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1

Amanda se la entregó después del banquete. Ya se habían ido los últimos invitados cuando Amanda se acercó y se la puso en las manos muy despacio, como si fuera un huevo delicadísimo. Lucifer la observó confundido. Era negra y lustrosa. Cabía totalmente sobre su palma y entre sus dedos. Era muy pequeña. Era un obsequio precioso y cuando se lo dio, él no lo esperaba de ninguna forma.

Todos los años, el mismo día que es el día de las madres, Lucifer y Amanda celebran con un banquete el aniversario de la secesión. Reciben en casa a sus amigos; sus amigos llegan a casa desde todas partes y de todas formas. Comen hasta estar henchidos, beben hasta saciarse, se emborrachan y recuerdan con alegría –si acaso siempre una alegría atada a una sugestión de malignidad– el día en que todo quedó partido entre dos. Lo celebran el mismo día que es el día de las madres: esto siempre le parecería a cualquiera una casualidad entretenida. En cambio Lucifer encontraba en ello una concordancia macabra. Amanda, desde que lo conoció, había confiado ciegamente en él. Luego pensaba que en esta coincidencia se hallaba también un sello cósmico, la señal aguda de que algún día Lucifer se reivindicaría. Le gustaba creer que finalmente reclamaría el trono de los cielos y se convertiría ella en la gloriosa madre de toda la creación.

Y entonces por fin podrían los dos vivir como se merecían, se decía a menudo. Pero el asunto era difícil y, si me permiten contarles, venía de muchos siglos atrás, aquel día de la madre cuando Lucifer tuvo una fuerte discusión con Dios, su hermano mayor.

Dios era un sujeto desgarbado, ambiguo y barbudo que bordeaba los 18 metros de altura. En un sentido muy amplio, estaba resentido con todos, pues todos, desde que cualquiera podía acordarse, predicaban pero no practicaban su doctrina. Al andar se tambaleaba. Nunca hablaba demasiado. Cuando lo hacía, tenía una voz grave y triste que prorrumpía en el espacio bruta y burda, con una resonancia abrumadora que nacía de su cabeza hueca y descomunal. De primera vista, era un tanto imbécil. Los pelos blancos y enrulados los llevaba siempre sucios, largos y revueltos. Alrededor de ellos las golondrinas hacían espirales: buscaban aterrizar en los nidos que habían puesto en sus greñas hediondas. Cada vez Dios lo impedía, les daba de manotazos con vehemencia y torpeza y las golondrinas se alejaban. Tras mofarse un momento, volvían a intentarlo.

A contraste con su cabezota, sus ojos eran pequeños y lívidos. Se sabía que con ellos podía incidir hasta el seno de cualquier alma, pero en lo común parecía poco entrometido y no acostumbraba hacerlo, antes andaba siempre sumergido en una especie de mansedumbre sumisa muy próxima a la idiotez. Erraba por los senderos diáfanos de su reino –se diría que se bamboleaba por ellos–, cuya corona había heredado de su padre, un déspota pretérito y guasón, una antigua deidad de aquellas soberbias y prolíficas que lo había querido desheredar pero que había muerto de un infarto cerebral demasiado pronto, poco antes de manifestarlo.

En líneas generales, se limitaba a alimentarse, sonreír y defecar. Salvo cuando, ocasionalmente, se enfurecía.

– Huevón, ¿qué carajo hiciste? –lo increpó Dios enfurecido en esa ocasión.
– Yo hago lo que me da la puta gana –le contestó Lucifer, que desde niño había probado, tridente en ristre, hacer lo que le daba la puta gana.

Aquella vez estaban sentados a la mesa del desayuno, en la mezzanine sobre el jardín que da a la fuente, el sendero de piedras y el rosedal. Eran las 10 de la mañana, un domingo común en el palacio. Por variar, el sol era clemente y soplaba una brisa ligera. Un arcángel moreno vestido de sirvienta a la usanza francesa servía el café; un querubín esbelto y calato levitaba y blandía un abanico. No sin una gran dosis de cautela, echaba aire en las orejas de Dios. El viento mecía los mechones gruesos y rubios que salían de dentro de estas orejas enrojecidas y parabólicas. La vibración de estos mechones, que asemejaba por su simetría y frecuencia al batir de las alas del pájaro Roc, le procuraba a Dios, aún gritando, un aura entre omnipotente, cándida y pedestre. Mientras tanto, a la derecha de Dios se sentaba Gabriel impertérrito. De un tiempo a esta parte, Dios andaba todo el día con Gabriel.

Lucifer le había contestado con soberbia, casi sin pensarlo. Entonces cualquier pelea lo excitaba todavía. Y Dios se había puesto a gritar después de escucharle. Se había puesto a gritar y había colocado ambos codos sobre la mesa –el puerco de mierda, se dijo– y de su garganta profunda habían salidos despedidas sobre el mantel, el café y las galletas chispas gordas y viscosas de una saliva que apestaba a mostaza. Sus ojos se habían engrandecido también –como dos testículos de toro, recordó–, tornándose ambarinos y brillantes. De pronto, había resultado aterrador.

Se excitó sobremanera con los gritos que le profería Dios. Los vituperios y la mueca patética de su hermano, que por momentos lo hacían parecer a su juicio un gran limón parlanchín, lo calentaban aún más. Con todo, Gabriel permanecía inmóvil. Le obraba celos incandescentes. Le traía asco su presencia sutil. Lo mantenía suspicaz su sonrisa constante. Gabriel era entonces sólo un angelito pequeño y joven. Tenía el cabello rubio, la mirada cristalina y la voz muy aguda. Todos sabían lo mismo: que era obediente y menudo, pero Lucifer sospechaba ya desde entonces que algún conjuro acarreaba sobre su hermano esa dentadura blanquísima.

– ¡Bah!… si ya estaba tibia –arguyó Lucifer, súbitamente dubitativo–. ¡La pobre vieja de mierda, tullida y ciega, para qué carajo la querría!

Dios pareció haber sido golpeado con una comba en el hocico. Lo atacó una especie de convulsión espontánea. La mesa del desayuno dio un pequeño salto, levitó un segundo y cuando aterrizó, se volcó de lado una taza de café. Pronto se cubrió el mantel con una pantalla ocre que se ensanchó lentamente. No para la sorpresa de alguno, Dios era el tipo de hombre que se preocupaba muchísimo por las circunstancias. Y en ese momento oficialmente consideró las circunstancias agotadas. Encontró de pronto a su hermano menor intolerable. Pensó que podía matarlo. Inmediatamente sintió que era capaz de hacerlo. Se inclinó sobre el mantel estropeado y estrechó con furia el tenedor con el que hurgaba los huevos revueltos, alzándolo mientras gruñía.

Por accidente, asestó un pinchazo rotundo en el cielo raso. El arcángel moreno, que servía a este tiempo la torta de chocolate, espetó un gemido pequeño. Cuando cayeron sobre la torta los trozos de yeso que se habían desprendido un instante atrás, les pareció a todos que era como una pequeña nevada. El querubín continuó abanicando. El arcángel continuó sirviendo la torta. Tras un breve silencio, Lucifer se rió. Supo que no había vuelta atrás. A continuación se empecinó en su posición, y sólo por saber que esto sacaría fuego de las greñas sucias de su hermano, defendió además todo aquello en lo que creía.

– Vete mierda, ¡vete y no vuelvas más! –le gritaba Dios unas horas después, blandiendo todavía el tenedor torcido mientras Lucifer empacaba. Por momentos le apuntaba con él. Quería hincárselo en el vientre y despanzurrarlo.

Lucifer anduvo hasta la puerta callado y corvo. Se despidieron sin mirarse a los ojos. Cuando atravesaba el rosedal, tenía un ojo magullado que se le empezaba a oscurecer. Le dolía la espalda y sangraba de las rodillas. No habían vuelto a verse desde entonces.

La semana siguiente Gabriel se instaló en su habitación.

2

Amanda se la entregó después del banquete. Ya se habían ido los últimos invitados cuando Amanda se acercó y se la puso en las manos muy despacio, como si fuera un huevo delicadísimo. Lucifer la observó confundido. Era negra y lustrosa. Cabía totalmente sobre su palma y entre sus dedos. Era muy pequeña. Era un obsequio precioso y cuando se lo dio, él no lo esperaba de ninguna forma.

Podía decirse que había sido una cena genial. Cualquiera no lo hubiera refutado. Los invitados llegaron hasta las 9. En la pequeña terraza se puso la mesa, iluminada por un candelabro vienés que Lucifer había preferido él mismo entre un centenar de cirios y un juego de antorchas chinas que Amanda había comprado el invierno previo en un depósito en Shangai. A las 10 de la noche Lucifer se irguió y leyó unas palabras mientras servían el pan. Todos asintieron y tuvieron asimismo ocasión para reír. A las 12 Amanda mandó traer la segunda caja de vino. Era una cepa especial; lo habían podido conseguir gracias a un amigo. (Un amigo de un amigo, había dicho Claudius.) En total fueron tres. A las 4 de la mañana con 30 minutos se retiró la última pareja. Lucifer, cuando veía partir a Claudius y Mariana, sintió una profunda ausencia. Anduvo con un paso grave de regreso por la senda de lozas hasta la recepción, juntó la reja del hall y cerró el portón de madera con silencio tras de si. Encontró que allí se hallaba Amanda esperándolo.

Reparó por primera vez en la noche en su vestido, que caía a lo largo de su espalda casi sin querer, después en sus pies delgados. Incluyendo el peinado, no superaba los 2 metros. Era pequeña, pero pura. Su ojos parecían seccionar todo lo que veía. Su humor era una metralleta. Sus dientes eran como pequeñas sierras de marfil laqueado. Su cabello grueso, húmedo y pesado, le había recordado siempre a una mopa. Solía amarrarlo desde atrás y hacia arriba, de modo que podía controlarlo. Esto halaba su cuello y sus hombros; tensando los músculos de la espalda, le daba una postura impecable. Conjugada a sus labios finos y una sutileza severa siempre presente en cada apreciación, le confería esta posición algo propio de la gallardía. Nunca podría faltarle el respeto. Allí, parados los dos en el hall, todavía lo volvía a comprobar.

