Posts Tagged ‘Lucifer’

1

Amanda se la entregó después del banquete. Ya se habían ido los últimos invitados cuando Amanda se acercó y se la puso en las manos muy despacio, como si fuera un huevo delicadísimo. Lucifer la observó confundido. Era negra y lustrosa. Cabía totalmente sobre su palma y entre sus dedos. Era muy pequeña. Era un obsequio precioso y cuando se lo dio, él no lo esperaba de ninguna forma.

Todos los años, el mismo día que es el día de las madres, Lucifer y Amanda celebran con un banquete el aniversario de la secesión. Reciben en casa a sus amigos; sus amigos llegan a casa desde todas partes y de todas formas. Comen hasta estar henchidos, beben hasta saciarse, se emborrachan y recuerdan con alegría –si acaso siempre una alegría atada a una sugestión de malignidad– el día en que todo quedó partido entre dos. Lo celebran el mismo día que es el día de las madres: esto siempre le parecería a cualquiera una casualidad entretenida. En cambio Lucifer encontraba en ello una concordancia macabra. Amanda, desde que lo conoció, había confiado ciegamente en él. Luego pensaba que en esta coincidencia se hallaba también un sello cósmico, la señal aguda de que algún día Lucifer se reivindicaría. Le gustaba creer que finalmente reclamaría el trono de los cielos y se convertiría ella en la gloriosa madre de toda la creación.

Y entonces por fin podrían los dos vivir como se merecían, se decía a menudo. Pero el asunto era difícil y, si me permiten contarles, venía de muchos siglos atrás, aquel día de la madre cuando Lucifer tuvo una fuerte discusión con Dios, su hermano mayor.

Dios era un sujeto desgarbado, ambiguo y barbudo que bordeaba los 18 metros de altura. En un sentido muy amplio, estaba resentido con todos, pues todos, desde que cualquiera podía acordarse, predicaban pero no practicaban su doctrina. Al andar se tambaleaba. Nunca hablaba demasiado. Cuando lo hacía, tenía una voz grave y triste que prorrumpía en el espacio bruta y burda, con una resonancia abrumadora que nacía de su cabeza hueca y descomunal. De primera vista, era un tanto imbécil. Los pelos blancos y enrulados los llevaba siempre sucios, largos y revueltos. Alrededor de ellos las golondrinas hacían espirales: buscaban aterrizar en los nidos que habían puesto en sus greñas hediondas. Cada vez Dios lo impedía, les daba de manotazos con vehemencia y torpeza y las golondrinas se alejaban. Tras mofarse un momento, volvían a intentarlo.

A contraste con su cabezota, sus ojos eran pequeños y lívidos. Se sabía que con ellos podía incidir hasta el seno de cualquier alma, pero en lo común parecía poco entrometido y no acostumbraba hacerlo, antes andaba siempre sumergido en una especie de mansedumbre sumisa muy próxima a la idiotez. Erraba por los senderos diáfanos de su reino –se diría que se bamboleaba por ellos–, cuya corona había heredado de su padre, un déspota pretérito y guasón, una antigua deidad de aquellas soberbias y prolíficas que lo había querido desheredar pero que había muerto de un infarto cerebral demasiado pronto, poco antes de manifestarlo.

En líneas generales, se limitaba a alimentarse, sonreír y defecar. Salvo cuando, ocasionalmente, se enfurecía.

– Huevón, ¿qué carajo hiciste? –lo increpó Dios enfurecido en esa ocasión.
– Yo hago lo que me da la puta gana –le contestó Lucifer, que desde niño había probado, tridente en ristre, hacer lo que le daba la puta gana.

