Posts Tagged ‘construcción’

Nos hemos separado como se separa un puñado de moscas muertas que cae sobre una ola que se forma en un río. El río es amplio, el agua está turbia con sangre de pájaros y cacas de niño. El sitio donde hemos caído está próximo a una catarata inmensa. Bajo la catarata está la ciudad o algo muy similar a una ciudad, pues realmente no tenemos una noción clara de lo que es una ciudad, sólo sabemos que en aquel lugar bajo la catarata están las personas, las librerías, los automóviles, el Starbucks, la enología, el cine, la prostitución, la tauromaquia, un sinfín de cosas y también otras cosas y sobre todas ellas, como un rubio señor feudal con mueca de estar a punto de parir, magnánima está la catarata, y antes de la catarata sólo está el río y dentro de él, ahogado en sus corrientes, todo aquello que viaja hacia la supuesta ciudad (utilizando el río ensuciado y luego cayendo a través de la catarata fabulosa).

Hemos caído juntos sobre esta ola y no hemos tomado caminos perfectamente contradictorios. Si bien nuestros caminos han sido sinuosos y a pesar de estar profundamente disociados, se han mantenido contiguos a lo largo del tiempo. Arrastrados por las corrientes enrojecidas: confundidos por el sexo y el deseo y la desolación y la ausencia, no ha sido esto tan extraño. Teníamos pasados distintos. El momento en el que caímos sobre la superficie tibia del río fue precisamente singular: una singularidad. Fue el momento imperfectible y puntual y no por eso menos trivial en que nos encontramos y desde ese momento, tal como no había sido sino sólo así antes de encontrarnos por primera vez, no hicimos salvo desencontrarnos. No es esto increíble: lo inconcebible es justamente siempre esperar más que lo que contiene en si misma cualquier conjunción cotidiana.

Quiero decir que habíamos caído en el mismo punto pero que eso fue sólo un instante, que el punto no era matemático, quiero decir que no se regía por aquella definición, entonces el punto en realidad tenía más de una parte –era divisible–, tenía infinitas partes muy juntas y aún así diferentes, y si yo había caído a un lado de todas esas partes quizás él había caído al otro lado o en cualquier otro lado, y así, de tal modo habíamos ya en ese primer momento, desde el principio comenzado a extraviarnos.

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Estoy seguro de que se lo he dicho a Gabriela varias veces. Por ejemplo tomando café descafeinado un domingo a las 11 de la noche, o estacionados más temprano en el malecón, hablando de Italia y España, cada uno, respectivamente. Se lo dije a Clo el día del concierto de Depeche Mode mientras caminábamos en frente de ese cuerpo artificial, ese armatoste terrible que es la oficina principal del BCP en Santa Patricia. Un momento en la terraza de un piso 17 en San Isidro, desde donde maravillosamente se pueden ver los cerros al norte y al este, la playa de la Bahía de Miraflores al oeste, en todas direcciones la ciudad chata y horrorosa, extendida como una sábana sucia, incluso el sunset, en los veranos un sunset cegador que es como una lámpara roja y huachafa, se lo comenté a Rafael y Estefanía y se rieron. Se lo escribí una vez por messenger a Luciana y también se rió (entonces empecé a considerar que quizás sí era gracioso). Se lo he querido decir el domingo a Carolina, quizás antes también, pero se me ha pasado. Probablemente le he dicho cualquier otra cosa en cambio (hay demasiadas cosas que quiero decirle constantemente a Carolina y es entonces muy natural que se me olviden algunas, que no pueda decirlas todas al mismo tiempo).

A Rafael y Estefanía se los dije en medio de un ventarrón y probablemente ni lo recuerden. Estefanía miraba hacia Ripley y Rafael señalaba el nuevo logo del Interbank. Yo trataba de ver por la ventana del baño de mujeres del edifico de al lado y se los dije como se dicen las tragedias en una oficina: con aplomo práctico, como si fueran triviales cojudeces que se dicen rápido mientras se trata de ver dentro de un baño de mujeres y no cuestiones materiales, como si en el instante de un ventarrón cierta providencia –además infalible– fuera a salvarnos de ellas de cualquier modo y no importara realmente lo que pensáramos o pensaran otros al respecto. En efecto, ellos no piensan nada al respecto. Pero a Clo se le dije distinto, como de casualidad. Casi fue un lapsus. Así como el criminal que es atrapado porque delicadamente suelta la verdad en una conversación cualquiera, sobre carros, sobre helados, sobre libros, quién sabe: sobre recetas para escalfar huevos, precisamente de ese modo. Íbamos andando junto al armatoste, yo tomaba té verde y ella comía galletas y yo lo dejé entrever. A Gabriela, en cambio, se lo dije sinceramente, con total intención y no con poca resignación, porque a Gabriela la conozco hace 17 años (y no 10, como ella piensa) y le puedo hablar con sinceridad y resignación, sin discriminar. Por supuesto, también se rió.

