Posts Tagged ‘mi pene’

Reconozco todavía el vaivén de los vientos que atienden esta playa. Es la primera noche que paso en ella este verano. Reconozco una leguminosa telaraña de brisa: creo todavía que es una legaña empalagosa prendiéndose de los pelos sucios, límpida y meticulosa y empapada en whisky, que nos hace y nos deshace y que eso nos viene bien, para eso hemos venido –nos hemos venido–, no para librarnos de la ciudad, patibularia y cacasena, sino sólo para encontrarnos una vez más con el hedor salobre del mar, amplio y libertario como una concha estremecida.

Pero hoy la situación es distinta, está volcada, ha sido controvertida por la memoria selectiva de los labios. Los labios no estuvieron de nuestro lado. Los labios fueron tan traicioneros como cualquier puta mal pagada, como cualquiera parte de la propia anatomía que ha quedado desatendida. Moraleja: no confíes en tus labios si no han dado besos en mucho tiempo, tampoco confíes en tus ojos, lo mismo tu corazón. Tu corazón es una meretriz presuntuosa, pendenciera, ilusa y al tiempo golosa. Confía tan solo en tu pija. Porque tu pija habla cada noche con Darwin por Skype, habla con él e intercambian secretos. Darwin le ha contado que Dios no tiene cara, que es un agujero al final del túnel, en una recámara blanca, una especie de golfa iluminada y con olor a pez, inmóvil, frígida. Esto es decir que tu pija y sólo ella sabe lo que es necesario para ti. Tu corazón (y que no nos llame ahora la atención su índole colorada) es estúpido. Él sólo quiere lo mejor para ti. Tú –como ya debieras saber– no quieres lo mejor para ti. ¡Piénsatelo bien! Tú sólo quieres lo que tu pija quiere para ti.

Ahora me siento en la arena húmeda. Quiero escuchar tan sólo a mi pija enternecida por la zozobra y reconozco en cambio el vaivén de los vientos que atienden el murmullo de fiestas en terrazas, quiero decir gritos de mujeres en terrazas, quiero describir alharaca de niñas con tetas en terrazas, todas bebiendo chilcanos o capitanes, ya quisiéramos, todas esperando algo que yo no podría volver a darles, he deducido a este tiempo, he creído que no era así, he vuelto a creer que es así de cualquier modo, he dudado cómo podría no ser así, cómo sería si no lo fuera y si fuese exactamente lo opuesto. Lo he ponderado y no me ha parecido posible darles ya ni siquiera cualquier cosa: lo que he hecho antes en cada ocasión. Ya no me parece posible nada salvo besarlas con aquella manera pequeña y dulce que se podría considerar al mismo tiempo ominosa.

Entonces digo ¿existirá el método? Y si es así, ¿cómo mierda descubro el método?

Me ha dicho el salvavidas que esta playa está loca, oscurecida por celos patológicos, el amor de 300 madres espartanas, maldita como la vagina de una charapa adolescente, ante todo preñada. Lo hemos conversado por la tarde en la piscina mientras yo comía tequeños y él cuidaba de las niñas que nadaban. Somos amigos hace más de 10 años. Él me enseñó a entrar en el mar cuando las olas estaban gigantes y uno podía morir. Ahora, mientras observa la delgadez de las pre-púberes acuáticas, le he preguntado quién la preñó, si acaso la preñó él (que se jacta de tenerla de 22cm muertita y, en consecuencia, es un candidato viable para preñar tan grande extensión de arena). Me ha mirado confundido. Me ha dicho que por las mañanas, cuando orina en la orilla antes de que lleguen las primeras niñas a la piscina, los pescadores, que lo observan mear, se acercan y le hacen chistes, le conversan y miran de reojo su sexo, boscoso como un oso. Le han contado historias de perros descomunales que caminan los arenales aledaños a las playas por las noches, devorando chiquillas embobadas y enculando muchachos ebrios. Me ha dicho que en las madrugadas esta playa la surcan perros descomunales, pescadores de hombres y chiquillas, lujuriosos perros de la playa, sin pelo, sin corazón y estrictamente siempre sin condón. Se ha preocupado en apuntar, escueto pero determinante, que a pesar de su malignidad debemos tomar en cuenta que la leche progenitora de esos canes, deglutida como almíbar o utilizada para cortar la leche de pantera, puede revitalizar un hombre, puede volverle los ojos blancos otra vez, la mirada ausente, la vista gorda, las axilas humorosas y peludas, la complexión radiante, los dientes luminosos como choclos sagrados, dientes nada menos que adecuados para morder el cuello de una chiquilla petulante.

