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Lo primero que hice fue colocar una bandera… miento, eso sucedió un poco después. En realidad lo primero que hice después de bajar del avión fue tomar un tren, luego tomar el metro, después andar por una calle fría y diagonal, iluminada por faroles metálicos, transitada con mucho orden por autos, hombres en bicicletas y mujeres a pie, subir a un primer piso colmado de una humareda que emanaba de sendos porros, luego bajar del primer piso, caminar hasta la esquina al bar de un chino muy educado, beber 3 cervezas catalanas medianas y una clara, luego subir al mismo primer piso, beber 2 cervezas más, esta vez holandesas y pequeñas, después dormir acurrucado en un sofá plegable, sólo entonces colocar la bandera. Es decir que lo undécimo que hice fue colocar una bandera en Barcelona. Y esa bandera se concretó en la forma de un colchón.

He clavado mi primera bandera en el suelo de esta ciudad. He hundido el asta de mi bandera en el suelo catalán, donde pretendo establecerme. He hundido mi bandera y de tal modo he puesto el primer pie en esta tierra, el primero de los dos pies de los que dispongo aún y que no sé todavía precisamente con qué timing se volverán a juntar en un solo lugar. Quizás eso no suceda jamás otra vez. Quizás estoy destinado, fui hecho para nunca sentirme en casa, como definitivamente no me siento ahora en casa, demasiado frío, y como nunca me he sentido en cualquier ocasión antes en casa. Nunca, con nadie, en ninguna situación. Tengo hoy un pie todavía en Lima y acaso, de hecho ocurre que a veces lo siento así, ese pie jamás se despegue de su ubicación actual, fijo a ciertos lugares comunes a los que constantemente vuelvo y que me halan como si fuera pequeñas cuevas húmedas y dulces y con un talento social para la canción poco afectada.

Quiero decir que me levanté la primera mañana tras mi primera noche en Barcelona y fui a Ikea y me compré un colchón de espuma. Poco después supe que lo quería, le cambié el género y le puse Montserrat. La quería, de pronto lo supe. Era mi primera posesión española y la había elegido por eso con minuciosidad. Había paseado horas por la tienda, luminosa y musical como un casino, hubo algo en ella que me atrajo. No fueron los atributos que pudiera tener –pues no era la mejor– ni su precio –que no era tampoco el mejor– los que me sedujeron. Fue algo más, inmaterial, propio de ella y no ubicable en sus 10 cm de espesor compresible. De hecho si entro a la página web de Ikea, ellos no me recomiendan a Montserrat. Por supuesto, ellos recomiendan colchones mucho más caros que Montserrat. Montserrat sólo cuesta 55 euros, cuando ellos no recomiendan nada bajo los 129. Curioso, no me sentiría a gusto con uno así. En mi condición de excursionista y colocador improvisado de banderas, creo ser solamente digno de Montserrat y de su espuma que Ikea, calculo como menos logrando un margen de 100%, precia en 55 sencillos euros.

Comiendo en un japonés le he contado a Daniel y a Dunja y a Sandra que Montserrat se llamaba así, que había reconocido en ella una identidad persistente y femenina y que la había tenido que bautizar, tal como, por ejemplo, tuve que bautizar mi Bacinica como Robin. Me han escuchado y hemos seguido comiendo. Luego, esa misma noche he sabido que Montserrat es mi primera bandera. Después de encender la luz de mi estrecha habitación, la he reconocido, ondeando en la atmósfera quieta, flagrante como un grito. Apostada fuera de mi hogar, es mi primera señal de auxilio. Montserrat es la primera señal de mi partida, el anuncio de todo lo que debo hacer de ahora en adelante. Es la primera manifestación de que me cago en diversas cosas, la declaración abierta de la guerra silenciosa que se ha ido cociendo bajo tierra, el momento justo en una fiesta antes de que se saque la primera botella de vino.

Escribo ahora mismo sentado en mi primera bandera. Mi primera bandera es sueca y está hecha de espuma. Ahora mismo ondea en una habitación muy oscura, iluminada sólo por la pantalla de la computadora. Fuera llueve, nieva, alternativamente cualquiera de ambos. Totalmente solo, escribo y escribo y escribo sandeces mientras cojo mi bandera del asta, la blando en la oscuridad como si fuera una metralleta.

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Quizás el haber perdido toda esperanza de obtener lo que quiero, cada vez, me haya entregado una libertad que no se pueda conmensurar. Dado que cada vez he perdido todo lo que quise alcanzar, ocurre que me he sentido inmensamente libre. Cada vez todo se ha desecho ante mis ojos en una cadena maldita de eventos, quiero decir en una concatenación maldita de inmundos y muy improbables eventos que dejan mucho a dudar el rol supuestamente preponderante del azar y conjugado a él el rol tácitamente justiciero del libre albedrío en la historia aparatosa que es cualquier vida. Cada vez he ponderado minuciosamente cuánto dependió de mí y cuánto no, he creído ser impreciso en esos cálculos, traicionado por la memoria, me he sentido incapaz de completarlos satisfactoriamente, no he renunciado aún así a esa laxitud muy común de asumir que todo estuvo y estará siempre fuera de mi control, lo he ponderado todo otra vez, he querido aprender de mis errores, quizás no lo he logrado, he luchado por ello en vano, no por eso me he rendido definitivamente y ciertamente los volveré a cometer.

Quizás sí he aprendido, dudando, divagando, que esta libertad que me ha sido entregada, profundísima y extensísima, no es la libertad sustanciosa y fraternal que nos pregonan los sistemas políticos y económicos, cualquier fe religiosa, los cánones artísticos. Incluso, he cavilado que quizás no sea lo que en efecto queremos evocar cuando decimos libertad sino sólo una institución insana y enajenada, pero muy semejante a la libertad. En ninguna sentido esta supuesta libertad –cuya identidad ahora pongo en duda– me ha dado cualquier vez un aliento de esperanza, sentido de pertenencia, fraternidad o igualdad, trozo de prosperidad, sugestión de control sobre mi vida propia, plenitud o limpidez de conciencia, promesa de amor, nitidez de espíritu, forma semejante a goce estético, sensación próxima a logro expresivo o potencia creativa o sencillo placer.

