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1

Desperté el lunes cerca de las 9 de la mañana. Giré sobre la cama, cogí el teléfono de la mesa de noche y marqué el número de Mónica.

–Hola… ¿Mónica? –titubeé, todavía dormido.
–Hola, ¿Juan? –contestó Mónica. Su timbre era fresco, como el agua fría.
–Hola Mónica.
–Hola Juan, ¿estás bien? –calló un momento–. ¿Qué pasa?
–Bueno, la verdad es que me siento un poco mal –le confesé.
–Ok… pero… ¿qué tienes? ¿Vas a poder venir?
–No lo sé… Me siento mal, desde ayer.
–¿Desde ayer? –preguntó.
–Sí, desde ayer –repetí–, me duele… me duele el culo desde ayer.
–¿Que de duele qué?
–El culo –le respondí–, me duele el culo.
–¿Qué te duele el culo, me has dicho?
–Eso mismo, el culo–. Imposté la voz grave y seria–: Me duele mucho el culo desde ayer.

2

Todo empezó el domingo. Apareció el domingo entre mi culo una masa voluptuosa y endurecida: una piña. No había esperado jamás que lo hiciera. Nunca antes me había crecido nada allí, junto a las nalgas. Es decir que estuve sorprendido cuando descubrí que aquello me había aparecido, de pronto, de la nada, en el exiguo espacio entre las pompas. Es raro que le crezca a uno una piña en ese lugar. Estuve anonadado, desconcertado, no había sabido nunca antes de otro caso similar.

Me levanté el domingo por la mañana y tenía un piña entre las nalgas. Desperté y todavía llevaba la ropa de la noche anterior: un par de jeans oscuros, las medias negras, una camisa azul y la casaca nueva. No era extraño; ocurre que bebo hasta entumecerme. Acostumbro luego de entumecerme hasta la desmemoria dormir con la ropa con la que salí en busca de los líquidos que quiero o que quizás no quiero tanto, pero que de cualquier modo bebo y me entumecen, me hacen estar como si nada me importara, como si entumecerme fuera el único propósito en mi vida –en ese momento de hecho lo es– y como si fuera ingenuo a todas las traiciones y ausencias que me han sido infligidas en la vida por mis enemigos y los amigos en iguales proporciones (y frecuentemente en confabulación), a todas aquellas arteras embestidas yugulares que han sido asestadas en mí y que jamás puedo olvidar, menos aún cuando lo pretendo y estoy entumecido.

El hecho es que eran las 11 de la mañana y que estaba echado sobre el cubrecama aún parcialmente entumecido, en realidad quiero decir borracho, que tenía la garganta sucia y que necesitaba con urgencia mear, pero cuando me quise erguir sobre el colchón, sentí una punzada entre las nalgas. Un dolor sordo hirvió en todo mi cuerpo. De inmediato retrocedí: volví a tumbarme. Al rato volví a intentarlo: otra vez sentí la punzada aguda e inaplacable, larga como tratar de aguantar la respiración, luego el dolor sordo recorriendo la espalda desde abajo hasta las axilas. A pesar de él, esta vez me erguí decidido. Anduve hasta el baño rengo. Hacía un túnel amplio con las caderas, manera que mitigaba el malestar. Acto seguido, tras cerrar la puerta de madera, me libré del jean y del calzoncillo de algodón. Me ausculté profusamente con el dedo índice y el medio; me contorsioné, recorrí con cautela toda la superficie del objeto desconocido. Era obvio, sí, efectivamente, tenía una piña alojada entre las nalgas. La piña se adhería con rigor al tejido inflamado, persistente y dolorosa. Al tacto era tensa como el diamante y yo imaginé que si pudiera traerla fuera, brillaría en la opacidad del cuarto de baño. Mas no pude traerla fuera. Tras estimularla, la piña demostraba no ser un cuerpo inerte. En cambio estaba muy bien conectada con mi entraña; podía enviar señales centellantes por todo mi cuerpo, que se quebraba al instante. El dolor era certero, daba justo donde residía mi orgullo y lo dejaba sonso, alicaído.

Quedé silencioso un momento. Pude ver la imagen que reflejaba en el espejo. Pude ver que tenía el pelo revoloteado y grasoso, los ojos sangrados y tristes. Volteé la mirada.

De inmediato entré a la ducha y puse el agua caliente. Cuando alcanzó cierta temperatura, dejé que me diera por la espalda. El vapor comenzaba a formar una nube y la nube me envolvía. Quise creer que me abrumaría. El vapor entraba en mis ojos y humedecía mi pelo graso, mis axilas agrias, sin embargo no me aislaba totalmente. Podía escuchar lo que pasaba fuera. A través de la ventana que daba a la jardinera oía el televisor y oía también los pasos de mi madre, que iba y volvía por el pasillo entre las habitaciones. Cerré los ojos. Un momento más tarde, giré y dejé todavía que el chorro me diera por la espalda. Después de recorrer los omóplatos y la cintura, el chorro tibio seguía el surco entre mis nalgas. Ahora, cuidadosamente, incliné las caderas hacia atrás y procuré que el chorro acariciara la piña. Estuve así un rato más. El agua caliente bañaba la piña y parecía disminuir el dolor… Entré en una especie de trance.

Pensé que quizás me ocuparía de la piña más tarde. Pensé que acaso… ¡a lo mejor la ignoraría! Cerré la llave de la ducha, elegí un par de zapatos y tomé medio litro de agua que había puesto la noche anterior a helar. Conduje el auto hasta los pantanos de Villa. Durante el almuerzo noté que la piña seguía creciendo. Hice lo que pude por ignorarla. Siempre y cuando no la tocara o ejerciera presión sobre ella, parecía no molestar. Más tarde no pude manejar de regreso hasta San Isidro.

Por la noche tomé un café con José. Sentado en la cafetería, cruzando las piernas podía mantener la piña unos milímetros sobre la porción de mis nalgas que sostenía el tronco recto. Cuando volví a casa hurgué en mis calzoncillos. Noté que todavía crecía. El dolor era en efecto insoportable. Esa noche me acosté de lado, atormentado por la hinchazón.

3

Desperté el lunes cerca de las 9 de la mañana. La habitación estaba inundada con una frágil y extraña luminiscencia. Sentí otra vez la garganta sucia y ácida. El olor a sudor impregnaba el aire, lo había vuelto salobre. Cada respiro era tortuoso y denso; tenía el sabor de la mostaza y las verduras hervidas. Había dormido muy poco. Recostado todavía sobre el hombro izquierdo, miraba hacia la ventana y podía ver como el día se comenzaba a manifestar entre las persianas metálicas.

Quedé lánguido un momento, metido aún entre las sábanas, postrado y callado. Con el sol del invierno en los ojos, astuto, azul, sentí un pequeño alivio. Giré sobre la cama, cogí el teléfono y marqué el número de Mónica. Timbró cinco veces y nadie contestó. Un minuto después volví a intentar. Ahora timbró solamente una vez.

–Hola… ¿Mónica? –titubeé, aún parcialmente dormido.
–Hola, ¿Juan? –contestó Mónica. Su voz era clara, como el agua fría. Detrás del auricular (fresca como el agua fría) Mónica llevaba ya 40 minutos sentado frente a su computadora.
–Hola Mónica.
–Hola Juan, ¿estás bien?
–Ehh… Sí, sí… bueno no… en verdad no –le confesé.
–¿Qué tienes? –calló un momento, esperando una respuesta, luego siguió–. Ya son las 9 de la mañana Juan. Juan, teníamos el almuerzo con Patricia, ¿recuerdas?
–Me siento un poco mal, Mónica.
–Ok… pero… ¿qué tienes? –sonaba de pronto ofuscada–. ¿Vas a poder venir? Tenemos el almuerzo con Patricia, ¿recuerdas?
–No lo sé. Me siento mal, desde ayer.
–¿Desde ayer?
–Sí, me duele… me duele el culo –le dije–. Desde ayer.
–¡Desde ayer!
–Sí, desde ayer –repetí.
–Espera, ¿que de duele qué?
–El culo –me escuchaba, callada y parca–, me duele el culo desde ayer.
–¿Qué te duele el culo, me has dicho?
–Eso mismo, el culo. Me duele mucho el culo desde ayer.
–No entiendo, ¿el culo? –Mónica sostenía el auricular, y este, entre sus manos, semejaba una pistola–. ¿Desde ayer?
–Sí, el culo Mónica.
–…
–¿Mónica? –estaba jodido–. ¿Me escuchas?

Del otro lado de la línea, pude imaginarla sosteniendo el aparato con la cara sonriente, echa una máscara: los ojos muy abiertos mostrándose como dos huevos pálidos y la mandíbula caída. En realidad les digo que pude imaginar su cara imaginando a su vez mi cara. Recordé todas las veces en las que había visto su cara redonda y rosada a lo largo de los últimos años, su cara afable que me daba órdenes y que me parecía un melón. Supe exactamente la expresión que tendría ahora, sentada ella sola en la oficina unos minutos después de las 9 de la mañana, junto a la ventana que miraba desde un noveno piso sobre una atestada avenida de Miraflores. Supe ya cómo esa cara –la sonriente cara de máscara que sabía que llevaba en este instante– me permitiría distinguir la cara de alguien que está oyéndote hablar y pensando que es lo que dices –cómo más decirlo– una extensísima huevada.

Un segundo me detuve en el techo blanco de la habitación, en el ventilador que hacía giros colgado de él y cuyas aspas estaban cubiertas de polvo. Luego miré mis zapatos en el suelo de la habitación. Estaban mojados, tirados junto a la camisa que me había puesto la tarde anterior. Esperé otro segundo.

–¿Mónica? –no contestó.

Reconocí un ligero ajetreo del otro lado de la línea, un ruido de aquellos que connotan un trámite o un proceso. Alguien parecía estar moviendo u ordenando pilas voluminosas de papel. Se oía música en el fondo, muy bajo, casi como un murmullo ronco o una ilusión. Se oía también el teclado de una computadora que iba al ritmo del murmullo; iba y venía un teclado con pausas regulares, junto a los compases. Alguien redactaba con velocidad.

Vi la hora en el despertador. Eran las 9 más 7 minutos. Me provocaba un café largo y amargo. Di la vuelta sobre la cama otra vez y volví a preguntar.

–Aquí estoy, Juan –contestó Mónica.
–Mónica, pensé… –me detuve aliviado– pensé que se había cortado.
–No, aquí estoy.
–Sí… –no supe continuar.
–¿Me decías que te duele el culo? Me decías que…
–Sí, eso es –interrumpí–, me duele el culo. La verdad es que me duele mucho el culo Mónica.
–Ok…
–Y que no me puedo sentar… –agregué–. Desde ayer.
–Veo… ¿o sea que te duele el culo y por eso no te puedes sentar?
–Exactamente –recalqué, guardando una pausa afirmativa–. Es que me duele mucho.
–No entiendo.
–…
–No entiendo bien, Juan –insistió.
–¿Qué cosa no entiendes?
–¿Es un poco raro no? –pude notar que se reía, a este tiempo un poco asustada–. ¿Cómo que te duele el culo?
–Es que… ¿cómo lo digo?…
–¿Qué cosa Juan?
–…
–¿Juan?
–Aquí estoy.
–¿Por qué te duele el culo? –reclamó.
–Creo que me ha crecido una piña, Mónica.
–¿Qué?…–calló un segundo, luego volvió con un tono más alto– ¿Qué dijiste?
–Dije que creo que me creció una piña… Yo lo sé…, pero eso es lo que ha pasado.
–No entiendo –ahora exclamaba en voz alta–. ¿Cómo dices…?
–Yo sé que suena raro, pero creo que me creció una piña en el culo.
–¿En el culo? ¿Pero dónde?
–Sí… eso es –quise terminar la conversación–. Cualquier cosa yo te aviso.
–¿Una qué?… ¿¡Dónde!? –gritaba.
–Una piña…
–¿Una piña, me dices?
–Sí –le confirmé desesperado, y quizás con una contundencia que bordeaba con la descortesía, seguí–: En el culo, sí, en el medio, entre las nalgas. Me ha crecido una piña en el medio del culo. Cualquier cosa yo te aviso…
–No entiendo.
–Digo que creo que no voy a poder ir al trabajo hoy. Mónica, no me puedo sentar.
–Espérame un ratito –ordenó. Siguió un largo silencio–. Ok, ya volví.
–Ok.
–¿Bueno, tienes algo urgente para hoy?
–Ehh… mmm… –no podía pensar–, creo que no…
–¿Estás seguro? –volvió a preguntar.
–Sí, no, todo está al día.
–Bueno…
–Sí, bueno… chau Mónica, nos vemos mañana, supongo.
–¡Chau, cuídate! –respondió, y pareció querer colgar el auricular, pero inmediatamente agregó–: Espera, no entiendo.

4

Oí que se despedía y llevé el aparato lejos de mi boca, extendiendo el brazo derecho hasta la mesa de noche del mismo modo tal si fuera una pala mecánica. Lo llevé con lentitud y precisión trazando un arco amplio y constante, sin perderlo de vista, abriendo poco a poco el codo con una torsión hacia fuera alrededor de la axila. La piña, que hasta este momento de la mañana se había mantenido en silencio, comenzó de pronto a latir con insistencia. Un sordo tambor bregaba entre mis nalgas, y el estruendo del tambor, aliado a repetidas punzadas enviadas a mí con cada uno de los golpes dados en él, ocasionaba un escozor espeluznante.

Cuando el teléfono estaba por alcanzar su posición de descanso, estuve aliviado. Entonces empezó a tocar el tambor: ya casi había puesto el auricular en su lugar sobre la mesa de noche cuando escuché, muy suave, lo último que Mónica dijo. Del mismo modo lo escuchó también la piña.

Esperé un momento y traje de vuelta el teléfono junto a la cara.

–Espera, no entiendo– dijo, y quedó silenciosa, permitiendo un corto suspenso–. Sí –repitió–, no entiendo.
–¿Qué cosa no entiendes? –le pregunté.

A continuación la conversación cambió de dirección. En cierto sentido, no podría asegurar lo que aconteció.