Aquella vez estaban sentados a la mesa del desayuno, en la mezzanine sobre el jardín que da a la fuente, el sendero de piedras y el rosedal. Eran las 10 de la mañana, un domingo común en el palacio. Por variar, el sol era clemente y soplaba una brisa ligera. Un arcángel moreno vestido de sirvienta a la usanza francesa servía el café; un querubín esbelto y calato levitaba y blandía un abanico. No sin una gran dosis de cautela, echaba aire en las orejas de Dios. El viento mecía los mechones gruesos y rubios que salían de dentro de estas orejas enrojecidas y parabólicas. La vibración de estos mechones, que asemejaba por su simetría y frecuencia al batir de las alas del pájaro Roc, le procuraba a Dios, aún gritando, un aura entre omnipotente, cándida y pedestre. Mientras tanto, a la derecha de Dios se sentaba Gabriel impertérrito. De un tiempo a esta parte, Dios andaba todo el día con Gabriel.

Lucifer le había contestado con soberbia, casi sin pensarlo. Entonces cualquier pelea lo excitaba todavía. Y Dios se había puesto a gritar después de escucharle. Se había puesto a gritar y había colocado ambos codos sobre la mesa –el puerco de mierda, se dijo– y de su garganta profunda habían salidos despedidas sobre el mantel, el café y las galletas chispas gordas y viscosas de una saliva que apestaba a mostaza. Sus ojos se habían engrandecido también –como dos testículos de toro, recordó–, tornándose ambarinos y brillantes. De pronto, había resultado aterrador.

Se excitó sobremanera con los gritos que le profería Dios. Los vituperios y la mueca patética de su hermano, que por momentos lo hacían parecer a su juicio un gran limón parlanchín, lo calentaban aún más. Con todo, Gabriel permanecía inmóvil. Le obraba celos incandescentes. Le traía asco su presencia sutil. Lo mantenía suspicaz su sonrisa constante. Gabriel era entonces sólo un angelito pequeño y joven. Tenía el cabello rubio, la mirada cristalina y la voz muy aguda. Todos sabían lo mismo: que era obediente y menudo, pero Lucifer sospechaba ya desde entonces que algún conjuro acarreaba sobre su hermano esa dentadura blanquísima.

– ¡Bah!… si ya estaba tibia –arguyó Lucifer, súbitamente dubitativo–. ¡La pobre vieja de mierda, tullida y ciega, para qué carajo la querría!

Dios pareció haber sido golpeado con una comba en el hocico. Lo atacó una especie de convulsión espontánea. La mesa del desayuno dio un pequeño salto, levitó un segundo y cuando aterrizó, se volcó de lado una taza de café. Pronto se cubrió el mantel con una pantalla ocre que se ensanchó lentamente. No para la sorpresa de alguno, Dios era el tipo de hombre que se preocupaba muchísimo por las circunstancias. Y en ese momento oficialmente consideró las circunstancias agotadas. Encontró de pronto a su hermano menor intolerable. Pensó que podía matarlo. Inmediatamente sintió que era capaz de hacerlo. Se inclinó sobre el mantel estropeado y estrechó con furia el tenedor con el que hurgaba los huevos revueltos, alzándolo mientras gruñía.

Por accidente, asestó un pinchazo rotundo en el cielo raso. El arcángel moreno, que servía a este tiempo la torta de chocolate, espetó un gemido pequeño. Cuando cayeron sobre la torta los trozos de yeso que se habían desprendido un instante atrás, les pareció a todos que era como una pequeña nevada. El querubín continuó abanicando. El arcángel continuó sirviendo la torta. Tras un breve silencio, Lucifer se rió. Supo que no había vuelta atrás. A continuación se empecinó en su posición, y sólo por saber que esto sacaría fuego de las greñas sucias de su hermano, defendió además todo aquello en lo que creía.

– Vete mierda, ¡vete y no vuelvas más! –le gritaba Dios unas horas después, blandiendo todavía el tenedor torcido mientras Lucifer empacaba. Por momentos le apuntaba con él. Quería hincárselo en el vientre y despanzurrarlo.

Lucifer anduvo hasta la puerta callado y corvo. Se despidieron sin mirarse a los ojos. Cuando atravesaba el rosedal, tenía un ojo magullado que se le empezaba a oscurecer. Le dolía la espalda y sangraba de las rodillas. No habían vuelto a verse desde entonces.