Quizás esta libertad distinta es al mismo tiempo –al mismo tiempo que una especie de institución malsana y maligna y meticulosa, todavía así semejante a la libertad ortodoxa– el elemento más vacío, desasosegante y violento que habría de encontrar en toda mi vida. Esta libertad no tiene correspondencia. Es vasta, pero repercute tras sus gritos desmesurados un silencio solo y apabullante, largo como un planeta azul y sin luz eléctrica, largo como un sino azul, sin vino tinto y sin mujeres pequeñas. Esta libertad no es capaz de correspondencia alguna. Y quizás por esto he llegado ha sentir que no puedo soportarla más: quizás no puedo aguantar más el yugo obeso y exagerado y callado de mi propia libertad estéril, combinación incontrolable de conciencia moral, dolor, inquietud estética y fragor sexual, todos en sus sentidos más amplios incidiendo al mismo tiempo en mi pensamiento, en mi pecho y en mis labios.

Todavía así, sentado en este avión camino a Barcelona, me acepto completamente ante ella. Soy yo ante mi libertad inmensa, vasta, vacía, folladora de almas y de mujeres pequeñas. Mi libertad estéril es mía y de nadie más. Del mismo modo soy yo para ella. Por eso nuestra relación es íntima, no es extraño que la vea desnuda, hubieron incluso ocasiones en que yo estaba cagando y ella no dudó en entrar al cuarto de baño y lavarse los dientes mientras yo aún cagaba y luego afeitarse las piernas mientras yo gozaba del cálido bidet. Esta bonita vida de pareja repercute hoy en mí. ¿Quién puedo ser si mi libertad me dice que ser cualquiera es lo mismo que nada? ¿Qué ley debo seguir respetando si mi libertad me dice, después de besarme, que respetar toda ley es lo mismo que nada? ¿Qué plan debo imponer en mi vida si mi libertad me susurra anarquía al oído, me dice que imponer cualquier plan sobre ella es lo mismo que nada? ¿A quién puedo estimar si siento que estimar a cualquiera que no sea mi libertad es lo mismo que nada? ¿Qué puedo desear aún, aún hoy cuando creo que desear cualquier cosa me alejaría de ella?

Quizás, a falta de pulsiones íntimas o causas propias que realmente valga defender, estaría dispuesto a luchar y también arriesgar mi vida por cualquier causa ajena a mí, la más ajena de todas si ese fuera el caso, si la idea estuviera buena. Me haría miembro de Green Peace para salvar las focas en el Mar del Norte. Me uniría a Un techo para mi país y me iría a Haití a construir cubos de triplay. Iría a dar un golpe de estado a Venezuela, armado hasta los huevos. Pelearía en Italia del lado del Eje, Carabinieri, muy guapo. Defendería, en el Japón del Tokugawa Yoshinobu, la eternidad del Shogunato.

Pongamos ahora que aquel señor en el asiento 33D, cruzando el pasillo a mi derecha, con el mostacho y las gafas de carey, aquel que hurga su mochila y tiene cara de bandido y de dogmático, pongamos que aquello en su mochila sea una bomba. No discutamos extensamente el método por el cual la hizo ingresar. Tampoco su índole (por ejemplo, si es un bomba concreta, correspondiente a una causa social, o si es una bomba conceptual, acaso capaz de liberar un gas narcótico en la cantidad adecuada para colmar la cabina y drogarnos a todos, ciertamente un happening). Pongamos sencillamente que su plan sea explotarnos, en cualquier sentido: vaporizarnos en cualquier sentido como una luciérnaga cuyas tripas se han llenado con nitroglicerina y que luego enciende su culo instintivamente buscando la atención de las otras luciérnagas. Pongamos que yo lo he notado y que si el continúa y yo no lo evito –o peor aún, si lo ayudo– todos en este vuelo podríamos morir, alternativamente acabar severamente drogados, tomar este avión, quizás armar una fiesta en este avión, irnos por culo. Pongamos que si ese fuera el caso, he considerado que le daría esa mano.

Les dije a mis amigos que existía un lugar seguro. Los interrumpí y se los juré. Estábamos reunidos, todos sentados alrededor de una mesa redonda viéndonos las caras como si fuésemos estatuillas desnudas que se auscultaban unas a otras. Lo dije y entonces se callaron y me miraron como si fuese un cojudo, cosa que no me sorprendió dado que ya había tenido otras señales a lo largo de esa misma noche de que opinaran aquello, cosa que tampoco resentí tomando en cuenta la coyuntura, contenta y lubricada, en la que yo introducía un enunciado que no era sólo un enunciado sino que también algo seco y ancho y poco propenso a fluir a lo largo de cualquier tipo de tracto elongado, algo como una roca atascada en una manguera. Lo supe así, áun así lo dije, así cuando lo dije era de noche, departíamos contentos y de pronto yo había creído entrever, emborrachado por el vino, una estancia paradisiaca donde un manantial enorme y en forma de vientre derramaba un líquido escarlata sobre bowls hechos de chocolate obscuro y donde, a gusto de cada uno, además ese líquido escarlata sabía tranformarse en cualquier otro líquido, fuera ideal o concreto, y ese chocolate transmutarse en cualquier otro sólido. Lo había entendido así y me había sonreído con esta visión.