Cuando se la puso en las manos, al principio titubeó un momento. Ella se había aproximado en silencio. Tenía siempre la sonrisa de una serpiente; pero después lo miró con sinceridad. La colocó en sus manos. Él la admiró sorprendido. Se inclinó y la sostuvo por la nuca. Un instante, de modo que un rayo frío le pasara por toda la columna, ella sintió temor. Pero cuando él le dio un beso en la mejilla, muy pequeño, como casi nunca lo hacía, esta sensación se disipó.

– Gracias –le dijo, y de inmediato se retiró a través del pasillo, con dirección de las habitaciones.

Esa noche no la encendió. La dejó junto a la lámpara de la mesa de noche, apagó la luz y se tumbó en las sábanas frías. Amanda dormía a su lado, ya podía oír su respiración ir y venir con regularidad. Momentos antes de difuminarse su conciencia, recordó a su hermano.

En su sueño apareció El Tiempo. El Tiempo era un hombre muy alto. Vestía un traje de gabardina oscura y se paraba en una planicie árida a merced de una ventisca endemoniada. Se cogía el sombrero con la mano desnuda y caminaba, a pesar del vendaval. El viento pasaba junto al Tiempo y primero El Tiempo no era vencido. Lucifer trataba de distinguir el rostro del Tiempo, oscuro y desdibujándose a cada momento y cubierto parcialmente con la mano desnuda que El Tiempo había elegido para sostener siempre el sombrero. De pronto la ventisca arreció. Cuando El Tiempo no pudo avanzar más, en ese momento se despertó.

Lo primero se inclinó sobre la mesa de noche. Descansaba en el mismo sitio, junto a la lámpara. En la cocina Amanda preparaba el desayuno para los niños. Se hizo una tortilla de pasas y bebió un té negro muy caliente. Se calzó el traje, la colocó en uno de los bolsillos del saco y salió.

En la oficina, primero se detuvo un momento antes de sentarse en el escritorio. Se entretuvo mirando por el ventanal que daba a la planta de trabajos forzados. Mucho más abajo, en la base del valle, los pequeños obreros caminaban gibosos. Formaban columnas larguísimas que llegaban hasta el horizonte. ¿A dónde iban? Ya ni él sabía a dónde iba todo esto. Se ofuscó. ¿A dónde iría después de todo esto? Trató de recordar lo que había soñado esa noche y no pareció ser capaz. Sentía su ánimo desordenado. Se sentía como si hubiera bebido una gran cantidad de aguardiente mexicano. El reflejo del sol sobre las máquinas y los espejos, allá abajo, le hería los ojos. Su recuerdo era nebuloso. Sintió nauseas. Quiso vomitar, pero contuvo las arcadas.

Verificó su cuenta de email y encontró que no había nada demasiado urgente. El director de la clínica mental, un griego zalamero y procaz, le escribía que se habían agotado las sábanas. Cierto dictador tropical, devenido en romántico tras su muerte, no hacía salvo suicidarse en su cama, una y otra vez. La sangre negra impregnaba las sábanas y se debían echar. En otro correo, el encargado del incinerador le informaba de que se habían alcanzado las metas de reducción de emisiones. Se requerían no 4 sino ya 5 vagones para llevar la ceniza cada tarde. Muy bien, ahora la agenda: a las 11 tenía un directorio. Hoy se evaluaba la adición de una nueva poza de saponificación en la división de jabones. Nada más. Todo estaba en orden. Abrió la página web del periódico y empezó a revisar las noticias del día. Nada que llamara la atención. (Nada sobre él esta semana.) Fue por un vaso de agua. De regreso en su escritorio, se loggeó al Facebook. Encontró que Claudius había colgado un nuevo álbum de fotos.

“Vacaciones Mayo 2010”. Accedió.

La primera fotografía estaba sobreexpuesta. Quien la tomara, olvidó desactivar el flash automático. Correspondía al interior de un automóvil. Lucifer reconoció el Toyota Corona de Claudius. Haciendo memoria estimó que, como menos, el coche era del 88. La fotografía había sido tomado desde la parte delantera de la cabina, quizás en la posición del espejo retrovisor. Incluía en el encuadre, algo torcido, los 5 asientos de pasajeros. En el lugar del copiloto estaba Mariana. Miraba por la ventanilla, alegre y distraída. En el asiento del piloto reconoció a Claudius. Moreno y tosco, hacía honor a su nombre latino. Sonreía con amplitud y aplomo. Llevaba una camisa blanca abierta hasta la mitad del pecho y unas gafas de medida. Con un brazo sostenía el timón; con el otro había cogido la cámara fotográfica y, cruzándolo por delante de su rostro, la colocaba en posición.

La décima fotografía enfocaba a Mariana y Pedro, juntos bajo un pórtico tremebundo. Supuso que Claudius la habría tomado. Mariana se veía diminuta y chaposa bajo ese pórtico, que debía tener 20 metros de altura y estaba construido con un mármol pálido. Sus leggins azules permitían distinguir, entre la sombra oblicua que echaba sobre los dos la construcción, las piernas de trazo grueso. El saco de paño opacaba su rostro, ovalado y pulcro; cubría también sus senos robustos. El bolso le colgaba de un hombro, inclinándola; con el otro sostenía el brazo derecho de Pedro. Pedro se inclinaba sobre ella alzándose sobre una pierna. La abrazaba de lado y sonreía. Miraba directamente a la cámara. Siempre lo había hecho. Pedro era un gran amigo de Claudius, ya lo sabía Lucifer. Empero, también era el portero de Dios.

La cuadragésima cuarta fotografía incluía un breve atisbo del rosedal, si bien perdido en lontananza. Más cerca, una mesa de aluminio descansaba sobre una plataforma de laja, al lado de una piscina. Alrededor de la mesa estaban Claudius, Dios y Mariana. Tomaban helados. Sobre la mesa había un pote de chocolate, un pote de pistacho y otro de Cointreau.

La quincuagésima novena fotografía era la última. Había sido tomada de noche. En primer plano, Gabriel sonreía a menos de 30 centímetros del lente.

A las 2 de la tarde salió a almorzar, pero dejó la baya donde la había puesto en la mañana. A las 7 de la noche la recogió del escritorio, tomó el automóvil y volvió a casa. Encontró a Amanda pasando café. Una revista estaba abierta sobre la mesa del mostrador. ¿La había probado? ¿Todavía no? Los niños comían y conversaban entre ellos. Cuando se sentó a la mesa, Damián levantó un momento la mirada y Lucifer reconoció esa mirada. Luego continuó comiendo. Teresa sonreía y parecía estar obnubilada con los trocitos de queso en la sopa de cebolla.

Amanda lo cogió de los hombros: Mariana y ella habían hablado con Claudius. ¿Qué le parecía si el fin de semana se iban a Paracas? Los niños se morían de ganas. Lucifer se puso en pie y salió de la cocina. Eligió un tomo del estante del hall, se dirigió a la biblioteca y juntó la mampara. Cerró los ojos. Se sumió en una serie de fantasías que le pareció, sólo por un momento, podía ser infinita.

3

Se imaginó ser muy pequeño otra vez. Era un viernes por la noche –como era la costumbre de su padre– y estaba sentado en la mesa de roble ovalada cuyo diámetro, sin exagerar, recordó que alcanzaría los 8 metros. Habían terminado de comer y pronto servirían el café. También sentados estaban los demás integrantes de su familia: su padre, su madre y su hermano mayor. Su madre masticaba en silencio. Un querubín abanicaba las orejas de su hermano. Su padre golpeaba la mesa con los dedos de una mano; mantenía un ritmo y fumaba con la otra.

– Ezequiel es una salamandra. Susana… Susana escúchame, te lo digo yo, Ezequiel es una pobre salamandra. No debemos confiar en él. ¿No recuerdas los templos helenos? ¿Ahora quién manda allí?

Su padre fumaba y hablaba con serenidad. Tenía la tez lisa y los ojos enormes. Era moreno, ronco y abrupto. Era fornido como un luchador. A primera vista, era flagrantemente poderoso. Sus labios suaves parecían haber sido bruñidos con cera, y su voz era gruesa y afirmativa, como la de un juez. Conservaba, a pesar de la experiencia, un espíritu contemplativo. Podía pasar horas escuchando las súplicas de cualquiera sin mover un sólo dedo. Por otro lado, dirigía esta familia sin duda alguna, como su propia empresa. Del mismo modo que todos los hombres verdaderamente poderosos, sabía que no necesitaba modular su voz para dar a entender una orden.

– No quisiera que vuelvas a tratar con él… Son negocios, Susana, entiéndelo de una buena vez. El corazón del hombre también puede ser un negocio. Son sólo negocios. Susana, escúchame. Ezequiel es una pobre salamandra.

Pero su madre se había girado ahora y lo miraba a él. Se había olvidado de esa mirada.

– Lucifer, ¿dónde estuviste toda la tarde? ¿Estuviste en los jardines? Dime la verdad Lucifer. Dios me ha dicho que te vio corriendo en los jardines de tu padre…

A continuación se imaginó que era de noche, una noche muy negra y sin luna. Con los ojos cerrados, Lucifer se sonrió. Nunca iba en contra de todo. Quizás lo único que lo apartara de ser un renegado vulgar fuera eso: no creer que los lugares comunes fueran siempre despreciables. En cambio, ocasionalmente los encontraba instructivos y hasta reconfortantes. No les temía. Su padre le había enseñado que el mundo era oscuro, y que había ciertos trucos para iluminarlo. Le había parecido que el más sencillo consistía en colocar anclas. Todos amaban las anclas. Uno podía clavar estacas lo largo del mundo –cada una de ellas sería un ancla– y de algún modo podían las estacas descubrirse eventualmente. Uno llegaba a Bombay y encontraba un Mcdonalds, por ejemplo. Inevitablemente sentiría, cada vez que viera una, una suerte de sosiego.

