Posts Tagged ‘luminosidad’

Detenido, admiro la monumental pila de dinero que ha sido construida ante mis ojos. Creo por ratos que parece un castillo o la casa de un señor feudal… recapacito y creo que parece el botín de un pirata, o quizás la torre en cuya cima vive Rapunzel, recluida por un diagnóstico de Trastorno Bipolar . Y pienso, ¿cómo mierda es posible tanto dinero junto?

De cualquier modo, y sin moverme, en un descampado oscuro esa noche me detengo y la admiro. Ha sido construida ante mis ojos. Y hace un minuto, la pila ha sido rociada con gasolina de 108 octanos por un arlequín que apareció desde muy atrás, cargando una galonera descomunal, y cuyos movimientos –casi arácnidos– me aterraron con su gracia, ritmo y contorsión lumbar. La pila ha sido luego encendida por el mismo arlequín, que para encenderla utiliza un zippo de plata extraído de los profundos bolsillos que tiene su bombacho, y cuando la enciende, justo antes de hacerlo, voltea un instante y me sonríe. Sus dientes son blanquísimos, como la base pálida que cubre su cara, y sus ojos desahuciados están amargos como la bilis. Sus ojos en un principio me impactan, luego me debilitan… pienso que el color de sus ojos estremecidos se aproxima al color del ensueño cuando es opaco y contiene sólo el aliento de la desesperanza.

El arlequín enciende la pila y de inmediato se retira. Se aleja del fuego, que ilumina muchísimo la zona del descampado que lo circunda mas sumerge el resto de él en la sombras, de modo que ya no se pueden observar las paredes de barro y piedra que definen su linde. Se aleja de la pila encendida y así, poco a poco, el morado de su túnica, similar a la de un fraile, se funde en el negro y desaparece. No sé si se ha ido aún del descampado, si ha llegado a la calle lejana que vuelve hasta la ciudad, desde este arrabal húmedo, o si me observa todavía desde un rincón del lote solitario, bajo una tienda. Pero imagino sus dientes pequeños y blanquísimos, sonriendo, mirándome… puedo ver cada vez sus ojos amarillos.

Pronto me despabilo y decido acercarme. Todavía empieza a consumirse cuando yo me acerco a la pila esa noche. Empiezo a sentir que arrecia el calor. En pocos minutos, se eleva la temperatura. La pila completa está encendida y es ahora una hoguera. En ese momento una mujer desnuda se acerca y empieza a devorar el dinero encendido. De mediana estatura, tiene los brazos gordos y el cuerpo fino, los ojos tenebrosos y la nariz corta y muy bella. Su piel es muy suave, propia esta cualidad de la canela, su cuello en cambio no aparenta serlo; fuerte y fibroso, le da un aire mamífero y socarrón a sus gestos. Pero sus pelos lacios rodean su cara en una actitud dócil, reducen lo que en otro caso sería una mirada dura a una sonrisa aguda, con un atisbo de codicia.

Primero la mujer se acerca y recoge un billete. Lo levanta a la altura de sus ojos y observa la llama, entre anaranjada y amarilla, cómo abraza a Benjamin Franklin. Abre su boca y traga a Benjamin Franklin riendo, sin apagar la llama. Sonríe con amplitud y mira la magnífica pila. Eructa una pequeña nube de ceniza. Luego hace lo mismo con el resto de la pila. Uno a uno, recoge los billetes y los traga. Se come miles de veces a Benjamin Franklin. Uno por uno, hasta el último de ellos. Y para mi sorpresa, no se ensancha un centímetro. Si bien no es esbelta (tiene las caderas anchas y el culo largo y si uno tuviera que compararla con una fruta, diría que es una pera), no ha cambiado su figura en este tiempo desde que ha empezado a comer. Cuando termina de comer, empieza a eructar fuera de control. Y sus eructos hieden a humo y ceniza y pastos de planicies incendiadas. Ciertamente en estas planicies podrían filmarse coboyadas pero no, pues esto es el Perú: en cambio se colocan hoteles en chacras que pertenecieron alguna vez a Manco Capac –y a ningún indio común y silvestre– y comunidades reclaman por el deicidio generalizado de los Apus: ¡oh por Jesucristo, no lo hagan!

