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No fue siempre lo que dije, pero me pareció de súbito que el tiempo que se pasa meditando no lo recuperaremos jamás. Tal como algunos creen que comprar una casa es una ceremonia culminante, pasan su vida ahorrando para ella, se suceden como envueltos en un vértigo cerúleo los años en que trabajan arduamente y sin descanso y al cabo de muchos la compran, se mudan a ella, surcan los amplios pasillos que soñaron, se detienen a observar las estancias que siempre habían pensando poseer y ahora poseen, principian el ensueño: imaginan la reproducción de su prole, la felicidad (aunque perecedera), premeditan la nostalgia y luego de ella una reconfortante melancolía, pues es este, este es, ¡es este su castillo!… del mismo modo –con aquella misma convicción alegre y fatal cuando cojuda en el rostro que nos podría ser útil también para marchar a la guerra– suelen muchos considerar que el tiempo que dedicamos a solitariamente pensar nos será provechoso, contribuirá a nuestra prosperidad, que finalmente, tras años de llevar una vida interior exquisita, aquel día de nuestra última indecisión, cuando nuestro corazón se vea expuesto y nuestro estómago esté diseccionado ante el jurado, lo recordaremos como un tiempo edificante, tiempo que, pudiendo esto ser evidenciado en un argumento diáfano, nos justificó. No les resulta tediosa la soledad. No se consideran imbéciles por andar embobados. Bordean como borrachos que mantienen el pecho en alto las multitudes aglomeradas que danzan en torno a los polos adamantinos de su tiempo. Es decir que viven en la absoluta decadencia.

En cambio nuestras soledades me han parecido exhaustivas. Me han parecido como esas franjas lúgubres de las ciudades que descansan junto a un gran cuerpo de agua fría sobre las que la neblina, vasta y arremolinándose, corre libremente en las noches frescas, impregnando todo y ahogando todo con un humor salobre, colmando los espacios amplios y los intersticios también y trayendo consigo la herrumbre… quiero decir, en efecto dispersando toda posibilidad de lontananza o memoria. No quiero con eso implicar que sea exclusivamente vano echarle unas horas al acto de pensar, pero bien… aceptemos que es casi siempre un acto sin frutos y tortuoso, desprovisto además de toda elegancia, íntimo pero asimismo puerco. En el mayor número de nosotros existe un error inicial que impregna de soberbia nuestros pensamientos, sesgándolos definitivamente. Pensamos porque sentimos, cuando en realidad podríamos sentir porque pensamos. Luego lo que pensamos es tan sólo la concreción o la consecuencia o –en extraños casos dignos de distinguir– la explicación sistemática de lo que sentimos, nada más que la justificación de lo que sentimos y de este modo, si es sólo eso el meditar, jamás escapa de ser un acto de autoconmiseración.

Empero así, creo que estas horas perdidas contienen, todavía con toda su vulgaridad, la única belleza honesta de la que somos testigos. Todas las otras, que de algún modo son aquellas que, en la medida que concretas, podemos señalar como reales, son, tras bastidores, nada más que una impostura o una comedia. No es mas que una impostura el tiempo que paso girando y girando en los extramuros de mí. No soy realmente una bailarina, justificando y reedificando, soslayando y luchando por dilucidar entre lo inconsistente y lo magno –que es lo diseminado por toda la tierra–, lo que ya fue destruido definitivamente. No es más que una comedia mi sufrimiento explicitado: el sufrimiento azul de los anversos llanos de mi cuerpo, el sufrimiento negro de los reversos de mi espíritu. La tentación de la carne de la que me compongo ante todos, inteligente y colosal para la noche y los auditorios, no dirá, de pronto, salvo esto. Y nada más.

No digamos que Marisol era una chica común. Digamos en cambio que era tremendamente propensa al cariño –quiero decir a la carne– y que por fortuna para ella no le faltaron nunca aquellos dispuestos a saciarla. No era para extrañarse. Solía llevar los labios color fucsia y los ojos marrones y pequeños se le estrellaban como dos huevos fritos detrás de esos labios, las piernas flacas se le arqueaban detrás de esos labios iluminados, al rato se le inclinaba la pelvis también (que era amplia como una pera), el estómago leve se le desbocaba, pongamos apoyada contra la barra en el tercer piso de un bar, y todo eso transmitía un mensaje que ciertamente era una invitación, que cualquier hombre medianamente atento efectivamente entendía como una invitación y que al mismo tiempo confería algo similar a la inocencia, y no una inocencia exenta de sensualidad, olor, puro hedor a deseo, efluvios lubricantes, sodomía agonizante, insanía lóbrega, comicidad fashionista, resumamos: libertad.