Especulo que hay una distancia entre todo y nosotros, entre lo que esperamos y lo que somos. No hay –casi nunca la hay– una coincidencia efectiva entre lo que funciona y lo que somos capaces de hacer. Hay habilidades básicas que se deben conocer. Hay técnicas implícitas que todos deben dominar. Ocurre, y no en pocas ocasiones, que esto no sucede. Luego, se define una brecha. Y en esta brecha, o en las distintas formas como somos concientes de esta brecha, está trazado absolutamente todo lo que haremos, querremos, besaremos, sucederá.

Le he empezado a escribir a Carolina mi papá no me enseñó a saltar, a golpear, a…

jermaine

Miguel se me adelantó y se presentó, se sentó a la mesa del café, sagaz como un gato, me miró los zapatos primero (eran unos sencillos zapatos de lona blanca y debió llamarle la atención su pueril, brillante condición), luego cruzó las piernas con esa manera sensible que tienen los hombres sensibles para amodorrarse y me dijo cómo se llamaba. Me dijo también, con cierta sonrisa orgullosa, que era un consagrado paparazzi.

Hola, soy Miguel, el amigo de Azucena, el consagrado paparazzi.

Yo me sorprendí. Él tenía los ojos claros y grises. Sudaba aún, a pesar de haber entrado al café hacía rato y de haberse sentado primero en otra mesa, mirándome de lejos unos minutos, dudando sobre si acercarse o no. Yo lo había reconocido a lo lejos –lo conocía ya de unas fotos en el Flickr de Azucena–, había reconocido sus ojos claros y grises. Después de notar mi sonrisa educada él se había decidido, se había levantado procurando una actitud desmedidamente vigorosa y había caminado directamente hasta la silla que estaba al otro lado de la mía. Se había sentado con un ademán elegante, como de intelectual de moda tomando asiento en un concurrido café vienés, y así había descubierto yo que si bien tenía los ojos claros y grises, al mismo tiempo eran demasiado amplios, estaban envidrados, eran brillantes y azules, estaban como estrellados en el espacio. Risueño, los utilizaba para mirarme detenidamente mientras jadeaba. Yo proseguí con la conversación y le dije muy serio que en Lima no había paparazzi. Él me dijo ¿y qué crees, que te estoy mintiendo? Yo le quise decir que sí, que era muy bello y que por tanto tenía cara de puto y que por tanto tenía que ser un mentiroso. Todos los hombres somos así. Pero él no tenía cara de estar mintiendo realmente, nos reímos y así fue que supe que Miguel era el primer paparazzi limeño que conocía.

Había llegado a Miguel a través de Azucena. Había llegado a Azucena a través de un beso. Había llegado a aquel beso a través de una mirada. Me había aventurado a esa mirada, ya un año atrás, gracias a una perfecta desesperación. Un año después y omitiendo cientos de detalles, había quedado con Azucena en tomarnos un café, con ella y un amigo suyo, fotógrafo. Había bromeado con Azucena sobre tomar unas fotos después. Unas fotos en ese sitio donde fuimos una vez me había dicho. Y ahora, mientras me sentaba con Miguel a tomar un café en ausencia de Azucena, no reparaba cabalmente en lo vago que había sido todo aquello. Me atenía a la realidad: sabía ya, por ejemplo, que Azucena era preciosa y estudiaba diseño de modas, que sólo quería saber de hombres y que yo era uno, lo que presentía no debía ser una casualidad: debía ser una señal que me condujera hasta poseerla. A ella, con sus cejas oscuras y con sus greñas magníficas, con sus ojos magos y esos labios que parecían de plexiglás. Adicionalmente estaba por saber que Miguel, a su vez, era el mayor experto en hombres que transitara la ciudad. Experto en siluetas de hombre, en perfiles de hombre, en iluminación muy profesional de hombres: experto en sucios cuerpos de hombre fotografiados en bañeras, indignamente fallecidos bajo puentes, desnudados entre sábanas e incluso montados en vistosos automóviles. En resumen, estaba por concluir que ambos amaban los penes. Sólo que Azucena tendía a escribir poemas –muy malos, por cierto– sobre penes paternales y maravillosos y dignos y generosos, llenos de templanza o sabiduría, mientras que Miguel prefería buscarlos en Internet, principalmente en versiones portentosas. Eso no los hacía perfectamente compatibles, pero eran grandísimos amigos, me explicaría Miguel. Pues si bien Azucena era una chica muy sensible prefería jactarse de femme fatale, entiéndase: de puta imposible. Y Miguel, muy apropiadamente, era efectivamente una puta imposible. En esta coincidencia yacía el secreto de su amistad incondicional, glamorosa, intermitente, jodida, ocasionalmente tierna, al cabo perfecta y envidiable.

