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1

Jorge y Sandra se sientan en una mesa del restaurante, uno en ángulo recto del otro. A este tiempo, cuando han terminado ya de comer el postre, se encuentran callados los dos.

Sandra cruza las piernas, mantiene derecha la espalda y apoya un antebrazo sobre el borde de la mesa. Frente a ella, en un plato pequeño quedan sólo restos, trozos amontonados de un chocolate oscuro. Por un tiempo Sandra pareció estar congelada, detenida en los trozos de chocolate, pero ahora despierta, mira en dirección a Jorge un instante y fuma con ansiedad. Sin quererlo, hace una línea horizontal con los labios.

Jorge mira detenidamente a Sandra, tiene los ojos puestos en la complexión morena, delicada de Sandra. Tiene los ojos en sus hombros caídos pero tenaces, están descubiertos esta noche, tiene los ojos en su nariz estrecha y levemente corva, fina y pura, cómo se frunce involuntariamente cuando ella toma lo último de la taza de té, cómo, desde el leve perfil que tiene él sobre su rostro esbelto, se la ve con ella roma y serena. Jorge tiene también sus ojos sobre las tetas de Sandra, alrededor de su cintura alta y delgada, en sus ojos oscuros. Tal si fueran dos frutas, las tetas pequeñas de Sandra lo excitan. Quedando escondidas bajo la blusa holgada, por poco y desaparecen: sugieren un pecho plano y amplio. Luego Jorge nota aquella cintura, es menuda y elegante, es deliciosa, está sostenida con una sencilla correa de cuero beige y da paso a las caderas angostas y las piernas largas. Piensa: más largas quizás bajo el pantalón ceñido que lleva Sandra esta noche.

El mozo se acerca a la mesa, inclina la jarra de vidrio y vierte agua en el vaso alto que se posa junto a la mano derecha de Jorge, en este lapso quieta sobre el mantel, pero Sandra rápidamente hace una venia. No puede soportarlo. ¿Qué cosa?

El mozo se detiene, ofrece un gesto sencillo y parte sin haber logrado su cometido. Vuelven a quedar en silencio.

2

Ahora, cuando la mira, si Jorge pudiera decir algo acerca de Sandra, si Jorge pudiera decir sólo una cosa que resumiera todo lo que, en buena parte, le nace del estómago, Jorge diría: mierda Sandra, qué bonitas son tus tetas.

Ha pasado toda la tarde pensando en ella. Repasó la imagen que lleva consigo de ella. Se preparó el café de la tarde, quedó después parado en el balcón de la oficina, impertérrito, mirando la avenida que corría más abajo. Le pareció que la avenida era un intestino parlanchín. Luego fue que Mónica lo llamó a conversar. Pero antes estuvo 10 minutos parado en el balcón, inamovible, admirando el ventoso intestino atiborrado con autos. Repasa ahora ese momento. Recuerda aquello y la verdad, quisiera pensar que sabe recordarla siempre con esa sensación parecida al contento que ahora siente cuando la tiene a 1 metro de distancia, esa franca sensación con la que se recuerdan pocas cosas y todavía menos personas. Pero no siempre la recuerda del mismo modo. Principalmente, si se lo preguntaran, diría que el recuerdo de Sandra es más bien un espejismo. Y este espejismo, agregaría con un ademán similar al que alguien mantiene cuando está constipado, dependiendo de las circunstancias… ¡dependiendo de las circunstancias se convierte en cualquier huevada! Sí, en cualquier cosa, afirmaría. ¿Como qué cosa?

Por ejemplo, piensa, está la segunda ocasión en que se vieron. Se habían conocido en un bar, el invierno pasado. De hecho, los presentó una amiga en común. Esforzándose, Jorge recuerda ahora que bailaron un momento, quizás dos o tres canciones, pero luego no recuerda nada más de aquella noche. La siguiente vez se cruzaron en una calle de Miraflores. Sandra siempre se lo imputa. Le dice que es un huevón. Él caminaba y ella estaba parada en una esquina, sola como un hongo. Jorge siguió caminando de largo y ella quedó parada. Sola como un hongo, le repite cada vez. Él hablaba por teléfono. Ella lo saludó, agitó la mano unos segundos en el aire; se comió su orgullo, se esforzó: lo saludó. Por un momento se miraron, pero Jorge no recuerda la imagen de esa extraña con pelo de loca, de esa flaca con los hombros desbaratados, de esa sonrisa con la nariz obtusa que lo saludaba. Sólo sabe, está seguro de que la habrá visto con los ojos vacíos, con los mismos ojos vacíos que se ponen cada vez cuando nada de lo que se mira enciende la vista. Hasta ese momento ni se acordaba de haber bailado con ella.

¡Es un huevón!: ella todavía se lo saca en cara. Luego siempre se ríe, se ríen los dos. Y es cierto, piensa, es cierto que es un huevón, pero también es cierto que ha pasado toda la tarde pensando en ella, algunos momentos incluso mientras tomaba café y admiraba desde la terraza el intestino coprolálico, los cláxones zafados, los buses inclinados, cuando se burlaba a solas de la mendiga que llora todas las tardes en la misma esquina y de la gente que cruza la calle a buscarla, presos de quién sabe qué clase de culpas. Y es cierto, piensa, asimismo es cierto que ahora todo no importa un carajo. No es la primera tarde que lo hace. Sí, no es la primera vez que sucede.

Ha meditado lo que debe de hacer mañana. Entre lo que debe hacer, a deslindado entre lo que quiere hacer y puede Sandra saber, ha contrapuesto a esto todo aquello que Sandra jamás podría entender. En suma, no sabe qué chucha hacer. Piensa: esto es un maldito embrollo. ¿Qué carajo? Antes no era así. Antes las cosas fluían, casi líquidas a través de los tractos. Antes podía decir todo lo que quería. Ahora procura ser más prudente. Ahora suele meterse la lengua en lo profundo del culo. ¿Es que esa es una forma de evitarlo todo? Hacerse el cojudo, como le gusta decir, ¿tal es la clave? Triunfar en este mundo, al mismo tiempo inocente y follador… eso sólo puede depender de cuánto uno es capaz de hacerse el cojudo. Lo ha comprobado a cada instante. Por eso ahora, cuando está ella sentada a su izquierda, no piensa en todo lo que debería decirle si no en todo lo que no puede decirle. ¿Qué mierda puede decirle a estas alturas? Ni siquiera a ella. Ya es vano elaborar. Lo sabe. Ya es vano prevenir. También lo sabe. Su única misión es confundirla.

Sandra prende un fósforo y enciende otro cigarro. Esta quieta aún, con las piernas cruzadas. No cambia las piernas de posición. Nada de dejarse llevar, qué huevadas. El cerquillo perfecto cae sobre su rostro cansado. Ella siempre está quieta. Mira hacia abajo, mira los trozos de chocolate: Sandra nunca te mira a los ojos cuando piensa. ¿En qué mierda piensa? Sus piernas están quietas. Ahora inhala la primera pitada y un segundo después exhala el humo en toda su cara. ¡Pof! Pretende ahogarlo con el aliento coqueto y pánfilo. A través de la nube opaca, Jorge la ignora y llama al mozo. Ella lo detesta por no hacerle caso (por no ahogarse, quizás). Él quiere ordenar la cuenta, pero antes pide otra taza de café. Largo, sin azúcar.

En cualquier caso, piensa Jorge, prefiere algo de sosiego. ¡Prefiere una puta poca de libertad! Sí, cualquier cosa es mejor que empezar con Sandra. Todo lo que ya sabe… ¿qué pasaría? Lo imagina claramente. Recuerda en ese momento a Mariana. ¿Que podría pasar? Digamos, si no le importara, si le dijera ahora mismo a Sandra lo que está pensando: mierda Sandra, qué bonitas son tus tetas. Así nomás. Sin huevadas. Esto es lo que piensa que pasaría: piensa que Sandra abriría la boca tanto como una ballena, tanto como la ballena que se tragó a Jonás, ¡como Moby Dick!, sí, por un instante muy pequeño su boca con labios delgados formaría una cueva negra y cálida, y esa cueva sería el lugar por donde podría entrar todo lo demás que quisiera decirle. Él tendría que ser Ahab y embutirla, él tendría que decirle. ¿Pero qué debería decirle?

Lo piensa una vez más: mierda Sandra, qué bonitas son tus tetas. Muy rápido. Y se abriría la cueva. Y daría el salto. Y lanzaría todo allí dentro de cualquier manera. Se acabaría el problema. De inmediato, antes de que pudiera reaccionar: Sandra, y qué bonito, también, mierda, tu pelo. Sandra: tu pelo renegrido y desordenado, que cae sobre tu rostro apaciblemente como si no le importara hacerlo hoy o mañana, como si lo hubieran cortado con una escuadra, este pelo tuyo, con una bacinica, carajo, muy recto, es duro a pesar de tu sonrisa, tu pelo Sandra, que se recoge alrededor de tu cuello esta noche. Sandra, tu cuello es largo y fuerte, de pajarraco. Sandra: tu pelo… o es que quiero decir tus tetas. Me he confundido. Deben ser tus tetas. Quizás tu cuello y tus tetas. Tus piernas. Pareces una gitana. Sandra: tus tetas bonitas me confunden. Sandra: ¿quién eres? Con tu pelo, a veces creo que eres cualquiera. Sandra: ¿cuál de las dos?

3

Y si dijera todo esto, ¿qué pasaría después? Jorge lo evalúa. Mientras tanto arriba el segundo café. El mozo aparece sigilosamente y lo coloca sobre la mesa. De inmediato se difumina desde él un humor ácido, algo como la sensación de estar totalmente alerta. Al principio no lo notan. Luego una cortina delgada y blanquecina asciende de la taza caliente y se atraviesa por el medio de la mesa vibrando, parece que bailara, separándolos un momento. Todo aparece más tranquilo. Permanecen en silencio. Ahora Jorge cierra un segundo los ojos. Siente primero cómo la temperatura baja. Aún con los ojos cerrados, rodea la taza de café con las manos. La temperatura baja conforme avanza la noche y en este momento Jorge es capaz de sentirlo. Sus manos están tibias. Al tiempo que sostiene la taza y cuando sus oídos están agudísimos, cuando cree que oye con sus oídos la manera dulce con que los labios de Sandra se ciernen sobre el filtro del cigarro, amablemente, de pronto lo comprende. De pronto bien sabe lo que pasaría. Si hablara, tras cerrar la cueva, tras poner una de sus sonrisas cándidas, ya sabe lo que pasaría. Ella se reiría. Eso es todo. Es decir nada, pero ya no importa. Ya no lo diría. Así que es vano imaginarlo. Jorge no lo diría. De cualquier modo, Jorge abre los ojos y efectivamente no dice nada.

Tras dejar el café, el mozo no se ha movido. Perfecto, sigue sobre su mismo lugar. Gesticula con modulación y aplomo: el mozo les habla. Ahora procuran oírlo. Se dirige a los dos. El mozo les pregunta si desean algo más. Jorge le dice que no, con una rotunda seguridad de la que pronto se arrepentirá. Sandra gruñe como una hiena. Es decir, en realidad nadie sabe si gruñe o se ríe. Mientras tanto, el mozo no se mueve y voltea un momento hacia ella. Incomodado, Jorge le pregunta si él desea algo más. El mozo no entiende y casi pone cara de indignación. Por ser cordial, sonríe. Jorge le dice que no es necesario que se ría si la broma que él ha hecho no le hizo gracia. Ya está bastante acostumbrado. Suele hacer bromas en diversos lugares. Hace poco, y que no lo dude, hizo una broma en el peor de todos los lugares. ¡Vaya usted a saber lo que pasó! El mozo hace un ademán con los hombros y permanece perfecto, todavía sin sonreír. Jorge le dice que él solo está tratando de ser sincero. Él le responde que no es necesario que se preocupe. Jorge le responde que no sería necesario si él no estuviera tanto tiempo con ellos. Agrega, sorprendido por la indolencia del hombre, que ni se ríe, ni se ofende, ni se mueve, que le ha gustado mucho el lugar. El mozo le da las gracias, pero todavía no da un paso. Entonces Jorge se enfurece: le pregunta si es cojudo o qué. ¿Qué mierda le pasa, no se da cuenta de que están conversando?

Algunos segundos después, el mozo se mantiene quieto, quieto y digno como una prócer de bronce. Jorge lo analiza. Pronto repite la pregunta, esta vez con un tono alto, alargado e increpante que instantáneamente denota una afrenta. El mozo le indica que el señor está siendo irrespetuoso con los otros clientes, que por favor baje el volumen y mantenga la compostura. Jorge le solicita al mozo su nombre. El mozo se llama Pedro. Pues entonces Jorge le explica a Pedro que se está pasando de pendejo. Bebe un trago de agua y deja ahora el vaso vacío. Pedro trae la jarra hasta colocarla muy cerca de la nariz de Jorge –todo este tiempo la ha mantenido en la mano derecha, como un arma que en cualquier momento puede caer y reventarse sobre la sien, la frente de Jorge– y rellena el vaso. Jorge se lo agradece y sus ojos titilan. Sandra echa un suspiro, pero esto todavía no ha terminado: echa un segundo suspiro. Es el suspiro de una hiena, piensa Pedro. De inmediato le comunica a Sandra que no quiere molestar a la señorita. Jorge interrumpe, le dice que entonces no sea tan cojudo y se deje de joder, por la puta madre. Pedro toma cartas en el asunto; le informa que, en cualquier caso, el cojudo es él. Jorge sin lugar a dudas no le cree. Sandra se ríe y empieza a dudar. Jorge le dice a Pedro que por favor se retire. Pedro aún no se mueve. Permanece quieto y digno, digno y quieto como si fuera un prócer de bronce tomando el sol en una plazoleta de verano. Ahora Sandra, súbitamente, le cree a Pedro: Jorge debe ser un cojudo, ¡eso lo explica todo! Jorge le dice a Pedro que traiga la cuenta. Pedro le consulta si pagará con boleta o factura. Jorge se demora automáticamente. Sandra le dice al mozo que se volverá viejo esperando: Jorge es un cojudo. Jorge se ríe estupefacto. Pedro se ríe con disimulo. Jorge para de reír unos pocos segundos después de que Pedro empieza a reír. Le dice que pagará con boleta. Pedro asiente. Jorge lo apura con la mirada. Pedro le pregunta si al señor le incomoda su presencia. Jorge asiente. Pedro le replica que en ese caso…

4

Inmóvil, Sandra no lo puede creer. Está cojuda, no sabe qué hacer. No sabe nadie en este mundo –o casi nadie, todavía, piensa al tiempo que enciende el tercer cigarro– no sabe nadie lo que está pasando. ¿En que sentido? En uno muy general, responde para si misma, en uno tan vasto como el calzón de una gorda.

Quizás se siente confundida. ¡Eso es! Quizás no lo puede soportar. ¡Qué día!: estuvo por la mañana en la piscina, atando cabos. Nadó 1000 metros. Nadó muy lentamente. Primero 20 piscinas en estilo libre, después 10 en estilo espalda, finalmente 10 más de cualquier manera. Casi no lo recuerda. Los primeros minutos se sintió vigorosa, sintió como se estiraba su cuerpo con cada trecho. Luego se dio cuenta de que no ataba nada, cayó en recuerdos y dudas, tragó el agua tibia, sintió que se ahogaba, abrió los ojos, el cloro se escurrió en ellos y finalmente se agotó. Tras descansar un momento en el camerino, almorzó con Lucía en una cafetería en Barranco, cerca del mercado. Lucía pidió una tortilla de pato; ella un jugo de plátano con naranja y una butifarra con salsa Golf. Después de atender unos asuntos, compró un atado de apio y algunos tomates, trepó en su auto y condujo lentamente.

Cuando iba por la playa le pareció que la resolana era extraña esa tarde. Caía la luz angulosa sobre la parte delantera de su auto negro y el reflejo, que llegaba a sus retinas disminuido por los lentes para conducir, impregnaba los alrededores de una fantasmagoría que sólo hubiera podido describir como viscosa y difuminada. Miraba atenta a su alrededor: el mar estaba verde, la marea estaba baja y las olas rompían contra la arena gruesa sorbiéndola con un ruido de alud, tornándose marrones hacia el final, pero sin alcanzar los cantos que recubren la orilla. Por toda la Costa Verde no iban muchos autos. Todo le pareció ilusorio, casi campestre; se sintió alelada y esto la condujo hasta un sopor dulce y pretérito. Al llegar a su departamento, se quitó la camisa, cogió la manta y cayó rendida en el sofá de la sala.

Se bañó 30 o 40 minutos. Mariana la despertó, hablaron un momento por teléfono. Ya había llegado a Chiclayo y tenía muchísimo que contarle. Luego se desnudó y el agua caliente corrió por su espalda y por su pecho amplio. Haciendo un hilo tenue por el medio de sus senos, cayendo veloz, reptando su cuerpo, el chorro espumoso rondó su ombligo. Después de inundar el ombligo, colmó su pubis. En la hermosa maraña de matices de rosa, la breve curvatura, la protuberancia que se asemeja al buche de un ave, entre los vellos gruesos y humorosos, la espuma corrió hasta las ingles y hasta los tobillos por el interior de las piernas delgadas de Sandra. Ella se inclinó de súbito hacia atrás para asirse de la alcachofa, apretó el vientre: los ojos se le habían cerrado por las chispas que tocaron su cornea. Pensó que en este momento todo estaba muy bien. Sus nalgas prensadas, entonces arrugadas y tiesas, la sostuvieron en esa posición un minuto.