Todo era una treta.

Tuve la ocasión de conocer a Marisol una noche y tuve la suerte de besarla sólo 7 noches después, noche en que fuimos a un concierto de salsa en un bar de 3 pisos en Miraflores, la engañé, le dije que sólo saldríamos un rato y regresó a su casa después de las 4, la ofendí en dos ocasiones sin ninguna intención, le di por error a entender que era una mujer fácil, la emborraché, al mismo tiempo la hice reír, anduvimos en mi auto, le di primero un beso en la mejilla, hablamos de su mamá ya muerta, la había matado un bus-camión en la carretera por el entonces peaje de Bujama, de películas, una película vieja de Clint Eastwood en la que actúa de un cowboy muy malo, otra película de Clint Eastwood en la que actúa de un cowboy sentimental pero luchador, una tercera película de Clint Eastwood (con fecha de lanzamiento anterior a la segunda de la que hablamos) en la que actúa de un cowboy sentimental pero devastado, finalmente una película de Clint Eastwood en la que hace de un ex trabajador de una planta de autos que no con escaso misterio se parece mucho al cowboy muy malo, y de viajes al sur del Perú, un viaje que yo había hecho al Titicaca, un viaje que ella había hecho a Mollendo y Mejía, un viaje en que yo había llegado hasta Arica y donde había descubierto asquerosas piscinas hechas con agua de mar, luego nos estacionamos y se puso muy cerca de mí, luego temblé, luego tirité de nerviosismo, fue entonces que nos besamos de verdad, la cogí de la cintura, noche en que también nos fuimos a la cama por primera vez en un cuarto oscurecido y vetusto de la casa de sus tías donde se estaba quedando por esos meses hasta que su padre volviera de Inglaterra donde se hallaba enfrascado en negocios jugosos, un tugurio que hedía a naftalina y pie de limón y mar, repleto de adornos de plata sin lustrar, habían cortinas de múltiples capas y con tramados arábigos, un equipo de aire acondicionado marca Carrier, dos reproductores de música, uno Pioneer, el otro Kenwood e incluía un subwoofer, un lavabo de aquellos que se empotran contra una pared de mármol, al centro de la habitación una cama que parecía la cama de Louis XVI.

Siento que conocí a Marisol rápidamente y que de inmediato empecé a desconocerla. No sólo había fingido no ser una estúpida sino que además era más estúpida de lo que había creído jamás posible que una estúpida pudiera serlo. Estuve sorprendido cuando lo supe, quedé pasmado, conjurado por una sorpresa intempestiva: ella era una estúpida garrafal, una estúpida colosal. Su estupidez no era incoherente, lo que hubiera sido un atenuante –aunque aparente– puesto que la incoherencia crea la ilusión de libertad y la libertad crea la ilusión de cierta inteligencia. Su estupidez era consecuente, precisa, estaba circunscrita a rígidos parámetros idiotas, a numerables atentados de irreverente cojudez. Era por este motivo su estupidez ninguna otra cosa salvo evidente. Pero esto, paradójicamente, no le restó al principio atractivo. No quise decir que mientras avanzaba el tiempo y la desconocía cada vez más, la repudiaba cada vez más, en cambio fui confundido hasta el último momento y pensé que podría gustarme, amilanado por su idiotez, e incluso la última noche que la vi dormimos juntos, no nos separamos al terminar nuestro encuentro, nos quedamos juntos toda la noche, amaneció y caminamos por la calle amanecida, y mientras cruzábamos Schell en mi auto, fue en ese momento que ella me miró con ojos febriles y yo la miré con ojos helados, sabiendo sólo entonces que todo había terminado y que ella era demasiado estúpida para que yo la deseara, demasiado estúpida comparada a aquella –otra– para que yo la quisiera. Ella lo supo sin que yo dijera palabra alguna, dedujo que la desdeñaba y quizás por eso no volví a verla.

