Posts Tagged ‘mear en el mar’

La lluvia que cae en tus labios entumecidos para la zozobra y contritos por la falta de sueño desciende del infierno y el infierno tiene el sabor de la saliva ahumada de una mujer dulce a quien le has dado algunos besos pequeños la noche anterior. Esto es un beso pequeño le quisiste decir, cuando todavía la sostenías y aun era la primera vez que lo hacías. Dijiste en cambio una multitud de huevadas, todo lo que podías decir, escasamente lo que querías decir, sólo después recordaste aquello de la dimensión de los besos, y fue entonces cuando empezó a llover una lluvia maricona, delgadísima, o fue quizás cuando salieron del lugar donde se encontraron y empezaron a caminar:

Esta lluvia tibia es una mierda.

Lo has pensando otra vez esta mañana pringosa. Tu madre no te lo ha dicho esta vez, sino que lo has descubierto tu mismo (tu madre solía advertirte de todos los males posibles y eso te daba una seguridad infinita, luego descubriste que tu madre estaba gorda y le faltaba un riñón, se lo quitaron cuando tenías quince años, casi se muere, no podía advertirte de todo, descubriste que aunque te amaba mucho era débil, podía quererte pero no podía protegerte, luego descubriste que tu padre quería lo mejor para ti y que eso no te importaba, que también estaba dispuesto a protegerte, de inmediato sentiste que tú querías lo opuesto a lo que quería tu padre, acaso lo mismo pero de una manera distinta, amorfa, contrahecha, una forma que pudiera desligarte de él y de tu madre y si era posible de ti y de tu cuerpo también, porque tu vida era una mierda vana y todo, en un sentido gentil –eso quisiste creer–, podías lograr que dependiera alguna vez de una persona que de cualquier modo debía ser otra, esto es decir cualquiera menos tú, cualquiera más hermoso, más perfecto que tú, lo que es decir efectivamente quien sea pues todos te parecían más perfectos y hermosos que tú, quizás una mujer o una efigie helada o algo atemporal con forma de mujer, pequeña si fuera posible, linda si tuvieras la suerte, con la boca suave como un puñado de almendras, una señal de salvación o compañía en la que pudieras morar, habitar en ella tal como si habitaras un iglú que no supieras dónde ha sido construido, quizás en Kamtchacka, acaso en el Peloponeso).

Es de mañana y llueve y el sabor de la saliva de una mujer y el recuerdo del sabor de la saliva de una mujer, aferrados ambos continúan aún en tus labios. Qué dulce: llueve y vas a tomar un taxi al trabajo y la puedes recordar a ella todavía, a pesar de todo. Detenido en la avenida piensas que en Lima en realidad no suele llover. Piensas ¡qué carajo!, ¿por qué está lloviendo? Voy a llegar tarde al trabajo. Luego olvidas la lluvia y recuerdas esa saliva. Luego piensas que ciertamente esa saliva debe pertenecer al cielo o a un lugar intermedio, un limbo de nieve, y eso te conduce a pensar que no hay mayor distinción entre cualquier cosa, lo que nos ata o nos desata, entre aquello y el infierno.

Anuncios

Nos hemos separado como se separa un puñado de moscas muertas que cae sobre una ola que se forma en un río. El río es amplio, el agua está turbia con sangre de pájaros y cacas de niño. El sitio donde hemos caído está próximo a una catarata inmensa. Bajo la catarata está la ciudad o algo muy similar a una ciudad, pues realmente no tenemos una noción clara de lo que es una ciudad, sólo sabemos que en aquel lugar bajo la catarata están las personas, las librerías, los automóviles, el Starbucks, la enología, el cine, la prostitución, la tauromaquia, un sinfín de cosas y también otras cosas y sobre todas ellas, como un rubio señor feudal con mueca de estar a punto de parir, magnánima está la catarata, y antes de la catarata sólo está el río y dentro de él, ahogado en sus corrientes, todo aquello que viaja hacia la supuesta ciudad (utilizando el río ensuciado y luego cayendo a través de la catarata fabulosa).

