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A diferencia de muchos, creo que existe tal cosa como la pureza. Todavía más, creo que la pureza es la expresión eterna de la perfección. En consecuencia creo que está sobre todo. No hay duda de que está sobre mí y de que está sobre ti, luego no hay duda de que está por sobre todo. Al mismo tiempo sostengo que la pureza se ha perdido aquí para siempre. Ha sido pervertida, violada, follada irreparablemente. Supe que la pureza hizo el amor en un hostal donde yo no estuve, sé que fue fotografiada y observo ahora cómo todos han comprado las fotografías. Cientos de personas lo ponen en su status en Facebook, lo comentan en Twitter, cientos y miles de adolescentes se masturban cada noche pensando en la pureza desnudada.

No pude ser yo aquel quien folló con la pureza. Yo no fui aquel a quien la pureza se entregó, una y otra vez hasta saciarse. Ella se entregó a otro mucho más bello que yo. Si bien la tenía mucho más pequeña que yo y besaba mucho peor que yo, era corpulento y más bello que yo. Sus chistes no eran tan buenos como los míos, sus insights eran patéticos puestos al lado de los míos, pero era muy guapo y podía decir te quiero con aplomo. Entonces la pureza lo eligió. Sonreía muy bien y esa sonrisa era admirada por todos, le permitía desempeñarse muy bien, era eficiente a lo largo de la ciudad, desde clases hasta fiestas, también en cocktailes, incluso en bares, era todavía mejor en restaurantes, en cuyas puertas se estacionaba en paralelo con facilidad aunque los espacios fueran enanos, donde ordenada con seguridad y, cuando el maître lo saludaba, ponía cara de abonado de la Feria del Señor de los Milagros.

La pureza hizo un cálculo estratégico: aquello era viable. La pureza fue luego seducida por ese cálculo. La pureza imaginó que tendrían muchas noches divertidas y que eso era lo que realmente quería y la haría feliz. No le pude negar que aquello fuera cierto. Ni siquiera lo puse en duda con seriedad. Así, no importó que yo la hubiera conocido antes. No importó tampoco que la hubiera amado más y por más tiempo y que la fuera a amar todavía. La pureza se entregó a otro, folló con él, lo besó entre el escroto y la ingle, lo quiso –se lo dijo–, fueron al cine, le presentó a sus amigos, a sus padres, a sus primas, a las primas de su mamá, a las primas segundas de su mamá, finalmente una noche él había olvidado los condones, estaban en Máncora, habían tomado vino y se fueron a la cama, él le dijo que se saldría antes de terminar, ella ya estaba mojada y le creyó (él lo creía también), por supuesto no lo logró: la llenó, la preñó, es una niña, viven en Chacarilla, no hubo matrimonio.

Luego este lugar ha quedado desprovisto de lo que antes llamábamos pureza. No hay de qué aferrarnos: sólo hay el constante dolor que nos causa y siempre causará la ausencia de la pureza, la irreversible transformación que esta sufrió hacia otra cosa que ya no es nuestra y que nunca jamás lo será ni podría serlo, pues aún si tuviésemos la posibilidad de recuperarla sólo podríamos recordar las infames fotografías de ella felándolo, mirarla de lado, nos ocasionaría horribles arcadas. No regurgitaríamos un líquido benigno: nuestro vómito sería la argamasa maldita del desamparo eterno, aquel homogéneo mal que ha causado las mayores desgracias de la humanidad, aquella argamasa de las que se constituyen todas las ideologías que han tratado de salvarnos.

Siempre hemos querido huir de este dolor. Hemos ensayado La Redención, La Gloria, La Plenitud y La Esperanza. Pero La Redención nos conduce inevitablemente a creer en los otros. Y La Gloria nos conduce fatalmente a destruir a los otros. La Plenitud, en cambio, nos conduce a olvidar a los otros. La Esperanza, quizás la peor de todas, nos conduce a querer a otros. Todas estas operaciones son abominables, implican básicos errores o presunciones irrisorias, no hacen salvo acabar en un inmenso agujero, han sido comunes fugas de esta soledad intrínseca que cargamos, ciertamente lo seguirán siendo, lo volverán a ser, aparecerán otros Mesías que volverán a publicitarlas con éxito, ya todos lo sabemos.