Antes Mariana le dijo que ya era tiempo. Hoy se lo repitió. Conversaron un momento después de que Mariana llegó a Chiclayo. Cuando se cepillaba el pelo, Sandra pensó que estaba de acuerdo con Mariana. De pronto, le resultó difícil decidir si es que aquella noche se dejaría el cerquillo o si se amarraría el pelo hacia atrás.

Nunca había contemplado, en estricta realidad, la posibilidad de dirigir cabalmente su vida. Jorge se lo había dicho desde el principio. Desde que Sandra podía recordar, siempre había creído que iba por un camino amplio y que uno no podía divisar las orillas del camino, es decir, que si en efecto existían las reglas –aunque eso en si mismo le parecía debatible–, no era competencia de uno preocuparse por ellas. No por eso dejaba de creer que existiera un camino, era sólo que a diferencia de tantos ella no creía realmente que uno pudiera hacer mucho o demasiado por conducir a lo largo de él. Cuando algunos creían que el camino era una carretera angosta, la curva más cerrada del abismo de Pasamayo donde, si uno erraba, caería hasta lo más negro de la infamia, ella vivía como si comandara a sus anchas –fumando y candelejona– una chancha canoa por el río Amazonas. El efecto que esto tenía en su capacidad para tomar decisiones, a la luz de cualquier ciudadano sensato, era malditamente pasmoso. Jorge no la podía entender: o bien acometía las cuestiones mas serias como si fueran sonseras, putas nimiedades, o bien confundía las más inocentes minucias con las disquisiciones supremas. En cualquier caso, era cuestión de que creyera que lo que en ese instante decidía afectaría francamente su vida para que no decidiera absolutamente nada.

Intentó numerosas veces. Trajo su pelo adelante, lo peinó, lo arregló, lo jaló todo otra vez hasta atrás, lo sostuvo con ambas manos y giro de perfil, se miró un momento y lo dejó caer otra vez. La nariz, los labios juntos… creyó que no estaba preparada.

La otra noche Mariana le dijo que se podían ir de viaje. Después de todo, ambas tenían vacaciones. En el Norte hacía calor. Podían conducir hasta donde quisieran. No era temporada alta, no era necesario planificar y podían salir cualquier día. Si querían, podía salir mañana mismo. Dormirían temprano cualquier noche. Se levantarían a las 6 de la mañana. A las 8 ya habrían abandonado cómodamente la ciudad, podrían desayunar en cualquier restaurante de la carretera. Cuando oscureciera, estarían ya muy lejos. Ahora Sandra se imaginó ir con Mariana más allá de donde había llegado antes (el hecho vergonzoso era que en su vida sólo había llegado hasta Barranca). Odió el frío de la ciudad. Sintió un desprecio nuevo por la neblina que recubría toda la bahía. Quiso ver más allá. Abrió la ventana y el vapor que colmaba el cuarto de baño se desprendió desde el tercer piso: como un vomito cálido se vertió desde el tercer piso sobre el parque helado, alcanzó las bancas de madera donde el agua de la llovizna de la tarde permanecía todavía impregnada con el tinte dulce del óxido. Entonces el aire fresco entró para suplir el espacio que dejaba vacío el vapor y le colmó los pulmones con un puñetazo.

Se despertó: ya eran las 9 de la noche. Pronto llegaría Jorge a buscarla. Irán caminando, pensó, buscarán un sitio donde comer o tomar algo y conversaran de todo, de lo mínimo y de lo vergonzoso también. Antes hubiera estado contenta. Antes se había divertido tanto. Pero no siempre todo permanece de la misma manera, ¿no era cierto? Y hoy, ahora que Sandra está sentada con Jorge en el restaurante, piensa que ha estado embobada mucho tiempo. Cuando Jorge todavía discute con el mozo, Sandra piensa que ya es tiempo. Sandra piensa que es turno de que suceda todo aquello que tanto pugna por suceder. La cara de Jorge le causa cada vez, con cada retruécano una torsión descompuesta en el estómago. Ya no es gracioso: es como si cada vez que lo viera alguien le embutiera un trapo empapado con sopa fría por la garganta.

5

Son las 11 de la noche. Aunque el restaurante está repleto, Sandra piensa que hace un frío de mierda. Saca de su bolso un pañuelo y hace una sortija con él alrededor de su cuello. Algunos grupos todavía esperan en la barra. A cada rato, cualquiera se levanta y otea la platea donde se esparcen las mesas, buscando alguna vacía. Los más emborrachados se pueden acercar a la chica encargada de la recepción. Le hablan muy cerca: es todavía inútil.

Ahora Pedro le dice a Jorge que no existe una manera fácil de decirle aquello que necesita decirle. Lo que necesita decirle, parece sugerir con un exquisito ademán de las cejas que se le tuercen, es muy delicado. Y Jorge le responde que vaya al grano de una vez. Pedro le explica que si fuera al grano, todo iría mucho más allá de donde yace el grano. El grano, le dice, el grano no es nada comparado a lo que tiene preparado para él. Jorge le replica que eso no tiene sentido. ¿Acaso no entiende la figura? ¿Es huevón? Justamente el grano debe ser lo último, de aquello se trata. Pedro se detiene, modula su respiración, no parece estar de acuerdo. Entonces Jorge piensa comenzar uno de sus discursos largos, trazando parámetros, construyendo un tramado inigualable, y quizás ya está comenzando con las primeras frases, ya está trazando la urdimbre de la ciénaga inmensa en la que piensa ahogar a Pedro, pero pronto se desanima y se detiene. Es vano, está demasiado cansado. Pedro lo mira perplejo. ¿Cuando van a acabar?

Sandra está aburrida. O quizás sólo Sandra esté abatida. Cualquiera lo estaría. Deja el cigarro en el cenicero y ahora mira hacia la calle. Los carros transitan a paso de tortuga por la vía de un solo sentido. A través de las ventanas del local, los conductores podrían reconocer a los comensales. Y sin embargo, dentro de sus autos, no contemplan hacerlo. Solamente miran hacia delante: un poco más allá alcanzarán la Avenida Santa Cruz. Sandra mira los autos encandilada, cada conductor, y las luces intermitentes del semáforo malogrado, entre rojo y verde, la subyugan. Allí se amontonan los mirones y los apáticos. Se entretiene haciendo la diferencia. Los mirones, distingue, son aquellos más atentos, paralizados. Seguro lloran en las madrugadas, piensa, tienen los ojos lumbrosos, en ocasiones presentan espasmos, mean con los ojos cerrados y casi siempre llevan zapatos formales. En cambio los apáticos tienen suerte, pues gozan de poluciones nocturnas. Su abanico del placer es luego amplísimo, aunque cualquier mirón diría que es también llano. Quizás por eso prefieren las zapatillas, deduce ahora Sandra, quizás por eso los apáticos siempre atiborran las tiendas deportivas, las discotecas y –cómo no, concluye al tiempo que vuelve y mira a su alrededor– también los restaurantes.

En eso, sin nadie saber cómo ni por qué, Pedro finalmente se retira. Jorge lo ve caminar hacía la cocina con paso marcial. Bebe de su café. No dice nada. Sandra no lo puedo creer. Sin más, sentencia que Jorge es un tremendo cojudo. Ha virado y lo ausculta de pies a cabeza: de pronto cree que lo tiene entre ceja y ceja. Se dispone a decirlo.

–Jorge… –le dice– Jorge, por favor… –deja la cabeza gacha, mira al mantel un momento, recorre el contorno del pequeño plato con sus ojos oscuros. Los trozos de chocolate permanecen quietos. Jorge piensa que los ojos de Sandra son del color del chocolate amargo. Sandra alcanza la mano de Jorge, alza la mirada– ¡no seas tan cojudo, por la puta madre!
–¿Qué? –replica Jorge. Sí, son del color del chocolate–. ¿Qué te pasa?

Ahora los ojos de Jorge no se han desorbitado. ¿Deberían? Pues no es lo que le sucede. Y no es tampoco un volcán lo que contiene de pronto su garganta cuando se comienza a hinchar, sino una pequeña y molesta bola de pelos. Tose. Inmutable, de la misma manera como si ya estuviera derrotado, Jorge sólo replica indignado, pero quedo, pero sereno. Tiembla. Muy dentro, tan dentro que no se trasluce en su energía, piensa: Sandra se puede ir a la mierda. ¡Qué Sandra le jale los huevos! Ha estado demasiado cansado. Ha decidido que se pueden ir todos a la mierda. Que me jalen los huevos, piensa: ¡que me los jalen! Sí, carajo, ¡que le den por troya! No dice nada. Ha tenido un día de mierda, vaya que sí. Puta madre, coño, mierda, corazón.

6

Ahora toma un trago de su café. Todavía no esta frío. Pasa la bola de pelos. No tiene más problemas. Piensa: por lo menos una cosa está bien. Piensa a continuación: por lo menos, con todo, el café está buenísimo.

Ayer Mónica le propuso quedarse. Le dijo que si se queda, lo enviarán a otra parte. Eran casi las 4 de la tarde. Él había ido por un café. Un café de mierda, si debe ser sincero. Pues la cafetera de la oficina es –cómo más decirlo, admite ahora– una asquerosa cagada. Está sucia, suele rebalsarse, el café caliente chorrea por los lados, se vierte todo y empapa el aparador de la cocina sin importar qué precauciones se tomen. Tiene siempre que llevar mucho papel, o ir corriendo al baño por él. Entonces se quema, y, en ocasiones, si no es diligente con el interruptor de encendido y apagado, el café también. Debe esperar varios minutos cada vez. Echa el agua con cuidado, pone el café molido que han traído de Colombia y el agua tarda casi 8 minutos en hervir. Y a veces más, piensa Jorge. Sí, es entonces que se distrae. Se toma su tiempo: elige la taza con serenidad, se agacha y hurga en el gabinete inferior, reposa su mano lentamente en la superficie de melamina que siempre está fresca, elige una taza muy grande entre todas las tazas que hay allí tiradas. A veces elige la más grande, pero no es buena idea. El café se enfría más rápido y a un lado lleva inscrita la rúbrica de un equipo de béisbol. Ni cagando, recapacita, ¿quiénes chucha son ellos?, él no vive en Boston, y toma otra.

El asunto es que Mónica le propuso quedarse. Le dijo que si se queda, lo enviarán a otra parte. ¿Dónde? Le dijo que sería muy bueno para él, que tenía una amplio futuro y que ese futuro estaba extendido frente a sus ojos. Como una sábana, le dijo Mónica. Como un paciente durmiendo sobre una sábana, pensó él enseguida. No era el caso de todos, se preocupó de acotar de inmediato Mónica. Debía pensar seriamente en aprovechar esta oportunidad, insistió. En cierto sentido, piensa ahora que es buena idea irse a otra parte. ¿Dónde? En otros no. Lo bueno, cualquier otra parte deberá estar lejos de este lugar, siendo este lugar normalmente un lugar donde no se siente a gusto y donde, si fuera libre de elegir, no estaría en cualquier momento designado al azar. Eso, en principio, lo ha encontrado sumamente positivo. Irse, carajo, ¡eso suena bien! El tema lo tiene cojudo. Hoy lo estuvo meditando todo, todo a la misma vez. Es un buen actor. ¿Quién lo podría dudar?

Trabajó como cualquier otro día. Llevaba la corbata muy bien puesta. Eligió la corbata que le regaló el abuelo hace unos años, antes, cuando las vacas estaban gordas. Quería verse bien. Recuerda claramente que el abuelo se compró la corbata en 1971, en Milán. Se lo contó cientos de veces. Ha visto fotos del viaje. Tienen una foto en la Piazza di Spagna. La abuela lleva una blusa celeste y él una guayabera blanca. Ambos están parados, uno junto al otro. La foto está en el aparador, entrando al cuarto de la televisión. Las gafas gruesas y negras del abuelo tornan muy dura su mirada. Una diría que forma parte del Fascio. Tienen otra foto en el Arco della Pace. No recuerda en qué álbum la vio. Sólo recuerda que el abuelo sonríe y el bigote se le ensancha, como un resorte, y aparecen sus dientes enormes. Pero su foto preferida es una en la campiña. ¿Dónde? No lo sabe, pero salen ambos sentados bajo el sol en un pequeño muro de lajas. Detrás hay un campo, una especie de montaña o estribación de Alpe. Él va en terno, terno negro y camisa blanca y corbata negra. Y gafas oscuras. Ella lleva unos anteojos amplios y fucsias. Un enorme pañuelo lila rodea su cuello. Ahora recuerda esa foto. Otra parte. Eso es. ¿Dónde? En la tarde también lo hizo. ¿Qué hizo? Solamente las mismas bromas, mandó los mismos mensajes de siempre. Se preparó el café como si fuera cualquier otro día, pero no era como cualquier otro día porque mientras pasaba el café, cuando caían las gotas mustias dentro de la jarra, él estaba pensando en otra parte. Y en Sandra, es cierto, lo admite, pero más en aquella otra parte. ¿Cuál?

Anduvo con la taza de café a lo largo del pasillo. La sostuvo como si llevara una lanza, acodada bajo la axila. Cruzó la oficina callado. El pasillo es largo y divide el piso en dos. A un lado están las oficinas cerradas que corresponden a los jefes, del otro están los escritorios individuales para todos los demás, rectangulares, distribuidos con ecuanimidad. Pasó con sigilo la turba y abrió la puerta de vidrio, sobre el final del pasillo. Salió. Se paró en el balcón del edificio, en un temible piso 17, Jorge se quedó 10 minutos admirando la avenida más abajo, ponderando aquella otra parte, contemplando su recuerdo tenue de Sandra mientras se proyectaba con la mirada sobre la entrada al pasaje que lleva a la taquilla del cine Pacífico. Y así más cosas también pasaron por su mente. Sí, pues nunca es fácil saber qué pasa exactamente por la cabeza de cualquiera. Y a veces Jorge mismo no sabe a ciencia cierta qué carajo pasa por la suya.

Al cabo de este tiempo, oyó como se habría la puerta de vidrios. Una mujer pequeña, muy delgada, con la cara contrita y con los ojos chinos, se acercó hasta él.

–Jorge… –le dijo Mónica–. Jorge, por favor… quería hablar contigo un momento.

