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Reconozco todavía el vaivén de los vientos que atienden esta playa. Es la primera noche que paso en ella este verano. Reconozco una leguminosa telaraña de brisa: creo todavía que es una legaña empalagosa prendiéndose de los pelos sucios, límpida y meticulosa y empapada en whisky, que nos hace y nos deshace y que eso nos viene bien, para eso hemos venido –nos hemos venido–, no para librarnos de la ciudad, patibularia y cacasena, sino sólo para encontrarnos una vez más con el hedor salobre del mar, amplio y libertario como una concha estremecida.

Pero hoy la situación es distinta, está volcada, ha sido controvertida por la memoria selectiva de los labios. Los labios no estuvieron de nuestro lado. Los labios fueron tan traicioneros como cualquier puta mal pagada, como cualquiera parte de la propia anatomía que ha quedado desatendida. Moraleja: no confíes en tus labios si no han dado besos en mucho tiempo, tampoco confíes en tus ojos, lo mismo tu corazón. Tu corazón es una meretriz presuntuosa, pendenciera, ilusa y al tiempo golosa. Confía tan solo en tu pija. Porque tu pija habla cada noche con Darwin por Skype, habla con él e intercambian secretos. Darwin le ha contado que Dios no tiene cara, que es un agujero al final del túnel, en una recámara blanca, una especie de golfa iluminada y con olor a pez, inmóvil, frígida. Esto es decir que tu pija y sólo ella sabe lo que es necesario para ti. Tu corazón (y que no nos llame ahora la atención su índole colorada) es estúpido. Él sólo quiere lo mejor para ti. Tú –como ya debieras saber– no quieres lo mejor para ti. ¡Piénsatelo bien! Tú sólo quieres lo que tu pija quiere para ti.

Ahora me siento en la arena húmeda. Quiero escuchar tan sólo a mi pija enternecida por la zozobra y reconozco en cambio el vaivén de los vientos que atienden el murmullo de fiestas en terrazas, quiero decir gritos de mujeres en terrazas, quiero describir alharaca de niñas con tetas en terrazas, todas bebiendo chilcanos o capitanes, ya quisiéramos, todas esperando algo que yo no podría volver a darles, he deducido a este tiempo, he creído que no era así, he vuelto a creer que es así de cualquier modo, he dudado cómo podría no ser así, cómo sería si no lo fuera y si fuese exactamente lo opuesto. Lo he ponderado y no me ha parecido posible darles ya ni siquiera cualquier cosa: lo que he hecho antes en cada ocasión. Ya no me parece posible nada salvo besarlas con aquella manera pequeña y dulce que se podría considerar al mismo tiempo ominosa.

Entonces digo ¿existirá el método? Y si es así, ¿cómo mierda descubro el método?

Me ha dicho el salvavidas que esta playa está loca, oscurecida por celos patológicos, el amor de 300 madres espartanas, maldita como la vagina de una charapa adolescente, ante todo preñada. Lo hemos conversado por la tarde en la piscina mientras yo comía tequeños y él cuidaba de las niñas que nadaban. Somos amigos hace más de 10 años. Él me enseñó a entrar en el mar cuando las olas estaban gigantes y uno podía morir. Ahora, mientras observa la delgadez de las pre-púberes acuáticas, le he preguntado quién la preñó, si acaso la preñó él (que se jacta de tenerla de 22cm muertita y, en consecuencia, es un candidato viable para preñar tan grande extensión de arena). Me ha mirado confundido. Me ha dicho que por las mañanas, cuando orina en la orilla antes de que lleguen las primeras niñas a la piscina, los pescadores, que lo observan mear, se acercan y le hacen chistes, le conversan y miran de reojo su sexo, boscoso como un oso. Le han contado historias de perros descomunales que caminan los arenales aledaños a las playas por las noches, devorando chiquillas embobadas y enculando muchachos ebrios. Me ha dicho que en las madrugadas esta playa la surcan perros descomunales, pescadores de hombres y chiquillas, lujuriosos perros de la playa, sin pelo, sin corazón y estrictamente siempre sin condón. Se ha preocupado en apuntar, escueto pero determinante, que a pesar de su malignidad debemos tomar en cuenta que la leche progenitora de esos canes, deglutida como almíbar o utilizada para cortar la leche de pantera, puede revitalizar un hombre, puede volverle los ojos blancos otra vez, la mirada ausente, la vista gorda, las axilas humorosas y peludas, la complexión radiante, los dientes luminosos como choclos sagrados, dientes nada menos que adecuados para morder el cuello de una chiquilla petulante.

Y yo digo ¿dónde carajo quedó la novia, aquella novia mía, para mí, ella que tenía los labios delgados, labios para mí?

Dice mi compañera de camarote que la novia ha muerto, que ella vio el cuerpo entumecido cuando se lo llevo la marea, colorado como la cáscara de una langosta. El salvavidas –mi supuesto amigo– la ha violado sobre la torre de salvavidas mientras los canes vejaban a los huachimanes. Me ha dicho que fue una situación espectacular y peculiar, 5 huachimanes murieron empalados, luego murió la novia, luego eyaculó el salvavidas como si alguien hubiera descubierto una torre de petróleo blanquecino (imaginé cuando me lo contó la cara de Daniel Day Lewis y eso no me sorprendió, confieso que lo admiro a él y que también me gusta Paul Thomas Anderson). Me ha dicho que si bien empezó como normalmente principia una violación, quiso decir a la fuerza y en contra de la opinión del violado, en este caso la novia sólo mantuvo esa actitud un momento, inmediatamente empezó a gemir y se volcó sobre el salvavidas enhiesto, rasgó su vestido, rasgó la breve ropa de baño, se sentó sobre su pija como si fuese un pony mientras él se sentaba en la silla de la torre, gozó del coito como una chancha de mierda aún cuando los huachimanes morían empalados en todas direcciones. Me ha dicho que primero murió Escalera, alto y flaco, el perro ardido lo analizó hasta causarle una hemorragia interna, que segundo murió Mosquito, el que se quería con Fernanda (la chica que trabaja en la casa de los Gómez), atravesado de oído a oído, entonces y tercero murió La Mona, el de la cabellera, el can le partió el recto en 7 secciones idénticas, cuarto murió el Zorro, rápido y libre, ahogado y gimiendo con estridencia mientras un can muy parecido a Winston Churchill le convidaba crayola por la garganta, quinto murió El Ronco, con sus lentes, cuyo dolor rememoraba un berimbau si bien algunos dicen que cantaba una de Miguel de Molina, muy grave, sólo luego la muerte le fue dada a ella, cuando el salvavidas estaba por alcanzar el orgasmo y el éxtasis fue tal que sin quererlo la empujó de la torre y ella cayó de cabeza en la arena seca, se rompió el cuello, pero él continuó masturbándose utilizando su mano lampiña, eyaculó sobre la brisa y el semen chispeó sobre ella justo en el momento en que hacía el misterioso tránsito de mujer a cadáver.