Inmediatamente José me habló de mujeres. Yo le respondí que habían muchísimas mujeres en ese lugar, miles de mujeres de todos los tamaños, altas y tetonas, chatas y sin tetas, chatas y con tetas, altas y con tres tetas… en fin, todo tipo de mujeres. El replicó que quizás no eran tantas. Yo estuve rápidamente de acuerdo. Recapacité y supe que tan solo había atisbado el lugar a través de una borrachera, y todos sabemos que una borrachera no es como una ventana: en realidad una borrachera es como el hoyo en una cerradura. Pongamos que el lugar que había atisbado fuera muy profundo, como un pasillo que empezara en la puerta sobre la que se contenía la cerradura. Entonces podría ser el caso que yo hubiera subestimado la profundidad del lugar y sólo juzgado la densidad de mujeres en función de la ilusión –carente de profundidad– que causa el corte transversal que se hace con las vista del pasillo, donde la densidad se ve exaltada por la confusión que ocasiona la falta de una visión efectivamente binocular (recordemos que cuando se ve por el ojo de una cerradura sólo se usa un ojo). Suspiré. Luego hablamos de su prima. José tenía la prima más linda del mundo. En cambio todas mis primas o eran demasiado niñas o demasiado viejas o estaban preñadas o no me gustaban. Luego hablamos de comida, de evitar los carbohidratos y después volvimos a hablar de mujeres. Finalmente hablamos de ensaladas, discutimos el fin de semana y eso fue todo.

Al rato Fátima me habló de algo duro como un diamante y similar a la mierda aunque no tan radical ni maloliente y que pululaba la tierra. Yo le respondí que existía aquello que era suave como una esponja, similar al cielo, y que aquello, si se lo podía imaginar, era abundante en ese lugar seguro. Ella frunció el ceño, no me creyó, pareció que no me quiso creer, se rió un poco. Yo pensé que me reconocía en esa cara endurecida y en su humor ácido. También sonreí.

Luciana me habló de una película en la que un hombre muy pequeño, que había nacido en un pueblo muy pequeño, crecía y viajaba una cantidad ridícula de kilómetros hasta alcanzar una ciudad extensa pero achatada, repleta de mujeres medianas y hombres muy grandes que hacían el amor selectivamente sólo con las más bellas entre las mujeres medianas. Una vez allí se hacía famoso, primero alcalde, luego presidente, finalmente fundaba una religión, una línea de ropa, ponía una fábrica de zapatos, un periódico, dos revistas, una de automovilismo y otra de diseño industrial, finalmente se casaba con una mujer mediana, la engatusaba tras ser follada y desechada por un hombre muy grande, luego ella moría asesinada por el mismo hombre muy grande que la venía a buscar y se veía humillado por su matrimonio con el hombre pequeño (pequeño aunque de gran verga), luego él se sumía en la melancolía y se iba de vacaciones eternas a una playa en Borneo. Yo la escuché embobado y cuando acabó le dije que estaba guapísima. Le gustó el piropo. Le indiqué que tenía unos pelos maravillosos. Se sonrío. Luego me habló de su papá. Me dijo que su papá cocinaba muy bien y que su hermana bailaba ballet y que un día quería vivir tranquila, lejos aunque cerca de todos ellos. Yo no comprendí por qué quería estar lejos pero cerca. Yo sólo quería estar lejos de mi familia. Ella se rió cuando le dije que no esperaba más nada que dejar de olerlos, dejar de oírlos, huir de ellos. Luego me dijo que no sea huevón, me sentí huevón y se volvió a reír.

Jaimé me habló de algo que no entendí. Con Jaime no pude comunicarme esa noche.

Carolina me dijo las cosas más bonitas. Me dijo que yo era guapo, cosa que jamás he creído y que me hizo pensar que podría estar muy confundida. Después me dijo que yo era bueno, cosa que con seguridad debía ser mentira y que seguramente me dijo porque estaba confundida y pensaba que era guapo y quería caerme bien. Me dijo que yo era gracioso, cosa que me sorprendió gratamente. Yo no pensé jamás que era gracioso, siempre pensé que era solamente ridículo, si no muy ridículo, como un pelícano. Me dijo después que yo la entendía, cosa que nunca he creído posible. No en vano y precisamente por eso la admiro: creo que lo que ella tiene va en varios sentidos más allá de lo que yo he sido o podré ser y creí así, confundido y maravillado por ella, que lo mejor que podía hacer era acercarme lo más que pudiera a todo aquello, fundirme en todo aquello –que es bello– aún nunca pretendiendo cabalmente entenderlo. Me dijo tales cosas y en concencuencia pensé que sería la primera en venir conmigo hasta ese lugar seguro, la única que no me había tomado en broma, pero al rato cambió de opinión y me dejó de decir las cosas más bonitas. Hubo un silencio y me informó que ya no podría venir conmigo. No me resentí con ella por eso. La entendí. Era bastante pedirle que viniera conmigo a ese lugar, si es que acaso se lo había pedido. Nunca supe si se lo pedí o si sencillamente ella se ofreció. El asunto es que después de definir los hechos nos sentamos 15 minutos en mi auto, fuera de su edificio. Ella se fumó un cigarro y me miró, alternativamente miró el vacío. Yo le dije que no iba a tratar de besarla y se rió. Quiero creer que quiso darme un beso, pero en cambio se bajó del auto y entró a su edicificio y no dijimos nada más.

Así fue que les dije una noche a mis amigos que existía un lugar seguro. La noche siguiente todos me traicionaron: se fueron en tropel a ese lugar mientras yo tuve que trabajar hasta tarde. Compraron una botella de sangría por cabeza y fumaron tronchos y se fueron. No me dijeron cómo se iba. Todavía no sé cómo llegar. He podido tratar de acercarme. Camino por la calle y en ocasiones paso muy cerca del pasado. Me he encontrado al pasado en el chat y el pasado me dice que él también lo ha pensado, me dice que iba por la calle y pensó que seguramente pasaría muy cerca de mí.