Nunca sabré qué le hice. No me lo dijo. Siempre espero no haberle hecho demasiado. Mi paso por su vida fue breve. No pude quererla, no quise quererla y jamás lo hice. Ya casi no recuerdo sus gestos, sólo retengo la sensación de ellos disuelta y dispersa como el sabor del vino enfriado que se diluye en el agua mineral. Más que cualquier otra cosa recuerdo esa primera noche. Ya llevábamos una hora jugando en la cama de Louis XVI y yo le había dicho que me parecía que estábamos en Versailles. Ella me había dicho que si estábamos en Versailles pues yo debía follarla como un rey, como mínimo como el Delfín. Yo me había reído, yo casi no sabía follar y probablemente no hubiera podido desempeñarme ni siquiera como un cortesano cualquiera, el Comte d’Anjou, el Duc de Polignac. Ella me la chupaba con desidia y de pronto se detuvo y me miró a los ojos: cuando todavía cogía mi verga enhiesta con su mano pequeña y humedecida, me miró a lo ojos y me preguntó si algún día me enamoraría de ella. Yo no supe qué responderle; le mentí, le dije que lo más probable era que no, que yo no podía enamorarme de nadie. Entonces se detuvo, me la soltó cuando yo estaba a punto de terminar, se arrastró un metro, anduvo a gatas sobre las sábanas blancas, se echó a mi lado y se quedó dormida abrazándome. A veces he pensado que quizás fue así, así como se lo dije, sólo porque se detuvo esa noche y por nada más.

Me ha pasmado reconocer en todos la búsqueda incesante de una causa sola, gruesa como un cañón, satisfactoria como un revólver, una causa gorda y gruesa y sola que lo explique todo muy bien y si no todo al menos cada cosa, quizás cada cosa en cada caso, cada uno por separado, totalmente y como condición con la ayuda de ninguna otra influencia y en los casos más sensatos –entre las mentes más amplias– con la ayuda de algunas influencias, pero ciertamente pocas, sólo influencias laterales que en evidencia no llegan jamás a contender con la mayor en el rol de ser la causa primordial de lo que se enfrenta, observa, recuerda o lamenta, casi siempre siendo el caso el último pues la memoria es selectiva –no es total–, el tiempo es escaso y uno no puede andar recordando ni pensando demasiado, entonces efectivamente se limita a recordar lo que le jodió y pensar en lo que le jode, siendo esto en el mayor número de los casos exactamente lo mismo que lo que uno lamenta.

He creído al instante que son todos unos cojudos solemnes, otras veces unos solemnes cojudos, que no es exactamente lo mismo pues el orden de la concatenación perturba la conformación de la imagen cuando se la lee: lo primero alude a unos cojudos excelsos celebrando rituales muy serios mientras que lo segundo a unos muchachos muy formales acometiendo celebraciones supremamente cojudas. Luego de muchísima negación, algo de evasión y un curso innegablemente nihilista, he reconocido también la misma búsqueda en mí. Si bien –en teoría– más elaborada, exactamente la misma búsqueda. Si bien –como he querido– más silenciosa y bella y dispersa, paso a paso exactamente la misma búsqueda. Y esto no libra a todos, sencillamente me incluye en la masa beligerante y esférica, inmensa y buena-onda de cojudos ceremoniosos.

De hecho no es descabellado querer entender el motivo por el que las cosas nos suceden. Ante todo, es eminentemente práctico saber por qué carajo las cosas nos sucedan, dado en primer lugar que la mayoría de las veces las cosas que nos suceden no son las que en efecto habíamos deseado que nos sucedan, sino otras, dado en segundo lugar que ganamos mucho de la experiencia y que saber por qué nos sucedió algo permitiría, en circunstancia similares a las pasadas, si acaso no ejercer algún control sobre lo que nos va a suceder como menos tener una idea de lo que nos sucederá, prepararnos para la realidad, quizás incluso emboscarla, engañarla si es posible, engatusarla con chocolates, poseerla en una comodoy, maltratarla, vejarla, aglutinarla, desmembrarla, filmarlo todo, efectivamente ofenderla, marcarla por siempre, herirla como un toro machista que coge a un torero maricón o como un niño ardido cuando ase por primera vez la Barbie de su hermana. Todo lo cual resulta en extremo alegre si y cuando somos concientes de que vivimos en una tierra implacable, infeliz, no injusta sino desprovista en su proceder exclusivamente material de todo sentido de justicia, concepto que es sólo nuestro y no de las cosas, todavía y sin excepción alguna, aunque frecuentemente lo olvidemos.

