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Detenido, admiro la monumental pila de dinero que ha sido construida ante mis ojos. Creo por ratos que parece un castillo o la casa de un señor feudal… recapacito y creo que parece el botín de un pirata, o quizás la torre en cuya cima vive Rapunzel, recluida por un diagnóstico de Trastorno Bipolar . Y pienso, ¿cómo mierda es posible tanto dinero junto?

De cualquier modo, y sin moverme, en un descampado oscuro esa noche me detengo y la admiro. Ha sido construida ante mis ojos. Y hace un minuto, la pila ha sido rociada con gasolina de 108 octanos por un arlequín que apareció desde muy atrás, cargando una galonera descomunal, y cuyos movimientos –casi arácnidos– me aterraron con su gracia, ritmo y contorsión lumbar. La pila ha sido luego encendida por el mismo arlequín, que para encenderla utiliza un zippo de plata extraído de los profundos bolsillos que tiene su bombacho, y cuando la enciende, justo antes de hacerlo, voltea un instante y me sonríe. Sus dientes son blanquísimos, como la base pálida que cubre su cara, y sus ojos desahuciados están amargos como la bilis. Sus ojos en un principio me impactan, luego me debilitan… pienso que el color de sus ojos estremecidos se aproxima al color del ensueño cuando es opaco y contiene sólo el aliento de la desesperanza.

El arlequín enciende la pila y de inmediato se retira. Se aleja del fuego, que ilumina muchísimo la zona del descampado que lo circunda mas sumerge el resto de él en la sombras, de modo que ya no se pueden observar las paredes de barro y piedra que definen su linde. Se aleja de la pila encendida y así, poco a poco, el morado de su túnica, similar a la de un fraile, se funde en el negro y desaparece. No sé si se ha ido aún del descampado, si ha llegado a la calle lejana que vuelve hasta la ciudad, desde este arrabal húmedo, o si me observa todavía desde un rincón del lote solitario, bajo una tienda. Pero imagino sus dientes pequeños y blanquísimos, sonriendo, mirándome… puedo ver cada vez sus ojos amarillos.

Pronto me despabilo y decido acercarme. Todavía empieza a consumirse cuando yo me acerco a la pila esa noche. Empiezo a sentir que arrecia el calor. En pocos minutos, se eleva la temperatura. La pila completa está encendida y es ahora una hoguera. En ese momento una mujer desnuda se acerca y empieza a devorar el dinero encendido. De mediana estatura, tiene los brazos gordos y el cuerpo fino, los ojos tenebrosos y la nariz corta y muy bella. Su piel es muy suave, propia esta cualidad de la canela, su cuello en cambio no aparenta serlo; fuerte y fibroso, le da un aire mamífero y socarrón a sus gestos. Pero sus pelos lacios rodean su cara en una actitud dócil, reducen lo que en otro caso sería una mirada dura a una sonrisa aguda, con un atisbo de codicia.

Primero la mujer se acerca y recoge un billete. Lo levanta a la altura de sus ojos y observa la llama, entre anaranjada y amarilla, cómo abraza a Benjamin Franklin. Abre su boca y traga a Benjamin Franklin riendo, sin apagar la llama. Sonríe con amplitud y mira la magnífica pila. Eructa una pequeña nube de ceniza. Luego hace lo mismo con el resto de la pila. Uno a uno, recoge los billetes y los traga. Se come miles de veces a Benjamin Franklin. Uno por uno, hasta el último de ellos. Y para mi sorpresa, no se ensancha un centímetro. Si bien no es esbelta (tiene las caderas anchas y el culo largo y si uno tuviera que compararla con una fruta, diría que es una pera), no ha cambiado su figura en este tiempo desde que ha empezado a comer. Cuando termina de comer, empieza a eructar fuera de control. Y sus eructos hieden a humo y ceniza y pastos de planicies incendiadas. Ciertamente en estas planicies podrían filmarse coboyadas pero no, pues esto es el Perú: en cambio se colocan hoteles en chacras que pertenecieron alguna vez a Manco Capac –y a ningún indio común y silvestre– y comunidades reclaman por el deicidio generalizado de los Apus: ¡oh por Jesucristo, no lo hagan!