El constante dolor del mundo es irremediable. El desasosiego colma el corazón y el corazón se vuelve idiota o asesino, casi siempre idiota. La desesperanza infecta las orejas y las pone rojas y secas, alternativamente las pone también azules y susceptibles. La decepción inunda nuestras cavidades profanadas, las vuelve a profanar, nos induce orgasmos, nos enamora, nos hace mierda. El fracaso invade el aliento, estremece el alma, sacude el intestino, es evacuado por el ano mientras arde todavía. Las avenidas… lentamente van pasando las avenidas por nuestros ojos defenestrados. Todo lo que nos rodea está impregnado de una carencia: la ciudad es la concreción infinita de la carestía absoluta.

Toda habitación, Bloody Mary, ceremonia, sin razón, amor, fotografía, zapatilla, melodía, noche, cita en el doctor, beso, cena, playa, copa de vino, caminata, travestida por esta melancolía.

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Me preguntó a qué me había referido cuando había señalado al orador, había sonreído y había dicho él sí que tiene pene. Yo le dije que imagine un corazón dentro de un pene, luego a su vez este pene -que lleva un corazón adentro- dentro de otro corazón. Ella puso cara de estreñimiento y me dijo que eso era rídiculo y que nada tenía que hacer ella -tan hermosa, tan dulce, tan completamente la mujer que yo quería para mí- imaginando corazones (¡qué cursi!) o penes (¡qué vulgar!).

Un momento después yo le dije que no era en absoluto ridículo, que en ocasiones la verdad estaba detrás de lo insolente o lo sincero, y que en ocasiones nada disntinguía el uno del otro. Pero ella insistió. Entonces yo le dije que trate de imaginar un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene…

Ella permaneció con la mirada opaca y en silencio hasta que, habiendo perdido el aliento del todo, me detuve a respirar. Supe así, retorcido por su cara impávida, que ella no tenía remedio. Aún conciente de lo vano del esfuerzo, le dije todavía, procuraba hablar su lengua es como cuando apuntas la cámara a una tele y proyectas en la tele lo que está en el cuadro: exactamente así.

Son la 1 de la tarde y me he despertado sumido en la pura mierda: incapaz de dormir, incapaz de masturbarme e incapaz de soñar (que no es lo mismo que dormir). No puedo moverme -no quiero moverme- y, para ser sinceros, podría también omitir existir, en un sentido muy silvestre, como lo diría alguien que está siendo obligado a ver Candy.

Algunas veces nos propulsa la parálisis. Hoy por hoy, estoy detenido. pero detenido estoy moviéndome y soy capaz al mismo tiempo de caminar, quizás incluso de pensar. Pensando -creyendo que pienso- me he parado de mi cama y he ido hacia la sala. He ido hasta mi padre, interrumpido el almuerzo familiar, lo he mirado, le he dicho papá, no quiero ser nunca como tú. Le he dicho que quiero ser un coquero, que quiero ser libre, que quiero ser actor porno, que sólo quiero hacer el amor horas de horas cada noche y que eso se contrapone totalmente a ser como él.

Mi papá me ha dicho algo, pero ya no lo he podido oír. Parado en la sala, con mucho frío y oliendo a cigarros, entonces solamente puedo pensar que quiero ser un coquero, que quiero ser libre, que quiero ser actor porno, que sólo quiero hacer el amor horas de horas cada noche y que eso se contrapone totalmente a ser quien soy.

Entonces yo lo interrumpo.

Estábamos en el departamento de Dora y yo dibujaba en su bitácora. Eran las 2 AM, quizás las 3 AM cualquier madrugada, lunes, martes, miércoles, jueves, viernes, sábado o domingo, y faltaba poco para salir a tomar y bailar y yo había querido dibujar y el resto conversaba, tomaba con aplicada necedad, y habíamos puestos las luces bajas y el proyector proyectaba contra la pared a mi derecha el cuadro con el duro perfil de la loca potente y admirable que se roba la moto para ir al aeropuerto en la última parte de Mujeres al borde de un ataque de nervios, sólo ese único cuadro detenido.