Es común entonces que las personas establezcan relaciones débiles, causalidades superficiales que les permitan explicar todo lo que les sucede. Tienen que explicar A y optan por elegir B. De pronto: B, luego A, con un aplomo casi positivista. De pronto la vida es casi una regresión lineal. Por eso no es raro escuchar a mi padre advertir con muchísima naturalidad el origen puntual, casi milimétrico de un resfriado común, ni tampoco a un amigo explicar el motivo sencillo y trivial por el que su último amor ha sido perdido. Es este, en efecto, un método muy simple para modelar la realidad: para vivir. Es también en ocasiones un método demasiado simple. Acaso olvida aquello que es negro, aquella marea de eventos que está detrás, más allá de todo: olvida ese vasto rumor renegrido y descomunal y maldito y juguetón que lo rodea todo, que lo abraza todo y hiede a leche materna.

No es así sorprendente que los más agudos, atónitos por el gigantesco vahído que causa en ellos la ausencia de una raíz evidente para lo que viven, más aún: su ausencia flagrante, se dediquen ocasionalmente a la noche, lo vano, la bebida.

Nos han dicho que la nonna se va a morir. Es así de sencillo.

No puedo decir que sentí que no lo podía creer. No es así: lo creí desde un principio. Quizás mi mamá no lo pudo creer. Probablemente el nonno no lo pudo creer. Pero yo lo creí desde un principio. No gozo de esa particularidad. Siempre creo en las cosas cuando suceden. La realidad a veces se engrandece tanto, se hace en exceso tangible, inmediatamente se distorsiona. Cuando podría no estar sucediéndome aquello, yo sé que lo está. Suelo verla toda, es demasiada, se aparece para mí: la realidad es un monstruo desopilante que me sonríe y se mofa. Yo he aprendido a mofarme de la manera en que ella se mofa de mí y quizás ese sea mi mayor logro, lo único que me justifique, todo lo que haya logrado y jamás logre. Pero otras veces la realidad no se está riendo sino que está hambrienta, es como un toro cachondo que viene a cogerme. Y yo no soy un matador, soy mucho menos, no me veo bien en traje de luces, no quepo en esas mallas y por tanto la realidad me coge, no me avisa, estoy allí detenido cuando ella viene por mí, no la evito, quizás ni siquiera busco evitarla, no la esquivo: no puedo sonreírle ni puedo, en consecuencia, decir que no puedo creer lo que me está sucediendo. Yo ya lo sabía, yo la había visto venir. Y puesto que es en ocasiones descomunal, es tanta la realidad que se distorsiona. No puede ser de otro modo, pues desdobla sus límites, rápido se quiebran los vasos sanguíneos en su mitra colorada y los ojos se le ponen rojísimos, como dos fogones. Los míos inmediatamente se cierran, se vuelven a abrir, caigo en un vahído, luego vomito y quizás sólo después todo vuelve a la normalidad.

