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Quizás el haber perdido toda esperanza de obtener lo que quiero, cada vez, me haya entregado una libertad que no se pueda conmensurar. Dado que cada vez he perdido todo lo que quise alcanzar, ocurre que me he sentido inmensamente libre. Cada vez todo se ha desecho ante mis ojos en una cadena maldita de eventos, quiero decir en una concatenación maldita de inmundos y muy improbables eventos que dejan mucho a dudar el rol supuestamente preponderante del azar y conjugado a él el rol tácitamente justiciero del libre albedrío en la historia aparatosa que es cualquier vida. Cada vez he ponderado minuciosamente cuánto dependió de mí y cuánto no, he creído ser impreciso en esos cálculos, traicionado por la memoria, me he sentido incapaz de completarlos satisfactoriamente, no he renunciado aún así a esa laxitud muy común de asumir que todo estuvo y estará siempre fuera de mi control, lo he ponderado todo otra vez, he querido aprender de mis errores, quizás no lo he logrado, he luchado por ello en vano, no por eso me he rendido definitivamente y ciertamente los volveré a cometer.

Quizás sí he aprendido, dudando, divagando, que esta libertad que me ha sido entregada, profundísima y extensísima, no es la libertad sustanciosa y fraternal que nos pregonan los sistemas políticos y económicos, cualquier fe religiosa, los cánones artísticos. Incluso, he cavilado que quizás no sea lo que en efecto queremos evocar cuando decimos libertad sino sólo una institución insana y enajenada, pero muy semejante a la libertad. En ninguna sentido esta supuesta libertad –cuya identidad ahora pongo en duda– me ha dado cualquier vez un aliento de esperanza, sentido de pertenencia, fraternidad o igualdad, trozo de prosperidad, sugestión de control sobre mi vida propia, plenitud o limpidez de conciencia, promesa de amor, nitidez de espíritu, forma semejante a goce estético, sensación próxima a logro expresivo o potencia creativa o sencillo placer.

Quizás esta libertad distinta es al mismo tiempo –al mismo tiempo que una especie de institución malsana y maligna y meticulosa, todavía así semejante a la libertad ortodoxa– el elemento más vacío, desasosegante y violento que habría de encontrar en toda mi vida. Esta libertad no tiene correspondencia. Es vasta, pero repercute tras sus gritos desmesurados un silencio solo y apabullante, largo como un planeta azul y sin luz eléctrica, largo como un sino azul, sin vino tinto y sin mujeres pequeñas. Esta libertad no es capaz de correspondencia alguna. Y quizás por esto he llegado ha sentir que no puedo soportarla más: quizás no puedo aguantar más el yugo obeso y exagerado y callado de mi propia libertad estéril, combinación incontrolable de conciencia moral, dolor, inquietud estética y fragor sexual, todos en sus sentidos más amplios incidiendo al mismo tiempo en mi pensamiento, en mi pecho y en mis labios.

Todavía así, sentado en este avión camino a Barcelona, me acepto completamente ante ella. Soy yo ante mi libertad inmensa, vasta, vacía, folladora de almas y de mujeres pequeñas. Mi libertad estéril es mía y de nadie más. Del mismo modo soy yo para ella. Por eso nuestra relación es íntima, no es extraño que la vea desnuda, hubieron incluso ocasiones en que yo estaba cagando y ella no dudó en entrar al cuarto de baño y lavarse los dientes mientras yo aún cagaba y luego afeitarse las piernas mientras yo gozaba del cálido bidet. Esta bonita vida de pareja repercute hoy en mí. ¿Quién puedo ser si mi libertad me dice que ser cualquiera es lo mismo que nada? ¿Qué ley debo seguir respetando si mi libertad me dice, después de besarme, que respetar toda ley es lo mismo que nada? ¿Qué plan debo imponer en mi vida si mi libertad me susurra anarquía al oído, me dice que imponer cualquier plan sobre ella es lo mismo que nada? ¿A quién puedo estimar si siento que estimar a cualquiera que no sea mi libertad es lo mismo que nada? ¿Qué puedo desear aún, aún hoy cuando creo que desear cualquier cosa me alejaría de ella?

Quizás, a falta de pulsiones íntimas o causas propias que realmente valga defender, estaría dispuesto a luchar y también arriesgar mi vida por cualquier causa ajena a mí, la más ajena de todas si ese fuera el caso, si la idea estuviera buena. Me haría miembro de Green Peace para salvar las focas en el Mar del Norte. Me uniría a Un techo para mi país y me iría a Haití a construir cubos de triplay. Iría a dar un golpe de estado a Venezuela, armado hasta los huevos. Pelearía en Italia del lado del Eje, Carabinieri, muy guapo. Defendería, en el Japón del Tokugawa Yoshinobu, la eternidad del Shogunato.