No lo pude creer. Le dije a mi compañera de camarote por la puta madre, ¿qué mierda es el sosiego? Ha quedado silenciosa. Luego he agregado ¿hay que ser fuck buddies?

Esta noche he venido solo a la playa con una botella de whisky. La botella de whisky la he robado del padre de una amiga. La botella se ha terminado. A pesar de todo me ha dado frío. Estoy borracho y mis pies están húmedos y tengo frío. Son las 11 de la noche y estamos sábado y tengo frío y estoy acongojado. La isla se extiende sobre el mar y me parece una gorda preñada. El salvavidas es un huevón (además de un fantoche y un traicionero). Pues la playa no está preñada: es la isla que está preñada. Y quizás la novia, antes de morir, pudo haber quedado preñada también. Tengo frío. Acongojado, he encendido una copia del Esplín de Paris y con ella ilumino mis genitales. Quisiera poder oírlos otra vez. Parece vano intentarlo. Mi pija ha muerto. Quisiera quedarme pero ya es hora de volver a la casa. Debo huir de los perros empaladores, de quienes no podré defenderme con mi pija muerta. Debo huir de ellos como se huye de todo lo que busca el corazón. Es tiempo de cambiarme, ponerme la camisa con puntitos. Es tiempo de salir a bailar nuevas canciones.

Digo ¿por qué la rosa no indica todavía el rumbo a Praga, barrio judío, tumba de Franz Kafka?

Quiero decir ¿por qué a falta de ella sólo tengo esta isla blanca como la panza de una gorda preñada, nevada pero con guano, estacionada como una caca cetácea contra el horizonte renegrido?

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Había un número de cosas que tenía que hacer, que cumpliría de cualquier modo, un número incalculable de cosas que una vez hechas serían la afirmación concreta, la concreción pública de todo lo que yo buscaba. Había un número de cosas que estaban destinadas para mí. Existía una facilidad evidente para obtener este número descomunal de cosas (puesto que evidentemente estaban allí para mí). Se había pensado todo con anticipación. Se había tendido todo en el camino como un buffet. Yo había llegado al mundo preparado para obtener todas estas cosas: yo había llegado al mundo para alimentarme del buffet. Tenía todas las herramientas y todas las facilidades, todas las conexiones, se prestaban a mí las metodologías y se postraban ante mí los guardianes. Ciertamente así lo creía mi madre y de este modo lo pregonaba mi padre. Ciertamente así lo creí también yo. Había la certeza total de obtenerlas todas y sobre esa certeza se construía un castillo sensual, visceral sensible, una torre de base sólidas y con un futuro brillante y extendido, libre de enfermedades coronarias, abundante en alegrías largas o pequeñas, ignorante de monotonías, almuerzos en pequeñas cafeterías, agonías cotidianas, tardes de sol cuando uno lleva corbata, nine to five and all that tiresome shit.

Echado al campo, inmediatamente fracasé. No fracasé disimuladamente. No fracasé después de un breve periodo de éxito. Sencillamente discordé desde el principio, en el instante de acometer la realidad me escindí en todas mis partes, así no cabía, totalmente no pude, cómicamente fui errado, básicamente no lo logré, no fui absorbido, no pude explicarme tampoco. Entonces estas cosas se pervirtieron. Primero el horizonte cambió. Un inmenso olor a caca apareció una mañana y lo impregnó todo con su pringosidad y una acérrima opresión mate, con su yugo pastoso y su aplomo defecado. La lista de cosas se desmoronó de pronto, torcida, maldicha. Pronto encontré otros como yo, otros que carecían de aquella lista. Entablamos amistades y nos emborrachamos, estuvimos 4 años metidos en un mismo bar e incluso una vez amanecimos en él. Llovía y nosotros llorábamos, pero ese llanto tomaba la forma de una protesta y esa protesta era inmadura, excluía las lágrimas, estaba poco estudiada, era ideal, delirante, nos expiaba del dolor. En ese instante jurábamos, habríamos jurado que esa protesta nos salvaría. Y si no lograba salvarnos al menos nos justificaría, que si bien no era efectivamente lo mismo que salvarnos, puesto que no podríamos saborear la victoria, como mínimo evidenciaría la contundencia de nuestras acciones. Así nos aproximábamos a la figura del mártir. Queríamos ser mártires alcohólicos, jugadores pequeños de la política y jugadores groseros del amor, adictos al free jazz, having sex all night long with beautiful underaged girls, amantes dispersos que consumían heroína y follaban como locos, actividades ciertamente discordantes pero que nosotros podríamos conseguir, todavía eyaculando en cualquier parte. Orejas, vientres, hombros, narices… nada estaba negado para nuestros penes artistas, penes generosos y promiscuos y nada afectados, puesto que estos heroinómanos adictos al free jazz no podían adoptar poses afectadas, mas bien eran caballeros dispersos de la noche, esporádicos locutores de un humor objetivo, lo que en jerga común se conoce como un arrecho y lo que yo elijo definir como un sensualista escatológico.

Una noche mientras defecaba y olía la madreselva de los vecinos, cuyo olor penetra el baño a través de la ventana completamente abierta, como proyectado por este aroma pude ver que todas estas amistades habían sido falsas, que se sustentaban en nada, que estaba solo y que únicamente no lo había estado 5 veces. A la luz de esta realización, poco a poco la lista de cosas volvió a aparecer. Se volvió tan concreta como antes, el número de cosas se tornó tan gigantesco como antes. ¿Pero eran las mismas cosas? No lo eran. En realidad eran cosas completamente distintas. ¿Y eso hacía alguna diferencia? Ninguna. Todo había sido lo mismo, continuamente, y todo lo sería también, otra vez para siempre.