La semana siguiente Gabriel se instaló en su habitación.

2

Amanda se la entregó después del banquete. Ya se habían ido los últimos invitados cuando Amanda se acercó y se la puso en las manos muy despacio, como si fuera un huevo delicadísimo. Lucifer la observó confundido. Era negra y lustrosa. Cabía totalmente sobre su palma y entre sus dedos. Era muy pequeña. Era un obsequio precioso y cuando se lo dio, él no lo esperaba de ninguna forma.

Podía decirse que había sido una cena genial. Cualquiera no lo hubiera refutado. Los invitados llegaron hasta las 9. En la pequeña terraza se puso la mesa, iluminada por un candelabro vienés que Lucifer había preferido él mismo entre un centenar de cirios y un juego de antorchas chinas que Amanda había comprado el invierno previo en un depósito en Shangai. A las 10 de la noche Lucifer se irguió y leyó unas palabras mientras servían el pan. Todos asintieron y tuvieron asimismo ocasión para reír. A las 12 Amanda mandó traer la segunda caja de vino. Era una cepa especial; lo habían podido conseguir gracias a un amigo. (Un amigo de un amigo, había dicho Claudius.) En total fueron tres. A las 4 de la mañana con 30 minutos se retiró la última pareja. Lucifer, cuando veía partir a Claudius y Mariana, sintió una profunda ausencia. Anduvo con un paso grave de regreso por la senda de lozas hasta la recepción, juntó la reja del hall y cerró el portón de madera con silencio tras de si. Encontró que allí se hallaba Amanda esperándolo.

Reparó por primera vez en la noche en su vestido, que caía a lo largo de su espalda casi sin querer, después en sus pies delgados. Incluyendo el peinado, no superaba los 2 metros. Era pequeña, pero pura. Su ojos parecían seccionar todo lo que veía. Su humor era una metralleta. Sus dientes eran como pequeñas sierras de marfil laqueado. Su cabello grueso, húmedo y pesado, le había recordado siempre a una mopa. Solía amarrarlo desde atrás y hacia arriba, de modo que podía controlarlo. Esto halaba su cuello y sus hombros; tensando los músculos de la espalda, le daba una postura impecable. Conjugada a sus labios finos y una sutileza severa siempre presente en cada apreciación, le confería esta posición algo propio de la gallardía. Nunca podría faltarle el respeto. Allí, parados los dos en el hall, todavía lo volvía a comprobar.

Cuando se la puso en las manos, al principio titubeó un momento. Ella se había aproximado en silencio. Tenía siempre la sonrisa de una serpiente; pero después lo miró con sinceridad. La colocó en sus manos. Él la admiró sorprendido. Se inclinó y la sostuvo por la nuca. Un instante, de modo que un rayo frío le pasara por toda la columna, ella sintió temor. Pero cuando él le dio un beso en la mejilla, muy pequeño, como casi nunca lo hacía, esta sensación se disipó.

– Gracias –le dijo, y de inmediato se retiró a través del pasillo, con dirección de las habitaciones.

Esa noche no la encendió. La dejó junto a la lámpara de la mesa de noche, apagó la luz y se tumbó en las sábanas frías. Amanda dormía a su lado, ya podía oír su respiración ir y venir con regularidad. Momentos antes de difuminarse su conciencia, recordó a su hermano.

En su sueño apareció El Tiempo. El Tiempo era un hombre muy alto. Vestía un traje de gabardina oscura y se paraba en una planicie árida a merced de una ventisca endemoniada. Se cogía el sombrero con la mano desnuda y caminaba, a pesar del vendaval. El viento pasaba junto al Tiempo y primero El Tiempo no era vencido. Lucifer trataba de distinguir el rostro del Tiempo, oscuro y desdibujándose a cada momento y cubierto parcialmente con la mano desnuda que El Tiempo había elegido para sostener siempre el sombrero. De pronto la ventisca arreció. Cuando El Tiempo no pudo avanzar más, en ese momento se despertó.