Imaginó luego así su noche: negra y sin luna. Imaginó que la noche de su fantasía era tenebrosa y prosaica. Y de inmediato, con los ojos cerrados, se sonrió. Se halló en un jardín muy frío, parado sobre la grama humedecida por el rocío bajo esa noche silenciosa. El perímetro del jardín era irreconocible. A penas podían distinguirse algunos arbustos confundidos con las sombras. A la altura de los ojos una línea indefinida marcaba un horizonte: era el lugar donde terminaban las copas y comenzaba el cielo renegrido.

Parada también en la grama, a la derecha de él estaba Mariana. Su silueta pálida brillaba con la levedad traslúcida de un aparecido. Le pareció que era un tanto más pequeña que Amanda. La miró un momento de perfil. Llevaba el pelo castaño corrido detrás de las orejas; podía distinguir toda su mejilla y un pómulo colorado. En sus labios delgados se notaba el lápiz de labios todavía. Su frente amplia semejaba un planeta. Ella volteó y lo miró sorprendida.

– Luki… –le dijo. Pero nada más. Allí acabó la segunda fantasía.

Ahora se encontró en una cena formal. La cena acontecía en un salón cuyo piso estaba entarimado con parquet. En el techo altísimo estaban pintadas una secuencia de escenas bucólicas. Las paredes estaban decoradas con imágenes y fotografías diversas, todas de similar índole bucólica. Sentados alrededor de una mesa rectangular que se extendía el largo completo del salón, se disponían a ambos lados los invitados. Cada uno quieto sobre un sillón amplio y alto, además del traje formal de etiqueta, llevaba una máscara que correspondía con la anatomía de un animal.

Lucifer se sentaba en la cabecera y era su turno de hablar. Todos se alistaban a oírlo. Lucifer también llevaba una máscara, pero por el momento no podía saber a qué animal correspondía su máscara. Sólo podía oler su interior; podía oler el cuero curtido y viejo. En las expresiones de sus oyentes, pudo inferir que sería la máscara de un animal terrorífico. Por los agujeros en los ojos de la máscara, la escena la resultaba alucinante.

– Amigos… cómo explicarles… –comenzó.

Un minuto más tarde, no había dicho todavía una palabra más. Supo que debía hablar de la ironía. Y fue así en ese momento que creyó que esto no tendría fin. Primero se desesperó. Sintió nauseas. Sintió que había bebido toda la noche. No habló todavía. Solamente miró a los otros y sus máscaras. ¿Por qué todos tenían máscaras? ¿Y por qué no decían nada? Jugaba con sus manos, que tenía apoyadas sobre la mesa, y no hablaba. Todos permanecían en silencio. Debía empezar a hablar pronto. De repente creyó que estaba imaginando el futuro.

A las 10 de la noche abrió los ojos, como si nada hubiera sucedido, y volvió a la cocina. Los niños dormían ya y Amanda estaba sentada a la mesa con la computadora portátil encendida. Había puesto música, pero no había nada de comer.

– ¿Te provoca ir a la calle? Conozco un sitio nuevo.
– Vamos, pero tú manejas –le contestó.
– OK, vamos.

Volvieron sobre las 12 de la noche. Amanda puso la televisión y Lucifer sirvió dos vasos de vodka. Lentamente, bebió cada uno. Después vieron una película. Trataba de un asesino y de su compinche. El asesino usaba un traje azul marino y su compinche, de rasgos japoneses, una casaca de cuero. Hurtaban bancos, hacían tiros y follaban como locos. En la última escena, el compinche traiciona al asesino y le dispara por la espalda. Lucifer opinó que era un canalla; Amanda que el monigote ese se lo merecía.

Cuando acabaron los créditos, Lucifer cogió los fósforos que estaban en la mesa de la salita de estar y encendió unos cigarros. Le extendió uno a ella. Fumaron y un momento más tarde se fueron a la cama.

4

Amanda se la entregó después del banquete. Ya se habían ido los últimos invitados cuando Amanda se acercó y se la puso en las manos muy despacio, como si fuera un huevo delicadísimo. Lucifer la observó confundido. Era negra y lustrosa. Cabía totalmente sobre su palma y entre sus dedos. Era muy pequeña. Era un obsequio precioso y cuando se lo dio, él no lo esperaba de ninguna forma.

Un día y una noche después, todavía no la había encendido. Viéndola quieta y expectante sobre la mesa de noche, le pareció que era una avispa. Siempre había preferido a las avispas sobre los demás insectos. A diferencia de las abejas, por ejemplo, le parecían elegantes. A diferencia de las hormigas, le parecían astutas. En relación a las arañas, las encontraba femeninas. En comparación con las moscas, le parecían poderosas. Viéndola quieta y expectante sobre la mesa de noche, sonrió y pensó que su mujer era genial: le había regalado una avispa.

Carajo, se rió. Y Amanda se quejó. Seguía durmiendo. Boca abajo, su mandíbula larga descansaba sobre la almohada de plumas. La nariz contrastaba con las sábanas blancas: de su perfil duro, aún dormida, brotaban efluvios de autoridad. Llevaban mucho viviendo juntos, pero no se habían casado. Lucifer creía que era la mejor mujer que había conocido.

Se conocieron en la cafetería de la clínica, la noche del infarto de su padre. La hermana mayor de Amanda, Sofía, había parido esa misma madrugada. Dándose un espacio antes de acometer el trajín de la mañana, Amanda, que había pasado la noche con su hermana, fue por un café. Encontró a Lucifer sentado en una mesa de la cafetería. Se encontraba solo y sostenía un cigarro encendido con la mano derecha, sin dar una pitada. Se le veía meditabundo. Movía los labios como si estuviera cantando. Lo que es seguro, miraba en dirección a la pared blanca, pero no parecía que fuera sólo eso. Tampoco parecía que se hubiera fijado en el cuadro que estaba colgado en la pared y que indicaba, por grupos, la cantidad de calorías de cada tipo de alimento. Eso hubiera implicado una mirada de atención. Pero sus ojos estaban blancos y vacíos, como los cuencos de un coco sin leche. No, él parecía estar mirando a cualquier otra parte.

Amanda solía pensar que si bien Lucifer era un hombre, en cierto modo era también un rompecabezas. Mucho más bajo que su hermano mayor, a penas alcanzaba los 10 metros de altura. Era magro y a primera vista daba cierta impresión de debilidad, pero tenía los huesos gruesos y la voluntad endurecida. Más que la voluntad, alguno diría que era la rabia lo que le daba esa propiedad combativa a su espíritu que le permitía empecinarse en lo que quisiera y, mucho más, emanciparse de todo límite y cruzar cuánto linde le impusiera la realidad en la cara. Sin embargo, a menudo emitía sonidos difíciles de comprender, o cantaba melodías sin sentido. Cualquiera que lo oyera creía que estaba escuchando algún código secreto que jamás entendería. En realidad, Lucifer era más vago de lo que muchos esperaban. De lo común se concentraba en nimiedades. Así como era violento, también era tímido e indolente. En ocasiones le parecía a cualquiera que flotara, como flota un alga en un río: torciéndose y perdiendo la compostura a merced de la turbulencia. Su cuerpo andrógino vibraba como un muñeco ridículo y fuera de forma. De joven había sido pelirrojo, pero con los años el pelo se le había oscurecido hasta volverse castaño. En paralelo, la cara se le había secado, la frente estirado, la nariz había empezado a salírsele y esto lo había querido solucionar dejándose la barba. Llevaba ahora una barba espesa y canosa. Con la mirada perdida y dubitativa, le dio a Amanda la impresión de que este hombre debía ser un filósofo.

¿Dónde carajo está mirando?, pensó Amanda aquella vez de la cafetería. Y lo volvió a pensar muchas veces hasta que se volvieron a ver. Creyó en ese primer momento que lo conocía de alguna parte. Emanaba de él una especie de sinceridad que la apabulló. Le pareció guapo y se quedó viéndolo sin vergüenza mientras esperaba el café que había ordenado. El encargado de la cafetería le preguntó si quería leche. Le indicó que no. Se volvió otra vez para verlo. Él lo notó y asintió con una sonrisa leve. Entonces le dieron el café y caminó hasta el estacionamiento. Quedó quieta un momento dentro del vehículo, pero luego encendió su automóvil y partió.

Amanda se volvió a quejar. Lucifer se había vuelto a reir: mierda, tanto tiempo, se dijo. Jugó con sus dedos. Empezó a mover los dedos de los pies. Al rato Amanda se despertó. Reconoció que Lucifer estaba despierto. Con suma tranquilidad lo saludó, tiró la frazada y se dirigió al baño. Se escuchó que empezaba a mear.

Después de la cafetería, sólo se volvieron a ver unos meses después, en una fiesta que organizó Claudius. Se reconocieron de inmediato. Amanda había ido con Mariana, su prima. Lucifer bebía un trago con Claudius y ambas se acercaron a saludar. Lucifer pensó que Mariana era bonita. Claudius pensó que Mariana era bonita. Mariana pensó que Claudius era guapo, pero que Lucifer se traía algo. Amanda hubiera aseverado lo mismo. Claudius les preguntó cómo se llamaban. Amanda y Mariana, eran primas. Ellos eran Lucifer y Claudius, eran amigos desde pequeños.