La nonna se va a morir. Tiene cáncer. Es terminal. El Doctor ha convocado a mi mamá a un pequeño cuarto de la Clínica San Felipe. Mi madre ha llamado al nonno también. Han entrado los dos al pequeño cuarto y el Doctor les ha dicho que mi nonna no va a mejorar, que tiene cáncer, que es terminal. Mi mamá se ha puesto a llorar. Mi nonno, así lo dice mi mamá, se limitó a temblar. Por un momento no lo han podido creer. Luego mi mamá ha manejado a mi casa y le ha dicho a mi hermano. Mientras mi mamá ha entrado a su cuarto un momento para lavarse la cara, mi hermano ha entrado a mi cuarto y me ha contado a mí y yo no he sabido qué decir. Me he preparado un café y he visto un rato videos en Youtube. No he sabido qué decir, sólo he sabido cuan real es esto, cuan inevitable. Más tarde mi papá nos ha llamado y nos ha dado la versión oficial, el comunicado familiar, como a él le gusta. Después no ha pasado mucho más. Los días han transcurrido solamente. Hemos almorzado todos juntos, he visto televisión, he dormido, he ido a trabajar. He pensado también qué difícil es saber dónde empieza la identidad que uno posee; cómo, en general, es muy difícil identificar la identidad de uno. No estoy seguro de dónde está ni cuál es mi identidad precisamente, ni la verdadera y menos la falsa, la impostada, pero mientras me siento en mi computadora y veo una fotografía de toda la familia del lado de mi madre y se la explico a Carolina, sé que si de alguna identidad dispongo tiene mucho de lo que estoy viendo, que en alguna parte de esto está algo de lo que soy, si bien no todo algo, y que ese algo inevitablemente tiene que emerger o haberse engendrado de cierto modo en mi nonno y en mi nonna y que así la muerte de mi nonna de algún modo es la muerte de esa parte de mí, quizás el principio de mi muerte o la primera de todas mis muertes. Pues es seguro que yo no soy sólo yo, sino que soy además todos los que me han hecho, incluso quizás soy sólo una esponja y así, más allá del cuerpo que utilizo diariamente, soy sólo todo lo que me ha sido entregado por otros y en realidad nada que haya creado yo mismo.

Me he acercado a su cama y ya no ha abierto los ojos. Le he cogido la mano y ha pestañeado. Kenneth le ha hablado algunas cosas. Mi hermano le ha hablado de polenta, le ha preguntado si prefiere su polenta con tuco o con mantequilla. Ella le ha dicho que tuco. Pero yo me he acercado y a mí no me ha podido decir nada, quizás porque ha estado ya demasiado débil o o ida o quizás porque no dije nada. Sinceramente no recuerdo si dije algo. Sólo recuerdo estar allí y poco más. Recordé cómo era esa habitación hace 5 años, después hace 15 años. Pero esta vez la habitación ha sido distinta. La enfermera me ha visto acercarme y me ha sonreído. El lecho ahora es como el de una clínica. Está ella en el centro de la habitación donde ha dormido los últimos 40 años. A sus lados hay aparatos y tubos apropiados. Una cantidad de máquinas, de últimas ayudas. A su izquierda hay un estandarte: una vara metálica que se eleva sobre una base arácnida y de cuya punta no cuelga un escudo, cuelga solamente una bolsa de un suero ámbar. Desde ella una cánula traslúcida desciende, traza una curva amplia, corre por encima de las sábanas y se acerca a su cara, entra silenciosa por una de las fosas nasales ahora pálidas, envejecidas, quiero decir rendidas.

A diferencia de muchos, creo que existe tal cosa como la pureza. Todavía más, creo que la pureza es la expresión eterna de la perfección. En consecuencia creo que está sobre todo. No hay duda de que está sobre mí y de que está sobre ti, luego no hay duda de que está por sobre todo. Al mismo tiempo sostengo que la pureza se ha perdido aquí para siempre. Ha sido pervertida, violada, follada irreparablemente. Supe que la pureza hizo el amor en un hostal donde yo no estuve, sé que fue fotografiada y observo ahora cómo todos han comprado las fotografías. Cientos de personas lo ponen en su status en Facebook, lo comentan en Twitter, cientos y miles de adolescentes se masturban cada noche pensando en la pureza desnudada.

No pude ser yo aquel quien folló con la pureza. Yo no fui aquel a quien la pureza se entregó, una y otra vez hasta saciarse. Ella se entregó a otro mucho más bello que yo. Si bien la tenía mucho más pequeña que yo y besaba mucho peor que yo, era corpulento y más bello que yo. Sus chistes no eran tan buenos como los míos, sus insights eran patéticos puestos al lado de los míos, pero era muy guapo y podía decir te quiero con aplomo. Entonces la pureza lo eligió. Sonreía muy bien y esa sonrisa era admirada por todos, le permitía desempeñarse muy bien, era eficiente a lo largo de la ciudad, desde clases hasta fiestas, también en cocktailes, incluso en bares, era todavía mejor en restaurantes, en cuyas puertas se estacionaba en paralelo con facilidad aunque los espacios fueran enanos, donde ordenada con seguridad y, cuando el maître lo saludaba, ponía cara de abonado de la Feria del Señor de los Milagros.

