Posts Tagged ‘malignidad’

Había un número de cosas que tenía que hacer, que cumpliría de cualquier modo, un número incalculable de cosas que una vez hechas serían la afirmación concreta, la concreción pública de todo lo que yo buscaba. Había un número de cosas que estaban destinadas para mí. Existía una facilidad evidente para obtener este número descomunal de cosas (puesto que evidentemente estaban allí para mí). Se había pensado todo con anticipación. Se había tendido todo en el camino como un buffet. Yo había llegado al mundo preparado para obtener todas estas cosas: yo había llegado al mundo para alimentarme del buffet. Tenía todas las herramientas y todas las facilidades, todas las conexiones, se prestaban a mí las metodologías y se postraban ante mí los guardianes. Ciertamente así lo creía mi madre y de este modo lo pregonaba mi padre. Ciertamente así lo creí también yo. Había la certeza total de obtenerlas todas y sobre esa certeza se construía un castillo sensual, visceral sensible, una torre de base sólidas y con un futuro brillante y extendido, libre de enfermedades coronarias, abundante en alegrías largas o pequeñas, ignorante de monotonías, almuerzos en pequeñas cafeterías, agonías cotidianas, tardes de sol cuando uno lleva corbata, nine to five and all that tiresome shit.

Echado al campo, inmediatamente fracasé. No fracasé disimuladamente. No fracasé después de un breve periodo de éxito. Sencillamente discordé desde el principio, en el instante de acometer la realidad me escindí en todas mis partes, así no cabía, totalmente no pude, cómicamente fui errado, básicamente no lo logré, no fui absorbido, no pude explicarme tampoco. Entonces estas cosas se pervirtieron. Primero el horizonte cambió. Un inmenso olor a caca apareció una mañana y lo impregnó todo con su pringosidad y una acérrima opresión mate, con su yugo pastoso y su aplomo defecado. La lista de cosas se desmoronó de pronto, torcida, maldicha. Pronto encontré otros como yo, otros que carecían de aquella lista. Entablamos amistades y nos emborrachamos, estuvimos 4 años metidos en un mismo bar e incluso una vez amanecimos en él. Llovía y nosotros llorábamos, pero ese llanto tomaba la forma de una protesta y esa protesta era inmadura, excluía las lágrimas, estaba poco estudiada, era ideal, delirante, nos expiaba del dolor. En ese instante jurábamos, habríamos jurado que esa protesta nos salvaría. Y si no lograba salvarnos al menos nos justificaría, que si bien no era efectivamente lo mismo que salvarnos, puesto que no podríamos saborear la victoria, como mínimo evidenciaría la contundencia de nuestras acciones. Así nos aproximábamos a la figura del mártir. Queríamos ser mártires alcohólicos, jugadores pequeños de la política y jugadores groseros del amor, adictos al free jazz, having sex all night long with beautiful underaged girls, amantes dispersos que consumían heroína y follaban como locos, actividades ciertamente discordantes pero que nosotros podríamos conseguir, todavía eyaculando en cualquier parte. Orejas, vientres, hombros, narices… nada estaba negado para nuestros penes artistas, penes generosos y promiscuos y nada afectados, puesto que estos heroinómanos adictos al free jazz no podían adoptar poses afectadas, mas bien eran caballeros dispersos de la noche, esporádicos locutores de un humor objetivo, lo que en jerga común se conoce como un arrecho y lo que yo elijo definir como un sensualista escatológico.

Una noche mientras defecaba y olía la madreselva de los vecinos, cuyo olor penetra el baño a través de la ventana completamente abierta, como proyectado por este aroma pude ver que todas estas amistades habían sido falsas, que se sustentaban en nada, que estaba solo y que únicamente no lo había estado 5 veces. A la luz de esta realización, poco a poco la lista de cosas volvió a aparecer. Se volvió tan concreta como antes, el número de cosas se tornó tan gigantesco como antes. ¿Pero eran las mismas cosas? No lo eran. En realidad eran cosas completamente distintas. ¿Y eso hacía alguna diferencia? Ninguna. Todo había sido lo mismo, continuamente, y todo lo sería también, otra vez para siempre.