Hablaron los cuatro toda la noche. A los 3 días se volvieron a ver. Esa noche Lucifer fue en su auto a dejar a Amanda en su casa. Estacionados fuera del garaje, Lucifer deslizó la mano tibia por su muslo, hacia su ingle. Amanda no lo detuvo. Se mudaron juntos el siguiente otoño. Damian y Teresa nacieron un par de años después. Primero Damían; Teresa dos años después. Pronto Lucifer había creído que eso era todo lo que había querido.

Amanda volvió del baño y se echó primero a su lado. Reconoció la avispa, quieta sobre el escritorio. Refunfuñó. ¿Todavía? Pero no le dio importancia. A veces Lucifer podía hacer lo que quería. A veces Lucifer era un zángano. Pero usualmente no lo era, se dijo en la mente. Se echó y recostó su cabeza sobre el estómago amplio y lampiño de Lucifer, como queriendo oír lo que pensaban sus vísceras. Al rato volvió a quedar dormida.

Lucifer miró por la ventana: el día estaba abierto. Era martes. Puso su mano sobre el pelo obscuro y denso que caía sobre su pecho con una caricia. Hundió sus dedos entre sus pelos hasta que se entrelazaron. Creyó que podía reconocer el olor del mar, algo similar al musgo, espacios profundos. Entonces la sacó hacia atrás con un escalofrío.

Se volvió y cogió la baya del escritorio. La encendió… o les digo que la quiso encender. ¿Dónde estaba el botón de encendido? Creyó que oía ruidos y movimiento en la cocina. Jugó un momento con ella, pero se distrajo. Ahora estaba seguro que podía escuchar el motor de la licuadora. ¿Quién mierda estaba jugando con la licuadora?

moby-dick

Me preguntó a qué me había referido cuando había señalado al orador, había sonreído y había dicho él sí que tiene pene. Yo le dije que imagine un corazón dentro de un pene, luego a su vez este pene -que lleva un corazón adentro- dentro de otro corazón. Ella puso cara de estreñimiento y me dijo que eso era rídiculo y que nada tenía que hacer ella -tan hermosa, tan dulce, tan completamente la mujer que yo quería para mí- imaginando corazones (¡qué cursi!) o penes (¡qué vulgar!).

Un momento después yo le dije que no era en absoluto ridículo, que en ocasiones la verdad estaba detrás de lo insolente o lo sincero, y que en ocasiones nada disntinguía el uno del otro. Pero ella insistió. Entonces yo le dije que trate de imaginar un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene…

Ella permaneció con la mirada opaca y en silencio hasta que, habiendo perdido el aliento del todo, me detuve a respirar. Supe así, retorcido por su cara impávida, que ella no tenía remedio. Aún conciente de lo vano del esfuerzo, le dije todavía, procuraba hablar su lengua es como cuando apuntas la cámara a una tele y proyectas en la tele lo que está en el cuadro: exactamente así.

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No fueron necesarios mayores malabares, extendidas magias, ninguna especial concentración. Nunca estuve dispuesto a rezar o soñarlo. No me detuve en una colina ni me dejé crecer la barba. Amilanado por los humos de la ciudad –el carbón luminoso de los autobuses, la tos agria: la mirada idiota de los transeúntes horrorosos– empecé esta trayectoria solitaria. No llamé a un pueblo para que viniera conmigo. No propagué esta buena nueva. Había que cruzar el charco a toda costa y yo estaba dispuesto. Me había propuesto aquella meta y ya caminaba por los zócalos del mar, entre lenguados que brincaban sofocados y cientos de pulpos aguerridos, muy campante, muy seco, muy sencillo. Había robado los pertrechos necesarios de la despensa de mi madre: 20 pecanas, 8 huevos y un galón de Coca Cola. No era necesario más. Había traído mi Ipod, unas chanclas viejas y esta mochila de cuero raída. Así podría andar solo por días y no eran todavía días, habían sido solamente horas desde que había partido. Dejando todo: el futuro –que me era tan promisorio– y mi colección de películas de Alfred Hitchcock. Porque al otro lado del charco (donde fuera que eso estuviera) estaba todo lo que yo buscaba, aquello que había perseguido ya demasiado tiempo y que no habiendo sido encontrado me había conducido directamente hacia esta frenética incertidumbre, una incertidumbre amplia que se destilaba rápidamente en una ansiedad ciega y pura, una ansiedad que a su vez era como un vómito verde, ectoplásmico pero concreto, una ansiedad que bloqueaba caminos, inodoros y alcantarillas pero que simultáneamente habría autopistas, que detenía abruptamente toda razón de esperanza pero que indefectiblemente conducía a considerar la posibilidad de que existiera aquello. Y si aquello verdaderamente era todo lo que buscaba (como lo intuía, si bien no lo podía comprobar del todo pues la certeza es en si misma inalcanzable), había que hacer lo que fuera por descubrirlo.

Entonces brinqué de mi cama, apagué la televisión y lancé el control remoto por la ventana. Le dije a mi madre que no me esperara, que era como esperar a que volviera Jacques Costeau de entre los muertos: que nadie era tan huevón para esperar que alguien volviera del otro lado del charco. Ella automáticamente lloró, vaciló, me dijo que no me vaya. Yo no hice más que gritarle que ya me había ido; cerrando la reja metálica que daba a la calle, más allá del portón principal y de la puerta de vidrio: ¡ya me fui! le grité. Ella probablemente se quedó pensando en Jacques Costeau; yo me sentí un albatros que planeaba sobre las Islas Galápagos, gentilmente sobrevolando los peñascos, estratégicamente aproximándome poco a poco en perfecto sigilo: un albatros con la misión secreta de cagar el yate blanco como la nieve en el que se asolea Jacques Costeau, un albatros dulcemente escandiendo un gesto amargo de esperanza y bufa en blancas sílabas de caca sobre la oscura piedra volcánica y los nuevos lentes de sol de nuestro memorioso Jacques, siempre bronceado, sexy y de pelo cano, siempre en tanga azul marino. Lo que en ese instante me confirió de efectiva y apreciable libertad, entusiasmo, expedición, lo que fue al cabo positivo dado que no tenía idea de dónde iba ni de lo que me esperaba. Y sí que me esperaba mucho (como lo intuía, si bien no lo podía comprobar todavía).

El asunto es que iba descendiendo por una quebrada que se ahondaba en lo profundo del zócalo marino. La quebrada cortaba el mismo lomo de la placa de Nazca y se hendía como una cicatriz entre dos aristas gigantescas de barro, guijarros y musgo, desde el este hacia el oeste. Yo descendía por un camino rocoso y húmedo, descendía pausado por la ladera que se arrimaba al norte. El suelo estaba todo cubierto de restos de algas verdosas y de palabritas que crujían bajo el peso de mis pisadas. El sol quemaba y eso era extraño, porque en la ciudad de Lima y en la costa y las bahías que la rodean el sol no suele aparecer salvo en los meses de verano, y entonces incluso tímidamente. Esto era octubre y contra todo pronóstico el sol pujaba como un enano perverso, estreñido y sesudo, hacía las veces de un cíclope incisivo, se esforzaba y descendía sobre la ciudad y las costas y las bahías que la rodean, conseguía en efecto subir la temperatura. En consecuencia parecía elevarse un humo salobre desde las rocas y la mugre que recubría el suelo, normalmente acostumbradas al abrigo del agua. Todo parecía estar hirviendo o próximo a hervir, y del musgo y de las algas, de todas partes surgía este hedor pestilente, marciano y soez. El hedor tenía un sabor dulce, agridulce, un efecto intoxicante e inmediatamente narcótico. Entonces, no sé si temiendo perderme en algún nuevo placer o quizás buscando escapar de ese vaho venenoso, cambié de rumbo. Doblando hacia el norte comencé a trepar la ladera. Y la tarea fue dificilísima. El material suelto conjugado con la humedad habían convertido a la cuesta en poco menos que un tobogán. Para lograr avanzar había que patear y hundir el pie en la grava a cada paso, construyendo de este modo un peldaño temporal, abriendo un camino. Así, a pesar de la moderada distancia, sólo después de dos horas fui capaz de alcanzar la cima y el abra que separaba a la quebrada del resto del horizonte. Desde lo alto pude observar los alrededores con mayor claridad: no había nubes por ninguna parte. Podía ver claramente en todas direcciones. Hacia el norte, a unos 5 km, podía ver la gigantesca montaña que era la isla San Lorenzo; detrás de mí, otros tantos kilómetros en esa dirección estaba la península de Chorrillos. La luz solar atravesaba todo, iluminaba la atmósfera completamente, así impregnaba este paisaje lunar de apreciable vida y le confería a la realidad trastocada, en un sentido muy convencional, de un tinte Pop.

De pronto reconocí un yate. Miré hacia abajo: detenido sobre las rocas a unos 200 metros de la cima donde yo me situaba había quedado ligeramente de lado, varado entre unos peñascos filudos. El casco estaba astillado y quebrado, del lado de babor se veían profundas llagas y detrás de él corría un riachuelo de combustible. Sin embargo, a pesar de la zozobra evidente en la que estaba sumido, no parecía haberse detenido la fiesta en él. Decidí acercarme a él y empecé a bajar del otro lado del abra, adentrándome en otro espacio que ya no era un valle agreste sino que más bien parecía una distendida planicie cóncava, un bowl árido y perfumado. Me detuve a escasos metros de la embarcación.