7

–Jorge… –repite Sandra. Jorge ha vuelto a poner sus ojos vacíos– Jorge, por favor… –Sandra estrecha su mano. Le parece que esto es imposible. Está por soltarla. La mano de Sandra está por escapársele cuando Jorge la aprieta. Abre las fosas nasales. Ahora la mira– ¿cómo que no sabías? ¡Te lo dije mil veces!
–¿Pero qué? –replica una vez más. Se ríe–. ¿Qué te pasa?
–Estoy harta, ¿no entiendes? Puta madre, ¡puta madre!, ya no se qué hacer. Me muero de ganas. Estuve pensando toda la semana…
–¿Qué te pasa?
–No lo sé. Me gustó que fuésemos… digo, la otra noche.
–Mira, he pensado… –Jorge hace una ronda entera con las córneas; sus pupilas, al mismo tiempo, hacen un aro más pequeño–. He pensado que…
–Hablé con Mariana hoy. ¿Te acuerdas de Mariana? A veces siento que soy una loca –Sandra se rasca la cabeza. Mantiene el cuello arqueado–. Bueno, hablé con Mariana. Me había dicho que se iba de viaje –apreta los labios, de pronto los abre– ¡presta atención!
–Te estoy escuchando.
–¡No te creo! –Sandra gira y mira a su espalda. Detrás de ella, a través de la ventana amplia ceñida en un grueso marco de madera, se ve la calle y en ella no queda nadie. Sandra vuelve a mirar hacia Jorge. Se está ríendo–. Estás mirando por la ventana, no he nacido ayer, papito.
–Si no quieres no me creas. Total, la que quiere hablar eres tú.
–¿Te acuerdas de Mariana?
–Obviamente. La chata…
–¿Pero sabes cuál es?
–Sí, la que corre tabla, con el pelo claro, desteñido, la que no para de hacer deporte –Jorge medita, cruza los ojos–. El otro día…
–Hoy me llamó.
–Cuando entré a la cocina me habló. Yo me moría de hambre. No había mucho para comer en ninguna parte. Me había escabullido a la cocina para buscar algo. Había abierto el horno cuando entró. Le dije…
–¿Y?
–… que me había atrapado. Me preguntó qué buscaba. Me miró. Supongo que puse cara de huevón. Sus ojos me parecieron extraños, como rojos, enfermos y encandilados.
–…
–Y le dije que no buscaba nada.
–¿Y qué te dijo ella? Era su casa, ¿sabías?
–Me dijo que eso no tenía sentido, era seguro que buscaba algo. Me dijo que nadie entraba a la cocina de alguien si no era para buscar algo. Menos, todavía, se colocaba en cuclillas… nadie exponía tan fácilmente su lado más débil… de ninguna forma metía la cabezota en el horno.
–Obviamente.
–Sí, obviamente, pero me daba vergüenza decir que me había escabullido a la cocina de su casa a robar comida –Jorge luce la dentadura pequeña, abre las orejas, inclina las cejas– sería conchudo, ¿no te parece?
–¿Y qué pasó?
–Me miró y se rió. Me dijo que me parecía un poco a Johnny Depp.
–¿Qué? –los labios de Sandra se tornan duros, es tal si estuviera pariendo a través de ellos–, ¿Y tú que le dijiste?
–¡Que no me joda!… es decir, me reí. ¡Era obvio que me estaba meciendo! Después hablamos un rato.
–No te pareces a Johnny Depp. De hecho, ni un poco… ¿Qué hablo? –Sandra frunce el ceño con empeño–: ¡ni mierda!
–Antes nunca me lo había pensado, pero ella me ha hecho dudar. No me viene mal, ¿sabes?, no me viene nada mal. Quizás si…
–¿Y dónde estaba yo? –interrumpe Sandra.
–En otra parte. Con tus amigas, supongo. Había muchísima gente en esa fiesta. No recuerdo en qué momento te perdiste. Yo había tomado demasiado.
–¿Y de que hablaron?
–Ella estaba totalmente borracha. Sus ojos se movían. Se notaba en sus manos. Me dijo que me parecía a Johnny Depp. Yo sé que estaba jodiendo. Después me contó que era abogada… ¿Y sabes qué?
–Bueno, entonces sabes perfectamente quién es.
–No lo parece ni siquiera un poco.
–Me ha contado algo que no puedo creer. Se fue de viaje al Norte, ¿te conté?
–¿Mariana?
–Sí. Es increíble.
–Creo que más que una abogada parece un bufón. Tiene el corazón de un arlequín.
–Es increíble. Yo no lo puedo creer.
–O quizás parece una actriz de teatro, pero una muy chistosa.
–¿Qué cosa? ¿Quién? ¿De qué carajo hablas?
–De Mariana. Siempre hablo de Mariana.
–¿Te dije que se fue hoy al Norte?
–20 veces, si no 40 –Sandra alarga las orejas–. ¿Las enumero?
–Me ha contado algo que no puedo creer –ahora Sandra tiene cara de espasmo.
–¿Se fue manejando?
–Sí, creo que sí… Bueno, no sabes lo que le ha pasado. Es increíble. Ni te imaginas… –Jorge pone las manos, ambas, sólidas sobre la mesa.
–Debe manejar en zigzags. Así me la imagino. Debe suspirar cuando sus manos tuercen el timón. Debe andar en zig zags… al mismo tiempo riéndose, moviendo la lengua como una espada, sacando a todos el dedo, mostrando el culo por las cuatro ventanas.
–Me llamó cuando llegó a Chiclayo. Me dijo que está muy cansada. Ha ido sola…
–La Panamericana Norte está muy descuidada –interrumpe Jorge–. Es muy importante lo que hace –continúa entusiasmado–. En el Perú falta más gente que insulte a la policía.
–Dice que llegó a Chimbote a eso de las 2 de la tarde… No, pero espera.
–¿Qué?
–¿Te quedaste mucho hablando con ella?
–Casi 20 minutos. No estoy muy seguro. Preparamos algo de comer.
–¡20 minutos! ¿De qué hablaron?
–Ya te dije. Primero de mi parecido con Johnny Depp. Eso nos habrá ocupado casi 15. Luego de que ella era abogada. Aunque no lo recuerdo bien. Te he dicho que yo estaba borracho también.
–No los imagino conversando.
–Yo no imagino muchas cosas. Por ejemplo, no la imagino a ella trabajando en un estudio de abogados.
–No te imagino a ti y a ella. Son tan diferentes.
–No te imagino a ti yendo cada día a la agencia. Pero lo haces.
–¿Qué?
–Lo podría jurar. Todo sucede, y lo peor, sucede en cualquier momento, muy a pesar de lo que nos diga nuestro sentido común.
–Bueno… –Sandra está temblando. Toma el vaso de Jorge y lo inclina sobre sus labios secos. Sólo cuando lo ha colocado casi de cabeza sobre su boca, que está tornada por el esfuerzo en hocico, nota que ya no contiene agua. Lo coloca en su sitio–. ¡No sabes lo que le ha pasado!
–Todavía no. ¿Puedo coger un poco de tu chocolate?
–Sí, claro… pero no queda nada.
–Queda un poco –Jorge extiende el brazo, cuida que la chompa de lana no toque el cenicero y coge algunos trozos pequeños de chocolate. Los traga con prisa. Ahora nota que la ceniza se untó a lo largo de la manga de la chompa. Rumia. Después la limpia–. Me dijo que te conoce de hace años, que se conocieron cuando iban a la universidad. Me contó que siempre hablan, aunque ya no se ven tanto.
–Sí, es cierto.
–Me dijo que te conoció antes de entrar a derecho. Se había visto antes. Tenían algunas amigas en común. Tú querías ir a derecho también, pero al final te fuiste a publicidad. Luego sacó un frasco con alcaparras. Estaba nuevo.
–¿Alcaparras?
–Nunca me habías dicho que antes estuviste yendo a derecho.
–Sí, sólo por un año. Fue una época bastante extraña. Mi papá es abogado, eso sí lo sabes, y mi hermano también. No sabía…
–¡Vez, todo puede suceder!
–Ella es muy distinta a mí.
–Y cocina muy bien.
–¿Qué?
–Ella también tenía hambre. Preparó un sándwich increíble. Tenía alcaparras, una bolsa con pan francés. Sacó de la refrigeradora un queso de cabra.
–¿Lo calentaron?
–¿El queso?
–No, el pan.
–Sí. Ella lo puso un momento en el horno, hasta que la corteza estuvo crocante. Bueno, primero sacó de allí las empanadas pequeñas que yo me estaba tratando de comer al principio.
–Estaban buenísimas.
–Por suerte que no me las comí.
–¿Por qué?
–Por que no me gustan –Jorge junta los labios, hace una pequeña pausa–. No me gustan las empanadas. ¿Nunca te lo dije?
–¿Y sí te gusta el pan con queso y alcaparras?
–No lo había probado antes. Me gustó mucho. Creo que tuvo que ver con el queso. Era de Cajamarca.
–¿Pero quién carajo lo ha probado antes?
–Supongo que Mariana. Y, por lo menos, ahora somos dos. Lo que es verdad, estaba buenísimo. Si me lo preguntaran, diría que Mariana hace el mejor pan con queso de cabra y alcaparras de toda la ciudad.
–¿Sabes una cosa? A veces eres realmente un cojudo.
–No me lo digas –Jorge se ríe. Sandra no se ríe. Jorge se ríe todavía, pero baja los ojos, que ha puesto risueños, y parece sorprendido–. ¡No me lo repitas que puedo emocionarme!
–Voy al baño –Sandra bufa, se retuerce, empuja la silla hacia atrás y toma el rumbo premeditado. Mueve el culo angosto con muchísima gracia. Mea disgustada. Cuando vuelve finalmente, nota que Jorge está inmóvil–. ¿Qué? –lo increpa. Jorge ha terminado su café. Sandra advierte que el cigarro que dejó encendido se ha consumido por completo. La ceniza forma un cilindro levemente torcido en el cenicero.
–¿Qué era lo que me ibas a contar?

8

Jorge cree que es muy difícil saber lo que uno quiere. Lo que uno quiere es sumamente escurridizo. Lo ha recordado cuando observa a Sandra. El sabor del chocolate que tomó de su plato sigue dándole vueltas entre las orejas. Piensa que quizás debería lanzarle un cabo. Sus pelos están eléctricos. Poco a poco, conforme avanzó la noche, los ojos han ido saliéndosele. Se peina el cerquillo a cada momento. Después se ríe. La nariz se le arruga y, si debe aceptarlo, el gesto es francamente encantador. Pero de pronto la sonrisa empieza a torcerse rápidamente, forma una estría irregular. Qué espanto: no hila, Sandra no brilla más, ya no lo engaña. Cuando habla, ahora lo hace con suma dificultad. Es como si tuviera anginas detrás de los labios. Piensa: ¿qué es lo que siempre le quiere decir?

Lo pensó también cuando caminaba. En el balcón, en ese piso 17. Antes inclusive: lo que uno quiere es sumamente escurridizo. Andaba por el pasillo con una ligereza soberbia. Casi no se lo podía creer él mismo. ¡Qué ligereza carajo! Cómo seguía a Mariana por el pasillo de la oficina como si nada pasara. A su izquierda dejaba las oficinas, cada una decorada con fotografías de modelos y productos de belleza, todas cerradas con mamparas de vidrio. No miró dentro de ninguna. A la derecha estaban sentados sus compañeros. No se fijó en los ojos de ninguno. La taza enorme, entonces ya vacía, iba colgando detrás de él amarrada a su mano derecha luciendo la rúbrica de los Boston Red Sox. Y si Mariana le hubiera pedido que describa lo que quería, en ese mismo momento no lo hubiera pensado demasiado. ¡No lo hubiera pensado nada! Le hubiera dicho que aquello que quería era tal y era cual. Nada más. ¿Tal y cual? Sí, y que se parecía mucho a un calamar gigante.

Adicionalmente, piensa ahora, pocas veces es lo mismo aquello que uno quiere que aquello que uno necesita. Menudo detalle. ¿Cómo explicarlo? En ocasiones siente que sabe lo que quiere y luego, al ponderarlo, descubre que no es lo que más le conviene. Haz lo que quieras. ¿Hacer lo que quiere? Pero si nunca está seguro. No lo estuvo antes. Quizás nunca se sabe lo que cualquiera quiere. ¿Y lo que necesita? Todo lo demás, le parece ahora, es pura cacofonía. No está seguro. Mira a Sandra a su lado, esbelta como una escoba. Recuerda los ojos de sus compañeros. Recuerda cientos de pares de cogollos pálidos. No está nada, nada seguro. Cuando iba por el pasadizo, volviendo de la terraza, entonces no era lo mismo. Es decir, era lo mismo. O en cualquier caso era algo muy similar lo que giraba entre sus orejas. A su alrededor estaban sus compañeros de trabajo. Cuando Mónica lo llamó, hoy por la tarde, recordó todo. Pasó junto a ellos sin mirarlos. ¿Cómo pueden 10 minutos ser así?

Un hombre de negro iba caminando por la calle. Se quedó viéndolo desde el balcón. El ángulo era perfecto. Olvidó todo un momento. ¿Lo hizo? Lo quiso hacer. Lo analizó. Caminaba con mucha confianza, pensó. Tomaba el café lentamente. La cafetera era una cagada, eso era cierto. Un hombre iba caminando por la calle en traje cuando él tomaba ese café de mierda. El hombre de negro venía hacia él por Larco, iba desde el malecón hacia la ciudad. Desde el piso 17, el ángulo era perfecto. En la mano derecha tenía una bolsa de cartón. Podía contener cualquier cosa. Se detuvo frente al Pizza Hut. Compró una bolsa de galletas. Cuando el semáforo se puso en rojo, cruzó la avenida. Abrió el paquete e introdujo 2 en su boca. Se detuvo otra vez y, cuando el siguiente semáforo cambió, cruzó la Diagonal. Se paró frente al Haití. Guardó las galletas en el bolsillo de su chaqueta. Miro en cientos de direcciones. Hurgó dentro de la bolsa de cartón. Extrajo un objeto plateado. Jorge no pudo reconocerlo. Lo volvió a introducir. Entonces quedó parado. Se contuvo inmóvil. Un minuto después lo alcanzó un niño pequeño que bajó de un automóvil azul. Era un Toyota Corona y, por la placa, se puede descartar que fuera nuevo. Se dieron un abrazo muy corto. Hablaron. El niño debía hacerlo con la cabeza proyectada hacia el espacio. Caminaron con dirección al óvalo y entraron al cine de la mano.

Cuando Mónica lo llamó, hoy por la tarde, no supo que iba a pensar todo lo que ahora piensa. ¿Ahora? En la tarde, en este momento. Pensó: mierda, ¡son muchos momentos distintos! Si se lo preguntaran todo otra vez, respondería una cantidad gruesa de cosas diferentes. ¿Si le preguntaran qué? Lo que sea. ¡Lo que quieran! Pero cuando entró a la sala, hoy a las 4 de la tarde con unos minutos, la situación era distinta. Mónica le preguntó si había tomado una decisión. Hundió sus ojos achinados y mórbidos en los suyos ojerosos y atemorizados. Jorge sólo pudo decir la verdad. De hecho, todavía no lo había hecho.

9

–A veces me dices demasiadas cosas –ahora Jorge cruza las piernas. Con las piernas cruzadas, se estira y coge la cajetilla de cigarros que está acomodada sobre el mantel–. Estas huevadas te van matar –agrega. Luego saca uno, coge el cigarro encendido de la mano de Sandra, junto las puntas de los cigarros un segundo, aspira y coloca con suma delicadeza el cigarro de regreso en los labios de Sandra. Ella sonríe.
–¿A que te refieres? –duda: Jorge luce una singular mirada de aplomo.
–Me refiero a que a veces las cosas que dices, si las vez todas juntas, son muchas. A veces hablas mucho tiempo Sandra. Yo siento que todo lo que dices, cuando se acumula, se convierte en…
–¿¡En qué!? –interrumpe ella.
–…una torta.
–¿Una torta? –replica indignada.
–Sí, una torta.
–¿Y que quiere decir eso?
–No lo sé. Quiero decir… bueno, quiere decir que se apila.
–Eso no me dice mucho.
–¡Ya lo sé! –Jorge ha puesto cejas de Eureka–. Quiere decir que lo que dices aterriza sobre lo anterior que has dicho, del mismo modo que lo anterior aterrizó así y lo siguiente aterrizará asá –las orejas de Sandra se abren para tomar vuelo–. Luego se desliza todo hacia mí al mismo tiempo.
–¿Qué?
–¡En el mismo instante!
–…
–¡Es un huayco! Es como un huayco, Sandra.
–¿¡Un huayco!?
–Sí, y yo no lo puedo tragar.
–¿Y que mierda quiere decir eso?
–Que lo he intentado…
–¿Cómo que lo has intentado?
–¿Me tienes que hablar así?
–Discúlpame Yorch, es que no te entiendo nada… –Sandra aligera los pómulos– ¡no te entiendo!
–No jodas, por favor –Yorch se ríe.
–No te jodo Yorchi.
–Ok –Yorchi perdona a Sandra. Se detiene en sus labios–. ¡Estas huevadas te van a matar! –extiende el cigarro encendido hasta la mitad de la mesa de modo que la brasa del tabaco es un faro sobre el plato con chocolate–. Puede ser en mucho tiempo, pero lo harán. Y cuando lo estén haciendo…
–No seas imbécil –Sandra ensancha el hocico y muestra los dientes.
–Ya te lo he dicho –el también–. Nunca se sabe. ¡Nunca!
–No es así de simple.
–Creo que esa es la mayor pendejada de toda nuestra vida –Jorge apaga el cigarro recién encendido comprimiéndolo con un solo movimiento en el plato con chocolate. Al apagarse, el fuego del tabaco da a luz una pequeñísima porción de fudge.
–¿Qué era lo que decías antes?
–Nunca se sabe, jamás se puede saber… –Jorge continúa torciendo el cigarro sobre el chocolate pastoso unos segundos. Sandra hace un botón con los labios, recoge su cigarro del cenicero y le da una pitada–. …es una de esas cosas…
–¡Jorge! –grita.
–Te decía que yo siempre pienso. Sí. Quiero decir… que yo siempre pienso en muchas cosas –deja por fin el cigarro. Tras quedar callado el tiempo que le toma abrir y cerrar los ojos, continúa–: a veces pienso en más cosas de las que tú me dices, por ejemplo. A veces mi cabeza parece una olla llena de spaghetti.
–Todos pensamos. ¿No es lo normal?
–Eso, de por sí, podría considerarse un logro. Pero no lo es.
–Yo pienso en todo lo que me pasa. Últimamente siempre pienso en viajar. Me encanta viajar.
–Ese es tu error –hace una breve pausa.
–Me gustaría salir de aquí. No sé si me gustaría que vengas conmigo. Creo que sí, pero no siempre estoy segura.
–El truco está en pensar en todo lo que no nos pasa, Sandra. Todo lo que no nos sucede… allí se guarda el secreto. Es decir, es tan probable que no suceda…
–Jorge… ¡no empieces!
–¿Qué no empiece con qué?
–¿Vamos a mi casa? Tengo mucho sueño.
–Hay tanto en el mundo Sandra. El mundo es ancho y moreno. Está lo amargo, qué es como el dolor pero mucho más divertido; está lo ácido, donde yace toda la comedia; también está lo agridulce… pero tú siempre quieres volver a casa. Por eso no conoces el mundo.
–Vámonos. Tengo mucho sueño Jorge. Mañana me tengo que levantar temprano. Tengo fotos. Tengo que ir manejando hasta Lurín.
–¿Por qué?
–¿Por qué?
–Sí, ¿por qué?
–Porque tengo sueño. Porque es mi trabajo. Porque de eso vivo. ¿Qué te pasa?
–¿Qué?
–Olvídate.
–Para Sandra. No me vas a convencer.
–¿Que pare qué?
–De decir cosas. Nada de esto importa.
–¿Yo soy el problema? –gruñe.
–Tengo una idea.
–¿Cuál?
–¿Qué tal si hablamos de…
–¿De qué?… ¡De qué! –se ríe. Se detiene. Sandra vuelve a reír.
–¿Qué tal si hablamos de otra cosa?
–¿Pero de qué?
–De lo que más me gusta.
–¿Y qué es lo que más te gusta?
–…
–¿Jorge?

