Posts Tagged ‘café’

1

Jorge y Sandra se sientan en una mesa del restaurante, uno en ángulo recto del otro. A este tiempo, cuando han terminado ya de comer el postre, se encuentran callados los dos.

Sandra cruza las piernas, mantiene derecha la espalda y apoya un antebrazo sobre el borde de la mesa. Frente a ella, en un plato pequeño quedan sólo restos, trozos amontonados de un chocolate oscuro. Por un tiempo Sandra pareció estar congelada, detenida en los trozos de chocolate, pero ahora despierta, mira en dirección a Jorge un instante y fuma con ansiedad. Sin quererlo, hace una línea horizontal con los labios.

Jorge mira detenidamente a Sandra, tiene los ojos puestos en la complexión morena, delicada de Sandra. Tiene los ojos en sus hombros caídos pero tenaces, están descubiertos esta noche, tiene los ojos en su nariz estrecha y levemente corva, fina y pura, cómo se frunce involuntariamente cuando ella toma lo último de la taza de té, cómo, desde el leve perfil que tiene él sobre su rostro esbelto, se la ve con ella roma y serena. Jorge tiene también sus ojos sobre las tetas de Sandra, alrededor de su cintura alta y delgada, en sus ojos oscuros. Tal si fueran dos frutas, las tetas pequeñas de Sandra lo excitan. Quedando escondidas bajo la blusa holgada, por poco y desaparecen: sugieren un pecho plano y amplio. Luego Jorge nota aquella cintura, es menuda y elegante, es deliciosa, está sostenida con una sencilla correa de cuero beige y da paso a las caderas angostas y las piernas largas. Piensa: más largas quizás bajo el pantalón ceñido que lleva Sandra esta noche.

El mozo se acerca a la mesa, inclina la jarra de vidrio y vierte agua en el vaso alto que se posa junto a la mano derecha de Jorge, en este lapso quieta sobre el mantel, pero Sandra rápidamente hace una venia. No puede soportarlo. ¿Qué cosa?

El mozo se detiene, ofrece un gesto sencillo y parte sin haber logrado su cometido. Vuelven a quedar en silencio.

2

Ahora, cuando la mira, si Jorge pudiera decir algo acerca de Sandra, si Jorge pudiera decir sólo una cosa que resumiera todo lo que, en buena parte, le nace del estómago, Jorge diría: mierda Sandra, qué bonitas son tus tetas.

Ha pasado toda la tarde pensando en ella. Repasó la imagen que lleva consigo de ella. Se preparó el café de la tarde, quedó después parado en el balcón de la oficina, impertérrito, mirando la avenida que corría más abajo. Le pareció que la avenida era un intestino parlanchín. Luego fue que Mónica lo llamó a conversar. Pero antes estuvo 10 minutos parado en el balcón, inamovible, admirando el ventoso intestino atiborrado con autos. Repasa ahora ese momento. Recuerda aquello y la verdad, quisiera pensar que sabe recordarla siempre con esa sensación parecida al contento que ahora siente cuando la tiene a 1 metro de distancia, esa franca sensación con la que se recuerdan pocas cosas y todavía menos personas. Pero no siempre la recuerda del mismo modo. Principalmente, si se lo preguntaran, diría que el recuerdo de Sandra es más bien un espejismo. Y este espejismo, agregaría con un ademán similar al que alguien mantiene cuando está constipado, dependiendo de las circunstancias… ¡dependiendo de las circunstancias se convierte en cualquier huevada! Sí, en cualquier cosa, afirmaría. ¿Como qué cosa?

Por ejemplo, piensa, está la segunda ocasión en que se vieron. Se habían conocido en un bar, el invierno pasado. De hecho, los presentó una amiga en común. Esforzándose, Jorge recuerda ahora que bailaron un momento, quizás dos o tres canciones, pero luego no recuerda nada más de aquella noche. La siguiente vez se cruzaron en una calle de Miraflores. Sandra siempre se lo imputa. Le dice que es un huevón. Él caminaba y ella estaba parada en una esquina, sola como un hongo. Jorge siguió caminando de largo y ella quedó parada. Sola como un hongo, le repite cada vez. Él hablaba por teléfono. Ella lo saludó, agitó la mano unos segundos en el aire; se comió su orgullo, se esforzó: lo saludó. Por un momento se miraron, pero Jorge no recuerda la imagen de esa extraña con pelo de loca, de esa flaca con los hombros desbaratados, de esa sonrisa con la nariz obtusa que lo saludaba. Sólo sabe, está seguro de que la habrá visto con los ojos vacíos, con los mismos ojos vacíos que se ponen cada vez cuando nada de lo que se mira enciende la vista. Hasta ese momento ni se acordaba de haber bailado con ella.

¡Es un huevón!: ella todavía se lo saca en cara. Luego siempre se ríe, se ríen los dos. Y es cierto, piensa, es cierto que es un huevón, pero también es cierto que ha pasado toda la tarde pensando en ella, algunos momentos incluso mientras tomaba café y admiraba desde la terraza el intestino coprolálico, los cláxones zafados, los buses inclinados, cuando se burlaba a solas de la mendiga que llora todas las tardes en la misma esquina y de la gente que cruza la calle a buscarla, presos de quién sabe qué clase de culpas. Y es cierto, piensa, asimismo es cierto que ahora todo no importa un carajo. No es la primera tarde que lo hace. Sí, no es la primera vez que sucede.

Ha meditado lo que debe de hacer mañana. Entre lo que debe hacer, a deslindado entre lo que quiere hacer y puede Sandra saber, ha contrapuesto a esto todo aquello que Sandra jamás podría entender. En suma, no sabe qué chucha hacer. Piensa: esto es un maldito embrollo. ¿Qué carajo? Antes no era así. Antes las cosas fluían, casi líquidas a través de los tractos. Antes podía decir todo lo que quería. Ahora procura ser más prudente. Ahora suele meterse la lengua en lo profundo del culo. ¿Es que esa es una forma de evitarlo todo? Hacerse el cojudo, como le gusta decir, ¿tal es la clave? Triunfar en este mundo, al mismo tiempo inocente y follador… eso sólo puede depender de cuánto uno es capaz de hacerse el cojudo. Lo ha comprobado a cada instante. Por eso ahora, cuando está ella sentada a su izquierda, no piensa en todo lo que debería decirle si no en todo lo que no puede decirle. ¿Qué mierda puede decirle a estas alturas? Ni siquiera a ella. Ya es vano elaborar. Lo sabe. Ya es vano prevenir. También lo sabe. Su única misión es confundirla.

Sandra prende un fósforo y enciende otro cigarro. Esta quieta aún, con las piernas cruzadas. No cambia las piernas de posición. Nada de dejarse llevar, qué huevadas. El cerquillo perfecto cae sobre su rostro cansado. Ella siempre está quieta. Mira hacia abajo, mira los trozos de chocolate: Sandra nunca te mira a los ojos cuando piensa. ¿En qué mierda piensa? Sus piernas están quietas. Ahora inhala la primera pitada y un segundo después exhala el humo en toda su cara. ¡Pof! Pretende ahogarlo con el aliento coqueto y pánfilo. A través de la nube opaca, Jorge la ignora y llama al mozo. Ella lo detesta por no hacerle caso (por no ahogarse, quizás). Él quiere ordenar la cuenta, pero antes pide otra taza de café. Largo, sin azúcar.