Ahora los espío de lejos. Así los he visto a todos, cada uno por separado. Beben el líquido X de los bowls hechos de Z y charlan como polillas que flotan en la niebla fina de la ciudad destemplada. Me pone contento verlos. Todos son en alguna medida felices. José recibe un masaje. Fátima hace muay thai. Luciana se engomina la peluca. Jaime carga extraños mientras mean. Carolina me sonríe todavía, con sus labios bonitos, con sus ojos y con sus tetas bonitas.

He perdido toda facultad de decir algo acerca de todo. Todo resultó ser imposible de describir o juzgar y dibujar y todo resultó ser mucho más grande, mucho más pequeño, quiero decir que todo resultó ser inasible, escurridizo como la superficie de un jamón rancio, al mismo tiempo inobjetable (cosa ciertamente peculiar en un elemento escurridizo), y quiero decir que por eso caí fuera de todo, muy lejos de todo caí resbalándome, regurgitado junto a lo que había querido asir y comprender, sólo un poco al costado, no muy lejos de modo que jamás hubiera sabido de aquello que era todo sino muy cerca de modo que la dislocación fuera evidente y pudiera verlo todo, aquello como un hombre indígena del desierto ve con afabilidad, más allá de la planicie árida, las montanas amoratadas tras las cuales se esconde el horizonte pálido.

Si puedes imaginar un hueso, luego podemos imaginar un esqueleto. Pues imagina un desierto (quizás el mismo desierto por el que transita el indígena, un desierto pretérito y sin embargo ocasionalmente surcado por camionetas Toyota destartaladas que transportan cocaína y las cuales manejan gordos ensuciados de barbas ralas, siempre alimentados por hamburguesas del McDonalds) donde yace un cuerpo al sol cuyas carnes ya han sido consumidas por los insectos, insectos que a su vez han sido devorados por escorpiones quienes a su vez han sido cazados por aves rapaces, aves que ya han volado muy lejos y que, cagándose en su nicho ecológico, bien pueden estar alimentándose ahora de mantis religiosas en Seychelles o tertuliando sobre plazoletas polacas los otoños. Luego imagina que sus ropas han sido quemadas por el sol, raídas por la arena y dispersadas por el viento. No sabemos ya si el esqueleto fue un soldado, si el esqueleto fue una puta, si el esqueleto fue un científico, una periodista, un cantante de blues, una locutora de radio, un campesino, una secretaria apocopada o un escritor de relatos cortos. Queda así solo en tu imaginación el esqueleto, calato como una concha, desnudado en el desierto. Ahora una salvedad: la falta una extremidad. A pocos centímetros, junto al esqueleto yace un brazo: un hueso húmero, un radio, los restos de las falanges de una mano derecha. Nota ahora que no es lo mismo observar este húmero roído echado junto al esqueleto que imaginarlo cientos de metros más allá, muy lejos, quizás llevado a otra parte por un perro.

De tal modo había resbalado. Había resbalado y había caído junto al esqueleto. Lo que fue en efecto sorprendente si tomamos en cuenta que todo siempre me pareció total. Que de algún modo es decir que siempre pensé que el esqueleto era lo único que había, al menos quizás los últimos meses, o que pensé que si bien podía existir aquello que yaciera fuera del esqueleto no sería dominio mío jamás. Quiero decir que siempre aborrecí la metafísica. Y lo sucedido, contra lo que pude haber esperado, significó una libertad inagotable. Me embebió una libertad vieja y peligrosa y temeraria, como aquella libertad de los corsarios ingleses que rodean el Cabo de Hornos en un bergantín y penetran el Pacífico, encuentran un galeón español, repleto de oro para poseer, muchachas para amar y muchachos para encular. Aquella libertad que llaman la libertad del vacío, amplia como un estadio de fútbol. Quizás la libertad de la astucia, agazapada como un arácnido caníbal.

Había oído de un amigo aquella historia apócrifa de ciertas pandillas urbanas que van por los alrededores de la ciudad en automóviles ejecutando sus ritos de iniciación. Salen de noche, sólo cuando hay luna llena. El iniciado lleva el volante y las luces deben estar apagadas. Conducen así por la carretera. Al primer conductor que les advierte de este peligro, sea utilizando un gesto con las manos, un grito o apagando y encendiendo sus propias luces, toman como víctima. Lo persiguen tenazmente, embisten su auto hasta sacarlo de la vía, si es posible lo vuelcan. Se detienen y bajan del vehículo. Son 4 o 5 y están armados hasta los dientes. Se acercan al auto volcado y extraen los cuerpos, los cuales tienden en la arena. Si alguno está conciente todavía, lo obligan a echarse. Si es un hombre, primero el iniciado debe encularlo y luego todos orinan sobre el cuerpo ensangrentado. Si es una mujer, lo mismo el iniciado debe encularla, también alguno de los otros si es que lo desea, luego del mismo modo todos orinan sobre el cuerpo. Se procede de este modo con todos los pasajeros y luego del enculamiento generalizado y el miccionamiento comunal, el iniciado debe ejecutarlos uno por uno colocando una bala en cada nuca, otra en cada sien. Tal es la ceremonia y sólo entonces el iniciado es parte de la cofradía.