10

Son las 12 de la noche o un poco más cuando Jorge paga la cuenta y Sandra gruñe otra vez y ambos se levantan y Pedro huye hacia la cocina con la carpeta de cuero y Sandra mira la manera sagaz con la que Pedro huye y Jorge no lo hace, pues sólo se queda mirando el perfil de Sandra, sus pómulos salientes y esa barbilla que tiene una pequeña sombra de chocolate. De pronto suena un reloj. O no lo hace, pero es seguro que Sandra cree que lo hace. Mira a su alrededor. Ya nadie espera por una mesa.

Jorge se demora un momento en el baño. Sandra lo está esperando en la calle con los hombros cubiertos. Mira hacia el cielo, mira el suelo de piedra, una puesta junto a la otra, y sus zapatos bailan involuntariamente. Cuando Jorge mea, siente un profundo alivio. Se para de puntas e inclina el pene dentro del urinario. Rechina los dientes. El chorro está caliente y es amarillo. Al rato sale del baño y la busca. Camina un momento por entre las mesas y no la encuentra. Sale a la terraza y mira en todos los sentidos: allí tampoco está. Levanta los ojos y cree reconocer en el cielo una tenebrosidad nueva. El frío es húmedo y se pone la casaca. Luego mira el cielo con vehemencia. El cielo está indudablemente tenebroso. Piensa: el cielo parece el techo de una cueva. Atraviesa la terraza y sale a la calle. Allí está Sandra esperándolo. Ella lo ve y de inmediato, esta vez sin dudar, empieza a andar con dirección a su departamento. Son sólo unas cuadras.

Unos minutos después Jorge camina todavía. Recuerda las tetas de Sandra… no lo logra. Recuerda sus ojos… no puede. Siempre pensó que tenía buena memoria, pensó que se acordaría todas las veces. Quizás si la pudiera ver un momento más sería fácil. ¿Su nariz aguda? ¿Su frente? Ahora no está seguro. Sandra camina 2 metros por delante y él no la puede mirar.

1

Desperté el lunes cerca de las 9 de la mañana. Giré sobre la cama, cogí el teléfono de la mesa de noche y marqué el número de Mónica.

–Hola… ¿Mónica? –titubeé, todavía dormido.
–Hola, ¿Juan? –contestó Mónica. Su timbre era fresco, como el agua fría.
–Hola Mónica.
–Hola Juan, ¿estás bien? –calló un momento–. ¿Qué pasa?
–Bueno, la verdad es que me siento un poco mal –le confesé.
–Ok… pero… ¿qué tienes? ¿Vas a poder venir?
–No lo sé… Me siento mal, desde ayer.
–¿Desde ayer? –preguntó.
–Sí, desde ayer –repetí–, me duele… me duele el culo desde ayer.
–¿Que de duele qué?
–El culo –le respondí–, me duele el culo.
–¿Qué te duele el culo, me has dicho?
–Eso mismo, el culo–. Imposté la voz grave y seria–: Me duele mucho el culo desde ayer.

2

Todo empezó el domingo. Apareció el domingo entre mi culo una masa voluptuosa y endurecida: una piña. No había esperado jamás que lo hiciera. Nunca antes me había crecido nada allí, junto a las nalgas. Es decir que estuve sorprendido cuando descubrí que aquello me había aparecido, de pronto, de la nada, en el exiguo espacio entre las pompas. Es raro que le crezca a uno una piña en ese lugar. Estuve anonadado, desconcertado, no había sabido nunca antes de otro caso similar.

Me levanté el domingo por la mañana y tenía un piña entre las nalgas. Desperté y todavía llevaba la ropa de la noche anterior: un par de jeans oscuros, las medias negras, una camisa azul y la casaca nueva. No era extraño; ocurre que bebo hasta entumecerme. Acostumbro luego de entumecerme hasta la desmemoria dormir con la ropa con la que salí en busca de los líquidos que quiero o que quizás no quiero tanto, pero que de cualquier modo bebo y me entumecen, me hacen estar como si nada me importara, como si entumecerme fuera el único propósito en mi vida –en ese momento de hecho lo es– y como si fuera ingenuo a todas las traiciones y ausencias que me han sido infligidas en la vida por mis enemigos y los amigos en iguales proporciones (y frecuentemente en confabulación), a todas aquellas arteras embestidas yugulares que han sido asestadas en mí y que jamás puedo olvidar, menos aún cuando lo pretendo y estoy entumecido.

El hecho es que eran las 11 de la mañana y que estaba echado sobre el cubrecama aún parcialmente entumecido, en realidad quiero decir borracho, que tenía la garganta sucia y que necesitaba con urgencia mear, pero cuando me quise erguir sobre el colchón, sentí una punzada entre las nalgas. Un dolor sordo hirvió en todo mi cuerpo. De inmediato retrocedí: volví a tumbarme. Al rato volví a intentarlo: otra vez sentí la punzada aguda e inaplacable, larga como tratar de aguantar la respiración, luego el dolor sordo recorriendo la espalda desde abajo hasta las axilas. A pesar de él, esta vez me erguí decidido. Anduve hasta el baño rengo. Hacía un túnel amplio con las caderas, manera que mitigaba el malestar. Acto seguido, tras cerrar la puerta de madera, me libré del jean y del calzoncillo de algodón. Me ausculté profusamente con el dedo índice y el medio; me contorsioné, recorrí con cautela toda la superficie del objeto desconocido. Era obvio, sí, efectivamente, tenía una piña alojada entre las nalgas. La piña se adhería con rigor al tejido inflamado, persistente y dolorosa. Al tacto era tensa como el diamante y yo imaginé que si pudiera traerla fuera, brillaría en la opacidad del cuarto de baño. Mas no pude traerla fuera. Tras estimularla, la piña demostraba no ser un cuerpo inerte. En cambio estaba muy bien conectada con mi entraña; podía enviar señales centellantes por todo mi cuerpo, que se quebraba al instante. El dolor era certero, daba justo donde residía mi orgullo y lo dejaba sonso, alicaído.

Quedé silencioso un momento. Pude ver la imagen que reflejaba en el espejo. Pude ver que tenía el pelo revoloteado y grasoso, los ojos sangrados y tristes. Volteé la mirada.

De inmediato entré a la ducha y puse el agua caliente. Cuando alcanzó cierta temperatura, dejé que me diera por la espalda. El vapor comenzaba a formar una nube y la nube me envolvía. Quise creer que me abrumaría. El vapor entraba en mis ojos y humedecía mi pelo graso, mis axilas agrias, sin embargo no me aislaba totalmente. Podía escuchar lo que pasaba fuera. A través de la ventana que daba a la jardinera oía el televisor y oía también los pasos de mi madre, que iba y volvía por el pasillo entre las habitaciones. Cerré los ojos. Un momento más tarde, giré y dejé todavía que el chorro me diera por la espalda. Después de recorrer los omóplatos y la cintura, el chorro tibio seguía el surco entre mis nalgas. Ahora, cuidadosamente, incliné las caderas hacia atrás y procuré que el chorro acariciara la piña. Estuve así un rato más. El agua caliente bañaba la piña y parecía disminuir el dolor… Entré en una especie de trance.

Pensé que quizás me ocuparía de la piña más tarde. Pensé que acaso… ¡a lo mejor la ignoraría! Cerré la llave de la ducha, elegí un par de zapatos y tomé medio litro de agua que había puesto la noche anterior a helar. Conduje el auto hasta los pantanos de Villa. Durante el almuerzo noté que la piña seguía creciendo. Hice lo que pude por ignorarla. Siempre y cuando no la tocara o ejerciera presión sobre ella, parecía no molestar. Más tarde no pude manejar de regreso hasta San Isidro.

Por la noche tomé un café con José. Sentado en la cafetería, cruzando las piernas podía mantener la piña unos milímetros sobre la porción de mis nalgas que sostenía el tronco recto. Cuando volví a casa hurgué en mis calzoncillos. Noté que todavía crecía. El dolor era en efecto insoportable. Esa noche me acosté de lado, atormentado por la hinchazón.

3

Desperté el lunes cerca de las 9 de la mañana. La habitación estaba inundada con una frágil y extraña luminiscencia. Sentí otra vez la garganta sucia y ácida. El olor a sudor impregnaba el aire, lo había vuelto salobre. Cada respiro era tortuoso y denso; tenía el sabor de la mostaza y las verduras hervidas. Había dormido muy poco. Recostado todavía sobre el hombro izquierdo, miraba hacia la ventana y podía ver como el día se comenzaba a manifestar entre las persianas metálicas.

Quedé lánguido un momento, metido aún entre las sábanas, postrado y callado. Con el sol del invierno en los ojos, astuto, azul, sentí un pequeño alivio. Giré sobre la cama, cogí el teléfono y marqué el número de Mónica. Timbró cinco veces y nadie contestó. Un minuto después volví a intentar. Ahora timbró solamente una vez.

–Hola… ¿Mónica? –titubeé, aún parcialmente dormido.
–Hola, ¿Juan? –contestó Mónica. Su voz era clara, como el agua fría. Detrás del auricular (fresca como el agua fría) Mónica llevaba ya 40 minutos sentado frente a su computadora.
–Hola Mónica.
–Hola Juan, ¿estás bien?
–Ehh… Sí, sí… bueno no… en verdad no –le confesé.
–¿Qué tienes? –calló un momento, esperando una respuesta, luego siguió–. Ya son las 9 de la mañana Juan. Juan, teníamos el almuerzo con Patricia, ¿recuerdas?
–Me siento un poco mal, Mónica.
–Ok… pero… ¿qué tienes? –sonaba de pronto ofuscada–. ¿Vas a poder venir? Tenemos el almuerzo con Patricia, ¿recuerdas?
–No lo sé. Me siento mal, desde ayer.
–¿Desde ayer?
–Sí, me duele… me duele el culo –le dije–. Desde ayer.
–¡Desde ayer!
–Sí, desde ayer –repetí.
–Espera, ¿que de duele qué?
–El culo –me escuchaba, callada y parca–, me duele el culo desde ayer.
–¿Qué te duele el culo, me has dicho?
–Eso mismo, el culo. Me duele mucho el culo desde ayer.
–No entiendo, ¿el culo? –Mónica sostenía el auricular, y este, entre sus manos, semejaba una pistola–. ¿Desde ayer?
–Sí, el culo Mónica.
–…
–¿Mónica? –estaba jodido–. ¿Me escuchas?

Del otro lado de la línea, pude imaginarla sosteniendo el aparato con la cara sonriente, echa una máscara: los ojos muy abiertos mostrándose como dos huevos pálidos y la mandíbula caída. En realidad les digo que pude imaginar su cara imaginando a su vez mi cara. Recordé todas las veces en las que había visto su cara redonda y rosada a lo largo de los últimos años, su cara afable que me daba órdenes y que me parecía un melón. Supe exactamente la expresión que tendría ahora, sentada ella sola en la oficina unos minutos después de las 9 de la mañana, junto a la ventana que miraba desde un noveno piso sobre una atestada avenida de Miraflores. Supe ya cómo esa cara –la sonriente cara de máscara que sabía que llevaba en este instante– me permitiría distinguir la cara de alguien que está oyéndote hablar y pensando que es lo que dices –cómo más decirlo– una extensísima huevada.

Un segundo me detuve en el techo blanco de la habitación, en el ventilador que hacía giros colgado de él y cuyas aspas estaban cubiertas de polvo. Luego miré mis zapatos en el suelo de la habitación. Estaban mojados, tirados junto a la camisa que me había puesto la tarde anterior. Esperé otro segundo.

–¿Mónica? –no contestó.

Reconocí un ligero ajetreo del otro lado de la línea, un ruido de aquellos que connotan un trámite o un proceso. Alguien parecía estar moviendo u ordenando pilas voluminosas de papel. Se oía música en el fondo, muy bajo, casi como un murmullo ronco o una ilusión. Se oía también el teclado de una computadora que iba al ritmo del murmullo; iba y venía un teclado con pausas regulares, junto a los compases. Alguien redactaba con velocidad.

Vi la hora en el despertador. Eran las 9 más 7 minutos. Me provocaba un café largo y amargo. Di la vuelta sobre la cama otra vez y volví a preguntar.

–Aquí estoy, Juan –contestó Mónica.
–Mónica, pensé… –me detuve aliviado– pensé que se había cortado.
–No, aquí estoy.
–Sí… –no supe continuar.
–¿Me decías que te duele el culo? Me decías que…
–Sí, eso es –interrumpí–, me duele el culo. La verdad es que me duele mucho el culo Mónica.
–Ok…
–Y que no me puedo sentar… –agregué–. Desde ayer.
–Veo… ¿o sea que te duele el culo y por eso no te puedes sentar?
–Exactamente –recalqué, guardando una pausa afirmativa–. Es que me duele mucho.
–No entiendo.
–…
–No entiendo bien, Juan –insistió.
–¿Qué cosa no entiendes?
–¿Es un poco raro no? –pude notar que se reía, a este tiempo un poco asustada–. ¿Cómo que te duele el culo?
–Es que… ¿cómo lo digo?…
–¿Qué cosa Juan?
–…
–¿Juan?
–Aquí estoy.
–¿Por qué te duele el culo? –reclamó.
–Creo que me ha crecido una piña, Mónica.
–¿Qué?…–calló un segundo, luego volvió con un tono más alto– ¿Qué dijiste?
–Dije que creo que me creció una piña… Yo lo sé…, pero eso es lo que ha pasado.
–No entiendo –ahora exclamaba en voz alta–. ¿Cómo dices…?
–Yo sé que suena raro, pero creo que me creció una piña en el culo.
–¿En el culo? ¿Pero dónde?
–Sí… eso es –quise terminar la conversación–. Cualquier cosa yo te aviso.
–¿Una qué?… ¿¡Dónde!? –gritaba.
–Una piña…
–¿Una piña, me dices?
–Sí –le confirmé desesperado, y quizás con una contundencia que bordeaba con la descortesía, seguí–: En el culo, sí, en el medio, entre las nalgas. Me ha crecido una piña en el medio del culo. Cualquier cosa yo te aviso…
–No entiendo.
–Digo que creo que no voy a poder ir al trabajo hoy. Mónica, no me puedo sentar.
–Espérame un ratito –ordenó. Siguió un largo silencio–. Ok, ya volví.
–Ok.
–¿Bueno, tienes algo urgente para hoy?
–Ehh… mmm… –no podía pensar–, creo que no…
–¿Estás seguro? –volvió a preguntar.
–Sí, no, todo está al día.
–Bueno…
–Sí, bueno… chau Mónica, nos vemos mañana, supongo.
–¡Chau, cuídate! –respondió, y pareció querer colgar el auricular, pero inmediatamente agregó–: Espera, no entiendo.

4

Oí que se despedía y llevé el aparato lejos de mi boca, extendiendo el brazo derecho hasta la mesa de noche del mismo modo tal si fuera una pala mecánica. Lo llevé con lentitud y precisión trazando un arco amplio y constante, sin perderlo de vista, abriendo poco a poco el codo con una torsión hacia fuera alrededor de la axila. La piña, que hasta este momento de la mañana se había mantenido en silencio, comenzó de pronto a latir con insistencia. Un sordo tambor bregaba entre mis nalgas, y el estruendo del tambor, aliado a repetidas punzadas enviadas a mí con cada uno de los golpes dados en él, ocasionaba un escozor espeluznante.

Cuando el teléfono estaba por alcanzar su posición de descanso, estuve aliviado. Entonces empezó a tocar el tambor: ya casi había puesto el auricular en su lugar sobre la mesa de noche cuando escuché, muy suave, lo último que Mónica dijo. Del mismo modo lo escuchó también la piña.

Esperé un momento y traje de vuelta el teléfono junto a la cara.

–Espera, no entiendo– dijo, y quedó silenciosa, permitiendo un corto suspenso–. Sí –repitió–, no entiendo.
–¿Qué cosa no entiendes? –le pregunté.

A continuación la conversación cambió de dirección. En cierto sentido, no podría asegurar lo que aconteció.