Agazapado, yo dibujaba dibujos intransigentes que no podía dejar de dibujar, que me poseían y me sometían al tiempo mismo que los dibujaba. En la penumbra y entre las canciones a todo volumen y algún esporádico baile que me permitía, trazaba dibujos que dibujaba con el mismo ahínco con que alguna vez he escrito La Verdad en servilletas, con la misma falta de mesura que me permitía eso en aquel momento y otra vez en ese instante proyectar zonas y planos y caretas concretamente vergonzosas de mi alma secreta, tan venida a menos, desnudada por la música, el sol y los besos entregados.

Le había pedido casualmente a Dora su bitácora. Había recogido la cartuchera con plumones de 36 colores y había entendido de pronto que tenía que concretar muchas confusas sensaciones, perversiones fértiles que presentía a flor de piel, no cuestiones duras o aterradoras, sino simples y suaves y alucinados y dóciles y dulces y eternos y entretenidos pero hondos giros del ánimo íntimo, aquel indivisible del sueño y de las manos.

Los dibujos, poco es necesario especificarlo, eran voluptuosos pero pobres. Disformes. Renuentes. Generosos. Parciales. Secretos. Inevitables y delatores. Prohibidos. Dibujé labios, gruesos labios de distintos colores. Primero dibujaba los labios rojos. Ensayé 10 y 12 labios rojos. Luego labios verdes. Labios azules como la noche. Violetas como las violetas. Dibujé una violeta y luego una pierna larga. Entonces una pierna corta. Después una nariz. Un poto pequeño. Un poto grande. También tobillos, una serie de tobillos en línea, como esperando a Jimmy Choo. Dibujé distintas cabelleras: recogidas, rubias, lacias. Dibujé prendas de vestir: 2 faldas, vestidos de flores y vestidos muy cortos. Dibujé cuero, ropa de cuero. Ropa de plástico. Ropa con metal. Ropa con tachas. Lápices de labios. Envases cuadrados. Dibujé envases alargados y hermosos que parecían sirenas echadas en pequeñas islas. Intenté esqueletos de formas que fueran esbozadas en alambre de cobre (fue preciso para esto utilizar plumón naranja y luego repasarlo con plumón marrón). Dibujé dos cuerpos desnudos abrazados. Dos cuerpos abrazados y desnudos en la playa. Dos cuerpos besándose en un auto negro. Un cuerpo resfriado. Dibujé extasiado dos cuerpos desnudos abrazados y llorando: dos cuerpos despidiéndose.

Y en eso, aún presa de la vorágine, noté que Álvaro hablaba del peligro de la extinción de los pandas. Interrumpí los dibujos y levanté la mirada para hablar: hablé.

A los pandas no les gusta el sexo, se merecen desaparecer.

Ya habían pasado varias noches en esta ciudad que visitábamos, entre distintos barrios y distintas noches y el Subte, ese largo túnel sin salida. Había ya historias, causas y consecuencias y culpas y pintorescas increpaciones. Así que él me miró, con suficiente instrucción, se reía un poco.

A ti tampoco te gusta… parece.

Y aunque estaba muy equivocado, todavía así el chiste era bueno, por lo que no quise responderle cualquier cosa. Existen tiempos en que engendramos personajes. Luego hemos de vivirlos también, fatalmente. Así que arranqué la página que había garabateado, la doblé y la introduje forzosamente en mi billetera, le respondí.

Bueno, nunca quise dar a entender que yo merezca persistir, en cualquier sentido.

Mientras Luciana cocina para todos, fríe los zapallitos y se arregla el pelo con esa gracia flagrante de la cual nos sonreímos todos, mientras su chompa turquesa se incendia moderadamente… Cuando yo entro a servirme un vaso de agua a la cocina inmunda, y el piso pintado con cebollas y tomate, y mis medias también inmundas, y ella allí friendo los zapallitos… Una noche contenta mientras tomo una cerveza en cambio de un vaso con agua, sentado en una maleta en el centro de la sala del departamento de Dora en Buenos Aires he pensado algunas cosas. Y la verdad es que tuve mucho tiempo en 24 años para hacerlo.