Ahora parece que la mujer va a vomitar. Se tambalea, se dobla sobre su cintura, se retuerce y se inclina. Es tan hermosa, pero mierda… La primera arcada es terrible: sin embargo no aparece nada de su garganta. La segunda arcada es más honda y la mujer cae de rodillas. Su boca continúa seca. Se suceden la tercera, la cuarta, llegamos a la novena arcada. Empieza a engrosarse su pecho y su cuello. Abre los ojos como si fuera a morir de espanto. Nunca habíamos visto nada como esto. Un peluche gris le aparece entre los dientes… tiene la forma de un coco. Hemos vomitado tantas veces y la bola de pelo que expele la mujer de su garganta nos aterroriza. Nunca lo vimos. No es una regurgitación cualquiera: quizás es un parto bucal. El vomito, en cambio de ácido y dulce, ha tomado la forma de una bola de pelos, como si la mujer fuera un búho que ha quedado ahíto de ratas. Pero tan sólo tocar el suelo polvoriento del descampado, de inmediato el vehículo se casca como una fruta y de ella emerge un pequeñísimo bebé. Cubierto en una leche blanquecina abre los ojos por primera vez; mientras tanto su madre a muerto.

El engendro está desnudo y volcado sobre el polvo que recubre el suelo, envuelto en leche. La leche se mezcla con el polvo y empieza a formar una argamasa, como si el engendro estuviera siendo arrebozado. Me detengo y lo admiro en asco, arrebozado en el polvo sucio e iluminado por el destello de la noche plena. Recojo mi teléfono móvil de un bolsillo, enciendo su linterna y lo ilumino en los ojos rojos: mierda, es idéntico a su madre. Veo unos minutos cómo se retuerce en el suelo. Al cabo logra ponerse de pie por si solo. Tambaleándose, se me acerca. Un momento me mira encandilado, me dice… papá. Se ase mi brazo. Me dice que le compre libros, que le enseñe a leer y a comer helados. De pronto, es como si pasaran 16 años y me pide que le permita estudiar filosofía. Quiere irse a Cambridge, donde Sheila, su novia, estudiará Geografía. Le digo que no lo puedo hacer, que no quiero que sea ni pobre ni hipócrita ni defensor de la monarquía constitucional. El me dice que está bien, será feliz como yo quiera.

Esa noche, mientras busco cómo salir del descampado, imagino por segunda vez nuestro futuro. En una pequeña noche, mi bebé cumple 35 años y nos vamos los dos a Cagliari de vacaciones. Una mañana, postrados en la playa, mientras tomamos un Bloody Mary recordamos a su madre. ¿Cuál era su nombre? ¡Qué maravilloso fuera verla otra vez!

moby-dick

Me preguntó a qué me había referido cuando había señalado al orador, había sonreído y había dicho él sí que tiene pene. Yo le dije que imagine un corazón dentro de un pene, luego a su vez este pene -que lleva un corazón adentro- dentro de otro corazón. Ella puso cara de estreñimiento y me dijo que eso era rídiculo y que nada tenía que hacer ella -tan hermosa, tan dulce, tan completamente la mujer que yo quería para mí- imaginando corazones (¡qué cursi!) o penes (¡qué vulgar!).

Un momento después yo le dije que no era en absoluto ridículo, que en ocasiones la verdad estaba detrás de lo insolente o lo sincero, y que en ocasiones nada disntinguía el uno del otro. Pero ella insistió. Entonces yo le dije que trate de imaginar un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene…

Ella permaneció con la mirada opaca y en silencio hasta que, habiendo perdido el aliento del todo, me detuve a respirar. Supe así, retorcido por su cara impávida, que ella no tenía remedio. Aún conciente de lo vano del esfuerzo, le dije todavía, procuraba hablar su lengua es como cuando apuntas la cámara a una tele y proyectas en la tele lo que está en el cuadro: exactamente así.

