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Son la 1 de la tarde y me he despertado sumido en la pura mierda: incapaz de dormir, incapaz de masturbarme e incapaz de soñar (que no es lo mismo que dormir). No puedo moverme -no quiero moverme- y, para ser sinceros, podría también omitir existir, en un sentido muy silvestre, como lo diría alguien que está siendo obligado a ver Candy.

Algunas veces nos propulsa la parálisis. Hoy por hoy, estoy detenido. pero detenido estoy moviéndome y soy capaz al mismo tiempo de caminar, quizás incluso de pensar. Pensando -creyendo que pienso- me he parado de mi cama y he ido hacia la sala. He ido hasta mi padre, interrumpido el almuerzo familiar, lo he mirado, le he dicho papá, no quiero ser nunca como tú. Le he dicho que quiero ser un coquero, que quiero ser libre, que quiero ser actor porno, que sólo quiero hacer el amor horas de horas cada noche y que eso se contrapone totalmente a ser como él.

Mi papá me ha dicho algo, pero ya no lo he podido oír. Parado en la sala, con mucho frío y oliendo a cigarros, entonces solamente puedo pensar que quiero ser un coquero, que quiero ser libre, que quiero ser actor porno, que sólo quiero hacer el amor horas de horas cada noche y que eso se contrapone totalmente a ser quien soy.

Entonces yo lo interrumpo.

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No me gustan los subterráneos, si bien decirlo así –tan llanamente– quizás sea un exceso, un poco una licencia, el desvarío que me permito una noche de domingo satisfecho y sin melancolía, sin mayores deseos que aquellos de volver a mi casa, hasta mi casa y mi cama y mi water, a mi espacio en otra ciudad desde esta ciudad que todavía me parece tan abrumadoramente seca como cuando llegué a ella. Y seca no por la gente, que es ocasionalmente jovial y me ha extendido ya algunos cariños desprendidos, seca sólo por la ausencia de vapor en su aire y la textura crujiente que le ha dado a mis labios otrora húmedos, ávidos, pringosos.

Porque definitivamente sí me atraen los subterráneos, extensos y esbeltos, me atraen como magnetos poco iluminados, como el olor de la saliva seca sobre la piel entibiada, especialmente alrededor de la zona inguinal, y como los brazos… los brazos largos o cortos que pueden o no abrazarme (y que para mi satisfacción el mayor número de las veces no lo hacen). Por lo menos estoy seguro de que me gustó el Subway. Subí muchísimas veces al Subway en Manhattan, desde la 81 hasta todas partes y siempre de vuelta a la 81. Adicionalmente tengo el presentimiento de que me gustaría el Underground y con demasiada certeza sé que me gustará el Métro.

Todavía no los conocí. (Tantas cosas todavía no las conocí.)

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Es así que subí al avión. Pensando en esto subí al avión de LAN que me dejaría en Ezeiza. Soñando con ir en Subte, escurrido y somnoliento. Y ya han pasado dos semanas desde que he subido al avión en el Jorge Chávez y esta es mi última noche en Buenos Aires y he ido muchísimo en Subte y sí deseo irme y no deseo extraviarme en el Subte para siempre. No quisiera dar esa idea. Menos deseo ya besar a la argentina más linda de todas y contagiarme de gripe, menos ya arrojarme a las vías del tren, muy a lo Luis Hernández.

Les he mentido a mis amigos, en una estación bajo la 9 de Julio, con el ceño trémulo a estas vías se lanzó un poeta chileno. Han puesto cara de sorpresa, terror, y me ha hecho gracia.

Sencillamente espero ahora encontrarme –donde sea, cuando sea–, quizás encontrar a otros también. Después reproducirme. Espero acumular un número siempre creciente de personas, agregarme a ellos y beber sus almas. Y no ha habido poco de todo eso en estas gratas vacaciones.

Pensando en morir había subido a ese avión. Creo que no por un extremo ánimo fatalista, sino sólo por un convencional ánimo convencionalista. Pero subí a ese avión y unas horas después dejé de pensar en morir en el Subte y más bien pensé en robar de cada quien todo lo que pudiera. Me pareció mucho más lucrativo, constructivo, que no son cosas tan diferentes. Eliot dijo alguna vez, más o menos, inmature artists imitate, mature artists steal.

