, con esa cara de fumón.
–¿No te conté que me retuvieron?
–Sí –bostezó, oí que daba un sorbo, oí el sonido que el líquido oscuro hacía cuando lo deglutía.
–La verdad me hubiera gustado conocer el bosque. Quizás hubiera visto un lobo. Quizás lo hubiera traído conmigo.
–¿Te gustan los lobos?
–Sí, pero no más que… ¿Sabes?
–¿Qué cosa?
–Tengo mucho sueño.
–Ok Juan.
–Ok, adiós. Hablemos mañana.
–Ok, cuídate –refunfuñó Mónica.

5

Eran ya las 9 con 20 minutos, el lunes por la mañana, cuando Mónica colgó el teléfono. Sostuve todavía el aparato un momento junto a la cara, hasta que sentí que el micrófono se humedecía con mi aliento. Cuando percibí las pequeñas gotas acumulándose sobre el la superficie de plástico, comenzando a mojar mis labios, lo puse en la mesa de noche y volví a girar sobre la cama.

Había más luz ahora, entraba con facilidad entre las persianas, pero no tanta como para colmar la habitación. Quedé dormido el resto de la mañana.

Recuerdo que tuve una pesadilla fabulosa. En ella, Carmen Miranda se aproximaba hasta mí atravesando el espacio oscuro de un cabaret en el centro de la ciudad. En un sótano profundo y tan alto como un auditorio y oscuro de una transversal de La Colmena, un salón mediano contenía una barra de madera y entre 20 y 30 sillones de un terciopelo púrpura, roído e impregnado con un hedor de humedad y polvo. Los sillones se agrupaban alrededor de unas pequeñas mesitas de aluminio, colocadas cada una bajo lámparas tenues de cristal que colgaban mediante un cable de acero del techo altísimo. Cuando uno se posaba en cualquiera de ellos, el material de los sillones se hundía y, como una flatulencia rancia, se esparcía alrededor un brumoso espíritu ocre. Las mesitas estaban cubiertas de tabaco; en los bordes, habían sido tatuadas con cientos de pequeños aros de herrumbre. Frente a estas –dispuestas siempre en una medialuna–, se apostaba un escenario alto, al tiempo de mi sueño vacío, decorado con motivos moriscos dibujados sobre planchas de metal burilado.

Era junio de 1947 y hacía un frío intenso. Carmen se sentó a mi lado.

–Hola –me saludó. Sus labios, abiertos como una puerta, estaban pintados con un lápiz coral– ¿Cómo estás, corazón?
–No muy bien –le contesté–. ¿Cómo estás tú?

Entonces cruzó las piernas y se inclinó sobre mí. Hice una seña y llamé al mozo. Le pregunté a Carmen qué quería. Me dijo que un whisky. Ordené un whisky y un capitán. Me volví hacia ella. Llevaba un vestido de seda con muchos colores. En el cuello le colgaba un collar de perlas. Tenía el pelo recogido en un peinado muy alto. Se sostenía todo, como si estuviera engominado, en un sombrero sobre el que se habían colocado una variedad de frutas. Le dije entonces que olía a frutas. Carmen, hueles a fruta. Me miró los shorts de pijama, delgados y a cuadros. Me dijo que aquello, de cualquier modo, debía ser bueno. Le dije que lo era. Sonrió y me preguntó por qué no me sentía bien. No supe qué responder en ese instante. Colocó su mano en mi muslo y apartó la mirada, poniéndola en la mesita de aluminio. Cerró los ojos y permanecimos en silencio hasta que trajeron los tragos.

En resumen, al rato le conté la historia: le dije que tenía una piña atascada en el culo. Se rió. Me dijo que eso no tenía nada de malo. Ella había tenido muchas frutas en el cuerpo. Ella había tenido plátanos en casi todas partes, por ejemplo, en la concha, en el culo y en la boca –en la boca era donde más le gustaba–, y una piña también, sólo una vez, en otros tiempos. Incluso ahora llevaba algunas uvas en la cabeza, como ya lo había notado yo. Era su trabajo, después de todo. Pensé que era cierto: ¡era su trabajo, después de todo! Asentí. Supongo que entendió lo que quise decirle. Se acercó un poco más. Me preguntó por qué tenía una piña, cómo carajo había llegado a alojárseme una piña. Yo le dije que no lo sabía. ¿Cómo podía no saberlo? Pues no lo sabía, le aseguré. Post hoc, ergo propter hoc, me dijo: ¿qué carajo hiciste la noche del sábado? Dímelo. Le dije que no lo recordaba muy bien. Había bebido cervezas, y luego pisco. Pues, ¿qué más recordaba? Recordaba a Pedro vomitando. ¿Nada más? Sí, recordaba estar bailando. Primero una música de los 80’s, luego salsa, luego no estaba seguro. Recordaba bailar y recordaba a Pedro vomitando. ¿Algo más? No. Ok.