Hemos caído juntos sobre esta ola y no hemos tomado caminos perfectamente contradictorios. Si bien nuestros caminos han sido sinuosos y a pesar de estar profundamente disociados, se han mantenido contiguos a lo largo del tiempo. Arrastrados por las corrientes enrojecidas: confundidos por el sexo y el deseo y la desolación y la ausencia, no ha sido esto tan extraño. Teníamos pasados distintos. El momento en el que caímos sobre la superficie tibia del río fue precisamente singular: una singularidad. Fue el momento imperfectible y puntual y no por eso menos trivial en que nos encontramos y desde ese momento, tal como no había sido sino sólo así antes de encontrarnos por primera vez, no hicimos salvo desencontrarnos. No es esto increíble: lo inconcebible es justamente siempre esperar más que lo que contiene en si misma cualquier conjunción cotidiana.

Quiero decir que habíamos caído en el mismo punto pero que eso fue sólo un instante, que el punto no era matemático, quiero decir que no se regía por aquella definición, entonces el punto en realidad tenía más de una parte –era divisible–, tenía infinitas partes muy juntas y aún así diferentes, y si yo había caído a un lado de todas esas partes quizás él había caído al otro lado o en cualquier otro lado, y así, de tal modo habíamos ya en ese primer momento, desde el principio comenzado a extraviarnos.

0000294732_350

Hay que dormir en todos los lugares posibles. Hay que dormir en sofás de tres cuerpos, en armarios, en plazas asoleadas, en calzadas ensuciadas de países que visitemos. Hay que dormir en escaleras de laja, en descansos de escaleras de madera, en piscinas de mayólicas azules, en verdes pastizales rectangulares. Hay que dormir en camas de hombres y en camas de mujeres. Hay que dormir en camas que huelan bien. Hay que dormir con frío. Hay que dormir con alguien que no conocemos. Hay que dormir a la intemperie. Hay que dormir bajo higueras y muy cerca de drenajes habitados por mujeres pequeñitas, hálitos de ángel: encarnaciones de demonios viejos hechas action figures a la moda. Hay que soñar.

Es necesario perseguir la belleza a toda costa.

Hay que brillar en la oscuridad. Hay que ser totalmente otro, muchos, no solamente uno, pues no es suficiente ser solamente uno para este mundo tan hambriento y ninfómano y estridente y clerical. Hay que esconder toda la verdad. Hay que mentir: a todas las mujeres, a tus amigos del trabajo, a tu mamá. Hay que posar. Hay que crear una imagen, un sospechoso personaje redondo pero falso, una caricatura clara y luminosa u opaca y oscura y vaga y ominosa que viaje por el mundo globalizado como Francis Drake coqueado por los océanos gigantescos, por una ciudad perfectamente plana que antes pensamos era nuestra maravillosa vida y que en verdad no lo era, sino que sólo era un estropajo llano, una paradójica ruma plana de trastes de historias de corazones de sueños y otras imaginaciones.

Es necesario ver muchísimos videos de David Bowie.

Hay que odiar a todos, indiscriminadamente. Hay que abrazarlos después. Hay que destruir todo lo que somos. Hay que construir todo lo que queremos ser. Hay que odiar todo lo que fuimos: hay que odiar todo lo que seremos. Hay que señalar los errores ajenos. Hay que mirar al enemigo con desprecio. Hay que amar la conquista por si misma. Hay que imaginar que cada hora de tu vida es parte de un prolongado y casi eterno campeonato de Risk donde el árbitro es una contorsionista belga o austriaca, todavía mejor si es ucraniana, una contorsionista que seguirá tus pervertidas órdenes siempre y cuando la proveas de la suficiente cantidad de billetes de 100 dólares. Hay que encubrir el meollo de ese asunto. Hay que averiguar donde imprimen billetes de 100 dólares.

Es necesario que viajes solamente.