Mi primera conclusión fue que esta tenía que ser la mejor fiesta que había visto en toda mi vida. Si bien el yate no era gigantesco, pues tendría a lo sumo 50 pies de eslora, lucía como una estrella –era totalmente blanco– y estaba todo cubierto de gente. Habría unas 40 personas en él y todas reían, brincaban, jugaban o conversaban, bailaban y brillaban, besaban, bebían de aquella forma en la que bebemos sólo cuando somos totalmente ignorantes de lo que sucede a nuestro alrededor. Luego estaban absolutamente felices, no había lugar a cuestión sobre aquello, y eso hacia perfecto sentido: los 40 embriagados que constituían la fiesta en ese bote de ningún modo sabían que el océano se había secado a su alrededor y que su yate, magnífico como era, estaba encallado en el fondo del mar.

Mi segunda conclusión fue que existía un secreto profundo pero mundano y solemne aunque seguramente satánico que yo desconocía y que se revelaba a casa instante en una forma extravagante, continuamente en la celebración que observaba, validándola, volviéndola maravillosa y entrañable. Se revelaba en los ojos endiablados de las mujeres y en las sonrisas sublimes de los hombres, o quizás en sus camisas abiertas que dejaban entrever sus pechos lampiños, en todo caso siempre sólo en cualquier parte de cualquiera de ellos, hombres y mujeres indistintamente, por ejemplo en sus ropas blancas y frescas o en las comisuras de sus labios al sonreír o en el brillo de sus dientes y en el reflejo negro de sus gafas al inclinar levemente la cabeza hacia atrás para beber un poco más de las amplias copas de cristal. Este secreto, por lo demás, jamás me sería revelado.

Mi tercera y última conclusión fue que la mujer delgada de pelo oscuro y ojos claros que me había visto acercarme poco a poco, que se había erguido y había caminado sin quitarme la mirada de encima hasta el borde de la cubierta, que no llevaba nada sobre la piel excepto un bikini naranja y minúsculo y que sonreía, que sostenía una copa de un líquido enrojecido y de apariencia deletérea, que me miraba ahora a los ojos y murmuraba desde sus labios algo que yo no entendía ni estaba seguro de que quisiera entender pero que quería pensar estaba dicho inglés, que bien podía estar siendo dicho en swahili, francés o rumano, que ella tenía que ser la encarnación irrefutable, la concreción misma de Kleopatra en el Pacífico. Y de pronto la mujer hizo así con la mano, así también con los brazos. Entendí que me invitaba a subir al bote. Trepé por la escalera trasera, caminé entre los invitados y me senté a su lado.

Empezamos hablando de objetos. Ella me preguntó qué me parecía el yate. Yo le dije que me parecía un yate bacán, pero que en líneas generales prefería los veleros. Me preguntó qué pensaba del tamaño de su yate. Le dije que ciertamente era un yate muy grande, que debía gastar mucha gasolina y que tras él debía quedar el agua del mar hedionda y aceitosa. Me sonrió, me dijo que su yate sólo tenía 49 pies y que había yates mucho más grandes, que había yates de 150 pies, por ejemplo. Yo le dije que eso me parecía increíble y que si era cierto, tenía que ser además alucinante. Ella me dijo que habría querido uno con el deck más amplio, pero que los impuestos eran una barbaridad en el Perú. Yo le dije que no sabía nada de eso, pero que seguramente era así porque alguien se hacía rico con ellos. Ella me dijo que era justamente eso, que en este país había mucha gente que se hacía rica con el dinero de otros y que robar sus impuestos era sólo uno de los muchos métodos que habían sido inventados. Yo asentí. Ella me dijo que a eso le llamaban economía de libre mercado y, por si lo dudaba, que era la más grande de todas las maravillas modernas. Yo asentí. Me dijo que todo servía para nada y que lo único que podía hacer uno, al fin y al cabo, era comprarse un yate lo más grande posible y pasarla en él bebiendo copas de este líquido enrojecido (que era hecho en Italia), tomando sol en el deck mientras electrocutaban personas en el SIN, todavía en el año 2009, y especialmente si morían policías en la selva. Yo sólo asentí.

Luego quiso que habláramos de películas. Yo no le quise hablar de películas y traté de asir su mano, pero la retiró sutilmente. Estaba sentada en un pequeño asiento de lona blanca y, muy recta, me miraba hablar, casi declamar. Entonces le dije que me gustaba Isaac Asimov. Recogió su pelo, lo sacó de su mejilla derecha y lo colocó detrás de su oreja. Me preguntó qué películas había hecho. Le dije que ninguna, pero que algunos de sus cuentos los habían hecho películas. Se acomodó los lentes; usando la mano izquierda extendió el dedo índice y con él empujó suavemente la parte de la montura que descansaba sobre su tabique. Me dijo que Asimov sonaba ruso. Asentí, le dije que en realidad era norteamericano, como Dick Cheney o como Arthur Miller, como D.W Griffith. Me dijo que le sonaba ruso, como Garry Kasparov o como León Tolstoi, como la palabra Perestroika. Me reí. Le gustó que riera: me dijo exagerando que le encantaba la palabra Perestroika, que Gorbachov era un genio. Tomó un sorbo de su copa y agregó –empero– que los rusos en general le aburrían. Yo le dije que había muy buena literatura rusa. Ella me dijo que en Rusia hacía demasiado frío. Yo le dije que eso era cierto. Ella me dijo que sólo había leído esa del Archipiélago Gulag. Le confesé que en ese caso la comprendía.

Después hablamos de perfumes. Yo le dije que mi olor preferido era el de los jazmines por las noches de verano, ese perfume esparcido por el aire cálido de aquella temporada. Ella me dijo que eso era muy maricón de mi parte y que su olor preferido era el de las madreselvas, si bien algunas noches era el de los floripondios, perfume que entraba por su ventana eventualmente y la drogaba por sorpresa y que por tanto la hacía feliz por sorpresa. Deduje que le encantaba que la tomen por sorpresa. Me corregí: le dije que mi olor preferido no era en realidad el de los jazmines, que eso la había dicho para encantarla, sino que mi olor preferido era el del agua clorada que se seca sobre la laja una tarde soleada junto a una piscina. Ella me dijo que eso sonaba muy bonito, como a cuento de Lewis Carroll, y que entonces me perdonaba por mentirle. Yo le dije que ella olía a fruta oscura, a madera rancia, a cueva mohosa donde están madurando un Gouda brutal. Ella me dijo que yo olía a sudor de bestia de carga, a cuero curtido y avellanas. Yo le dije que a eso a lo que olíamos le llamaban almizcle, que era una mezcla de sobaco y feromonas. Ella no lo comprendió.

Finalmente hablamos de viajes. Me preguntó a dónde iba. Le dije que iba en busca de dios. Me ordenó que no le mienta otra vez. Le dije que no le mentía, que sólo utilizaba una metáfora. Me pregunto a qué dios buscaba. Le dije que a uno borracho y redentor. Me dijo que ese dios no existía. Tomó de su copa. Me dijo que sólo había un dios y ese dios era macabro, aunque la verdad muy guapo. Le dije que debía tener razón. Me preguntó donde lo buscaría. Supuse que quizás le interesaría buscarlo también, en vista de que claramente su dios, si bien guapo, era macabro. Le dije que al otro lado del charco. Me dijo que eso era demasiado lejos para ir caminando, que quizás este charco no acabara jamás. Le dije que sí lo hacia, que tenía que hacerlo. Ella me dijo que no lo creía. Yo insistí en que ya estábamos muy viejos para cometer ese error. Puso cara de duda. Le dije que me compararían con Leif Ericsson y pondrían mi nombre en un colegio. Tomó un sorbo de su copa. Me aconsejó que en todo caso fuera en avión o me comprara una Jeep. Me reí. Puso cara de confusión. Me reí otra vez. Me dijo que no me burle. Me volví a reír. Entonces me dijo que era un papanatas. Yo le dije que la iba a amar para siempre. Entonces me propuso follar bajo cubierta.

¿Te parezco bonita? ¿Para qué te paras? ¿A dónde vas?

En una cabina el amor es como una burbuja. Fuera de ella el amor es muchas cosas más, todas esas cosas que siempre son dichas y que no nos detendremos a considerar esta vez. Porque dentro de una cabina, bajo una fiesta y después de una copa o dos o tres de un líquido enrojecido, el amor es sólo como una burbuja. No escapa y por tanto sofoca, abruma, se torna tibio, cálido, inevitablemente acaba volviéndose ardiente y fucsia como una estufa, se desata y es una granada tremebunda que nos envuelve y nos fulmina y finalmente nos absuelve. Esto, como todo lo que es maravilloso, es al cabo también violento, vejatorio, vertiginoso. Es decir que en una cabina no se ama bien: bien como se quiere en el campo, con el olor del arroyo y el perfume del heno ascendiendo por las fosas nasales; bien como se quiere en la playa, ventilados los cuerpos de los amantes por la brisa; bien como en un jardín, sobre la grama fresca, bajo la luz de las estrellas de cielo. Es decir que en una cabina se ama mal, como en un video amateur que buscas en Internet. Se ama sin foco y sin nitidez; sí se ama, pero el cuerpo de este amor está partido y perdido, cuadriculado en píxeles que le son insuficientes porque vuelven discreta una pasión irresponsable que de cualquier modo es continua, indivisible. Las tomas de este amor procaz son pobres, están de lado, están torcidas, tiemblan u oscilan al tiempo de los giros y saltos de los cuerpos excitados, a veces no incluyen en el cuadro lo más trascendente o pierden en un descuido el momento culminante de la faena. Los besos que corresponden a este amor son cortos, a lo menos son muy incómodos, a veces demasiado grandes para entregar la ternura suficiente, otras demasiado pequeños para connotar la voluptuosidad que está implícita en él. Es un amor que no tiene espacio para nada, que no atina a nada salvo culminar de cualquier modo, porque está hacinado y es bruto, porque para él la gravedad es un enemigo y eso le confiere una propiedad torpe y ensuciada. En él todo se hace demasiado rápido, quizás demasiado lento –entiéndase: se hace muy mal–, y así no es un amor para todos, claramente no es un amor popular, en realidad es un amor que pocos desean y que menos logran, pero es un amor que en esa hora, envuelto como por un hermoso y vulgar alicate en las piernas de Kleopatra, fue suficiente para mí.