En cualquier caso, piensa Jorge, prefiere algo de sosiego. ¡Prefiere una puta poca de libertad! Sí, cualquier cosa es mejor que empezar con Sandra. Todo lo que ya sabe… ¿qué pasaría? Lo imagina claramente. Recuerda en ese momento a Mariana. ¿Que podría pasar? Digamos, si no le importara, si le dijera ahora mismo a Sandra lo que está pensando: mierda Sandra, qué bonitas son tus tetas. Así nomás. Sin huevadas. Esto es lo que piensa que pasaría: piensa que Sandra abriría la boca tanto como una ballena, tanto como la ballena que se tragó a Jonás, ¡como Moby Dick!, sí, por un instante muy pequeño su boca con labios delgados formaría una cueva negra y cálida, y esa cueva sería el lugar por donde podría entrar todo lo demás que quisiera decirle. Él tendría que ser Ahab y embutirla, él tendría que decirle. ¿Pero qué debería decirle?

Lo piensa una vez más: mierda Sandra, qué bonitas son tus tetas. Muy rápido. Y se abriría la cueva. Y daría el salto. Y lanzaría todo allí dentro de cualquier manera. Se acabaría el problema. De inmediato, antes de que pudiera reaccionar: Sandra, y qué bonito, también, mierda, tu pelo. Sandra: tu pelo renegrido y desordenado, que cae sobre tu rostro apaciblemente como si no le importara hacerlo hoy o mañana, como si lo hubieran cortado con una escuadra, este pelo tuyo, con una bacinica, carajo, muy recto, es duro a pesar de tu sonrisa, tu pelo Sandra, que se recoge alrededor de tu cuello esta noche. Sandra, tu cuello es largo y fuerte, de pajarraco. Sandra: tu pelo… o es que quiero decir tus tetas. Me he confundido. Deben ser tus tetas. Quizás tu cuello y tus tetas. Tus piernas. Pareces una gitana. Sandra: tus tetas bonitas me confunden. Sandra: ¿quién eres? Con tu pelo, a veces creo que eres cualquiera. Sandra: ¿cuál de las dos?

3

Y si dijera todo esto, ¿qué pasaría después? Jorge lo evalúa. Mientras tanto arriba el segundo café. El mozo aparece sigilosamente y lo coloca sobre la mesa. De inmediato se difumina desde él un humor ácido, algo como la sensación de estar totalmente alerta. Al principio no lo notan. Luego una cortina delgada y blanquecina asciende de la taza caliente y se atraviesa por el medio de la mesa vibrando, parece que bailara, separándolos un momento. Todo aparece más tranquilo. Permanecen en silencio. Ahora Jorge cierra un segundo los ojos. Siente primero cómo la temperatura baja. Aún con los ojos cerrados, rodea la taza de café con las manos. La temperatura baja conforme avanza la noche y en este momento Jorge es capaz de sentirlo. Sus manos están tibias. Al tiempo que sostiene la taza y cuando sus oídos están agudísimos, cuando cree que oye con sus oídos la manera dulce con que los labios de Sandra se ciernen sobre el filtro del cigarro, amablemente, de pronto lo comprende. De pronto bien sabe lo que pasaría. Si hablara, tras cerrar la cueva, tras poner una de sus sonrisas cándidas, ya sabe lo que pasaría. Ella se reiría. Eso es todo. Es decir nada, pero ya no importa. Ya no lo diría. Así que es vano imaginarlo. Jorge no lo diría. De cualquier modo, Jorge abre los ojos y efectivamente no dice nada.

Tras dejar el café, el mozo no se ha movido. Perfecto, sigue sobre su mismo lugar. Gesticula con modulación y aplomo: el mozo les habla. Ahora procuran oírlo. Se dirige a los dos. El mozo les pregunta si desean algo más. Jorge le dice que no, con una rotunda seguridad de la que pronto se arrepentirá. Sandra gruñe como una hiena. Es decir, en realidad nadie sabe si gruñe o se ríe. Mientras tanto, el mozo no se mueve y voltea un momento hacia ella. Incomodado, Jorge le pregunta si él desea algo más. El mozo no entiende y casi pone cara de indignación. Por ser cordial, sonríe. Jorge le dice que no es necesario que se ría si la broma que él ha hecho no le hizo gracia. Ya está bastante acostumbrado. Suele hacer bromas en diversos lugares. Hace poco, y que no lo dude, hizo una broma en el peor de todos los lugares. ¡Vaya usted a saber lo que pasó! El mozo hace un ademán con los hombros y permanece perfecto, todavía sin sonreír. Jorge le dice que él solo está tratando de ser sincero. Él le responde que no es necesario que se preocupe. Jorge le responde que no sería necesario si él no estuviera tanto tiempo con ellos. Agrega, sorprendido por la indolencia del hombre, que ni se ríe, ni se ofende, ni se mueve, que le ha gustado mucho el lugar. El mozo le da las gracias, pero todavía no da un paso. Entonces Jorge se enfurece: le pregunta si es cojudo o qué. ¿Qué mierda le pasa, no se da cuenta de que están conversando?

Algunos segundos después, el mozo se mantiene quieto, quieto y digno como una prócer de bronce. Jorge lo analiza. Pronto repite la pregunta, esta vez con un tono alto, alargado e increpante que instantáneamente denota una afrenta. El mozo le indica que el señor está siendo irrespetuoso con los otros clientes, que por favor baje el volumen y mantenga la compostura. Jorge le solicita al mozo su nombre. El mozo se llama Pedro. Pues entonces Jorge le explica a Pedro que se está pasando de pendejo. Bebe un trago de agua y deja ahora el vaso vacío. Pedro trae la jarra hasta colocarla muy cerca de la nariz de Jorge –todo este tiempo la ha mantenido en la mano derecha, como un arma que en cualquier momento puede caer y reventarse sobre la sien, la frente de Jorge– y rellena el vaso. Jorge se lo agradece y sus ojos titilan. Sandra echa un suspiro, pero esto todavía no ha terminado: echa un segundo suspiro. Es el suspiro de una hiena, piensa Pedro. De inmediato le comunica a Sandra que no quiere molestar a la señorita. Jorge interrumpe, le dice que entonces no sea tan cojudo y se deje de joder, por la puta madre. Pedro toma cartas en el asunto; le informa que, en cualquier caso, el cojudo es él. Jorge sin lugar a dudas no le cree. Sandra se ríe y empieza a dudar. Jorge le dice a Pedro que por favor se retire. Pedro aún no se mueve. Permanece quieto y digno, digno y quieto como si fuera un prócer de bronce tomando el sol en una plazoleta de verano. Ahora Sandra, súbitamente, le cree a Pedro: Jorge debe ser un cojudo, ¡eso lo explica todo! Jorge le dice a Pedro que traiga la cuenta. Pedro le consulta si pagará con boleta o factura. Jorge se demora automáticamente. Sandra le dice al mozo que se volverá viejo esperando: Jorge es un cojudo. Jorge se ríe estupefacto. Pedro se ríe con disimulo. Jorge para de reír unos pocos segundos después de que Pedro empieza a reír. Le dice que pagará con boleta. Pedro asiente. Jorge lo apura con la mirada. Pedro le pregunta si al señor le incomoda su presencia. Jorge asiente. Pedro le replica que en ese caso…

4

Inmóvil, Sandra no lo puede creer. Está cojuda, no sabe qué hacer. No sabe nadie en este mundo –o casi nadie, todavía, piensa al tiempo que enciende el tercer cigarro– no sabe nadie lo que está pasando. ¿En que sentido? En uno muy general, responde para si misma, en uno tan vasto como el calzón de una gorda.