Y yo digo ¿dónde carajo quedó la novia, aquella novia mía, para mí, ella que tenía los labios delgados, labios para mí?

Dice mi compañera de camarote que la novia ha muerto, que ella vio el cuerpo entumecido cuando se lo llevo la marea, colorado como la cáscara de una langosta. El salvavidas –mi supuesto amigo– la ha violado sobre la torre de salvavidas mientras los canes vejaban a los huachimanes. Me ha dicho que fue una situación espectacular y peculiar, 5 huachimanes murieron empalados, luego murió la novia, luego eyaculó el salvavidas como si alguien hubiera descubierto una torre de petróleo blanquecino (imaginé cuando me lo contó la cara de Daniel Day Lewis y eso no me sorprendió, confieso que lo admiro a él y que también me gusta Paul Thomas Anderson). Me ha dicho que si bien empezó como normalmente principia una violación, quiso decir a la fuerza y en contra de la opinión del violado, en este caso la novia sólo mantuvo esa actitud un momento, inmediatamente empezó a gemir y se volcó sobre el salvavidas enhiesto, rasgó su vestido, rasgó la breve ropa de baño, se sentó sobre su pija como si fuese un pony mientras él se sentaba en la silla de la torre, gozó del coito como una chancha de mierda aún cuando los huachimanes morían empalados en todas direcciones. Me ha dicho que primero murió Escalera, alto y flaco, el perro ardido lo analizó hasta causarle una hemorragia interna, que segundo murió Mosquito, el que se quería con Fernanda (la chica que trabaja en la casa de los Gómez), atravesado de oído a oído, entonces y tercero murió La Mona, el de la cabellera, el can le partió el recto en 7 secciones idénticas, cuarto murió el Zorro, rápido y libre, ahogado y gimiendo con estridencia mientras un can muy parecido a Winston Churchill le convidaba crayola por la garganta, quinto murió El Ronco, con sus lentes, cuyo dolor rememoraba un berimbau si bien algunos dicen que cantaba una de Miguel de Molina, muy grave, sólo luego la muerte le fue dada a ella, cuando el salvavidas estaba por alcanzar el orgasmo y el éxtasis fue tal que sin quererlo la empujó de la torre y ella cayó de cabeza en la arena seca, se rompió el cuello, pero él continuó masturbándose utilizando su mano lampiña, eyaculó sobre la brisa y el semen chispeó sobre ella justo en el momento en que hacía el misterioso tránsito de mujer a cadáver.

No lo pude creer. Le dije a mi compañera de camarote por la puta madre, ¿qué mierda es el sosiego? Ha quedado silenciosa. Luego he agregado ¿hay que ser fuck buddies?

Esta noche he venido solo a la playa con una botella de whisky. La botella de whisky la he robado del padre de una amiga. La botella se ha terminado. A pesar de todo me ha dado frío. Estoy borracho y mis pies están húmedos y tengo frío. Son las 11 de la noche y estamos sábado y tengo frío y estoy acongojado. La isla se extiende sobre el mar y me parece una gorda preñada. El salvavidas es un huevón (además de un fantoche y un traicionero). Pues la playa no está preñada: es la isla que está preñada. Y quizás la novia, antes de morir, pudo haber quedado preñada también. Tengo frío. Acongojado, he encendido una copia del Esplín de Paris y con ella ilumino mis genitales. Quisiera poder oírlos otra vez. Parece vano intentarlo. Mi pija ha muerto. Quisiera quedarme pero ya es hora de volver a la casa. Debo huir de los perros empaladores, de quienes no podré defenderme con mi pija muerta. Debo huir de ellos como se huye de todo lo que busca el corazón. Es tiempo de cambiarme, ponerme la camisa con puntitos. Es tiempo de salir a bailar nuevas canciones.

