Posts Tagged ‘comunicación aberrante’

Casi como si estuviera practicándole un cunnilingus a ese platillo, hundía cada vez la cabeza entre sus hombros. La mantenía gacha un momento y los brazos le quedaban abiertos hacia los lados, remaban como las alas torpes de un pelicano que busca mantener el equilibrio cuando anda sobre tierra. Me parecía luchar; sorbía y después rumiaba. Los codos sobre la mesa podían a penas ayudarlo a contenerse. Quise decirle, de algún modo que pudiera considerarse discreto, que aquello me causaba una nausea profunda. No se lo dije de inmediato. No me atreví, titubeé… hablé del verano. Había acabado tarde y bruscamente y eso era insólito: había sido largo y lo habíamos pasado de puta madre. Hasta el brusco momento en que se terminó. Una madrugada de viernes había llovido y a la mañana siguiente la niebla había cubierto la ciudad toda, había entrado desde la playa silenciosa y abrazado los malecones. Y esta niebla había sido implacable: como la Blitzkrieg, le dije. No habíamos esperado todavía que lo fuera.

Hablé del verano. Modoso como nunca, coloqué la servilleta a un lado del plato y le sonreí. Me escuchó hasta el final, completamente callado. Tenía esa manera de mantenerse sin decir una palabra que, por la impasibilidad abierta de sus ojos y por la torsión oculta que parecía aquejar su mirada porcina, no transmitía aplomo, en cambio sólo idiotez. Mientras lo miraba aún, extendí la mano, levanté la copa y le di un trago largo al café. Estaba amargo y tuve que fruncir el ceño. Luego abrí ampliamente la sonrisa, lo miré: un líquido traslúcido le corría ahora sobre el labio con forma de corazón, rodeaba la línea de expresión alrededor de su boca rosa y alcanzaba su barbilla circular, formando una gota. Diría que tiene el labio gordo y mohíno. Las patillas largas y lacias le llegan hasta la mitad de la mejilla. Pero su cabeza está casi toda calva, y la afeita. Suele cortarse al hacerlo cada vez, en la tiniebla de un baño pequeño y hediondo, y podemos ver esos cortes cuando caminamos tras él, desde atrás, como tajos bajo la resolana. Además esa tarde sudaba constantemente y, por efecto de esto, brillaba como un farol mortecino.

Reconoció mi sonrisa, dio un trago a su cerveza y volvió a sumergirse. Quise entonces decirle… pero no se lo dije. No me pareció, en primer termino, que las diferencias entre dos hombres podían reducirse a esto. En segundo lugar era increíble que sencillamente lo hicieran. De pronto su presencia me podía resultar insoportable. De pronto podía pensar que estaría mejor en cualquier otro lugar.

Habíamos cruzado juntos la avenida. El cielo pálido filtraba la luz como una pantalla de humo. La atmósfera semejaba una pecera helada. Nos habíamos abrigado, ambos llevábamos ya el traje de otoño completo. Salimos del edificio de departamentos donde lo había ido a buscar esa mañana de domingo, nos cubrimos con el saco de lana y enseguida cruzamos con algunos brincos la avenida, cuidando de no perder de vista ningún auto. Tomó una mesa en la terraza. El mozo fue presto. No llevaba el delantal y parecía apurado. Cogió la carta y empezó a revisarla. Ordenó sin dudar… quiso que habláramos de inmediato de lo convenido. Yo pedí una tortilla, un café negro y una copa con hielos. Él había pedido un guiso de mariscos y una cerveza negra. Cuando llegó el café, lo volteé en la copa. Después comenzamos a hablar… Ahora mismo, él le hacía un cunnilingus a los mariscos. Un momento se detenía, quizás empapaba el hocico en la cerveza oscura y dulce, seguía la conversación, hablaba de política y de la industria de los servicios bancarios. Hablaba del vigor de las mujeres solteras, indistintamente del libre mercado como de la angioplastia que le habían practicado a su madre en la clínica San Pablo. Luego volvía a la faena con el mismo ahínco.

Volteé el café en la copa y quise decirle que me daba asco. No se lo dije de inmediato. Entonces quise decirle… pero no se lo dije. No le dije que no lo soportaba más, que me podía poner a vomitar en este momento si no callaba la boca. Sólo descreí súbitamente del fondo. Entendí violentamente que todo lo que es fondo no acababa siendo en él, cada vez y por fin, nada más que lontananza y algo debilitado, querella de trastienda, contenido difuminado pero jamás evidente ni público. Imaginé que estaba siendo sumergido en un fino polvo de tocador. Era este restaurante un resquicio ensuciado e impenetrable. Pasaron por mi cabeza las palabras “extramuros” y “arrabal “. Pensé, sin oír lo que ahora me decía, que ocasionalmente la distracción y la incoherencia se componen, como un castillo en una película que bien podría atribuírsele a Hitchcock, de construcciones perdidas.

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