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Hay que dormir en todos los lugares posibles. Hay que dormir en sofás de tres cuerpos, en armarios, en plazas asoleadas, en calzadas ensuciadas de países que visitemos. Hay que dormir en escaleras de laja, en descansos de escaleras de madera, en piscinas de mayólicas azules, en verdes pastizales rectangulares. Hay que dormir en camas de hombres y en camas de mujeres. Hay que dormir en camas que huelan bien. Hay que dormir con frío. Hay que dormir con alguien que no conocemos. Hay que dormir a la intemperie. Hay que dormir bajo higueras y muy cerca de drenajes habitados por mujeres pequeñitas, hálitos de ángel: encarnaciones de demonios viejos hechas action figures a la moda. Hay que soñar.

Es necesario perseguir la belleza a toda costa.

Hay que brillar en la oscuridad. Hay que ser totalmente otro, muchos, no solamente uno, pues no es suficiente ser solamente uno para este mundo tan hambriento y ninfómano y estridente y clerical. Hay que esconder toda la verdad. Hay que mentir: a todas las mujeres, a tus amigos del trabajo, a tu mamá. Hay que posar. Hay que crear una imagen, un sospechoso personaje redondo pero falso, una caricatura clara y luminosa u opaca y oscura y vaga y ominosa que viaje por el mundo globalizado como Francis Drake coqueado por los océanos gigantescos, por una ciudad perfectamente plana que antes pensamos era nuestra maravillosa vida y que en verdad no lo era, sino que sólo era un estropajo llano, una paradójica ruma plana de trastes de historias de corazones de sueños y otras imaginaciones.

Es necesario ver muchísimos videos de David Bowie.

Hay que odiar a todos, indiscriminadamente. Hay que abrazarlos después. Hay que destruir todo lo que somos. Hay que construir todo lo que queremos ser. Hay que odiar todo lo que fuimos: hay que odiar todo lo que seremos. Hay que señalar los errores ajenos. Hay que mirar al enemigo con desprecio. Hay que amar la conquista por si misma. Hay que imaginar que cada hora de tu vida es parte de un prolongado y casi eterno campeonato de Risk donde el árbitro es una contorsionista belga o austriaca, todavía mejor si es ucraniana, una contorsionista que seguirá tus pervertidas órdenes siempre y cuando la proveas de la suficiente cantidad de billetes de 100 dólares. Hay que encubrir el meollo de ese asunto. Hay que averiguar donde imprimen billetes de 100 dólares.

Es necesario que viajes solamente.

Hay que esperar el brusco momento del encuentro con el fin, que no está lejos. Mientras tanto, hay que reírse de los débiles y procurar juntarse con los fuertes. Hay que golpear a los fuertes por la espalda una mañana, una tarde, una noche o madrugada cuando se descuiden endulzados por nuestras maliciosas sonrisas de azafata de avión francés. Hay que asumir el riesgo de que luego de ese primer golpe no logremos acabar con aquel fuerte, pues quizás entrene jiu-jitsu o sea indestructible, y hay que saber que quizás él decida en represalia golpearnos. Hay que amar ese riesgo como si fuera una copa congelada de helado de vainilla con fudge. Hay que entender que los fuertes pueden matarnos con las manos, sin necesidad de armas y especialmente sin necesidad de decir palabra alguna. Hay que perder el miedo de la muerte. Hay que creerse efectivamente Genghis Khan cabalgando por la estepa. Hay que imaginar a la muerte como una señora similar a Grace Kelly, pero muy puta y dispuesta a felarnos a espaldas de Rainiero.

Es necesario hacer deporte por la madrugada.