–Esto de la piña –contestó con ligereza–. ¡Esto de la piña me tiene muy, muy intrigada! –agregó, y se puso a reír.
–Ah, cierto.
–¿Cómo es? –en su lugar, sentada en la oficina, Mónica sonreía–. Dime, ¡¿cómo es?!
–Es un poco extraño todo esto. Mira, tú entenderás… Me levanté las mañana del domingo y ya me dolía. El sábado estuve fuera, de fiesta. Tomé demasiado. No sé lo que pasó.
–Sí –interrumpió–, la verdad… ay, yo no había escuchado algo así antes. ¡La verdad es que jamás había escuchado algo como esto!
–Mónica, yo tampoco, pero te puedo jurar… Fui al baño. Bueno, la ví. ¡Es, es cierto! –exclamaba–. No sé lo que pasó…
–¡No entiendo! –se reía. Y cada carcajada, como la mano de una campesina lechera, parecía frotarme la piña con una cosquilla–. ¡No entiendo!
–Para serte totalmente sincero, Mónica, ¡yo tampoco lo entiendo! He tratado mucho de entenderlo. Estuve todo el domingo tratando de entenderlo. Y no pude. En Villa, las dos horas que comí con mis padres, no pude descifrarlo. Cuando servían el vino, yo pensaba en la piña. Cuando asaron el chancho, seguía con los pensamientos en ella. Más tarde, recostado en el automóvil… ¡es que yo tampoco lo entiendo!
–¿Pero cuánto tiempo vas a estar mal? –Mónica bullía; la piña, como si la excitaran con una pluma, no se quedaba quieta–. Por Dios, ¿¡cuánto tiempo dura una piña!?
–No lo sé –espeté dubitativo–. Pero hoy no me he podido levantar de la cama. ¡Eso es seguro!
–Vas a ir al doctor, me imagino. Tienes que ir al doctor.
–No lo sé –imaginé llamar, imaginé la voz de la secretaria–. ¿Qué le voy a decir al doctor? “Doctor, necesito una cita por favor.” “Señor, qué es lo que usted tiene? “Doctor, tengo una piña en el culo”. ¡No! El doctor va a pensar que soy un loco de mierda, un imbécil. No me atenderá.
–¡Una piña! –ahora era casi como si le hubieran dado una buena noticia. Reía–. ¡Una piña!
–Es seguro que voy a ir. En la tarde, sí, ¡voy al doctor por la tarde!
–¿Y cómo es? –su respiración, al acelerarse, se había vuelto clara y rítmica. Tomó un descanso–. ¿Có-mo-es-la-pi-ña-Juan? –preguntó, ahora lentamente.
–Bueno, yo diría que es como cualquier piña, Mónica. Sí, en efecto, como cualquier piña. Como las piñas que compras en el supermercado. Sí, como cualquiera de ellas. Como las piñas que recuerdas de chica. Sí –¿que cómo cualquier piña? ¿Qué carajo hablaba?– Sí, así es.
–¿No la has visto?
–No, pero la he tocado. Fui al baño… La toqué con las manos.
–Mierda –replicó con asco–. ¡Mierda! –repitió riéndose–, ¿la has tocado?
–Sí, claro. Digamos –no existía una forma de explicar esto, así que acometí el asunto como pude–. La toqué con los dedos. Es ovalada, áspera, está cubierta de extraños rombos. Es como un huevo rugoso… ovalada como un huevo terso y rugoso, cubierta de rombos, muy grande.
–¿Cómo entra? –se mostró curiosa–. No imagino como te cabe allí.
–De hecho yo diría que no entra, Mónica. Sí, creo que por eso me duele tanto. ¡Eso es!
–Mierda, tienes que ir a un doctor Juan… ¡Mierda! –volvió a maldecir–, yo sé que no te gustan…
–Yo creo que se irá sola.
–¿Estás loco? Debes ir al doctor…
–Pero es sólo una piña. Al fin y al cabo… Ya se irá. Si pasa suficiente tiempo… No, yo no puedo. No. Después de todo, ¡es sólo una piña!
–¿Cómo que es sólo una piña?
–Yo creo que podría ser peor… Yo creo que podría ser mucho peor.
–¿Cómo podría ser peor?
–Ehhh… –medité un momento:– sí, creo que podría ser mucho peor.
–¿Qué?
–Podría ser una papaya –continué en voz alta–. Mónica: ¡imagínate si fuera una papaya!
–¿Una papaya?
–Ciertamente sería peor si fuera una papaya.
–¡No entiendo nada! –se carcajeó.
–Si fuera una naranja, creo que sería mejor.
–¿Por qué? –volvió a agravarse.
–Por el tamaño. Quiero decir… una naranja dolería mucho menos en el culo.
–¡Oye! –exclamó–. ¡Déjate de huevadas! Anda a un doctor y que te diga que tienes.
–En cambio una papaya dolería mucho más.
–Deja de hablar sonseras –ordenó.
–Pero si fuera una papa sería terrible.
–Mira, ¡escúchame! Tienes que…
–Por lo menos no tengo una papa en el culo –la detuve–. Tampoco hace ruido –seguí–. Imagínate que hiciera ruido.
–¿Cómo?
–Si hiciera ruido.
–¿Cómo mierda va a hacer ruido, Juan?
–Si fuera un animal haría algún ruido.
–¿Qué? Estás hablando huevadas.
–En cierto sentido, creo que tengo suerte de que haya sido una planta. Las plantas no se mueven, salvo que el viento sople contra ellas. Las frutas, en general, no joden demasiado. Las frutas, en su mayoría, son dulces y legres. Por lo menos las frutas no ladran ni aúllan.
–Oye…
–Pudo ser un coyote. Eso sí que hubiera sido un problema. Creo que pudo ser un coyote.
–Pero fue una piña…
–¡Imagínate! ¡Un coyote Mónica!
–Estás imbécil –concluyó, categóricamente. Ahora Mónica se había echado totalmente, el torso entero sobre un codo y el escritorio, y con la mano libre pasaba los post-its uno a uno, de un lado del monitor al otro, donde los volvía a pegar–. Además, creo que en Perú no hay coyotes, Juan.
–Y en Europa, ¿hay coyotes?
–No lo sé –replicó–. ¿Pero qué importa?
–Es que en el verano estuve en Europa.
–¿Y?
–Quizás lo traje sin darme cuenta. Quizás lo traje en la maleta, en el avión.
–¿Qué?
–Que quizás lo traje sin darme cuenta– Mónica imaginó un pequeño coyote, enrollado como una bolsa de dormir, en el fondo de la mochila–. En la mochila, por ejemplo.
–Juan, creo que en Europa no hay coyotes –imaginó que el coyote no se movía, imaginó que quedaba 16 horas totalmente quieto.
–Pero yo creo que quizás lo traje en la mochila sin darme cuenta.
–Juan, te hubieran visto y te hubieran hecho pagar por una mascota. Además, te digo… en Europa no hay coyotes.
–¿Dónde hay coyotes entonces?… –¿dónde?–. ¿Mónica?
–Sí, sí… En México hay, al norte. Allí tienen coyotes. Al norte de México hay un desierto muy largo. También es muy ancho. Está seco, como un pozo. Allí, donde se juntan México y los Estados Unidos, en medio de ese mar de narcos, putas muertos, allí mismo hay coyotes como cancha.
–Coyotes… ¿cómo el que persigue al Correcaminos en los dibujos?
–Exactamente –confirmó.
–Bueno, pero en México sólo fui al sur. Estuve en Yucatán, fuimos a la playa –recordé–. Fuimos con mis padres. Yo tenía 9 o 10, quizás menos. Mi padre condujo a Chichén Itzá, comimos tacos en Valladolid (sí, como en España). Luego casi se cae en un senote, el huevón. En el Bogarts, un restaurante para turistas decorado al estilo marroquí, el lomo tenía sabor a mierda. Lo juro, a mierda. Mi padre dijo que era carne congelada… Es que lo recuerdo todo perfectamente. Nunca pidas ensalda Caesars en México, Mónica, ¡nunca!
–En Arizona también hay –Mónica contaba las hojas libres de su cuaderno–. En Nevada hay coyotes. ¿Has ido?
–No fui nunca.
–Seguro que en Texas hay coyotes también.
–Solo estuve en la costa este. En el 89, cuando fuimos a Florida. Volvimos en el 91. La primera vez nos quedamos en el Sonesta; la segunda en el Marriot. Recuerdo como mi hermano se golpeó la cabeza en Miami Beach. Un poco más y se la rompe. Lloró como un maricón: ¡qué tal huevón! Y mi padre usaba casacas, con todo y el calor. Y mi madre todavía se ponía hombreras, como en las pasarelas… Recuerdo que me gustó mucho Miami.
–Pero allí no hay, eso es seguro. En los pantanos…, en los Everglades sólo hay cocodrilos.
–Luego en el 96 fuimos a Nueva York. Nos quedamos en un hotel en la 81 con Broadway.
–¿Conociste el MET?
–No. Mi mamá fue, pero yo me quedé en un McDonalds. Tenía un vaso de Dr Pepper de 12 oz. Era refill.
–Creo que lo que hay en Europa son lobos, Juan.
–Yo no vi ningún lobo en toda Europa –ahora era Mónica la que hablaba huevadas.
–Eso es obvio… Es obvio que no viste ningún lobo.
–¿Por qué? –quisé encontrar el motivo yo mismo. No lo logré–. ¿Por qué sería obvio?
–¿Acaso fuiste al bosque?
–No.
–Pues no creo que haya lobos en el metro, corriendo entre los inmigrantes hambrientos, ni lobos en el H&M, mascando los calzoncillos, ni lobos en las playas, cagando y cagando, ni en el Museo del Prado…vamos, en general, no creo que haya lobos por la calle en Europa. Europa es un lugar civilizado (probablemente demasiado), y en los lugares demasiado civilizados no hay lobos que van por la acera. ¡De ninguna manera!
–¿Por qué?
–Pues porque los meterían a una perrera. Tarde o temprano los encontrarían e irían a una perrera.
–¿Y después?
–Los llevarían al zoológico supongo. Allí los criarían o verían como regresarlos al bosque. En el bosque es donde tienen los europeos sus lobos.
–No lo creo.
–¿Qué mas harían?
–Podrían matarlos.
–¡No digas eso!
–Claro que sí, podrían matarlos con un tubo metálico, darles en la puta cabeza con un tubo metálico… ¡hasta volver mermelada sus cráneos!
–¿¡Qué!?
–Que quizás es un lobo, digo, lo que tengo. Quizás lo que tengo en el culo es un lobo que se había perdido y que aún no habían cogido. ¡Se salvó de morir! Quizás lo que tengo en el culo es un lobo que se salvó.
–Bueno, Juan, quizás, es posible. No es del todo refutable. Hay un momento para cada cosa y, en ese momento, cualquiera cosa es posible. Ya he visto muchas locuras. ¡Ya las he visto todas!
–Quizás por eso me ladraron los perros en Schiphol.
–Y tienes suerte de haber pasado la Aduana, con esa cara de fumón.
–¿No te conté que me retuvieron?
–Sí –bostezó, oí que daba un sorbo, oí el sonido que el líquido oscuro hacía cuando lo deglutía.
–La verdad me hubiera gustado conocer el bosque. Quizás hubiera visto un lobo. Quizás lo hubiera traído conmigo.
–¿Te gustan los lobos?
–Sí, pero no más que… ¿Sabes?
–¿Qué cosa?
–Tengo mucho sueño.
–Ok Juan.
–Ok, adiós. Hablemos mañana.
–Ok, cuídate –refunfuñó Mónica.

5

Eran ya las 9 con 20 minutos, el lunes por la mañana, cuando Mónica colgó el teléfono. Sostuve todavía el aparato un momento junto a la cara, hasta que sentí que el micrófono se humedecía con mi aliento. Cuando percibí las pequeñas gotas acumulándose sobre el la superficie de plástico, comenzando a mojar mis labios, lo puse en la mesa de noche y volví a girar sobre la cama.

Había más luz ahora, entraba con facilidad entre las persianas, pero no tanta como para colmar la habitación. Quedé dormido el resto de la mañana.

Recuerdo que tuve una pesadilla fabulosa. En ella, Carmen Miranda se aproximaba hasta mí atravesando el espacio oscuro de un cabaret en el centro de la ciudad. En un sótano profundo y tan alto como un auditorio y oscuro de una transversal de La Colmena, un salón mediano contenía una barra de madera y entre 20 y 30 sillones de un terciopelo púrpura, roído e impregnado con un hedor de humedad y polvo. Los sillones se agrupaban alrededor de unas pequeñas mesitas de aluminio, colocadas cada una bajo lámparas tenues de cristal que colgaban mediante un cable de acero del techo altísimo. Cuando uno se posaba en cualquiera de ellos, el material de los sillones se hundía y, como una flatulencia rancia, se esparcía alrededor un brumoso espíritu ocre. Las mesitas estaban cubiertas de tabaco; en los bordes, habían sido tatuadas con cientos de pequeños aros de herrumbre. Frente a estas –dispuestas siempre en una medialuna–, se apostaba un escenario alto, al tiempo de mi sueño vacío, decorado con motivos moriscos dibujados sobre planchas de metal burilado.

Era junio de 1947 y hacía un frío intenso. Carmen se sentó a mi lado.

–Hola –me saludó. Sus labios, abiertos como una puerta, estaban pintados con un lápiz coral– ¿Cómo estás, corazón?
–No muy bien –le contesté–. ¿Cómo estás tú?

Entonces cruzó las piernas y se inclinó sobre mí. Hice una seña y llamé al mozo. Le pregunté a Carmen qué quería. Me dijo que un whisky. Ordené un whisky y un capitán. Me volví hacia ella. Llevaba un vestido de seda con muchos colores. En el cuello le colgaba un collar de perlas. Tenía el pelo recogido en un peinado muy alto. Se sostenía todo, como si estuviera engominado, en un sombrero sobre el que se habían colocado una variedad de frutas. Le dije entonces que olía a frutas. Carmen, hueles a fruta. Me miró los shorts de pijama, delgados y a cuadros. Me dijo que aquello, de cualquier modo, debía ser bueno. Le dije que lo era. Sonrió y me preguntó por qué no me sentía bien. No supe qué responder en ese instante. Colocó su mano en mi muslo y apartó la mirada, poniéndola en la mesita de aluminio. Cerró los ojos y permanecimos en silencio hasta que trajeron los tragos.

En resumen, al rato le conté la historia: le dije que tenía una piña atascada en el culo. Se rió. Me dijo que eso no tenía nada de malo. Ella había tenido muchas frutas en el cuerpo. Ella había tenido plátanos en casi todas partes, por ejemplo, en la concha, en el culo y en la boca –en la boca era donde más le gustaba–, y una piña también, sólo una vez, en otros tiempos. Incluso ahora llevaba algunas uvas en la cabeza, como ya lo había notado yo. Era su trabajo, después de todo. Pensé que era cierto: ¡era su trabajo, después de todo! Asentí. Supongo que entendió lo que quise decirle. Se acercó un poco más. Me preguntó por qué tenía una piña, cómo carajo había llegado a alojárseme una piña. Yo le dije que no lo sabía. ¿Cómo podía no saberlo? Pues no lo sabía, le aseguré. Post hoc, ergo propter hoc, me dijo: ¿qué carajo hiciste la noche del sábado? Dímelo. Le dije que no lo recordaba muy bien. Había bebido cervezas, y luego pisco. Pues, ¿qué más recordaba? Recordaba a Pedro vomitando. ¿Nada más? Sí, recordaba estar bailando. Primero una música de los 80’s, luego salsa, luego no estaba seguro. Recordaba bailar y recordaba a Pedro vomitando. ¿Algo más? No. Ok.