Azucena no va a poder venir, se quedó en el estudio me dijo.

Mirar a Miguel me daba cierta paz, cierta lujuria exánime, aquella lujuria que no propulsa ni ocasiona rubores o erecciones sino que reposa, incita al reposo, no coacciona a lo animal, sólo permite intuir su posibilidad o un atisbo de ella lo suficientemente pequeño como para negarla, y que por tanto es una lujuria fácil de llevar, una lujuria acaso moral, colonial, una lujuria secreta de verano y balneario apacible durante la cual se puede tomar un café caliente o escribir un libro extremadamente prudente sobre política económica o tener una familia contenta en la Lima de 1963, recién elegido Belaúnde, con hijos modosos y una esposa poco puta, así como mi madre. Mirar a Miguel me decía que yo estaba tranquilo y era hombre, que este café, negro como un espejo, estaba justamente amargo, bien a pesar de que no hubiera venido Azucena, a pesar de que en vez de ella (junto con la posibilidad difícil pero seductora de desvestirla) sólo viniera un amigo de ella, incluso cuando muy probablemente lo que él quería no era precisamente ayudarme a desvestirla, en cambio desvestirme a mí. Quiero decir que mirar a Miguel en los ojos, todavía con el gigantesco desaliento que me causaba, me permitía pensar con cabalidad, dilapidar cánones, me permitía dilucidar lo estricto de lo estrecho, lo amplio de lo dilatado, hacer deslindes entre política y pasión, casi discurrir como un conquistador por el espacio sonoro, acústico del café. Pero aún así, a pesar de este sosiego en el que Miguel me inducía, y muy a pesar de no estar pasándola nada mal con él, no entendía el cometido de todo. ¿Qué mierda estábamos haciendo los dos solos aquí?

10 minutos después decidimos pagar la cuenta y nos paramos. Él tomo la puerta metálica para que yo pudiera pasar a la calle primero y el viento entró rugiendo mientras cruzaba el umbral. Se me revolvieron los pelos. Me sentí de pronto una dama, perfecta y coqueta. Y no puedo decir que me disgustó sentirme una dama. En cualquier caso era mucho mejor ser una dama con los pelos revueltos que ser lo que era la mayoría de las noches como esta. Salimos y caminamos rápidamente por la vereda mientras él hacía chistes y yo miraba los árboles, los verdes árboles de la noche y el tiempo que vivíamos, árboles fantoches que debían estar riéndose al mirarme pasar: una dama excelentísima, walking around. Yo los escuchaba poco, también escuchaba poco a Miguel. No pensaba en lo que me decía, en cambio miraba derecho: pensaba en la calzada gris rata, rajada por las raíces de los árboles fantoches, pensaba en los autos que pasaban, en la tragedia humeante que era nuestro parque automotor. Pensaba en todo el futuro, abriéndose como una red endemoniada, como la raíz de un árbol fuera del control de todos, de mí, de Azucena y de cualquier Presidente de los Estados Unidos de América. Pensaba en todo el pasado al mismo tiempo, duro y salomónico e incapaz de perdonarme. Y así yo iba ido y él siguió hablando y yo seguí junto a él, siempre completamente ido pero sorteando a los vendedores ambulantes y a los niños que nos pedían propinas con genial pericia, con la gracia generosa y apocopada que quiero sospecharle, hoy tan lejos y con referencias históricas seguramente tan sesgadas, a María Antonieta. Lo que es decir que en ese momento yo fui exacta y perfectamente María Antonieta, y que él fue mi Marlon Brando, que cruzamos raudamente la avenida sobre la que estaba el café, iluminados por las lámparas de los restaurantes (uno suizo, uno israelí, uno italiano, uno chino) mientras brillábamos y sonreíamos y cuando acaso algún taxista de moral moderna envidió nuestro amor flagrante. Del otro lado, al llegar a la esquina, tomamos una calle transversal y caminamos en dirección al sur entre los casinos. Seguimos así alrededor de 30 minutos. Mientras la avenida se volvía cada vez más oscura, se velaba cubierta por edificios angostísimos y toldos rectangulares que penetraban la avenida desde terrazas repletas de recipientes y helechos. Llegamos a una plazoleta inclinada. Después de cruzarla, esquivando el monumento a Bolívar que se apostaba al centro como si fuera un pequeño campo minado, tomamos un pasaje que descendía hacia el acantilado. Estaba bordeado por casas distintamente construidas. Desde fachadas afrancesadas hasta pulcras fachadas mínimas, había una diversidad tal que parecía un catálogo estrambótico de la arquitectura europea del siglo XX. El pasaje desembocaba finalmente en el malecón. Entonces tomamos el malecón otra vez hacia el sur y al cabo de un rato alcanzamos una pequeña redondela. Tras dar un tercio de giro, en diagonal hacia abajo y hacia el acantilado, bajamos por un camino empedrado que se ahondaba después de unos segundos en una quebrada muy angosta. Bajo un puente de caña seguimos el camino hasta que alcanzamos un descanso rodeado por los acantilados. Frente a los ojos, el mar se exponía como una garganta exhalando salmuera sobre nosotros. Era el límite de la ciudad. Allí me senté sobre un poyo de cemento.