Voy por Cervantes, son las 3 PM del domingo 1ero de noviembre y estoy pensando en una fila de mujeres que fuman. Es una fila bastante larga que empieza en Camino Real, sigue la calzada dura como una flecha, pasa frente de mí, penetra en la avenida Pezet y luego corre paralela al linde del club de golf, pierdo de vista tras el cruce con Portillo donde gira pocos grados hacia la derecha, presiento debe girar otra vez en el semáforo de la Avenida Salaverry, no sé donde va después. Sin embargo no es lo que normalmente entendemos como una fila de mujeres (si bien se parece mucho a una y aquí, entre nosotros, puedo decirte que alguien desprovisto de nuestra perspicacia o propensión a la bufa podría juzgar que es solamente una fila de mujeres, común y silvestre). Afortunadamente la distinción es obvia para el observador atento. Se contiene en un solo agudo motivo:

No es una concatenación de identidades discretas.

¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que la fila que he imaginado no es una fila de mujeres reales. Sí está compuesta de mujeres, pero cada una de ellas no representa a una que exista en el mundo. Más bien cada una es la efigie laxa de un terrible momento en el tiempo. Así, cada una es en realidad la acumulación malhechora de muchas mujeres, todas aquellas que existieron para mí en un malhechor instante del tiempo, cualquiera que sea el indicado. Así, a lo largo de la fila cada elemento de ella esta casi repetido en el siguiente elemento y en el anterior, los cambios entre elementos contiguos –que representan el desplazamiento entre dos malhechores instantes– son mínimos y graduales, se requeriría un observador meticuloso para notarlos, sólo se hacen obvios a una distancia mayor, digamos con 20 elementos de separación, y de este modo la hilera de elementos conforma una cascada, un degradé de representaciones o efigies laxas o estatuas poco pulidas, más bien ensuciadas o enmohecidas, frías como bancas de parque en San Petersburgo en invierno, paradójicamente sólidas al mismo tiempo, sólidas pero laxas y frías y enmarañadas, vejatorias figuras imaginadas de todas las mujeres en un indigno espacio de tiempo –mi vida– cayendo desde Camino Real hasta Salaverry como una serpiente vituperiosa, intestinal destripada, vaginal ignominiosa, descomponiéndose incesantemente y con un dulce olor a ceniza.

Y de pronto la fila de mujeres se ha concretado a mi lado. Dicen que debes tener cuidado con lo que crees que es la realidad, pues la realidad será exactamente como tú la imagines. Es uno de esos dichos un poco cojudos, pero no parece haber sido del todo falso: de pronto la fila de mujeres se ha concretado a mi lado. Las puedo oler. Su caca todavía caliente, el café árabe y sus labios sahumados. La cháchara incesante me penetra por atrás, me excita también, me conmueve los testículos como si estos fueran recogidos por una mano tibia y maternal. El aroma del tabaco me trae memorias de lamidos inguinales: me presenta otra vez los ojos endemoniados del monstruo aquella vez cuando le di un orgasmo utilizando mis labios, entonces cuando efectivamente logró morir un poco, luego resucitar para destruirme. Oigo las risas del heliogábalo rampante que ha venido por mí corazón una vez más. Pero nada puede hacerme ya el heliogábalo. He mutado. Por la puta madre, he mutado. Luego, muy cool, me aproximo al heliogábalo caminando como si fuera un monstruo cualquiera. Ya conozco al heliogábalo, sus mañas, sus zonas erógenas. Y no le temo, estoy tranquilo –estoy cool–, no poseo más estrellas que pueda devorar. Si algo poseo, sólo poseo una pija en llamas. El heliogábalo ya se comió todas mis estrellas: ahora puede comerse mi pija en llamas. Miro la hora en mi celular. Tenemos tiempo para algunas inquisiciones.

A 3 metros de la fila, detenido, cuadrado tal Patton en el cine, les digo ya no las quiero chicas. Luego, a mi señal, marchamos todos, como en un desfile escolar. Marchamos en un batallón contenido y alegre, hacemos cuatro filas y formamos compañías de a 80, vamos así hasta la Avenida Arequipa. Allí hago una señal y la fila se vuelve a extender: cubre cientos de cuadras. Paso revista. Contento, me aproximo a la primera mujer y le doy un abrazo, junto mis brazos tras su espalda, la estrecho sinceramente entre mis brazos. Elijo a la segunda al azar, unos metros más allá: le escupo en los ojos. A la tercera no la toco. La cuarta es mi favorita y le doy un beso en el pecho, otro en la clavícula, abro su blusa y pongo un dedo húmedo sobre su pezón que, endureciéndose, me responde complacido. Luego vuelvo a la primera, pero levemente la esquivo, la humillo, la veo llorar. Busco a la quinta. Le doy por culo a la sexta mientras ella gime que me ama. Le grito a la séptima. Le digo a la cuarta que aún pienso en ella, que no importa que sea tan mala conmigo. Escribo una breve nota en una servilleta dedicada a la quinta. Le sonrío a la primera (quien aún no parece recuperarse de mi abrazo). Corro hasta la octava. Veo como se desnuda la décima. La vigésimo tercera me guiña el ojo. Me fela la décimo octava, se le entumecen los labios. Siento que extraño a la cuarta. Le regalo un chocolate bitter a la trigésima…

Entonces me alejo. Las miro, cual Patton en el cine, recapacito y les digo mentira chicas, en verdad las quiero mucho. Siempre las voy a querer.

Las conduzco hasta el Morro Solar. Marchamos del mismo modo, cruzamos Miraflores y después Barranco, comemos un helado en el malecón y después trepamos lentamente la cuesta. Una vez en la cima, les cuento cómo perdimos en la batalla de Lima. La bahía se abre amplia ante nosotros. Imito a mi profesor de historia y les digo que todo lo que vemos frente a nosotros es cosa del pasado. La bahía reposa, voluminosa pero vacía como un bowl lleno de coles. Les digo que todo lo que hemos sufrido juntos, ¡eso está en el pasado! (Es un pérfido juego de palabras: todo lo que hemos hecho es cosa del pasado, de un pasado inamovible e indestructible, rígido y profético, periférico y determinante, imposible de eludir. Lo único impresionante o contundente y cojudo es cómo cuántos no lo notan.) Les digo que yo conozco la identidad del soldado desconocido. Les cuento que mi abuelo tenía una forja –una metalmecánica– y como él hizo la estatua a imagen y semejanza de James Dean. Les cuento que James Dean era gay, muy gay. Les digo que James Dean amaba que lo atoren duro, muy duro, especialmente si quien lo hacía era Marlon Brando. Les digo que no vean This is it, que yo ya me compré el DVD (vengan a mi casa). Les digo que tengo un LP de Like A Virgin, que mi papá lo compró en Londres en 1985. Les hablo de Christopher Hitchens. Les digo que quiero ser un cowboy mormón. Les hablo de mis bigotes. Les hablo de mis nuevos zapatos de cuero en punta. Les hablo de metales. Les hablo de mi corazón.