Carmen ordenó otro whisky. Yo ordené una cajetilla de cigarros. Encendí el primero. Oímos cuatro o cinco canciones sin hablar. Insatisfecha, me dijo que seguramente había algo, entre todo lo que no recordaba, algo que explicaría todo y que si jamás llegaba a recordar, nunca desentrañaría el misterio de la piña fabulosa que tenía alojada entre las nalgas. Me dijo que si bien esto de la causalidad estaba malentendido, no había más, en cierto sentido, que encamarse con la bestia. Así de simple. ¿Así de simple? Sí, me dijo. Y en ese momento, cuando sonrió para afirmar la contundencia de su idea, se me paró. Ella extendió la mano y me la cogió desapasionadamente a través del pantalón, muy adusta, como quien coge una raqueta de tenis. De cualquier modo, casi me vengo allí mismo. Ella lo notó y me propuso ir a una habitación, pero le dije que no podía. A penas pude estar sentado en ese lugar.

Tras echarse hacía atrás en el mueble vetusto, Carmen bebió rápidamente el último trago de su vaso. Acoplada su imagen dominante a la del sillón republicano, hacía las veces de una virreina despiadada. Al rato se fue sin despedirse. Pronto desperté. Ya eran las 2 de la tarde y el cuarto estaba inundado con el mortecino capricho del sol. El sopor era próximo y sofocante. Cuando luchaba por llegar hasta el water, jorobado y torpe, recordé aquello de la navaja de Ockham. Miranda, pensé, Carmen de mierda. También creo haber llorado un instante, pero no sabría decirlo con precisión.

Esa misma tarde la piña empezó a menguar.

6

Los primeros días pasé largos ratos manipulando la piña, de la mano de un ungüento maravilloso, ponderando las potenciales causas de tan extraño padecimiento. Me tendía en la cama sin levantarme. La modorra me acometía implacable. Procuraba leer pero nunca pasaba de unas pocas páginas, pronto caía dormido. Me masturbaba. En los pocos periodos sin lucidez que se alternaban con el letargo reinante, procuraba ir determinando la evolución de la hinchazón. Con los días el dolor había disminuido considerablemente, dando paso a una picazón intensa que a su vez daba pie a la molicie. Me volví asqueroso. Tocaba y torcía la piña toda la noche, como si fuera un pequeño amuleto precioso.

Llamé el jueves temprano a Mónica. Le dije que no iría tampoco ese día a la oficina .

–Ok Juan –eso fue todo lo que me dijo. De inmediato colgó.

Por la tarde anduve hasta un restaurante pequeño cerca del parque de Miraflores. No había salido sol, pero la resolana era inmensa. Corría viento. Al llegar cogí la mesa que daba a la calle. Ya podía tomar asiento con normalidad.

Desde mi lugar podía ver unos chicos que jugaban con unas monedas sobre la vereda. Un señor, a cinco metros de la puerta del restaurante, vendía galletas de avena. Pronto se acercó el mozo, un hombre bajo de unos 50 años. Tenía las cejas anchas, era moreno y usaba una guayabera percudida. Ordené huevos revueltos, mostaza y una jarra de hierba luisa. Me miró como si fuera un imbécil. Me dijo que no servían nada de eso. Cogí la carta. Después de revisarla, ordené un shawarma de cordero, una ensalada de col y una cerveza. Por primera vez en cuatro días, comí y bebí como un puerco.

Más tarde ordené un café largo y coloqué el cuaderno azul sobre la mesa. Lo abrí. Sobre el papel había un dibujo hecho en lápiz. Era un pájaro gris, en pleno vuelo. Tenía el pico rojo, parecía que regurgitaba sangre a través del pico. Bajo los ojos, una sombra azul, tal si hubiera sido hecha por un maquillador, alumbraba su rostro. Pero no recordaba haberlo hecho. Pasé algunas hojas más del cuaderno y contemplé, a la mitad del encuadernado, la primera página en blanco.

Escribí algunas horas en esa página y las siguientes. Traté de atar cabos. Finalmente limité las posibilidades a dos.

I. La piña no era en realidad una piña. La piña era en realidad una inflamación del tejido hemorroidal en la boca externa de mi ano;

y II. La piña era la venganza artera del universo, vuelta sobre mí.

7

–Pedro –le dije–. ¿Qué, una chela?
–Vamos –aceptó.

Caminamos raudos a través del salón, un espectacular prisma rectangular, muy alto y decorado con esmero. El suelo estaba entarimado con tablones largos y gruesos. Una alfombra de un oscuro tono borgoña estaba perfectamente posicionada en el centro de la habitación, cubriendo gran porción del área del disponible para andar. Las paredes estaban cubiertas con un empapelado beige, con lunares. Quizás cuarenta guirnaldas de flores plateadas colgaban de las vigas que sostenían la construcción, cada una atada con una fibra de nylon gruesa y opaca. Reduciendo el espacio, muy largas, quedaban justo sobre la cabeza. Dado por los ocho potentes reflectores que se ubicaban en el perímetro del cielo raso, echaban sombras verticales y oblicuas que cruzaban el salón en todas direcciones. Hacían las veces de cuarenta macabros péndulos detenidos. Se habían colocado largas, chatas bancas de madera contra las paredes azules –los invitados se posaban y departían en ellas. En una mesa de metal, sobre la esquina más apartada, se había improvisado un bar. Detrás de esta mesa se encontraba un muchacho vestido con un traje oscuro.

Era sábado y la temperatura iba en descenso. Eran las 9pm, una noche de junio. Fuera llovía con chispas minúsculas. Nos acercamos al muchacho de traje oscuro.

–Está un poco tibia –me dijo. Lo miré: Pedro probó la cerveza con la punta de los labios. Sus labios hicieron la forma del pico de un loro y extendiéndose se hundieron en el vaso de plástico. Penetraron la abundante espuma. Dio un pequeñísimo sorbo, meditó un instante y asintió–. Sí, la acaban de traer. Después se enfría –me aseguró.
–Qué paja el sitio, ¿no?

Además del salón en el que nos encontrábamos, la fiesta tenía otros ambientes. Desde la entrada a la casona, un hall monumental y desnudo con nada más que una cúpula de mármol sobre un piso de azulejos, se ingresaba a los salones y pasadizos, todos de distintos tamaños y formas y acondicionados cada uno con motivo distinto, que formaban un anillo irregular. Los ambientes estaban unidos entre sí por varios pórticos abiertos. Se llegaba desde el extremo más lejano del anillo, con el salón más amplio, a una terraza y, a través de esta, bajando una escalinata al jardín cuadrado y seco. La tierra en el jardín era oscura y estaba removida, cubierta de pajas donde otrora crecerían flores.

En cada uno de estos ambientes se ejecutaba la fiesta; en cada uno con el mismo coqueto frenesí, apocopado e invernal.

–¿Te gusta? –le pregunté, señalando a la chica que bailaba a dos metros nuestro.
–No sé –respondió sin voltearse. Pedro tenía la mirada perdida en algún lugar entre las guirnaldas y la atmósfera densa. Le parecían algo mágico: cientos de guillotinas colgando del techo (algo extraído de un circo, pensaba). No había percibido, entre todo lo que nos rodeaba, lo principal. A dos metros nuestro una morena giraba en trompos meticulosos y perfectos.
–Está guapa –le dije. La morena persistía en su trance.
–Sí –estuvo de acuerdo.
–Está buenaza, ¡no jodas! –insistí.
–Sí –admitió. Se rió un momento–. Tienes razón, está buenaza –pero aún no la miraba.
–Tiene un culazo huevón –no parecía escuchar.

La morena hacia trompos meticulosos y perfectos. Cuando giraba, las distintas sombras lineales giraban en dirección opuesta y radial a su cuerpo, hacían ángulos de luz y sombra sobre su rostro y su vestido. Iba así tornándose su apariencia. Un momento todo lo que comunicaba era bondad; otro era una pécora inexpugnable.

–¿Pudiste empezar a escribir el guión? –me preguntó Pedro.

Entonces lo tomé del brazo y lo volteé de costado. Sólo así Pedro la vio y en ese momento la morena nos vio a nosotros. Sus ojos grandes y oscuros se hincharon, de inmediato se desviaron hacia otra parte. Con ese porte coqueto y dinámico –tenía una especie de espíritu de sonaja–, nos vio y de inmediato continuó bailando, a sabiendas de que la teníamos en la mira. Ahora yo necesitaba mear.

–Vuelvo –dejé a Pedro con sus guirnaldas y la morena. Tomé una cerveza y me dirigí fuera, en busca de un lugar para saciarme.

En el jardín de atrás había menos gente. Fuera ya no se respiraba el aire tupido de la casona. La lluvia caía de lado. El viento de las 10 de la noche inclinaba las minúsculas chispas, parecía que las pulverizaba. Las chispas caían entonces tal un manto oblicuo que todo lo humedecía, y no precisamente lo mojaba. En la grama seca y muerta, alrededor de las jardineras secas, entre uno o dos arbustos secos, algunos invitados se paraban dispersos y se humedecían. Conversaban, allí donde la música se oía más baja.

Pero no había en todo el jardín un rincón donde mear. Entonces volví a la terraza. Le pregunté a un chico que se sostenía contra una columna y tomaba de una copa. Su complexión abierta y su palidez me convencieron de su franqueza. Siguiendo su concejo, entré por una puerta lateral a un pasadizo más oscuro, fuera del anillo. Tras deambular unos minutos en la oscuridad, alcancé un interruptor con los dedos. La herrumbre lo cubría completamente. Estaba húmedo y cuando lo presioné, sentí una leve descarga. Me descubrí un baño viejísimo e inmundo. Después de verme un momento en el espejo, extraje el pene del pantalón, lo blandí en 45 grados hacia delante y arriba, oriné en el lavatorio.

–¿Pudiste empezar a escribir el guión? –Pedro no se había movido del mismo lugar. Sus ojos vibraban, disociados del culo de la morena.
–¿Pudiste ver ese culo, puta madre? –ella seguía en frente de él y él seguía, como un cojudo, perdido entre las pequeñas guillotinas que colgaban del techo.
–¡Ya! –sonrió.
–Ya empecé –le dije. Cogí otra cerveza–. ¿Se enfrió?
–No –me dijo–. ¿Qué has escrito?
–Nada –respondí–. Ok, todavía no empecé. Esta semana traté de empezar con algo, pero no la tengo muy clara, la verdad.
–Necesito que empieces.
–Discúlpame, no he podido –me excusé–. Tú sabes, trabajo todo el día. Y tengo a Mónica encima. Casi no tengo tiempo .
–¿A quien?

Más tarde seguimos tomando cervezas. La música cambió; ahora ponían salsa. Si no es mi imaginación, todo se oscureció también. Bajaron las luces hasta sumir todo en una penumbra sinuosa. La morena se movía con insolencia.

A las 12 llegaron Felipe, Fátima, Luciana, todos ellos. Bailamos juntos. Luego volví a buscar el baño. Cogí una cerveza. Encontré al muchacho de la columna bebiendo del lavatorio. Me vio e hizo una seña. Volvió a su tarea. Cuando seguía con la cabeza sumergida, oriné en el water. El chorro transparente caía en el agua oscura, hacía un ruido grave y con él se elevaba hasta toda la habitación un hedor dulce, como de espárragos. Pequeñas chispas opacas empezaron a mojar mis zapatillas. Salí de allí tan rápido como pude.

Otra vez en el salón, no pude encontrar a todos. Salí a la calle. No había nadie más. Llovía. Fui hasta el bar y cogí otra cerveza. El muchacho del traje oscuro ahora estaba ebrio. Con una copa en la mano, conversaba con una chica. Creo que bailé un momento. Después volví a salir a la calle. ¿Dónde mierda estaban todos? La lluvia arreciaba. Parado en el hall, bajo la cúpula, me apoyé contra la pared a descansar. El mármol estaba helado y el frío penetraba mi espalda. Pensé un momento en la morena, la había perdido de vista, y luego en el guión de mierda. Pero estaba contento. Me sentí contento y terminé mi cerveza de un sorbo largo, inclinando el vaso hasta ponerlo casi en posición vertical.

Entonces noté que en el rincón opuesto había alguien. Doblado sobre su cintura, se apoyaba contra la pared. Me acerqué. A sus lados, el piso estaba completamente mojado. Un chorro rosa partía de él y se esparcía en el piso de azulejos. Di unos pasos más. La figura doblada regurgitaba; las arcadas lo hacían dar pequeños saltos. Con cada una el chorro que corría por el suelo se engrandecía. Di unos pasos más: era Pedro.

Fui por una cerveza. Creo que pude ver a todos bailando también. Pero fue entonces que comencé a sentirme verdaderamente entumecido. Al día siguiente, después del café con José, Luciana me contó por el chat algo de todo lo que no podía recordar.

Colofón

La piña ha desaparecido del todo. He vuelto a mi vida común. Voy al trabajo. Escribo y duermo. Mónica no ha dicho nada.

Tras muchas horas de furia, tan sólo más tarde he podido decir que los fulgores se aplacan, pero mi estómago todavía no se resuelve. Quizás nunca pueda saber qué originó realmente mi padecimiento, o si fue cualquier cosa que no supe y que escapará desde ahora para mí. Quizás sólo pueda saber con certeza que no es el resquicio entre las nalgas, esta grieta nerviosa lugar propicio para cultivar fruto de cualquier especie.

1

Amanda se la entregó después del banquete. Ya se habían ido los últimos invitados cuando Amanda se acercó y se la puso en las manos muy despacio, como si fuera un huevo delicadísimo. Lucifer la observó confundido. Era negra y lustrosa. Cabía totalmente sobre su palma y entre sus dedos. Era muy pequeña. Era un obsequio precioso y cuando se lo dio, él no lo esperaba de ninguna forma.

Todos los años, el mismo día que es el día de las madres, Lucifer y Amanda celebran con un banquete el aniversario de la secesión. Reciben en casa a sus amigos; sus amigos llegan a casa desde todas partes y de todas formas. Comen hasta estar henchidos, beben hasta saciarse, se emborrachan y recuerdan con alegría –si acaso siempre una alegría atada a una sugestión de malignidad– el día en que todo quedó partido entre dos. Lo celebran el mismo día que es el día de las madres: esto siempre le parecería a cualquiera una casualidad entretenida. En cambio Lucifer encontraba en ello una concordancia macabra. Amanda, desde que lo conoció, había confiado ciegamente en él. Luego pensaba que en esta coincidencia se hallaba también un sello cósmico, la señal aguda de que algún día Lucifer se reivindicaría. Le gustaba creer que finalmente reclamaría el trono de los cielos y se convertiría ella en la gloriosa madre de toda la creación.

Y entonces por fin podrían los dos vivir como se merecían, se decía a menudo. Pero el asunto era difícil y, si me permiten contarles, venía de muchos siglos atrás, aquel día de la madre cuando Lucifer tuvo una fuerte discusión con Dios, su hermano mayor.