Él se despabiló con una risa distendida, rápidamente abrió su mochila, sacó un aparato desproporcionado y telescópico. Para la primera foto se detuvo a 15 metros de mí, mirándome con ojos profesionales. ¡Flash! Yo quise sonreír como la hermosa Farah Fawcett en ropa de baño (mucho antes de su enfermedad). En la segunda foto se puso en cuclillas a 8 metros de mí. ¡Flash! Yo quise sonreír como Farah Fawcett en un vestido de gala (durante su enfermedad). En la tercera, cuarta y hasta la décima foto, Miguel hizo un giro amplio, trazó medio círculo, trasuntó un hemisferio, lo giró desde la imagen frontal de mis ojos hasta el perfil muy próximo de mi quijada incrédula. ¡Flash! Berlusconi en una pool party, cien mujeres calatas rodeándolo y cámaras de televisión. ¡Flash! Bob Marley, reducido y alegre, fumando un porro en un espacio extrañamente oscuro. ¡Flash! Megan Fox desvistiendo a la humanidad entera con los ojos. ¡Flash! Philip Roth dando una conferencia, hablando barbaridades de la literatura sudamericana. ¡Flash! Steven Spielberg, pelucón, muerto en una esquina de Munich. ¡Flash! La Kirchner cruzada de piernas, mira el cielo, se abanica y habla maravillas del futuro. ¡Flash! Yo mismo, durmiendo una siesta en un piso en Barcelona.

No puedo decir que entendía lo que sucedía mientras Miguel hacía de las suyas. No puedo aseverar tampoco que él lo hiciera, pues trastabillaba mientras avanzaba hacia mí, murmuraba indiscutibles incoherencias y parecía volver a transpirar. No puedo aseverar que entonces me sentí cómodo, incómodo, comprendido, sucinto, expatriado, circunscrito, desparramado, ambivalente o tenaz. No puedo aseverar qué demonios trajo a mí esa vorágine que sentí, ese agujero negro y megalómano que enzarzó mi ánimo y que me permitió, por 45 o 60 segundos de gloria celeste, volverme la versión masculina de Kate Moss. No puedo aseverar absolutamente nada. Quizás puedo sugerir que pensaba en la conversación que habíamos tenido, en sus inflexiones frívolas y en las gracias que me había causado la estupidez indescifrable y consistente de Miguel. Quizás puedo aceptar que Miguel había logrado confundirme, que había sacado la diva de mi corazón y que yo, en ese precioso instante, lo admiraba por eso.

Tras la décima foto Miguel se había sentado a mi lado. Se acercó mucho y en ese momento lo interrumpí, detuve su mano que se aproximaba asiéndola con la mía que temblaba, un poco nerviosa. Le dije Miguel, me gustan las chicas. Entonces lo solté y me eché hacia atrás, levantando las piernas sobre el poyo, junto a mis muslos, de tal modo que formaran un escudo contra él. Él se estiró, volvió a alcanzar mi mano y puso en ella la cámara de fotos. Sonso me dijo. Se río: sólo vamos a tomar unas fotos.

Una fotografía lustrosa del puente de los baños. Una fotografía de un anciano que cruza el puente y lleva una gorra de caña. Tiene el mostacho azabache y descomunal. Una fotografía de los restaurantes en lo alto del acantilado, iluminados y radiantes: fucsias, capulíes, verdes, azulinos. Una fotografía del ángulo agudo de las lozas del muro chato que separa el camino del acantilado, extendidas hasta el quiebre del camino. Un tobogán de piedra. Una fotografía de las pálidas nubes contra el éter azul, como leche diluida derramada sobre un hielo profundo. Una fotografía del mar: una fotografía de un útero plástico fecundado con pequeñas semillas de jebe y miles o millones de imaginaciones. Una fotografía de dos amantes que caminan, se separan miles de centímetros, vuelven a caminar juntos y cruzan la pista. Una fotografía de un camión ciertamente misterioso que lleva redes de pescar. Infringe 30 reglas de tránsito. Una fotografía de las pequeñas tiendas de los pescadores clausuradas por la SUNAT. Una fotografía de la playa, de la luz de la ciudad plateándola por la espalda, confundiéndola, sugiriendo que el hombre pequeño que la cruza no es un simple y miserable hombre descalzo. Es Neil Armstrong, un poco encorvado. Una fotografía magnífica de la urdimbre de una estera. Una fotografía obscura, apenas discernible en ella la forma de las sombras: la espuma, un espigón, el reflejo líquido del rompiente. Una fotografía desenfocada de la noche. Una fotografía del sueño mismo, aparecido, personificado en una mujer idéntica a Liv Tyler y vestida de blanco que viene hacia nosotros caminando desde el mar, gritando palabras ininteligibles. Habla el idioma ancestral de las sirenas. Una sencilla pero franca fotografía del abismo.