¿Te gusto? ¿Te gusta mi pañuelo? ¿Do you fancy mon écharpe?

Después de acabar le dí un beso en los labios. Me erguí y vi su cuerpo blanco y desnudo y pequeño que permanecía inmóvil en el lecho. Se encogía en un ovillo tétrico, se protegía todavía de mí. Era pálido y daba la impresión de estar hecho de mármol, cubierto en un esmalte suntuoso y homogéneo. Estableciendo un contraste frío entre su piel y este, un pañuelo azulino le rodeaba el cuello. La cabina a la que habíamos entrado era un cilindro, una especie de cavidad de nave espacial o de cueva mal iluminada, un lugar contradictorio que en ese instante me daba la sensación de asemejarse a una cámara frigorífica. Habíamos entrado y habíamos terminado y yo me había erguido y allí estaba ella: inmóvil y etiquetada. Entonces, precisamente cuando lo noté, ese lindo pañuelo azulino le rodeaba el cuello todavía, le giraba alrededor del cuello como una horca. Yo pensé en una horca, en una ejecución y en una etiqueta, luego me sonreí. En ese mismo instante me empapó un olor a pez que había surgido súbitamente del cuerpo de ella, que había colmado instantáneamente la cabina como un gas, aunado a sus gritos unos minutos antes, contrapuesto a cualquier llanto, multiplicado por mis pasiones ya satisfechas. Me embebía, asimismo, un deseo puro, un estado puro de logro. Mientras me vestía, reconocí por la única claraboya que fuera duraba todavía la ceremonia. Aún bebían, reían, se besaban los invitados entre si. Los vi y me sonreí. Tomé asiento y pasaron unos minutos en perfecto silencio. Me dispuse a verla por segunda vez: estaba pálida como un muerto. ¿Dormía? Su nariz estaba plácida y su ceño estaba seco, su abdomen estaba lánguido, su ingle no se movía. ¿Dormía? Sólo la sien mantenía su color: una pequeña flor, tenía una pequeña flor escarlata descansando sobre la sien. ¿Dormía? Era difícil decirlo. Sus ojos estaban cerrados pero sentía que me miraban todavía.

¿A dónde vas? ¡Vete! ¿Qué es eso?

Estamos preparados para mucho menos de lo que nos sucede. Estamos preparados para todo lo que pensaron que nos iba a suceder, pero de pronto nos sucede mucho más de lo que pensaron. En eso consiste todo: en la sucesión azarosa de eventos para los que estamos y no preparados. De pronto salimos a la mar y nos suceden cosas que no nos debían suceder, que no estaba previsto que nos sucedieran. Por ejemplo, conocemos a una mujer y ella sonríe, lleva un bikini naranja, nos conduce a una cabina que es como una cámara frigorífica. Por ejemplo, bebemos demasiadas copas de un líquido enrojecido. En eso consiste todo: en la sucesión azarosa de eventos para los que estamos y no preparados y antes los cuales hacemos cualquier cosa: el ridículo, lo mejor, lo inimaginable. Y después es fácil. Después vagamos por las quebradas, descendemos desde la ciudad, paulatinamente hasta algo monumental o irrisorio que acumula la mierda o se asemeja a su verdadera esencia –que es divina– y más allá de lo cual, así lo esperamos, está lo que buscamos. Avanzamos entre hordas de caballas estacionadas en los lechos, entre hordas de caballas boquiabiertas que mueren en sus lechos. Si tenemos hambre, asesinamos a un tollo indefenso que ha descansado en cualquier cuesta, nos alimentamos de sus vísceras cartilaginosas. Al cabo, el sol sigue alto, a pesar de nuestros actos. Descendemos en otra quebrada: el musgo, el perfume narcótico de las algas rancias nos excita, nos detiene: nos confunde y propulsa. Alcanzamos un abra nueva: la claridad y el horizonte son todo lo que hay. Todo se repite y en algún lugar entre la espesura y la amplitud ambas, conjugadas, empiezan a diluir la memoria del viajante, otrora tenaz.

¡Dame un beso! ¿Cómo te llamas? ¿Quieres abrazarme?

Como les digo: sencillamente brinqué de mi cama y me despedí de mi madre. Ella trastabilló, lloró mientras yo partía. Hice como si no lo supiera, imaginé que su llanto estuviera demasiado callado y fuera inaudible. Salí y crucé la avenida El Ejercito, caminé unas cuadras y descendí por la cuesta hasta la playa desierta de Magdalena. Sintiéndome entrar en él, el mar se abrió. No se abrió en dos, como partido por una navaja. Ese fue el absurdo método de Moisés. Pobre viejo: maldito, senil y abigarrado. ¡La técnica avanzó tanto desde los tiempos de Moisés! El clarinete, ¡la bala!, el helado de vainilla, ¡la cámara fotográfica!, los implantes de silicona, la inteligencia artificial, el vinagre balsámico, ¡la pornografía!, el teléfono, la vida extraterrestre, el sistema ISO, las metanfetaminas, el borrador, ¡la fresa!, el sticker, la melancolía… Este mar se secó paulatinamente entre mis piernas, hacia mis piernas: como si toda la Bahía de Miraflores fuera una bañera y yo hubiera hundido en ella la boca de mi aspiradora.

¿Me quieres? ¡No te vayas! ¿Sabes francés?

No me parece descabellado el símil que compara un agujero negro con el portal de San Pedro, la puerta de entrada al infierno con el milagro cósmico.

jermaine

Miguel se me adelantó y se presentó, se sentó a la mesa del café, sagaz como un gato, me miró los zapatos primero (eran unos sencillos zapatos de lona blanca y debió llamarle la atención su pueril, brillante condición), luego cruzó las piernas con esa manera sensible que tienen los hombres sensibles para amodorrarse y me dijo cómo se llamaba. Me dijo también, con cierta sonrisa orgullosa, que era un consagrado paparazzi.

Hola, soy Miguel, el amigo de Azucena, el consagrado paparazzi.

Yo me sorprendí. Él tenía los ojos claros y grises. Sudaba aún, a pesar de haber entrado al café hacía rato y de haberse sentado primero en otra mesa, mirándome de lejos unos minutos, dudando sobre si acercarse o no. Yo lo había reconocido a lo lejos –lo conocía ya de unas fotos en el Flickr de Azucena–, había reconocido sus ojos claros y grises. Después de notar mi sonrisa educada él se había decidido, se había levantado procurando una actitud desmedidamente vigorosa y había caminado directamente hasta la silla que estaba al otro lado de la mía. Se había sentado con un ademán elegante, como de intelectual de moda tomando asiento en un concurrido café vienés, y así había descubierto yo que si bien tenía los ojos claros y grises, al mismo tiempo eran demasiado amplios, estaban envidrados, eran brillantes y azules, estaban como estrellados en el espacio. Risueño, los utilizaba para mirarme detenidamente mientras jadeaba. Yo proseguí con la conversación y le dije muy serio que en Lima no había paparazzi. Él me dijo ¿y qué crees, que te estoy mintiendo? Yo le quise decir que sí, que era muy bello y que por tanto tenía cara de puto y que por tanto tenía que ser un mentiroso. Todos los hombres somos así. Pero él no tenía cara de estar mintiendo realmente, nos reímos y así fue que supe que Miguel era el primer paparazzi limeño que conocía.

Había llegado a Miguel a través de Azucena. Había llegado a Azucena a través de un beso. Había llegado a aquel beso a través de una mirada. Me había aventurado a esa mirada, ya un año atrás, gracias a una perfecta desesperación. Un año después y omitiendo cientos de detalles, había quedado con Azucena en tomarnos un café, con ella y un amigo suyo, fotógrafo. Había bromeado con Azucena sobre tomar unas fotos después. Unas fotos en ese sitio donde fuimos una vez me había dicho. Y ahora, mientras me sentaba con Miguel a tomar un café en ausencia de Azucena, no reparaba cabalmente en lo vago que había sido todo aquello. Me atenía a la realidad: sabía ya, por ejemplo, que Azucena era preciosa y estudiaba diseño de modas, que sólo quería saber de hombres y que yo era uno, lo que presentía no debía ser una casualidad: debía ser una señal que me condujera hasta poseerla. A ella, con sus cejas oscuras y con sus greñas magníficas, con sus ojos magos y esos labios que parecían de plexiglás. Adicionalmente estaba por saber que Miguel, a su vez, era el mayor experto en hombres que transitara la ciudad. Experto en siluetas de hombre, en perfiles de hombre, en iluminación muy profesional de hombres: experto en sucios cuerpos de hombre fotografiados en bañeras, indignamente fallecidos bajo puentes, desnudados entre sábanas e incluso montados en vistosos automóviles. En resumen, estaba por concluir que ambos amaban los penes. Sólo que Azucena tendía a escribir poemas –muy malos, por cierto– sobre penes paternales y maravillosos y dignos y generosos, llenos de templanza o sabiduría, mientras que Miguel prefería buscarlos en Internet, principalmente en versiones portentosas. Eso no los hacía perfectamente compatibles, pero eran grandísimos amigos, me explicaría Miguel. Pues si bien Azucena era una chica muy sensible prefería jactarse de femme fatale, entiéndase: de puta imposible. Y Miguel, muy apropiadamente, era efectivamente una puta imposible. En esta coincidencia yacía el secreto de su amistad incondicional, glamorosa, intermitente, jodida, ocasionalmente tierna, al cabo perfecta y envidiable.

Azucena no va a poder venir, se quedó en el estudio me dijo.