Lo primero se inclinó sobre la mesa de noche. Descansaba en el mismo sitio, junto a la lámpara. En la cocina Amanda preparaba el desayuno para los niños. Se hizo una tortilla de pasas y bebió un té negro muy caliente. Se calzó el traje, la colocó en uno de los bolsillos del saco y salió.

En la oficina, primero se detuvo un momento antes de sentarse en el escritorio. Se entretuvo mirando por el ventanal que daba a la planta de trabajos forzados. Mucho más abajo, en la base del valle, los pequeños obreros caminaban gibosos. Formaban columnas larguísimas que llegaban hasta el horizonte. ¿A dónde iban? Ya ni él sabía a dónde iba todo esto. Se ofuscó. ¿A dónde iría después de todo esto? Trató de recordar lo que había soñado esa noche y no pareció ser capaz. Sentía su ánimo desordenado. Se sentía como si hubiera bebido una gran cantidad de aguardiente mexicano. El reflejo del sol sobre las máquinas y los espejos, allá abajo, le hería los ojos. Su recuerdo era nebuloso. Sintió nauseas. Quiso vomitar, pero contuvo las arcadas.

Verificó su cuenta de email y encontró que no había nada demasiado urgente. El director de la clínica mental, un griego zalamero y procaz, le escribía que se habían agotado las sábanas. Cierto dictador tropical, devenido en romántico tras su muerte, no hacía salvo suicidarse en su cama, una y otra vez. La sangre negra impregnaba las sábanas y se debían echar. En otro correo, el encargado del incinerador le informaba de que se habían alcanzado las metas de reducción de emisiones. Se requerían no 4 sino ya 5 vagones para llevar la ceniza cada tarde. Muy bien, ahora la agenda: a las 11 tenía un directorio. Hoy se evaluaba la adición de una nueva poza de saponificación en la división de jabones. Nada más. Todo estaba en orden. Abrió la página web del periódico y empezó a revisar las noticias del día. Nada que llamara la atención. (Nada sobre él esta semana.) Fue por un vaso de agua. De regreso en su escritorio, se loggeó al Facebook. Encontró que Claudius había colgado un nuevo álbum de fotos.

“Vacaciones Mayo 2010”. Accedió.

La primera fotografía estaba sobreexpuesta. Quien la tomara, olvidó desactivar el flash automático. Correspondía al interior de un automóvil. Lucifer reconoció el Toyota Corona de Claudius. Haciendo memoria estimó que, como menos, el coche era del 88. La fotografía había sido tomado desde la parte delantera de la cabina, quizás en la posición del espejo retrovisor. Incluía en el encuadre, algo torcido, los 5 asientos de pasajeros. En el lugar del copiloto estaba Mariana. Miraba por la ventanilla, alegre y distraída. En el asiento del piloto reconoció a Claudius. Moreno y tosco, hacía honor a su nombre latino. Sonreía con amplitud y aplomo. Llevaba una camisa blanca abierta hasta la mitad del pecho y unas gafas de medida. Con un brazo sostenía el timón; con el otro había cogido la cámara fotográfica y, cruzándolo por delante de su rostro, la colocaba en posición.

La décima fotografía enfocaba a Mariana y Pedro, juntos bajo un pórtico tremebundo. Supuso que Claudius la habría tomado. Mariana se veía diminuta y chaposa bajo ese pórtico, que debía tener 20 metros de altura y estaba construido con un mármol pálido. Sus leggins azules permitían distinguir, entre la sombra oblicua que echaba sobre los dos la construcción, las piernas de trazo grueso. El saco de paño opacaba su rostro, ovalado y pulcro; cubría también sus senos robustos. El bolso le colgaba de un hombro, inclinándola; con el otro sostenía el brazo derecho de Pedro. Pedro se inclinaba sobre ella alzándose sobre una pierna. La abrazaba de lado y sonreía. Miraba directamente a la cámara. Siempre lo había hecho. Pedro era un gran amigo de Claudius, ya lo sabía Lucifer. Empero, también era el portero de Dios.