Quizás se siente confundida. ¡Eso es! Quizás no lo puede soportar. ¡Qué día!: estuvo por la mañana en la piscina, atando cabos. Nadó 1000 metros. Nadó muy lentamente. Primero 20 piscinas en estilo libre, después 10 en estilo espalda, finalmente 10 más de cualquier manera. Casi no lo recuerda. Los primeros minutos se sintió vigorosa, sintió como se estiraba su cuerpo con cada trecho. Luego se dio cuenta de que no ataba nada, cayó en recuerdos y dudas, tragó el agua tibia, sintió que se ahogaba, abrió los ojos, el cloro se escurrió en ellos y finalmente se agotó. Tras descansar un momento en el camerino, almorzó con Lucía en una cafetería en Barranco, cerca del mercado. Lucía pidió una tortilla de pato; ella un jugo de plátano con naranja y una butifarra con salsa Golf. Después de atender unos asuntos, compró un atado de apio y algunos tomates, trepó en su auto y condujo lentamente.

Cuando iba por la playa le pareció que la resolana era extraña esa tarde. Caía la luz angulosa sobre la parte delantera de su auto negro y el reflejo, que llegaba a sus retinas disminuido por los lentes para conducir, impregnaba los alrededores de una fantasmagoría que sólo hubiera podido describir como viscosa y difuminada. Miraba atenta a su alrededor: el mar estaba verde, la marea estaba baja y las olas rompían contra la arena gruesa sorbiéndola con un ruido de alud, tornándose marrones hacia el final, pero sin alcanzar los cantos que recubren la orilla. Por toda la Costa Verde no iban muchos autos. Todo le pareció ilusorio, casi campestre; se sintió alelada y esto la condujo hasta un sopor dulce y pretérito. Al llegar a su departamento, se quitó la camisa, cogió la manta y cayó rendida en el sofá de la sala.

Se bañó 30 o 40 minutos. Mariana la despertó, hablaron un momento por teléfono. Ya había llegado a Chiclayo y tenía muchísimo que contarle. Luego se desnudó y el agua caliente corrió por su espalda y por su pecho amplio. Haciendo un hilo tenue por el medio de sus senos, cayendo veloz, reptando su cuerpo, el chorro espumoso rondó su ombligo. Después de inundar el ombligo, colmó su pubis. En la hermosa maraña de matices de rosa, la breve curvatura, la protuberancia que se asemeja al buche de un ave, entre los vellos gruesos y humorosos, la espuma corrió hasta las ingles y hasta los tobillos por el interior de las piernas delgadas de Sandra. Ella se inclinó de súbito hacia atrás para asirse de la alcachofa, apretó el vientre: los ojos se le habían cerrado por las chispas que tocaron su cornea. Pensó que en este momento todo estaba muy bien. Sus nalgas prensadas, entonces arrugadas y tiesas, la sostuvieron en esa posición un minuto.

Antes Mariana le dijo que ya era tiempo. Hoy se lo repitió. Conversaron un momento después de que Mariana llegó a Chiclayo. Cuando se cepillaba el pelo, Sandra pensó que estaba de acuerdo con Mariana. De pronto, le resultó difícil decidir si es que aquella noche se dejaría el cerquillo o si se amarraría el pelo hacia atrás.

Nunca había contemplado, en estricta realidad, la posibilidad de dirigir cabalmente su vida. Jorge se lo había dicho desde el principio. Desde que Sandra podía recordar, siempre había creído que iba por un camino amplio y que uno no podía divisar las orillas del camino, es decir, que si en efecto existían las reglas –aunque eso en si mismo le parecía debatible–, no era competencia de uno preocuparse por ellas. No por eso dejaba de creer que existiera un camino, era sólo que a diferencia de tantos ella no creía realmente que uno pudiera hacer mucho o demasiado por conducir a lo largo de él. Cuando algunos creían que el camino era una carretera angosta, la curva más cerrada del abismo de Pasamayo donde, si uno erraba, caería hasta lo más negro de la infamia, ella vivía como si comandara a sus anchas –fumando y candelejona– una chancha canoa por el río Amazonas. El efecto que esto tenía en su capacidad para tomar decisiones, a la luz de cualquier ciudadano sensato, era malditamente pasmoso. Jorge no la podía entender: o bien acometía las cuestiones mas serias como si fueran sonseras, putas nimiedades, o bien confundía las más inocentes minucias con las disquisiciones supremas. En cualquier caso, era cuestión de que creyera que lo que en ese instante decidía afectaría francamente su vida para que no decidiera absolutamente nada.

Intentó numerosas veces. Trajo su pelo adelante, lo peinó, lo arregló, lo jaló todo otra vez hasta atrás, lo sostuvo con ambas manos y giro de perfil, se miró un momento y lo dejó caer otra vez. La nariz, los labios juntos… creyó que no estaba preparada.

La otra noche Mariana le dijo que se podían ir de viaje. Después de todo, ambas tenían vacaciones. En el Norte hacía calor. Podían conducir hasta donde quisieran. No era temporada alta, no era necesario planificar y podían salir cualquier día. Si querían, podía salir mañana mismo. Dormirían temprano cualquier noche. Se levantarían a las 6 de la mañana. A las 8 ya habrían abandonado cómodamente la ciudad, podrían desayunar en cualquier restaurante de la carretera. Cuando oscureciera, estarían ya muy lejos. Ahora Sandra se imaginó ir con Mariana más allá de donde había llegado antes (el hecho vergonzoso era que en su vida sólo había llegado hasta Barranca). Odió el frío de la ciudad. Sintió un desprecio nuevo por la neblina que recubría toda la bahía. Quiso ver más allá. Abrió la ventana y el vapor que colmaba el cuarto de baño se desprendió desde el tercer piso: como un vomito cálido se vertió desde el tercer piso sobre el parque helado, alcanzó las bancas de madera donde el agua de la llovizna de la tarde permanecía todavía impregnada con el tinte dulce del óxido. Entonces el aire fresco entró para suplir el espacio que dejaba vacío el vapor y le colmó los pulmones con un puñetazo.

Se despertó: ya eran las 9 de la noche. Pronto llegaría Jorge a buscarla. Irán caminando, pensó, buscarán un sitio donde comer o tomar algo y conversaran de todo, de lo mínimo y de lo vergonzoso también. Antes hubiera estado contenta. Antes se había divertido tanto. Pero no siempre todo permanece de la misma manera, ¿no era cierto? Y hoy, ahora que Sandra está sentada con Jorge en el restaurante, piensa que ha estado embobada mucho tiempo. Cuando Jorge todavía discute con el mozo, Sandra piensa que ya es tiempo. Sandra piensa que es turno de que suceda todo aquello que tanto pugna por suceder. La cara de Jorge le causa cada vez, con cada retruécano una torsión descompuesta en el estómago. Ya no es gracioso: es como si cada vez que lo viera alguien le embutiera un trapo empapado con sopa fría por la garganta.