Mirar a Miguel me daba cierta paz, cierta lujuria exánime, aquella lujuria que no propulsa ni ocasiona rubores o erecciones sino que reposa, incita al reposo, no coacciona a lo animal, sólo permite intuir su posibilidad o un atisbo de ella lo suficientemente pequeño como para negarla, y que por tanto es una lujuria fácil de llevar, una lujuria acaso moral, colonial, una lujuria secreta de verano y balneario apacible durante la cual se puede tomar un café caliente o escribir un libro extremadamente prudente sobre política económica o tener una familia contenta en la Lima de 1963, recién elegido Belaúnde, con hijos modosos y una esposa poco puta, así como mi madre. Mirar a Miguel me decía que yo estaba tranquilo y era hombre, que este café, negro como un espejo, estaba justamente amargo, bien a pesar de que no hubiera venido Azucena, a pesar de que en vez de ella (junto con la posibilidad difícil pero seductora de desvestirla) sólo viniera un amigo de ella, incluso cuando muy probablemente lo que él quería no era precisamente ayudarme a desvestirla, en cambio desvestirme a mí. Quiero decir que mirar a Miguel en los ojos, todavía con el gigantesco desaliento que me causaba, me permitía pensar con cabalidad, dilapidar cánones, me permitía dilucidar lo estricto de lo estrecho, lo amplio de lo dilatado, hacer deslindes entre política y pasión, casi discurrir como un conquistador por el espacio sonoro, acústico del café. Pero aún así, a pesar de este sosiego en el que Miguel me inducía, y muy a pesar de no estar pasándola nada mal con él, no entendía el cometido de todo. ¿Qué mierda estábamos haciendo los dos solos aquí?

10 minutos después decidimos pagar la cuenta y nos paramos. Él tomo la puerta metálica para que yo pudiera pasar a la calle primero y el viento entró rugiendo mientras cruzaba el umbral. Se me revolvieron los pelos. Me sentí de pronto una dama, perfecta y coqueta. Y no puedo decir que me disgustó sentirme una dama. En cualquier caso era mucho mejor ser una dama con los pelos revueltos que ser lo que era la mayoría de las noches como esta. Salimos y caminamos rápidamente por la vereda mientras él hacía chistes y yo miraba los árboles, los verdes árboles de la noche y el tiempo que vivíamos, árboles fantoches que debían estar riéndose al mirarme pasar: una dama excelentísima, walking around. Yo los escuchaba poco, también escuchaba poco a Miguel. No pensaba en lo que me decía, en cambio miraba derecho: pensaba en la calzada gris rata, rajada por las raíces de los árboles fantoches, pensaba en los autos que pasaban, en la tragedia humeante que era nuestro parque automotor. Pensaba en todo el futuro, abriéndose como una red endemoniada, como la raíz de un árbol fuera del control de todos, de mí, de Azucena y de cualquier Presidente de los Estados Unidos de América. Pensaba en todo el pasado al mismo tiempo, duro y salomónico e incapaz de perdonarme. Y así yo iba ido y él siguió hablando y yo seguí junto a él, siempre completamente ido pero sorteando a los vendedores ambulantes y a los niños que nos pedían propinas con genial pericia, con la gracia generosa y apocopada que quiero sospecharle, hoy tan lejos y con referencias históricas seguramente tan sesgadas, a María Antonieta. Lo que es decir que en ese momento yo fui exacta y perfectamente María Antonieta, y que él fue mi Marlon Brando, que cruzamos raudamente la avenida sobre la que estaba el café, iluminados por las lámparas de los restaurantes (uno suizo, uno israelí, uno italiano, uno chino) mientras brillábamos y sonreíamos y cuando acaso algún taxista de moral moderna envidió nuestro amor flagrante. Del otro lado, al llegar a la esquina, tomamos una calle transversal y caminamos en dirección al sur entre los casinos. Seguimos así alrededor de 30 minutos. Mientras la avenida se volvía cada vez más oscura, se velaba cubierta por edificios angostísimos y toldos rectangulares que penetraban la avenida desde terrazas repletas de recipientes y helechos. Llegamos a una plazoleta inclinada. Después de cruzarla, esquivando el monumento a Bolívar que se apostaba al centro como si fuera un pequeño campo minado, tomamos un pasaje que descendía hacia el acantilado. Estaba bordeado por casas distintamente construidas. Desde fachadas afrancesadas hasta pulcras fachadas mínimas, había una diversidad tal que parecía un catálogo estrambótico de la arquitectura europea del siglo XX. El pasaje desembocaba finalmente en el malecón. Entonces tomamos el malecón otra vez hacia el sur y al cabo de un rato alcanzamos una pequeña redondela. Tras dar un tercio de giro, en diagonal hacia abajo y hacia el acantilado, bajamos por un camino empedrado que se ahondaba después de unos segundos en una quebrada muy angosta. Bajo un puente de caña seguimos el camino hasta que alcanzamos un descanso rodeado por los acantilados. Frente a los ojos, el mar se exponía como una garganta exhalando salmuera sobre nosotros. Era el límite de la ciudad. Allí me senté sobre un poyo de cemento.

Él se despabiló con una risa distendida, rápidamente abrió su mochila, sacó un aparato desproporcionado y telescópico. Para la primera foto se detuvo a 15 metros de mí, mirándome con ojos profesionales. ¡Flash! Yo quise sonreír como la hermosa Farah Fawcett en ropa de baño (mucho antes de su enfermedad). En la segunda foto se puso en cuclillas a 8 metros de mí. ¡Flash! Yo quise sonreír como Farah Fawcett en un vestido de gala (durante su enfermedad). En la tercera, cuarta y hasta la décima foto, Miguel hizo un giro amplio, trazó medio círculo, trasuntó un hemisferio, lo giró desde la imagen frontal de mis ojos hasta el perfil muy próximo de mi quijada incrédula. ¡Flash! Berlusconi en una pool party, cien mujeres calatas rodeándolo y cámaras de televisión. ¡Flash! Bob Marley, reducido y alegre, fumando un porro en un espacio extrañamente oscuro. ¡Flash! Megan Fox desvistiendo a la humanidad entera con los ojos. ¡Flash! Philip Roth dando una conferencia, hablando barbaridades de la literatura sudamericana. ¡Flash! Steven Spielberg, pelucón, muerto en una esquina de Munich. ¡Flash! La Kirchner cruzada de piernas, mira el cielo, se abanica y habla maravillas del futuro. ¡Flash! Yo mismo, durmiendo una siesta en un piso en Barcelona.

No puedo decir que entendía lo que sucedía mientras Miguel hacía de las suyas. No puedo aseverar tampoco que él lo hiciera, pues trastabillaba mientras avanzaba hacia mí, murmuraba indiscutibles incoherencias y parecía volver a transpirar. No puedo aseverar que entonces me sentí cómodo, incómodo, comprendido, sucinto, expatriado, circunscrito, desparramado, ambivalente o tenaz. No puedo aseverar qué demonios trajo a mí esa vorágine que sentí, ese agujero negro y megalómano que enzarzó mi ánimo y que me permitió, por 45 o 60 segundos de gloria celeste, volverme la versión masculina de Kate Moss. No puedo aseverar absolutamente nada. Quizás puedo sugerir que pensaba en la conversación que habíamos tenido, en sus inflexiones frívolas y en las gracias que me había causado la estupidez indescifrable y consistente de Miguel. Quizás puedo aceptar que Miguel había logrado confundirme, que había sacado la diva de mi corazón y que yo, en ese precioso instante, lo admiraba por eso.

Tras la décima foto Miguel se había sentado a mi lado. Se acercó mucho y en ese momento lo interrumpí, detuve su mano que se aproximaba asiéndola con la mía que temblaba, un poco nerviosa. Le dije Miguel, me gustan las chicas. Entonces lo solté y me eché hacia atrás, levantando las piernas sobre el poyo, junto a mis muslos, de tal modo que formaran un escudo contra él. Él se estiró, volvió a alcanzar mi mano y puso en ella la cámara de fotos. Sonso me dijo. Se río: sólo vamos a tomar unas fotos.

Una fotografía lustrosa del puente de los baños. Una fotografía de un anciano que cruza el puente y lleva una gorra de caña. Tiene el mostacho azabache y descomunal. Una fotografía de los restaurantes en lo alto del acantilado, iluminados y radiantes: fucsias, capulíes, verdes, azulinos. Una fotografía del ángulo agudo de las lozas del muro chato que separa el camino del acantilado, extendidas hasta el quiebre del camino. Un tobogán de piedra. Una fotografía de las pálidas nubes contra el éter azul, como leche diluida derramada sobre un hielo profundo. Una fotografía del mar: una fotografía de un útero plástico fecundado con pequeñas semillas de jebe y miles o millones de imaginaciones. Una fotografía de dos amantes que caminan, se separan miles de centímetros, vuelven a caminar juntos y cruzan la pista. Una fotografía de un camión ciertamente misterioso que lleva redes de pescar. Infringe 30 reglas de tránsito. Una fotografía de las pequeñas tiendas de los pescadores clausuradas por la SUNAT. Una fotografía de la playa, de la luz de la ciudad plateándola por la espalda, confundiéndola, sugiriendo que el hombre pequeño que la cruza no es un simple y miserable hombre descalzo. Es Neil Armstrong, un poco encorvado. Una fotografía magnífica de la urdimbre de una estera. Una fotografía obscura, apenas discernible en ella la forma de las sombras: la espuma, un espigón, el reflejo líquido del rompiente. Una fotografía desenfocada de la noche. Una fotografía del sueño mismo, aparecido, personificado en una mujer idéntica a Liv Tyler y vestida de blanco que viene hacia nosotros caminando desde el mar, gritando palabras ininteligibles. Habla el idioma ancestral de las sirenas. Una sencilla pero franca fotografía del abismo.