Digo ¿por qué la rosa no indica todavía el rumbo a Praga, barrio judío, tumba de Franz Kafka?

Quiero decir ¿por qué a falta de ella sólo tengo esta isla blanca como la panza de una gorda preñada, nevada pero con guano, estacionada como una caca cetácea contra el horizonte renegrido?

Anuncios

No digamos que Marisol era una chica común. Digamos en cambio que era tremendamente propensa al cariño –quiero decir a la carne– y que por fortuna para ella no le faltaron nunca aquellos dispuestos a saciarla. No era para extrañarse. Solía llevar los labios color fucsia y los ojos marrones y pequeños se le estrellaban como dos huevos fritos detrás de esos labios, las piernas flacas se le arqueaban detrás de esos labios iluminados, al rato se le inclinaba la pelvis también (que era amplia como una pera), el estómago leve se le desbocaba, pongamos apoyada contra la barra en el tercer piso de un bar, y todo eso transmitía un mensaje que ciertamente era una invitación, que cualquier hombre medianamente atento efectivamente entendía como una invitación y que al mismo tiempo confería algo similar a la inocencia, y no una inocencia exenta de sensualidad, olor, puro hedor a deseo, efluvios lubricantes, sodomía agonizante, insanía lóbrega, comicidad fashionista, resumamos: libertad.

Todo era una treta.

Tuve la ocasión de conocer a Marisol una noche y tuve la suerte de besarla sólo 7 noches después, noche en que fuimos a un concierto de salsa en un bar de 3 pisos en Miraflores, la engañé, le dije que sólo saldríamos un rato y regresó a su casa después de las 4, la ofendí en dos ocasiones sin ninguna intención, le di por error a entender que era una mujer fácil, la emborraché, al mismo tiempo la hice reír, anduvimos en mi auto, le di primero un beso en la mejilla, hablamos de su mamá ya muerta, la había matado un bus-camión en la carretera por el entonces peaje de Bujama, de películas, una película vieja de Clint Eastwood en la que actúa de un cowboy muy malo, otra película de Clint Eastwood en la que actúa de un cowboy sentimental pero luchador, una tercera película de Clint Eastwood (con fecha de lanzamiento anterior a la segunda de la que hablamos) en la que actúa de un cowboy sentimental pero devastado, finalmente una película de Clint Eastwood en la que hace de un ex trabajador de una planta de autos que no con escaso misterio se parece mucho al cowboy muy malo, y de viajes al sur del Perú, un viaje que yo había hecho al Titicaca, un viaje que ella había hecho a Mollendo y Mejía, un viaje en que yo había llegado hasta Arica y donde había descubierto asquerosas piscinas hechas con agua de mar, luego nos estacionamos y se puso muy cerca de mí, luego temblé, luego tirité de nerviosismo, fue entonces que nos besamos de verdad, la cogí de la cintura, noche en que también nos fuimos a la cama por primera vez en un cuarto oscurecido y vetusto de la casa de sus tías donde se estaba quedando por esos meses hasta que su padre volviera de Inglaterra donde se hallaba enfrascado en negocios jugosos, un tugurio que hedía a naftalina y pie de limón y mar, repleto de adornos de plata sin lustrar, habían cortinas de múltiples capas y con tramados arábigos, un equipo de aire acondicionado marca Carrier, dos reproductores de música, uno Pioneer, el otro Kenwood e incluía un subwoofer, un lavabo de aquellos que se empotran contra una pared de mármol, al centro de la habitación una cama que parecía la cama de Louis XVI.