5

Son las 11 de la noche. Aunque el restaurante está repleto, Sandra piensa que hace un frío de mierda. Saca de su bolso un pañuelo y hace una sortija con él alrededor de su cuello. Algunos grupos todavía esperan en la barra. A cada rato, cualquiera se levanta y otea la platea donde se esparcen las mesas, buscando alguna vacía. Los más emborrachados se pueden acercar a la chica encargada de la recepción. Le hablan muy cerca: es todavía inútil.

Ahora Pedro le dice a Jorge que no existe una manera fácil de decirle aquello que necesita decirle. Lo que necesita decirle, parece sugerir con un exquisito ademán de las cejas que se le tuercen, es muy delicado. Y Jorge le responde que vaya al grano de una vez. Pedro le explica que si fuera al grano, todo iría mucho más allá de donde yace el grano. El grano, le dice, el grano no es nada comparado a lo que tiene preparado para él. Jorge le replica que eso no tiene sentido. ¿Acaso no entiende la figura? ¿Es huevón? Justamente el grano debe ser lo último, de aquello se trata. Pedro se detiene, modula su respiración, no parece estar de acuerdo. Entonces Jorge piensa comenzar uno de sus discursos largos, trazando parámetros, construyendo un tramado inigualable, y quizás ya está comenzando con las primeras frases, ya está trazando la urdimbre de la ciénaga inmensa en la que piensa ahogar a Pedro, pero pronto se desanima y se detiene. Es vano, está demasiado cansado. Pedro lo mira perplejo. ¿Cuando van a acabar?

Sandra está aburrida. O quizás sólo Sandra esté abatida. Cualquiera lo estaría. Deja el cigarro en el cenicero y ahora mira hacia la calle. Los carros transitan a paso de tortuga por la vía de un solo sentido. A través de las ventanas del local, los conductores podrían reconocer a los comensales. Y sin embargo, dentro de sus autos, no contemplan hacerlo. Solamente miran hacia delante: un poco más allá alcanzarán la Avenida Santa Cruz. Sandra mira los autos encandilada, cada conductor, y las luces intermitentes del semáforo malogrado, entre rojo y verde, la subyugan. Allí se amontonan los mirones y los apáticos. Se entretiene haciendo la diferencia. Los mirones, distingue, son aquellos más atentos, paralizados. Seguro lloran en las madrugadas, piensa, tienen los ojos lumbrosos, en ocasiones presentan espasmos, mean con los ojos cerrados y casi siempre llevan zapatos formales. En cambio los apáticos tienen suerte, pues gozan de poluciones nocturnas. Su abanico del placer es luego amplísimo, aunque cualquier mirón diría que es también llano. Quizás por eso prefieren las zapatillas, deduce ahora Sandra, quizás por eso los apáticos siempre atiborran las tiendas deportivas, las discotecas y –cómo no, concluye al tiempo que vuelve y mira a su alrededor– también los restaurantes.

En eso, sin nadie saber cómo ni por qué, Pedro finalmente se retira. Jorge lo ve caminar hacía la cocina con paso marcial. Bebe de su café. No dice nada. Sandra no lo puedo creer. Sin más, sentencia que Jorge es un tremendo cojudo. Ha virado y lo ausculta de pies a cabeza: de pronto cree que lo tiene entre ceja y ceja. Se dispone a decirlo.

–Jorge… –le dice– Jorge, por favor… –deja la cabeza gacha, mira al mantel un momento, recorre el contorno del pequeño plato con sus ojos oscuros. Los trozos de chocolate permanecen quietos. Jorge piensa que los ojos de Sandra son del color del chocolate amargo. Sandra alcanza la mano de Jorge, alza la mirada– ¡no seas tan cojudo, por la puta madre!
–¿Qué? –replica Jorge. Sí, son del color del chocolate–. ¿Qué te pasa?

Ahora los ojos de Jorge no se han desorbitado. ¿Deberían? Pues no es lo que le sucede. Y no es tampoco un volcán lo que contiene de pronto su garganta cuando se comienza a hinchar, sino una pequeña y molesta bola de pelos. Tose. Inmutable, de la misma manera como si ya estuviera derrotado, Jorge sólo replica indignado, pero quedo, pero sereno. Tiembla. Muy dentro, tan dentro que no se trasluce en su energía, piensa: Sandra se puede ir a la mierda. ¡Qué Sandra le jale los huevos! Ha estado demasiado cansado. Ha decidido que se pueden ir todos a la mierda. Que me jalen los huevos, piensa: ¡que me los jalen! Sí, carajo, ¡que le den por troya! No dice nada. Ha tenido un día de mierda, vaya que sí. Puta madre, coño, mierda, corazón.

6

Ahora toma un trago de su café. Todavía no esta frío. Pasa la bola de pelos. No tiene más problemas. Piensa: por lo menos una cosa está bien. Piensa a continuación: por lo menos, con todo, el café está buenísimo.

Ayer Mónica le propuso quedarse. Le dijo que si se queda, lo enviarán a otra parte. Eran casi las 4 de la tarde. Él había ido por un café. Un café de mierda, si debe ser sincero. Pues la cafetera de la oficina es –cómo más decirlo, admite ahora– una asquerosa cagada. Está sucia, suele rebalsarse, el café caliente chorrea por los lados, se vierte todo y empapa el aparador de la cocina sin importar qué precauciones se tomen. Tiene siempre que llevar mucho papel, o ir corriendo al baño por él. Entonces se quema, y, en ocasiones, si no es diligente con el interruptor de encendido y apagado, el café también. Debe esperar varios minutos cada vez. Echa el agua con cuidado, pone el café molido que han traído de Colombia y el agua tarda casi 8 minutos en hervir. Y a veces más, piensa Jorge. Sí, es entonces que se distrae. Se toma su tiempo: elige la taza con serenidad, se agacha y hurga en el gabinete inferior, reposa su mano lentamente en la superficie de melamina que siempre está fresca, elige una taza muy grande entre todas las tazas que hay allí tiradas. A veces elige la más grande, pero no es buena idea. El café se enfría más rápido y a un lado lleva inscrita la rúbrica de un equipo de béisbol. Ni cagando, recapacita, ¿quiénes chucha son ellos?, él no vive en Boston, y toma otra.

El asunto es que Mónica le propuso quedarse. Le dijo que si se queda, lo enviarán a otra parte. ¿Dónde? Le dijo que sería muy bueno para él, que tenía una amplio futuro y que ese futuro estaba extendido frente a sus ojos. Como una sábana, le dijo Mónica. Como un paciente durmiendo sobre una sábana, pensó él enseguida. No era el caso de todos, se preocupó de acotar de inmediato Mónica. Debía pensar seriamente en aprovechar esta oportunidad, insistió. En cierto sentido, piensa ahora que es buena idea irse a otra parte. ¿Dónde? En otros no. Lo bueno, cualquier otra parte deberá estar lejos de este lugar, siendo este lugar normalmente un lugar donde no se siente a gusto y donde, si fuera libre de elegir, no estaría en cualquier momento designado al azar. Eso, en principio, lo ha encontrado sumamente positivo. Irse, carajo, ¡eso suena bien! El tema lo tiene cojudo. Hoy lo estuvo meditando todo, todo a la misma vez. Es un buen actor. ¿Quién lo podría dudar?