Dios era un sujeto desgarbado, ambiguo y barbudo que bordeaba los 18 metros de altura. En un sentido muy amplio, estaba resentido con todos, pues todos, desde que cualquiera podía acordarse, predicaban pero no practicaban su doctrina. Al andar se tambaleaba. Nunca hablaba demasiado. Cuando lo hacía, tenía una voz grave y triste que prorrumpía en el espacio bruta y burda, con una resonancia abrumadora que nacía de su cabeza hueca y descomunal. De primera vista, era un tanto imbécil. Los pelos blancos y enrulados los llevaba siempre sucios, largos y revueltos. Alrededor de ellos las golondrinas hacían espirales: buscaban aterrizar en los nidos que habían puesto en sus greñas hediondas. Cada vez Dios lo impedía, les daba de manotazos con vehemencia y torpeza y las golondrinas se alejaban. Tras mofarse un momento, volvían a intentarlo.

A contraste con su cabezota, sus ojos eran pequeños y lívidos. Se sabía que con ellos podía incidir hasta el seno de cualquier alma, pero en lo común parecía poco entrometido y no acostumbraba hacerlo, antes andaba siempre sumergido en una especie de mansedumbre sumisa muy próxima a la idiotez. Erraba por los senderos diáfanos de su reino –se diría que se bamboleaba por ellos–, cuya corona había heredado de su padre, un déspota pretérito y guasón, una antigua deidad de aquellas soberbias y prolíficas que lo había querido desheredar pero que había muerto de un infarto cerebral demasiado pronto, poco antes de manifestarlo.

En líneas generales, se limitaba a alimentarse, sonreír y defecar. Salvo cuando, ocasionalmente, se enfurecía.

– Huevón, ¿qué carajo hiciste? –lo increpó Dios enfurecido en esa ocasión.
– Yo hago lo que me da la puta gana –le contestó Lucifer, que desde niño había probado, tridente en ristre, hacer lo que le daba la puta gana.

Aquella vez estaban sentados a la mesa del desayuno, en la mezzanine sobre el jardín que da a la fuente, el sendero de piedras y el rosedal. Eran las 10 de la mañana, un domingo común en el palacio. Por variar, el sol era clemente y soplaba una brisa ligera. Un arcángel moreno vestido de sirvienta a la usanza francesa servía el café; un querubín esbelto y calato levitaba y blandía un abanico. No sin una gran dosis de cautela, echaba aire en las orejas de Dios. El viento mecía los mechones gruesos y rubios que salían de dentro de estas orejas enrojecidas y parabólicas. La vibración de estos mechones, que asemejaba por su simetría y frecuencia al batir de las alas del pájaro Roc, le procuraba a Dios, aún gritando, un aura entre omnipotente, cándida y pedestre. Mientras tanto, a la derecha de Dios se sentaba Gabriel impertérrito. De un tiempo a esta parte, Dios andaba todo el día con Gabriel.

Lucifer le había contestado con soberbia, casi sin pensarlo. Entonces cualquier pelea lo excitaba todavía. Y Dios se había puesto a gritar después de escucharle. Se había puesto a gritar y había colocado ambos codos sobre la mesa –el puerco de mierda, se dijo– y de su garganta profunda habían salidos despedidas sobre el mantel, el café y las galletas chispas gordas y viscosas de una saliva que apestaba a mostaza. Sus ojos se habían engrandecido también –como dos testículos de toro, recordó–, tornándose ambarinos y brillantes. De pronto, había resultado aterrador.

Se excitó sobremanera con los gritos que le profería Dios. Los vituperios y la mueca patética de su hermano, que por momentos lo hacían parecer a su juicio un gran limón parlanchín, lo calentaban aún más. Con todo, Gabriel permanecía inmóvil. Le obraba celos incandescentes. Le traía asco su presencia sutil. Lo mantenía suspicaz su sonrisa constante. Gabriel era entonces sólo un angelito pequeño y joven. Tenía el cabello rubio, la mirada cristalina y la voz muy aguda. Todos sabían lo mismo: que era obediente y menudo, pero Lucifer sospechaba ya desde entonces que algún conjuro acarreaba sobre su hermano esa dentadura blanquísima.

– ¡Bah!… si ya estaba tibia –arguyó Lucifer, súbitamente dubitativo–. ¡La pobre vieja de mierda, tullida y ciega, para qué carajo la querría!

Dios pareció haber sido golpeado con una comba en el hocico. Lo atacó una especie de convulsión espontánea. La mesa del desayuno dio un pequeño salto, levitó un segundo y cuando aterrizó, se volcó de lado una taza de café. Pronto se cubrió el mantel con una pantalla ocre que se ensanchó lentamente. No para la sorpresa de alguno, Dios era el tipo de hombre que se preocupaba muchísimo por las circunstancias. Y en ese momento oficialmente consideró las circunstancias agotadas. Encontró de pronto a su hermano menor intolerable. Pensó que podía matarlo. Inmediatamente sintió que era capaz de hacerlo. Se inclinó sobre el mantel estropeado y estrechó con furia el tenedor con el que hurgaba los huevos revueltos, alzándolo mientras gruñía.

Por accidente, asestó un pinchazo rotundo en el cielo raso. El arcángel moreno, que servía a este tiempo la torta de chocolate, espetó un gemido pequeño. Cuando cayeron sobre la torta los trozos de yeso que se habían desprendido un instante atrás, les pareció a todos que era como una pequeña nevada. El querubín continuó abanicando. El arcángel continuó sirviendo la torta. Tras un breve silencio, Lucifer se rió. Supo que no había vuelta atrás. A continuación se empecinó en su posición, y sólo por saber que esto sacaría fuego de las greñas sucias de su hermano, defendió además todo aquello en lo que creía.

– Vete mierda, ¡vete y no vuelvas más! –le gritaba Dios unas horas después, blandiendo todavía el tenedor torcido mientras Lucifer empacaba. Por momentos le apuntaba con él. Quería hincárselo en el vientre y despanzurrarlo.

Lucifer anduvo hasta la puerta callado y corvo. Se despidieron sin mirarse a los ojos. Cuando atravesaba el rosedal, tenía un ojo magullado que se le empezaba a oscurecer. Le dolía la espalda y sangraba de las rodillas. No habían vuelto a verse desde entonces.

La semana siguiente Gabriel se instaló en su habitación.

2

Amanda se la entregó después del banquete. Ya se habían ido los últimos invitados cuando Amanda se acercó y se la puso en las manos muy despacio, como si fuera un huevo delicadísimo. Lucifer la observó confundido. Era negra y lustrosa. Cabía totalmente sobre su palma y entre sus dedos. Era muy pequeña. Era un obsequio precioso y cuando se lo dio, él no lo esperaba de ninguna forma.

Podía decirse que había sido una cena genial. Cualquiera no lo hubiera refutado. Los invitados llegaron hasta las 9. En la pequeña terraza se puso la mesa, iluminada por un candelabro vienés que Lucifer había preferido él mismo entre un centenar de cirios y un juego de antorchas chinas que Amanda había comprado el invierno previo en un depósito en Shangai. A las 10 de la noche Lucifer se irguió y leyó unas palabras mientras servían el pan. Todos asintieron y tuvieron asimismo ocasión para reír. A las 12 Amanda mandó traer la segunda caja de vino. Era una cepa especial; lo habían podido conseguir gracias a un amigo. (Un amigo de un amigo, había dicho Claudius.) En total fueron tres. A las 4 de la mañana con 30 minutos se retiró la última pareja. Lucifer, cuando veía partir a Claudius y Mariana, sintió una profunda ausencia. Anduvo con un paso grave de regreso por la senda de lozas hasta la recepción, juntó la reja del hall y cerró el portón de madera con silencio tras de si. Encontró que allí se hallaba Amanda esperándolo.

Reparó por primera vez en la noche en su vestido, que caía a lo largo de su espalda casi sin querer, después en sus pies delgados. Incluyendo el peinado, no superaba los 2 metros. Era pequeña, pero pura. Su ojos parecían seccionar todo lo que veía. Su humor era una metralleta. Sus dientes eran como pequeñas sierras de marfil laqueado. Su cabello grueso, húmedo y pesado, le había recordado siempre a una mopa. Solía amarrarlo desde atrás y hacia arriba, de modo que podía controlarlo. Esto halaba su cuello y sus hombros; tensando los músculos de la espalda, le daba una postura impecable. Conjugada a sus labios finos y una sutileza severa siempre presente en cada apreciación, le confería esta posición algo propio de la gallardía. Nunca podría faltarle el respeto. Allí, parados los dos en el hall, todavía lo volvía a comprobar.

Cuando se la puso en las manos, al principio titubeó un momento. Ella se había aproximado en silencio. Tenía siempre la sonrisa de una serpiente; pero después lo miró con sinceridad. La colocó en sus manos. Él la admiró sorprendido. Se inclinó y la sostuvo por la nuca. Un instante, de modo que un rayo frío le pasara por toda la columna, ella sintió temor. Pero cuando él le dio un beso en la mejilla, muy pequeño, como casi nunca lo hacía, esta sensación se disipó.

– Gracias –le dijo, y de inmediato se retiró a través del pasillo, con dirección de las habitaciones.

Esa noche no la encendió. La dejó junto a la lámpara de la mesa de noche, apagó la luz y se tumbó en las sábanas frías. Amanda dormía a su lado, ya podía oír su respiración ir y venir con regularidad. Momentos antes de difuminarse su conciencia, recordó a su hermano.

En su sueño apareció El Tiempo. El Tiempo era un hombre muy alto. Vestía un traje de gabardina oscura y se paraba en una planicie árida a merced de una ventisca endemoniada. Se cogía el sombrero con la mano desnuda y caminaba, a pesar del vendaval. El viento pasaba junto al Tiempo y primero El Tiempo no era vencido. Lucifer trataba de distinguir el rostro del Tiempo, oscuro y desdibujándose a cada momento y cubierto parcialmente con la mano desnuda que El Tiempo había elegido para sostener siempre el sombrero. De pronto la ventisca arreció. Cuando El Tiempo no pudo avanzar más, en ese momento se despertó.

Lo primero se inclinó sobre la mesa de noche. Descansaba en el mismo sitio, junto a la lámpara. En la cocina Amanda preparaba el desayuno para los niños. Se hizo una tortilla de pasas y bebió un té negro muy caliente. Se calzó el traje, la colocó en uno de los bolsillos del saco y salió.

En la oficina, primero se detuvo un momento antes de sentarse en el escritorio. Se entretuvo mirando por el ventanal que daba a la planta de trabajos forzados. Mucho más abajo, en la base del valle, los pequeños obreros caminaban gibosos. Formaban columnas larguísimas que llegaban hasta el horizonte. ¿A dónde iban? Ya ni él sabía a dónde iba todo esto. Se ofuscó. ¿A dónde iría después de todo esto? Trató de recordar lo que había soñado esa noche y no pareció ser capaz. Sentía su ánimo desordenado. Se sentía como si hubiera bebido una gran cantidad de aguardiente mexicano. El reflejo del sol sobre las máquinas y los espejos, allá abajo, le hería los ojos. Su recuerdo era nebuloso. Sintió nauseas. Quiso vomitar, pero contuvo las arcadas.

Verificó su cuenta de email y encontró que no había nada demasiado urgente. El director de la clínica mental, un griego zalamero y procaz, le escribía que se habían agotado las sábanas. Cierto dictador tropical, devenido en romántico tras su muerte, no hacía salvo suicidarse en su cama, una y otra vez. La sangre negra impregnaba las sábanas y se debían echar. En otro correo, el encargado del incinerador le informaba de que se habían alcanzado las metas de reducción de emisiones. Se requerían no 4 sino ya 5 vagones para llevar la ceniza cada tarde. Muy bien, ahora la agenda: a las 11 tenía un directorio. Hoy se evaluaba la adición de una nueva poza de saponificación en la división de jabones. Nada más. Todo estaba en orden. Abrió la página web del periódico y empezó a revisar las noticias del día. Nada que llamara la atención. (Nada sobre él esta semana.) Fue por un vaso de agua. De regreso en su escritorio, se loggeó al Facebook. Encontró que Claudius había colgado un nuevo álbum de fotos.

“Vacaciones Mayo 2010”. Accedió.

La primera fotografía estaba sobreexpuesta. Quien la tomara, olvidó desactivar el flash automático. Correspondía al interior de un automóvil. Lucifer reconoció el Toyota Corona de Claudius. Haciendo memoria estimó que, como menos, el coche era del 88. La fotografía había sido tomado desde la parte delantera de la cabina, quizás en la posición del espejo retrovisor. Incluía en el encuadre, algo torcido, los 5 asientos de pasajeros. En el lugar del copiloto estaba Mariana. Miraba por la ventanilla, alegre y distraída. En el asiento del piloto reconoció a Claudius. Moreno y tosco, hacía honor a su nombre latino. Sonreía con amplitud y aplomo. Llevaba una camisa blanca abierta hasta la mitad del pecho y unas gafas de medida. Con un brazo sostenía el timón; con el otro había cogido la cámara fotográfica y, cruzándolo por delante de su rostro, la colocaba en posición.

La décima fotografía enfocaba a Mariana y Pedro, juntos bajo un pórtico tremebundo. Supuso que Claudius la habría tomado. Mariana se veía diminuta y chaposa bajo ese pórtico, que debía tener 20 metros de altura y estaba construido con un mármol pálido. Sus leggins azules permitían distinguir, entre la sombra oblicua que echaba sobre los dos la construcción, las piernas de trazo grueso. El saco de paño opacaba su rostro, ovalado y pulcro; cubría también sus senos robustos. El bolso le colgaba de un hombro, inclinándola; con el otro sostenía el brazo derecho de Pedro. Pedro se inclinaba sobre ella alzándose sobre una pierna. La abrazaba de lado y sonreía. Miraba directamente a la cámara. Siempre lo había hecho. Pedro era un gran amigo de Claudius, ya lo sabía Lucifer. Empero, también era el portero de Dios.

La cuadragésima cuarta fotografía incluía un breve atisbo del rosedal, si bien perdido en lontananza. Más cerca, una mesa de aluminio descansaba sobre una plataforma de laja, al lado de una piscina. Alrededor de la mesa estaban Claudius, Dios y Mariana. Tomaban helados. Sobre la mesa había un pote de chocolate, un pote de pistacho y otro de Cointreau.

La quincuagésima novena fotografía era la última. Había sido tomada de noche. En primer plano, Gabriel sonreía a menos de 30 centímetros del lente.

A las 2 de la tarde salió a almorzar, pero dejó la baya donde la había puesto en la mañana. A las 7 de la noche la recogió del escritorio, tomó el automóvil y volvió a casa. Encontró a Amanda pasando café. Una revista estaba abierta sobre la mesa del mostrador. ¿La había probado? ¿Todavía no? Los niños comían y conversaban entre ellos. Cuando se sentó a la mesa, Damián levantó un momento la mirada y Lucifer reconoció esa mirada. Luego continuó comiendo. Teresa sonreía y parecía estar obnubilada con los trocitos de queso en la sopa de cebolla.