Así hablo horas de mí, cientos de minutos de mí, hasta que finalmente les digo vamos, denme un cigarro. Lo enciendo, ellas encienden al mismo tiempo uno y entonces todos fumamos y vemos juntos el sunset desplomándose en la bahía: un durazno maricón que se hunde de cabeza en el océano como si el cielo fuera a matarlo arreciado –o intoxicado– por los fuegos fatuos que levitan sobre nuestros pestilentes cadáveres eyaculados. Mientras empieza a penetrar las aguas, una luz sebácea, brillantísima y fulgurosa empapa el morro árido, circunda el aire aciago –delgadísimo como una soga–, transforma en platino nuestras ropas y vela todo en un ruido gelatinoso y vasto pero aglutinador que no está compuesto sino del rumor de nuestras disueltas, siempre infames soledades. En el momento justo en que el cielo vira de un gigantesco fucsia a un sobrio y profundo azul marino, echamos nuestros cigarros a la arena y con la armonía del equipo ruso de nado sincronizado hacemos “El Twist”, destruimos la colilla con la suela de nuestro zapato derecho.

Una boca llena de humo es una trampa. Es un peligro, en principio, porque el humo nos asfixia. Pero es también indudablemente una trampa. Queremos esa boca y no sabemos por qué y la perseguimos, todavía sin saber por qué. Tomamos un manhattan, ella toma un mojito y la miramos fijamente. Esos labios arden. Más tarde quizás la besamos, luego si podemos penetramos en ella, nos zambullimos como Phelps en esa boca brumosa y esa boca siniestra, no con poco desparpajo y sí con borbotones de ternura y hasta algún llanto, lentamente nos sahúma. En los mejores casos, después de probarnos, esa boca nos acoge. No son pocos los casos en que inmediatamente o pronto nos escupe.

Luego es una mierda. No porque la boca en si misma sea una mierda. No porque el humo sea una mierda. Ni siquiera porque ser escupido sea efectivamente una mierda. Sólo porque el olor del humo es maravilloso, nos ha impregnado, es delicioso, es intoxicante, porque saber que debe uno quitarse el humor del humo del cuerpo es una mierda, porque lo queremos tener encima para siempre, porque por la puta mierda: cómo nos pudo encantar ese humo y cómo jode saber que ya no será así, al menos nunca más de la misma manera, cómo es insidioso sólo entender que encantará a otros y nunca más a nosotros pues ahora desdeñamos ese humo, hemos perdido esa sensibilidad.

¿Y por qué se llenan las bocas de humo? ¿Dónde, cuándo, cómo, por qué y quién principió esta satánica huevada descomunal, abrasiva y violadora pendejada totalizante? Debo preguntarme eso mientras pienso que todas las mujeres de mi vida han fumado, lo que es decir que todas sus bocas no eran simples bocas sino bocas llenas de humo, así capaces de ocasionar la plenitud etérea y fulminante que suele ser, es y siempre debe ser y nunca no debe ser aunque a veces no ha sido para mí un beso sobre unos labios ahumados.

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José dice que yo atraigo a las cagonas, fatalmente; yo no le creo esta vez y he concluido que atraigo a las que fuman.

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No fueron necesarios mayores malabares, extendidas magias, ninguna especial concentración. Nunca estuve dispuesto a rezar o soñarlo. No me detuve en una colina ni me dejé crecer la barba. Amilanado por los humos de la ciudad –el carbón luminoso de los autobuses, la tos agria: la mirada idiota de los transeúntes horrorosos– empecé esta trayectoria solitaria. No llamé a un pueblo para que viniera conmigo. No propagué esta buena nueva. Había que cruzar el charco a toda costa y yo estaba dispuesto. Me había propuesto aquella meta y ya caminaba por los zócalos del mar, entre lenguados que brincaban sofocados y cientos de pulpos aguerridos, muy campante, muy seco, muy sencillo. Había robado los pertrechos necesarios de la despensa de mi madre: 20 pecanas, 8 huevos y un galón de Coca Cola. No era necesario más. Había traído mi Ipod, unas chanclas viejas y esta mochila de cuero raída. Así podría andar solo por días y no eran todavía días, habían sido solamente horas desde que había partido. Dejando todo: el futuro –que me era tan promisorio– y mi colección de películas de Alfred Hitchcock. Porque al otro lado del charco (donde fuera que eso estuviera) estaba todo lo que yo buscaba, aquello que había perseguido ya demasiado tiempo y que no habiendo sido encontrado me había conducido directamente hacia esta frenética incertidumbre, una incertidumbre amplia que se destilaba rápidamente en una ansiedad ciega y pura, una ansiedad que a su vez era como un vómito verde, ectoplásmico pero concreto, una ansiedad que bloqueaba caminos, inodoros y alcantarillas pero que simultáneamente habría autopistas, que detenía abruptamente toda razón de esperanza pero que indefectiblemente conducía a considerar la posibilidad de que existiera aquello. Y si aquello verdaderamente era todo lo que buscaba (como lo intuía, si bien no lo podía comprobar del todo pues la certeza es en si misma inalcanzable), había que hacer lo que fuera por descubrirlo.

Entonces brinqué de mi cama, apagué la televisión y lancé el control remoto por la ventana. Le dije a mi madre que no me esperara, que era como esperar a que volviera Jacques Costeau de entre los muertos: que nadie era tan huevón para esperar que alguien volviera del otro lado del charco. Ella automáticamente lloró, vaciló, me dijo que no me vaya. Yo no hice más que gritarle que ya me había ido; cerrando la reja metálica que daba a la calle, más allá del portón principal y de la puerta de vidrio: ¡ya me fui! le grité. Ella probablemente se quedó pensando en Jacques Costeau; yo me sentí un albatros que planeaba sobre las Islas Galápagos, gentilmente sobrevolando los peñascos, estratégicamente aproximándome poco a poco en perfecto sigilo: un albatros con la misión secreta de cagar el yate blanco como la nieve en el que se asolea Jacques Costeau, un albatros dulcemente escandiendo un gesto amargo de esperanza y bufa en blancas sílabas de caca sobre la oscura piedra volcánica y los nuevos lentes de sol de nuestro memorioso Jacques, siempre bronceado, sexy y de pelo cano, siempre en tanga azul marino. Lo que en ese instante me confirió de efectiva y apreciable libertad, entusiasmo, expedición, lo que fue al cabo positivo dado que no tenía idea de dónde iba ni de lo que me esperaba. Y sí que me esperaba mucho (como lo intuía, si bien no lo podía comprobar todavía).