Pongamos ahora que aquel señor en el asiento 33D, cruzando el pasillo a mi derecha, con el mostacho y las gafas de carey, aquel que hurga su mochila y tiene cara de bandido y de dogmático, pongamos que aquello en su mochila sea una bomba. No discutamos extensamente el método por el cual la hizo ingresar. Tampoco su índole (por ejemplo, si es un bomba concreta, correspondiente a una causa social, o si es una bomba conceptual, acaso capaz de liberar un gas narcótico en la cantidad adecuada para colmar la cabina y drogarnos a todos, ciertamente un happening). Pongamos sencillamente que su plan sea explotarnos, en cualquier sentido: vaporizarnos en cualquier sentido como una luciérnaga cuyas tripas se han llenado con nitroglicerina y que luego enciende su culo instintivamente buscando la atención de las otras luciérnagas. Pongamos que yo lo he notado y que si el continúa y yo no lo evito –o peor aún, si lo ayudo– todos en este vuelo podríamos morir, alternativamente acabar severamente drogados, tomar este avión, quizás armar una fiesta en este avión, irnos por culo. Pongamos que si ese fuera el caso, he considerado que le daría esa mano.

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He comprado un túnel y una bacinica. No he comprado más cosas y sospecho que quizás no necesite volver a comprar otras nunca. Dos cosas fueron suficientes para saciarme del todo. Después de comprar ambas quedé satisfecho y completamente libre del deseo de comprar más. Estas dos cosas fueron todo lo que necesitaba y ahora parezco andar a gusto, incluso parezco trabajar a gusto. Por supuesto que es una total impostura. Tan sólo es así de maravilloso el efecto narcótico del Túnel y La Bacinica conjugados, ambos en mis manos, tanto así son potenciadas por ellos mis facultades histriónicas que puedo andar tranquilo, sosegado mientras bulle mi estómago excitado por la imagen oscurecida del Túnel, superpuesta a esta la imagen luminiscente de La Bacinica.

He comprado El Túnel porque necesitaba huir, o en todo caso porque quería saber que podía huir en el momento que lo quisiera hacer. Es así que lo he comprado desesperadamente, he negociado mal, no he leído el fine print. No sé realmente si el túnel que finalmente elegí sea el más adecuado de todos los túneles disponibles, ya no importa, la compra está hecha, quizás era el único túnel que yo podía comprar. Al cabo, El Túnel es mi túnel; como mínimo, si no el mejor, es sólo mío y de nadie más. Lo decoraré con lámparas, lo perfumaré cada invierno con el olor humedecido de los jardines, pondré dentro de él la música que yo prefiera.

Sinceramente no lo esperaba. No lo había pensando pero llegó súbitamente el momento en que tuve que hacerlo mío, entré a la página web de KLM y lo hice mío, en el instante que lo supe lo hice, no dejé pasar ni un segundo de más, digité los números de la tarjeta de crédito con ligereza y desde ese instante tuve El Túnel a mi nombre. Ahora me dispongo a utilizarlo en mi escapada. Fue la única manera. Tenía que escapar y la escapada debía ser secreta. Huir utilizando El Túnel me permitía guardar el sigilo. De haber utilizado La Autopista habría sido descubierto. Mi madre no es cualquiera cojuda: ha colocado ya oteadores calificados en La Autopista. No quiere que yo escape tan fácilmente. Pero El Túnel es subterráneo y mi mamá, como tantas madres buenas, desconoce de la existencia de otro mundo bajo la tierra. Todavía, sin embargo, no le he mentido del todo, le he dicho mamá, compré un pasaje a Barcelona. He sido mañoso, ella no ha sabido distinguir que en realidad no he comprado un pasaje de avión sino un túnel, una gruta secreta, un agente de tránsito intestinal que me llevará a través de aquella ciudad a otro lugar, aunque me tome el resto de mi vida.

Pues es así: empezaré al entrar en El Túnel un tránsito del que quizás jamás vuelva y el cual acaso jamás termine. Y es también así que la compra del Túnel hizo inmediatamente obvia la necesidad de La Bacinica. Siendo el tránsito tan largo, ¿cómo y dónde sino en una bacinica podría expulsar toda la mierda que produjera mi corazón a lo largo del viaje? Entonces empecé la búsqueda desaforada de la bacinica perfecta. Tarea difícil, si no la acometieron ustedes en su vida, pues de hecho no es tan común que alguno se la proponga, sólo ocurre si uno compra primero un túnel, es así puesto que La Autopista, el más común de los medios de tránsito elegidos, tiene letrinas en cada grifo que se aposta a su lado, luego quien utiliza La Autopista no requiere de una bacinica.

¿Pero cómo descifrar la forma exacta de la bacinica requerida? ¿Y qué criterios usar? Desde lo muy específico: ¿de qué color debía ser? Hasta lo muy amplio: ¿qué objeto debía ser en efecto la bacinica a elegir? ¿Sería una carrera profesional? ¿Un automóvil? ¿Acaso una cámara fotográfica? ¿Un par de zapatillas Nike? No tenía la más puta idea. Sólo sabía que La Bacinica debía ser cómoda, intuí además que debía ser rápida, quise asimismo que fuera preciosa. La Bacinica debía permitirme malear toda la mierda que surgiera de mí en un solo producto perfecto y acompasado, relevante pero insolente.