Conduje mi auto una noche de diciembre, iba un poco embriagado y salí a la carretera que va al sur de Lima, indispuesto y ciertamente dispuesto a no detenerme hasta que se me acabara el dinero para la gasolina. Había figurado esa tarde la metáfora del esqueleto: quería alejarme de todo (como si un perro me llevara a otra parte). Había encendido la radio, puesto música y había recordado también, entre la niebla de la carretera, aquella historia de la pandilla enculadora, meadora y asesina. De pronto vi una camioneta delante de mí. Iba rápido, a más de 150 km/h y pude alcanzarla en un minuto. Me acerqué a ella y era una Toyota destartalada. Tenía las luces apagadas. Me puse a su lado. No llevaba dentro una banda de pandilleros. No la conducía tampoco un narcotraficante gordo de barba rala (si bien los paquetes rectangulares envueltos en papel periódico que llevaba el vehículo en la tolva no excluían aquel negocio). La conducía un viejo de barba tupida, camisa blanca y gafas enormes. Tenía la radio encendida, con el brazo derecho cogía el timón y la mano izquierda colgaba por la ventanilla. En ella llevaba un cigarro encendido. Me puse a su izquierda. Entonces lo miré y él se volvió. Tenía los ojos enrojecidos, atónitos como los ojos de las ratas que mueren heladas a la intemperie. El cigarro cayó de su mano izquierda y rodó por la autopista. Me miró como si lo fuera a matar. Primero pensé que no era una mala idea, si él ya lo esperaba, efectivamente matarlo. Luego pensé que tenía las cuencas de los ojos hondas y oscuras y que me parecía una calavera y que, en ese caso, ya estaba muerto o como muerto por lo que matarlo era fútil y mucho mejor sería entablar una conversación, de pronto así conocer algo acerca de la muerte, la anorexia, el Estigio, la angustia y la reencarnación. Luego noté que frenaba, se colocaba levemente detrás de mí. Embistió mi auto. Casi salí fuera de la carretera. Pude controlar la dirección, desaceleré y volví a colocarme a su lado. Me volvió a mirar, con los mismos ojos despavoridos. Miré hacia el frente. Ponderé un segundo la posibilidad de embistar su auto (de luego encularlo, mearlo y ejecutarlo). Inmediatamente lo descarté. Volví a mirarlo. Pensé que se parecía a mi padre. Entonces lo observé detenidamente y supe que estaba equivocado: no era igual ami padre, era exactamente igual a mí. De súbito me gritó una cantidad variada de insultos alusivos a mi opción sexual. Yo no dije nada.

Pues decir algo, cualquier sencilla cosa, implicaba siempre la presunción de conocer algo acerca de todo: no siendo posible entonces aquello pude optar por el silencio abyecto, silencio que quise creer me conduciría a la desaparición o la desesperación esa noche, conduciendo frente a ese viejo barbón de gafas alucinantes, y a través de ella o las dos hasta alguna instancia distinta y amorfa pero bella y nueva, ejemplificación de la conquista marginal de la autopista, lugar donde quizás pudiera persistir de una manera sosegada, lejos de automóviles, viejos y carreteras que van al sur, a base de piedras y siempre alientos nuevos e ingenuos y pequeños corazones.

Aceleré bruscamente y lo dejé atrás. Quise desaparecer más rápido que la muerte en la noche cuando se instala el aburrimiento, en cambio desaparecí más rápido que el deseo una mañana cuando se aguanta la respiración.

Nos han dicho que la nonna se va a morir. Es así de sencillo.

No puedo decir que sentí que no lo podía creer. No es así: lo creí desde un principio. Quizás mi mamá no lo pudo creer. Probablemente el nonno no lo pudo creer. Pero yo lo creí desde un principio. No gozo de esa particularidad. Siempre creo en las cosas cuando suceden. La realidad a veces se engrandece tanto, se hace en exceso tangible, inmediatamente se distorsiona. Cuando podría no estar sucediéndome aquello, yo sé que lo está. Suelo verla toda, es demasiada, se aparece para mí: la realidad es un monstruo desopilante que me sonríe y se mofa. Yo he aprendido a mofarme de la manera en que ella se mofa de mí y quizás ese sea mi mayor logro, lo único que me justifique, todo lo que haya logrado y jamás logre. Pero otras veces la realidad no se está riendo sino que está hambrienta, es como un toro cachondo que viene a cogerme. Y yo no soy un matador, soy mucho menos, no me veo bien en traje de luces, no quepo en esas mallas y por tanto la realidad me coge, no me avisa, estoy allí detenido cuando ella viene por mí, no la evito, quizás ni siquiera busco evitarla, no la esquivo: no puedo sonreírle ni puedo, en consecuencia, decir que no puedo creer lo que me está sucediendo. Yo ya lo sabía, yo la había visto venir. Y puesto que es en ocasiones descomunal, es tanta la realidad que se distorsiona. No puede ser de otro modo, pues desdobla sus límites, rápido se quiebran los vasos sanguíneos en su mitra colorada y los ojos se le ponen rojísimos, como dos fogones. Los míos inmediatamente se cierran, se vuelven a abrir, caigo en un vahído, luego vomito y quizás sólo después todo vuelve a la normalidad.

La nonna se va a morir. Tiene cáncer. Es terminal. El Doctor ha convocado a mi mamá a un pequeño cuarto de la Clínica San Felipe. Mi madre ha llamado al nonno también. Han entrado los dos al pequeño cuarto y el Doctor les ha dicho que mi nonna no va a mejorar, que tiene cáncer, que es terminal. Mi mamá se ha puesto a llorar. Mi nonno, así lo dice mi mamá, se limitó a temblar. Por un momento no lo han podido creer. Luego mi mamá ha manejado a mi casa y le ha dicho a mi hermano. Mientras mi mamá ha entrado a su cuarto un momento para lavarse la cara, mi hermano ha entrado a mi cuarto y me ha contado a mí y yo no he sabido qué decir. Me he preparado un café y he visto un rato videos en Youtube. No he sabido qué decir, sólo he sabido cuan real es esto, cuan inevitable. Más tarde mi papá nos ha llamado y nos ha dado la versión oficial, el comunicado familiar, como a él le gusta. Después no ha pasado mucho más. Los días han transcurrido solamente. Hemos almorzado todos juntos, he visto televisión, he dormido, he ido a trabajar. He pensado también qué difícil es saber dónde empieza la identidad que uno posee; cómo, en general, es muy difícil identificar la identidad de uno. No estoy seguro de dónde está ni cuál es mi identidad precisamente, ni la verdadera y menos la falsa, la impostada, pero mientras me siento en mi computadora y veo una fotografía de toda la familia del lado de mi madre y se la explico a Carolina, sé que si de alguna identidad dispongo tiene mucho de lo que estoy viendo, que en alguna parte de esto está algo de lo que soy, si bien no todo algo, y que ese algo inevitablemente tiene que emerger o haberse engendrado de cierto modo en mi nonno y en mi nonna y que así la muerte de mi nonna de algún modo es la muerte de esa parte de mí, quizás el principio de mi muerte o la primera de todas mis muertes. Pues es seguro que yo no soy sólo yo, sino que soy además todos los que me han hecho, incluso quizás soy sólo una esponja y así, más allá del cuerpo que utilizo diariamente, soy sólo todo lo que me ha sido entregado por otros y en realidad nada que haya creado yo mismo.