Ella me cogió la mano y yo quiero decir que lo recuerdo bien. No lo recuerdo bien. Incluso puede no haber sucedido. Mi cassette es volátil, mi cassette es bastante frágil. Incluso mi cassette es particularmente creativo, bruto, propenso a la mentira. Pero aún así recuerdo, creo recordar que ella me cogió la mano y que entonces yo me sentí efectivamente en cuarto de primaria. Había pensado en aquella costumbre que solía tener en cuarto de primaria: cómo solía agarrar un cassette viejo (digamos que uno de Roxette o uno de los New Kids On The Block), sostenerlo por la cinta magnética, marrón oscura, un poco ocre, soltarlo por la ventana dejando que cayera en la pista y rebotara y se fuera estirando así la cinta, alejándose el cassette hasta quedar toda ella fuera del cuerpecito de plástico donde antes se enrollaba, alargándose hasta dejar 50 metros de cinta colgando detrás, enganchada por un lado a uno de mis dedos y por el otro la cinta extendida como una cola detrás del carro, oscilando y brincando por toda la Javier Prado. Estaba pensando en eso –al mismo tiempo en mi cassette metafórico y en los cassettes tangibles que utilizaba para arrastrar detrás de los autos cuando tenía 10 años– cuando pensé que podría no recordar esto después. Pensé incluso que debía ser mentira, que esta realidad era demasiado pobre. Porque debimos haber estado por lo menos besándonos y era lo que yo habría querido y no lo había intentado porque sabía que ella no podía, que no habría podido, y entonces no había hecho nada más que permanecer sentado, más que ver la noche azul pasar por la ventana del taxi, más que fabular sobre cassettes de plástico y la memoria –que es tan frágil– mientras cruzábamos Barranco, después un poco de Miraflores. Y entonces en un momento que ahora es como una nube incierta de polvo, cálida temperatura y deseo –como el contenido de un cassette que va colgando detrás de un auto en la Javier Prado cuando tienes diez años y ya los has arrastrado feliz durante 8 cuadras, hasta que de pronto la cinta magnética se rompe y lo pierdes para siempre– ella extendió su mano tímidamente hasta la mía, la cogió y la colocó, envuelta todavía en la suya, junto a su pierna. Quizás no es cierto, pero así es como lo recuerdo.

1-cain-abel

¿Qué se expulsa?

Básicamente se expulsa la mierda. Aunque el hombre ha expulsado muchas otras cosas durante la historia del mundo, que es ya muy larga y tan hermosa y digna de meticuloso estudio, no podemos negar que básicamente la mayor proporción de lo que el hombre ha liberado, en cualquier sentido, ha sido pura mierda.

¿Por qué se expulsa la mierda?

Porque la mierda es incómoda. No es necesariamente maligna, a veces incluso es maravillosa, pero ciertamente la mierda siempre es incómoda. Y la incomodidad suele interponerse con la felicidad de los seres que quieren reír y abrazarse y comer y dormir sobrios y sin hacerse pis. Por esto expulsar la mierda se ha generalizado como el método más eficiente para ser feliz, si bien escasamente resulte el más bello.

¿Qué representaciones adopta la mierda?

La mierda puede adoptar todas las representaciones. Estimo, y me considero un estimador moderado, que la mierda es capaz de tomar cientos de miles de millones y trillones de formas. Estimo que incluso la mierda es capaz de adoptar más y más extrañas formas que el amor.

¿Cómo se expulsa la mierda?

La mierda se puede expulsar de múltiples maneras. Desde el vómito, pasando por un grito seco hasta ciertos pequeños besos muy bien dados, el hombre inventa continuamente nuevas técnicas para deshacerse de ella. En tiempos clásicos fueron habituales el asesinato y el destierro. La modernidad ha popularizado técnicas menos radicales. Las más comunes hoy son el odio y el chisme, la burla y –ante todos– el olvido práctico.

¿Cómo aprendemos a expulsar la mierda?

No es necesario aprenderlo. El hombre nace ya equipado con la habilidad para expulsar toda la mierda que es capaz de producir. Esto es decir que si bien el hombre no nace libre de mierda –y de culpa y de conciencia y de otras trabas similares– ni cesa tampoco jamás de producirla, es casi siempre capaz de librarse de ella con la elegancia de un marqués que come torta.

¿Qué nos sucede si no expulsamos la mierda (si tragamos la mierda)?

Nos vamos a la mierda. Aterrizamos en pura mierda. Nos precipitamos en la mierda y nos volvemos entonces hombres de mierda. La mierda va colmando lentamente nuestros corazones, como si en una gran ciudad se atorara la única salida de toda la gran cloaca, y entonces destilamos mierda pura, exudamos mierda hasta por los ojos, incluso hablamos sólo mierda y eso, tan escatológico como suena, no siempre se encuentra exento de cierta gloria o perfume de gloria.

¿Cómo distinguimos a los hombres que expulsan la mierda de aquellos que la tragan?

Los hombres que expulsan la mierda se denominan dragones. Tienen un tatuaje en la frente y suelen sonreírse. Los hombres que tragan la mierda se denominan tragones. No llevan tatuaje alguno, se sonríen menos y en algunos casos follan mejor.