Creo que existen principalmente dos núcleos desde donde crecen y surgen nuestras mayores pulsiones. No creo más en aquel modelo científico del alma, tampoco en aquel romántico del cerebro, todavía menos en aquel político del corazón. Mientras me siento en una maleta, creo ser un artefacto bipolar. Rayado entre dos núcleos idénticos: existiendo entre estómago y pene, movido con la misma indecencia, desde cada uno o desde ambos al mismo tiempo, por la ternura o la violencia.

De pronto lo sé. Miro a Luciana y quiero contárselo. Le hablo, le comienzo a explicar y noto algo más: improviso.

Lu, estuve pensando mientras cocinabas. Creo que todos tenemos dos centros, dos lugares donde está lo que somos, dos lugares donde se localiza nuestra vida. La mayoría de gente cree que la vida se localiza en un solo lugar. Algunos creen que es el cerebro. Algunos creen que es el corazón. Yo creo que tengo un estómago, un órgano burdo y tierno con el que quiero y detesto. Además creo que tengo un pene, un segundo órgano burdo y tierno con el que quiero y detesto. No son muy distintos: son dos veces lo mismo y sin ninguna coordinación. Creo que esos son los dos lugares donde se ubica mi vida.

Pero ahora que te veo…, creo que tú eres por lo menos una cosa más. Tienes un estómago, claro está. Tienes una vagina, por supuesto, es lo mismo que mi pene. Pero además tienes otra cosa…: ¿te has visto la cabeza? No hay vida solamente en tu estómago, no hay vida solamente en tu vagina, también hay vida en tu pelo incontrolable. ¡Mira tu pelo! Esas greñas son otro lugar, otra cosa, esas greñas tienen vida propia. Tú, Bob Patiño y William Wallace… ¡ustedes son otra cosa!

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Y ella se sonríe. Porque vale: no todos existimos en el mismo número de planos y las distinciones siempre son una observación agradable.

Empecé a darme cuenta de que no sólo me gustaba la ropa, sino de que era sólo aquella que se viera además insolente la que verdaderamente me satisfacía.

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Empecé a darme cuenta de que quería andar cubierto de aristas, forrado con elementos tersos que me apresaran (¿que me protegieran?). Quería verme sujeto por torniquetes que me limitaran. Quería hebillas, apéndices metálicos y piezas torcidos que pudieran herir a otros. Quería protección y quería exposición: quería correas finísimas de cuero luminoso y carísimo, grapas toscas de acero quirúrgico, tramos de mi torso sangrando al descubierto. Quería ofender profundamente a mi nonna, un poco ida, y a todas sus estimables amigas y sobre todo a su hermana con lentes Gucci, mi tía a quien quiero mucho. Quería ser la burla de los pocos amigos machistas que todavía tengo. Quería que algún extraño iluso me prejuzgara sadomasoquista o gay o masoquista y gay y quería sonreír ante toda la sociedad, hermoso como la última espada gótica perdida del medioevo.

Pero salí a comprar por toda la tierra, que es amplia como el desierto de Gobi, y comprendí muy rápido que era extremadamente inútil para comprar en esta tierra, que me es tan ajena como el desierto de Gobi. Comprendí que incluso era todavía peor para comprar que para seducir y besar chicas en discotecas, y eso realmente era decir bastante. Supe que ni aunque tuviera toda la plata del mundo podría comprar al mundo entero: iba a las tiendas pequeñas, a las boutiques de sexo y brillantes, y no podía preguntar por lo que quería, ni siquiera por una correa negra con remaches blancos. Ideaba la pequeña escaramuza, escondía mis verdaderos deseos, aguantaba hasta los momentos silenciosos, huía ante la llegada de cualquier extraño o curioso.

Pensé mucho en estas cosas y supe al rato que no podría dormir esta noche. Mierda, no puedo dormir dije en voz alta, un poco con pataleta, tendido en la oscuridad de mi cuarto y con sólo medio cuerpo dentro del edredón, con el polo húmedo y la boca reseca.