Me he acercado a su cama y ya no ha abierto los ojos. Le he cogido la mano y ha pestañeado. Kenneth le ha hablado algunas cosas. Mi hermano le ha hablado de polenta, le ha preguntado si prefiere su polenta con tuco o con mantequilla. Ella le ha dicho que tuco. Pero yo me he acercado y a mí no me ha podido decir nada, quizás porque ha estado ya demasiado débil o o ida o quizás porque no dije nada. Sinceramente no recuerdo si dije algo. Sólo recuerdo estar allí y poco más. Recordé cómo era esa habitación hace 5 años, después hace 15 años. Pero esta vez la habitación ha sido distinta. La enfermera me ha visto acercarme y me ha sonreído. El lecho ahora es como el de una clínica. Está ella en el centro de la habitación donde ha dormido los últimos 40 años. A sus lados hay aparatos y tubos apropiados. Una cantidad de máquinas, de últimas ayudas. A su izquierda hay un estandarte: una vara metálica que se eleva sobre una base arácnida y de cuya punta no cuelga un escudo, cuelga solamente una bolsa de un suero ámbar. Desde ella una cánula traslúcida desciende, traza una curva amplia, corre por encima de las sábanas y se acerca a su cara, entra silenciosa por una de las fosas nasales ahora pálidas, envejecidas, quiero decir rendidas.

moby-dick

Me preguntó a qué me había referido cuando había señalado al orador, había sonreído y había dicho él sí que tiene pene. Yo le dije que imagine un corazón dentro de un pene, luego a su vez este pene -que lleva un corazón adentro- dentro de otro corazón. Ella puso cara de estreñimiento y me dijo que eso era rídiculo y que nada tenía que hacer ella -tan hermosa, tan dulce, tan completamente la mujer que yo quería para mí- imaginando corazones (¡qué cursi!) o penes (¡qué vulgar!).

Un momento después yo le dije que no era en absoluto ridículo, que en ocasiones la verdad estaba detrás de lo insolente o lo sincero, y que en ocasiones nada disntinguía el uno del otro. Pero ella insistió. Entonces yo le dije que trate de imaginar un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene…

Ella permaneció con la mirada opaca y en silencio hasta que, habiendo perdido el aliento del todo, me detuve a respirar. Supe así, retorcido por su cara impávida, que ella no tenía remedio. Aún conciente de lo vano del esfuerzo, le dije todavía, procuraba hablar su lengua es como cuando apuntas la cámara a una tele y proyectas en la tele lo que está en el cuadro: exactamente así.

jermaine

Miguel se me adelantó y se presentó, se sentó a la mesa del café, sagaz como un gato, me miró los zapatos primero (eran unos sencillos zapatos de lona blanca y debió llamarle la atención su pueril, brillante condición), luego cruzó las piernas con esa manera sensible que tienen los hombres sensibles para amodorrarse y me dijo cómo se llamaba. Me dijo también, con cierta sonrisa orgullosa, que era un consagrado paparazzi.

Hola, soy Miguel, el amigo de Azucena, el consagrado paparazzi.

Yo me sorprendí. Él tenía los ojos claros y grises. Sudaba aún, a pesar de haber entrado al café hacía rato y de haberse sentado primero en otra mesa, mirándome de lejos unos minutos, dudando sobre si acercarse o no. Yo lo había reconocido a lo lejos –lo conocía ya de unas fotos en el Flickr de Azucena–, había reconocido sus ojos claros y grises. Después de notar mi sonrisa educada él se había decidido, se había levantado procurando una actitud desmedidamente vigorosa y había caminado directamente hasta la silla que estaba al otro lado de la mía. Se había sentado con un ademán elegante, como de intelectual de moda tomando asiento en un concurrido café vienés, y así había descubierto yo que si bien tenía los ojos claros y grises, al mismo tiempo eran demasiado amplios, estaban envidrados, eran brillantes y azules, estaban como estrellados en el espacio. Risueño, los utilizaba para mirarme detenidamente mientras jadeaba. Yo proseguí con la conversación y le dije muy serio que en Lima no había paparazzi. Él me dijo ¿y qué crees, que te estoy mintiendo? Yo le quise decir que sí, que era muy bello y que por tanto tenía cara de puto y que por tanto tenía que ser un mentiroso. Todos los hombres somos así. Pero él no tenía cara de estar mintiendo realmente, nos reímos y así fue que supe que Miguel era el primer paparazzi limeño que conocía.