Amanda lo cogió de los hombros: Mariana y ella habían hablado con Claudius. ¿Qué le parecía si el fin de semana se iban a Paracas? Los niños se morían de ganas. Lucifer se puso en pie y salió de la cocina. Eligió un tomo del estante del hall, se dirigió a la biblioteca y juntó la mampara. Cerró los ojos. Se sumió en una serie de fantasías que le pareció, sólo por un momento, podía ser infinita.

3

Se imaginó ser muy pequeño otra vez. Era un viernes por la noche –como era la costumbre de su padre– y estaba sentado en la mesa de roble ovalada cuyo diámetro, sin exagerar, recordó que alcanzaría los 8 metros. Habían terminado de comer y pronto servirían el café. También sentados estaban los demás integrantes de su familia: su padre, su madre y su hermano mayor. Su madre masticaba en silencio. Un querubín abanicaba las orejas de su hermano. Su padre golpeaba la mesa con los dedos de una mano; mantenía un ritmo y fumaba con la otra.

– Ezequiel es una salamandra. Susana… Susana escúchame, te lo digo yo, Ezequiel es una pobre salamandra. No debemos confiar en él. ¿No recuerdas los templos helenos? ¿Ahora quién manda allí?

Su padre fumaba y hablaba con serenidad. Tenía la tez lisa y los ojos enormes. Era moreno, ronco y abrupto. Era fornido como un luchador. A primera vista, era flagrantemente poderoso. Sus labios suaves parecían haber sido bruñidos con cera, y su voz era gruesa y afirmativa, como la de un juez. Conservaba, a pesar de la experiencia, un espíritu contemplativo. Podía pasar horas escuchando las súplicas de cualquiera sin mover un sólo dedo. Por otro lado, dirigía esta familia sin duda alguna, como su propia empresa. Del mismo modo que todos los hombres verdaderamente poderosos, sabía que no necesitaba modular su voz para dar a entender una orden.

– No quisiera que vuelvas a tratar con él… Son negocios, Susana, entiéndelo de una buena vez. El corazón del hombre también puede ser un negocio. Son sólo negocios. Susana, escúchame. Ezequiel es una pobre salamandra.

Pero su madre se había girado ahora y lo miraba a él. Se había olvidado de esa mirada.

– Lucifer, ¿dónde estuviste toda la tarde? ¿Estuviste en los jardines? Dime la verdad Lucifer. Dios me ha dicho que te vio corriendo en los jardines de tu padre…

A continuación se imaginó que era de noche, una noche muy negra y sin luna. Con los ojos cerrados, Lucifer se sonrió. Nunca iba en contra de todo. Quizás lo único que lo apartara de ser un renegado vulgar fuera eso: no creer que los lugares comunes fueran siempre despreciables. En cambio, ocasionalmente los encontraba instructivos y hasta reconfortantes. No les temía. Su padre le había enseñado que el mundo era oscuro, y que había ciertos trucos para iluminarlo. Le había parecido que el más sencillo consistía en colocar anclas. Todos amaban las anclas. Uno podía clavar estacas lo largo del mundo –cada una de ellas sería un ancla– y de algún modo podían las estacas descubrirse eventualmente. Uno llegaba a Bombay y encontraba un Mcdonalds, por ejemplo. Inevitablemente sentiría, cada vez que viera una, una suerte de sosiego.

Imaginó luego así su noche: negra y sin luna. Imaginó que la noche de su fantasía era tenebrosa y prosaica. Y de inmediato, con los ojos cerrados, se sonrió. Se halló en un jardín muy frío, parado sobre la grama humedecida por el rocío bajo esa noche silenciosa. El perímetro del jardín era irreconocible. A penas podían distinguirse algunos arbustos confundidos con las sombras. A la altura de los ojos una línea indefinida marcaba un horizonte: era el lugar donde terminaban las copas y comenzaba el cielo renegrido.

Parada también en la grama, a la derecha de él estaba Mariana. Su silueta pálida brillaba con la levedad traslúcida de un aparecido. Le pareció que era un tanto más pequeña que Amanda. La miró un momento de perfil. Llevaba el pelo castaño corrido detrás de las orejas; podía distinguir toda su mejilla y un pómulo colorado. En sus labios delgados se notaba el lápiz de labios todavía. Su frente amplia semejaba un planeta. Ella volteó y lo miró sorprendida.

– Luki… –le dijo. Pero nada más. Allí acabó la segunda fantasía.

Ahora se encontró en una cena formal. La cena acontecía en un salón cuyo piso estaba entarimado con parquet. En el techo altísimo estaban pintadas una secuencia de escenas bucólicas. Las paredes estaban decoradas con imágenes y fotografías diversas, todas de similar índole bucólica. Sentados alrededor de una mesa rectangular que se extendía el largo completo del salón, se disponían a ambos lados los invitados. Cada uno quieto sobre un sillón amplio y alto, además del traje formal de etiqueta, llevaba una máscara que correspondía con la anatomía de un animal.

Lucifer se sentaba en la cabecera y era su turno de hablar. Todos se alistaban a oírlo. Lucifer también llevaba una máscara, pero por el momento no podía saber a qué animal correspondía su máscara. Sólo podía oler su interior; podía oler el cuero curtido y viejo. En las expresiones de sus oyentes, pudo inferir que sería la máscara de un animal terrorífico. Por los agujeros en los ojos de la máscara, la escena la resultaba alucinante.

– Amigos… cómo explicarles… –comenzó.

Un minuto más tarde, no había dicho todavía una palabra más. Supo que debía hablar de la ironía. Y fue así en ese momento que creyó que esto no tendría fin. Primero se desesperó. Sintió nauseas. Sintió que había bebido toda la noche. No habló todavía. Solamente miró a los otros y sus máscaras. ¿Por qué todos tenían máscaras? ¿Y por qué no decían nada? Jugaba con sus manos, que tenía apoyadas sobre la mesa, y no hablaba. Todos permanecían en silencio. Debía empezar a hablar pronto. De repente creyó que estaba imaginando el futuro.

A las 10 de la noche abrió los ojos, como si nada hubiera sucedido, y volvió a la cocina. Los niños dormían ya y Amanda estaba sentada a la mesa con la computadora portátil encendida. Había puesto música, pero no había nada de comer.

– ¿Te provoca ir a la calle? Conozco un sitio nuevo.
– Vamos, pero tú manejas –le contestó.
– OK, vamos.

Volvieron sobre las 12 de la noche. Amanda puso la televisión y Lucifer sirvió dos vasos de vodka. Lentamente, bebió cada uno. Después vieron una película. Trataba de un asesino y de su compinche. El asesino usaba un traje azul marino y su compinche, de rasgos japoneses, una casaca de cuero. Hurtaban bancos, hacían tiros y follaban como locos. En la última escena, el compinche traiciona al asesino y le dispara por la espalda. Lucifer opinó que era un canalla; Amanda que el monigote ese se lo merecía.

Cuando acabaron los créditos, Lucifer cogió los fósforos que estaban en la mesa de la salita de estar y encendió unos cigarros. Le extendió uno a ella. Fumaron y un momento más tarde se fueron a la cama.

4

Amanda se la entregó después del banquete. Ya se habían ido los últimos invitados cuando Amanda se acercó y se la puso en las manos muy despacio, como si fuera un huevo delicadísimo. Lucifer la observó confundido. Era negra y lustrosa. Cabía totalmente sobre su palma y entre sus dedos. Era muy pequeña. Era un obsequio precioso y cuando se lo dio, él no lo esperaba de ninguna forma.

Un día y una noche después, todavía no la había encendido. Viéndola quieta y expectante sobre la mesa de noche, le pareció que era una avispa. Siempre había preferido a las avispas sobre los demás insectos. A diferencia de las abejas, por ejemplo, le parecían elegantes. A diferencia de las hormigas, le parecían astutas. En relación a las arañas, las encontraba femeninas. En comparación con las moscas, le parecían poderosas. Viéndola quieta y expectante sobre la mesa de noche, sonrió y pensó que su mujer era genial: le había regalado una avispa.

Carajo, se rió. Y Amanda se quejó. Seguía durmiendo. Boca abajo, su mandíbula larga descansaba sobre la almohada de plumas. La nariz contrastaba con las sábanas blancas: de su perfil duro, aún dormida, brotaban efluvios de autoridad. Llevaban mucho viviendo juntos, pero no se habían casado. Lucifer creía que era la mejor mujer que había conocido.

Se conocieron en la cafetería de la clínica, la noche del infarto de su padre. La hermana mayor de Amanda, Sofía, había parido esa misma madrugada. Dándose un espacio antes de acometer el trajín de la mañana, Amanda, que había pasado la noche con su hermana, fue por un café. Encontró a Lucifer sentado en una mesa de la cafetería. Se encontraba solo y sostenía un cigarro encendido con la mano derecha, sin dar una pitada. Se le veía meditabundo. Movía los labios como si estuviera cantando. Lo que es seguro, miraba en dirección a la pared blanca, pero no parecía que fuera sólo eso. Tampoco parecía que se hubiera fijado en el cuadro que estaba colgado en la pared y que indicaba, por grupos, la cantidad de calorías de cada tipo de alimento. Eso hubiera implicado una mirada de atención. Pero sus ojos estaban blancos y vacíos, como los cuencos de un coco sin leche. No, él parecía estar mirando a cualquier otra parte.

Amanda solía pensar que si bien Lucifer era un hombre, en cierto modo era también un rompecabezas. Mucho más bajo que su hermano mayor, a penas alcanzaba los 10 metros de altura. Era magro y a primera vista daba cierta impresión de debilidad, pero tenía los huesos gruesos y la voluntad endurecida. Más que la voluntad, alguno diría que era la rabia lo que le daba esa propiedad combativa a su espíritu que le permitía empecinarse en lo que quisiera y, mucho más, emanciparse de todo límite y cruzar cuánto linde le impusiera la realidad en la cara. Sin embargo, a menudo emitía sonidos difíciles de comprender, o cantaba melodías sin sentido. Cualquiera que lo oyera creía que estaba escuchando algún código secreto que jamás entendería. En realidad, Lucifer era más vago de lo que muchos esperaban. De lo común se concentraba en nimiedades. Así como era violento, también era tímido e indolente. En ocasiones le parecía a cualquiera que flotara, como flota un alga en un río: torciéndose y perdiendo la compostura a merced de la turbulencia. Su cuerpo andrógino vibraba como un muñeco ridículo y fuera de forma. De joven había sido pelirrojo, pero con los años el pelo se le había oscurecido hasta volverse castaño. En paralelo, la cara se le había secado, la frente estirado, la nariz había empezado a salírsele y esto lo había querido solucionar dejándose la barba. Llevaba ahora una barba espesa y canosa. Con la mirada perdida y dubitativa, le dio a Amanda la impresión de que este hombre debía ser un filósofo.

¿Dónde carajo está mirando?, pensó Amanda aquella vez de la cafetería. Y lo volvió a pensar muchas veces hasta que se volvieron a ver. Creyó en ese primer momento que lo conocía de alguna parte. Emanaba de él una especie de sinceridad que la apabulló. Le pareció guapo y se quedó viéndolo sin vergüenza mientras esperaba el café que había ordenado. El encargado de la cafetería le preguntó si quería leche. Le indicó que no. Se volvió otra vez para verlo. Él lo notó y asintió con una sonrisa leve. Entonces le dieron el café y caminó hasta el estacionamiento. Quedó quieta un momento dentro del vehículo, pero luego encendió su automóvil y partió.

Amanda se volvió a quejar. Lucifer se había vuelto a reir: mierda, tanto tiempo, se dijo. Jugó con sus dedos. Empezó a mover los dedos de los pies. Al rato Amanda se despertó. Reconoció que Lucifer estaba despierto. Con suma tranquilidad lo saludó, tiró la frazada y se dirigió al baño. Se escuchó que empezaba a mear.

Después de la cafetería, sólo se volvieron a ver unos meses después, en una fiesta que organizó Claudius. Se reconocieron de inmediato. Amanda había ido con Mariana, su prima. Lucifer bebía un trago con Claudius y ambas se acercaron a saludar. Lucifer pensó que Mariana era bonita. Claudius pensó que Mariana era bonita. Mariana pensó que Claudius era guapo, pero que Lucifer se traía algo. Amanda hubiera aseverado lo mismo. Claudius les preguntó cómo se llamaban. Amanda y Mariana, eran primas. Ellos eran Lucifer y Claudius, eran amigos desde pequeños.

Hablaron los cuatro toda la noche. A los 3 días se volvieron a ver. Esa noche Lucifer fue en su auto a dejar a Amanda en su casa. Estacionados fuera del garaje, Lucifer deslizó la mano tibia por su muslo, hacia su ingle. Amanda no lo detuvo. Se mudaron juntos el siguiente otoño. Damian y Teresa nacieron un par de años después. Primero Damían; Teresa dos años después. Pronto Lucifer había creído que eso era todo lo que había querido.

Amanda volvió del baño y se echó primero a su lado. Reconoció la avispa, quieta sobre el escritorio. Refunfuñó. ¿Todavía? Pero no le dio importancia. A veces Lucifer podía hacer lo que quería. A veces Lucifer era un zángano. Pero usualmente no lo era, se dijo en la mente. Se echó y recostó su cabeza sobre el estómago amplio y lampiño de Lucifer, como queriendo oír lo que pensaban sus vísceras. Al rato volvió a quedar dormida.

Lucifer miró por la ventana: el día estaba abierto. Era martes. Puso su mano sobre el pelo obscuro y denso que caía sobre su pecho con una caricia. Hundió sus dedos entre sus pelos hasta que se entrelazaron. Creyó que podía reconocer el olor del mar, algo similar al musgo, espacios profundos. Entonces la sacó hacia atrás con un escalofrío.

Se volvió y cogió la baya del escritorio. La encendió… o les digo que la quiso encender. ¿Dónde estaba el botón de encendido? Creyó que oía ruidos y movimiento en la cocina. Jugó un momento con ella, pero se distrajo. Ahora estaba seguro que podía escuchar el motor de la licuadora. ¿Quién mierda estaba jugando con la licuadora?

Reconozco todavía el vaivén de los vientos que atienden esta playa. Es la primera noche que paso en ella este verano. Reconozco una leguminosa telaraña de brisa: creo todavía que es una legaña empalagosa prendiéndose de los pelos sucios, límpida y meticulosa y empapada en whisky, que nos hace y nos deshace y que eso nos viene bien, para eso hemos venido –nos hemos venido–, no para librarnos de la ciudad, patibularia y cacasena, sino sólo para encontrarnos una vez más con el hedor salobre del mar, amplio y libertario como una concha estremecida.