Hay que engañar a los adultos. Hay que mentirle sistemáticamente a todo adulto que se nos acerque. En cambio, hay que ser absurdamente sincero con los niños. Hay que mirarlos a los ojos –hay que saber que en esos ojos estrambóticos vive un futuro demonio de fuego y dinero y sexo y vida y alucinante salvación– y hay que restregarles el mundo por los ojos. Hay que exprimirles un wetex empapado de mundo gota a gota dentro de los ojos, como quien cura un enfermo de conjuntivitis. Hay que procurar cegarlos para siempre. Hay que herirlos. Hay que dañarles el alma y el ánimo. Hay que saber que sólo concretando aquel deslinde entre la realidad y sus deseos podrán salvarse de esta soñada vanidad.

Es necesario saber de política económica.

Hay que decirle a todas las chicas que las amas, indiscriminadamente. Hay que amar, indiscriminadamente. Hay que ser un huevón. Hay que ser agresivo, soez, parlanchín, generoso, burlón, cariñoso. Hay que medir grosores de labios y espesores de narices. Hay que ser hermoso, imbécil, galán, injurioso. Hay que besar multitudes de lunares. Hay que ser irracional, violento, cautivante. Hay que mirar directamente a todos los ojos que nos miren. Hay que ser mágico, múltiple, matón. Hay que negar la posibilidad del fin de cualquier instante. Hay que ser perfecto, parcial, radiante. Hay que evitar un llanto.

Es necesario hacer el amor.

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¿Qué se expulsa?

Básicamente se expulsa la mierda. Aunque el hombre ha expulsado muchas otras cosas durante la historia del mundo, que es ya muy larga y tan hermosa y digna de meticuloso estudio, no podemos negar que básicamente la mayor proporción de lo que el hombre ha liberado, en cualquier sentido, ha sido pura mierda.

¿Por qué se expulsa la mierda?

Porque la mierda es incómoda. No es necesariamente maligna, a veces incluso es maravillosa, pero ciertamente la mierda siempre es incómoda. Y la incomodidad suele interponerse con la felicidad de los seres que quieren reír y abrazarse y comer y dormir sobrios y sin hacerse pis. Por esto expulsar la mierda se ha generalizado como el método más eficiente para ser feliz, si bien escasamente resulte el más bello.

¿Qué representaciones adopta la mierda?

La mierda puede adoptar todas las representaciones. Estimo, y me considero un estimador moderado, que la mierda es capaz de tomar cientos de miles de millones y trillones de formas. Estimo que incluso la mierda es capaz de adoptar más y más extrañas formas que el amor.

¿Cómo se expulsa la mierda?

La mierda se puede expulsar de múltiples maneras. Desde el vómito, pasando por un grito seco hasta ciertos pequeños besos muy bien dados, el hombre inventa continuamente nuevas técnicas para deshacerse de ella. En tiempos clásicos fueron habituales el asesinato y el destierro. La modernidad ha popularizado técnicas menos radicales. Las más comunes hoy son el odio y el chisme, la burla y –ante todos– el olvido práctico.

¿Cómo aprendemos a expulsar la mierda?

No es necesario aprenderlo. El hombre nace ya equipado con la habilidad para expulsar toda la mierda que es capaz de producir. Esto es decir que si bien el hombre no nace libre de mierda –y de culpa y de conciencia y de otras trabas similares– ni cesa tampoco jamás de producirla, es casi siempre capaz de librarse de ella con la elegancia de un marqués que come torta.

¿Qué nos sucede si no expulsamos la mierda (si tragamos la mierda)?

Nos vamos a la mierda. Aterrizamos en pura mierda. Nos precipitamos en la mierda y nos volvemos entonces hombres de mierda. La mierda va colmando lentamente nuestros corazones, como si en una gran ciudad se atorara la única salida de toda la gran cloaca, y entonces destilamos mierda pura, exudamos mierda hasta por los ojos, incluso hablamos sólo mierda y eso, tan escatológico como suena, no siempre se encuentra exento de cierta gloria o perfume de gloria.