Empecé a darme cuenta de que no sólo me gustaba la ropa, sino de que era sólo aquella que se viera además insolente la que verdaderamente me satisfacía.

fiona_apple2

Empecé a darme cuenta de que quería andar cubierto de aristas, forrado con elementos tersos que me apresaran (¿que me protegieran?). Quería verme sujeto por torniquetes que me limitaran. Quería hebillas, apéndices metálicos y piezas torcidos que pudieran herir a otros. Quería protección y quería exposición: quería correas finísimas de cuero luminoso y carísimo, grapas toscas de acero quirúrgico, tramos de mi torso sangrando al descubierto. Quería ofender profundamente a mi nonna, un poco ida, y a todas sus estimables amigas y sobre todo a su hermana con lentes Gucci, mi tía a quien quiero mucho. Quería ser la burla de los pocos amigos machistas que todavía tengo. Quería que algún extraño iluso me prejuzgara sadomasoquista o gay o masoquista y gay y quería sonreír ante toda la sociedad, hermoso como la última espada gótica perdida del medioevo.

Pero salí a comprar por toda la tierra, que es amplia como el desierto de Gobi, y comprendí muy rápido que era extremadamente inútil para comprar en esta tierra, que me es tan ajena como el desierto de Gobi. Comprendí que incluso era todavía peor para comprar que para seducir y besar chicas en discotecas, y eso realmente era decir bastante. Supe que ni aunque tuviera toda la plata del mundo podría comprar al mundo entero: iba a las tiendas pequeñas, a las boutiques de sexo y brillantes, y no podía preguntar por lo que quería, ni siquiera por una correa negra con remaches blancos. Ideaba la pequeña escaramuza, escondía mis verdaderos deseos, aguantaba hasta los momentos silenciosos, huía ante la llegada de cualquier extraño o curioso.

Pensé mucho en estas cosas y supe al rato que no podría dormir esta noche. Mierda, no puedo dormir dije en voz alta, un poco con pataleta, tendido en la oscuridad de mi cuarto y con sólo medio cuerpo dentro del edredón, con el polo húmedo y la boca reseca.

¿Es una pesadilla?

Porque trato de dormir y no duermo, me rasco la barriga y siento escalofríos bajo mi boxer: ya imagino alguna mujer, un tipo de chica que he tenido o que creí tener, que quizás tenga otra vez en poco o mucho tiempo. Porque lo único que quiero ahorita es tenerla ahora mismo en este instante entre mis brazos. Porque lo único que quiero es que ella y yo nos encontremos y nos quitemos la ropa y vayamos a cualquier cama y hagamos el amor, nos besemos entre las ingles mutuamente, me bese ella los labios y yo acaricie los suyos con mis dedos delgados, le acaricie con ternura los ojos trazando aureolas alrededor de ellos, la nariz, su perfecta y recta tobera, y que luego tiremos en alguna posición poco acrobática, más bien íntima, pero lo suficientemente estimulante para que alcancemos el orgasmo al mismo tiempo, en un momento equiparable con aquel instante infinito en que los fuegos especiales revientan en Magic Kindom y tienes 5 años, abrazados muy fuerte y con esa sensación cursi y total que uno tiene en esas ocasiones de que si bien el mundo podría derrumbarse por el remezón, uno lo está sosteniendo, y que después, ya lánguidos, nos besemos todavía un rato antes de caer dormidos, y que quizás alguno de los dos se sonría.

¿Pero es un chiste?

Porque el Facebook, mediante un cuestionable test en jerga argentina, me ha dicho hace un instante que -según Freud- tengo una personalidad erótica y que eso significa que lo que más me importa es que me quieran, y ahora que son las 2am y tengo insomnio y me he sentado en mi computadora a escribir esto y vagar en youporn y escribo esto, veo una niebla que se eleva del teclado, que aunque algunos dirían que es la manifestación procaz del cansancio en los ojos, yo quiero insistir en que es sólo una niebla, la tiniebla que me hace recordar ese vapor de olor hipnotizante y amarillento que exuda cualquier amable y besable vagina cuando entra en calor, al tiempo que, mientras espero que cargue un video de The way things are de Fiona Apple, me pruebo mis nuevas botas de cuero y sonrío: no por mí sino porque no puedo evitar darme cuenta de que lo que más me pone feliz de estas botas es que me imagino que a ella, cualquiera que sea y donde quiera que esté, le encantarían.

La mecánica de los agujeros

Reconocí en mi abuela una tensión extraña. Hablaba y sus palabras, sus ideas parecían alargarse como el chicle cuando lo estiramos, estar siendo jaladas de sus labios a través de su cara, bajo la piel, detrás de su nariz, por dentro de su cráneo hacia arriba y hacia un lado, diagonalmente, y sus ojos celestes parecían estar siendo jalados con ellas porque se perdían ambos hacia arriba y hacia atrás, y entonces lo que decía era mucho y trataba de su pasado. Es de lo único que habla. Nos explicaba de La Punta y del Callao y de los tranvías. Nos contaba algunas verdades, pero todo parecía, como sus palabras, alargado, estirado desde las geografías donde está lo real hasta aquellas verduscas, fucsias, amarillentas donde reside lo otro, aquello que usualmente acabamos prefiriendo.