Carmen ordenó otro whisky. Yo ordené una cajetilla de cigarros. Encendí el primero. Oímos cuatro o cinco canciones sin hablar. Insatisfecha, me dijo que seguramente había algo, entre todo lo que no recordaba, algo que explicaría todo y que si jamás llegaba a recordar, nunca desentrañaría el misterio de la piña fabulosa que tenía alojada entre las nalgas. Me dijo que si bien esto de la causalidad estaba malentendido, no había más, en cierto sentido, que encamarse con la bestia. Así de simple. ¿Así de simple? Sí, me dijo. Y en ese momento, cuando sonrió para afirmar la contundencia de su idea, se me paró. Ella extendió la mano y me la cogió desapasionadamente a través del pantalón, muy adusta, como quien coge una raqueta de tenis. De cualquier modo, casi me vengo allí mismo. Ella lo notó y me propuso ir a una habitación, pero le dije que no podía. A penas pude estar sentado en ese lugar.

Tras echarse hacía atrás en el mueble vetusto, Carmen bebió rápidamente el último trago de su vaso. Acoplada su imagen dominante a la del sillón republicano, hacía las veces de una virreina despiadada. Al rato se fue sin despedirse. Pronto desperté. Ya eran las 2 de la tarde y el cuarto estaba inundado con el mortecino capricho del sol. El sopor era próximo y sofocante. Cuando luchaba por llegar hasta el water, jorobado y torpe, recordé aquello de la navaja de Ockham. Miranda, pensé, Carmen de mierda. También creo haber llorado un instante, pero no sabría decirlo con precisión.

Esa misma tarde la piña empezó a menguar.

6

Los primeros días pasé largos ratos manipulando la piña, de la mano de un ungüento maravilloso, ponderando las potenciales causas de tan extraño padecimiento. Me tendía en la cama sin levantarme. La modorra me acometía implacable. Procuraba leer pero nunca pasaba de unas pocas páginas, pronto caía dormido. Me masturbaba. En los pocos periodos sin lucidez que se alternaban con el letargo reinante, procuraba ir determinando la evolución de la hinchazón. Con los días el dolor había disminuido considerablemente, dando paso a una picazón intensa que a su vez daba pie a la molicie. Me volví asqueroso. Tocaba y torcía la piña toda la noche, como si fuera un pequeño amuleto precioso.

Llamé el jueves temprano a Mónica. Le dije que no iría tampoco ese día a la oficina .

–Ok Juan –eso fue todo lo que me dijo. De inmediato colgó.

Por la tarde anduve hasta un restaurante pequeño cerca del parque de Miraflores. No había salido sol, pero la resolana era inmensa. Corría viento. Al llegar cogí la mesa que daba a la calle. Ya podía tomar asiento con normalidad.

Desde mi lugar podía ver unos chicos que jugaban con unas monedas sobre la vereda. Un señor, a cinco metros de la puerta del restaurante, vendía galletas de avena. Pronto se acercó el mozo, un hombre bajo de unos 50 años. Tenía las cejas anchas, era moreno y usaba una guayabera percudida. Ordené huevos revueltos, mostaza y una jarra de hierba luisa. Me miró como si fuera un imbécil. Me dijo que no servían nada de eso. Cogí la carta. Después de revisarla, ordené un shawarma de cordero, una ensalada de col y una cerveza. Por primera vez en cuatro días, comí y bebí como un puerco.

Más tarde ordené un café largo y coloqué el cuaderno azul sobre la mesa. Lo abrí. Sobre el papel había un dibujo hecho en lápiz. Era un pájaro gris, en pleno vuelo. Tenía el pico rojo, parecía que regurgitaba sangre a través del pico. Bajo los ojos, una sombra azul, tal si hubiera sido hecha por un maquillador, alumbraba su rostro. Pero no recordaba haberlo hecho. Pasé algunas hojas más del cuaderno y contemplé, a la mitad del encuadernado, la primera página en blanco.

Escribí algunas horas en esa página y las siguientes. Traté de atar cabos. Finalmente limité las posibilidades a dos.

I. La piña no era en realidad una piña. La piña era en realidad una inflamación del tejido hemorroidal en la boca externa de mi ano;

y II. La piña era la venganza artera del universo, vuelta sobre mí.

7

–Pedro –le dije–. ¿Qué, una chela?
–Vamos –aceptó.