Ahora parece que la mujer va a vomitar. Se tambalea, se dobla sobre su cintura, se retuerce y se inclina. Es tan hermosa, pero mierda… La primera arcada es terrible: sin embargo no aparece nada de su garganta. La segunda arcada es más honda y la mujer cae de rodillas. Su boca continúa seca. Se suceden la tercera, la cuarta, llegamos a la novena arcada. Empieza a engrosarse su pecho y su cuello. Abre los ojos como si fuera a morir de espanto. Nunca habíamos visto nada como esto. Un peluche gris le aparece entre los dientes… tiene la forma de un coco. Hemos vomitado tantas veces y la bola de pelo que expele la mujer de su garganta nos aterroriza. Nunca lo vimos. No es una regurgitación cualquiera: quizás es un parto bucal. El vomito, en cambio de ácido y dulce, ha tomado la forma de una bola de pelos, como si la mujer fuera un búho que ha quedado ahíto de ratas. Pero tan sólo tocar el suelo polvoriento del descampado, de inmediato el vehículo se casca como una fruta y de ella emerge un pequeñísimo bebé. Cubierto en una leche blanquecina abre los ojos por primera vez; mientras tanto su madre a muerto.

El engendro está desnudo y volcado sobre el polvo que recubre el suelo, envuelto en leche. La leche se mezcla con el polvo y empieza a formar una argamasa, como si el engendro estuviera siendo arrebozado. Me detengo y lo admiro en asco, arrebozado en el polvo sucio e iluminado por el destello de la noche plena. Recojo mi teléfono móvil de un bolsillo, enciendo su linterna y lo ilumino en los ojos rojos: mierda, es idéntico a su madre. Veo unos minutos cómo se retuerce en el suelo. Al cabo logra ponerse de pie por si solo. Tambaleándose, se me acerca. Un momento me mira encandilado, me dice… papá. Se ase mi brazo. Me dice que le compre libros, que le enseñe a leer y a comer helados. De pronto, es como si pasaran 16 años y me pide que le permita estudiar filosofía. Quiere irse a Cambridge, donde Sheila, su novia, estudiará Geografía. Le digo que no lo puedo hacer, que no quiero que sea ni pobre ni hipócrita ni defensor de la monarquía constitucional. El me dice que está bien, será feliz como yo quiera.

Esa noche, mientras busco cómo salir del descampado, imagino por segunda vez nuestro futuro. En una pequeña noche, mi bebé cumple 35 años y nos vamos los dos a Cagliari de vacaciones. Una mañana, postrados en la playa, mientras tomamos un Bloody Mary recordamos a su madre. ¿Cuál era su nombre? ¡Qué maravilloso fuera verla otra vez!

Lo primero que hice fue colocar una bandera… miento, eso sucedió un poco después. En realidad lo primero que hice después de bajar del avión fue tomar un tren, luego tomar el metro, después andar por una calle fría y diagonal, iluminada por faroles metálicos, transitada con mucho orden por autos, hombres en bicicletas y mujeres a pie, subir a un primer piso colmado de una humareda que emanaba de sendos porros, luego bajar del primer piso, caminar hasta la esquina al bar de un chino muy educado, beber 3 cervezas catalanas medianas y una clara, luego subir al mismo primer piso, beber 2 cervezas más, esta vez holandesas y pequeñas, después dormir acurrucado en un sofá plegable, sólo entonces colocar la bandera. Es decir que lo undécimo que hice fue colocar una bandera en Barcelona. Y esa bandera se concretó en la forma de un colchón.

He clavado mi primera bandera en el suelo de esta ciudad. He hundido el asta de mi bandera en el suelo catalán, donde pretendo establecerme. He hundido mi bandera y de tal modo he puesto el primer pie en esta tierra, el primero de los dos pies de los que dispongo aún y que no sé todavía precisamente con qué timing se volverán a juntar en un solo lugar. Quizás eso no suceda jamás otra vez. Quizás estoy destinado, fui hecho para nunca sentirme en casa, como definitivamente no me siento ahora en casa, demasiado frío, y como nunca me he sentido en cualquier ocasión antes en casa. Nunca, con nadie, en ninguna situación. Tengo hoy un pie todavía en Lima y acaso, de hecho ocurre que a veces lo siento así, ese pie jamás se despegue de su ubicación actual, fijo a ciertos lugares comunes a los que constantemente vuelvo y que me halan como si fuera pequeñas cuevas húmedas y dulces y con un talento social para la canción poco afectada.