El avión era un típico Airbus y eso no me sorprendió. A mi lado había un argentino, lo pude deducir por su peinado a lo Caniggia y la delatora y misteriosamente gruesa biografía de Hernán Crespo que revisaba abstraído. Eso tampoco me sorprendió. Y así, poco sorprendido, me dispuse a dormir, dormir para luego aterrizar y vivir unos días gloriosos y al cabo morir extraviado en el Subte.

Pero entonces me desperté: había oído una tos. Cabeceé… la volví a oír. ¿Podría concretar tan pronto mis planes?… Reconocí que venía del asiento inmediatamente adelante del mío. Quise investigar: ¿qué tenía a la vista? Sólo podía ver una cabellera rubia, luminosa, lacia, que por el largo ciertamente parecía de mujer. Un estornudo, me agaché: ¿qué podía ver? Sólo unas zapatillas Nike, unas botitas altas Nike que no había visto antes nunca y que me hicieron recordar a las de Back to the future. Después más estornudos, muchos de ellos. Con cada uno, la lacia cabellera rubia saltaba hacia delante: se elevaba un poco del respaldar. Con el más fuerte la cabellera se alzó demasiado y la almohada sobre la que descansaba cayó hacia la izquierda, en medio del pasillo.

La ví: la almohada blanca que decía LAN en letras azules estaba sola en el medio del pasillo y yo, sin pensarlo demasiado, salté hasta el medio del pasillo y la recogí del suelo, la volví mía. Bastante confundida, la cabellera se concretó en un perfil, luego en una chica rubia y pálida de unos 20 años que buscaba su almohada en el pasillo. Mientras sostenía la almohada ligera contra mi pecho, mirándola buscar el objeto extraviado y sin percatarse de que yo la había robado, comprendí que se prefiguraba un viaje muy distinto al que había esperado.

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Puedo ensayar ahora una frase totalizante y huachafa. Diré, quizás, como quien proclama algo determinante:

La realidad es más corta que la ficción, que es la consecuencia ineludible de la imaginación, que es un hábito de la ansiedad.

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Me voy a fin de mes a Buenos Aires por unos días. No conozco Buenos Aires y quizás me voy por demasiados días, aunque el tío Héctor, una de esas personas a quien oigo mucho y no por eso menos selectivamente, me ha dicho que tal cosa no existe, que entre los cafés, las librerías, los lugares para escuchar tango y las mujeres, tal cosa sencillamente no existe. Luciana viene también y me ha dicho que vamos a tener que vacunarnos contra la influenza.

Juan, la cosa está de locos por allá me ha dicho Luciana, la otra anoche por messenger.

Yo le he dicho que no hace ninguna diferencia, que si nos enfermamos nos enfermaremos, que si me enfermo me enfermaré y probablemente ella también y que no estoy dispuesto a limitar o para tal caso delimitar mi diversión para impedirlo, todavía menos a viajar con una mascarilla, que mejor me muero -literalmente- antes de viajar con una mascarilla en el avión, que antes me hago creyente (y exploto todo los beneficios que aquello tiene, de los cuales hoy no disfruto) que transitar por el Jorge Chávez o por Ezeiza en mascarilla.

Sencillamente no quiero usar una mascarilla, y esa es sólo la más obvia y menos vulgar de todas las formas en las que no deseo cuidarme, y esa es la razón por la que la menciono: me permite ser claro. Este es uno de los pocos -pero tajantes- casos en que la vergüenza sobrepasa en mí al instinto de supervivencia.

Y pienso en nuestras noches allá y me imagino que Dora nos va a llevar a lugares oscuros o iluminados, cuadrangulares o intricados, silenciosos o ruidosos, descubiertos o cerrados, es decir lugares muy parecidos a los que frecuento en Lima, muy parecidos aunque transitados por lindas argentinas con tos. No me preocupa demasiado. Al final, no quiero nada con ninguna. Ando descubriendo que soy más bien adverso al contacto físico. Mentiría si dijera que siempre me gusta besar o que siempre quiero tirar, casi nunca sino sólo en las pocas ocasiones que realmente lo deseo, pero incluso entonces también me ha resultado ocasionalmente engorroso.

En fin: le he contado esto a Luciana y Luciana me ha dicho el problema es que los argentinos son unos insolentes, no te dan mucha opción.




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