Trabajó como cualquier otro día. Llevaba la corbata muy bien puesta. Eligió la corbata que le regaló el abuelo hace unos años, antes, cuando las vacas estaban gordas. Quería verse bien. Recuerda claramente que el abuelo se compró la corbata en 1971, en Milán. Se lo contó cientos de veces. Ha visto fotos del viaje. Tienen una foto en la Piazza di Spagna. La abuela lleva una blusa celeste y él una guayabera blanca. Ambos están parados, uno junto al otro. La foto está en el aparador, entrando al cuarto de la televisión. Las gafas gruesas y negras del abuelo tornan muy dura su mirada. Una diría que forma parte del Fascio. Tienen otra foto en el Arco della Pace. No recuerda en qué álbum la vio. Sólo recuerda que el abuelo sonríe y el bigote se le ensancha, como un resorte, y aparecen sus dientes enormes. Pero su foto preferida es una en la campiña. ¿Dónde? No lo sabe, pero salen ambos sentados bajo el sol en un pequeño muro de lajas. Detrás hay un campo, una especie de montaña o estribación de Alpe. Él va en terno, terno negro y camisa blanca y corbata negra. Y gafas oscuras. Ella lleva unos anteojos amplios y fucsias. Un enorme pañuelo lila rodea su cuello. Ahora recuerda esa foto. Otra parte. Eso es. ¿Dónde? En la tarde también lo hizo. ¿Qué hizo? Solamente las mismas bromas, mandó los mismos mensajes de siempre. Se preparó el café como si fuera cualquier otro día, pero no era como cualquier otro día porque mientras pasaba el café, cuando caían las gotas mustias dentro de la jarra, él estaba pensando en otra parte. Y en Sandra, es cierto, lo admite, pero más en aquella otra parte. ¿Cuál?

Anduvo con la taza de café a lo largo del pasillo. La sostuvo como si llevara una lanza, acodada bajo la axila. Cruzó la oficina callado. El pasillo es largo y divide el piso en dos. A un lado están las oficinas cerradas que corresponden a los jefes, del otro están los escritorios individuales para todos los demás, rectangulares, distribuidos con ecuanimidad. Pasó con sigilo la turba y abrió la puerta de vidrio, sobre el final del pasillo. Salió. Se paró en el balcón del edificio, en un temible piso 17, Jorge se quedó 10 minutos admirando la avenida más abajo, ponderando aquella otra parte, contemplando su recuerdo tenue de Sandra mientras se proyectaba con la mirada sobre la entrada al pasaje que lleva a la taquilla del cine Pacífico. Y así más cosas también pasaron por su mente. Sí, pues nunca es fácil saber qué pasa exactamente por la cabeza de cualquiera. Y a veces Jorge mismo no sabe a ciencia cierta qué carajo pasa por la suya.

Al cabo de este tiempo, oyó como se habría la puerta de vidrios. Una mujer pequeña, muy delgada, con la cara contrita y con los ojos chinos, se acercó hasta él.

–Jorge… –le dijo Mónica–. Jorge, por favor… quería hablar contigo un momento.