Hay que esperar el brusco momento del encuentro con el fin, que no está lejos. Mientras tanto, hay que reírse de los débiles y procurar juntarse con los fuertes. Hay que golpear a los fuertes por la espalda una mañana, una tarde, una noche o madrugada cuando se descuiden endulzados por nuestras maliciosas sonrisas de azafata de avión francés. Hay que asumir el riesgo de que luego de ese primer golpe no logremos acabar con aquel fuerte, pues quizás entrene jiu-jitsu o sea indestructible, y hay que saber que quizás él decida en represalia golpearnos. Hay que amar ese riesgo como si fuera una copa congelada de helado de vainilla con fudge. Hay que entender que los fuertes pueden matarnos con las manos, sin necesidad de armas y especialmente sin necesidad de decir palabra alguna. Hay que perder el miedo de la muerte. Hay que creerse efectivamente Genghis Khan cabalgando por la estepa. Hay que imaginar a la muerte como una señora similar a Grace Kelly, pero muy puta y dispuesta a felarnos a espaldas de Rainiero.

Es necesario hacer deporte por la madrugada.

Hay que engañar a los adultos. Hay que mentirle sistemáticamente a todo adulto que se nos acerque. En cambio, hay que ser absurdamente sincero con los niños. Hay que mirarlos a los ojos –hay que saber que en esos ojos estrambóticos vive un futuro demonio de fuego y dinero y sexo y vida y alucinante salvación– y hay que restregarles el mundo por los ojos. Hay que exprimirles un wetex empapado de mundo gota a gota dentro de los ojos, como quien cura un enfermo de conjuntivitis. Hay que procurar cegarlos para siempre. Hay que herirlos. Hay que dañarles el alma y el ánimo. Hay que saber que sólo concretando aquel deslinde entre la realidad y sus deseos podrán salvarse de esta soñada vanidad.

Es necesario saber de política económica.

Hay que decirle a todas las chicas que las amas, indiscriminadamente. Hay que amar, indiscriminadamente. Hay que ser un huevón. Hay que ser agresivo, soez, parlanchín, generoso, burlón, cariñoso. Hay que medir grosores de labios y espesores de narices. Hay que ser hermoso, imbécil, galán, injurioso. Hay que besar multitudes de lunares. Hay que ser irracional, violento, cautivante. Hay que mirar directamente a todos los ojos que nos miren. Hay que ser mágico, múltiple, matón. Hay que negar la posibilidad del fin de cualquier instante. Hay que ser perfecto, parcial, radiante. Hay que evitar un llanto.

Es necesario hacer el amor.

Tócame me dijo y yo le pregunté ¿dónde? y ella me dijo aquí. Extendió su mano hasta la mía, dudaba un poco, la estrechó con un temblor y la recogió inmediatamente, la trajo hacia si, hasta su blusa. Le temblaron los labios. Permanecimos en silencio un minuto. Mi mano tímida descansaba sobre su teta izquierda, abrazándola. Yo no supe si el juego era romántico o sexual. Sólo mucho después, ahora entiendo que tal distinción no existía.

Probablemente ningún Dios creó todo. Es lo más razonable. Pero por un momento imaginemos que sí lo hizo, que uno solo, majestuoso como la historia, es culpable de toda esta brea que nos circunda.

Digamos que creó los besos, por ejemplo. Imaginemos que yo aparecí luego y le traté de arrebatar los besos, que durante miles de años insolentemente traté de hacerlos solamente míos y no suyos, que profesé que serían míos, en plazas, periódicos, lenocinios y blogs, todos los pequeños besos, suaves y tenues y malditos, y que así fui proscrito, envenenado: perseguido por sus discípulos más hermosos con fríos vasos de Coca Cola que ocasionalmente bebí y condenado por su ángeles dorados, que más que ángeles en el sentido convencional me parecen cautelosos y tiernos violadores, silenciosos pedófilos apocopados felizmente dedicados a la docencia escolar.

Pero no frontalmente: no imaginemos que fui perseguido a través del cielo por estas bestias, tal estrella azul, fugaz y caída, que se me insultó a la cara y que corrí, que fui vapuleado o injuriado durante milenios, o incluso que fui violado por estos monstruos hermosos, tan adeptos a las bruscas, únicas ceremoniosas, extrañas variantes del amor sensual. No salí en la tele, ningún tabloide inglés me adujo amantes falsas. No hubo fama, que hubiera sido una consecuencia más bien agradable de la persecución. No hubo ningún paparazzi, nadie que me persiguiera por un túnel, que me permitiera morir con cierta decencia, decapitado y envuelto en cadente heroísmo.