Quiero decir que me levanté la primera mañana tras mi primera noche en Barcelona y fui a Ikea y me compré un colchón de espuma. Poco después supe que lo quería, le cambié el género y le puse Montserrat. La quería, de pronto lo supe. Era mi primera posesión española y la había elegido por eso con minuciosidad. Había paseado horas por la tienda, luminosa y musical como un casino, hubo algo en ella que me atrajo. No fueron los atributos que pudiera tener –pues no era la mejor– ni su precio –que no era tampoco el mejor– los que me sedujeron. Fue algo más, inmaterial, propio de ella y no ubicable en sus 10 cm de espesor compresible. De hecho si entro a la página web de Ikea, ellos no me recomiendan a Montserrat. Por supuesto, ellos recomiendan colchones mucho más caros que Montserrat. Montserrat sólo cuesta 55 euros, cuando ellos no recomiendan nada bajo los 129. Curioso, no me sentiría a gusto con uno así. En mi condición de excursionista y colocador improvisado de banderas, creo ser solamente digno de Montserrat y de su espuma que Ikea, calculo como menos logrando un margen de 100%, precia en 55 sencillos euros.

Comiendo en un japonés le he contado a Daniel y a Dunja y a Sandra que Montserrat se llamaba así, que había reconocido en ella una identidad persistente y femenina y que la había tenido que bautizar, tal como, por ejemplo, tuve que bautizar mi Bacinica como Robin. Me han escuchado y hemos seguido comiendo. Luego, esa misma noche he sabido que Montserrat es mi primera bandera. Después de encender la luz de mi estrecha habitación, la he reconocido, ondeando en la atmósfera quieta, flagrante como un grito. Apostada fuera de mi hogar, es mi primera señal de auxilio. Montserrat es la primera señal de mi partida, el anuncio de todo lo que debo hacer de ahora en adelante. Es la primera manifestación de que me cago en diversas cosas, la declaración abierta de la guerra silenciosa que se ha ido cociendo bajo tierra, el momento justo en una fiesta antes de que se saque la primera botella de vino.

Escribo ahora mismo sentado en mi primera bandera. Mi primera bandera es sueca y está hecha de espuma. Ahora mismo ondea en una habitación muy oscura, iluminada sólo por la pantalla de la computadora. Fuera llueve, nieva, alternativamente cualquiera de ambos. Totalmente solo, escribo y escribo y escribo sandeces mientras cojo mi bandera del asta, la blando en la oscuridad como si fuera una metralleta.

Quizás el haber perdido toda esperanza de obtener lo que quiero, cada vez, me haya entregado una libertad que no se pueda conmensurar. Dado que cada vez he perdido todo lo que quise alcanzar, ocurre que me he sentido inmensamente libre. Cada vez todo se ha desecho ante mis ojos en una cadena maldita de eventos, quiero decir en una concatenación maldita de inmundos y muy improbables eventos que dejan mucho a dudar el rol supuestamente preponderante del azar y conjugado a él el rol tácitamente justiciero del libre albedrío en la historia aparatosa que es cualquier vida. Cada vez he ponderado minuciosamente cuánto dependió de mí y cuánto no, he creído ser impreciso en esos cálculos, traicionado por la memoria, me he sentido incapaz de completarlos satisfactoriamente, no he renunciado aún así a esa laxitud muy común de asumir que todo estuvo y estará siempre fuera de mi control, lo he ponderado todo otra vez, he querido aprender de mis errores, quizás no lo he logrado, he luchado por ello en vano, no por eso me he rendido definitivamente y ciertamente los volveré a cometer.

Quizás sí he aprendido, dudando, divagando, que esta libertad que me ha sido entregada, profundísima y extensísima, no es la libertad sustanciosa y fraternal que nos pregonan los sistemas políticos y económicos, cualquier fe religiosa, los cánones artísticos. Incluso, he cavilado que quizás no sea lo que en efecto queremos evocar cuando decimos libertad sino sólo una institución insana y enajenada, pero muy semejante a la libertad. En ninguna sentido esta supuesta libertad –cuya identidad ahora pongo en duda– me ha dado cualquier vez un aliento de esperanza, sentido de pertenencia, fraternidad o igualdad, trozo de prosperidad, sugestión de control sobre mi vida propia, plenitud o limpidez de conciencia, promesa de amor, nitidez de espíritu, forma semejante a goce estético, sensación próxima a logro expresivo o potencia creativa o sencillo placer.