–Esto de la piña –contestó con ligereza–. ¡Esto de la piña me tiene muy, muy intrigada! –agregó, y se puso a reír.
–Ah, cierto.
–¿Cómo es? –en su lugar, sentada en la oficina, Mónica sonreía–. Dime, ¡¿cómo es?!
–Es un poco extraño todo esto. Mira, tú entenderás… Me levanté las mañana del domingo y ya me dolía. El sábado estuve fuera, de fiesta. Tomé demasiado. No sé lo que pasó.
–Sí –interrumpió–, la verdad… ay, yo no había escuchado algo así antes. ¡La verdad es que jamás había escuchado algo como esto!
–Mónica, yo tampoco, pero te puedo jurar… Fui al baño. Bueno, la ví. ¡Es, es cierto! –exclamaba–. No sé lo que pasó…
–¡No entiendo! –se reía. Y cada carcajada, como la mano de una campesina lechera, parecía frotarme la piña con una cosquilla–. ¡No entiendo!
–Para serte totalmente sincero, Mónica, ¡yo tampoco lo entiendo! He tratado mucho de entenderlo. Estuve todo el domingo tratando de entenderlo. Y no pude. En Villa, las dos horas que comí con mis padres, no pude descifrarlo. Cuando servían el vino, yo pensaba en la piña. Cuando asaron el chancho, seguía con los pensamientos en ella. Más tarde, recostado en el automóvil… ¡es que yo tampoco lo entiendo!
–¿Pero cuánto tiempo vas a estar mal? –Mónica bullía; la piña, como si la excitaran con una pluma, no se quedaba quieta–. Por Dios, ¿¡cuánto tiempo dura una piña!?
–No lo sé –espeté dubitativo–. Pero hoy no me he podido levantar de la cama. ¡Eso es seguro!
–Vas a ir al doctor, me imagino. Tienes que ir al doctor.
–No lo sé –imaginé llamar, imaginé la voz de la secretaria–. ¿Qué le voy a decir al doctor? “Doctor, necesito una cita por favor.” “Señor, qué es lo que usted tiene? “Doctor, tengo una piña en el culo”. ¡No! El doctor va a pensar que soy un loco de mierda, un imbécil. No me atenderá.
–¡Una piña! –ahora era casi como si le hubieran dado una buena noticia. Reía–. ¡Una piña!
–Es seguro que voy a ir. En la tarde, sí, ¡voy al doctor por la tarde!
–¿Y cómo es? –su respiración, al acelerarse, se había vuelto clara y rítmica. Tomó un descanso–. ¿Có-mo-es-la-pi-ña-Juan? –preguntó, ahora lentamente.
–Bueno, yo diría que es como cualquier piña, Mónica. Sí, en efecto, como cualquier piña. Como las piñas que compras en el supermercado. Sí, como cualquiera de ellas. Como las piñas que recuerdas de chica. Sí –¿que cómo cualquier piña? ¿Qué carajo hablaba?– Sí, así es.
–¿No la has visto?
–No, pero la he tocado. Fui al baño… La toqué con las manos.
–Mierda –replicó con asco–. ¡Mierda! –repitió riéndose–, ¿la has tocado?
–Sí, claro. Digamos –no existía una forma de explicar esto, así que acometí el asunto como pude–. La toqué con los dedos. Es ovalada, áspera, está cubierta de extraños rombos. Es como un huevo rugoso… ovalada como un huevo terso y rugoso, cubierta de rombos, muy grande.
–¿Cómo entra? –se mostró curiosa–. No imagino como te cabe allí.
–De hecho yo diría que no entra, Mónica. Sí, creo que por eso me duele tanto. ¡Eso es!
–Mierda, tienes que ir a un doctor Juan… ¡Mierda! –volvió a maldecir–, yo sé que no te gustan…
–Yo creo que se irá sola.
–¿Estás loco? Debes ir al doctor…
–Pero es sólo una piña. Al fin y al cabo… Ya se irá. Si pasa suficiente tiempo… No, yo no puedo. No. Después de todo, ¡es sólo una piña!
–¿Cómo que es sólo una piña?
–Yo creo que podría ser peor… Yo creo que podría ser mucho peor.
–¿Cómo podría ser peor?
–Ehhh… –medité un momento:– sí, creo que podría ser mucho peor.
–¿Qué?
–Podría ser una papaya –continué en voz alta–. Mónica: ¡imagínate si fuera una papaya!
–¿Una papaya?
–Ciertamente sería peor si fuera una papaya.
–¡No entiendo nada! –se carcajeó.
–Si fuera una naranja, creo que sería mejor.
–¿Por qué? –volvió a agravarse.
–Por el tamaño. Quiero decir… una naranja dolería mucho menos en el culo.
–¡Oye! –exclamó–. ¡Déjate de huevadas! Anda a un doctor y que te diga que tienes.
–En cambio una papaya dolería mucho más.
–Deja de hablar sonseras –ordenó.
–Pero si fuera una papa sería terrible.
–Mira, ¡escúchame! Tienes que…
–Por lo menos no tengo una papa en el culo –la detuve–. Tampoco hace ruido –seguí–. Imagínate que hiciera ruido.
–¿Cómo?
–Si hiciera ruido.
–¿Cómo mierda va a hacer ruido, Juan?
–Si fuera un animal haría algún ruido.
–¿Qué? Estás hablando huevadas.
–En cierto sentido, creo que tengo suerte de que haya sido una planta. Las plantas no se mueven, salvo que el viento sople contra ellas. Las frutas, en general, no joden demasiado. Las frutas, en su mayoría, son dulces y legres. Por lo menos las frutas no ladran ni aúllan.
–Oye…
–Pudo ser un coyote. Eso sí que hubiera sido un problema. Creo que pudo ser un coyote.
–Pero fue una piña…
–¡Imagínate! ¡Un coyote Mónica!
–Estás imbécil –concluyó, categóricamente. Ahora Mónica se había echado totalmente, el torso entero sobre un codo y el escritorio, y con la mano libre pasaba los post-its uno a uno, de un lado del monitor al otro, donde los volvía a pegar–. Además, creo que en Perú no hay coyotes, Juan.
–Y en Europa, ¿hay coyotes?
–No lo sé –replicó–. ¿Pero qué importa?
–Es que en el verano estuve en Europa.
–¿Y?
–Quizás lo traje sin darme cuenta. Quizás lo traje en la maleta, en el avión.
–¿Qué?
–Que quizás lo traje sin darme cuenta– Mónica imaginó un pequeño coyote, enrollado como una bolsa de dormir, en el fondo de la mochila–. En la mochila, por ejemplo.
–Juan, creo que en Europa no hay coyotes –imaginó que el coyote no se movía, imaginó que quedaba 16 horas totalmente quieto.
–Pero yo creo que quizás lo traje en la mochila sin darme cuenta.
–Juan, te hubieran visto y te hubieran hecho pagar por una mascota. Además, te digo… en Europa no hay coyotes.
–¿Dónde hay coyotes entonces?… –¿dónde?–. ¿Mónica?
–Sí, sí… En México hay, al norte. Allí tienen coyotes. Al norte de México hay un desierto muy largo. También es muy ancho. Está seco, como un pozo. Allí, donde se juntan México y los Estados Unidos, en medio de ese mar de narcos, putas muertos, allí mismo hay coyotes como cancha.
–Coyotes… ¿cómo el que persigue al Correcaminos en los dibujos?
–Exactamente –confirmó.
–Bueno, pero en México sólo fui al sur. Estuve en Yucatán, fuimos a la playa –recordé–. Fuimos con mis padres. Yo tenía 9 o 10, quizás menos. Mi padre condujo a Chichén Itzá, comimos tacos en Valladolid (sí, como en España). Luego casi se cae en un senote, el huevón. En el Bogarts, un restaurante para turistas decorado al estilo marroquí, el lomo tenía sabor a mierda. Lo juro, a mierda. Mi padre dijo que era carne congelada… Es que lo recuerdo todo perfectamente. Nunca pidas ensalda Caesars en México, Mónica, ¡nunca!
–En Arizona también hay –Mónica contaba las hojas libres de su cuaderno–. En Nevada hay coyotes. ¿Has ido?
–No fui nunca.
–Seguro que en Texas hay coyotes también.
–Solo estuve en la costa este. En el 89, cuando fuimos a Florida. Volvimos en el 91. La primera vez nos quedamos en el Sonesta; la segunda en el Marriot. Recuerdo como mi hermano se golpeó la cabeza en Miami Beach. Un poco más y se la rompe. Lloró como un maricón: ¡qué tal huevón! Y mi padre usaba casacas, con todo y el calor. Y mi madre todavía se ponía hombreras, como en las pasarelas… Recuerdo que me gustó mucho Miami.
–Pero allí no hay, eso es seguro. En los pantanos…, en los Everglades sólo hay cocodrilos.
–Luego en el 96 fuimos a Nueva York. Nos quedamos en un hotel en la 81 con Broadway.
–¿Conociste el MET?
–No. Mi mamá fue, pero yo me quedé en un McDonalds. Tenía un vaso de Dr Pepper de 12 oz. Era refill.
–Creo que lo que hay en Europa son lobos, Juan.
–Yo no vi ningún lobo en toda Europa –ahora era Mónica la que hablaba huevadas.
–Eso es obvio… Es obvio que no viste ningún lobo.
–¿Por qué? –quisé encontrar el motivo yo mismo. No lo logré–. ¿Por qué sería obvio?
–¿Acaso fuiste al bosque?
–No.
–Pues no creo que haya lobos en el metro, corriendo entre los inmigrantes hambrientos, ni lobos en el H&M, mascando los calzoncillos, ni lobos en las playas, cagando y cagando, ni en el Museo del Prado…vamos, en general, no creo que haya lobos por la calle en Europa. Europa es un lugar civilizado (probablemente demasiado), y en los lugares demasiado civilizados no hay lobos que van por la acera. ¡De ninguna manera!
–¿Por qué?
–Pues porque los meterían a una perrera. Tarde o temprano los encontrarían e irían a una perrera.
–¿Y después?
–Los llevarían al zoológico supongo. Allí los criarían o verían como regresarlos al bosque. En el bosque es donde tienen los europeos sus lobos.
–No lo creo.
–¿Qué mas harían?
–Podrían matarlos.
–¡No digas eso!
–Claro que sí, podrían matarlos con un tubo metálico, darles en la puta cabeza con un tubo metálico… ¡hasta volver mermelada sus cráneos!
–¿¡Qué!?
–Que quizás es un lobo, digo, lo que tengo. Quizás lo que tengo en el culo es un lobo que se había perdido y que aún no habían cogido. ¡Se salvó de morir! Quizás lo que tengo en el culo es un lobo que se salvó.
–Bueno, Juan, quizás, es posible. No es del todo refutable. Hay un momento para cada cosa y, en ese momento, cualquiera cosa es posible. Ya he visto muchas locuras. ¡Ya las he visto todas!
–Quizás por eso me ladraron los perros en Schiphol.
–Y tienes suerte de haber pasado la Aduana, con esa cara de fumón.
–¿No te conté que me retuvieron?
–Sí –bostezó, oí que daba un sorbo, oí el sonido que el líquido oscuro hacía cuando lo deglutía.
–La verdad me hubiera gustado conocer el bosque. Quizás hubiera visto un lobo. Quizás lo hubiera traído conmigo.
–¿Te gustan los lobos?
–Sí, pero no más que… ¿Sabes?
–¿Qué cosa?
–Tengo mucho sueño.
–Ok Juan.
–Ok, adiós. Hablemos mañana.
–Ok, cuídate –refunfuñó Mónica.

5

Eran ya las 9 con 20 minutos, el lunes por la mañana, cuando Mónica colgó el teléfono. Sostuve todavía el aparato un momento junto a la cara, hasta que sentí que el micrófono se humedecía con mi aliento. Cuando percibí las pequeñas gotas acumulándose sobre el la superficie de plástico, comenzando a mojar mis labios, lo puse en la mesa de noche y volví a girar sobre la cama.

Había más luz ahora, entraba con facilidad entre las persianas, pero no tanta como para colmar la habitación. Quedé dormido el resto de la mañana.

Recuerdo que tuve una pesadilla fabulosa. En ella, Carmen Miranda se aproximaba hasta mí atravesando el espacio oscuro de un cabaret en el centro de la ciudad. En un sótano profundo y tan alto como un auditorio y oscuro de una transversal de La Colmena, un salón mediano contenía una barra de madera y entre 20 y 30 sillones de un terciopelo púrpura, roído e impregnado con un hedor de humedad y polvo. Los sillones se agrupaban alrededor de unas pequeñas mesitas de aluminio, colocadas cada una bajo lámparas tenues de cristal que colgaban mediante un cable de acero del techo altísimo. Cuando uno se posaba en cualquiera de ellos, el material de los sillones se hundía y, como una flatulencia rancia, se esparcía alrededor un brumoso espíritu ocre. Las mesitas estaban cubiertas de tabaco; en los bordes, habían sido tatuadas con cientos de pequeños aros de herrumbre. Frente a estas –dispuestas siempre en una medialuna–, se apostaba un escenario alto, al tiempo de mi sueño vacío, decorado con motivos moriscos dibujados sobre planchas de metal burilado.

Era junio de 1947 y hacía un frío intenso. Carmen se sentó a mi lado.

–Hola –me saludó. Sus labios, abiertos como una puerta, estaban pintados con un lápiz coral– ¿Cómo estás, corazón?
–No muy bien –le contesté–. ¿Cómo estás tú?

Entonces cruzó las piernas y se inclinó sobre mí. Hice una seña y llamé al mozo. Le pregunté a Carmen qué quería. Me dijo que un whisky. Ordené un whisky y un capitán. Me volví hacia ella. Llevaba un vestido de seda con muchos colores. En el cuello le colgaba un collar de perlas. Tenía el pelo recogido en un peinado muy alto. Se sostenía todo, como si estuviera engominado, en un sombrero sobre el que se habían colocado una variedad de frutas. Le dije entonces que olía a frutas. Carmen, hueles a fruta. Me miró los shorts de pijama, delgados y a cuadros. Me dijo que aquello, de cualquier modo, debía ser bueno. Le dije que lo era. Sonrió y me preguntó por qué no me sentía bien. No supe qué responder en ese instante. Colocó su mano en mi muslo y apartó la mirada, poniéndola en la mesita de aluminio. Cerró los ojos y permanecimos en silencio hasta que trajeron los tragos.

En resumen, al rato le conté la historia: le dije que tenía una piña atascada en el culo. Se rió. Me dijo que eso no tenía nada de malo. Ella había tenido muchas frutas en el cuerpo. Ella había tenido plátanos en casi todas partes, por ejemplo, en la concha, en el culo y en la boca –en la boca era donde más le gustaba–, y una piña también, sólo una vez, en otros tiempos. Incluso ahora llevaba algunas uvas en la cabeza, como ya lo había notado yo. Era su trabajo, después de todo. Pensé que era cierto: ¡era su trabajo, después de todo! Asentí. Supongo que entendió lo que quise decirle. Se acercó un poco más. Me preguntó por qué tenía una piña, cómo carajo había llegado a alojárseme una piña. Yo le dije que no lo sabía. ¿Cómo podía no saberlo? Pues no lo sabía, le aseguré. Post hoc, ergo propter hoc, me dijo: ¿qué carajo hiciste la noche del sábado? Dímelo. Le dije que no lo recordaba muy bien. Había bebido cervezas, y luego pisco. Pues, ¿qué más recordaba? Recordaba a Pedro vomitando. ¿Nada más? Sí, recordaba estar bailando. Primero una música de los 80’s, luego salsa, luego no estaba seguro. Recordaba bailar y recordaba a Pedro vomitando. ¿Algo más? No. Ok.

Carmen ordenó otro whisky. Yo ordené una cajetilla de cigarros. Encendí el primero. Oímos cuatro o cinco canciones sin hablar. Insatisfecha, me dijo que seguramente había algo, entre todo lo que no recordaba, algo que explicaría todo y que si jamás llegaba a recordar, nunca desentrañaría el misterio de la piña fabulosa que tenía alojada entre las nalgas. Me dijo que si bien esto de la causalidad estaba malentendido, no había más, en cierto sentido, que encamarse con la bestia. Así de simple. ¿Así de simple? Sí, me dijo. Y en ese momento, cuando sonrió para afirmar la contundencia de su idea, se me paró. Ella extendió la mano y me la cogió desapasionadamente a través del pantalón, muy adusta, como quien coge una raqueta de tenis. De cualquier modo, casi me vengo allí mismo. Ella lo notó y me propuso ir a una habitación, pero le dije que no podía. A penas pude estar sentado en ese lugar.

Tras echarse hacía atrás en el mueble vetusto, Carmen bebió rápidamente el último trago de su vaso. Acoplada su imagen dominante a la del sillón republicano, hacía las veces de una virreina despiadada. Al rato se fue sin despedirse. Pronto desperté. Ya eran las 2 de la tarde y el cuarto estaba inundado con el mortecino capricho del sol. El sopor era próximo y sofocante. Cuando luchaba por llegar hasta el water, jorobado y torpe, recordé aquello de la navaja de Ockham. Miranda, pensé, Carmen de mierda. También creo haber llorado un instante, pero no sabría decirlo con precisión.

Esa misma tarde la piña empezó a menguar.

6

Los primeros días pasé largos ratos manipulando la piña, de la mano de un ungüento maravilloso, ponderando las potenciales causas de tan extraño padecimiento. Me tendía en la cama sin levantarme. La modorra me acometía implacable. Procuraba leer pero nunca pasaba de unas pocas páginas, pronto caía dormido. Me masturbaba. En los pocos periodos sin lucidez que se alternaban con el letargo reinante, procuraba ir determinando la evolución de la hinchazón. Con los días el dolor había disminuido considerablemente, dando paso a una picazón intensa que a su vez daba pie a la molicie. Me volví asqueroso. Tocaba y torcía la piña toda la noche, como si fuera un pequeño amuleto precioso.

Llamé el jueves temprano a Mónica. Le dije que no iría tampoco ese día a la oficina .

–Ok Juan –eso fue todo lo que me dijo. De inmediato colgó.

Por la tarde anduve hasta un restaurante pequeño cerca del parque de Miraflores. No había salido sol, pero la resolana era inmensa. Corría viento. Al llegar cogí la mesa que daba a la calle. Ya podía tomar asiento con normalidad.