Tengo que escapar de aquí. La buena vida me está persiguiendo sigilosamente. Como una puta en una incursión urbana altamente remunerada, busca pagarme todo lo que mi papá y mis genes y mi educación y mis amigos le han indicado que me debe. Pero yo no le quise pedir nada. ¡Lo juro! Yo sólo soy un moroso (yo sólo tengo el corazón moroso).

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Alrededor mío está el bosque. Por el bosque ando, corro, me escapo; ella repta detrás de mí. El bosque es muy largo, muy ancho y magnífico, perverso, esférico y amplio, muy hermoso: contiene tulipanes, catedrales francesas, viajes a Buenos Aires, mujeres hermosas de pelos oscuros, un Ipod Nano negro, culturas orientales, toda la bibliografía sobre el Comte de Lautréamont, incómodos métodos anticonceptivos, miles de ejemplares del Harvard Business Review, 8 o 15 religiones, la televisión digital, incluso el futuro de la industria discográfica. A través de todos estos elementos yo viajo y la buena vida me persigue. Y la buena vida es mucho más cruel que la INTERPOL, mucho más metódica que la SUNAT. Me quiere hacer rico a toda costa, gerente general, hombre fresco de ternos brillantes y un cutis siempre mate. Pero yo no tengo aquella labia de los dioses, ya lo dije: yo tengo el corazón moroso. Ella me quiere proveer de hijos bronceados y robustos, totalmente felices y ampliamente desprovistos de sueños. Y por esto la buena vida me persigue día a día, a través del bosque incomparable y hasta todos sus lindes intergalácticos. Me quiere devorar los ojos, mis tristes oráculos; las manos. La buena vida me quiere alimentar con nueces de Macadamia y foie gras –con nada más–, me quiere entregar un séquito de nietos folladores y brillantes, nietos que follarán con niñas hermosas como aquellas con las que yo nunca follé, que muy sensatos conocerán el coitus interruptus y eyacularán sobre sus vientres mientras ellas sonríen complacidas, todavía sin haber sacado el DNI.

En resumen, la buena vida me quiere volver un hombre respetable.

Ciertas noches la buena vida me mira mientras duermo, me investiga: me tienta a soñar sueños de castillos templados y acentuada moralidad, ¡nunca me subyuga! Me quiere presentar al amor de mi vida, una chica no tan hermosa, muy gentil, estable, dadivosa, propensa a ser querida por mi mamá y a entrometerse en causas políticamente correctas. Y entonces yo tengo que escapar de aquella chica, maltratarla, tengo que decirle a mi mamá que no hay ya mujeres en el mundo para amar, que sí me gustan pero que todas son una puta mierda, que no son como yo, que quieren ser felices de aquella forma buena y moderada, conspicua, prudente, económico-filosófica, no de aquella forma gigantesca e imprudente e incorrecta como yo quiero ser feliz, entre sexo y burda maravilla y sonrisas y opiniones hondas fabuladas a cada instante y viajes a puertos asoleados y besos fríos con sabor a Bourbon y fotografías y abundante desparpajo. Y en ocasiones sucede que la buena vida me escucha hablar con mi mamá de esto por la noche, escondida detrás de las cortinas, bajo la negra lámpara dicroica. Inmediatamente diseña un método maldito: me ofrece trabajo en Procter & Gamble. Entonces yo tengo que escapar de todo, huir y olvidar la posibilidad de trabajar tan cerca de mi casa y a una distancia sin tráfico, tengo que cagar la entrevista, volverme un espía delirante, un asesino de respuestas entusiastas. Tengo que adoptar yugos banales, emborracharme y difamar la industria de los pañales. Tengo que tirar ACE a las alcantarillas y mear en las bateas anaranjadas.