El asunto es que iba descendiendo por una quebrada que se ahondaba en lo profundo del zócalo marino. La quebrada cortaba el mismo lomo de la placa de Nazca y se hendía como una cicatriz entre dos aristas gigantescas de barro, guijarros y musgo, desde el este hacia el oeste. Yo descendía por un camino rocoso y húmedo, descendía pausado por la ladera que se arrimaba al norte. El suelo estaba todo cubierto de restos de algas verdosas y de palabritas que crujían bajo el peso de mis pisadas. El sol quemaba y eso era extraño, porque en la ciudad de Lima y en la costa y las bahías que la rodean el sol no suele aparecer salvo en los meses de verano, y entonces incluso tímidamente. Esto era octubre y contra todo pronóstico el sol pujaba como un enano perverso, estreñido y sesudo, hacía las veces de un cíclope incisivo, se esforzaba y descendía sobre la ciudad y las costas y las bahías que la rodean, conseguía en efecto subir la temperatura. En consecuencia parecía elevarse un humo salobre desde las rocas y la mugre que recubría el suelo, normalmente acostumbradas al abrigo del agua. Todo parecía estar hirviendo o próximo a hervir, y del musgo y de las algas, de todas partes surgía este hedor pestilente, marciano y soez. El hedor tenía un sabor dulce, agridulce, un efecto intoxicante e inmediatamente narcótico. Entonces, no sé si temiendo perderme en algún nuevo placer o quizás buscando escapar de ese vaho venenoso, cambié de rumbo. Doblando hacia el norte comencé a trepar la ladera. Y la tarea fue dificilísima. El material suelto conjugado con la humedad habían convertido a la cuesta en poco menos que un tobogán. Para lograr avanzar había que patear y hundir el pie en la grava a cada paso, construyendo de este modo un peldaño temporal, abriendo un camino. Así, a pesar de la moderada distancia, sólo después de dos horas fui capaz de alcanzar la cima y el abra que separaba a la quebrada del resto del horizonte. Desde lo alto pude observar los alrededores con mayor claridad: no había nubes por ninguna parte. Podía ver claramente en todas direcciones. Hacia el norte, a unos 5 km, podía ver la gigantesca montaña que era la isla San Lorenzo; detrás de mí, otros tantos kilómetros en esa dirección estaba la península de Chorrillos. La luz solar atravesaba todo, iluminaba la atmósfera completamente, así impregnaba este paisaje lunar de apreciable vida y le confería a la realidad trastocada, en un sentido muy convencional, de un tinte Pop.

De pronto reconocí un yate. Miré hacia abajo: detenido sobre las rocas a unos 200 metros de la cima donde yo me situaba había quedado ligeramente de lado, varado entre unos peñascos filudos. El casco estaba astillado y quebrado, del lado de babor se veían profundas llagas y detrás de él corría un riachuelo de combustible. Sin embargo, a pesar de la zozobra evidente en la que estaba sumido, no parecía haberse detenido la fiesta en él. Decidí acercarme a él y empecé a bajar del otro lado del abra, adentrándome en otro espacio que ya no era un valle agreste sino que más bien parecía una distendida planicie cóncava, un bowl árido y perfumado. Me detuve a escasos metros de la embarcación.

Mi primera conclusión fue que esta tenía que ser la mejor fiesta que había visto en toda mi vida. Si bien el yate no era gigantesco, pues tendría a lo sumo 50 pies de eslora, lucía como una estrella –era totalmente blanco– y estaba todo cubierto de gente. Habría unas 40 personas en él y todas reían, brincaban, jugaban o conversaban, bailaban y brillaban, besaban, bebían de aquella forma en la que bebemos sólo cuando somos totalmente ignorantes de lo que sucede a nuestro alrededor. Luego estaban absolutamente felices, no había lugar a cuestión sobre aquello, y eso hacia perfecto sentido: los 40 embriagados que constituían la fiesta en ese bote de ningún modo sabían que el océano se había secado a su alrededor y que su yate, magnífico como era, estaba encallado en el fondo del mar.

Mi segunda conclusión fue que existía un secreto profundo pero mundano y solemne aunque seguramente satánico que yo desconocía y que se revelaba a casa instante en una forma extravagante, continuamente en la celebración que observaba, validándola, volviéndola maravillosa y entrañable. Se revelaba en los ojos endiablados de las mujeres y en las sonrisas sublimes de los hombres, o quizás en sus camisas abiertas que dejaban entrever sus pechos lampiños, en todo caso siempre sólo en cualquier parte de cualquiera de ellos, hombres y mujeres indistintamente, por ejemplo en sus ropas blancas y frescas o en las comisuras de sus labios al sonreír o en el brillo de sus dientes y en el reflejo negro de sus gafas al inclinar levemente la cabeza hacia atrás para beber un poco más de las amplias copas de cristal. Este secreto, por lo demás, jamás me sería revelado.

Mi tercera y última conclusión fue que la mujer delgada de pelo oscuro y ojos claros que me había visto acercarme poco a poco, que se había erguido y había caminado sin quitarme la mirada de encima hasta el borde de la cubierta, que no llevaba nada sobre la piel excepto un bikini naranja y minúsculo y que sonreía, que sostenía una copa de un líquido enrojecido y de apariencia deletérea, que me miraba ahora a los ojos y murmuraba desde sus labios algo que yo no entendía ni estaba seguro de que quisiera entender pero que quería pensar estaba dicho inglés, que bien podía estar siendo dicho en swahili, francés o rumano, que ella tenía que ser la encarnación irrefutable, la concreción misma de Kleopatra en el Pacífico. Y de pronto la mujer hizo así con la mano, así también con los brazos. Entendí que me invitaba a subir al bote. Trepé por la escalera trasera, caminé entre los invitados y me senté a su lado.