7

–Jorge… –repite Sandra. Jorge ha vuelto a poner sus ojos vacíos– Jorge, por favor… –Sandra estrecha su mano. Le parece que esto es imposible. Está por soltarla. La mano de Sandra está por escapársele cuando Jorge la aprieta. Abre las fosas nasales. Ahora la mira– ¿cómo que no sabías? ¡Te lo dije mil veces!
–¿Pero qué? –replica una vez más. Se ríe–. ¿Qué te pasa?
–Estoy harta, ¿no entiendes? Puta madre, ¡puta madre!, ya no se qué hacer. Me muero de ganas. Estuve pensando toda la semana…
–¿Qué te pasa?
–No lo sé. Me gustó que fuésemos… digo, la otra noche.
–Mira, he pensado… –Jorge hace una ronda entera con las córneas; sus pupilas, al mismo tiempo, hacen un aro más pequeño–. He pensado que…
–Hablé con Mariana hoy. ¿Te acuerdas de Mariana? A veces siento que soy una loca –Sandra se rasca la cabeza. Mantiene el cuello arqueado–. Bueno, hablé con Mariana. Me había dicho que se iba de viaje –apreta los labios, de pronto los abre– ¡presta atención!
–Te estoy escuchando.
–¡No te creo! –Sandra gira y mira a su espalda. Detrás de ella, a través de la ventana amplia ceñida en un grueso marco de madera, se ve la calle y en ella no queda nadie. Sandra vuelve a mirar hacia Jorge. Se está ríendo–. Estás mirando por la ventana, no he nacido ayer, papito.
–Si no quieres no me creas. Total, la que quiere hablar eres tú.
–¿Te acuerdas de Mariana?
–Obviamente. La chata…
–¿Pero sabes cuál es?
–Sí, la que corre tabla, con el pelo claro, desteñido, la que no para de hacer deporte –Jorge medita, cruza los ojos–. El otro día…
–Hoy me llamó.
–Cuando entré a la cocina me habló. Yo me moría de hambre. No había mucho para comer en ninguna parte. Me había escabullido a la cocina para buscar algo. Había abierto el horno cuando entró. Le dije…
–¿Y?
–… que me había atrapado. Me preguntó qué buscaba. Me miró. Supongo que puse cara de huevón. Sus ojos me parecieron extraños, como rojos, enfermos y encandilados.
–…
–Y le dije que no buscaba nada.
–¿Y qué te dijo ella? Era su casa, ¿sabías?
–Me dijo que eso no tenía sentido, era seguro que buscaba algo. Me dijo que nadie entraba a la cocina de alguien si no era para buscar algo. Menos, todavía, se colocaba en cuclillas… nadie exponía tan fácilmente su lado más débil… de ninguna forma metía la cabezota en el horno.
–Obviamente.
–Sí, obviamente, pero me daba vergüenza decir que me había escabullido a la cocina de su casa a robar comida –Jorge luce la dentadura pequeña, abre las orejas, inclina las cejas– sería conchudo, ¿no te parece?
–¿Y qué pasó?
–Me miró y se rió. Me dijo que me parecía un poco a Johnny Depp.
–¿Qué? –los labios de Sandra se tornan duros, es tal si estuviera pariendo a través de ellos–, ¿Y tú que le dijiste?
–¡Que no me joda!… es decir, me reí. ¡Era obvio que me estaba meciendo! Después hablamos un rato.
–No te pareces a Johnny Depp. De hecho, ni un poco… ¿Qué hablo? –Sandra frunce el ceño con empeño–: ¡ni mierda!
–Antes nunca me lo había pensado, pero ella me ha hecho dudar. No me viene mal, ¿sabes?, no me viene nada mal. Quizás si…
–¿Y dónde estaba yo? –interrumpe Sandra.
–En otra parte. Con tus amigas, supongo. Había muchísima gente en esa fiesta. No recuerdo en qué momento te perdiste. Yo había tomado demasiado.
–¿Y de que hablaron?
–Ella estaba totalmente borracha. Sus ojos se movían. Se notaba en sus manos. Me dijo que me parecía a Johnny Depp. Yo sé que estaba jodiendo. Después me contó que era abogada… ¿Y sabes qué?
–Bueno, entonces sabes perfectamente quién es.
–No lo parece ni siquiera un poco.
–Me ha contado algo que no puedo creer. Se fue de viaje al Norte, ¿te conté?
–¿Mariana?
–Sí. Es increíble.
–Creo que más que una abogada parece un bufón. Tiene el corazón de un arlequín.
–Es increíble. Yo no lo puedo creer.
–O quizás parece una actriz de teatro, pero una muy chistosa.
–¿Qué cosa? ¿Quién? ¿De qué carajo hablas?
–De Mariana. Siempre hablo de Mariana.
–¿Te dije que se fue hoy al Norte?
–20 veces, si no 40 –Sandra alarga las orejas–. ¿Las enumero?
–Me ha contado algo que no puedo creer –ahora Sandra tiene cara de espasmo.
–¿Se fue manejando?
–Sí, creo que sí… Bueno, no sabes lo que le ha pasado. Es increíble. Ni te imaginas… –Jorge pone las manos, ambas, sólidas sobre la mesa.
–Debe manejar en zigzags. Así me la imagino. Debe suspirar cuando sus manos tuercen el timón. Debe andar en zig zags… al mismo tiempo riéndose, moviendo la lengua como una espada, sacando a todos el dedo, mostrando el culo por las cuatro ventanas.
–Me llamó cuando llegó a Chiclayo. Me dijo que está muy cansada. Ha ido sola…
–La Panamericana Norte está muy descuidada –interrumpe Jorge–. Es muy importante lo que hace –continúa entusiasmado–. En el Perú falta más gente que insulte a la policía.
–Dice que llegó a Chimbote a eso de las 2 de la tarde… No, pero espera.
–¿Qué?
–¿Te quedaste mucho hablando con ella?
–Casi 20 minutos. No estoy muy seguro. Preparamos algo de comer.
–¡20 minutos! ¿De qué hablaron?
–Ya te dije. Primero de mi parecido con Johnny Depp. Eso nos habrá ocupado casi 15. Luego de que ella era abogada. Aunque no lo recuerdo bien. Te he dicho que yo estaba borracho también.
–No los imagino conversando.
–Yo no imagino muchas cosas. Por ejemplo, no la imagino a ella trabajando en un estudio de abogados.
–No te imagino a ti y a ella. Son tan diferentes.
–No te imagino a ti yendo cada día a la agencia. Pero lo haces.
–¿Qué?
–Lo podría jurar. Todo sucede, y lo peor, sucede en cualquier momento, muy a pesar de lo que nos diga nuestro sentido común.
–Bueno… –Sandra está temblando. Toma el vaso de Jorge y lo inclina sobre sus labios secos. Sólo cuando lo ha colocado casi de cabeza sobre su boca, que está tornada por el esfuerzo en hocico, nota que ya no contiene agua. Lo coloca en su sitio–. ¡No sabes lo que le ha pasado!
–Todavía no. ¿Puedo coger un poco de tu chocolate?
–Sí, claro… pero no queda nada.
–Queda un poco –Jorge extiende el brazo, cuida que la chompa de lana no toque el cenicero y coge algunos trozos pequeños de chocolate. Los traga con prisa. Ahora nota que la ceniza se untó a lo largo de la manga de la chompa. Rumia. Después la limpia–. Me dijo que te conoce de hace años, que se conocieron cuando iban a la universidad. Me contó que siempre hablan, aunque ya no se ven tanto.
–Sí, es cierto.
–Me dijo que te conoció antes de entrar a derecho. Se había visto antes. Tenían algunas amigas en común. Tú querías ir a derecho también, pero al final te fuiste a publicidad. Luego sacó un frasco con alcaparras. Estaba nuevo.
–¿Alcaparras?
–Nunca me habías dicho que antes estuviste yendo a derecho.
–Sí, sólo por un año. Fue una época bastante extraña. Mi papá es abogado, eso sí lo sabes, y mi hermano también. No sabía…
–¡Vez, todo puede suceder!
–Ella es muy distinta a mí.
–Y cocina muy bien.
–¿Qué?
–Ella también tenía hambre. Preparó un sándwich increíble. Tenía alcaparras, una bolsa con pan francés. Sacó de la refrigeradora un queso de cabra.
–¿Lo calentaron?
–¿El queso?
–No, el pan.
–Sí. Ella lo puso un momento en el horno, hasta que la corteza estuvo crocante. Bueno, primero sacó de allí las empanadas pequeñas que yo me estaba tratando de comer al principio.
–Estaban buenísimas.
–Por suerte que no me las comí.
–¿Por qué?
–Por que no me gustan –Jorge junta los labios, hace una pequeña pausa–. No me gustan las empanadas. ¿Nunca te lo dije?
–¿Y sí te gusta el pan con queso y alcaparras?
–No lo había probado antes. Me gustó mucho. Creo que tuvo que ver con el queso. Era de Cajamarca.
–¿Pero quién carajo lo ha probado antes?
–Supongo que Mariana. Y, por lo menos, ahora somos dos. Lo que es verdad, estaba buenísimo. Si me lo preguntaran, diría que Mariana hace el mejor pan con queso de cabra y alcaparras de toda la ciudad.
–¿Sabes una cosa? A veces eres realmente un cojudo.
–No me lo digas –Jorge se ríe. Sandra no se ríe. Jorge se ríe todavía, pero baja los ojos, que ha puesto risueños, y parece sorprendido–. ¡No me lo repitas que puedo emocionarme!
–Voy al baño –Sandra bufa, se retuerce, empuja la silla hacia atrás y toma el rumbo premeditado. Mueve el culo angosto con muchísima gracia. Mea disgustada. Cuando vuelve finalmente, nota que Jorge está inmóvil–. ¿Qué? –lo increpa. Jorge ha terminado su café. Sandra advierte que el cigarro que dejó encendido se ha consumido por completo. La ceniza forma un cilindro levemente torcido en el cenicero.
–¿Qué era lo que me ibas a contar?

8

Jorge cree que es muy difícil saber lo que uno quiere. Lo que uno quiere es sumamente escurridizo. Lo ha recordado cuando observa a Sandra. El sabor del chocolate que tomó de su plato sigue dándole vueltas entre las orejas. Piensa que quizás debería lanzarle un cabo. Sus pelos están eléctricos. Poco a poco, conforme avanzó la noche, los ojos han ido saliéndosele. Se peina el cerquillo a cada momento. Después se ríe. La nariz se le arruga y, si debe aceptarlo, el gesto es francamente encantador. Pero de pronto la sonrisa empieza a torcerse rápidamente, forma una estría irregular. Qué espanto: no hila, Sandra no brilla más, ya no lo engaña. Cuando habla, ahora lo hace con suma dificultad. Es como si tuviera anginas detrás de los labios. Piensa: ¿qué es lo que siempre le quiere decir?