Luego, no sé cómo ser. Pero tengo que ser: tengo que hacer. Debo despilfarrar mi esencia por el mundo, en 3 o a lo menos en 2 continentes. Debo reproducirme, que es otra cosa todavía más osada. Debo viajar, fuera, muy lejos. Debo convertirme en Sherlock Holmes, London, circa eighteen ninety-two. Debo ser un Mesías retrofuturista forrado en una campera Kosiuko de nylon. Debo acumular el amor de todos los hombres y mujeres que existen a lo largo del bosque. Debo engordar con chocolate. Debo ser mesero y reflejar mi mirada en los cafés. Debo follar con chicas en azoteas. Debo mirar las noches en otro hemisferio. Debo estudiar fotografía celeste. Debo escribir una novela porno o demencial, porno y demencial. Debo enamorarme una vez más, todavía.

¿Pues qué más queda pedirle a este bosque, entre los árboles de troncos renegridos, cualquier noche?

Son la 1 de la tarde y me he despertado sumido en la pura mierda: incapaz de dormir, incapaz de masturbarme e incapaz de soñar (que no es lo mismo que dormir). No puedo moverme -no quiero moverme- y, para ser sinceros, podría también omitir existir, en un sentido muy silvestre, como lo diría alguien que está siendo obligado a ver Candy.

Algunas veces nos propulsa la parálisis. Hoy por hoy, estoy detenido. pero detenido estoy moviéndome y soy capaz al mismo tiempo de caminar, quizás incluso de pensar. Pensando -creyendo que pienso- me he parado de mi cama y he ido hacia la sala. He ido hasta mi padre, interrumpido el almuerzo familiar, lo he mirado, le he dicho papá, no quiero ser nunca como tú. Le he dicho que quiero ser un coquero, que quiero ser libre, que quiero ser actor porno, que sólo quiero hacer el amor horas de horas cada noche y que eso se contrapone totalmente a ser como él.

Mi papá me ha dicho algo, pero ya no lo he podido oír. Parado en la sala, con mucho frío y oliendo a cigarros, entonces solamente puedo pensar que quiero ser un coquero, que quiero ser libre, que quiero ser actor porno, que sólo quiero hacer el amor horas de horas cada noche y que eso se contrapone totalmente a ser quien soy.

Entonces yo lo interrumpo.

Wer, wenn ich schriee, hörte mich denn aus der Engel
Ordnungen?

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En el siglo sexto de nuestra Fe Mariano hubiera opacado con su verbo a San Agustín y los mismos masones que irguieron la catedral de Canterbury, permitiéndose un exceso acaso idólatra, hubieran vuelto a levantar, esta vez sobre las nieblas del Canal de la Mancha, el Coloso de Rodas. Hubieran hecho sólo una alteración: al calcar los bocetos originales de Cares hubieran sustituido en ellos las facciones latinas de Mariano. Bajo su mando la Santa Inquisición hubiera sido una organización benévola, el paradigma de la justicia y la misericordia. Predicador apocopado, sincero y modesto, Mariano hubiera dirigido una búsqueda prudente y no por eso menos aguda, aquella que permitiera señalar la verdadera inmundicia, separando el trigo de la abundante cizaña sin caer en las voluptuosas tentaciones de la persecución y la tortura.

Sin embargo la casualidad colocó a Mariano en nuestro tiempo y en la inmensa ciudad de Lima. Condenado a luchas mucho más pequeñas, no se entrega a la desidia: todavía cada madrugada recorre la calle colmada de tiniebla, iluminándonos: dedicado a una cultura casi ascética del cuerpo, de la perfección de la carne, de la paz del espíritu. Cierta madrugada lo conocí y no he sido el mismo otra vez. Hoy acepto esa condena y no reniego de todas mis nuevas ceremonias, querellas y pasiones.

Yo corría por la ciclovía de la Avenida Arequipa, hacía deporte una mañana muy temprano. Trotaba cándido, confundido, como siempre lo hacía. Rebotaba sobre las zapatillas que acababa de comprar la noche anterior y me sentía lánguido, triste esa mañana bajo una fina llovizna y toda la nebulosa oscuridad limeña, húmeda y penetrante, esa tenebrosidad lóbrega que ya hemos aprendido a querer los habitantes de esta ciudad, o quizás sea sólo que la hemos aprendido soportar. Llevaba unos 20 minutos corriendo cuando aún no amanecía, pensaba en cientos de cosas a la vez: cientos o miles y millones de dudas, pesadas dubitaciones me aquejaban. Viajaba solo por la calle fría. No había gente en la calle, tardé en notarlo. De pronto lo noté: no había nadie más en la calle que yo. Hacia delante, la avenida era larguísima y estaba totalmente vacía. Se volvía cada vez más angosta, más oscura y finalmente ya no se distinguían las formas. Entre las sombras, todo se volvía negrura. Pero aquella negrura no era total, pues podía ser vista. La obscuridad total estaba matizada por un leve brillo que trazaba perfiles y descubría tonos de un gris oscurísimo, pero al cabo perceptible. ¿De dónde podía venir ese brillo insólito?