¿Cómo distinguimos a los hombres que expulsan la mierda de aquellos que la tragan?

Los hombres que expulsan la mierda se denominan dragones. Tienen un tatuaje en la frente y suelen sonreírse. Los hombres que tragan la mierda se denominan tragones. No llevan tatuaje alguno, se sonríen menos y en algunos casos follan mejor.

Un hombre me persigue por la calle. Yo llevo un libro bajo el brazo. El hombre es muy pequeño, es un enano demacrado y pendenciero. Me persigue y yo huyo y mientras esto ocurre yo temo. No temo por mi vida, no temo por mi honor. Temo sólo por la perfección de mi historia.

Esto se parece a esa pesadilla que tuve en que Joe Pesci me ahorcaba pienso.

Sigo huyendo y él corre, se acerca mucho más y saca un pañuelo del bolsillo de su abrigo. Lo blande frente a mis ojos: se suena los mocos. Yo aprovecho su breve descuidado, su falencia fatal. Abro muy rápido el libro y le leo estos versos:

Miserly, is the best description of that old fool
Who holds Lancelot to have been a morose fellow,
Dolefully brooding over the events which had naturally to follow
The high time of his deed with Guinevere.
He has a sick historical sight, if I judge rightly,
To believe any such thing as that ever occurred,
But, by the god of blood, what else is it that has deterred
Us all from an out and out defiance of fear
But this same perdamnable miserliness,
Which cries about our necks how we shall have less and less
Than we have now if we spend too wantonly?
Bah, this sort of slither is below contempt!
In the same vein we should have apple trees exempt
From bearing anything but pink blossoms all the year,
Fixed permanent lest their bellies wax unseemly, and the dear
Innocent days of them be wasted quite.
How can we have less? Have we not the deed?
Lancelot thought little, spent his gold and rode to fight
Mounted, if God was willing, on a good steed.

Escapo corriendo. No pago el libro.

Probablemente ningún Dios creó todo. Es lo más razonable. Pero por un momento imaginemos que sí lo hizo, que uno solo, majestuoso como la historia, es culpable de toda esta brea que nos circunda.

Digamos que creó los besos, por ejemplo. Imaginemos que yo aparecí luego y le traté de arrebatar los besos, que durante miles de años insolentemente traté de hacerlos solamente míos y no suyos, que profesé que serían míos, en plazas, periódicos, lenocinios y blogs, todos los pequeños besos, suaves y tenues y malditos, y que así fui proscrito, envenenado: perseguido por sus discípulos más hermosos con fríos vasos de Coca Cola que ocasionalmente bebí y condenado por su ángeles dorados, que más que ángeles en el sentido convencional me parecen cautelosos y tiernos violadores, silenciosos pedófilos apocopados felizmente dedicados a la docencia escolar.

Pero no frontalmente: no imaginemos que fui perseguido a través del cielo por estas bestias, tal estrella azul, fugaz y caída, que se me insultó a la cara y que corrí, que fui vapuleado o injuriado durante milenios, o incluso que fui violado por estos monstruos hermosos, tan adeptos a las bruscas, únicas ceremoniosas, extrañas variantes del amor sensual. No salí en la tele, ningún tabloide inglés me adujo amantes falsas. No hubo fama, que hubiera sido una consecuencia más bien agradable de la persecución. No hubo ningún paparazzi, nadie que me persiguiera por un túnel, que me permitiera morir con cierta decencia, decapitado y envuelto en cadente heroísmo.

Con el paso de las eras todo permanece: he visto lo mismo siempre, he visto todo perpetuarse. Mi tortura consistió en la permanencia de unas pocas ausencias. Como un chicle adherido a las paredes del intestino, todo se quedó en vacíos, en revistas y flagrantes incongruencias, en dolores sordos y nuevas canciones graves que me drenaban. He encarnado cientos de cuerpos, que es lo mismo que decir que he reñido cientos de años y visto cientos de películas. He estado solo en cada uno de ellos. Con cada uno caminé, odié los campos, las discotecas, las modas pasadas, vigilé las murallas del reino que anhelo y todo lo que más quise me alejó de él.