Quizás esta libertad distinta es al mismo tiempo –al mismo tiempo que una especie de institución malsana y maligna y meticulosa, todavía así semejante a la libertad ortodoxa– el elemento más vacío, desasosegante y violento que habría de encontrar en toda mi vida. Esta libertad no tiene correspondencia. Es vasta, pero repercute tras sus gritos desmesurados un silencio solo y apabullante, largo como un planeta azul y sin luz eléctrica, largo como un sino azul, sin vino tinto y sin mujeres pequeñas. Esta libertad no es capaz de correspondencia alguna. Y quizás por esto he llegado ha sentir que no puedo soportarla más: quizás no puedo aguantar más el yugo obeso y exagerado y callado de mi propia libertad estéril, combinación incontrolable de conciencia moral, dolor, inquietud estética y fragor sexual, todos en sus sentidos más amplios incidiendo al mismo tiempo en mi pensamiento, en mi pecho y en mis labios.

Todavía así, sentado en este avión camino a Barcelona, me acepto completamente ante ella. Soy yo ante mi libertad inmensa, vasta, vacía, folladora de almas y de mujeres pequeñas. Mi libertad estéril es mía y de nadie más. Del mismo modo soy yo para ella. Por eso nuestra relación es íntima, no es extraño que la vea desnuda, hubieron incluso ocasiones en que yo estaba cagando y ella no dudó en entrar al cuarto de baño y lavarse los dientes mientras yo aún cagaba y luego afeitarse las piernas mientras yo gozaba del cálido bidet. Esta bonita vida de pareja repercute hoy en mí. ¿Quién puedo ser si mi libertad me dice que ser cualquiera es lo mismo que nada? ¿Qué ley debo seguir respetando si mi libertad me dice, después de besarme, que respetar toda ley es lo mismo que nada? ¿Qué plan debo imponer en mi vida si mi libertad me susurra anarquía al oído, me dice que imponer cualquier plan sobre ella es lo mismo que nada? ¿A quién puedo estimar si siento que estimar a cualquiera que no sea mi libertad es lo mismo que nada? ¿Qué puedo desear aún, aún hoy cuando creo que desear cualquier cosa me alejaría de ella?

Quizás, a falta de pulsiones íntimas o causas propias que realmente valga defender, estaría dispuesto a luchar y también arriesgar mi vida por cualquier causa ajena a mí, la más ajena de todas si ese fuera el caso, si la idea estuviera buena. Me haría miembro de Green Peace para salvar las focas en el Mar del Norte. Me uniría a Un techo para mi país y me iría a Haití a construir cubos de triplay. Iría a dar un golpe de estado a Venezuela, armado hasta los huevos. Pelearía en Italia del lado del Eje, Carabinieri, muy guapo. Defendería, en el Japón del Tokugawa Yoshinobu, la eternidad del Shogunato.

Pongamos ahora que aquel señor en el asiento 33D, cruzando el pasillo a mi derecha, con el mostacho y las gafas de carey, aquel que hurga su mochila y tiene cara de bandido y de dogmático, pongamos que aquello en su mochila sea una bomba. No discutamos extensamente el método por el cual la hizo ingresar. Tampoco su índole (por ejemplo, si es un bomba concreta, correspondiente a una causa social, o si es una bomba conceptual, acaso capaz de liberar un gas narcótico en la cantidad adecuada para colmar la cabina y drogarnos a todos, ciertamente un happening). Pongamos sencillamente que su plan sea explotarnos, en cualquier sentido: vaporizarnos en cualquier sentido como una luciérnaga cuyas tripas se han llenado con nitroglicerina y que luego enciende su culo instintivamente buscando la atención de las otras luciérnagas. Pongamos que yo lo he notado y que si el continúa y yo no lo evito –o peor aún, si lo ayudo– todos en este vuelo podríamos morir, alternativamente acabar severamente drogados, tomar este avión, quizás armar una fiesta en este avión, irnos por culo. Pongamos que si ese fuera el caso, he considerado que le daría esa mano.

No haber escrito lo que querías escribir. En cambio haber escrito cualquier otra cosa. Haber escrito y por tanto comunicado aquello que no querías o estabas preparado para decir. Luego de haberlo escrito, efectivamente haberlo creído, configurado un personaje a partir de aquello, una amalgama triste de realidad e incendiada retroalimentación positiva: pura hipérbole peripatética hecha tú, tu cuerpo, tus ademanes, tus dientes, tus figuras estranguladas.