Empezamos hablando de objetos. Ella me preguntó qué me parecía el yate. Yo le dije que me parecía un yate bacán, pero que en líneas generales prefería los veleros. Me preguntó qué pensaba del tamaño de su yate. Le dije que ciertamente era un yate muy grande, que debía gastar mucha gasolina y que tras él debía quedar el agua del mar hedionda y aceitosa. Me sonrió, me dijo que su yate sólo tenía 49 pies y que había yates mucho más grandes, que había yates de 150 pies, por ejemplo. Yo le dije que eso me parecía increíble y que si era cierto, tenía que ser además alucinante. Ella me dijo que habría querido uno con el deck más amplio, pero que los impuestos eran una barbaridad en el Perú. Yo le dije que no sabía nada de eso, pero que seguramente era así porque alguien se hacía rico con ellos. Ella me dijo que era justamente eso, que en este país había mucha gente que se hacía rica con el dinero de otros y que robar sus impuestos era sólo uno de los muchos métodos que habían sido inventados. Yo asentí. Ella me dijo que a eso le llamaban economía de libre mercado y, por si lo dudaba, que era la más grande de todas las maravillas modernas. Yo asentí. Me dijo que todo servía para nada y que lo único que podía hacer uno, al fin y al cabo, era comprarse un yate lo más grande posible y pasarla en él bebiendo copas de este líquido enrojecido (que era hecho en Italia), tomando sol en el deck mientras electrocutaban personas en el SIN, todavía en el año 2009, y especialmente si morían policías en la selva. Yo sólo asentí.

Luego quiso que habláramos de películas. Yo no le quise hablar de películas y traté de asir su mano, pero la retiró sutilmente. Estaba sentada en un pequeño asiento de lona blanca y, muy recta, me miraba hablar, casi declamar. Entonces le dije que me gustaba Isaac Asimov. Recogió su pelo, lo sacó de su mejilla derecha y lo colocó detrás de su oreja. Me preguntó qué películas había hecho. Le dije que ninguna, pero que algunos de sus cuentos los habían hecho películas. Se acomodó los lentes; usando la mano izquierda extendió el dedo índice y con él empujó suavemente la parte de la montura que descansaba sobre su tabique. Me dijo que Asimov sonaba ruso. Asentí, le dije que en realidad era norteamericano, como Dick Cheney o como Arthur Miller, como D.W Griffith. Me dijo que le sonaba ruso, como Garry Kasparov o como León Tolstoi, como la palabra Perestroika. Me reí. Le gustó que riera: me dijo exagerando que le encantaba la palabra Perestroika, que Gorbachov era un genio. Tomó un sorbo de su copa y agregó –empero– que los rusos en general le aburrían. Yo le dije que había muy buena literatura rusa. Ella me dijo que en Rusia hacía demasiado frío. Yo le dije que eso era cierto. Ella me dijo que sólo había leído esa del Archipiélago Gulag. Le confesé que en ese caso la comprendía.

Después hablamos de perfumes. Yo le dije que mi olor preferido era el de los jazmines por las noches de verano, ese perfume esparcido por el aire cálido de aquella temporada. Ella me dijo que eso era muy maricón de mi parte y que su olor preferido era el de las madreselvas, si bien algunas noches era el de los floripondios, perfume que entraba por su ventana eventualmente y la drogaba por sorpresa y que por tanto la hacía feliz por sorpresa. Deduje que le encantaba que la tomen por sorpresa. Me corregí: le dije que mi olor preferido no era en realidad el de los jazmines, que eso la había dicho para encantarla, sino que mi olor preferido era el del agua clorada que se seca sobre la laja una tarde soleada junto a una piscina. Ella me dijo que eso sonaba muy bonito, como a cuento de Lewis Carroll, y que entonces me perdonaba por mentirle. Yo le dije que ella olía a fruta oscura, a madera rancia, a cueva mohosa donde están madurando un Gouda brutal. Ella me dijo que yo olía a sudor de bestia de carga, a cuero curtido y avellanas. Yo le dije que a eso a lo que olíamos le llamaban almizcle, que era una mezcla de sobaco y feromonas. Ella no lo comprendió.

Finalmente hablamos de viajes. Me preguntó a dónde iba. Le dije que iba en busca de dios. Me ordenó que no le mienta otra vez. Le dije que no le mentía, que sólo utilizaba una metáfora. Me pregunto a qué dios buscaba. Le dije que a uno borracho y redentor. Me dijo que ese dios no existía. Tomó de su copa. Me dijo que sólo había un dios y ese dios era macabro, aunque la verdad muy guapo. Le dije que debía tener razón. Me preguntó donde lo buscaría. Supuse que quizás le interesaría buscarlo también, en vista de que claramente su dios, si bien guapo, era macabro. Le dije que al otro lado del charco. Me dijo que eso era demasiado lejos para ir caminando, que quizás este charco no acabara jamás. Le dije que sí lo hacia, que tenía que hacerlo. Ella me dijo que no lo creía. Yo insistí en que ya estábamos muy viejos para cometer ese error. Puso cara de duda. Le dije que me compararían con Leif Ericsson y pondrían mi nombre en un colegio. Tomó un sorbo de su copa. Me aconsejó que en todo caso fuera en avión o me comprara una Jeep. Me reí. Puso cara de confusión. Me reí otra vez. Me dijo que no me burle. Me volví a reír. Entonces me dijo que era un papanatas. Yo le dije que la iba a amar para siempre. Entonces me propuso follar bajo cubierta.

¿Te parezco bonita? ¿Para qué te paras? ¿A dónde vas?