Había llegado a Miguel a través de Azucena. Había llegado a Azucena a través de un beso. Había llegado a aquel beso a través de una mirada. Me había aventurado a esa mirada, ya un año atrás, gracias a una perfecta desesperación. Un año después y omitiendo cientos de detalles, había quedado con Azucena en tomarnos un café, con ella y un amigo suyo, fotógrafo. Había bromeado con Azucena sobre tomar unas fotos después. Unas fotos en ese sitio donde fuimos una vez me había dicho. Y ahora, mientras me sentaba con Miguel a tomar un café en ausencia de Azucena, no reparaba cabalmente en lo vago que había sido todo aquello. Me atenía a la realidad: sabía ya, por ejemplo, que Azucena era preciosa y estudiaba diseño de modas, que sólo quería saber de hombres y que yo era uno, lo que presentía no debía ser una casualidad: debía ser una señal que me condujera hasta poseerla. A ella, con sus cejas oscuras y con sus greñas magníficas, con sus ojos magos y esos labios que parecían de plexiglás. Adicionalmente estaba por saber que Miguel, a su vez, era el mayor experto en hombres que transitara la ciudad. Experto en siluetas de hombre, en perfiles de hombre, en iluminación muy profesional de hombres: experto en sucios cuerpos de hombre fotografiados en bañeras, indignamente fallecidos bajo puentes, desnudados entre sábanas e incluso montados en vistosos automóviles. En resumen, estaba por concluir que ambos amaban los penes. Sólo que Azucena tendía a escribir poemas –muy malos, por cierto– sobre penes paternales y maravillosos y dignos y generosos, llenos de templanza o sabiduría, mientras que Miguel prefería buscarlos en Internet, principalmente en versiones portentosas. Eso no los hacía perfectamente compatibles, pero eran grandísimos amigos, me explicaría Miguel. Pues si bien Azucena era una chica muy sensible prefería jactarse de femme fatale, entiéndase: de puta imposible. Y Miguel, muy apropiadamente, era efectivamente una puta imposible. En esta coincidencia yacía el secreto de su amistad incondicional, glamorosa, intermitente, jodida, ocasionalmente tierna, al cabo perfecta y envidiable.

Azucena no va a poder venir, se quedó en el estudio me dijo.

Mirar a Miguel me daba cierta paz, cierta lujuria exánime, aquella lujuria que no propulsa ni ocasiona rubores o erecciones sino que reposa, incita al reposo, no coacciona a lo animal, sólo permite intuir su posibilidad o un atisbo de ella lo suficientemente pequeño como para negarla, y que por tanto es una lujuria fácil de llevar, una lujuria acaso moral, colonial, una lujuria secreta de verano y balneario apacible durante la cual se puede tomar un café caliente o escribir un libro extremadamente prudente sobre política económica o tener una familia contenta en la Lima de 1963, recién elegido Belaúnde, con hijos modosos y una esposa poco puta, así como mi madre. Mirar a Miguel me decía que yo estaba tranquilo y era hombre, que este café, negro como un espejo, estaba justamente amargo, bien a pesar de que no hubiera venido Azucena, a pesar de que en vez de ella (junto con la posibilidad difícil pero seductora de desvestirla) sólo viniera un amigo de ella, incluso cuando muy probablemente lo que él quería no era precisamente ayudarme a desvestirla, en cambio desvestirme a mí. Quiero decir que mirar a Miguel en los ojos, todavía con el gigantesco desaliento que me causaba, me permitía pensar con cabalidad, dilapidar cánones, me permitía dilucidar lo estricto de lo estrecho, lo amplio de lo dilatado, hacer deslindes entre política y pasión, casi discurrir como un conquistador por el espacio sonoro, acústico del café. Pero aún así, a pesar de este sosiego en el que Miguel me inducía, y muy a pesar de no estar pasándola nada mal con él, no entendía el cometido de todo. ¿Qué mierda estábamos haciendo los dos solos aquí?

10 minutos después decidimos pagar la cuenta y nos paramos. Él tomo la puerta metálica para que yo pudiera pasar a la calle primero y el viento entró rugiendo mientras cruzaba el umbral. Se me revolvieron los pelos. Me sentí de pronto una dama, perfecta y coqueta. Y no puedo decir que me disgustó sentirme una dama. En cualquier caso era mucho mejor ser una dama con los pelos revueltos que ser lo que era la mayoría de las noches como esta. Salimos y caminamos rápidamente por la vereda mientras él hacía chistes y yo miraba los árboles, los verdes árboles de la noche y el tiempo que vivíamos, árboles fantoches que debían estar riéndose al mirarme pasar: una dama excelentísima, walking around. Yo los escuchaba poco, también escuchaba poco a Miguel. No pensaba en lo que me decía, en cambio miraba derecho: pensaba en la calzada gris rata, rajada por las raíces de los árboles fantoches, pensaba en los autos que pasaban, en la tragedia humeante que era nuestro parque automotor. Pensaba en todo el futuro, abriéndose como una red endemoniada, como la raíz de un árbol fuera del control de todos, de mí, de Azucena y de cualquier Presidente de los Estados Unidos de América. Pensaba en todo el pasado al mismo tiempo, duro y salomónico e incapaz de perdonarme. Y así yo iba ido y él siguió hablando y yo seguí junto a él, siempre completamente ido pero sorteando a los vendedores ambulantes y a los niños que nos pedían propinas con genial pericia, con la gracia generosa y apocopada que quiero sospecharle, hoy tan lejos y con referencias históricas seguramente tan sesgadas, a María Antonieta. Lo que es decir que en ese momento yo fui exacta y perfectamente María Antonieta, y que él fue mi Marlon Brando, que cruzamos raudamente la avenida sobre la que estaba el café, iluminados por las lámparas de los restaurantes (uno suizo, uno israelí, uno italiano, uno chino) mientras brillábamos y sonreíamos y cuando acaso algún taxista de moral moderna envidió nuestro amor flagrante. Del otro lado, al llegar a la esquina, tomamos una calle transversal y caminamos en dirección al sur entre los casinos. Seguimos así alrededor de 30 minutos. Mientras la avenida se volvía cada vez más oscura, se velaba cubierta por edificios angostísimos y toldos rectangulares que penetraban la avenida desde terrazas repletas de recipientes y helechos. Llegamos a una plazoleta inclinada. Después de cruzarla, esquivando el monumento a Bolívar que se apostaba al centro como si fuera un pequeño campo minado, tomamos un pasaje que descendía hacia el acantilado. Estaba bordeado por casas distintamente construidas. Desde fachadas afrancesadas hasta pulcras fachadas mínimas, había una diversidad tal que parecía un catálogo estrambótico de la arquitectura europea del siglo XX. El pasaje desembocaba finalmente en el malecón. Entonces tomamos el malecón otra vez hacia el sur y al cabo de un rato alcanzamos una pequeña redondela. Tras dar un tercio de giro, en diagonal hacia abajo y hacia el acantilado, bajamos por un camino empedrado que se ahondaba después de unos segundos en una quebrada muy angosta. Bajo un puente de caña seguimos el camino hasta que alcanzamos un descanso rodeado por los acantilados. Frente a los ojos, el mar se exponía como una garganta exhalando salmuera sobre nosotros. Era el límite de la ciudad. Allí me senté sobre un poyo de cemento.