Pero hoy la situación es distinta, está volcada, ha sido controvertida por la memoria selectiva de los labios. Los labios no estuvieron de nuestro lado. Los labios fueron tan traicioneros como cualquier puta mal pagada, como cualquiera parte de la propia anatomía que ha quedado desatendida. Moraleja: no confíes en tus labios si no han dado besos en mucho tiempo, tampoco confíes en tus ojos, lo mismo tu corazón. Tu corazón es una meretriz presuntuosa, pendenciera, ilusa y al tiempo golosa. Confía tan solo en tu pija. Porque tu pija habla cada noche con Darwin por Skype, habla con él e intercambian secretos. Darwin le ha contado que Dios no tiene cara, que es un agujero al final del túnel, en una recámara blanca, una especie de golfa iluminada y con olor a pez, inmóvil, frígida. Esto es decir que tu pija y sólo ella sabe lo que es necesario para ti. Tu corazón (y que no nos llame ahora la atención su índole colorada) es estúpido. Él sólo quiere lo mejor para ti. Tú –como ya debieras saber– no quieres lo mejor para ti. ¡Piénsatelo bien! Tú sólo quieres lo que tu pija quiere para ti.

Ahora me siento en la arena húmeda. Quiero escuchar tan sólo a mi pija enternecida por la zozobra y reconozco en cambio el vaivén de los vientos que atienden el murmullo de fiestas en terrazas, quiero decir gritos de mujeres en terrazas, quiero describir alharaca de niñas con tetas en terrazas, todas bebiendo chilcanos o capitanes, ya quisiéramos, todas esperando algo que yo no podría volver a darles, he deducido a este tiempo, he creído que no era así, he vuelto a creer que es así de cualquier modo, he dudado cómo podría no ser así, cómo sería si no lo fuera y si fuese exactamente lo opuesto. Lo he ponderado y no me ha parecido posible darles ya ni siquiera cualquier cosa: lo que he hecho antes en cada ocasión. Ya no me parece posible nada salvo besarlas con aquella manera pequeña y dulce que se podría considerar al mismo tiempo ominosa.

Entonces digo ¿existirá el método? Y si es así, ¿cómo mierda descubro el método?

Me ha dicho el salvavidas que esta playa está loca, oscurecida por celos patológicos, el amor de 300 madres espartanas, maldita como la vagina de una charapa adolescente, ante todo preñada. Lo hemos conversado por la tarde en la piscina mientras yo comía tequeños y él cuidaba de las niñas que nadaban. Somos amigos hace más de 10 años. Él me enseñó a entrar en el mar cuando las olas estaban gigantes y uno podía morir. Ahora, mientras observa la delgadez de las pre-púberes acuáticas, le he preguntado quién la preñó, si acaso la preñó él (que se jacta de tenerla de 22cm muertita y, en consecuencia, es un candidato viable para preñar tan grande extensión de arena). Me ha mirado confundido. Me ha dicho que por las mañanas, cuando orina en la orilla antes de que lleguen las primeras niñas a la piscina, los pescadores, que lo observan mear, se acercan y le hacen chistes, le conversan y miran de reojo su sexo, boscoso como un oso. Le han contado historias de perros descomunales que caminan los arenales aledaños a las playas por las noches, devorando chiquillas embobadas y enculando muchachos ebrios. Me ha dicho que en las madrugadas esta playa la surcan perros descomunales, pescadores de hombres y chiquillas, lujuriosos perros de la playa, sin pelo, sin corazón y estrictamente siempre sin condón. Se ha preocupado en apuntar, escueto pero determinante, que a pesar de su malignidad debemos tomar en cuenta que la leche progenitora de esos canes, deglutida como almíbar o utilizada para cortar la leche de pantera, puede revitalizar un hombre, puede volverle los ojos blancos otra vez, la mirada ausente, la vista gorda, las axilas humorosas y peludas, la complexión radiante, los dientes luminosos como choclos sagrados, dientes nada menos que adecuados para morder el cuello de una chiquilla petulante.

Y yo digo ¿dónde carajo quedó la novia, aquella novia mía, para mí, ella que tenía los labios delgados, labios para mí?

Dice mi compañera de camarote que la novia ha muerto, que ella vio el cuerpo entumecido cuando se lo llevo la marea, colorado como la cáscara de una langosta. El salvavidas –mi supuesto amigo– la ha violado sobre la torre de salvavidas mientras los canes vejaban a los huachimanes. Me ha dicho que fue una situación espectacular y peculiar, 5 huachimanes murieron empalados, luego murió la novia, luego eyaculó el salvavidas como si alguien hubiera descubierto una torre de petróleo blanquecino (imaginé cuando me lo contó la cara de Daniel Day Lewis y eso no me sorprendió, confieso que lo admiro a él y que también me gusta Paul Thomas Anderson). Me ha dicho que si bien empezó como normalmente principia una violación, quiso decir a la fuerza y en contra de la opinión del violado, en este caso la novia sólo mantuvo esa actitud un momento, inmediatamente empezó a gemir y se volcó sobre el salvavidas enhiesto, rasgó su vestido, rasgó la breve ropa de baño, se sentó sobre su pija como si fuese un pony mientras él se sentaba en la silla de la torre, gozó del coito como una chancha de mierda aún cuando los huachimanes morían empalados en todas direcciones. Me ha dicho que primero murió Escalera, alto y flaco, el perro ardido lo analizó hasta causarle una hemorragia interna, que segundo murió Mosquito, el que se quería con Fernanda (la chica que trabaja en la casa de los Gómez), atravesado de oído a oído, entonces y tercero murió La Mona, el de la cabellera, el can le partió el recto en 7 secciones idénticas, cuarto murió el Zorro, rápido y libre, ahogado y gimiendo con estridencia mientras un can muy parecido a Winston Churchill le convidaba crayola por la garganta, quinto murió El Ronco, con sus lentes, cuyo dolor rememoraba un berimbau si bien algunos dicen que cantaba una de Miguel de Molina, muy grave, sólo luego la muerte le fue dada a ella, cuando el salvavidas estaba por alcanzar el orgasmo y el éxtasis fue tal que sin quererlo la empujó de la torre y ella cayó de cabeza en la arena seca, se rompió el cuello, pero él continuó masturbándose utilizando su mano lampiña, eyaculó sobre la brisa y el semen chispeó sobre ella justo en el momento en que hacía el misterioso tránsito de mujer a cadáver.

No lo pude creer. Le dije a mi compañera de camarote por la puta madre, ¿qué mierda es el sosiego? Ha quedado silenciosa. Luego he agregado ¿hay que ser fuck buddies?

Esta noche he venido solo a la playa con una botella de whisky. La botella de whisky la he robado del padre de una amiga. La botella se ha terminado. A pesar de todo me ha dado frío. Estoy borracho y mis pies están húmedos y tengo frío. Son las 11 de la noche y estamos sábado y tengo frío y estoy acongojado. La isla se extiende sobre el mar y me parece una gorda preñada. El salvavidas es un huevón (además de un fantoche y un traicionero). Pues la playa no está preñada: es la isla que está preñada. Y quizás la novia, antes de morir, pudo haber quedado preñada también. Tengo frío. Acongojado, he encendido una copia del Esplín de Paris y con ella ilumino mis genitales. Quisiera poder oírlos otra vez. Parece vano intentarlo. Mi pija ha muerto. Quisiera quedarme pero ya es hora de volver a la casa. Debo huir de los perros empaladores, de quienes no podré defenderme con mi pija muerta. Debo huir de ellos como se huye de todo lo que busca el corazón. Es tiempo de cambiarme, ponerme la camisa con puntitos. Es tiempo de salir a bailar nuevas canciones.

Digo ¿por qué la rosa no indica todavía el rumbo a Praga, barrio judío, tumba de Franz Kafka?

Quiero decir ¿por qué a falta de ella sólo tengo esta isla blanca como la panza de una gorda preñada, nevada pero con guano, estacionada como una caca cetácea contra el horizonte renegrido?

A diferencia de muchos, creo que existe tal cosa como la pureza. Todavía más, creo que la pureza es la expresión eterna de la perfección. En consecuencia creo que está sobre todo. No hay duda de que está sobre mí y de que está sobre ti, luego no hay duda de que está por sobre todo. Al mismo tiempo sostengo que la pureza se ha perdido aquí para siempre. Ha sido pervertida, violada, follada irreparablemente. Supe que la pureza hizo el amor en un hostal donde yo no estuve, sé que fue fotografiada y observo ahora cómo todos han comprado las fotografías. Cientos de personas lo ponen en su status en Facebook, lo comentan en Twitter, cientos y miles de adolescentes se masturban cada noche pensando en la pureza desnudada.

No pude ser yo aquel quien folló con la pureza. Yo no fui aquel a quien la pureza se entregó, una y otra vez hasta saciarse. Ella se entregó a otro mucho más bello que yo. Si bien la tenía mucho más pequeña que yo y besaba mucho peor que yo, era corpulento y más bello que yo. Sus chistes no eran tan buenos como los míos, sus insights eran patéticos puestos al lado de los míos, pero era muy guapo y podía decir te quiero con aplomo. Entonces la pureza lo eligió. Sonreía muy bien y esa sonrisa era admirada por todos, le permitía desempeñarse muy bien, era eficiente a lo largo de la ciudad, desde clases hasta fiestas, también en cocktailes, incluso en bares, era todavía mejor en restaurantes, en cuyas puertas se estacionaba en paralelo con facilidad aunque los espacios fueran enanos, donde ordenada con seguridad y, cuando el maître lo saludaba, ponía cara de abonado de la Feria del Señor de los Milagros.

La pureza hizo un cálculo estratégico: aquello era viable. La pureza fue luego seducida por ese cálculo. La pureza imaginó que tendrían muchas noches divertidas y que eso era lo que realmente quería y la haría feliz. No le pude negar que aquello fuera cierto. Ni siquiera lo puse en duda con seriedad. Así, no importó que yo la hubiera conocido antes. No importó tampoco que la hubiera amado más y por más tiempo y que la fuera a amar todavía. La pureza se entregó a otro, folló con él, lo besó entre el escroto y la ingle, lo quiso –se lo dijo–, fueron al cine, le presentó a sus amigos, a sus padres, a sus primas, a las primas de su mamá, a las primas segundas de su mamá, finalmente una noche él había olvidado los condones, estaban en Máncora, habían tomado vino y se fueron a la cama, él le dijo que se saldría antes de terminar, ella ya estaba mojada y le creyó (él lo creía también), por supuesto no lo logró: la llenó, la preñó, es una niña, viven en Chacarilla, no hubo matrimonio.

Luego este lugar ha quedado desprovisto de lo que antes llamábamos pureza. No hay de qué aferrarnos: sólo hay el constante dolor que nos causa y siempre causará la ausencia de la pureza, la irreversible transformación que esta sufrió hacia otra cosa que ya no es nuestra y que nunca jamás lo será ni podría serlo, pues aún si tuviésemos la posibilidad de recuperarla sólo podríamos recordar las infames fotografías de ella felándolo, mirarla de lado, nos ocasionaría horribles arcadas. No regurgitaríamos un líquido benigno: nuestro vómito sería la argamasa maldita del desamparo eterno, aquel homogéneo mal que ha causado las mayores desgracias de la humanidad, aquella argamasa de las que se constituyen todas las ideologías que han tratado de salvarnos.

Siempre hemos querido huir de este dolor. Hemos ensayado La Redención, La Gloria, La Plenitud y La Esperanza. Pero La Redención nos conduce inevitablemente a creer en los otros. Y La Gloria nos conduce fatalmente a destruir a los otros. La Plenitud, en cambio, nos conduce a olvidar a los otros. La Esperanza, quizás la peor de todas, nos conduce a querer a otros. Todas estas operaciones son abominables, implican básicos errores o presunciones irrisorias, no hacen salvo acabar en un inmenso agujero, han sido comunes fugas de esta soledad intrínseca que cargamos, ciertamente lo seguirán siendo, lo volverán a ser, aparecerán otros Mesías que volverán a publicitarlas con éxito, ya todos lo sabemos.

El constante dolor del mundo es irremediable. El desasosiego colma el corazón y el corazón se vuelve idiota o asesino, casi siempre idiota. La desesperanza infecta las orejas y las pone rojas y secas, alternativamente las pone también azules y susceptibles. La decepción inunda nuestras cavidades profanadas, las vuelve a profanar, nos induce orgasmos, nos enamora, nos hace mierda. El fracaso invade el aliento, estremece el alma, sacude el intestino, es evacuado por el ano mientras arde todavía. Las avenidas… lentamente van pasando las avenidas por nuestros ojos defenestrados. Todo lo que nos rodea está impregnado de una carencia: la ciudad es la concreción infinita de la carestía absoluta.

Toda habitación, Bloody Mary, ceremonia, sin razón, amor, fotografía, zapatilla, melodía, noche, cita en el doctor, beso, cena, playa, copa de vino, caminata, travestida por esta melancolía.

Voy por Cervantes, son las 3 PM del domingo 1ero de noviembre y estoy pensando en una fila de mujeres que fuman. Es una fila bastante larga que empieza en Camino Real, sigue la calzada dura como una flecha, pasa frente de mí, penetra en la avenida Pezet y luego corre paralela al linde del club de golf, pierdo de vista tras el cruce con Portillo donde gira pocos grados hacia la derecha, presiento debe girar otra vez en el semáforo de la Avenida Salaverry, no sé donde va después. Sin embargo no es lo que normalmente entendemos como una fila de mujeres (si bien se parece mucho a una y aquí, entre nosotros, puedo decirte que alguien desprovisto de nuestra perspicacia o propensión a la bufa podría juzgar que es solamente una fila de mujeres, común y silvestre). Afortunadamente la distinción es obvia para el observador atento. Se contiene en un solo agudo motivo:

No es una concatenación de identidades discretas.

¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que la fila que he imaginado no es una fila de mujeres reales. Sí está compuesta de mujeres, pero cada una de ellas no representa a una que exista en el mundo. Más bien cada una es la efigie laxa de un terrible momento en el tiempo. Así, cada una es en realidad la acumulación malhechora de muchas mujeres, todas aquellas que existieron para mí en un malhechor instante del tiempo, cualquiera que sea el indicado. Así, a lo largo de la fila cada elemento de ella esta casi repetido en el siguiente elemento y en el anterior, los cambios entre elementos contiguos –que representan el desplazamiento entre dos malhechores instantes– son mínimos y graduales, se requeriría un observador meticuloso para notarlos, sólo se hacen obvios a una distancia mayor, digamos con 20 elementos de separación, y de este modo la hilera de elementos conforma una cascada, un degradé de representaciones o efigies laxas o estatuas poco pulidas, más bien ensuciadas o enmohecidas, frías como bancas de parque en San Petersburgo en invierno, paradójicamente sólidas al mismo tiempo, sólidas pero laxas y frías y enmarañadas, vejatorias figuras imaginadas de todas las mujeres en un indigno espacio de tiempo –mi vida– cayendo desde Camino Real hasta Salaverry como una serpiente vituperiosa, intestinal destripada, vaginal ignominiosa, descomponiéndose incesantemente y con un dulce olor a ceniza.