La cuadragésima cuarta fotografía incluía un breve atisbo del rosedal, si bien perdido en lontananza. Más cerca, una mesa de aluminio descansaba sobre una plataforma de laja, al lado de una piscina. Alrededor de la mesa estaban Claudius, Dios y Mariana. Tomaban helados. Sobre la mesa había un pote de chocolate, un pote de pistacho y otro de Cointreau.

La quincuagésima novena fotografía era la última. Había sido tomada de noche. En primer plano, Gabriel sonreía a menos de 30 centímetros del lente.

A las 2 de la tarde salió a almorzar, pero dejó la baya donde la había puesto en la mañana. A las 7 de la noche la recogió del escritorio, tomó el automóvil y volvió a casa. Encontró a Amanda pasando café. Una revista estaba abierta sobre la mesa del mostrador. ¿La había probado? ¿Todavía no? Los niños comían y conversaban entre ellos. Cuando se sentó a la mesa, Damián levantó un momento la mirada y Lucifer reconoció esa mirada. Luego continuó comiendo. Teresa sonreía y parecía estar obnubilada con los trocitos de queso en la sopa de cebolla.

Amanda lo cogió de los hombros: Mariana y ella habían hablado con Claudius. ¿Qué le parecía si el fin de semana se iban a Paracas? Los niños se morían de ganas. Lucifer se puso en pie y salió de la cocina. Eligió un tomo del estante del hall, se dirigió a la biblioteca y juntó la mampara. Cerró los ojos. Se sumió en una serie de fantasías que le pareció, sólo por un momento, podía ser infinita.

3

Se imaginó ser muy pequeño otra vez. Era un viernes por la noche –como era la costumbre de su padre– y estaba sentado en la mesa de roble ovalada cuyo diámetro, sin exagerar, recordó que alcanzaría los 8 metros. Habían terminado de comer y pronto servirían el café. También sentados estaban los demás integrantes de su familia: su padre, su madre y su hermano mayor. Su madre masticaba en silencio. Un querubín abanicaba las orejas de su hermano. Su padre golpeaba la mesa con los dedos de una mano; mantenía un ritmo y fumaba con la otra.

– Ezequiel es una salamandra. Susana… Susana escúchame, te lo digo yo, Ezequiel es una pobre salamandra. No debemos confiar en él. ¿No recuerdas los templos helenos? ¿Ahora quién manda allí?

Su padre fumaba y hablaba con serenidad. Tenía la tez lisa y los ojos enormes. Era moreno, ronco y abrupto. Era fornido como un luchador. A primera vista, era flagrantemente poderoso. Sus labios suaves parecían haber sido bruñidos con cera, y su voz era gruesa y afirmativa, como la de un juez. Conservaba, a pesar de la experiencia, un espíritu contemplativo. Podía pasar horas escuchando las súplicas de cualquiera sin mover un sólo dedo. Por otro lado, dirigía esta familia sin duda alguna, como su propia empresa. Del mismo modo que todos los hombres verdaderamente poderosos, sabía que no necesitaba modular su voz para dar a entender una orden.

– No quisiera que vuelvas a tratar con él… Son negocios, Susana, entiéndelo de una buena vez. El corazón del hombre también puede ser un negocio. Son sólo negocios. Susana, escúchame. Ezequiel es una pobre salamandra.

Pero su madre se había girado ahora y lo miraba a él. Se había olvidado de esa mirada.