Él se despabiló con una risa distendida, rápidamente abrió su mochila, sacó un aparato desproporcionado y telescópico. Para la primera foto se detuvo a 15 metros de mí, mirándome con ojos profesionales. ¡Flash! Yo quise sonreír como la hermosa Farah Fawcett en ropa de baño (mucho antes de su enfermedad). En la segunda foto se puso en cuclillas a 8 metros de mí. ¡Flash! Yo quise sonreír como Farah Fawcett en un vestido de gala (durante su enfermedad). En la tercera, cuarta y hasta la décima foto, Miguel hizo un giro amplio, trazó medio círculo, trasuntó un hemisferio, lo giró desde la imagen frontal de mis ojos hasta el perfil muy próximo de mi quijada incrédula. ¡Flash! Berlusconi en una pool party, cien mujeres calatas rodeándolo y cámaras de televisión. ¡Flash! Bob Marley, reducido y alegre, fumando un porro en un espacio extrañamente oscuro. ¡Flash! Megan Fox desvistiendo a la humanidad entera con los ojos. ¡Flash! Philip Roth dando una conferencia, hablando barbaridades de la literatura sudamericana. ¡Flash! Steven Spielberg, pelucón, muerto en una esquina de Munich. ¡Flash! La Kirchner cruzada de piernas, mira el cielo, se abanica y habla maravillas del futuro. ¡Flash! Yo mismo, durmiendo una siesta en un piso en Barcelona.

No puedo decir que entendía lo que sucedía mientras Miguel hacía de las suyas. No puedo aseverar tampoco que él lo hiciera, pues trastabillaba mientras avanzaba hacia mí, murmuraba indiscutibles incoherencias y parecía volver a transpirar. No puedo aseverar que entonces me sentí cómodo, incómodo, comprendido, sucinto, expatriado, circunscrito, desparramado, ambivalente o tenaz. No puedo aseverar qué demonios trajo a mí esa vorágine que sentí, ese agujero negro y megalómano que enzarzó mi ánimo y que me permitió, por 45 o 60 segundos de gloria celeste, volverme la versión masculina de Kate Moss. No puedo aseverar absolutamente nada. Quizás puedo sugerir que pensaba en la conversación que habíamos tenido, en sus inflexiones frívolas y en las gracias que me había causado la estupidez indescifrable y consistente de Miguel. Quizás puedo aceptar que Miguel había logrado confundirme, que había sacado la diva de mi corazón y que yo, en ese precioso instante, lo admiraba por eso.

Tras la décima foto Miguel se había sentado a mi lado. Se acercó mucho y en ese momento lo interrumpí, detuve su mano que se aproximaba asiéndola con la mía que temblaba, un poco nerviosa. Le dije Miguel, me gustan las chicas. Entonces lo solté y me eché hacia atrás, levantando las piernas sobre el poyo, junto a mis muslos, de tal modo que formaran un escudo contra él. Él se estiró, volvió a alcanzar mi mano y puso en ella la cámara de fotos. Sonso me dijo. Se río: sólo vamos a tomar unas fotos.

Una fotografía lustrosa del puente de los baños. Una fotografía de un anciano que cruza el puente y lleva una gorra de caña. Tiene el mostacho azabache y descomunal. Una fotografía de los restaurantes en lo alto del acantilado, iluminados y radiantes: fucsias, capulíes, verdes, azulinos. Una fotografía del ángulo agudo de las lozas del muro chato que separa el camino del acantilado, extendidas hasta el quiebre del camino. Un tobogán de piedra. Una fotografía de las pálidas nubes contra el éter azul, como leche diluida derramada sobre un hielo profundo. Una fotografía del mar: una fotografía de un útero plástico fecundado con pequeñas semillas de jebe y miles o millones de imaginaciones. Una fotografía de dos amantes que caminan, se separan miles de centímetros, vuelven a caminar juntos y cruzan la pista. Una fotografía de un camión ciertamente misterioso que lleva redes de pescar. Infringe 30 reglas de tránsito. Una fotografía de las pequeñas tiendas de los pescadores clausuradas por la SUNAT. Una fotografía de la playa, de la luz de la ciudad plateándola por la espalda, confundiéndola, sugiriendo que el hombre pequeño que la cruza no es un simple y miserable hombre descalzo. Es Neil Armstrong, un poco encorvado. Una fotografía magnífica de la urdimbre de una estera. Una fotografía obscura, apenas discernible en ella la forma de las sombras: la espuma, un espigón, el reflejo líquido del rompiente. Una fotografía desenfocada de la noche. Una fotografía del sueño mismo, aparecido, personificado en una mujer idéntica a Liv Tyler y vestida de blanco que viene hacia nosotros caminando desde el mar, gritando palabras ininteligibles. Habla el idioma ancestral de las sirenas. Una sencilla pero franca fotografía del abismo.




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