Con el paso de las eras todo permanece: he visto lo mismo siempre, he visto todo perpetuarse. Mi tortura consistió en la permanencia de unas pocas ausencias. Como un chicle adherido a las paredes del intestino, todo se quedó en vacíos, en revistas y flagrantes incongruencias, en dolores sordos y nuevas canciones graves que me drenaban. He encarnado cientos de cuerpos, que es lo mismo que decir que he reñido cientos de años y visto cientos de películas. He estado solo en cada uno de ellos. Con cada uno caminé, odié los campos, las discotecas, las modas pasadas, vigilé las murallas del reino que anhelo y todo lo que más quise me alejó de él.

Hasta una noche que andaba por la playa, ya casi rendido. Alegre, oía melodías hasta en las canciones que ponen las muchachas más bellas de mi generación cuando revolotean en las terrazas y se decoran y sueñan y sonríen. Cuando de la bruma surgió una figura. Envuelta en una sábana roja, desde la orilla caminaba hacia mí una figurara desnuda. Me sonreía: me invitaba a acercarme y lo hice feliz y cuando estuve muy cerca supe que no era una simple figura: era la sombra detrás de todas las sombras, y entonces no volví a ser feliz. El creador se había encarnado en Johnny Depp y venía a buscarme, me sonreía y no parecía odiarme más, desearme más, perseguirme más. Quizás me habría perdonado y su ingenuidad, la dulzura en sus ojos me conmovió. Ya muy cerca, era sólo un hombre, sólo un hombre solo e idéntico a Johnny Depp que miraba a otro hombre con ternura.

Yo lo miré, después, muy lento, muy suave, lo besé un minuto. Luego mordí: como un perro cerré mi mandíbula y rasgué, le arranqué los labios. Él gritó y yo sentí que me desmayaba. Lo había traicionado y mi boca se llenaba de sangre, de su sangre azul y deliciosa y sagrada. Lo miré, adolorido, por primera vez enamorado, y entonces me dijo te odio.

¿Y cómo no habría de odiarme? Lo había derrotado. Con los 23 años de este cuerpo, con su pobre esencia, un verano fucsia y tórrido, el más flaco, el más débil de todos sus enemigos, lo amé más que ningún otro antes: acaparé todos los besos, todo el repertorio de pequeños ósculos que él había creado y jugosamente monopolizaba. Los acaparé y luego se los escupí de vuelta en la cara.

Fue entonces que repitió te odio. Te odio… ¡Te amo tanto!

2348232148_e3b5a41957

Digamos además que este Dios creó el sexo oral. Imaginemos luego que, tras mi primera inmensa victoria y aquella ceremonia cansada, el resto de mi vida será la pugna por arrebatárselo.

Era un monstruo vacío. Vacío como el aliento de una mujer cuando inspira y monstruoso como el aliento de una mujer cuando expira. Y yo no lo dije nunca. Quizás no lo supe. ¿Es que acaso lo supe?

el monstruo vacío

En todo caso, debí saberlo. Un monstruo vacío pude haber dicho. Sin consideración por nada, poseedor de todo, un monstruo de mierda debí decir. Pero hay cosas que no se dicen nunca, especialmente cuando el enemigo tiene bigotes y es formidable o tremebundo, especialmente cuando el enemigo es idéntico a uno mismo. También, y todavía mas agrias por lo maldito del recuerdo, existen las cosas que no se piensan jamás en el momento justo.

Era un monstruo, iba creciendo, y en paralelo el verano era vago. Vago porque se asemejaba a un vago y yo, imitando conjuntamente al verano y a un vago, meaba como un Dios encarnado a la orilla del mar, pisoteaba cruelmente los cangrejos ciegos, observaba el nuevo faro de la isla, paseaba, sólo cortos minutos por la playa nocturna, amoratada, luego regresaba al confort de los hombres y las luces y los abrazos de señoras rubias y felices. Y quizás también porque vago rima con lago y cuando yo caminaba, las noches que caminaba, inventaba rimas que hilaba en potenciales cantos mientras recordaba el lago de la batalla de Junín, ese lago cuyo nombre no recuerdo y que no buscaré en Wikipedia y que conocí a los 12 años, y la solución a todos mis problemas parecía ser entonces darle la vuelta a un lago: es decir atacar por la retaguardia: es decir ser completamente el perfecto traidor.