– Lucifer, ¿dónde estuviste toda la tarde? ¿Estuviste en los jardines? Dime la verdad Lucifer. Dios me ha dicho que te vio corriendo en los jardines de tu padre…

A continuación se imaginó que era de noche, una noche muy negra y sin luna. Con los ojos cerrados, Lucifer se sonrió. Nunca iba en contra de todo. Quizás lo único que lo apartara de ser un renegado vulgar fuera eso: no creer que los lugares comunes fueran siempre despreciables. En cambio, ocasionalmente los encontraba instructivos y hasta reconfortantes. No les temía. Su padre le había enseñado que el mundo era oscuro, y que había ciertos trucos para iluminarlo. Le había parecido que el más sencillo consistía en colocar anclas. Todos amaban las anclas. Uno podía clavar estacas lo largo del mundo –cada una de ellas sería un ancla– y de algún modo podían las estacas descubrirse eventualmente. Uno llegaba a Bombay y encontraba un Mcdonalds, por ejemplo. Inevitablemente sentiría, cada vez que viera una, una suerte de sosiego.

Imaginó luego así su noche: negra y sin luna. Imaginó que la noche de su fantasía era tenebrosa y prosaica. Y de inmediato, con los ojos cerrados, se sonrió. Se halló en un jardín muy frío, parado sobre la grama humedecida por el rocío bajo esa noche silenciosa. El perímetro del jardín era irreconocible. A penas podían distinguirse algunos arbustos confundidos con las sombras. A la altura de los ojos una línea indefinida marcaba un horizonte: era el lugar donde terminaban las copas y comenzaba el cielo renegrido.

Parada también en la grama, a la derecha de él estaba Mariana. Su silueta pálida brillaba con la levedad traslúcida de un aparecido. Le pareció que era un tanto más pequeña que Amanda. La miró un momento de perfil. Llevaba el pelo castaño corrido detrás de las orejas; podía distinguir toda su mejilla y un pómulo colorado. En sus labios delgados se notaba el lápiz de labios todavía. Su frente amplia semejaba un planeta. Ella volteó y lo miró sorprendida.

– Luki… –le dijo. Pero nada más. Allí acabó la segunda fantasía.

Ahora se encontró en una cena formal. La cena acontecía en un salón cuyo piso estaba entarimado con parquet. En el techo altísimo estaban pintadas una secuencia de escenas bucólicas. Las paredes estaban decoradas con imágenes y fotografías diversas, todas de similar índole bucólica. Sentados alrededor de una mesa rectangular que se extendía el largo completo del salón, se disponían a ambos lados los invitados. Cada uno quieto sobre un sillón amplio y alto, además del traje formal de etiqueta, llevaba una máscara que correspondía con la anatomía de un animal.

Lucifer se sentaba en la cabecera y era su turno de hablar. Todos se alistaban a oírlo. Lucifer también llevaba una máscara, pero por el momento no podía saber a qué animal correspondía su máscara. Sólo podía oler su interior; podía oler el cuero curtido y viejo. En las expresiones de sus oyentes, pudo inferir que sería la máscara de un animal terrorífico. Por los agujeros en los ojos de la máscara, la escena la resultaba alucinante.

– Amigos… cómo explicarles… –comenzó.

Un minuto más tarde, no había dicho todavía una palabra más. Supo que debía hablar de la ironía. Y fue así en ese momento que creyó que esto no tendría fin. Primero se desesperó. Sintió nauseas. Sintió que había bebido toda la noche. No habló todavía. Solamente miró a los otros y sus máscaras. ¿Por qué todos tenían máscaras? ¿Y por qué no decían nada? Jugaba con sus manos, que tenía apoyadas sobre la mesa, y no hablaba. Todos permanecían en silencio. Debía empezar a hablar pronto. De repente creyó que estaba imaginando el futuro.

A las 10 de la noche abrió los ojos, como si nada hubiera sucedido, y volvió a la cocina. Los niños dormían ya y Amanda estaba sentada a la mesa con la computadora portátil encendida. Había puesto música, pero no había nada de comer.

– ¿Te provoca ir a la calle? Conozco un sitio nuevo.
– Vamos, pero tú manejas –le contestó.
– OK, vamos.