Desde mi lugar podía ver unos chicos que jugaban con unas monedas sobre la vereda. Un señor, a cinco metros de la puerta del restaurante, vendía galletas de avena. Pronto se acercó el mozo, un hombre bajo de unos 50 años. Tenía las cejas anchas, era moreno y usaba una guayabera percudida. Ordené huevos revueltos, mostaza y una jarra de hierba luisa. Me miró como si fuera un imbécil. Me dijo que no servían nada de eso. Cogí la carta. Después de revisarla, ordené un shawarma de cordero, una ensalada de col y una cerveza. Por primera vez en cuatro días, comí y bebí como un puerco.

Más tarde ordené un café largo y coloqué el cuaderno azul sobre la mesa. Lo abrí. Sobre el papel había un dibujo hecho en lápiz. Era un pájaro gris, en pleno vuelo. Tenía el pico rojo, parecía que regurgitaba sangre a través del pico. Bajo los ojos, una sombra azul, tal si hubiera sido hecha por un maquillador, alumbraba su rostro. Pero no recordaba haberlo hecho. Pasé algunas hojas más del cuaderno y contemplé, a la mitad del encuadernado, la primera página en blanco.

Escribí algunas horas en esa página y las siguientes. Traté de atar cabos. Finalmente limité las posibilidades a dos.

I. La piña no era en realidad una piña. La piña era en realidad una inflamación del tejido hemorroidal en la boca externa de mi ano;

y II. La piña era la venganza artera del universo, vuelta sobre mí.

7

–Pedro –le dije–. ¿Qué, una chela?
–Vamos –aceptó.

Caminamos raudos a través del salón, un espectacular prisma rectangular, muy alto y decorado con esmero. El suelo estaba entarimado con tablones largos y gruesos. Una alfombra de un oscuro tono borgoña estaba perfectamente posicionada en el centro de la habitación, cubriendo gran porción del área del disponible para andar. Las paredes estaban cubiertas con un empapelado beige, con lunares. Quizás cuarenta guirnaldas de flores plateadas colgaban de las vigas que sostenían la construcción, cada una atada con una fibra de nylon gruesa y opaca. Reduciendo el espacio, muy largas, quedaban justo sobre la cabeza. Dado por los ocho potentes reflectores que se ubicaban en el perímetro del cielo raso, echaban sombras verticales y oblicuas que cruzaban el salón en todas direcciones. Hacían las veces de cuarenta macabros péndulos detenidos. Se habían colocado largas, chatas bancas de madera contra las paredes azules –los invitados se posaban y departían en ellas. En una mesa de metal, sobre la esquina más apartada, se había improvisado un bar. Detrás de esta mesa se encontraba un muchacho vestido con un traje oscuro.

Era sábado y la temperatura iba en descenso. Eran las 9pm, una noche de junio. Fuera llovía con chispas minúsculas. Nos acercamos al muchacho de traje oscuro.

–Está un poco tibia –me dijo. Lo miré: Pedro probó la cerveza con la punta de los labios. Sus labios hicieron la forma del pico de un loro y extendiéndose se hundieron en el vaso de plástico. Penetraron la abundante espuma. Dio un pequeñísimo sorbo, meditó un instante y asintió–. Sí, la acaban de traer. Después se enfría –me aseguró.
–Qué paja el sitio, ¿no?

Además del salón en el que nos encontrábamos, la fiesta tenía otros ambientes. Desde la entrada a la casona, un hall monumental y desnudo con nada más que una cúpula de mármol sobre un piso de azulejos, se ingresaba a los salones y pasadizos, todos de distintos tamaños y formas y acondicionados cada uno con motivo distinto, que formaban un anillo irregular. Los ambientes estaban unidos entre sí por varios pórticos abiertos. Se llegaba desde el extremo más lejano del anillo, con el salón más amplio, a una terraza y, a través de esta, bajando una escalinata al jardín cuadrado y seco. La tierra en el jardín era oscura y estaba removida, cubierta de pajas donde otrora crecerían flores.

En cada uno de estos ambientes se ejecutaba la fiesta; en cada uno con el mismo coqueto frenesí, apocopado e invernal.

–¿Te gusta? –le pregunté, señalando a la chica que bailaba a dos metros nuestro.
–No sé –respondió sin voltearse. Pedro tenía la mirada perdida en algún lugar entre las guirnaldas y la atmósfera densa. Le parecían algo mágico: cientos de guillotinas colgando del techo (algo extraído de un circo, pensaba). No había percibido, entre todo lo que nos rodeaba, lo principal. A dos metros nuestro una morena giraba en trompos meticulosos y perfectos.
–Está guapa –le dije. La morena persistía en su trance.
–Sí –estuvo de acuerdo.
–Está buenaza, ¡no jodas! –insistí.
–Sí –admitió. Se rió un momento–. Tienes razón, está buenaza –pero aún no la miraba.
–Tiene un culazo huevón –no parecía escuchar.

La morena hacia trompos meticulosos y perfectos. Cuando giraba, las distintas sombras lineales giraban en dirección opuesta y radial a su cuerpo, hacían ángulos de luz y sombra sobre su rostro y su vestido. Iba así tornándose su apariencia. Un momento todo lo que comunicaba era bondad; otro era una pécora inexpugnable.

–¿Pudiste empezar a escribir el guión? –me preguntó Pedro.

Entonces lo tomé del brazo y lo volteé de costado. Sólo así Pedro la vio y en ese momento la morena nos vio a nosotros. Sus ojos grandes y oscuros se hincharon, de inmediato se desviaron hacia otra parte. Con ese porte coqueto y dinámico –tenía una especie de espíritu de sonaja–, nos vio y de inmediato continuó bailando, a sabiendas de que la teníamos en la mira. Ahora yo necesitaba mear.

–Vuelvo –dejé a Pedro con sus guirnaldas y la morena. Tomé una cerveza y me dirigí fuera, en busca de un lugar para saciarme.

En el jardín de atrás había menos gente. Fuera ya no se respiraba el aire tupido de la casona. La lluvia caía de lado. El viento de las 10 de la noche inclinaba las minúsculas chispas, parecía que las pulverizaba. Las chispas caían entonces tal un manto oblicuo que todo lo humedecía, y no precisamente lo mojaba. En la grama seca y muerta, alrededor de las jardineras secas, entre uno o dos arbustos secos, algunos invitados se paraban dispersos y se humedecían. Conversaban, allí donde la música se oía más baja.

Pero no había en todo el jardín un rincón donde mear. Entonces volví a la terraza. Le pregunté a un chico que se sostenía contra una columna y tomaba de una copa. Su complexión abierta y su palidez me convencieron de su franqueza. Siguiendo su concejo, entré por una puerta lateral a un pasadizo más oscuro, fuera del anillo. Tras deambular unos minutos en la oscuridad, alcancé un interruptor con los dedos. La herrumbre lo cubría completamente. Estaba húmedo y cuando lo presioné, sentí una leve descarga. Me descubrí un baño viejísimo e inmundo. Después de verme un momento en el espejo, extraje el pene del pantalón, lo blandí en 45 grados hacia delante y arriba, oriné en el lavatorio.

–¿Pudiste empezar a escribir el guión? –Pedro no se había movido del mismo lugar. Sus ojos vibraban, disociados del culo de la morena.
–¿Pudiste ver ese culo, puta madre? –ella seguía en frente de él y él seguía, como un cojudo, perdido entre las pequeñas guillotinas que colgaban del techo.
–¡Ya! –sonrió.
–Ya empecé –le dije. Cogí otra cerveza–. ¿Se enfrió?
–No –me dijo–. ¿Qué has escrito?
–Nada –respondí–. Ok, todavía no empecé. Esta semana traté de empezar con algo, pero no la tengo muy clara, la verdad.
–Necesito que empieces.
–Discúlpame, no he podido –me excusé–. Tú sabes, trabajo todo el día. Y tengo a Mónica encima. Casi no tengo tiempo .
–¿A quien?

Más tarde seguimos tomando cervezas. La música cambió; ahora ponían salsa. Si no es mi imaginación, todo se oscureció también. Bajaron las luces hasta sumir todo en una penumbra sinuosa. La morena se movía con insolencia.

A las 12 llegaron Felipe, Fátima, Luciana, todos ellos. Bailamos juntos. Luego volví a buscar el baño. Cogí una cerveza. Encontré al muchacho de la columna bebiendo del lavatorio. Me vio e hizo una seña. Volvió a su tarea. Cuando seguía con la cabeza sumergida, oriné en el water. El chorro transparente caía en el agua oscura, hacía un ruido grave y con él se elevaba hasta toda la habitación un hedor dulce, como de espárragos. Pequeñas chispas opacas empezaron a mojar mis zapatillas. Salí de allí tan rápido como pude.

Otra vez en el salón, no pude encontrar a todos. Salí a la calle. No había nadie más. Llovía. Fui hasta el bar y cogí otra cerveza. El muchacho del traje oscuro ahora estaba ebrio. Con una copa en la mano, conversaba con una chica. Creo que bailé un momento. Después volví a salir a la calle. ¿Dónde mierda estaban todos? La lluvia arreciaba. Parado en el hall, bajo la cúpula, me apoyé contra la pared a descansar. El mármol estaba helado y el frío penetraba mi espalda. Pensé un momento en la morena, la había perdido de vista, y luego en el guión de mierda. Pero estaba contento. Me sentí contento y terminé mi cerveza de un sorbo largo, inclinando el vaso hasta ponerlo casi en posición vertical.

Entonces noté que en el rincón opuesto había alguien. Doblado sobre su cintura, se apoyaba contra la pared. Me acerqué. A sus lados, el piso estaba completamente mojado. Un chorro rosa partía de él y se esparcía en el piso de azulejos. Di unos pasos más. La figura doblada regurgitaba; las arcadas lo hacían dar pequeños saltos. Con cada una el chorro que corría por el suelo se engrandecía. Di unos pasos más: era Pedro.

Fui por una cerveza. Creo que pude ver a todos bailando también. Pero fue entonces que comencé a sentirme verdaderamente entumecido. Al día siguiente, después del café con José, Luciana me contó por el chat algo de todo lo que no podía recordar.

Colofón

La piña ha desaparecido del todo. He vuelto a mi vida común. Voy al trabajo. Escribo y duermo. Mónica no ha dicho nada.

Tras muchas horas de furia, tan sólo más tarde he podido decir que los fulgores se aplacan, pero mi estómago todavía no se resuelve. Quizás nunca pueda saber qué originó realmente mi padecimiento, o si fue cualquier cosa que no supe y que escapará desde ahora para mí. Quizás sólo pueda saber con certeza que no es el resquicio entre las nalgas, esta grieta nerviosa lugar propicio para cultivar fruto de cualquier especie.

Lo primero que hice fue colocar una bandera… miento, eso sucedió un poco después. En realidad lo primero que hice después de bajar del avión fue tomar un tren, luego tomar el metro, después andar por una calle fría y diagonal, iluminada por faroles metálicos, transitada con mucho orden por autos, hombres en bicicletas y mujeres a pie, subir a un primer piso colmado de una humareda que emanaba de sendos porros, luego bajar del primer piso, caminar hasta la esquina al bar de un chino muy educado, beber 3 cervezas catalanas medianas y una clara, luego subir al mismo primer piso, beber 2 cervezas más, esta vez holandesas y pequeñas, después dormir acurrucado en un sofá plegable, sólo entonces colocar la bandera. Es decir que lo undécimo que hice fue colocar una bandera en Barcelona. Y esa bandera se concretó en la forma de un colchón.

He clavado mi primera bandera en el suelo de esta ciudad. He hundido el asta de mi bandera en el suelo catalán, donde pretendo establecerme. He hundido mi bandera y de tal modo he puesto el primer pie en esta tierra, el primero de los dos pies de los que dispongo aún y que no sé todavía precisamente con qué timing se volverán a juntar en un solo lugar. Quizás eso no suceda jamás otra vez. Quizás estoy destinado, fui hecho para nunca sentirme en casa, como definitivamente no me siento ahora en casa, demasiado frío, y como nunca me he sentido en cualquier ocasión antes en casa. Nunca, con nadie, en ninguna situación. Tengo hoy un pie todavía en Lima y acaso, de hecho ocurre que a veces lo siento así, ese pie jamás se despegue de su ubicación actual, fijo a ciertos lugares comunes a los que constantemente vuelvo y que me halan como si fuera pequeñas cuevas húmedas y dulces y con un talento social para la canción poco afectada.

Quiero decir que me levanté la primera mañana tras mi primera noche en Barcelona y fui a Ikea y me compré un colchón de espuma. Poco después supe que lo quería, le cambié el género y le puse Montserrat. La quería, de pronto lo supe. Era mi primera posesión española y la había elegido por eso con minuciosidad. Había paseado horas por la tienda, luminosa y musical como un casino, hubo algo en ella que me atrajo. No fueron los atributos que pudiera tener –pues no era la mejor– ni su precio –que no era tampoco el mejor– los que me sedujeron. Fue algo más, inmaterial, propio de ella y no ubicable en sus 10 cm de espesor compresible. De hecho si entro a la página web de Ikea, ellos no me recomiendan a Montserrat. Por supuesto, ellos recomiendan colchones mucho más caros que Montserrat. Montserrat sólo cuesta 55 euros, cuando ellos no recomiendan nada bajo los 129. Curioso, no me sentiría a gusto con uno así. En mi condición de excursionista y colocador improvisado de banderas, creo ser solamente digno de Montserrat y de su espuma que Ikea, calculo como menos logrando un margen de 100%, precia en 55 sencillos euros.

Comiendo en un japonés le he contado a Daniel y a Dunja y a Sandra que Montserrat se llamaba así, que había reconocido en ella una identidad persistente y femenina y que la había tenido que bautizar, tal como, por ejemplo, tuve que bautizar mi Bacinica como Robin. Me han escuchado y hemos seguido comiendo. Luego, esa misma noche he sabido que Montserrat es mi primera bandera. Después de encender la luz de mi estrecha habitación, la he reconocido, ondeando en la atmósfera quieta, flagrante como un grito. Apostada fuera de mi hogar, es mi primera señal de auxilio. Montserrat es la primera señal de mi partida, el anuncio de todo lo que debo hacer de ahora en adelante. Es la primera manifestación de que me cago en diversas cosas, la declaración abierta de la guerra silenciosa que se ha ido cociendo bajo tierra, el momento justo en una fiesta antes de que se saque la primera botella de vino.

Escribo ahora mismo sentado en mi primera bandera. Mi primera bandera es sueca y está hecha de espuma. Ahora mismo ondea en una habitación muy oscura, iluminada sólo por la pantalla de la computadora. Fuera llueve, nieva, alternativamente cualquiera de ambos. Totalmente solo, escribo y escribo y escribo sandeces mientras cojo mi bandera del asta, la blando en la oscuridad como si fuera una metralleta.

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Ornella me ha dicho que si le pago 5000 dólares me entregará su cuerpo. Me lo ha dicho sobria y me lo ha dicho también borracha. Me lo ha dicho en serio y me lo ha dicho de broma. Me lo ha dicho la última vez hace 2 meses, una madrugada por messenger cuando yo no pensé que me lo iba a decir y se lo sugerí y me lo dijo y me hizo sonreír. (Creo que estaba embriagada otra vez.) De estas formas y otras me lo ha dicho a lo largo de 4 años, algunas veces con duda, otras con franqueza y algo de gracia e incluso una vez en la playa mientras yo comía unos bombones de vainilla y tomaba un café y ella se mecía en su hamaca bajo el sol y cuando en algún otro lado todo lo demás, aquello que verdaderamente importa, sucedía, ciertamente en otro continente o por lo menos a más de 100 metros de distancia, donde no lo oíamos y no sabía yo aún que estaba ocurriendo.

Calculando que siempre existe algo de verdad en toda broma, que el sexo, en términos simples, a todos nos gusta y que el dinero todos bien lo reciben, estimo que si logro reunir los 5000 dólares y se los entrego, es grande la posibilidad de que Ornella se acueste conmigo. Y sin embargo no es tan sencillo.

El primer problema que salta a la mente es que Ornella vive en Brisbane y yo vivo en Lima. La distancia es fabulosa. Bueno, al menos por ahora vivo y trabajo en Lima, aunque espero escapar del país tan pronto como mi racionalidad financiera me lo permita. Vengo preparando mi huída hace meses. Vengo olvidándolo todo, proscribiéndolo todo, fumigando todo aquello que me amarra todavía a este lugar, a esta forma, a esta posición putrefacta que me atrofia y me hace querer objetos y lugares en las que no me sustento, en donde no me encuentro. Un día ya no tendré nada que me ate y podré huir y entonces todo lo que me ata a este lugar hoy estará muerto y en función de eso yo quizás esté libre. Al menos tal es la hipótesis, pues no puedo negar la posibilidad de que quizás en medio del frenesí destruya por error algo que aún sea parte de mi y que de tal modo destruya por siempre gran parte de mi y que con esta manera tragicómica, en consecuencia, muera permanentemente una parte de mí, parte de la que entonces ciertamente no me habré librado ni me libraré jamás sino que arrastraré a donde sea que escape, siempre, doloridamente, como se arrastra una pierna enana, chamuscada o amputada o un ojo enorme y pardo y ciego o un corazón maravilloso pero poseído y ajeno que siempre nos recuerda aquello que quisimos destruir, que por un instante pensamos haber hecho nuestro, que finalmente no pudimos erradicar.