Lo pensó también cuando caminaba. En el balcón, en ese piso 17. Antes inclusive: lo que uno quiere es sumamente escurridizo. Andaba por el pasillo con una ligereza soberbia. Casi no se lo podía creer él mismo. ¡Qué ligereza carajo! Cómo seguía a Mariana por el pasillo de la oficina como si nada pasara. A su izquierda dejaba las oficinas, cada una decorada con fotografías de modelos y productos de belleza, todas cerradas con mamparas de vidrio. No miró dentro de ninguna. A la derecha estaban sentados sus compañeros. No se fijó en los ojos de ninguno. La taza enorme, entonces ya vacía, iba colgando detrás de él amarrada a su mano derecha luciendo la rúbrica de los Boston Red Sox. Y si Mariana le hubiera pedido que describa lo que quería, en ese mismo momento no lo hubiera pensado demasiado. ¡No lo hubiera pensado nada! Le hubiera dicho que aquello que quería era tal y era cual. Nada más. ¿Tal y cual? Sí, y que se parecía mucho a un calamar gigante.

Adicionalmente, piensa ahora, pocas veces es lo mismo aquello que uno quiere que aquello que uno necesita. Menudo detalle. ¿Cómo explicarlo? En ocasiones siente que sabe lo que quiere y luego, al ponderarlo, descubre que no es lo que más le conviene. Haz lo que quieras. ¿Hacer lo que quiere? Pero si nunca está seguro. No lo estuvo antes. Quizás nunca se sabe lo que cualquiera quiere. ¿Y lo que necesita? Todo lo demás, le parece ahora, es pura cacofonía. No está seguro. Mira a Sandra a su lado, esbelta como una escoba. Recuerda los ojos de sus compañeros. Recuerda cientos de pares de cogollos pálidos. No está nada, nada seguro. Cuando iba por el pasadizo, volviendo de la terraza, entonces no era lo mismo. Es decir, era lo mismo. O en cualquier caso era algo muy similar lo que giraba entre sus orejas. A su alrededor estaban sus compañeros de trabajo. Cuando Mónica lo llamó, hoy por la tarde, recordó todo. Pasó junto a ellos sin mirarlos. ¿Cómo pueden 10 minutos ser así?

Un hombre de negro iba caminando por la calle. Se quedó viéndolo desde el balcón. El ángulo era perfecto. Olvidó todo un momento. ¿Lo hizo? Lo quiso hacer. Lo analizó. Caminaba con mucha confianza, pensó. Tomaba el café lentamente. La cafetera era una cagada, eso era cierto. Un hombre iba caminando por la calle en traje cuando él tomaba ese café de mierda. El hombre de negro venía hacia él por Larco, iba desde el malecón hacia la ciudad. Desde el piso 17, el ángulo era perfecto. En la mano derecha tenía una bolsa de cartón. Podía contener cualquier cosa. Se detuvo frente al Pizza Hut. Compró una bolsa de galletas. Cuando el semáforo se puso en rojo, cruzó la avenida. Abrió el paquete e introdujo 2 en su boca. Se detuvo otra vez y, cuando el siguiente semáforo cambió, cruzó la Diagonal. Se paró frente al Haití. Guardó las galletas en el bolsillo de su chaqueta. Miro en cientos de direcciones. Hurgó dentro de la bolsa de cartón. Extrajo un objeto plateado. Jorge no pudo reconocerlo. Lo volvió a introducir. Entonces quedó parado. Se contuvo inmóvil. Un minuto después lo alcanzó un niño pequeño que bajó de un automóvil azul. Era un Toyota Corona y, por la placa, se puede descartar que fuera nuevo. Se dieron un abrazo muy corto. Hablaron. El niño debía hacerlo con la cabeza proyectada hacia el espacio. Caminaron con dirección al óvalo y entraron al cine de la mano.

Cuando Mónica lo llamó, hoy por la tarde, no supo que iba a pensar todo lo que ahora piensa. ¿Ahora? En la tarde, en este momento. Pensó: mierda, ¡son muchos momentos distintos! Si se lo preguntaran todo otra vez, respondería una cantidad gruesa de cosas diferentes. ¿Si le preguntaran qué? Lo que sea. ¡Lo que quieran! Pero cuando entró a la sala, hoy a las 4 de la tarde con unos minutos, la situación era distinta. Mónica le preguntó si había tomado una decisión. Hundió sus ojos achinados y mórbidos en los suyos ojerosos y atemorizados. Jorge sólo pudo decir la verdad. De hecho, todavía no lo había hecho.

9

–A veces me dices demasiadas cosas –ahora Jorge cruza las piernas. Con las piernas cruzadas, se estira y coge la cajetilla de cigarros que está acomodada sobre el mantel–. Estas huevadas te van matar –agrega. Luego saca uno, coge el cigarro encendido de la mano de Sandra, junto las puntas de los cigarros un segundo, aspira y coloca con suma delicadeza el cigarro de regreso en los labios de Sandra. Ella sonríe.
–¿A que te refieres? –duda: Jorge luce una singular mirada de aplomo.
–Me refiero a que a veces las cosas que dices, si las vez todas juntas, son muchas. A veces hablas mucho tiempo Sandra. Yo siento que todo lo que dices, cuando se acumula, se convierte en…
–¿¡En qué!? –interrumpe ella.
–…una torta.
–¿Una torta? –replica indignada.
–Sí, una torta.
–¿Y que quiere decir eso?
–No lo sé. Quiero decir… bueno, quiere decir que se apila.
–Eso no me dice mucho.
–¡Ya lo sé! –Jorge ha puesto cejas de Eureka–. Quiere decir que lo que dices aterriza sobre lo anterior que has dicho, del mismo modo que lo anterior aterrizó así y lo siguiente aterrizará asá –las orejas de Sandra se abren para tomar vuelo–. Luego se desliza todo hacia mí al mismo tiempo.
–¿Qué?
–¡En el mismo instante!
–…
–¡Es un huayco! Es como un huayco, Sandra.
–¿¡Un huayco!?
–Sí, y yo no lo puedo tragar.
–¿Y que mierda quiere decir eso?
–Que lo he intentado…
–¿Cómo que lo has intentado?
–¿Me tienes que hablar así?
–Discúlpame Yorch, es que no te entiendo nada… –Sandra aligera los pómulos– ¡no te entiendo!
–No jodas, por favor –Yorch se ríe.
–No te jodo Yorchi.
–Ok –Yorchi perdona a Sandra. Se detiene en sus labios–. ¡Estas huevadas te van a matar! –extiende el cigarro encendido hasta la mitad de la mesa de modo que la brasa del tabaco es un faro sobre el plato con chocolate–. Puede ser en mucho tiempo, pero lo harán. Y cuando lo estén haciendo…
–No seas imbécil –Sandra ensancha el hocico y muestra los dientes.
–Ya te lo he dicho –el también–. Nunca se sabe. ¡Nunca!
–No es así de simple.
–Creo que esa es la mayor pendejada de toda nuestra vida –Jorge apaga el cigarro recién encendido comprimiéndolo con un solo movimiento en el plato con chocolate. Al apagarse, el fuego del tabaco da a luz una pequeñísima porción de fudge.
–¿Qué era lo que decías antes?
–Nunca se sabe, jamás se puede saber… –Jorge continúa torciendo el cigarro sobre el chocolate pastoso unos segundos. Sandra hace un botón con los labios, recoge su cigarro del cenicero y le da una pitada–. …es una de esas cosas…
–¡Jorge! –grita.
–Te decía que yo siempre pienso. Sí. Quiero decir… que yo siempre pienso en muchas cosas –deja por fin el cigarro. Tras quedar callado el tiempo que le toma abrir y cerrar los ojos, continúa–: a veces pienso en más cosas de las que tú me dices, por ejemplo. A veces mi cabeza parece una olla llena de spaghetti.
–Todos pensamos. ¿No es lo normal?
–Eso, de por sí, podría considerarse un logro. Pero no lo es.
–Yo pienso en todo lo que me pasa. Últimamente siempre pienso en viajar. Me encanta viajar.
–Ese es tu error –hace una breve pausa.
–Me gustaría salir de aquí. No sé si me gustaría que vengas conmigo. Creo que sí, pero no siempre estoy segura.
–El truco está en pensar en todo lo que no nos pasa, Sandra. Todo lo que no nos sucede… allí se guarda el secreto. Es decir, es tan probable que no suceda…
–Jorge… ¡no empieces!
–¿Qué no empiece con qué?
–¿Vamos a mi casa? Tengo mucho sueño.
–Hay tanto en el mundo Sandra. El mundo es ancho y moreno. Está lo amargo, qué es como el dolor pero mucho más divertido; está lo ácido, donde yace toda la comedia; también está lo agridulce… pero tú siempre quieres volver a casa. Por eso no conoces el mundo.
–Vámonos. Tengo mucho sueño Jorge. Mañana me tengo que levantar temprano. Tengo fotos. Tengo que ir manejando hasta Lurín.
–¿Por qué?
–¿Por qué?
–Sí, ¿por qué?
–Porque tengo sueño. Porque es mi trabajo. Porque de eso vivo. ¿Qué te pasa?
–¿Qué?
–Olvídate.
–Para Sandra. No me vas a convencer.
–¿Que pare qué?
–De decir cosas. Nada de esto importa.
–¿Yo soy el problema? –gruñe.
–Tengo una idea.
–¿Cuál?
–¿Qué tal si hablamos de…
–¿De qué?… ¡De qué! –se ríe. Se detiene. Sandra vuelve a reír.
–¿Qué tal si hablamos de otra cosa?
–¿Pero de qué?
–De lo que más me gusta.
–¿Y qué es lo que más te gusta?
–…
–¿Jorge?