Buscándolo, miré hacia todas partes. Por último, miré hacia atrás. A lo lejos, lejísimos, pude distinguir la imagen casi imperceptible de un carro, de un gigantesco carruaje fulgoroso. Entonces cambié de rumbo y corrí hacia él, azuzado por aquella luz maravillosa. Corrí primero con mesura, procurando ocultar mi entusiasmo, pero al rato ya corría desconsoladamente por toda la avenida. Corría y descansaba por ratos, hacía zigzags ebrios por la calzada, caminaba un momento, volvía a correr hasta que no podía más y debía detenerme. Un ímpetu incierto me colmaba. Estaba abatido, pero alzaba la mirada, reconocía la imagen del carro y volvía a empezar. Corría cientos de millas y caía y corría cientos más. El sol se erguía ya anguloso sobre el asfalto, me cegaba: infundía a la silueta enorme del carro cada vez más grande con un aura centellante, roja y al mismo tiempo azul: fucsia, fría, enardecida como una hoguera que está consumiendo una ciudad entera.

Mas de pronto toda esa furia pareció atenuarse, de pronto todo a mi alrededor se esclareció. El sol no me cegó más, parecía haber desaparecido y yo sentía haber entrado a un espacio perfectamente silencioso, sentí que había penetrado a otro plano donde no habitaba nadie más y no sucedía nada más y la ciudad no estaba más: donde sólo existía el carro majestuoso, yo y la calzada, todo envuelto por una luz blanquecina y total. Esta luz nos envolvía y nos saturaba como un líquido pleno, cubriendo todo de contento. Todo parecía la más hermosa fantasmagoría. Aún caminé unos pocos últimos pasos y caí al suelo aparatosamente, fulminado por la belleza del apoteósico carro. Fue entonces que me desvanecí.

Al despertar, todavía en el suelo, vi la figura de un compacto, magro, terso, breve hombre en ropa Nike de cuyas facciones emanaba un trémulo aire de dádiva o congoja. El carro estaba ya muy cerca. Inclinado hacia delante, el hombre utilizaba dos negras correas de cuero que se asían al extremo delantero del vehiculo, lo jalaba. Parecía estar haciendo un esfuerzo imposible y el carro se movía muy lentamente. Estaba hecho de un metal brillante (deduje así el motivo del fulgor) y consistía básicamente de una plataforma maciza que descansaba sobre cientos de ejes, miles de ejes, cada uno con 18 ruedas. Sobre la plataforma había miles de enanos. Los enanos cantaban, conformaban un coro gigantesco; se peleaban, se envolvían en grescas graciosas; otros dormían, otros comían y bebían y algunos incluso meaban por los lados del carro.

La escena, casi no es necesario añadirlo, estaba imbuida de un aliento terrible, apabullante. Cualquiera hubiera muerto del susto. El hombre, lo supe después, era Mariano.

Viéndome caído –reconociéndome derrotado–, Mariano acopió toda su misericordia y detuvo el avance. Cedió la tensión en las gigantescas correas; como con un esfuerzo descomunal el carro prosiguió escasos centímetros y también se detuvo, con el crujido espantoso de su esrtructura y la sorpresa de los pequeños cantores que empezaron a proferir quejas proporcionalmente pequeñas las cuales Mariano culminó en seco con un movimiento sutil y tangente de la mano derecha. Me miró, envuelto en rayos de tristísima luz, me miró con sus ojos brujos y luego miró al horizonte, a un horizonte demasiado lejano que entonces creí comprendía todo el Perú o quizás toda la Tierra, pero que ahora sé comprende a todos los universos, incluso a aquellos donde no se pronuncia bien el castellano. Súbitamente habló, con aquella voz gruesa y comandante que antes sólo le habíamos escuchado, todavía niños, a Charlton Heston en la Semana Santa.

Hermano, dejad que los niños suban a mi carruaje… con más resistencia crecerán más rápidamente mis bíceps femorales.

Sorprendido, no supe qué hacer. Inmovilizado, quise creer que aquello no podía ser verdad, que tan descomunal realidad tenía que ser ficticia. Un instante después, con una mueca comparable a aquella mueca que pone el gran hombre ante el verdadero mal gusto en las formas de otro, Mariano añadió:

¡Aj… pero no los gorditos a!