Volvieron sobre las 12 de la noche. Amanda puso la televisión y Lucifer sirvió dos vasos de vodka. Lentamente, bebió cada uno. Después vieron una película. Trataba de un asesino y de su compinche. El asesino usaba un traje azul marino y su compinche, de rasgos japoneses, una casaca de cuero. Hurtaban bancos, hacían tiros y follaban como locos. En la última escena, el compinche traiciona al asesino y le dispara por la espalda. Lucifer opinó que era un canalla; Amanda que el monigote ese se lo merecía.

Cuando acabaron los créditos, Lucifer cogió los fósforos que estaban en la mesa de la salita de estar y encendió unos cigarros. Le extendió uno a ella. Fumaron y un momento más tarde se fueron a la cama.

4

Amanda se la entregó después del banquete. Ya se habían ido los últimos invitados cuando Amanda se acercó y se la puso en las manos muy despacio, como si fuera un huevo delicadísimo. Lucifer la observó confundido. Era negra y lustrosa. Cabía totalmente sobre su palma y entre sus dedos. Era muy pequeña. Era un obsequio precioso y cuando se lo dio, él no lo esperaba de ninguna forma.

Un día y una noche después, todavía no la había encendido. Viéndola quieta y expectante sobre la mesa de noche, le pareció que era una avispa. Siempre había preferido a las avispas sobre los demás insectos. A diferencia de las abejas, por ejemplo, le parecían elegantes. A diferencia de las hormigas, le parecían astutas. En relación a las arañas, las encontraba femeninas. En comparación con las moscas, le parecían poderosas. Viéndola quieta y expectante sobre la mesa de noche, sonrió y pensó que su mujer era genial: le había regalado una avispa.

Carajo, se rió. Y Amanda se quejó. Seguía durmiendo. Boca abajo, su mandíbula larga descansaba sobre la almohada de plumas. La nariz contrastaba con las sábanas blancas: de su perfil duro, aún dormida, brotaban efluvios de autoridad. Llevaban mucho viviendo juntos, pero no se habían casado. Lucifer creía que era la mejor mujer que había conocido.

Se conocieron en la cafetería de la clínica, la noche del infarto de su padre. La hermana mayor de Amanda, Sofía, había parido esa misma madrugada. Dándose un espacio antes de acometer el trajín de la mañana, Amanda, que había pasado la noche con su hermana, fue por un café. Encontró a Lucifer sentado en una mesa de la cafetería. Se encontraba solo y sostenía un cigarro encendido con la mano derecha, sin dar una pitada. Se le veía meditabundo. Movía los labios como si estuviera cantando. Lo que es seguro, miraba en dirección a la pared blanca, pero no parecía que fuera sólo eso. Tampoco parecía que se hubiera fijado en el cuadro que estaba colgado en la pared y que indicaba, por grupos, la cantidad de calorías de cada tipo de alimento. Eso hubiera implicado una mirada de atención. Pero sus ojos estaban blancos y vacíos, como los cuencos de un coco sin leche. No, él parecía estar mirando a cualquier otra parte.

Amanda solía pensar que si bien Lucifer era un hombre, en cierto modo era también un rompecabezas. Mucho más bajo que su hermano mayor, a penas alcanzaba los 10 metros de altura. Era magro y a primera vista daba cierta impresión de debilidad, pero tenía los huesos gruesos y la voluntad endurecida. Más que la voluntad, alguno diría que era la rabia lo que le daba esa propiedad combativa a su espíritu que le permitía empecinarse en lo que quisiera y, mucho más, emanciparse de todo límite y cruzar cuánto linde le impusiera la realidad en la cara. Sin embargo, a menudo emitía sonidos difíciles de comprender, o cantaba melodías sin sentido. Cualquiera que lo oyera creía que estaba escuchando algún código secreto que jamás entendería. En realidad, Lucifer era más vago de lo que muchos esperaban. De lo común se concentraba en nimiedades. Así como era violento, también era tímido e indolente. En ocasiones le parecía a cualquiera que flotara, como flota un alga en un río: torciéndose y perdiendo la compostura a merced de la turbulencia. Su cuerpo andrógino vibraba como un muñeco ridículo y fuera de forma. De joven había sido pelirrojo, pero con los años el pelo se le había oscurecido hasta volverse castaño. En paralelo, la cara se le había secado, la frente estirado, la nariz había empezado a salírsele y esto lo había querido solucionar dejándose la barba. Llevaba ahora una barba espesa y canosa. Con la mirada perdida y dubitativa, le dio a Amanda la impresión de que este hombre debía ser un filósofo.