Hasta una noche que andaba por la playa, ya casi rendido. Alegre, oía melodías hasta en las canciones que ponen las muchachas más bellas de mi generación cuando revolotean en las terrazas y se decoran y sueñan y sonríen. Cuando de la bruma surgió una figura. Envuelta en una sábana roja, desde la orilla caminaba hacia mí una figurara desnuda. Me sonreía: me invitaba a acercarme y lo hice feliz y cuando estuve muy cerca supe que no era una simple figura: era la sombra detrás de todas las sombras, y entonces no volví a ser feliz. El creador se había encarnado en Johnny Depp y venía a buscarme, me sonreía y no parecía odiarme más, desearme más, perseguirme más. Quizás me habría perdonado y su ingenuidad, la dulzura en sus ojos me conmovió. Ya muy cerca, era sólo un hombre, sólo un hombre solo e idéntico a Johnny Depp que miraba a otro hombre con ternura.

Yo lo miré, después, muy lento, muy suave, lo besé un minuto. Luego mordí: como un perro cerré mi mandíbula y rasgué, le arranqué los labios. Él gritó y yo sentí que me desmayaba. Lo había traicionado y mi boca se llenaba de sangre, de su sangre azul y deliciosa y sagrada. Lo miré, adolorido, por primera vez enamorado, y entonces me dijo te odio.

¿Y cómo no habría de odiarme? Lo había derrotado. Con los 23 años de este cuerpo, con su pobre esencia, un verano fucsia y tórrido, el más flaco, el más débil de todos sus enemigos, lo amé más que ningún otro antes: acaparé todos los besos, todo el repertorio de pequeños ósculos que él había creado y jugosamente monopolizaba. Los acaparé y luego se los escupí de vuelta en la cara.

Fue entonces que repitió te odio. Te odio… ¡Te amo tanto!

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Digamos además que este Dios creó el sexo oral. Imaginemos luego que, tras mi primera inmensa victoria y aquella ceremonia cansada, el resto de mi vida será la pugna por arrebatárselo.

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No soy alcohólico, soy feliz: soy feliz cuando estoy fuera de mí. No dentro de otro, sino en el éter: entre la nada y el recinto donde está detenido tu cuerpo, hoy, este grave mayo cuando me lees.

En aquella pequeña grieta existe otro lugar que bulle maravilloso. Es un infierno imantado, infinito, una gran planicie de apetitos desatendidos. Pero al fondo, a tres o cuatro atardeceres de distancia, detrás de los candelabros opacos y las vírgenes orales, detrás de los pequeños artistas periféricos y el desencanto de los modistos bicéfalos, rondado por niñas morenas y sus chales y las solemnes señales que gritan al unísono los coros, hay todavía una vasta habitación que los demonios no infectaron.

Dentro de ella persiste una cama formidable, velada por linos translúcidos, envuelta como un cadáver en satén ensangrentado. Sobre ella se evapora un gas mostaza. Lo veo y se esfuma: no es una ilusión: ¡es una mujer mostaza que baila y se esfuma!

Te lo digo, ¡existe todavía otro lugar! ¡Otro! Negro, blanco. ¡Otro! Dulce, primisorio. ¡Existe otro lugar!

En cierto pequeño habitáculo, en cierta pequeña noche de cielo de estrella de sueño… Tras de todo, antes de todo. En ese lugar… en la encrucijada: allí me espera el mundo entero.

Pues que me espere.

Yo no podría complacer al mundo entero. Porque mi corazón no es un motor. Mi corazón es sólo válvulas y cieno. No puedo crear nada. No puedo impulsar nada. No puedo ser lo que tengo que ser. Jamás soy lo que necesito ser. Ahora el verdadero tiempo no es el del deseo. Ahora el verdadero ritmo está en nuestros estómagos y nuestro único contacto con el mundo es este flujo regurgitado de materia.