Disfruté sobre todas de dos de sus anécdotas. En la primera ella había fundado la Cruz Roja, aún muy joven, magnánima y devota, y en la segunda, en medio de una celebración delirante, en plena avenida Grau, el mismo Haya de la Torre había descendido de un vehículo, vitoreado por las masas, y le había encomendado la crianza de Alan García. Y me gustaron tanto sus historias y pensé que no era esa niebla, que también llamamos demencia, lo que la fatigaba. Quizás debemos postular otro modelo y considerar su devaneo como el efecto de un motor macabro, no de un desfallecimiento.

Yo imagino la muerte como un gigantesco agujero, que nos llama y que consecuentemente nosotros perseguimos, que tinta no sólo los últimos tiempos que tenemos sino todos, cada vez más, manifestándose cuando ya está muy cerca con gracias similares a las que reconocí en mi abuela, de 98 años. Imagino además múltiples agujeros, literales y figurados. Imagino que cada agujero tuerce según sus caprichosos parámetros el tejido de la cultura y de la memoria –me copio de Einstein- elaborando así cada una de nuestras pulsiones, e imagino un supremo director de arte encargado de disponer estos agujeros en un plano del hiperespacio, utilizando metodologías ignotas y matemáticas futuras, y creo que la interacción, las distancias (si acaso ese concepto sigue siendo válido), las empatías y los desprecios entre estos agujeros nos definen.

Siempre me gustaron estos agujeros. No me quejo. Me persiguen con su fuego y con su silencio, cada uno a su manera. Ansían chuparme la esencia, hacerme feliz o tornarme inmortal. Ansían mi cuerpo y lo detienen, en otros casos lo propulsan: lo arrojan sobre terrenos hostiles y yo he dispuesto no rendirme hasta descubrir el mecanismo tras su juego, la risa que comparten. Quiero penetrar el Ágora Crónica, aquel espacio donde todos mis agujeros se encuentran en perenne tertulia, bebiendo vodka frío y comiendo papas fritas con sal, y no quiero mellar a ninguno de ellos, pues son parte de mí. Que no se piense que les tengo recelo. Ya lo dije: siempre me gustaron los agujeros.

Como dos abismos imantados y voraces, cada noche cantan para mí las vaginas y la muerte.

Window shopper

Rondo, rondamos como extrañas mareas. Repletas de congoja o sal, sueños, reunidas en un alma común, azules muchedumbres atestan las avenidas. Las cruzamos cuando se arrecian: entonces son permeables y diáfanas y se conforman de átomos súper excitados. Claras multitudes en un semáforo, experiencias de la mala ciudad: miles de cabezas verdes e hirsutas que me parecen canicas translúcidas nadando caóticas en un océano refrescante y carísimo de agua Perrier.

Y no encontramos nada, alguien en ellas que nos detenga. Caminamos entre mujeres oscuras, hermosas melodías pop y objetos de menos valor. Curioseamos: participamos de esta vida ajena y notamos el humor dulce del cuerpo abochornado que nos acompaña en el ascensor, la línea delicada de su vestido cálido y cómo delinea aquella cintura fina mientras esas piernas llevan a la chica, deliciosamente, fuera del aparato metálico y de nuestro alcance. Luego lo olvidamos todo y aquello, aquel olvido que es lívido y está prendido a la seda rosada que lo envolvió, es todo lo que es esto: mirar pero nunca recoger.

En Memorias de Adriano, traducida al castellano por Cortázar, Marguerite Yourcenar interpreta las opiniones de Adriano sobre un joven romano que ha penetrado en su vida. Nos dice de Lucio Ceyonio: Lo miraba vivir. Mi opinión sobre él se modificaba de continuo, cosa que sólo sucede con aquellos seres que nos tocan de cerca; a los demás nos contentamos con juzgarlos en general y de una vez por todas.

Rondo y observo, busco poseer la total templanza de los ascetas. Ni soy como Adriano ni soy un asceta; rápidamente me corrompo, salto, caigo sobre el mundo: opino, incido, beso. Finalmente no logro nada, defino y olvido. Iba el otro día, andaba por una tienda de ropa y vi una negra, perfecta casaca. Era corta y delgada, como yo la quería, y una hebilla gruesa y hostil cerraba el cuello duramente, seca y vibrante como la herramienta de un herrero. Justa, convulsionaría mi figura. Entonces supe que era para mí.

¿Pero debía ir a buscarla? ¿No sería, quizás, la misma figura?




  • Radiante

  • Archivo