La pureza hizo un cálculo estratégico: aquello era viable. La pureza fue luego seducida por ese cálculo. La pureza imaginó que tendrían muchas noches divertidas y que eso era lo que realmente quería y la haría feliz. No le pude negar que aquello fuera cierto. Ni siquiera lo puse en duda con seriedad. Así, no importó que yo la hubiera conocido antes. No importó tampoco que la hubiera amado más y por más tiempo y que la fuera a amar todavía. La pureza se entregó a otro, folló con él, lo besó entre el escroto y la ingle, lo quiso –se lo dijo–, fueron al cine, le presentó a sus amigos, a sus padres, a sus primas, a las primas de su mamá, a las primas segundas de su mamá, finalmente una noche él había olvidado los condones, estaban en Máncora, habían tomado vino y se fueron a la cama, él le dijo que se saldría antes de terminar, ella ya estaba mojada y le creyó (él lo creía también), por supuesto no lo logró: la llenó, la preñó, es una niña, viven en Chacarilla, no hubo matrimonio.

Luego este lugar ha quedado desprovisto de lo que antes llamábamos pureza. No hay de qué aferrarnos: sólo hay el constante dolor que nos causa y siempre causará la ausencia de la pureza, la irreversible transformación que esta sufrió hacia otra cosa que ya no es nuestra y que nunca jamás lo será ni podría serlo, pues aún si tuviésemos la posibilidad de recuperarla sólo podríamos recordar las infames fotografías de ella felándolo, mirarla de lado, nos ocasionaría horribles arcadas. No regurgitaríamos un líquido benigno: nuestro vómito sería la argamasa maldita del desamparo eterno, aquel homogéneo mal que ha causado las mayores desgracias de la humanidad, aquella argamasa de las que se constituyen todas las ideologías que han tratado de salvarnos.

Siempre hemos querido huir de este dolor. Hemos ensayado La Redención, La Gloria, La Plenitud y La Esperanza. Pero La Redención nos conduce inevitablemente a creer en los otros. Y La Gloria nos conduce fatalmente a destruir a los otros. La Plenitud, en cambio, nos conduce a olvidar a los otros. La Esperanza, quizás la peor de todas, nos conduce a querer a otros. Todas estas operaciones son abominables, implican básicos errores o presunciones irrisorias, no hacen salvo acabar en un inmenso agujero, han sido comunes fugas de esta soledad intrínseca que cargamos, ciertamente lo seguirán siendo, lo volverán a ser, aparecerán otros Mesías que volverán a publicitarlas con éxito, ya todos lo sabemos.

El constante dolor del mundo es irremediable. El desasosiego colma el corazón y el corazón se vuelve idiota o asesino, casi siempre idiota. La desesperanza infecta las orejas y las pone rojas y secas, alternativamente las pone también azules y susceptibles. La decepción inunda nuestras cavidades profanadas, las vuelve a profanar, nos induce orgasmos, nos enamora, nos hace mierda. El fracaso invade el aliento, estremece el alma, sacude el intestino, es evacuado por el ano mientras arde todavía. Las avenidas… lentamente van pasando las avenidas por nuestros ojos defenestrados. Todo lo que nos rodea está impregnado de una carencia: la ciudad es la concreción infinita de la carestía absoluta.

Toda habitación, Bloody Mary, ceremonia, sin razón, amor, fotografía, zapatilla, melodía, noche, cita en el doctor, beso, cena, playa, copa de vino, caminata, travestida por esta melancolía.

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Me preguntó a qué me había referido cuando había señalado al orador, había sonreído y había dicho él sí que tiene pene. Yo le dije que imagine un corazón dentro de un pene, luego a su vez este pene -que lleva un corazón adentro- dentro de otro corazón. Ella puso cara de estreñimiento y me dijo que eso era rídiculo y que nada tenía que hacer ella -tan hermosa, tan dulce, tan completamente la mujer que yo quería para mí- imaginando corazones (¡qué cursi!) o penes (¡qué vulgar!).