La belleza, por las tardes, por las mañanas, no cuaja realmente.

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¿Satanizer…? le pregunté riendo.

Yo estaba parado frente a la computadora y elevaba mis manos, agitándolas, así como alzan y agitan las manos en el aire nocturno esas viejas aterradas que vemos corriendo por la calles de la ciudad después de los grandes terremotos. Estaba parado, enjuto y detenido, no pensaba en todo lo demás: sólo en mis manos cortando el aire como las manos de esas viejas radicales, gordas y fabulosas que me encantan y en el olor a alcohol que provenía de mis manos entonces puras, entonces ya casi secas.

¡No, sanitizer! me dijo María Fe sonriendo. Pero satanizer había sonado mucho mejor. Yo estaba así contento con todo, una mañana álgida prefería la referencia a Satanás, mucho más calurosa y afín a toda la malignidad que nos envuelve, y todo me parecía estar en orden y francamente me sentía en paz. Por esos días la histeria iba y venía como un niño llorón sobre un columpio, se detenía pero se iba otra vez, volvía arremetiendo, de tanto llegar y llegar vibraba o resonaba, atormentaba: ya empezaba a acumularse su escoria estridente en las orejas de todos como un pegote amalgamante, renegrido y malsano, y de todo esto solamente dos semanas.

Miré bien a María Fe, que hablaba al mismo tiempo por teléfono, y tenía los lóbulos hinchados. De tanto oír y oír lo mismo, lo mismo y de las mismas personas las orejas se le habían inflado y yo le dije pero chévere, así las tengo yo todo el tiempo. Quise explicarme yo escucho todo, siempre escucho todo. Esto no es nuevo para mí. Todo queda en mí siempre. No sé si ella creyó que bromeaba, quizás no me escuchó, pero siguió al teléfono y después, tras colgar, me miró unos segundos, sonriendo otra vez, con su cara de ángel cándido que no ha entendido.

Hay mañanas cuando siento que las cosas verdaderamente suceden, estoy muy seguro de que suceden. Luego reverberan, se esparcen de persona en persona, se multiplican de una concepción en otra a través de tantos cerebros y se distorsionan y sobreviven, yo juzgo, sobre todo en función a su habilidad para copiarse pasando inadvertidas. Suele pensarse que las ideas que más persisten son las que causan sentimientos más apasionados. (Serían ejemplos algunas tan ampliamente aceptadas como la piedad supuestamente implícita a la religión y la naturaleza fundamentalmente buena del amor). Yo creo lo opuesto. Nada se esparce como lo que no se ve, lo que avanza entre nosotros sin que lo notemos.

Entiendo así que el miedo es la emoción más secreta, al mismo tiempo la que más rápido se propaga. Creo haber visto cómo nos impulsa a actuar, desconcertados. Nos propulsa y corremos: compramos, amamos, dormimos. Entiendo también que el miedo, que todas las emociones son eminentemente funcionales. Sentimos por algo, para algo, lo que a su vez implica que hay una serie de situaciones específicas que suscitan cada emoción. También sé que no soy el único que lo sabe. Muchos lo saben, pero muchos más no lo saben.

Y mientras voy y vuelvo del baño, después de eso también, cuando recorro el pasillo y agito mis manos y puedo ver por la ventana de este piso 22 a Lima toda, corriendo y existiendo, cuando el perfume que se evapora de mis manos me pervierte y me pone funny y puedo decir cualquier cosa, cualquier disparate para cualquier persona y con ningún propósito, cuando quiero imitar con mi forma de caminar, con mis saltos y con mis abruptos palabreos, con mis sonrisas el divertido vaivén de la histeria, cuando se ha terminado de secar de mis manos el gel antiséptico y puedo sentarme y debo olvidar este nuevo virus y solamente seguir corriendo, vivir callado, más que nunca entonces estoy convencido de que todo esto es un teatro, una farsa espeluznante y no por eso menos exquisita.




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