Haber dicho después aquello que pensaste que debías decir. Haberlo dicho en una ocasión en un escenario, disfrazado ante unas 1000 personas, todas silenciosas y dispuestas a oírte. Haberlo dicho también en privado, junto a unos labios que habías besado hacía segundos, a pocos centímetros. Haberlo confesado aquella vez a través de un teléfono. Haber dicho aquello que te revelaba sentimental, iluso, pobre, dilucidable, escamoso, libidinoso, cretino, tramposo, poco estimable, mediocre, instruido, malsano y panochero, irreverente, inmaduro, generoso, entregado, afectado, ingenioso, agudo, propenso a la bufa indiscriminada.

Haber difamado a tu mamá, ¡está demasiado gorda!, a tus amigos, algunos son demasiado burdos, a tu nonna, ¡está tibia!, a tu trabajo, sodomiza las horas, las ata con un grillete de oro, a ti mismo, eres demasiado débil, estás demasiado exhausto, a las mujeres que quisiste, fueron demasiado débiles, quedaron exhaustas demasiado rápido, a la que todavía quieres y ocasionalmente te encuentras, blanquecina y pequeña y bonita y sonriente y quizás ajena a ti y acaso cruel, otra vez a tu mamá, ¡está demasiado gorda!, a 3 o 4 de tus mejores amigos, ¿cómo soportarlos tan cerca de ti?, a tu ciudad, pudorosa y puta como una monja desnudada frente a un cura delgadísimo, barbudo y enhiesto, a esos lugares muy específicos de tu ciudad que no son sino sólo lugares comunes pero en donde en algún momento te descubriste malogrado, habitaste intruso, te emborrachaste con 6 cervezas importadas desde Rusia que te habían sido vendidas en mal estado, dormiste en un parque, te quisiste masturbar pero pasaron dos amantes cogidos de la mano justo cuando la sacabas del pantalón, lugares todos los cuales recuerdas ahora con vergüenza, alternativamente con una sinvergüenza intransigente, todavía ardidos, todavía elocuentes, a veces idiotas, siempre embriagados.

Haberte descubierto completamente equivocado, bruto y demasiado expuesto, develado por las circunstancias aciagas y en evidencia cojudo. Haber comprendido que aquello no era lo que querías decir. Quiero decir: casi haber dicho y hecho lo opuesto a lo que querías decir. Luego entenderlo y tomar las cosas como si fueran una broma. Esa angustia que no te permite dormir… ella es una puta broma. Una putísima broma, con la cierta y macabra intención de buscarse un señor muy viejo con una billetera muy enorme para que le compre un coche y cada noche la llene sin piedad hasta que le arda la panocha, le de hijos, la invite a pasar las navidades en New York, estos hijos virtuales tengan éxito y se concreten en la forma de logros tales como automóviles, más navidades en New York y diagnósticos benignos en la Mayo Fucking Clinic, quiero decir logros validables por la generalidad comerciante y entusiasmada y adicta al juego y la noche y el deseo, logros reconocidos y bellos cuando juzgados bajo los estándares de nuestro tiempo en llamas, enfurecido, subyugante y frenético, sosegado, unánime y nice.

Haberte descubierto incapaz de sentir ya profundamente cualquier cosa, arrepentimiento, entusiasmo, intimidad, confianza, ilusión, armonía, ternura, risa, ira o esperanza. El arrepentimiento incide en tus calzoncillos, pero es incapaz de penetrarte debidamente, como alguna vez lo hizo cuando las cosas parecían enteramente importarte. El entusiasmo te parece alienígeno, soporífero y difuminado, estrellado, defecado por un Marvin graduado y huevón desde una navecilla vituperiosa, cantado por él desde ella a través de un megáfono en plena órbita elíptica alrededor de Alfa de Centauro. La intimidad es ajena a tus genitales enamorados y vacuos. Cualquier hálito de confianza lo perdiste esa última vez que te vieron todos desnudo. Eras como un pelícano, estabas desgarbado, drogado y ahogado, te dolía el corazón y los pulmones tenías llenos de un agua rosácea, parecías un tísico. La ilusión fue follada por un manganzón adinerado en el asiento trasero de una Cayenne. La armonía, ella no te alcanzará y si tratara de hacerlo, ciertamente algún manganzón la follaría primero en el asiento trasero de una Cayenne plateada, la haría suya antes de que lograra alcanzarte. La ternura sencillamente no la recuerdas. La risa se vuelca sobre ti mismo: es una impostura soez. La ira no se asienta en tus músculos patéticos. De la esperanza descrees.