Un momento después yo le dije que no era en absoluto ridículo, que en ocasiones la verdad estaba detrás de lo insolente o lo sincero, y que en ocasiones nada disntinguía el uno del otro. Pero ella insistió. Entonces yo le dije que trate de imaginar un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene…

Ella permaneció con la mirada opaca y en silencio hasta que, habiendo perdido el aliento del todo, me detuve a respirar. Supe así, retorcido por su cara impávida, que ella no tenía remedio. Aún conciente de lo vano del esfuerzo, le dije todavía, procuraba hablar su lengua es como cuando apuntas la cámara a una tele y proyectas en la tele lo que está en el cuadro: exactamente así.

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Estoy seguro de que se lo he dicho a Gabriela varias veces. Por ejemplo tomando café descafeinado un domingo a las 11 de la noche, o estacionados más temprano en el malecón, hablando de Italia y España, cada uno, respectivamente. Se lo dije a Clo el día del concierto de Depeche Mode mientras caminábamos en frente de ese cuerpo artificial, ese armatoste terrible que es la oficina principal del BCP en Santa Patricia. Un momento en la terraza de un piso 17 en San Isidro, desde donde maravillosamente se pueden ver los cerros al norte y al este, la playa de la Bahía de Miraflores al oeste, en todas direcciones la ciudad chata y horrorosa, extendida como una sábana sucia, incluso el sunset, en los veranos un sunset cegador que es como una lámpara roja y huachafa, se lo comenté a Rafael y Estefanía y se rieron. Se lo escribí una vez por messenger a Luciana y también se rió (entonces empecé a considerar que quizás sí era gracioso). Se lo he querido decir el domingo a Carolina, quizás antes también, pero se me ha pasado. Probablemente le he dicho cualquier otra cosa en cambio (hay demasiadas cosas que quiero decirle constantemente a Carolina y es entonces muy natural que se me olviden algunas, que no pueda decirlas todas al mismo tiempo).

A Rafael y Estefanía se los dije en medio de un ventarrón y probablemente ni lo recuerden. Estefanía miraba hacia Ripley y Rafael señalaba el nuevo logo del Interbank. Yo trataba de ver por la ventana del baño de mujeres del edifico de al lado y se los dije como se dicen las tragedias en una oficina: con aplomo práctico, como si fueran triviales cojudeces que se dicen rápido mientras se trata de ver dentro de un baño de mujeres y no cuestiones materiales, como si en el instante de un ventarrón cierta providencia –además infalible– fuera a salvarnos de ellas de cualquier modo y no importara realmente lo que pensáramos o pensaran otros al respecto. En efecto, ellos no piensan nada al respecto. Pero a Clo se le dije distinto, como de casualidad. Casi fue un lapsus. Así como el criminal que es atrapado porque delicadamente suelta la verdad en una conversación cualquiera, sobre carros, sobre helados, sobre libros, quién sabe: sobre recetas para escalfar huevos, precisamente de ese modo. Íbamos andando junto al armatoste, yo tomaba té verde y ella comía galletas y yo lo dejé entrever. A Gabriela, en cambio, se lo dije sinceramente, con total intención y no con poca resignación, porque a Gabriela la conozco hace 17 años (y no 10, como ella piensa) y le puedo hablar con sinceridad y resignación, sin discriminar. Por supuesto, también se rió.

Especulo que hay una distancia entre todo y nosotros, entre lo que esperamos y lo que somos. No hay –casi nunca la hay– una coincidencia efectiva entre lo que funciona y lo que somos capaces de hacer. Hay habilidades básicas que se deben conocer. Hay técnicas implícitas que todos deben dominar. Ocurre, y no en pocas ocasiones, que esto no sucede. Luego, se define una brecha. Y en esta brecha, o en las distintas formas como somos concientes de esta brecha, está trazado absolutamente todo lo que haremos, querremos, besaremos, sucederá.

Le he empezado a escribir a Carolina mi papá no me enseñó a saltar, a golpear, a…




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