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Creí en cierto momento que no debían alcanzarme las derrotas. O que no debía, si bien me pudieran eventualmente tocar estas figuras, en cualquiera caso reconocerlas como tales. Por supuesto, en ejecución de una madurez sopesada, debí también poner en el mismo bolso a las victorias. No había por qué no hacerlo. Eran lo mismo. Todavía así no lo hice en un principio. Quizás sólo pude empezar con lo más obvio: no debían alcanzarme las derrotas… cuantas ellas fueran, sin importar con cuanta frecuencia estas se dieran, en qué ámbito, tan públicas y tan íntimas como pudieran ser. Pues yo, como todos, también lo sabía. Me habían derrotado tantas veces. Aquella vez de la cremallera y las escaleras; la tarde en que derramé los líquidos en la mesa de noche; la ocasión del clarinete; mierda, la maldita noche del felatio a media asta… Pero quizás ahora podría andar por la pasarela de la sociedad, larga y malsana como la misma agonía, tejer el camino en el callejón de las personas que me observaran detenidamente o que no lo hicieran, y en esta ocasión sin importar qué fuera lo que hubiera sucedido, pues aquello que hubiera sucedido sería sólo eso, un vago suceso, tenue y baladí. Creí que después de muchos años me había cansado de esta figura, la juzgué una simple extensión patética de la compulsión y la tristeza, la encontré demasiado estúpida para mí, sentí que había tocado yo mismo el pináculo del hastío, que era mas grande y que podía luego volverme indemne, como una roca refulgente o un páramo verde y extensísimo y silente, que era capaz de tal hazaña, que me podían todos coger la puta polla enhiesta y en llamas, que me pitorreaba en la tapa del órgano, es decir, que me cagaba echado y luego me limpiaba con los codos… so on and so forth.

Y todo esto fue fruto del hartazgo, pues como cualquiera que transita la ciudad, había estado constantemente expuesto a los mensajes que nos coloca la realidad en todas partes. De hecho existen estos mensajes en el mundo, constantemente, en todas partes. Por ejemplo, los podemos ver a lo largo de las avenidas elegantes, aquellas del asfalto muy negro, en las jardineras con gardenias de los edificios pobres, en las bodegas, en los parques internos de los barrios brumosos que huelen a jazmines, en una boca calle emparrada o desnuda, en el aire caliente… especialmente cuando se ilumina en el atardecer. En los locales donde bebemos cerveza también los encontramos. Estos mensajes nos los repiten nuestras madres a diario mientas nos lavamos los dientes. Se los repiten los amantes entre sí, cuando se quieren, con impavidez cuando se traicionan. Los vemos aún cada madrugada en la tele, siempre en las frecuencias sin estación, pues en la estática se encuentran también estos mensajes, enrollados se encuentran en las dimensiones recogidas del éter los mensajes… persisten todavía en el mercado secreto del espacio y la fantasía. Y por fortuna, o por una vehemencia hostil producto del desamparo, o por una testarudez dulce que es consecuencia de la embriaguez, o por una simple y llana idiotez confundida tras tanta suposición de una inteligencia dislocada que no poseo, no los había tragado jamás. Quiero decir, sí podía identificarlos. De hecho existen estos mensajes. Hay, de hecho, reflexiones inscritas en el espacio, en los espacios entre los espacios, refrendos en la causalidad y también en ese nuevo y extraño linde que es el borde estadístico de la incertidumbre y la probabilidad –lugar quántico–, lugar físico donde ahora parece que estaremos condenados a desdefinirnos… ¿Entonces dónde está la carencia?

Pues estos mensajes se caracterizaron siempre, ante mis ojos, por ser triviales, aún si acaso también me parecían contundentes. Estimé que la causalidad no traía con ella significancia propia. No había, a pesar de la gravidez de estas relaciones, significado en su materialidad inexpugnable. Y esto no era un descubrimiento, sólo era una lucidez escasamente compartida. Luego fui mas allá. No creí, más tarde, que fuera capaz de obtener todo lo que quisiera. ¿Y qué puta era lo que quería, al fin y al cabo? En cambio no creí que, en caso de obtenerlo, debería sentir esto como un logro mío, o únicamente mío. No creí que, de errar, haberlo intentado en última instancia justificaría estos intentos, pues no logré nunca, en ejecución de mi más estricta lógica, atar esos dos cabos (el del fracaso y el éxito). Presentí siempre que el fracaso era una cosa y que el éxito era otra y que estaban, como mínimo, condenadamente alejados, putamente apartados, y que cualquiera que viniera a decirme que eso no era así… pues era de antemano un parlanchín de falo breve, un charlatán amateur, un fracasado alucinado o acaso un hombre muy exitoso, pero místicamente cojudo, un chupa vergas excelso y conmiserativo, puto goloso promotor, vende bulas y mequetrefe, un canalla cara de mierda, simple, vulgar negociante de zalamerías y plenitudes supuestas, veleta y reputo engatusador. No quise nunca más que me digan cómo fracasar y estar contento al respecto. No quise que me muestren más dónde se encuentra la prudencia, atada a la buena vida y la circunspección. No quise trazar la línea entre los lindes. ¿Qué mierda con el éxito? No pude soportar la explicación… era demasiado pronta y digerible y todo lo próximo y digerible me resultó inclinado a esclarecer todo, cuando todo no me parecía digno de ser esclarecido, pues todo era pura francachela, festín baladí, óbolo frívolo, delicioso hermoso, todo no requería sustento. Estaba gastada la vida, como el riel de un juguete sexual de plástico koreano, como los besos tres años después de ser dados por primera vez, esos besos hundidos como dedales de plástico en los ojos de una muñeca sebosa. En suma, no pude soportar entonces la explicación: estaba gasta la vida, pero eso estaba bien.

De pronto esta noche quiero ser vulgarmente rico, al mismo tiempo quiero ser brutalmente bello. Estoy rendido. He andado hasta una esquina del litoral, junto al barranco, desde la que puedo ver el mar: el mar es una concha estremecida. Este mar provoca beberlo. Todavía la tarde declina y el sol redobla su puja. Puta perra, tarde partera. Hemos entrado al otoño pero las nieblas todavía se ausentan en la ciudad. Hemos atado la esperanza a esta ausencia, pero las nieblas todavía se ausentan. ¿Dónde mierda está el reposo? Huele como a jazmines este jardín apagado. Me he sentado en el mismo poyo de cemento que he conocido los últimos 6 años. He pensado todo esto cuando observo a los transeúntes. Si me lo preguntan, tienen cara de delincuentes: asquerosa pandilla de frikis que te encularían sonriendo si supieran que sólo haciéndolo, te estarían al mismo tiempo salvando la vida. ¡Cuánto hijo de puta haría lo que fuera por salvarte la vida! No creo que seré otra vez… jamás uno de ellos. Y no sé tampoco, quizás después de unas horas sentado aquí observando la bahía, cuando ya se haga de noche, en qué dirección deba partir. Los transeúntes seguirán pasando y todas sus rutas posibles serán posibles rutas para mí también. A cada uno le digo: ¡hijo de puta!… Pero pienso también que si partiera en alguna dirección, si nadie lo supiera… ¿no sería aquello, justamente, tan así como nunca haberlo hecho?




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