Haberte entendido siempre ajeno a esa propiedad etérea denominada sosiego, innegablemente atada al concepto económico de propiedad, tan sólo que extrapolada hasta ámbitos mucho más amplios (aunque los hippies conscientes y Tagore lo nieguen). Si el sosiego habita en las cosas que sabemos que son nuestras, la libertad, entendida como desapego de todo, resulta entonces sólo ser la concreción de la angustia y el vacío. Somos libres y miramos a nuestro alrededor: no hay nada. Al tiempo, en todas partes todos poseen todo, al mismo tiempo, sin ninguna medida o razón de medida. Pero tú no posees nada. Tú no puedes ser entonces inmutable. Acaso querer ser inmutable una noche en la playa, cuando todo lo que quieres poseer está cerca. Pero ya ha sido poseído por otros la noche anterior, está comprometido a otros esta noche (y no necesariamente los mismos que aquellos que lo tuvieron la noche anterior), la próxima noche también, y en consecuencia no cabe más la posibilidad de que en el corto plazo lo poseas tú ni nadie como tú ni ninguna sombra o sugestión de silueta similar a ti.

Luego recordar lo escrito: no haber escrito en esa precisa ocasión lo que quisiste escribir. Haber dicho también muy poco, demasiado poco, que es como haber dicho casi nada, sólo lo bueno, jamás lo desgraciado e hiriente que era más tuyo y que has podido contener dios-sabe-cómo. Sentir entonces la furia desnudada de un muchacho embriagado que caga sangre en un silo cavado en la arena volcánica. Recordar los hechos consumados como si fueran jabalinas griegas y, en ese sentido, entender que viajan voladores y delgadísimos por el cielo o espacio, encendidas como si fueran las mismas Erinias viniendo a encularte, cautelosas y borrachas volando hasta los ojos enrojecidos de cada uno de los habitantes de esta playa baldía, así mientras todos permanecen dormidos.

Me ha pasmado reconocer en todos la búsqueda incesante de una causa sola, gruesa como un cañón, satisfactoria como un revólver, una causa gorda y gruesa y sola que lo explique todo muy bien y si no todo al menos cada cosa, quizás cada cosa en cada caso, cada uno por separado, totalmente y como condición con la ayuda de ninguna otra influencia y en los casos más sensatos –entre las mentes más amplias– con la ayuda de algunas influencias, pero ciertamente pocas, sólo influencias laterales que en evidencia no llegan jamás a contender con la mayor en el rol de ser la causa primordial de lo que se enfrenta, observa, recuerda o lamenta, casi siempre siendo el caso el último pues la memoria es selectiva –no es total–, el tiempo es escaso y uno no puede andar recordando ni pensando demasiado, entonces efectivamente se limita a recordar lo que le jodió y pensar en lo que le jode, siendo esto en el mayor número de los casos exactamente lo mismo que lo que uno lamenta.

He creído al instante que son todos unos cojudos solemnes, otras veces unos solemnes cojudos, que no es exactamente lo mismo pues el orden de la concatenación perturba la conformación de la imagen cuando se la lee: lo primero alude a unos cojudos excelsos celebrando rituales muy serios mientras que lo segundo a unos muchachos muy formales acometiendo celebraciones supremamente cojudas. Luego de muchísima negación, algo de evasión y un curso innegablemente nihilista, he reconocido también la misma búsqueda en mí. Si bien –en teoría– más elaborada, exactamente la misma búsqueda. Si bien –como he querido– más silenciosa y bella y dispersa, paso a paso exactamente la misma búsqueda. Y esto no libra a todos, sencillamente me incluye en la masa beligerante y esférica, inmensa y buena-onda de cojudos ceremoniosos.

De hecho no es descabellado querer entender el motivo por el que las cosas nos suceden. Ante todo, es eminentemente práctico saber por qué carajo las cosas nos sucedan, dado en primer lugar que la mayoría de las veces las cosas que nos suceden no son las que en efecto habíamos deseado que nos sucedan, sino otras, dado en segundo lugar que ganamos mucho de la experiencia y que saber por qué nos sucedió algo permitiría, en circunstancia similares a las pasadas, si acaso no ejercer algún control sobre lo que nos va a suceder como menos tener una idea de lo que nos sucederá, prepararnos para la realidad, quizás incluso emboscarla, engañarla si es posible, engatusarla con chocolates, poseerla en una comodoy, maltratarla, vejarla, aglutinarla, desmembrarla, filmarlo todo, efectivamente ofenderla, marcarla por siempre, herirla como un toro machista que coge a un torero maricón o como un niño ardido cuando ase por primera vez la Barbie de su hermana. Todo lo cual resulta en extremo alegre si y cuando somos concientes de que vivimos en una tierra implacable, infeliz, no injusta sino desprovista en su proceder exclusivamente material de todo sentido de justicia, concepto que es sólo nuestro y no de las cosas, todavía y sin excepción alguna, aunque frecuentemente lo olvidemos.