10

Son las 12 de la noche o un poco más cuando Jorge paga la cuenta y Sandra gruñe otra vez y ambos se levantan y Pedro huye hacia la cocina con la carpeta de cuero y Sandra mira la manera sagaz con la que Pedro huye y Jorge no lo hace, pues sólo se queda mirando el perfil de Sandra, sus pómulos salientes y esa barbilla que tiene una pequeña sombra de chocolate. De pronto suena un reloj. O no lo hace, pero es seguro que Sandra cree que lo hace. Mira a su alrededor. Ya nadie espera por una mesa.

Jorge se demora un momento en el baño. Sandra lo está esperando en la calle con los hombros cubiertos. Mira hacia el cielo, mira el suelo de piedra, una puesta junto a la otra, y sus zapatos bailan involuntariamente. Cuando Jorge mea, siente un profundo alivio. Se para de puntas e inclina el pene dentro del urinario. Rechina los dientes. El chorro está caliente y es amarillo. Al rato sale del baño y la busca. Camina un momento por entre las mesas y no la encuentra. Sale a la terraza y mira en todos los sentidos: allí tampoco está. Levanta los ojos y cree reconocer en el cielo una tenebrosidad nueva. El frío es húmedo y se pone la casaca. Luego mira el cielo con vehemencia. El cielo está indudablemente tenebroso. Piensa: el cielo parece el techo de una cueva. Atraviesa la terraza y sale a la calle. Allí está Sandra esperándolo. Ella lo ve y de inmediato, esta vez sin dudar, empieza a andar con dirección a su departamento. Son sólo unas cuadras.

Unos minutos después Jorge camina todavía. Recuerda las tetas de Sandra… no lo logra. Recuerda sus ojos… no puede. Siempre pensó que tenía buena memoria, pensó que se acordaría todas las veces. Quizás si la pudiera ver un momento más sería fácil. ¿Su nariz aguda? ¿Su frente? Ahora no está seguro. Sandra camina 2 metros por delante y él no la puede mirar.

Los placeres que más quiero -aquellos que persigo como un perro persigue a su cola y casi con los mismos efectos- entran por mi boca. No entran por mis ojos ni por mis oídos, entran por mi boca y nunca más salen. Por que los placeres máximos son esencialmente inmateriales. Yo los devoro: devoro unos labios, devoro un ojo, devoro una fotografía, devoro el sonido, la impresión misma de cualquier frase que me alcanzó. Y si devoro un placer no lo regurgito jamás. ¡Nunca! Cada placer florece en mí: se pudre en mí: se funde en parte de mí.

coffee poster

No vivimos rodeados de estos placeres. Me preparo un café todas las mañanas y no los encuentro en todas partes, en ninguna parte. Sucede que quiero ser feliz cada mañana y no lo logro. Voy a trabajar y llego y leo el periódico en Internet. Leo periódicos de izquierda y leo periódicos de derecha, leo sobre Victoria Beckham y leo sobre Michelle Bachelet. Luciana me sonríe. María Fe me sonríe. Estefanía me sonríe. Otra Luciana me sonríe. Pilar me sonríe. Hasta Heidi me sonríe. Y nada, aquí no están esos placeres.

Voy a trabajar y leo los periódicos y antes, para tomarlo mientras leo, me preparo un café: un café negro y sin azúcar y lamentablemente instantáneo, nada más y nada menos que un simple espejo líquido para reflejarme mientras lo cojo con las manos juntas, un portal que guardo en mis manos. Quizás el café me haga feliz. A veces pienso que lo hace y que es un veneno y que sólo por eso tiene esa propiedad. ¡A veces pienso que es arsénico! (¿De qué color es el arsénico?) Quizás es algún ácido mortal. O láudano. Sí, ¡es láudano! ¡O mercurio!… ¿¡Quién carajo sabe!?

Lentamente inclino mi garganta y la brea penetra en el tracto de mi cuello. Imagino que es un jugo de naranja, vital pero negro y subversivo. Me preparo para la magnífica noche. (Me preparo muy bien.) Empiezo a perder suavemente los sentidos; mientras se deprimen y me alejo de la realidad, me voy acercando a ese espacio franco donde existe solo el contento. La brea podría arrancarme los placeres pasados. Subo el volumen de la música y súbitamente sé que podría. Yo podría darme el lujo de perderlos por siempre. Y empiezo a tragar la brea, viscosa y vil, como si bebiera agua bendita, como si besara a una virgen. Pero no importa cuánta tomo: se me acelera el corazón, la cafeína colma mis neuronas, me vuelvo idiota, pero siempre sigo conteniendo todo. No importa cuánta negrura me penetre…

Ahora es mucho más tarde y ha llegado la otra noche -la noche solar- y yo sigo aquí y mi pequeño pozo ya no contiene mi querida brea, pobre e inútil. Ha venido un señor a limpiar la oficina y se lo ha llevado y yo he querido decir que lo quiero, que no se lo lleve. Pero él se lo ha llevado igual. Es muy tarde y al cabo… todo es fanfarria. Al cabo lo único que sucede es que no sonrío en las fotos. Y que me emborracho y entonces sí sonrío. Y que ocasionalmente me arrepiento de todo.




  • Radiante

  • Archivo