En una cabina el amor es como una burbuja. Fuera de ella el amor es muchas cosas más, todas esas cosas que siempre son dichas y que no nos detendremos a considerar esta vez. Porque dentro de una cabina, bajo una fiesta y después de una copa o dos o tres de un líquido enrojecido, el amor es sólo como una burbuja. No escapa y por tanto sofoca, abruma, se torna tibio, cálido, inevitablemente acaba volviéndose ardiente y fucsia como una estufa, se desata y es una granada tremebunda que nos envuelve y nos fulmina y finalmente nos absuelve. Esto, como todo lo que es maravilloso, es al cabo también violento, vejatorio, vertiginoso. Es decir que en una cabina no se ama bien: bien como se quiere en el campo, con el olor del arroyo y el perfume del heno ascendiendo por las fosas nasales; bien como se quiere en la playa, ventilados los cuerpos de los amantes por la brisa; bien como en un jardín, sobre la grama fresca, bajo la luz de las estrellas de cielo. Es decir que en una cabina se ama mal, como en un video amateur que buscas en Internet. Se ama sin foco y sin nitidez; sí se ama, pero el cuerpo de este amor está partido y perdido, cuadriculado en píxeles que le son insuficientes porque vuelven discreta una pasión irresponsable que de cualquier modo es continua, indivisible. Las tomas de este amor procaz son pobres, están de lado, están torcidas, tiemblan u oscilan al tiempo de los giros y saltos de los cuerpos excitados, a veces no incluyen en el cuadro lo más trascendente o pierden en un descuido el momento culminante de la faena. Los besos que corresponden a este amor son cortos, a lo menos son muy incómodos, a veces demasiado grandes para entregar la ternura suficiente, otras demasiado pequeños para connotar la voluptuosidad que está implícita en él. Es un amor que no tiene espacio para nada, que no atina a nada salvo culminar de cualquier modo, porque está hacinado y es bruto, porque para él la gravedad es un enemigo y eso le confiere una propiedad torpe y ensuciada. En él todo se hace demasiado rápido, quizás demasiado lento –entiéndase: se hace muy mal–, y así no es un amor para todos, claramente no es un amor popular, en realidad es un amor que pocos desean y que menos logran, pero es un amor que en esa hora, envuelto como por un hermoso y vulgar alicate en las piernas de Kleopatra, fue suficiente para mí.

¿Te gusto? ¿Te gusta mi pañuelo? ¿Do you fancy mon écharpe?

Después de acabar le dí un beso en los labios. Me erguí y vi su cuerpo blanco y desnudo y pequeño que permanecía inmóvil en el lecho. Se encogía en un ovillo tétrico, se protegía todavía de mí. Era pálido y daba la impresión de estar hecho de mármol, cubierto en un esmalte suntuoso y homogéneo. Estableciendo un contraste frío entre su piel y este, un pañuelo azulino le rodeaba el cuello. La cabina a la que habíamos entrado era un cilindro, una especie de cavidad de nave espacial o de cueva mal iluminada, un lugar contradictorio que en ese instante me daba la sensación de asemejarse a una cámara frigorífica. Habíamos entrado y habíamos terminado y yo me había erguido y allí estaba ella: inmóvil y etiquetada. Entonces, precisamente cuando lo noté, ese lindo pañuelo azulino le rodeaba el cuello todavía, le giraba alrededor del cuello como una horca. Yo pensé en una horca, en una ejecución y en una etiqueta, luego me sonreí. En ese mismo instante me empapó un olor a pez que había surgido súbitamente del cuerpo de ella, que había colmado instantáneamente la cabina como un gas, aunado a sus gritos unos minutos antes, contrapuesto a cualquier llanto, multiplicado por mis pasiones ya satisfechas. Me embebía, asimismo, un deseo puro, un estado puro de logro. Mientras me vestía, reconocí por la única claraboya que fuera duraba todavía la ceremonia. Aún bebían, reían, se besaban los invitados entre si. Los vi y me sonreí. Tomé asiento y pasaron unos minutos en perfecto silencio. Me dispuse a verla por segunda vez: estaba pálida como un muerto. ¿Dormía? Su nariz estaba plácida y su ceño estaba seco, su abdomen estaba lánguido, su ingle no se movía. ¿Dormía? Sólo la sien mantenía su color: una pequeña flor, tenía una pequeña flor escarlata descansando sobre la sien. ¿Dormía? Era difícil decirlo. Sus ojos estaban cerrados pero sentía que me miraban todavía.

¿A dónde vas? ¡Vete! ¿Qué es eso?

Estamos preparados para mucho menos de lo que nos sucede. Estamos preparados para todo lo que pensaron que nos iba a suceder, pero de pronto nos sucede mucho más de lo que pensaron. En eso consiste todo: en la sucesión azarosa de eventos para los que estamos y no preparados. De pronto salimos a la mar y nos suceden cosas que no nos debían suceder, que no estaba previsto que nos sucedieran. Por ejemplo, conocemos a una mujer y ella sonríe, lleva un bikini naranja, nos conduce a una cabina que es como una cámara frigorífica. Por ejemplo, bebemos demasiadas copas de un líquido enrojecido. En eso consiste todo: en la sucesión azarosa de eventos para los que estamos y no preparados y antes los cuales hacemos cualquier cosa: el ridículo, lo mejor, lo inimaginable. Y después es fácil. Después vagamos por las quebradas, descendemos desde la ciudad, paulatinamente hasta algo monumental o irrisorio que acumula la mierda o se asemeja a su verdadera esencia –que es divina– y más allá de lo cual, así lo esperamos, está lo que buscamos. Avanzamos entre hordas de caballas estacionadas en los lechos, entre hordas de caballas boquiabiertas que mueren en sus lechos. Si tenemos hambre, asesinamos a un tollo indefenso que ha descansado en cualquier cuesta, nos alimentamos de sus vísceras cartilaginosas. Al cabo, el sol sigue alto, a pesar de nuestros actos. Descendemos en otra quebrada: el musgo, el perfume narcótico de las algas rancias nos excita, nos detiene: nos confunde y propulsa. Alcanzamos un abra nueva: la claridad y el horizonte son todo lo que hay. Todo se repite y en algún lugar entre la espesura y la amplitud ambas, conjugadas, empiezan a diluir la memoria del viajante, otrora tenaz.

¡Dame un beso! ¿Cómo te llamas? ¿Quieres abrazarme?

Como les digo: sencillamente brinqué de mi cama y me despedí de mi madre. Ella trastabilló, lloró mientras yo partía. Hice como si no lo supiera, imaginé que su llanto estuviera demasiado callado y fuera inaudible. Salí y crucé la avenida El Ejercito, caminé unas cuadras y descendí por la cuesta hasta la playa desierta de Magdalena. Sintiéndome entrar en él, el mar se abrió. No se abrió en dos, como partido por una navaja. Ese fue el absurdo método de Moisés. Pobre viejo: maldito, senil y abigarrado. ¡La técnica avanzó tanto desde los tiempos de Moisés! El clarinete, ¡la bala!, el helado de vainilla, ¡la cámara fotográfica!, los implantes de silicona, la inteligencia artificial, el vinagre balsámico, ¡la pornografía!, el teléfono, la vida extraterrestre, el sistema ISO, las metanfetaminas, el borrador, ¡la fresa!, el sticker, la melancolía… Este mar se secó paulatinamente entre mis piernas, hacia mis piernas: como si toda la Bahía de Miraflores fuera una bañera y yo hubiera hundido en ella la boca de mi aspiradora.

¿Me quieres? ¡No te vayas! ¿Sabes francés?