Y de pronto la fila de mujeres se ha concretado a mi lado. Dicen que debes tener cuidado con lo que crees que es la realidad, pues la realidad será exactamente como tú la imagines. Es uno de esos dichos un poco cojudos, pero no parece haber sido del todo falso: de pronto la fila de mujeres se ha concretado a mi lado. Las puedo oler. Su caca todavía caliente, el café árabe y sus labios sahumados. La cháchara incesante me penetra por atrás, me excita también, me conmueve los testículos como si estos fueran recogidos por una mano tibia y maternal. El aroma del tabaco me trae memorias de lamidos inguinales: me presenta otra vez los ojos endemoniados del monstruo aquella vez cuando le di un orgasmo utilizando mis labios, entonces cuando efectivamente logró morir un poco, luego resucitar para destruirme. Oigo las risas del heliogábalo rampante que ha venido por mí corazón una vez más. Pero nada puede hacerme ya el heliogábalo. He mutado. Por la puta madre, he mutado. Luego, muy cool, me aproximo al heliogábalo caminando como si fuera un monstruo cualquiera. Ya conozco al heliogábalo, sus mañas, sus zonas erógenas. Y no le temo, estoy tranquilo –estoy cool–, no poseo más estrellas que pueda devorar. Si algo poseo, sólo poseo una pija en llamas. El heliogábalo ya se comió todas mis estrellas: ahora puede comerse mi pija en llamas. Miro la hora en mi celular. Tenemos tiempo para algunas inquisiciones.

A 3 metros de la fila, detenido, cuadrado tal Patton en el cine, les digo ya no las quiero chicas. Luego, a mi señal, marchamos todos, como en un desfile escolar. Marchamos en un batallón contenido y alegre, hacemos cuatro filas y formamos compañías de a 80, vamos así hasta la Avenida Arequipa. Allí hago una señal y la fila se vuelve a extender: cubre cientos de cuadras. Paso revista. Contento, me aproximo a la primera mujer y le doy un abrazo, junto mis brazos tras su espalda, la estrecho sinceramente entre mis brazos. Elijo a la segunda al azar, unos metros más allá: le escupo en los ojos. A la tercera no la toco. La cuarta es mi favorita y le doy un beso en el pecho, otro en la clavícula, abro su blusa y pongo un dedo húmedo sobre su pezón que, endureciéndose, me responde complacido. Luego vuelvo a la primera, pero levemente la esquivo, la humillo, la veo llorar. Busco a la quinta. Le doy por culo a la sexta mientras ella gime que me ama. Le grito a la séptima. Le digo a la cuarta que aún pienso en ella, que no importa que sea tan mala conmigo. Escribo una breve nota en una servilleta dedicada a la quinta. Le sonrío a la primera (quien aún no parece recuperarse de mi abrazo). Corro hasta la octava. Veo como se desnuda la décima. La vigésimo tercera me guiña el ojo. Me fela la décimo octava, se le entumecen los labios. Siento que extraño a la cuarta. Le regalo un chocolate bitter a la trigésima…

Entonces me alejo. Las miro, cual Patton en el cine, recapacito y les digo mentira chicas, en verdad las quiero mucho. Siempre las voy a querer.

Las conduzco hasta el Morro Solar. Marchamos del mismo modo, cruzamos Miraflores y después Barranco, comemos un helado en el malecón y después trepamos lentamente la cuesta. Una vez en la cima, les cuento cómo perdimos en la batalla de Lima. La bahía se abre amplia ante nosotros. Imito a mi profesor de historia y les digo que todo lo que vemos frente a nosotros es cosa del pasado. La bahía reposa, voluminosa pero vacía como un bowl lleno de coles. Les digo que todo lo que hemos sufrido juntos, ¡eso está en el pasado! (Es un pérfido juego de palabras: todo lo que hemos hecho es cosa del pasado, de un pasado inamovible e indestructible, rígido y profético, periférico y determinante, imposible de eludir. Lo único impresionante o contundente y cojudo es cómo cuántos no lo notan.) Les digo que yo conozco la identidad del soldado desconocido. Les cuento que mi abuelo tenía una forja –una metalmecánica– y como él hizo la estatua a imagen y semejanza de James Dean. Les cuento que James Dean era gay, muy gay. Les digo que James Dean amaba que lo atoren duro, muy duro, especialmente si quien lo hacía era Marlon Brando. Les digo que no vean This is it, que yo ya me compré el DVD (vengan a mi casa). Les digo que tengo un LP de Like A Virgin, que mi papá lo compró en Londres en 1985. Les hablo de Christopher Hitchens. Les digo que quiero ser un cowboy mormón. Les hablo de mis bigotes. Les hablo de mis nuevos zapatos de cuero en punta. Les hablo de metales. Les hablo de mi corazón.

Así hablo horas de mí, cientos de minutos de mí, hasta que finalmente les digo vamos, denme un cigarro. Lo enciendo, ellas encienden al mismo tiempo uno y entonces todos fumamos y vemos juntos el sunset desplomándose en la bahía: un durazno maricón que se hunde de cabeza en el océano como si el cielo fuera a matarlo arreciado –o intoxicado– por los fuegos fatuos que levitan sobre nuestros pestilentes cadáveres eyaculados. Mientras empieza a penetrar las aguas, una luz sebácea, brillantísima y fulgurosa empapa el morro árido, circunda el aire aciago –delgadísimo como una soga–, transforma en platino nuestras ropas y vela todo en un ruido gelatinoso y vasto pero aglutinador que no está compuesto sino del rumor de nuestras disueltas, siempre infames soledades. En el momento justo en que el cielo vira de un gigantesco fucsia a un sobrio y profundo azul marino, echamos nuestros cigarros a la arena y con la armonía del equipo ruso de nado sincronizado hacemos “El Twist”, destruimos la colilla con la suela de nuestro zapato derecho.

dp

No fueron necesarios mayores malabares, extendidas magias, ninguna especial concentración. Nunca estuve dispuesto a rezar o soñarlo. No me detuve en una colina ni me dejé crecer la barba. Amilanado por los humos de la ciudad –el carbón luminoso de los autobuses, la tos agria: la mirada idiota de los transeúntes horrorosos– empecé esta trayectoria solitaria. No llamé a un pueblo para que viniera conmigo. No propagué esta buena nueva. Había que cruzar el charco a toda costa y yo estaba dispuesto. Me había propuesto aquella meta y ya caminaba por los zócalos del mar, entre lenguados que brincaban sofocados y cientos de pulpos aguerridos, muy campante, muy seco, muy sencillo. Había robado los pertrechos necesarios de la despensa de mi madre: 20 pecanas, 8 huevos y un galón de Coca Cola. No era necesario más. Había traído mi Ipod, unas chanclas viejas y esta mochila de cuero raída. Así podría andar solo por días y no eran todavía días, habían sido solamente horas desde que había partido. Dejando todo: el futuro –que me era tan promisorio– y mi colección de películas de Alfred Hitchcock. Porque al otro lado del charco (donde fuera que eso estuviera) estaba todo lo que yo buscaba, aquello que había perseguido ya demasiado tiempo y que no habiendo sido encontrado me había conducido directamente hacia esta frenética incertidumbre, una incertidumbre amplia que se destilaba rápidamente en una ansiedad ciega y pura, una ansiedad que a su vez era como un vómito verde, ectoplásmico pero concreto, una ansiedad que bloqueaba caminos, inodoros y alcantarillas pero que simultáneamente habría autopistas, que detenía abruptamente toda razón de esperanza pero que indefectiblemente conducía a considerar la posibilidad de que existiera aquello. Y si aquello verdaderamente era todo lo que buscaba (como lo intuía, si bien no lo podía comprobar del todo pues la certeza es en si misma inalcanzable), había que hacer lo que fuera por descubrirlo.

Entonces brinqué de mi cama, apagué la televisión y lancé el control remoto por la ventana. Le dije a mi madre que no me esperara, que era como esperar a que volviera Jacques Costeau de entre los muertos: que nadie era tan huevón para esperar que alguien volviera del otro lado del charco. Ella automáticamente lloró, vaciló, me dijo que no me vaya. Yo no hice más que gritarle que ya me había ido; cerrando la reja metálica que daba a la calle, más allá del portón principal y de la puerta de vidrio: ¡ya me fui! le grité. Ella probablemente se quedó pensando en Jacques Costeau; yo me sentí un albatros que planeaba sobre las Islas Galápagos, gentilmente sobrevolando los peñascos, estratégicamente aproximándome poco a poco en perfecto sigilo: un albatros con la misión secreta de cagar el yate blanco como la nieve en el que se asolea Jacques Costeau, un albatros dulcemente escandiendo un gesto amargo de esperanza y bufa en blancas sílabas de caca sobre la oscura piedra volcánica y los nuevos lentes de sol de nuestro memorioso Jacques, siempre bronceado, sexy y de pelo cano, siempre en tanga azul marino. Lo que en ese instante me confirió de efectiva y apreciable libertad, entusiasmo, expedición, lo que fue al cabo positivo dado que no tenía idea de dónde iba ni de lo que me esperaba. Y sí que me esperaba mucho (como lo intuía, si bien no lo podía comprobar todavía).

El asunto es que iba descendiendo por una quebrada que se ahondaba en lo profundo del zócalo marino. La quebrada cortaba el mismo lomo de la placa de Nazca y se hendía como una cicatriz entre dos aristas gigantescas de barro, guijarros y musgo, desde el este hacia el oeste. Yo descendía por un camino rocoso y húmedo, descendía pausado por la ladera que se arrimaba al norte. El suelo estaba todo cubierto de restos de algas verdosas y de palabritas que crujían bajo el peso de mis pisadas. El sol quemaba y eso era extraño, porque en la ciudad de Lima y en la costa y las bahías que la rodean el sol no suele aparecer salvo en los meses de verano, y entonces incluso tímidamente. Esto era octubre y contra todo pronóstico el sol pujaba como un enano perverso, estreñido y sesudo, hacía las veces de un cíclope incisivo, se esforzaba y descendía sobre la ciudad y las costas y las bahías que la rodean, conseguía en efecto subir la temperatura. En consecuencia parecía elevarse un humo salobre desde las rocas y la mugre que recubría el suelo, normalmente acostumbradas al abrigo del agua. Todo parecía estar hirviendo o próximo a hervir, y del musgo y de las algas, de todas partes surgía este hedor pestilente, marciano y soez. El hedor tenía un sabor dulce, agridulce, un efecto intoxicante e inmediatamente narcótico. Entonces, no sé si temiendo perderme en algún nuevo placer o quizás buscando escapar de ese vaho venenoso, cambié de rumbo. Doblando hacia el norte comencé a trepar la ladera. Y la tarea fue dificilísima. El material suelto conjugado con la humedad habían convertido a la cuesta en poco menos que un tobogán. Para lograr avanzar había que patear y hundir el pie en la grava a cada paso, construyendo de este modo un peldaño temporal, abriendo un camino. Así, a pesar de la moderada distancia, sólo después de dos horas fui capaz de alcanzar la cima y el abra que separaba a la quebrada del resto del horizonte. Desde lo alto pude observar los alrededores con mayor claridad: no había nubes por ninguna parte. Podía ver claramente en todas direcciones. Hacia el norte, a unos 5 km, podía ver la gigantesca montaña que era la isla San Lorenzo; detrás de mí, otros tantos kilómetros en esa dirección estaba la península de Chorrillos. La luz solar atravesaba todo, iluminaba la atmósfera completamente, así impregnaba este paisaje lunar de apreciable vida y le confería a la realidad trastocada, en un sentido muy convencional, de un tinte Pop.

De pronto reconocí un yate. Miré hacia abajo: detenido sobre las rocas a unos 200 metros de la cima donde yo me situaba había quedado ligeramente de lado, varado entre unos peñascos filudos. El casco estaba astillado y quebrado, del lado de babor se veían profundas llagas y detrás de él corría un riachuelo de combustible. Sin embargo, a pesar de la zozobra evidente en la que estaba sumido, no parecía haberse detenido la fiesta en él. Decidí acercarme a él y empecé a bajar del otro lado del abra, adentrándome en otro espacio que ya no era un valle agreste sino que más bien parecía una distendida planicie cóncava, un bowl árido y perfumado. Me detuve a escasos metros de la embarcación.

Mi primera conclusión fue que esta tenía que ser la mejor fiesta que había visto en toda mi vida. Si bien el yate no era gigantesco, pues tendría a lo sumo 50 pies de eslora, lucía como una estrella –era totalmente blanco– y estaba todo cubierto de gente. Habría unas 40 personas en él y todas reían, brincaban, jugaban o conversaban, bailaban y brillaban, besaban, bebían de aquella forma en la que bebemos sólo cuando somos totalmente ignorantes de lo que sucede a nuestro alrededor. Luego estaban absolutamente felices, no había lugar a cuestión sobre aquello, y eso hacia perfecto sentido: los 40 embriagados que constituían la fiesta en ese bote de ningún modo sabían que el océano se había secado a su alrededor y que su yate, magnífico como era, estaba encallado en el fondo del mar.

Mi segunda conclusión fue que existía un secreto profundo pero mundano y solemne aunque seguramente satánico que yo desconocía y que se revelaba a casa instante en una forma extravagante, continuamente en la celebración que observaba, validándola, volviéndola maravillosa y entrañable. Se revelaba en los ojos endiablados de las mujeres y en las sonrisas sublimes de los hombres, o quizás en sus camisas abiertas que dejaban entrever sus pechos lampiños, en todo caso siempre sólo en cualquier parte de cualquiera de ellos, hombres y mujeres indistintamente, por ejemplo en sus ropas blancas y frescas o en las comisuras de sus labios al sonreír o en el brillo de sus dientes y en el reflejo negro de sus gafas al inclinar levemente la cabeza hacia atrás para beber un poco más de las amplias copas de cristal. Este secreto, por lo demás, jamás me sería revelado.

Mi tercera y última conclusión fue que la mujer delgada de pelo oscuro y ojos claros que me había visto acercarme poco a poco, que se había erguido y había caminado sin quitarme la mirada de encima hasta el borde de la cubierta, que no llevaba nada sobre la piel excepto un bikini naranja y minúsculo y que sonreía, que sostenía una copa de un líquido enrojecido y de apariencia deletérea, que me miraba ahora a los ojos y murmuraba desde sus labios algo que yo no entendía ni estaba seguro de que quisiera entender pero que quería pensar estaba dicho inglés, que bien podía estar siendo dicho en swahili, francés o rumano, que ella tenía que ser la encarnación irrefutable, la concreción misma de Kleopatra en el Pacífico. Y de pronto la mujer hizo así con la mano, así también con los brazos. Entendí que me invitaba a subir al bote. Trepé por la escalera trasera, caminé entre los invitados y me senté a su lado.