Sólo por esto, que juzgo llano y poco original, no por alguna metáfora distinta, mucho más bella, no por algún deseo mayor, aún más perfecto y perverso, es que el verano era vago. Y no estoy refiriéndome a un loco, que es como comúnmente nombramos a los solitarios en esta ciudad. No debemos confundir un vago con un loco. Un vago huele bien: a caca, sales, islas guaneras y olas de mar. En cambio un loco se baña: huele a jabón y toneladas de la voluntariosa intimidad que acumula y eso, que es todo lo que está rojo e iluminado y bien y al mismo tiempo jodido en esta tierra, por una vez, no es de lo que estoy hablando.

Era un monstruo y devoraba almas y eso causó en mí la más insospechada tranquilidad. Sí, el asunto es que todo el verano estaba vago y yo era un monstruo, un vago que olía bien (a caca, sales, islas guaneras y olas de mar).

Sólo pude saberlo esta noche.

Camino una o dos horas cada día. Quiero mucho a mi mamá. Camino una, dos horas. En ocasiones la trato con sanguinario desamor.

Camino hasta el trabajo, vuelvo del trabajo. Camino también en círculos, un Domingo como este. Trazo un circuito tentativo, quiero alcanzar algún hito y probablemente no lo alcanzo. Vuelvo a casa. Pienso.

Bertrand Russell recordó, al principio de In praise of idleness, que nos han enseñado a siempre estar ocupados. Como todo buen ocioso, devoré este texto a penas lo encontré. Pues no es pecado exclusivo de los creyentes ansiar lo que apuntala sus vicios. Todos buscamos enriquecernos de lo que nos impulsa, sea a la sonrisa, la lluvia, el azul, el contento y el verano, o al agua del water una mañana congelada. Russell arranca el texto recordando que nos han enseñado que existe cierta virtud en el trabajo y cierta malignidad en el ocio. Y mientras caminaba hoy por el Paseo Roosevelt –el lindo Paseo Roosevelt- recordé a Russell con algo semejante al cariño y seguí así, sin remordimientos ni alegrías, mi fresco zigzagueo.

Dedico ese par de horas de caminata, cada día, a nada salvo pensar libremente. Frecuentemente me pierdo, no concibo cómo llegué a cierta idea tajante o radical que si bien me parece genial no sabría de qué manera justificar, y trato de retroceder, recordando todos los ambientes que he recorrido y todo lo otro que pudo influenciarme, buscando ese motivo, la noción primaria de la construcción aparecida en mí, muy a la manera de Dupin en Los Asesinatos de la Calle Morgue.

Supongo que la creencia de que el ocio es maligno surge justamente de esto: del hecho que en él es muy fácil caer en la tentación de la reflexión. Cuando pensamos realmente, no siempre arribamos a buen puerto. Comúnmente el muelle es extraño y desolado y sórdido, los marineros son seres pálidos y oscuros que nos poseerían felices; en ocasiones, como devueltos por una regurgitación enológica, los océanos están rojos y el barco gira en espirales infinitas, sin tierra a la vista; en los casos más raros nos recibe, con un Bloody Mary de conchas de abanico en la mano, el recuerdo bueno de una increíble o pequeña mujer.

He creído que muchos jamás descubren esto, porque muchos jamás piensan sin límites. Creen que sólo debemos buscar aquello que no nos trae problemas. La mayor parte de nosotros, además de interesarse por estar ocupados lo más posible y luego pensar lo menos posible, cuando sí piensa, lo hace limitándose, cortando las emociones, restringiendo la imaginación para neutralizar aquellas pulsiones que los conducirían fuera de la senda central, el camino claro y virtuoso.

Yo, en cambio, creo en alimentar las pulsiones que me acometen, en seguirlas donde me lleven, hasta todos los rincones de mí. Y así sucede que llego una tarde, un domingo por la noche a mi casa después de una caminata y aunque me veo como siempre he viajado a cualquier parte. Puedo amar o detestar, indistintamente, a toda la raza humana.

Pocas veces busco encantar a alguien.




  • Radiante

  • Archivo