Es común entonces que las personas establezcan relaciones débiles, causalidades superficiales que les permitan explicar todo lo que les sucede. Tienen que explicar A y optan por elegir B. De pronto: B, luego A, con un aplomo casi positivista. De pronto la vida es casi una regresión lineal. Por eso no es raro escuchar a mi padre advertir con muchísima naturalidad el origen puntual, casi milimétrico de un resfriado común, ni tampoco a un amigo explicar el motivo sencillo y trivial por el que su último amor ha sido perdido. Es este, en efecto, un método muy simple para modelar la realidad: para vivir. Es también en ocasiones un método demasiado simple. Acaso olvida aquello que es negro, aquella marea de eventos que está detrás, más allá de todo: olvida ese vasto rumor renegrido y descomunal y maldito y juguetón que lo rodea todo, que lo abraza todo y hiede a leche materna.

No es así sorprendente que los más agudos, atónitos por el gigantesco vahído que causa en ellos la ausencia de una raíz evidente para lo que viven, más aún: su ausencia flagrante, se dediquen ocasionalmente a la noche, lo vano, la bebida.

A diferencia de muchos, creo que existe tal cosa como la pureza. Todavía más, creo que la pureza es la expresión eterna de la perfección. En consecuencia creo que está sobre todo. No hay duda de que está sobre mí y de que está sobre ti, luego no hay duda de que está por sobre todo. Al mismo tiempo sostengo que la pureza se ha perdido aquí para siempre. Ha sido pervertida, violada, follada irreparablemente. Supe que la pureza hizo el amor en un hostal donde yo no estuve, sé que fue fotografiada y observo ahora cómo todos han comprado las fotografías. Cientos de personas lo ponen en su status en Facebook, lo comentan en Twitter, cientos y miles de adolescentes se masturban cada noche pensando en la pureza desnudada.

No pude ser yo aquel quien folló con la pureza. Yo no fui aquel a quien la pureza se entregó, una y otra vez hasta saciarse. Ella se entregó a otro mucho más bello que yo. Si bien la tenía mucho más pequeña que yo y besaba mucho peor que yo, era corpulento y más bello que yo. Sus chistes no eran tan buenos como los míos, sus insights eran patéticos puestos al lado de los míos, pero era muy guapo y podía decir te quiero con aplomo. Entonces la pureza lo eligió. Sonreía muy bien y esa sonrisa era admirada por todos, le permitía desempeñarse muy bien, era eficiente a lo largo de la ciudad, desde clases hasta fiestas, también en cocktailes, incluso en bares, era todavía mejor en restaurantes, en cuyas puertas se estacionaba en paralelo con facilidad aunque los espacios fueran enanos, donde ordenada con seguridad y, cuando el maître lo saludaba, ponía cara de abonado de la Feria del Señor de los Milagros.

La pureza hizo un cálculo estratégico: aquello era viable. La pureza fue luego seducida por ese cálculo. La pureza imaginó que tendrían muchas noches divertidas y que eso era lo que realmente quería y la haría feliz. No le pude negar que aquello fuera cierto. Ni siquiera lo puse en duda con seriedad. Así, no importó que yo la hubiera conocido antes. No importó tampoco que la hubiera amado más y por más tiempo y que la fuera a amar todavía. La pureza se entregó a otro, folló con él, lo besó entre el escroto y la ingle, lo quiso –se lo dijo–, fueron al cine, le presentó a sus amigos, a sus padres, a sus primas, a las primas de su mamá, a las primas segundas de su mamá, finalmente una noche él había olvidado los condones, estaban en Máncora, habían tomado vino y se fueron a la cama, él le dijo que se saldría antes de terminar, ella ya estaba mojada y le creyó (él lo creía también), por supuesto no lo logró: la llenó, la preñó, es una niña, viven en Chacarilla, no hubo matrimonio.