Caminamos raudos a través del salón, un espectacular prisma rectangular, muy alto y decorado con esmero. El suelo estaba entarimado con tablones largos y gruesos. Una alfombra de un oscuro tono borgoña estaba perfectamente posicionada en el centro de la habitación, cubriendo gran porción del área del disponible para andar. Las paredes estaban cubiertas con un empapelado beige, con lunares. Quizás cuarenta guirnaldas de flores plateadas colgaban de las vigas que sostenían la construcción, cada una atada con una fibra de nylon gruesa y opaca. Reduciendo el espacio, muy largas, quedaban justo sobre la cabeza. Dado por los ocho potentes reflectores que se ubicaban en el perímetro del cielo raso, echaban sombras verticales y oblicuas que cruzaban el salón en todas direcciones. Hacían las veces de cuarenta macabros péndulos detenidos. Se habían colocado largas, chatas bancas de madera contra las paredes azules –los invitados se posaban y departían en ellas. En una mesa de metal, sobre la esquina más apartada, se había improvisado un bar. Detrás de esta mesa se encontraba un muchacho vestido con un traje oscuro.

Era sábado y la temperatura iba en descenso. Eran las 9pm, una noche de junio. Fuera llovía con chispas minúsculas. Nos acercamos al muchacho de traje oscuro.

–Está un poco tibia –me dijo. Lo miré: Pedro probó la cerveza con la punta de los labios. Sus labios hicieron la forma del pico de un loro y extendiéndose se hundieron en el vaso de plástico. Penetraron la abundante espuma. Dio un pequeñísimo sorbo, meditó un instante y asintió–. Sí, la acaban de traer. Después se enfría –me aseguró.
–Qué paja el sitio, ¿no?

Además del salón en el que nos encontrábamos, la fiesta tenía otros ambientes. Desde la entrada a la casona, un hall monumental y desnudo con nada más que una cúpula de mármol sobre un piso de azulejos, se ingresaba a los salones y pasadizos, todos de distintos tamaños y formas y acondicionados cada uno con motivo distinto, que formaban un anillo irregular. Los ambientes estaban unidos entre sí por varios pórticos abiertos. Se llegaba desde el extremo más lejano del anillo, con el salón más amplio, a una terraza y, a través de esta, bajando una escalinata al jardín cuadrado y seco. La tierra en el jardín era oscura y estaba removida, cubierta de pajas donde otrora crecerían flores.

En cada uno de estos ambientes se ejecutaba la fiesta; en cada uno con el mismo coqueto frenesí, apocopado e invernal.

–¿Te gusta? –le pregunté, señalando a la chica que bailaba a dos metros nuestro.
–No sé –respondió sin voltearse. Pedro tenía la mirada perdida en algún lugar entre las guirnaldas y la atmósfera densa. Le parecían algo mágico: cientos de guillotinas colgando del techo (algo extraído de un circo, pensaba). No había percibido, entre todo lo que nos rodeaba, lo principal. A dos metros nuestro una morena giraba en trompos meticulosos y perfectos.
–Está guapa –le dije. La morena persistía en su trance.
–Sí –estuvo de acuerdo.
–Está buenaza, ¡no jodas! –insistí.
–Sí –admitió. Se rió un momento–. Tienes razón, está buenaza –pero aún no la miraba.
–Tiene un culazo huevón –no parecía escuchar.

La morena hacia trompos meticulosos y perfectos. Cuando giraba, las distintas sombras lineales giraban en dirección opuesta y radial a su cuerpo, hacían ángulos de luz y sombra sobre su rostro y su vestido. Iba así tornándose su apariencia. Un momento todo lo que comunicaba era bondad; otro era una pécora inexpugnable.

–¿Pudiste empezar a escribir el guión? –me preguntó Pedro.

Entonces lo tomé del brazo y lo volteé de costado. Sólo así Pedro la vio y en ese momento la morena nos vio a nosotros. Sus ojos grandes y oscuros se hincharon, de inmediato se desviaron hacia otra parte. Con ese porte coqueto y dinámico –tenía una especie de espíritu de sonaja–, nos vio y de inmediato continuó bailando, a sabiendas de que la teníamos en la mira. Ahora yo necesitaba mear.

–Vuelvo –dejé a Pedro con sus guirnaldas y la morena. Tomé una cerveza y me dirigí fuera, en busca de un lugar para saciarme.

En el jardín de atrás había menos gente. Fuera ya no se respiraba el aire tupido de la casona. La lluvia caía de lado. El viento de las 10 de la noche inclinaba las minúsculas chispas, parecía que las pulverizaba. Las chispas caían entonces tal un manto oblicuo que todo lo humedecía, y no precisamente lo mojaba. En la grama seca y muerta, alrededor de las jardineras secas, entre uno o dos arbustos secos, algunos invitados se paraban dispersos y se humedecían. Conversaban, allí donde la música se oía más baja.