Y aún así creo que, entero o partido, lo más probable es que logre esta huída. Así, que viva el próximo año en Barcelona. Mientras tanto, existe la posibilidad de que Ornella vuelva a Lima. ¿Qué opciones nos deja eso? En el peor de los casos, ella no logrará volver a Lima pronto, pues está desempleada y no parece estar haciendo demasiado por conseguir empleo (quizás sólo espera los 5000 dólares), lo que le impide comprar un ticket de vuelta, además de tener problemas con la visa, y así lo más probable es que para cuando ella logre volver yo habré escapado ya del país, viva fuera. Allá no sé que vida llevaré y ciertamente no tengo la menor idea cuándo esa vida que lleve allá me permitirá volver acá, a Lima. En el mejor de los casos, si no logro escapar o si no he escapado todavía para cuando ella logre volver, podríamos encontrarnos aquí. Pero eso implicaría esperar demasiado tiempo. El cibersexo no es una opción: la solución es un pasaje de avión. Lo que nos lleva al siguiente problema. 5000 dólares, solamente 5000 dólares ya es muchísimo dinero. ¿Carajo, realmente vale 5000 dólares el gusto de echarse un polvo con Ornella? ¿Quién se ha creído Ornella, una profesional? Ciertamente es cuestionable su talento. ¿Qué pruebas tenemos? ¿Qué tan bueno sería ese polvo? ¿Qué estaría dispuesta a hacer Ornella? ¿Será Ornella particularmente talentosa para el amor? ¿No podría conseguir una amante mucho mejor por ese precio? ¿Vale tanto echarse un polvo con una amiga de la infancia? Son todas cuestiones muy delicadas. Y se vuelven aún más validas si le añadimos a los 5000 dólares el precio de un pasaje de avión, sea que lo tome yo para buscarla o que se lo regale a ella para que me encuentre. Pongamos que ella sigua en Brisbane y yo permanezca en Lima. Serían alrededor de 3000 dólares adicionales a los 5000 ya pactados. 5000 + 3000 = 8000 dólares. ¿8000 dólares por dormir con Ornella? ¡Suena demasiado! La única salida iría porque ella acepte debitar el pasaje de avión de sus honorarios. Pero se lo he propuesto y como una meretriz en regla, higiénica y adusta, se ha negado.

El tercer problema es que Ornella es mi amiga desde que tenemos 5 años, más o menos. Más o menos, lo pongo así, porque calculo que en el periodo entre los 5 y los 15 años no me quiso realmente, sino sólo después. Entre los 5 y lo 15 Ornella era popular y yo no lo era y por tanto no me quería. Luego Ornella ha continuado siendo popular, aquí y en Brisbane. Yo he continuado no siéndolo, como no puede ser de otro modo todavía y probablemente no lo deje de ser tampoco cuando logre huir. Sin embargo de algún modo se ha cerrado una brecha y nos hemos hecho mucho más cercanos, se diría que amigos. Quizás porque Ornella es realmente una mujer inteligente, muy a pesar de lo que ella crea, y quizás porque ese tipo de mujer es el único tipo en el que yo confío, pues encuentro que son el único tipo de mujer que al tiempo que es capaz de oírme es capaz de traicionarme, y esa sensación es absolutamente deliciosa. Pero Ornella no sólo es mi amiga, además es ex enamorada de tres de mis amigos más cercanos. Con uno estuvo un verano a los 12 años y podríamos decir que no cuenta. Con otro (quien a propósito es hermano del primero) estuvo una semana, no sé exactamente cuando. Con el tercero estuvo un año a los 17. Además un cuarto amigo mío dice ha cerrado un contrato verbal con ella, han acordado casarse si alcanzan determinada edad (la cual no conozco) ambos solteros.

Como pueden ver Ornella esta cercada por todos los lados, geográficamente, desde el pasado y desde el futuro, por todos los flancos la rodean rígidos límites. Y con todo no termino de desanimarme. De cualquier modo Ornella es la única de mis amigas que me ha visto calato. Aunque haya sido hace 19 años, quiero pensar que el primer paso está dado.

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Estoy seguro de que se lo he dicho a Gabriela varias veces. Por ejemplo tomando café descafeinado un domingo a las 11 de la noche, o estacionados más temprano en el malecón, hablando de Italia y España, cada uno, respectivamente. Se lo dije a Clo el día del concierto de Depeche Mode mientras caminábamos en frente de ese cuerpo artificial, ese armatoste terrible que es la oficina principal del BCP en Santa Patricia. Un momento en la terraza de un piso 17 en San Isidro, desde donde maravillosamente se pueden ver los cerros al norte y al este, la playa de la Bahía de Miraflores al oeste, en todas direcciones la ciudad chata y horrorosa, extendida como una sábana sucia, incluso el sunset, en los veranos un sunset cegador que es como una lámpara roja y huachafa, se lo comenté a Rafael y Estefanía y se rieron. Se lo escribí una vez por messenger a Luciana y también se rió (entonces empecé a considerar que quizás sí era gracioso). Se lo he querido decir el domingo a Carolina, quizás antes también, pero se me ha pasado. Probablemente le he dicho cualquier otra cosa en cambio (hay demasiadas cosas que quiero decirle constantemente a Carolina y es entonces muy natural que se me olviden algunas, que no pueda decirlas todas al mismo tiempo).

A Rafael y Estefanía se los dije en medio de un ventarrón y probablemente ni lo recuerden. Estefanía miraba hacia Ripley y Rafael señalaba el nuevo logo del Interbank. Yo trataba de ver por la ventana del baño de mujeres del edifico de al lado y se los dije como se dicen las tragedias en una oficina: con aplomo práctico, como si fueran triviales cojudeces que se dicen rápido mientras se trata de ver dentro de un baño de mujeres y no cuestiones materiales, como si en el instante de un ventarrón cierta providencia –además infalible– fuera a salvarnos de ellas de cualquier modo y no importara realmente lo que pensáramos o pensaran otros al respecto. En efecto, ellos no piensan nada al respecto. Pero a Clo se le dije distinto, como de casualidad. Casi fue un lapsus. Así como el criminal que es atrapado porque delicadamente suelta la verdad en una conversación cualquiera, sobre carros, sobre helados, sobre libros, quién sabe: sobre recetas para escalfar huevos, precisamente de ese modo. Íbamos andando junto al armatoste, yo tomaba té verde y ella comía galletas y yo lo dejé entrever. A Gabriela, en cambio, se lo dije sinceramente, con total intención y no con poca resignación, porque a Gabriela la conozco hace 17 años (y no 10, como ella piensa) y le puedo hablar con sinceridad y resignación, sin discriminar. Por supuesto, también se rió.

Especulo que hay una distancia entre todo y nosotros, entre lo que esperamos y lo que somos. No hay –casi nunca la hay– una coincidencia efectiva entre lo que funciona y lo que somos capaces de hacer. Hay habilidades básicas que se deben conocer. Hay técnicas implícitas que todos deben dominar. Ocurre, y no en pocas ocasiones, que esto no sucede. Luego, se define una brecha. Y en esta brecha, o en las distintas formas como somos concientes de esta brecha, está trazado absolutamente todo lo que haremos, querremos, besaremos, sucederá.

Le he empezado a escribir a Carolina mi papá no me enseñó a saltar, a golpear, a…

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No fueron necesarios mayores malabares, extendidas magias, ninguna especial concentración. Nunca estuve dispuesto a rezar o soñarlo. No me detuve en una colina ni me dejé crecer la barba. Amilanado por los humos de la ciudad –el carbón luminoso de los autobuses, la tos agria: la mirada idiota de los transeúntes horrorosos– empecé esta trayectoria solitaria. No llamé a un pueblo para que viniera conmigo. No propagué esta buena nueva. Había que cruzar el charco a toda costa y yo estaba dispuesto. Me había propuesto aquella meta y ya caminaba por los zócalos del mar, entre lenguados que brincaban sofocados y cientos de pulpos aguerridos, muy campante, muy seco, muy sencillo. Había robado los pertrechos necesarios de la despensa de mi madre: 20 pecanas, 8 huevos y un galón de Coca Cola. No era necesario más. Había traído mi Ipod, unas chanclas viejas y esta mochila de cuero raída. Así podría andar solo por días y no eran todavía días, habían sido solamente horas desde que había partido. Dejando todo: el futuro –que me era tan promisorio– y mi colección de películas de Alfred Hitchcock. Porque al otro lado del charco (donde fuera que eso estuviera) estaba todo lo que yo buscaba, aquello que había perseguido ya demasiado tiempo y que no habiendo sido encontrado me había conducido directamente hacia esta frenética incertidumbre, una incertidumbre amplia que se destilaba rápidamente en una ansiedad ciega y pura, una ansiedad que a su vez era como un vómito verde, ectoplásmico pero concreto, una ansiedad que bloqueaba caminos, inodoros y alcantarillas pero que simultáneamente habría autopistas, que detenía abruptamente toda razón de esperanza pero que indefectiblemente conducía a considerar la posibilidad de que existiera aquello. Y si aquello verdaderamente era todo lo que buscaba (como lo intuía, si bien no lo podía comprobar del todo pues la certeza es en si misma inalcanzable), había que hacer lo que fuera por descubrirlo.

Entonces brinqué de mi cama, apagué la televisión y lancé el control remoto por la ventana. Le dije a mi madre que no me esperara, que era como esperar a que volviera Jacques Costeau de entre los muertos: que nadie era tan huevón para esperar que alguien volviera del otro lado del charco. Ella automáticamente lloró, vaciló, me dijo que no me vaya. Yo no hice más que gritarle que ya me había ido; cerrando la reja metálica que daba a la calle, más allá del portón principal y de la puerta de vidrio: ¡ya me fui! le grité. Ella probablemente se quedó pensando en Jacques Costeau; yo me sentí un albatros que planeaba sobre las Islas Galápagos, gentilmente sobrevolando los peñascos, estratégicamente aproximándome poco a poco en perfecto sigilo: un albatros con la misión secreta de cagar el yate blanco como la nieve en el que se asolea Jacques Costeau, un albatros dulcemente escandiendo un gesto amargo de esperanza y bufa en blancas sílabas de caca sobre la oscura piedra volcánica y los nuevos lentes de sol de nuestro memorioso Jacques, siempre bronceado, sexy y de pelo cano, siempre en tanga azul marino. Lo que en ese instante me confirió de efectiva y apreciable libertad, entusiasmo, expedición, lo que fue al cabo positivo dado que no tenía idea de dónde iba ni de lo que me esperaba. Y sí que me esperaba mucho (como lo intuía, si bien no lo podía comprobar todavía).

El asunto es que iba descendiendo por una quebrada que se ahondaba en lo profundo del zócalo marino. La quebrada cortaba el mismo lomo de la placa de Nazca y se hendía como una cicatriz entre dos aristas gigantescas de barro, guijarros y musgo, desde el este hacia el oeste. Yo descendía por un camino rocoso y húmedo, descendía pausado por la ladera que se arrimaba al norte. El suelo estaba todo cubierto de restos de algas verdosas y de palabritas que crujían bajo el peso de mis pisadas. El sol quemaba y eso era extraño, porque en la ciudad de Lima y en la costa y las bahías que la rodean el sol no suele aparecer salvo en los meses de verano, y entonces incluso tímidamente. Esto era octubre y contra todo pronóstico el sol pujaba como un enano perverso, estreñido y sesudo, hacía las veces de un cíclope incisivo, se esforzaba y descendía sobre la ciudad y las costas y las bahías que la rodean, conseguía en efecto subir la temperatura. En consecuencia parecía elevarse un humo salobre desde las rocas y la mugre que recubría el suelo, normalmente acostumbradas al abrigo del agua. Todo parecía estar hirviendo o próximo a hervir, y del musgo y de las algas, de todas partes surgía este hedor pestilente, marciano y soez. El hedor tenía un sabor dulce, agridulce, un efecto intoxicante e inmediatamente narcótico. Entonces, no sé si temiendo perderme en algún nuevo placer o quizás buscando escapar de ese vaho venenoso, cambié de rumbo. Doblando hacia el norte comencé a trepar la ladera. Y la tarea fue dificilísima. El material suelto conjugado con la humedad habían convertido a la cuesta en poco menos que un tobogán. Para lograr avanzar había que patear y hundir el pie en la grava a cada paso, construyendo de este modo un peldaño temporal, abriendo un camino. Así, a pesar de la moderada distancia, sólo después de dos horas fui capaz de alcanzar la cima y el abra que separaba a la quebrada del resto del horizonte. Desde lo alto pude observar los alrededores con mayor claridad: no había nubes por ninguna parte. Podía ver claramente en todas direcciones. Hacia el norte, a unos 5 km, podía ver la gigantesca montaña que era la isla San Lorenzo; detrás de mí, otros tantos kilómetros en esa dirección estaba la península de Chorrillos. La luz solar atravesaba todo, iluminaba la atmósfera completamente, así impregnaba este paisaje lunar de apreciable vida y le confería a la realidad trastocada, en un sentido muy convencional, de un tinte Pop.

De pronto reconocí un yate. Miré hacia abajo: detenido sobre las rocas a unos 200 metros de la cima donde yo me situaba había quedado ligeramente de lado, varado entre unos peñascos filudos. El casco estaba astillado y quebrado, del lado de babor se veían profundas llagas y detrás de él corría un riachuelo de combustible. Sin embargo, a pesar de la zozobra evidente en la que estaba sumido, no parecía haberse detenido la fiesta en él. Decidí acercarme a él y empecé a bajar del otro lado del abra, adentrándome en otro espacio que ya no era un valle agreste sino que más bien parecía una distendida planicie cóncava, un bowl árido y perfumado. Me detuve a escasos metros de la embarcación.

Mi primera conclusión fue que esta tenía que ser la mejor fiesta que había visto en toda mi vida. Si bien el yate no era gigantesco, pues tendría a lo sumo 50 pies de eslora, lucía como una estrella –era totalmente blanco– y estaba todo cubierto de gente. Habría unas 40 personas en él y todas reían, brincaban, jugaban o conversaban, bailaban y brillaban, besaban, bebían de aquella forma en la que bebemos sólo cuando somos totalmente ignorantes de lo que sucede a nuestro alrededor. Luego estaban absolutamente felices, no había lugar a cuestión sobre aquello, y eso hacia perfecto sentido: los 40 embriagados que constituían la fiesta en ese bote de ningún modo sabían que el océano se había secado a su alrededor y que su yate, magnífico como era, estaba encallado en el fondo del mar.

Mi segunda conclusión fue que existía un secreto profundo pero mundano y solemne aunque seguramente satánico que yo desconocía y que se revelaba a casa instante en una forma extravagante, continuamente en la celebración que observaba, validándola, volviéndola maravillosa y entrañable. Se revelaba en los ojos endiablados de las mujeres y en las sonrisas sublimes de los hombres, o quizás en sus camisas abiertas que dejaban entrever sus pechos lampiños, en todo caso siempre sólo en cualquier parte de cualquiera de ellos, hombres y mujeres indistintamente, por ejemplo en sus ropas blancas y frescas o en las comisuras de sus labios al sonreír o en el brillo de sus dientes y en el reflejo negro de sus gafas al inclinar levemente la cabeza hacia atrás para beber un poco más de las amplias copas de cristal. Este secreto, por lo demás, jamás me sería revelado.

Mi tercera y última conclusión fue que la mujer delgada de pelo oscuro y ojos claros que me había visto acercarme poco a poco, que se había erguido y había caminado sin quitarme la mirada de encima hasta el borde de la cubierta, que no llevaba nada sobre la piel excepto un bikini naranja y minúsculo y que sonreía, que sostenía una copa de un líquido enrojecido y de apariencia deletérea, que me miraba ahora a los ojos y murmuraba desde sus labios algo que yo no entendía ni estaba seguro de que quisiera entender pero que quería pensar estaba dicho inglés, que bien podía estar siendo dicho en swahili, francés o rumano, que ella tenía que ser la encarnación irrefutable, la concreción misma de Kleopatra en el Pacífico. Y de pronto la mujer hizo así con la mano, así también con los brazos. Entendí que me invitaba a subir al bote. Trepé por la escalera trasera, caminé entre los invitados y me senté a su lado.

Empezamos hablando de objetos. Ella me preguntó qué me parecía el yate. Yo le dije que me parecía un yate bacán, pero que en líneas generales prefería los veleros. Me preguntó qué pensaba del tamaño de su yate. Le dije que ciertamente era un yate muy grande, que debía gastar mucha gasolina y que tras él debía quedar el agua del mar hedionda y aceitosa. Me sonrió, me dijo que su yate sólo tenía 49 pies y que había yates mucho más grandes, que había yates de 150 pies, por ejemplo. Yo le dije que eso me parecía increíble y que si era cierto, tenía que ser además alucinante. Ella me dijo que habría querido uno con el deck más amplio, pero que los impuestos eran una barbaridad en el Perú. Yo le dije que no sabía nada de eso, pero que seguramente era así porque alguien se hacía rico con ellos. Ella me dijo que era justamente eso, que en este país había mucha gente que se hacía rica con el dinero de otros y que robar sus impuestos era sólo uno de los muchos métodos que habían sido inventados. Yo asentí. Ella me dijo que a eso le llamaban economía de libre mercado y, por si lo dudaba, que era la más grande de todas las maravillas modernas. Yo asentí. Me dijo que todo servía para nada y que lo único que podía hacer uno, al fin y al cabo, era comprarse un yate lo más grande posible y pasarla en él bebiendo copas de este líquido enrojecido (que era hecho en Italia), tomando sol en el deck mientras electrocutaban personas en el SIN, todavía en el año 2009, y especialmente si morían policías en la selva. Yo sólo asentí.