Luego este lugar ha quedado desprovisto de lo que antes llamábamos pureza. No hay de qué aferrarnos: sólo hay el constante dolor que nos causa y siempre causará la ausencia de la pureza, la irreversible transformación que esta sufrió hacia otra cosa que ya no es nuestra y que nunca jamás lo será ni podría serlo, pues aún si tuviésemos la posibilidad de recuperarla sólo podríamos recordar las infames fotografías de ella felándolo, mirarla de lado, nos ocasionaría horribles arcadas. No regurgitaríamos un líquido benigno: nuestro vómito sería la argamasa maldita del desamparo eterno, aquel homogéneo mal que ha causado las mayores desgracias de la humanidad, aquella argamasa de las que se constituyen todas las ideologías que han tratado de salvarnos.

Siempre hemos querido huir de este dolor. Hemos ensayado La Redención, La Gloria, La Plenitud y La Esperanza. Pero La Redención nos conduce inevitablemente a creer en los otros. Y La Gloria nos conduce fatalmente a destruir a los otros. La Plenitud, en cambio, nos conduce a olvidar a los otros. La Esperanza, quizás la peor de todas, nos conduce a querer a otros. Todas estas operaciones son abominables, implican básicos errores o presunciones irrisorias, no hacen salvo acabar en un inmenso agujero, han sido comunes fugas de esta soledad intrínseca que cargamos, ciertamente lo seguirán siendo, lo volverán a ser, aparecerán otros Mesías que volverán a publicitarlas con éxito, ya todos lo sabemos.

El constante dolor del mundo es irremediable. El desasosiego colma el corazón y el corazón se vuelve idiota o asesino, casi siempre idiota. La desesperanza infecta las orejas y las pone rojas y secas, alternativamente las pone también azules y susceptibles. La decepción inunda nuestras cavidades profanadas, las vuelve a profanar, nos induce orgasmos, nos enamora, nos hace mierda. El fracaso invade el aliento, estremece el alma, sacude el intestino, es evacuado por el ano mientras arde todavía. Las avenidas… lentamente van pasando las avenidas por nuestros ojos defenestrados. Todo lo que nos rodea está impregnado de una carencia: la ciudad es la concreción infinita de la carestía absoluta.

Toda habitación, Bloody Mary, ceremonia, sin razón, amor, fotografía, zapatilla, melodía, noche, cita en el doctor, beso, cena, playa, copa de vino, caminata, travestida por esta melancolía.

Recordando aquel viejo juego, le dije a María Fe si estuvieran en un bote perdidos en el medio del mar, tú, Jorge y tu mamá, y si tuvieras que sacar a uno, porque si no el bote se hunde y todos se ahogan, si tuvieras que hacerlo, ¿a quién de los dos botarías? Pero ella es completamente incapaz de responderme: no puede decidir entre su mamá y su novio.

Si yo fuera María Fe, con toda su alegría apabullante, inalcanzable, si yo fuera ella, tan imposible como aquello es porque si yo fuera ella ya me habría cortado el cuello (y entonces, por definición, no «sería»), si yo fuera ella botaría a mi mamá sin dudarlo.

Me impresiona la alegría constante de María Fe. Su alegría es como una tetera y la mía es como un cigarro. Su alegría es como un globo y la mía es como un condón. Su alegría es como un cantante y la mía es como un actor. Su alegría es como una estrella y la mía es como un planeta. Su alegría es como tres hojas de menta y la mía es como abundante hierba mate todavía húmeda, pegada al fondo de un recipiente metálico. Su alegría es como un éclair cubierto con perfecto chocolate; la mía como un tiramisú. Su alegría es como la tarde en Bermuda y mi alegría es como la mañana en Londres. En pocas palabras, su alegría es como la felicidad y mi alegría es hosca, dura: mi alegría es como el amor.

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Ocurre algunas veces que veo a mi mamá, que me habla y le sonrío y conversamos, que me divierto y conversamos. Ocurre otras que veo a mi papá, que lo miro y sé muy poco qué puedo pensar de él, que conversamos y yo no sonrío y él alegre se dispone, por ejemplo, a contarme de su trabajo, de sus éxitos e intricadas fabulaciones. Pero yo lo miro, la miro, los miro y no pienso nada. Me siento triste. Me siento solo.

Ocurre entonces que no entiendo a María Fe, y eso por extensión es decir lo mismo que decir que no entiendo a casi nadie. Otra tarde, le he preguntado a María Fe, francamente intrigado ¿puedo abrazar a tu mamá? y ella se ha reído mucho de mí y me ha dicho ¡no! Entonces yo le he replicado ¿ni el día de tu matri, en el saludo?

Ando todavía sin respuesta, pero sé cómo vivir así: no sería el mismo si no hubiera estado siempre desamparado.




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