Empezamos hablando de objetos. Ella me preguntó qué me parecía el yate. Yo le dije que me parecía un yate bacán, pero que en líneas generales prefería los veleros. Me preguntó qué pensaba del tamaño de su yate. Le dije que ciertamente era un yate muy grande, que debía gastar mucha gasolina y que tras él debía quedar el agua del mar hedionda y aceitosa. Me sonrió, me dijo que su yate sólo tenía 49 pies y que había yates mucho más grandes, que había yates de 150 pies, por ejemplo. Yo le dije que eso me parecía increíble y que si era cierto, tenía que ser además alucinante. Ella me dijo que habría querido uno con el deck más amplio, pero que los impuestos eran una barbaridad en el Perú. Yo le dije que no sabía nada de eso, pero que seguramente era así porque alguien se hacía rico con ellos. Ella me dijo que era justamente eso, que en este país había mucha gente que se hacía rica con el dinero de otros y que robar sus impuestos era sólo uno de los muchos métodos que habían sido inventados. Yo asentí. Ella me dijo que a eso le llamaban economía de libre mercado y, por si lo dudaba, que era la más grande de todas las maravillas modernas. Yo asentí. Me dijo que todo servía para nada y que lo único que podía hacer uno, al fin y al cabo, era comprarse un yate lo más grande posible y pasarla en él bebiendo copas de este líquido enrojecido (que era hecho en Italia), tomando sol en el deck mientras electrocutaban personas en el SIN, todavía en el año 2009, y especialmente si morían policías en la selva. Yo sólo asentí.

Luego quiso que habláramos de películas. Yo no le quise hablar de películas y traté de asir su mano, pero la retiró sutilmente. Estaba sentada en un pequeño asiento de lona blanca y, muy recta, me miraba hablar, casi declamar. Entonces le dije que me gustaba Isaac Asimov. Recogió su pelo, lo sacó de su mejilla derecha y lo colocó detrás de su oreja. Me preguntó qué películas había hecho. Le dije que ninguna, pero que algunos de sus cuentos los habían hecho películas. Se acomodó los lentes; usando la mano izquierda extendió el dedo índice y con él empujó suavemente la parte de la montura que descansaba sobre su tabique. Me dijo que Asimov sonaba ruso. Asentí, le dije que en realidad era norteamericano, como Dick Cheney o como Arthur Miller, como D.W Griffith. Me dijo que le sonaba ruso, como Garry Kasparov o como León Tolstoi, como la palabra Perestroika. Me reí. Le gustó que riera: me dijo exagerando que le encantaba la palabra Perestroika, que Gorbachov era un genio. Tomó un sorbo de su copa y agregó –empero– que los rusos en general le aburrían. Yo le dije que había muy buena literatura rusa. Ella me dijo que en Rusia hacía demasiado frío. Yo le dije que eso era cierto. Ella me dijo que sólo había leído esa del Archipiélago Gulag. Le confesé que en ese caso la comprendía.

Después hablamos de perfumes. Yo le dije que mi olor preferido era el de los jazmines por las noches de verano, ese perfume esparcido por el aire cálido de aquella temporada. Ella me dijo que eso era muy maricón de mi parte y que su olor preferido era el de las madreselvas, si bien algunas noches era el de los floripondios, perfume que entraba por su ventana eventualmente y la drogaba por sorpresa y que por tanto la hacía feliz por sorpresa. Deduje que le encantaba que la tomen por sorpresa. Me corregí: le dije que mi olor preferido no era en realidad el de los jazmines, que eso la había dicho para encantarla, sino que mi olor preferido era el del agua clorada que se seca sobre la laja una tarde soleada junto a una piscina. Ella me dijo que eso sonaba muy bonito, como a cuento de Lewis Carroll, y que entonces me perdonaba por mentirle. Yo le dije que ella olía a fruta oscura, a madera rancia, a cueva mohosa donde están madurando un Gouda brutal. Ella me dijo que yo olía a sudor de bestia de carga, a cuero curtido y avellanas. Yo le dije que a eso a lo que olíamos le llamaban almizcle, que era una mezcla de sobaco y feromonas. Ella no lo comprendió.

Finalmente hablamos de viajes. Me preguntó a dónde iba. Le dije que iba en busca de dios. Me ordenó que no le mienta otra vez. Le dije que no le mentía, que sólo utilizaba una metáfora. Me pregunto a qué dios buscaba. Le dije que a uno borracho y redentor. Me dijo que ese dios no existía. Tomó de su copa. Me dijo que sólo había un dios y ese dios era macabro, aunque la verdad muy guapo. Le dije que debía tener razón. Me preguntó donde lo buscaría. Supuse que quizás le interesaría buscarlo también, en vista de que claramente su dios, si bien guapo, era macabro. Le dije que al otro lado del charco. Me dijo que eso era demasiado lejos para ir caminando, que quizás este charco no acabara jamás. Le dije que sí lo hacia, que tenía que hacerlo. Ella me dijo que no lo creía. Yo insistí en que ya estábamos muy viejos para cometer ese error. Puso cara de duda. Le dije que me compararían con Leif Ericsson y pondrían mi nombre en un colegio. Tomó un sorbo de su copa. Me aconsejó que en todo caso fuera en avión o me comprara una Jeep. Me reí. Puso cara de confusión. Me reí otra vez. Me dijo que no me burle. Me volví a reír. Entonces me dijo que era un papanatas. Yo le dije que la iba a amar para siempre. Entonces me propuso follar bajo cubierta.

¿Te parezco bonita? ¿Para qué te paras? ¿A dónde vas?

En una cabina el amor es como una burbuja. Fuera de ella el amor es muchas cosas más, todas esas cosas que siempre son dichas y que no nos detendremos a considerar esta vez. Porque dentro de una cabina, bajo una fiesta y después de una copa o dos o tres de un líquido enrojecido, el amor es sólo como una burbuja. No escapa y por tanto sofoca, abruma, se torna tibio, cálido, inevitablemente acaba volviéndose ardiente y fucsia como una estufa, se desata y es una granada tremebunda que nos envuelve y nos fulmina y finalmente nos absuelve. Esto, como todo lo que es maravilloso, es al cabo también violento, vejatorio, vertiginoso. Es decir que en una cabina no se ama bien: bien como se quiere en el campo, con el olor del arroyo y el perfume del heno ascendiendo por las fosas nasales; bien como se quiere en la playa, ventilados los cuerpos de los amantes por la brisa; bien como en un jardín, sobre la grama fresca, bajo la luz de las estrellas de cielo. Es decir que en una cabina se ama mal, como en un video amateur que buscas en Internet. Se ama sin foco y sin nitidez; sí se ama, pero el cuerpo de este amor está partido y perdido, cuadriculado en píxeles que le son insuficientes porque vuelven discreta una pasión irresponsable que de cualquier modo es continua, indivisible. Las tomas de este amor procaz son pobres, están de lado, están torcidas, tiemblan u oscilan al tiempo de los giros y saltos de los cuerpos excitados, a veces no incluyen en el cuadro lo más trascendente o pierden en un descuido el momento culminante de la faena. Los besos que corresponden a este amor son cortos, a lo menos son muy incómodos, a veces demasiado grandes para entregar la ternura suficiente, otras demasiado pequeños para connotar la voluptuosidad que está implícita en él. Es un amor que no tiene espacio para nada, que no atina a nada salvo culminar de cualquier modo, porque está hacinado y es bruto, porque para él la gravedad es un enemigo y eso le confiere una propiedad torpe y ensuciada. En él todo se hace demasiado rápido, quizás demasiado lento –entiéndase: se hace muy mal–, y así no es un amor para todos, claramente no es un amor popular, en realidad es un amor que pocos desean y que menos logran, pero es un amor que en esa hora, envuelto como por un hermoso y vulgar alicate en las piernas de Kleopatra, fue suficiente para mí.

¿Te gusto? ¿Te gusta mi pañuelo? ¿Do you fancy mon écharpe?

Después de acabar le dí un beso en los labios. Me erguí y vi su cuerpo blanco y desnudo y pequeño que permanecía inmóvil en el lecho. Se encogía en un ovillo tétrico, se protegía todavía de mí. Era pálido y daba la impresión de estar hecho de mármol, cubierto en un esmalte suntuoso y homogéneo. Estableciendo un contraste frío entre su piel y este, un pañuelo azulino le rodeaba el cuello. La cabina a la que habíamos entrado era un cilindro, una especie de cavidad de nave espacial o de cueva mal iluminada, un lugar contradictorio que en ese instante me daba la sensación de asemejarse a una cámara frigorífica. Habíamos entrado y habíamos terminado y yo me había erguido y allí estaba ella: inmóvil y etiquetada. Entonces, precisamente cuando lo noté, ese lindo pañuelo azulino le rodeaba el cuello todavía, le giraba alrededor del cuello como una horca. Yo pensé en una horca, en una ejecución y en una etiqueta, luego me sonreí. En ese mismo instante me empapó un olor a pez que había surgido súbitamente del cuerpo de ella, que había colmado instantáneamente la cabina como un gas, aunado a sus gritos unos minutos antes, contrapuesto a cualquier llanto, multiplicado por mis pasiones ya satisfechas. Me embebía, asimismo, un deseo puro, un estado puro de logro. Mientras me vestía, reconocí por la única claraboya que fuera duraba todavía la ceremonia. Aún bebían, reían, se besaban los invitados entre si. Los vi y me sonreí. Tomé asiento y pasaron unos minutos en perfecto silencio. Me dispuse a verla por segunda vez: estaba pálida como un muerto. ¿Dormía? Su nariz estaba plácida y su ceño estaba seco, su abdomen estaba lánguido, su ingle no se movía. ¿Dormía? Sólo la sien mantenía su color: una pequeña flor, tenía una pequeña flor escarlata descansando sobre la sien. ¿Dormía? Era difícil decirlo. Sus ojos estaban cerrados pero sentía que me miraban todavía.

¿A dónde vas? ¡Vete! ¿Qué es eso?

Estamos preparados para mucho menos de lo que nos sucede. Estamos preparados para todo lo que pensaron que nos iba a suceder, pero de pronto nos sucede mucho más de lo que pensaron. En eso consiste todo: en la sucesión azarosa de eventos para los que estamos y no preparados. De pronto salimos a la mar y nos suceden cosas que no nos debían suceder, que no estaba previsto que nos sucedieran. Por ejemplo, conocemos a una mujer y ella sonríe, lleva un bikini naranja, nos conduce a una cabina que es como una cámara frigorífica. Por ejemplo, bebemos demasiadas copas de un líquido enrojecido. En eso consiste todo: en la sucesión azarosa de eventos para los que estamos y no preparados y antes los cuales hacemos cualquier cosa: el ridículo, lo mejor, lo inimaginable. Y después es fácil. Después vagamos por las quebradas, descendemos desde la ciudad, paulatinamente hasta algo monumental o irrisorio que acumula la mierda o se asemeja a su verdadera esencia –que es divina– y más allá de lo cual, así lo esperamos, está lo que buscamos. Avanzamos entre hordas de caballas estacionadas en los lechos, entre hordas de caballas boquiabiertas que mueren en sus lechos. Si tenemos hambre, asesinamos a un tollo indefenso que ha descansado en cualquier cuesta, nos alimentamos de sus vísceras cartilaginosas. Al cabo, el sol sigue alto, a pesar de nuestros actos. Descendemos en otra quebrada: el musgo, el perfume narcótico de las algas rancias nos excita, nos detiene: nos confunde y propulsa. Alcanzamos un abra nueva: la claridad y el horizonte son todo lo que hay. Todo se repite y en algún lugar entre la espesura y la amplitud ambas, conjugadas, empiezan a diluir la memoria del viajante, otrora tenaz.

¡Dame un beso! ¿Cómo te llamas? ¿Quieres abrazarme?

Como les digo: sencillamente brinqué de mi cama y me despedí de mi madre. Ella trastabilló, lloró mientras yo partía. Hice como si no lo supiera, imaginé que su llanto estuviera demasiado callado y fuera inaudible. Salí y crucé la avenida El Ejercito, caminé unas cuadras y descendí por la cuesta hasta la playa desierta de Magdalena. Sintiéndome entrar en él, el mar se abrió. No se abrió en dos, como partido por una navaja. Ese fue el absurdo método de Moisés. Pobre viejo: maldito, senil y abigarrado. ¡La técnica avanzó tanto desde los tiempos de Moisés! El clarinete, ¡la bala!, el helado de vainilla, ¡la cámara fotográfica!, los implantes de silicona, la inteligencia artificial, el vinagre balsámico, ¡la pornografía!, el teléfono, la vida extraterrestre, el sistema ISO, las metanfetaminas, el borrador, ¡la fresa!, el sticker, la melancolía… Este mar se secó paulatinamente entre mis piernas, hacia mis piernas: como si toda la Bahía de Miraflores fuera una bañera y yo hubiera hundido en ella la boca de mi aspiradora.

¿Me quieres? ¡No te vayas! ¿Sabes francés?

No me parece descabellado el símil que compara un agujero negro con el portal de San Pedro, la puerta de entrada al infierno con el milagro cósmico.

Ella me cogió la mano y yo quiero decir que lo recuerdo bien. No lo recuerdo bien. Incluso puede no haber sucedido. Mi cassette es volátil, mi cassette es bastante frágil. Incluso mi cassette es particularmente creativo, bruto, propenso a la mentira. Pero aún así recuerdo, creo recordar que ella me cogió la mano y que entonces yo me sentí efectivamente en cuarto de primaria. Había pensado en aquella costumbre que solía tener en cuarto de primaria: cómo solía agarrar un cassette viejo (digamos que uno de Roxette o uno de los New Kids On The Block), sostenerlo por la cinta magnética, marrón oscura, un poco ocre, soltarlo por la ventana dejando que cayera en la pista y rebotara y se fuera estirando así la cinta, alejándose el cassette hasta quedar toda ella fuera del cuerpecito de plástico donde antes se enrollaba, alargándose hasta dejar 50 metros de cinta colgando detrás, enganchada por un lado a uno de mis dedos y por el otro la cinta extendida como una cola detrás del carro, oscilando y brincando por toda la Javier Prado. Estaba pensando en eso –al mismo tiempo en mi cassette metafórico y en los cassettes tangibles que utilizaba para arrastrar detrás de los autos cuando tenía 10 años– cuando pensé que podría no recordar esto después. Pensé incluso que debía ser mentira, que esta realidad era demasiado pobre. Porque debimos haber estado por lo menos besándonos y era lo que yo habría querido y no lo había intentado porque sabía que ella no podía, que no habría podido, y entonces no había hecho nada más que permanecer sentado, más que ver la noche azul pasar por la ventana del taxi, más que fabular sobre cassettes de plástico y la memoria –que es tan frágil– mientras cruzábamos Barranco, después un poco de Miraflores. Y entonces en un momento que ahora es como una nube incierta de polvo, cálida temperatura y deseo –como el contenido de un cassette que va colgando detrás de un auto en la Javier Prado cuando tienes diez años y ya los has arrastrado feliz durante 8 cuadras, hasta que de pronto la cinta magnética se rompe y lo pierdes para siempre– ella extendió su mano tímidamente hasta la mía, la cogió y la colocó, envuelta todavía en la suya, junto a su pierna. Quizás no es cierto, pero así es como lo recuerdo.




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