Luego quiso que habláramos de películas. Yo no le quise hablar de películas y traté de asir su mano, pero la retiró sutilmente. Estaba sentada en un pequeño asiento de lona blanca y, muy recta, me miraba hablar, casi declamar. Entonces le dije que me gustaba Isaac Asimov. Recogió su pelo, lo sacó de su mejilla derecha y lo colocó detrás de su oreja. Me preguntó qué películas había hecho. Le dije que ninguna, pero que algunos de sus cuentos los habían hecho películas. Se acomodó los lentes; usando la mano izquierda extendió el dedo índice y con él empujó suavemente la parte de la montura que descansaba sobre su tabique. Me dijo que Asimov sonaba ruso. Asentí, le dije que en realidad era norteamericano, como Dick Cheney o como Arthur Miller, como D.W Griffith. Me dijo que le sonaba ruso, como Garry Kasparov o como León Tolstoi, como la palabra Perestroika. Me reí. Le gustó que riera: me dijo exagerando que le encantaba la palabra Perestroika, que Gorbachov era un genio. Tomó un sorbo de su copa y agregó –empero– que los rusos en general le aburrían. Yo le dije que había muy buena literatura rusa. Ella me dijo que en Rusia hacía demasiado frío. Yo le dije que eso era cierto. Ella me dijo que sólo había leído esa del Archipiélago Gulag. Le confesé que en ese caso la comprendía.

Después hablamos de perfumes. Yo le dije que mi olor preferido era el de los jazmines por las noches de verano, ese perfume esparcido por el aire cálido de aquella temporada. Ella me dijo que eso era muy maricón de mi parte y que su olor preferido era el de las madreselvas, si bien algunas noches era el de los floripondios, perfume que entraba por su ventana eventualmente y la drogaba por sorpresa y que por tanto la hacía feliz por sorpresa. Deduje que le encantaba que la tomen por sorpresa. Me corregí: le dije que mi olor preferido no era en realidad el de los jazmines, que eso la había dicho para encantarla, sino que mi olor preferido era el del agua clorada que se seca sobre la laja una tarde soleada junto a una piscina. Ella me dijo que eso sonaba muy bonito, como a cuento de Lewis Carroll, y que entonces me perdonaba por mentirle. Yo le dije que ella olía a fruta oscura, a madera rancia, a cueva mohosa donde están madurando un Gouda brutal. Ella me dijo que yo olía a sudor de bestia de carga, a cuero curtido y avellanas. Yo le dije que a eso a lo que olíamos le llamaban almizcle, que era una mezcla de sobaco y feromonas. Ella no lo comprendió.

Finalmente hablamos de viajes. Me preguntó a dónde iba. Le dije que iba en busca de dios. Me ordenó que no le mienta otra vez. Le dije que no le mentía, que sólo utilizaba una metáfora. Me pregunto a qué dios buscaba. Le dije que a uno borracho y redentor. Me dijo que ese dios no existía. Tomó de su copa. Me dijo que sólo había un dios y ese dios era macabro, aunque la verdad muy guapo. Le dije que debía tener razón. Me preguntó donde lo buscaría. Supuse que quizás le interesaría buscarlo también, en vista de que claramente su dios, si bien guapo, era macabro. Le dije que al otro lado del charco. Me dijo que eso era demasiado lejos para ir caminando, que quizás este charco no acabara jamás. Le dije que sí lo hacia, que tenía que hacerlo. Ella me dijo que no lo creía. Yo insistí en que ya estábamos muy viejos para cometer ese error. Puso cara de duda. Le dije que me compararían con Leif Ericsson y pondrían mi nombre en un colegio. Tomó un sorbo de su copa. Me aconsejó que en todo caso fuera en avión o me comprara una Jeep. Me reí. Puso cara de confusión. Me reí otra vez. Me dijo que no me burle. Me volví a reír. Entonces me dijo que era un papanatas. Yo le dije que la iba a amar para siempre. Entonces me propuso follar bajo cubierta.

¿Te parezco bonita? ¿Para qué te paras? ¿A dónde vas?

En una cabina el amor es como una burbuja. Fuera de ella el amor es muchas cosas más, todas esas cosas que siempre son dichas y que no nos detendremos a considerar esta vez. Porque dentro de una cabina, bajo una fiesta y después de una copa o dos o tres de un líquido enrojecido, el amor es sólo como una burbuja. No escapa y por tanto sofoca, abruma, se torna tibio, cálido, inevitablemente acaba volviéndose ardiente y fucsia como una estufa, se desata y es una granada tremebunda que nos envuelve y nos fulmina y finalmente nos absuelve. Esto, como todo lo que es maravilloso, es al cabo también violento, vejatorio, vertiginoso. Es decir que en una cabina no se ama bien: bien como se quiere en el campo, con el olor del arroyo y el perfume del heno ascendiendo por las fosas nasales; bien como se quiere en la playa, ventilados los cuerpos de los amantes por la brisa; bien como en un jardín, sobre la grama fresca, bajo la luz de las estrellas de cielo. Es decir que en una cabina se ama mal, como en un video amateur que buscas en Internet. Se ama sin foco y sin nitidez; sí se ama, pero el cuerpo de este amor está partido y perdido, cuadriculado en píxeles que le son insuficientes porque vuelven discreta una pasión irresponsable que de cualquier modo es continua, indivisible. Las tomas de este amor procaz son pobres, están de lado, están torcidas, tiemblan u oscilan al tiempo de los giros y saltos de los cuerpos excitados, a veces no incluyen en el cuadro lo más trascendente o pierden en un descuido el momento culminante de la faena. Los besos que corresponden a este amor son cortos, a lo menos son muy incómodos, a veces demasiado grandes para entregar la ternura suficiente, otras demasiado pequeños para connotar la voluptuosidad que está implícita en él. Es un amor que no tiene espacio para nada, que no atina a nada salvo culminar de cualquier modo, porque está hacinado y es bruto, porque para él la gravedad es un enemigo y eso le confiere una propiedad torpe y ensuciada. En él todo se hace demasiado rápido, quizás demasiado lento –entiéndase: se hace muy mal–, y así no es un amor para todos, claramente no es un amor popular, en realidad es un amor que pocos desean y que menos logran, pero es un amor que en esa hora, envuelto como por un hermoso y vulgar alicate en las piernas de Kleopatra, fue suficiente para mí.

¿Te gusto? ¿Te gusta mi pañuelo? ¿Do you fancy mon écharpe?

Después de acabar le dí un beso en los labios. Me erguí y vi su cuerpo blanco y desnudo y pequeño que permanecía inmóvil en el lecho. Se encogía en un ovillo tétrico, se protegía todavía de mí. Era pálido y daba la impresión de estar hecho de mármol, cubierto en un esmalte suntuoso y homogéneo. Estableciendo un contraste frío entre su piel y este, un pañuelo azulino le rodeaba el cuello. La cabina a la que habíamos entrado era un cilindro, una especie de cavidad de nave espacial o de cueva mal iluminada, un lugar contradictorio que en ese instante me daba la sensación de asemejarse a una cámara frigorífica. Habíamos entrado y habíamos terminado y yo me había erguido y allí estaba ella: inmóvil y etiquetada. Entonces, precisamente cuando lo noté, ese lindo pañuelo azulino le rodeaba el cuello todavía, le giraba alrededor del cuello como una horca. Yo pensé en una horca, en una ejecución y en una etiqueta, luego me sonreí. En ese mismo instante me empapó un olor a pez que había surgido súbitamente del cuerpo de ella, que había colmado instantáneamente la cabina como un gas, aunado a sus gritos unos minutos antes, contrapuesto a cualquier llanto, multiplicado por mis pasiones ya satisfechas. Me embebía, asimismo, un deseo puro, un estado puro de logro. Mientras me vestía, reconocí por la única claraboya que fuera duraba todavía la ceremonia. Aún bebían, reían, se besaban los invitados entre si. Los vi y me sonreí. Tomé asiento y pasaron unos minutos en perfecto silencio. Me dispuse a verla por segunda vez: estaba pálida como un muerto. ¿Dormía? Su nariz estaba plácida y su ceño estaba seco, su abdomen estaba lánguido, su ingle no se movía. ¿Dormía? Sólo la sien mantenía su color: una pequeña flor, tenía una pequeña flor escarlata descansando sobre la sien. ¿Dormía? Era difícil decirlo. Sus ojos estaban cerrados pero sentía que me miraban todavía.

¿A dónde vas? ¡Vete! ¿Qué es eso?

Estamos preparados para mucho menos de lo que nos sucede. Estamos preparados para todo lo que pensaron que nos iba a suceder, pero de pronto nos sucede mucho más de lo que pensaron. En eso consiste todo: en la sucesión azarosa de eventos para los que estamos y no preparados. De pronto salimos a la mar y nos suceden cosas que no nos debían suceder, que no estaba previsto que nos sucedieran. Por ejemplo, conocemos a una mujer y ella sonríe, lleva un bikini naranja, nos conduce a una cabina que es como una cámara frigorífica. Por ejemplo, bebemos demasiadas copas de un líquido enrojecido. En eso consiste todo: en la sucesión azarosa de eventos para los que estamos y no preparados y antes los cuales hacemos cualquier cosa: el ridículo, lo mejor, lo inimaginable. Y después es fácil. Después vagamos por las quebradas, descendemos desde la ciudad, paulatinamente hasta algo monumental o irrisorio que acumula la mierda o se asemeja a su verdadera esencia –que es divina– y más allá de lo cual, así lo esperamos, está lo que buscamos. Avanzamos entre hordas de caballas estacionadas en los lechos, entre hordas de caballas boquiabiertas que mueren en sus lechos. Si tenemos hambre, asesinamos a un tollo indefenso que ha descansado en cualquier cuesta, nos alimentamos de sus vísceras cartilaginosas. Al cabo, el sol sigue alto, a pesar de nuestros actos. Descendemos en otra quebrada: el musgo, el perfume narcótico de las algas rancias nos excita, nos detiene: nos confunde y propulsa. Alcanzamos un abra nueva: la claridad y el horizonte son todo lo que hay. Todo se repite y en algún lugar entre la espesura y la amplitud ambas, conjugadas, empiezan a diluir la memoria del viajante, otrora tenaz.

¡Dame un beso! ¿Cómo te llamas? ¿Quieres abrazarme?

Como les digo: sencillamente brinqué de mi cama y me despedí de mi madre. Ella trastabilló, lloró mientras yo partía. Hice como si no lo supiera, imaginé que su llanto estuviera demasiado callado y fuera inaudible. Salí y crucé la avenida El Ejercito, caminé unas cuadras y descendí por la cuesta hasta la playa desierta de Magdalena. Sintiéndome entrar en él, el mar se abrió. No se abrió en dos, como partido por una navaja. Ese fue el absurdo método de Moisés. Pobre viejo: maldito, senil y abigarrado. ¡La técnica avanzó tanto desde los tiempos de Moisés! El clarinete, ¡la bala!, el helado de vainilla, ¡la cámara fotográfica!, los implantes de silicona, la inteligencia artificial, el vinagre balsámico, ¡la pornografía!, el teléfono, la vida extraterrestre, el sistema ISO, las metanfetaminas, el borrador, ¡la fresa!, el sticker, la melancolía… Este mar se secó paulatinamente entre mis piernas, hacia mis piernas: como si toda la Bahía de Miraflores fuera una bañera y yo hubiera hundido en ella la boca de mi aspiradora.

¿Me quieres? ¡No te vayas! ¿Sabes francés?

No me parece descabellado el símil que compara un agujero negro con el portal de San Pedro, la puerta de entrada al infierno con el milagro cósmico.

La noche está cayendo sobre nuestra Lima múltiples veces centenaria. Ya escucho el ruido de los cuchillos afilándose. Ya puedo ver la Luna enrarecida por la primavera. A través del tiempo y una nube, levemente diluido por el ruido de los autos impactados por la caca de los pájaros, escucho los gritos del Virrey Amat: a través de 4 siglos sus improperios están en catalán y poco los entiendo. Me dirijo a él.

Querido Señor, yo sólo quiero mejorar, o quizás digamos solamente que no quiero empeorar. Acepto que quizás he empeorado con los años, que me he hecho malhumorado y mucho más ridículo, y que inevitablemente, repleto de Inca Kolas y habiendo visto demasiada pornografía amateur, me he hecho al mismo tiempo maligno y burlón, exitoso y galante, amoroso, sensible, imparcial y espaciado, justo y juguetón. Confieso que no he cuidado en absoluto de mis carnes, que he devorado demasiadas veces los alimentos prohibidos y que eso me ha hecho débil. Pero débil he continuado contra todo, a pesar de todo, a pesar de la proliferación de rompe muelles y la humedad del acantilado, destartalado: vapuleado por los profesores de gimnasia e ignorado por las chicas bonitas de la universidad, a pesar de haber odiado tanto a mis amantes, incluso tras haber visto todas las terribles películas que me hicieron comprar. Así, al cabo, creo haber alcanzado una destreza suficiente para el mundo.

Querido Señor, no quiero entonces fracasar. Quisiera acopiar el amor en cualquiera de sus formas, una y otra vez, en porciones continuas o discretas, enormes y también pequeñas. Porque no todos lo saben, pero el amor tiene miles o millones de formas (y el dinero es sólo una). Y por eso mientras viajo por este camino estrecho lo veo todo verde y sólo pienso en usted (que tiene mucho dinero). OK, mentira, no pienso en usted. No puedo pensar más de 8 segundos en usted. Trato de fijarme en usted, en los pelos largos como raíces que emergen de sus fosas nasales y en sus greñas brillantes -que debería lavar-, en cambio pienso en pequeños besos, en pequeños brazos que ocasionalmente engordan y en pequeños cuellos; en labios, finas narices de mujer y en enrojecidas orejas. Ocurre así que acabo pensando en la belleza como en una propiedad perfecta e impropia, ignominiosa, ciertamente una propiedad que usted no guarda y que por tanto debo repudiar.

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La noche está cayendo cada vez más sobre esta costa. Ha reclinado primero su melena roja, ahora su velo púrpura nos cubre. Oscurece cada vez más y los gritos se ahogan en el trayecto de los barcos a la playa como ahogados por el tufo de un dios puto y descansado. Oscurece y oigo los cuchillos afilándose… ¡Ya llega el carnicero! Me dirijo a dios (puto y descansado)

Señor, le confieso que quisiera vivir sumido en el confort, que me he vuelto adicto al confort, que el confort es la cocaína de mi amor. (Me han criado mal en esta casa próspera.) He extrañado un viaje a la playa, una mañana sosegada con el viento del Sur sobre los ojos a través de la ventana del automóvil, despabilando los párpados, un verano con mis padres como aquellos veranos cuando era niño. He extrañado la fotografía que nos tomamos en Epcot Center y esos helados de Chip n’ Dale y esa playa con arenas gruesas en Miami Beach. Ahora sólo quisiera beber vino en los inviernos, ahora sólo puedo comer chocolates belgas sin parar y recordarlo. Quisiera pasear en auto por la misma autopista de entonces, rápido e insolente mientras bebo una cerveza, mareado por ese olor oceánico tan propio del sexo femenino.

Querido Señor, yo quiero amarlo por sobre todas las cosas, pero es muy difícil. Aunque fácilmente podré amarlo sobre mi madre y mi padre, sobre mis hermanos y la Patria, incluso sobre la música de Iggy Pop y el video-arte, encuentro muy difícil ser capaz de quererlo más que a un Mercedes. Sé muy bien que el amor no se encuentra en un Mercedes, pero yo quiero hacer el amor en un Mercedes. Ya lo supo Janis Joplin y ya sabemos todos que ella está con usted. Estoy desamparado, pero aún confío en el secreto que no conozco. Está en sus camisas suaves como párpados de ángel y en su reloj brillante, ¡mucho más brillante que Alfa de Centauro!

El carnicero ha llegado y me mira minuciosamente, se limpia la sangre de la frente y analiza mis curvas, vuelve a afilar el sable. Me dirijo a él.

Querido señor, ¡estoy muriendo! O quizás no estoy muriendo, quizás es sólo que me estoy multiplicando, que me he visto diseccionado y expuesto. ¡Mis carnes no le sirven! Se me está pudriendo la crin: se me están alargando los pies. Cada día parezco tener menos pelo (cada día soy más estable). Aún ebrio ya no me caigo por los suelos. Duermo en las escaleras y no muero: mi gorda billetera hace contrapeso a mis vaivenes. Esta noche he visto a una mujer y no la he deseado. Era suya y yo pensaba en usted. Ok, bueno, quizás no pensaba en usted. Quizás pensaba en una chica con quien me escribo. Usted está muy viejo y sus carnes ya son filetes rancios que no inquietan.

Querido señor, pronto tendré que arrebatarle todo. Antes que lo sepa tendré sus ojos ensartados en mi máscara (y todo su dinero en mi colchón). Perdóname que lo haya molestado con mis suposiciones. Es usted un grandioso Hijo de Puta y no pude contener mi admiración.




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