No me parece descabellado el símil que compara un agujero negro con el portal de San Pedro, la puerta de entrada al infierno con el milagro cósmico.

Ella me cogió la mano y yo quiero decir que lo recuerdo bien. No lo recuerdo bien. Incluso puede no haber sucedido. Mi cassette es volátil, mi cassette es bastante frágil. Incluso mi cassette es particularmente creativo, bruto, propenso a la mentira. Pero aún así recuerdo, creo recordar que ella me cogió la mano y que entonces yo me sentí efectivamente en cuarto de primaria. Había pensado en aquella costumbre que solía tener en cuarto de primaria: cómo solía agarrar un cassette viejo (digamos que uno de Roxette o uno de los New Kids On The Block), sostenerlo por la cinta magnética, marrón oscura, un poco ocre, soltarlo por la ventana dejando que cayera en la pista y rebotara y se fuera estirando así la cinta, alejándose el cassette hasta quedar toda ella fuera del cuerpecito de plástico donde antes se enrollaba, alargándose hasta dejar 50 metros de cinta colgando detrás, enganchada por un lado a uno de mis dedos y por el otro la cinta extendida como una cola detrás del carro, oscilando y brincando por toda la Javier Prado. Estaba pensando en eso –al mismo tiempo en mi cassette metafórico y en los cassettes tangibles que utilizaba para arrastrar detrás de los autos cuando tenía 10 años– cuando pensé que podría no recordar esto después. Pensé incluso que debía ser mentira, que esta realidad era demasiado pobre. Porque debimos haber estado por lo menos besándonos y era lo que yo habría querido y no lo había intentado porque sabía que ella no podía, que no habría podido, y entonces no había hecho nada más que permanecer sentado, más que ver la noche azul pasar por la ventana del taxi, más que fabular sobre cassettes de plástico y la memoria –que es tan frágil– mientras cruzábamos Barranco, después un poco de Miraflores. Y entonces en un momento que ahora es como una nube incierta de polvo, cálida temperatura y deseo –como el contenido de un cassette que va colgando detrás de un auto en la Javier Prado cuando tienes diez años y ya los has arrastrado feliz durante 8 cuadras, hasta que de pronto la cinta magnética se rompe y lo pierdes para siempre– ella extendió su mano tímidamente hasta la mía, la cogió y la colocó, envuelta todavía en la suya, junto a su pierna. Quizás no es cierto, pero así es como lo recuerdo.

He agonizado 5 años en esta habitación azul. Y no hubiera sido lo mismo –no hubiera sido tan entretenido, ebrio y espantoso– si ella hubiera sido roja, aún si hubiera sido negra.

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Mientras agonizo, entra mi madre a la habitación y se detiene a mi lado. Estoy echado en mi cama agonizando todavía y he puesto La Ventana Indiscreta en el DVD. Mi madre me mira y yo miro La Ventana Indiscreta y ella se resiente porque no la miro y yo siento que no puedo hacer nada, porque mi madre me quiere muchísimo y yo sólo la quiero mucho, que es bastante pero no es tanto como muchísimo, como ella me quiere a mí. Entonces sigo viendo La Ventana Indiscreta. La veo y de pronto Hitchcock es mi amigo personal, mi amigo de toda la vida; Grace Kelly, toda ella y maravilla, se convierte en mi mujer, en mi amante sensual, que me besa y que come voluptuosos chocolates y que después me vuelve a besar llenando mi boca del sabor de sus labios y del amargo del chocolate. Así me distraigo, estoy soñando mientras las imágenes pasan: estoy viendo aún el DVD y mi madre me dice ¿qué te está pasando hijo? Le digo son las noches mamá, son los días que las suceden, le digo es la ausencia mamá, que persiste en mí como una cueva maldita, suspiro: es la monstruosa cantidad de armonía que no me alcanza.

Mientras agonizo, aparece una mujer completamente perfecta. Tiene el ceño fruncido. Tiene los ojos redondos y obscuros y luminosos. Tiene las tetas pequeñas. Tiene los labios púrpuras. Tiene orejas. Lleva una chompa, lleva una falda. Lleva unas sandalias altas que podría sustituirle por botas, no esas botas peludas y ceñidas sino esas botas brillantes y un poco holgadas y de preferencia negras. Tiene el pelo lacio y largo y oscuro. Yo leo su mente, sé que está indignada conmigo. Pero la leo sin mirarla, porque quiero joderla todavía. La leo sin mirarla y en cambio miro la tele: miro La Ventana Indiscreta y ella se resiente porque no la miro a ella y porque piensa que me gustan las rubias más que ella. No lo sabe, aún ella no sabe que es la mujer más hermosa del mundo. Entonces yo continúo leyendo su mente y presiento que está a punto de llorar. Pero no la miro ni siquiera entonces (no la he visto directamente a los ojos en 5 años). Casi insisto en que llore, de algún modo quiero ver a la mujer más hermosa del mundo llorando para mí. Me dice ¿por qué nunca me dijiste que me querías? No le respondo.

Mientras agonizo, viene el mismo William Faulkner a increparme el plagio. Yo lo miro riendo, pues también él es culpable. Aprovecho para preguntarle si es amigo de Henry James allá en el cielo. Me dice que no, que prefiere pasar las tardes con La Rochefoucauld, me dice que en el cielo las tardes son muy largas y calurosas, que Dios es un bribón o un papanatas y no sabe nada de ventilación. Me dice que en el cielo hay una gran orbe y que por las tardes todos caminan hasta la gran orbe dorada –incluidos el bribón de Dios y Henry James–, todos menos él y François de La Rochefoucauld, que invierten ese tiempo en estudiar ingeniería mecánica por correspondencia, que buscan implementar Central Cooling en el cielo. Confundido, le pregunto después si al menos es amigo de Eliot, que Eliot tiene un poema muy bueno en que menciona a su amigo francés y que de repente por ahí se han conocido. Él me dice que no, que Eliot está en el infierno y que La Rochefoucauld se caga en él y Dios también y que incluso él también se caga en Eliot. Entonces yo le escupo, como quien comienza una guerra, y él me escupe de vuelta. Nos sonreímos y nos escupimos unas horas: es una perfecta batalla intelectual de flemas y miradas. Finalmente me dice ¿por qué no has leído mis libros? Le explico que he leído a muy pocos, le digo no lo sé, hay demasiadas cosas aburridas en el mundo, tan fuertes… ¡yo no sé!




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