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Hay que dormir en todos los lugares posibles. Hay que dormir en sofás de tres cuerpos, en armarios, en plazas asoleadas, en calzadas ensuciadas de países que visitemos. Hay que dormir en escaleras de laja, en descansos de escaleras de madera, en piscinas de mayólicas azules, en verdes pastizales rectangulares. Hay que dormir en camas de hombres y en camas de mujeres. Hay que dormir en camas que huelan bien. Hay que dormir con frío. Hay que dormir con alguien que no conocemos. Hay que dormir a la intemperie. Hay que dormir bajo higueras y muy cerca de drenajes habitados por mujeres pequeñitas, hálitos de ángel: encarnaciones de demonios viejos hechas action figures a la moda. Hay que soñar.

Es necesario perseguir la belleza a toda costa.

Hay que brillar en la oscuridad. Hay que ser totalmente otro, muchos, no solamente uno, pues no es suficiente ser solamente uno para este mundo tan hambriento y ninfómano y estridente y clerical. Hay que esconder toda la verdad. Hay que mentir: a todas las mujeres, a tus amigos del trabajo, a tu mamá. Hay que posar. Hay que crear una imagen, un sospechoso personaje redondo pero falso, una caricatura clara y luminosa u opaca y oscura y vaga y ominosa que viaje por el mundo globalizado como Francis Drake coqueado por los océanos gigantescos, por una ciudad perfectamente plana que antes pensamos era nuestra maravillosa vida y que en verdad no lo era, sino que sólo era un estropajo llano, una paradójica ruma plana de trastes de historias de corazones de sueños y otras imaginaciones.

Es necesario ver muchísimos videos de David Bowie.

Hay que odiar a todos, indiscriminadamente. Hay que abrazarlos después. Hay que destruir todo lo que somos. Hay que construir todo lo que queremos ser. Hay que odiar todo lo que fuimos: hay que odiar todo lo que seremos. Hay que señalar los errores ajenos. Hay que mirar al enemigo con desprecio. Hay que amar la conquista por si misma. Hay que imaginar que cada hora de tu vida es parte de un prolongado y casi eterno campeonato de Risk donde el árbitro es una contorsionista belga o austriaca, todavía mejor si es ucraniana, una contorsionista que seguirá tus pervertidas órdenes siempre y cuando la proveas de la suficiente cantidad de billetes de 100 dólares. Hay que encubrir el meollo de ese asunto. Hay que averiguar donde imprimen billetes de 100 dólares.

Es necesario que viajes solamente.

Hay que esperar el brusco momento del encuentro con el fin, que no está lejos. Mientras tanto, hay que reírse de los débiles y procurar juntarse con los fuertes. Hay que golpear a los fuertes por la espalda una mañana, una tarde, una noche o madrugada cuando se descuiden endulzados por nuestras maliciosas sonrisas de azafata de avión francés. Hay que asumir el riesgo de que luego de ese primer golpe no logremos acabar con aquel fuerte, pues quizás entrene jiu-jitsu o sea indestructible, y hay que saber que quizás él decida en represalia golpearnos. Hay que amar ese riesgo como si fuera una copa congelada de helado de vainilla con fudge. Hay que entender que los fuertes pueden matarnos con las manos, sin necesidad de armas y especialmente sin necesidad de decir palabra alguna. Hay que perder el miedo de la muerte. Hay que creerse efectivamente Genghis Khan cabalgando por la estepa. Hay que imaginar a la muerte como una señora similar a Grace Kelly, pero muy puta y dispuesta a felarnos a espaldas de Rainiero.

Es necesario hacer deporte por la madrugada.

Hay que engañar a los adultos. Hay que mentirle sistemáticamente a todo adulto que se nos acerque. En cambio, hay que ser absurdamente sincero con los niños. Hay que mirarlos a los ojos –hay que saber que en esos ojos estrambóticos vive un futuro demonio de fuego y dinero y sexo y vida y alucinante salvación– y hay que restregarles el mundo por los ojos. Hay que exprimirles un wetex empapado de mundo gota a gota dentro de los ojos, como quien cura un enfermo de conjuntivitis. Hay que procurar cegarlos para siempre. Hay que herirlos. Hay que dañarles el alma y el ánimo. Hay que saber que sólo concretando aquel deslinde entre la realidad y sus deseos podrán salvarse de esta soñada vanidad.

Es necesario saber de política económica.

Hay que decirle a todas las chicas que las amas, indiscriminadamente. Hay que amar, indiscriminadamente. Hay que ser un huevón. Hay que ser agresivo, soez, parlanchín, generoso, burlón, cariñoso. Hay que medir grosores de labios y espesores de narices. Hay que ser hermoso, imbécil, galán, injurioso. Hay que besar multitudes de lunares. Hay que ser irracional, violento, cautivante. Hay que mirar directamente a todos los ojos que nos miren. Hay que ser mágico, múltiple, matón. Hay que negar la posibilidad del fin de cualquier instante. Hay que ser perfecto, parcial, radiante. Hay que evitar un llanto.

Es necesario hacer el amor.

Mientras Luciana cocina para todos, fríe los zapallitos y se arregla el pelo con esa gracia flagrante de la cual nos sonreímos todos, mientras su chompa turquesa se incendia moderadamente… Cuando yo entro a servirme un vaso de agua a la cocina inmunda, y el piso pintado con cebollas y tomate, y mis medias también inmundas, y ella allí friendo los zapallitos… Una noche contenta mientras tomo una cerveza en cambio de un vaso con agua, sentado en una maleta en el centro de la sala del departamento de Dora en Buenos Aires he pensado algunas cosas. Y la verdad es que tuve mucho tiempo en 24 años para hacerlo.

Creo que existen principalmente dos núcleos desde donde crecen y surgen nuestras mayores pulsiones. No creo más en aquel modelo científico del alma, tampoco en aquel romántico del cerebro, todavía menos en aquel político del corazón. Mientras me siento en una maleta, creo ser un artefacto bipolar. Rayado entre dos núcleos idénticos: existiendo entre estómago y pene, movido con la misma indecencia, desde cada uno o desde ambos al mismo tiempo, por la ternura o la violencia.

De pronto lo sé. Miro a Luciana y quiero contárselo. Le hablo, le comienzo a explicar y noto algo más: improviso.

Lu, estuve pensando mientras cocinabas. Creo que todos tenemos dos centros, dos lugares donde está lo que somos, dos lugares donde se localiza nuestra vida. La mayoría de gente cree que la vida se localiza en un solo lugar. Algunos creen que es el cerebro. Algunos creen que es el corazón. Yo creo que tengo un estómago, un órgano burdo y tierno con el que quiero y detesto. Además creo que tengo un pene, un segundo órgano burdo y tierno con el que quiero y detesto. No son muy distintos: son dos veces lo mismo y sin ninguna coordinación. Creo que esos son los dos lugares donde se ubica mi vida.

Pero ahora que te veo…, creo que tú eres por lo menos una cosa más. Tienes un estómago, claro está. Tienes una vagina, por supuesto, es lo mismo que mi pene. Pero además tienes otra cosa…: ¿te has visto la cabeza? No hay vida solamente en tu estómago, no hay vida solamente en tu vagina, también hay vida en tu pelo incontrolable. ¡Mira tu pelo! Esas greñas son otro lugar, otra cosa, esas greñas tienen vida propia. Tú, Bob Patiño y William Wallace… ¡ustedes son otra cosa!

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Y ella se sonríe. Porque vale: no todos existimos en el mismo número de planos y las distinciones siempre son una observación agradable.

Recordando aquel viejo juego, le dije a María Fe si estuvieran en un bote perdidos en el medio del mar, tú, Jorge y tu mamá, y si tuvieras que sacar a uno, porque si no el bote se hunde y todos se ahogan, si tuvieras que hacerlo, ¿a quién de los dos botarías? Pero ella es completamente incapaz de responderme: no puede decidir entre su mamá y su novio.

Si yo fuera María Fe, con toda su alegría apabullante, inalcanzable, si yo fuera ella, tan imposible como aquello es porque si yo fuera ella ya me habría cortado el cuello (y entonces, por definición, no «sería»), si yo fuera ella botaría a mi mamá sin dudarlo.

Me impresiona la alegría constante de María Fe. Su alegría es como una tetera y la mía es como un cigarro. Su alegría es como un globo y la mía es como un condón. Su alegría es como un cantante y la mía es como un actor. Su alegría es como una estrella y la mía es como un planeta. Su alegría es como tres hojas de menta y la mía es como abundante hierba mate todavía húmeda, pegada al fondo de un recipiente metálico. Su alegría es como un éclair cubierto con perfecto chocolate; la mía como un tiramisú. Su alegría es como la tarde en Bermuda y mi alegría es como la mañana en Londres. En pocas palabras, su alegría es como la felicidad y mi alegría es hosca, dura: mi alegría es como el amor.

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Ocurre algunas veces que veo a mi mamá, que me habla y le sonrío y conversamos, que me divierto y conversamos. Ocurre otras que veo a mi papá, que lo miro y sé muy poco qué puedo pensar de él, que conversamos y yo no sonrío y él alegre se dispone, por ejemplo, a contarme de su trabajo, de sus éxitos e intricadas fabulaciones. Pero yo lo miro, la miro, los miro y no pienso nada. Me siento triste. Me siento solo.

Ocurre entonces que no entiendo a María Fe, y eso por extensión es decir lo mismo que decir que no entiendo a casi nadie. Otra tarde, le he preguntado a María Fe, francamente intrigado ¿puedo abrazar a tu mamá? y ella se ha reído mucho de mí y me ha dicho ¡no! Entonces yo le he replicado ¿ni el día de tu matri, en el saludo?

Ando todavía sin respuesta, pero sé cómo vivir así: no sería el mismo si no hubiera estado siempre desamparado.




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