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Hay que dormir en todos los lugares posibles. Hay que dormir en sofás de tres cuerpos, en armarios, en plazas asoleadas, en calzadas ensuciadas de países que visitemos. Hay que dormir en escaleras de laja, en descansos de escaleras de madera, en piscinas de mayólicas azules, en verdes pastizales rectangulares. Hay que dormir en camas de hombres y en camas de mujeres. Hay que dormir en camas que huelan bien. Hay que dormir con frío. Hay que dormir con alguien que no conocemos. Hay que dormir a la intemperie. Hay que dormir bajo higueras y muy cerca de drenajes habitados por mujeres pequeñitas, hálitos de ángel: encarnaciones de demonios viejos hechas action figures a la moda. Hay que soñar.

Es necesario perseguir la belleza a toda costa.

Hay que brillar en la oscuridad. Hay que ser totalmente otro, muchos, no solamente uno, pues no es suficiente ser solamente uno para este mundo tan hambriento y ninfómano y estridente y clerical. Hay que esconder toda la verdad. Hay que mentir: a todas las mujeres, a tus amigos del trabajo, a tu mamá. Hay que posar. Hay que crear una imagen, un sospechoso personaje redondo pero falso, una caricatura clara y luminosa u opaca y oscura y vaga y ominosa que viaje por el mundo globalizado como Francis Drake coqueado por los océanos gigantescos, por una ciudad perfectamente plana que antes pensamos era nuestra maravillosa vida y que en verdad no lo era, sino que sólo era un estropajo llano, una paradójica ruma plana de trastes de historias de corazones de sueños y otras imaginaciones.

Es necesario ver muchísimos videos de David Bowie.

Hay que odiar a todos, indiscriminadamente. Hay que abrazarlos después. Hay que destruir todo lo que somos. Hay que construir todo lo que queremos ser. Hay que odiar todo lo que fuimos: hay que odiar todo lo que seremos. Hay que señalar los errores ajenos. Hay que mirar al enemigo con desprecio. Hay que amar la conquista por si misma. Hay que imaginar que cada hora de tu vida es parte de un prolongado y casi eterno campeonato de Risk donde el árbitro es una contorsionista belga o austriaca, todavía mejor si es ucraniana, una contorsionista que seguirá tus pervertidas órdenes siempre y cuando la proveas de la suficiente cantidad de billetes de 100 dólares. Hay que encubrir el meollo de ese asunto. Hay que averiguar donde imprimen billetes de 100 dólares.

Es necesario que viajes solamente.

Hay que esperar el brusco momento del encuentro con el fin, que no está lejos. Mientras tanto, hay que reírse de los débiles y procurar juntarse con los fuertes. Hay que golpear a los fuertes por la espalda una mañana, una tarde, una noche o madrugada cuando se descuiden endulzados por nuestras maliciosas sonrisas de azafata de avión francés. Hay que asumir el riesgo de que luego de ese primer golpe no logremos acabar con aquel fuerte, pues quizás entrene jiu-jitsu o sea indestructible, y hay que saber que quizás él decida en represalia golpearnos. Hay que amar ese riesgo como si fuera una copa congelada de helado de vainilla con fudge. Hay que entender que los fuertes pueden matarnos con las manos, sin necesidad de armas y especialmente sin necesidad de decir palabra alguna. Hay que perder el miedo de la muerte. Hay que creerse efectivamente Genghis Khan cabalgando por la estepa. Hay que imaginar a la muerte como una señora similar a Grace Kelly, pero muy puta y dispuesta a felarnos a espaldas de Rainiero.

Es necesario hacer deporte por la madrugada.

Hay que engañar a los adultos. Hay que mentirle sistemáticamente a todo adulto que se nos acerque. En cambio, hay que ser absurdamente sincero con los niños. Hay que mirarlos a los ojos –hay que saber que en esos ojos estrambóticos vive un futuro demonio de fuego y dinero y sexo y vida y alucinante salvación– y hay que restregarles el mundo por los ojos. Hay que exprimirles un wetex empapado de mundo gota a gota dentro de los ojos, como quien cura un enfermo de conjuntivitis. Hay que procurar cegarlos para siempre. Hay que herirlos. Hay que dañarles el alma y el ánimo. Hay que saber que sólo concretando aquel deslinde entre la realidad y sus deseos podrán salvarse de esta soñada vanidad.

Es necesario saber de política económica.

Hay que decirle a todas las chicas que las amas, indiscriminadamente. Hay que amar, indiscriminadamente. Hay que ser un huevón. Hay que ser agresivo, soez, parlanchín, generoso, burlón, cariñoso. Hay que medir grosores de labios y espesores de narices. Hay que ser hermoso, imbécil, galán, injurioso. Hay que besar multitudes de lunares. Hay que ser irracional, violento, cautivante. Hay que mirar directamente a todos los ojos que nos miren. Hay que ser mágico, múltiple, matón. Hay que negar la posibilidad del fin de cualquier instante. Hay que ser perfecto, parcial, radiante. Hay que evitar un llanto.

Es necesario hacer el amor.




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