¿Es una pesadilla?

Porque trato de dormir y no duermo, me rasco la barriga y siento escalofríos bajo mi boxer: ya imagino alguna mujer, un tipo de chica que he tenido o que creí tener, que quizás tenga otra vez en poco o mucho tiempo. Porque lo único que quiero ahorita es tenerla ahora mismo en este instante entre mis brazos. Porque lo único que quiero es que ella y yo nos encontremos y nos quitemos la ropa y vayamos a cualquier cama y hagamos el amor, nos besemos entre las ingles mutuamente, me bese ella los labios y yo acaricie los suyos con mis dedos delgados, le acaricie con ternura los ojos trazando aureolas alrededor de ellos, la nariz, su perfecta y recta tobera, y que luego tiremos en alguna posición poco acrobática, más bien íntima, pero lo suficientemente estimulante para que alcancemos el orgasmo al mismo tiempo, en un momento equiparable con aquel instante infinito en que los fuegos especiales revientan en Magic Kindom y tienes 5 años, abrazados muy fuerte y con esa sensación cursi y total que uno tiene en esas ocasiones de que si bien el mundo podría derrumbarse por el remezón, uno lo está sosteniendo, y que después, ya lánguidos, nos besemos todavía un rato antes de caer dormidos, y que quizás alguno de los dos se sonría.

¿Pero es un chiste?

Porque el Facebook, mediante un cuestionable test en jerga argentina, me ha dicho hace un instante que -según Freud- tengo una personalidad erótica y que eso significa que lo que más me importa es que me quieran, y ahora que son las 2am y tengo insomnio y me he sentado en mi computadora a escribir esto y vagar en youporn y escribo esto, veo una niebla que se eleva del teclado, que aunque algunos dirían que es la manifestación procaz del cansancio en los ojos, yo quiero insistir en que es sólo una niebla, la tiniebla que me hace recordar ese vapor de olor hipnotizante y amarillento que exuda cualquier amable y besable vagina cuando entra en calor, al tiempo que, mientras espero que cargue un video de The way things are de Fiona Apple, me pruebo mis nuevas botas de cuero y sonrío: no por mí sino porque no puedo evitar darme cuenta de que lo que más me pone feliz de estas botas es que me imagino que a ella, cualquiera que sea y donde quiera que esté, le encantarían.

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Kenneth ha vuelto a Lima luego de 7 años en Madrid. Allá, entre otras cosas, cortó el jamón en El Corte Inglés, tuvo frío de verdad y por primera vez, fue creativo de una agencia de publicidad, se casó, se divorció, se consiguió una chica que mi tía –su mamá- dice que se parece a la princesa Letizia, fue blogger, manejó el carro de seguridad en varias carreras algo oficiales y tuvo la suerte de hacer un viaje en moto desde Madrid hasta Berlín.

Y ahora ha vuelto. Poco a poco se va acostumbrando a decir foco en cambio de bombillo, celular en vez de móvil. Salimos, me lleva a lugares distintos y deliciosamente ochenteros, visualmente geniales. Cuando converso con él me acuerdo de cuando era chico y de todas las cosas que hemos aprendido de él. Tales son las funciones de un primo mayor. Sin saberlo, he echado de menos toda su sabiduría práctica.

Quizás lo más extraño para mí sea que ha vuelto ya casi calvo. Extraño porque de algún modo concreta en mi mente que ya tiene más de 30, muy a pesar de su actitud juvenil y de una habilidad con la jerga que me da 200 o 300 vueltas.

Aceptando que ya estaba demasiado calvo para ignorarlo, primero intentó peinarse con gel, súper slick, todo hacia atrás. Parecía un matón de la mafia y eso le iba bien. Se lo dije podrías ser el próximo Luca Brasi. Parece que no le gustó cómo le quedaba. Ahora se ha afeitado la cabeza. Mirándome, con un jean negro, un polo negro y una casaca de cuero negra, con sus tabas Nike y una correa increíble y con la cabeza rapada, esta noche me ha dicho

flaco, todo gran cambio empieza por un cambio de look.




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