Pero no había en todo el jardín un rincón donde mear. Entonces volví a la terraza. Le pregunté a un chico que se sostenía contra una columna y tomaba de una copa. Su complexión abierta y su palidez me convencieron de su franqueza. Siguiendo su concejo, entré por una puerta lateral a un pasadizo más oscuro, fuera del anillo. Tras deambular unos minutos en la oscuridad, alcancé un interruptor con los dedos. La herrumbre lo cubría completamente. Estaba húmedo y cuando lo presioné, sentí una leve descarga. Me descubrí un baño viejísimo e inmundo. Después de verme un momento en el espejo, extraje el pene del pantalón, lo blandí en 45 grados hacia delante y arriba, oriné en el lavatorio.

–¿Pudiste empezar a escribir el guión? –Pedro no se había movido del mismo lugar. Sus ojos vibraban, disociados del culo de la morena.
–¿Pudiste ver ese culo, puta madre? –ella seguía en frente de él y él seguía, como un cojudo, perdido entre las pequeñas guillotinas que colgaban del techo.
–¡Ya! –sonrió.
–Ya empecé –le dije. Cogí otra cerveza–. ¿Se enfrió?
–No –me dijo–. ¿Qué has escrito?
–Nada –respondí–. Ok, todavía no empecé. Esta semana traté de empezar con algo, pero no la tengo muy clara, la verdad.
–Necesito que empieces.
–Discúlpame, no he podido –me excusé–. Tú sabes, trabajo todo el día. Y tengo a Mónica encima. Casi no tengo tiempo .
–¿A quien?

Más tarde seguimos tomando cervezas. La música cambió; ahora ponían salsa. Si no es mi imaginación, todo se oscureció también. Bajaron las luces hasta sumir todo en una penumbra sinuosa. La morena se movía con insolencia.

A las 12 llegaron Felipe, Fátima, Luciana, todos ellos. Bailamos juntos. Luego volví a buscar el baño. Cogí una cerveza. Encontré al muchacho de la columna bebiendo del lavatorio. Me vio e hizo una seña. Volvió a su tarea. Cuando seguía con la cabeza sumergida, oriné en el water. El chorro transparente caía en el agua oscura, hacía un ruido grave y con él se elevaba hasta toda la habitación un hedor dulce, como de espárragos. Pequeñas chispas opacas empezaron a mojar mis zapatillas. Salí de allí tan rápido como pude.

Otra vez en el salón, no pude encontrar a todos. Salí a la calle. No había nadie más. Llovía. Fui hasta el bar y cogí otra cerveza. El muchacho del traje oscuro ahora estaba ebrio. Con una copa en la mano, conversaba con una chica. Creo que bailé un momento. Después volví a salir a la calle. ¿Dónde mierda estaban todos? La lluvia arreciaba. Parado en el hall, bajo la cúpula, me apoyé contra la pared a descansar. El mármol estaba helado y el frío penetraba mi espalda. Pensé un momento en la morena, la había perdido de vista, y luego en el guión de mierda. Pero estaba contento. Me sentí contento y terminé mi cerveza de un sorbo largo, inclinando el vaso hasta ponerlo casi en posición vertical.

Entonces noté que en el rincón opuesto había alguien. Doblado sobre su cintura, se apoyaba contra la pared. Me acerqué. A sus lados, el piso estaba completamente mojado. Un chorro rosa partía de él y se esparcía en el piso de azulejos. Di unos pasos más. La figura doblada regurgitaba; las arcadas lo hacían dar pequeños saltos. Con cada una el chorro que corría por el suelo se engrandecía. Di unos pasos más: era Pedro.

Fui por una cerveza. Creo que pude ver a todos bailando también. Pero fue entonces que comencé a sentirme verdaderamente entumecido. Al día siguiente, después del café con José, Luciana me contó por el chat algo de todo lo que no podía recordar.

Colofón

La piña ha desaparecido del todo. He vuelto a mi vida común. Voy al trabajo. Escribo y duermo. Mónica no ha dicho nada.

Tras muchas horas de furia, tan sólo más tarde he podido decir que los fulgores se aplacan, pero mi estómago todavía no se resuelve. Quizás nunca pueda saber qué originó realmente mi padecimiento, o si fue cualquier cosa que no supe y que escapará desde ahora para mí. Quizás sólo pueda saber con certeza que no es el resquicio entre las nalgas, esta grieta nerviosa lugar propicio para cultivar fruto de cualquier especie.

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