¿Dónde carajo está mirando?, pensó Amanda aquella vez de la cafetería. Y lo volvió a pensar muchas veces hasta que se volvieron a ver. Creyó en ese primer momento que lo conocía de alguna parte. Emanaba de él una especie de sinceridad que la apabulló. Le pareció guapo y se quedó viéndolo sin vergüenza mientras esperaba el café que había ordenado. El encargado de la cafetería le preguntó si quería leche. Le indicó que no. Se volvió otra vez para verlo. Él lo notó y asintió con una sonrisa leve. Entonces le dieron el café y caminó hasta el estacionamiento. Quedó quieta un momento dentro del vehículo, pero luego encendió su automóvil y partió.

Amanda se volvió a quejar. Lucifer se había vuelto a reir: mierda, tanto tiempo, se dijo. Jugó con sus dedos. Empezó a mover los dedos de los pies. Al rato Amanda se despertó. Reconoció que Lucifer estaba despierto. Con suma tranquilidad lo saludó, tiró la frazada y se dirigió al baño. Se escuchó que empezaba a mear.

Después de la cafetería, sólo se volvieron a ver unos meses después, en una fiesta que organizó Claudius. Se reconocieron de inmediato. Amanda había ido con Mariana, su prima. Lucifer bebía un trago con Claudius y ambas se acercaron a saludar. Lucifer pensó que Mariana era bonita. Claudius pensó que Mariana era bonita. Mariana pensó que Claudius era guapo, pero que Lucifer se traía algo. Amanda hubiera aseverado lo mismo. Claudius les preguntó cómo se llamaban. Amanda y Mariana, eran primas. Ellos eran Lucifer y Claudius, eran amigos desde pequeños.

Hablaron los cuatro toda la noche. A los 3 días se volvieron a ver. Esa noche Lucifer fue en su auto a dejar a Amanda en su casa. Estacionados fuera del garaje, Lucifer deslizó la mano tibia por su muslo, hacia su ingle. Amanda no lo detuvo. Se mudaron juntos el siguiente otoño. Damian y Teresa nacieron un par de años después. Primero Damían; Teresa dos años después. Pronto Lucifer había creído que eso era todo lo que había querido.

Amanda volvió del baño y se echó primero a su lado. Reconoció la avispa, quieta sobre el escritorio. Refunfuñó. ¿Todavía? Pero no le dio importancia. A veces Lucifer podía hacer lo que quería. A veces Lucifer era un zángano. Pero usualmente no lo era, se dijo en la mente. Se echó y recostó su cabeza sobre el estómago amplio y lampiño de Lucifer, como queriendo oír lo que pensaban sus vísceras. Al rato volvió a quedar dormida.

Lucifer miró por la ventana: el día estaba abierto. Era martes. Puso su mano sobre el pelo obscuro y denso que caía sobre su pecho con una caricia. Hundió sus dedos entre sus pelos hasta que se entrelazaron. Creyó que podía reconocer el olor del mar, algo similar al musgo, espacios profundos. Entonces la sacó hacia atrás con un escalofrío.

Se volvió y cogió la baya del escritorio. La encendió… o les digo que la quiso encender. ¿Dónde estaba el botón de encendido? Creyó que oía ruidos y movimiento en la cocina. Jugó un momento con ella, pero se distrajo. Ahora estaba seguro que podía escuchar el motor de la licuadora. ¿Quién mierda estaba jugando con la licuadora?

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