Requerimientos tan específicos no fueron rápidamente cubiertos, busqué y no encontré nada que se asemejara a lo que yo requería. Llegó el punto en que me sentí exhausto y di por acabada la búsqueda. Comí millones de papas fritas, me serví una copa de vino y me eché a la cama a leer los cuentos de Chejov. Y así transcurrieron 4 larguísimos días desesperados hasta que una mañana recibí un correo electrónico de Amazon anunciando el Black Friday. Era el día después de Thanksgiving y las ofertas, se anunciaba así, serían magníficas. Entre a la página web de Amazon, volví a tener esperanza, pensé que quizás podía encontrar la bacinica soñada. Lo primero vi una bacinica blanca. Consideré el precio, ponderé las opciones, consideré su belleza y el front side bus, consideré muchas cosas y luego llamé a Gabriela y Gabriela me dijo que la comprara ya, que jamás la volvería a ver a ese precio. Gabriela es experta en bacinicas blancas. Me disponía a comprar la bacinica blanca cuando me llamaron a una reunión. Saliendo de ella, la maldita bacinica blanca había subido de precio en 200 dólares, en sólo dos horas. Molesto volví a llamar a Gabriela. Ella me dijo que era una pena, pero que en todo caso podría comprar la bacinica plateada (deduje, por la soltura y confianza de su voz, que era también experta en bacinicas plateadas). Digité entonces una frase en el espacio de búsqueda. Pronto la vi. Era pequeña y era plateada. Era perfecta. Imaginé comprarla. Estuve contento con esa imaginación. Podría echar toda la mierda en mi nueva Bacinica plateada, defecaría o regurgitaría en ella a mi gusto y ella recibiría mis descargas complacida, las ordenaría con minuciosidad. La compré en el instante. Y como todavía no quise mentirle del todo a mi madre, fui donde ella y le dije mamá, me he comprado una Macbook Pro.

Para comprar El Túnel había usado la tarjeta de crédito azul. La compra del Túnel, mal negociada, intrínsecamente malhecha, en efecto malparida, llevó al límite la tarjeta de crédito azul. Así para comprar La Bacinica tuve que utilizar la tarjeta de crédito dorada. Esta, a su vez, también ha sido llevada a su límite de crédito. Confieso mediante esta nota que soy incapaz de saldar ambas deudas. Ya lo saben ustedes, pronto los sabrán los bancos y quizás hasta Bernard Madoff pueda enterarse. Seré perseguido, acribillado: querrán obligarme a tomar La Autopista. Asustado, no he sabido qué hacer.

¿Y qué otra cosa pude haber hecho?

Me he reído solo de la gigantesca pira en el jardín, iluminando la noche. Viendo la gigantesca pira encendida he dormido después. He dormido arrullado por los crujidos del fuego encendiendo cada trozo de la realidad destruyéndose (estados de cuenta, recibos, documentos de identidad, pasaportes y pasaportes italianos). He soñado mientras tanto con cientos de noches corriendo a lo largo del Túnel oscuro y azul, repleto de fantasmagorías, harto de muerte, ahíto de desesperanza. En estos sueños estoy alternativamente solo o acompañado y cuando estoy solo sonrío y bebo un té muy oscuro y cuando estoy acompañado corro todavía más rápido, corremos los dos de la mano y tarareamos en perfecta coordinación La Marsellesa. He soñado también con La Bacinica, plateada como una estrella, refulgiendo entre la tenebrosidad del Túnel: he soñado con excretar la mierda más hermosa del mundo.

Son la 1 de la tarde y me he despertado sumido en la pura mierda: incapaz de dormir, incapaz de masturbarme e incapaz de soñar (que no es lo mismo que dormir). No puedo moverme -no quiero moverme- y, para ser sinceros, podría también omitir existir, en un sentido muy silvestre, como lo diría alguien que está siendo obligado a ver Candy.

Algunas veces nos propulsa la parálisis. Hoy por hoy, estoy detenido. pero detenido estoy moviéndome y soy capaz al mismo tiempo de caminar, quizás incluso de pensar. Pensando -creyendo que pienso- me he parado de mi cama y he ido hacia la sala. He ido hasta mi padre, interrumpido el almuerzo familiar, lo he mirado, le he dicho papá, no quiero ser nunca como tú. Le he dicho que quiero ser un coquero, que quiero ser libre, que quiero ser actor porno, que sólo quiero hacer el amor horas de horas cada noche y que eso se contrapone totalmente a ser como él.

Mi papá me ha dicho algo, pero ya no lo he podido oír. Parado en la sala, con mucho frío y oliendo a cigarros, entonces solamente puedo pensar que quiero ser un coquero, que quiero ser libre, que quiero ser actor porno, que sólo quiero hacer el amor horas de horas cada noche y que eso se contrapone totalmente a ser quien soy.

Entonces yo lo interrumpo.




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