Siento que conocí a Marisol rápidamente y que de inmediato empecé a desconocerla. No sólo había fingido no ser una estúpida sino que además era más estúpida de lo que había creído jamás posible que una estúpida pudiera serlo. Estuve sorprendido cuando lo supe, quedé pasmado, conjurado por una sorpresa intempestiva: ella era una estúpida garrafal, una estúpida colosal. Su estupidez no era incoherente, lo que hubiera sido un atenuante –aunque aparente– puesto que la incoherencia crea la ilusión de libertad y la libertad crea la ilusión de cierta inteligencia. Su estupidez era consecuente, precisa, estaba circunscrita a rígidos parámetros idiotas, a numerables atentados de irreverente cojudez. Era por este motivo su estupidez ninguna otra cosa salvo evidente. Pero esto, paradójicamente, no le restó al principio atractivo. No quise decir que mientras avanzaba el tiempo y la desconocía cada vez más, la repudiaba cada vez más, en cambio fui confundido hasta el último momento y pensé que podría gustarme, amilanado por su idiotez, e incluso la última noche que la vi dormimos juntos, no nos separamos al terminar nuestro encuentro, nos quedamos juntos toda la noche, amaneció y caminamos por la calle amanecida, y mientras cruzábamos Schell en mi auto, fue en ese momento que ella me miró con ojos febriles y yo la miré con ojos helados, sabiendo sólo entonces que todo había terminado y que ella era demasiado estúpida para que yo la deseara, demasiado estúpida comparada a aquella –otra– para que yo la quisiera. Ella lo supo sin que yo dijera palabra alguna, dedujo que la desdeñaba y quizás por eso no volví a verla.

Nunca sabré qué le hice. No me lo dijo. Siempre espero no haberle hecho demasiado. Mi paso por su vida fue breve. No pude quererla, no quise quererla y jamás lo hice. Ya casi no recuerdo sus gestos, sólo retengo la sensación de ellos disuelta y dispersa como el sabor del vino enfriado que se diluye en el agua mineral. Más que cualquier otra cosa recuerdo esa primera noche. Ya llevábamos una hora jugando en la cama de Louis XVI y yo le había dicho que me parecía que estábamos en Versailles. Ella me había dicho que si estábamos en Versailles pues yo debía follarla como un rey, como mínimo como el Delfín. Yo me había reído, yo casi no sabía follar y probablemente no hubiera podido desempeñarme ni siquiera como un cortesano cualquiera, el Comte d’Anjou, el Duc de Polignac. Ella me la chupaba con desidia y de pronto se detuvo y me miró a los ojos: cuando todavía cogía mi verga enhiesta con su mano pequeña y humedecida, me miró a lo ojos y me preguntó si algún día me enamoraría de ella. Yo no supe qué responderle; le mentí, le dije que lo más probable era que no, que yo no podía enamorarme de nadie. Entonces se detuvo, me la soltó cuando yo estaba a punto de terminar, se arrastró un metro, anduvo a gatas sobre las sábanas blancas, se echó a mi lado y se quedó dormida abrazándome. A veces he pensado que quizás fue así, así como se lo dije, sólo porque se detuvo esa noche y por nada más.

Nos han dicho que la nonna se va a morir. Es así de sencillo.

No puedo decir que sentí que no lo podía creer. No es así: lo creí desde un principio. Quizás mi mamá no lo pudo creer. Probablemente el nonno no lo pudo creer. Pero yo lo creí desde un principio. No gozo de esa particularidad. Siempre creo en las cosas cuando suceden. La realidad a veces se engrandece tanto, se hace en exceso tangible, inmediatamente se distorsiona. Cuando podría no estar sucediéndome aquello, yo sé que lo está. Suelo verla toda, es demasiada, se aparece para mí: la realidad es un monstruo desopilante que me sonríe y se mofa. Yo he aprendido a mofarme de la manera en que ella se mofa de mí y quizás ese sea mi mayor logro, lo único que me justifique, todo lo que haya logrado y jamás logre. Pero otras veces la realidad no se está riendo sino que está hambrienta, es como un toro cachondo que viene a cogerme. Y yo no soy un matador, soy mucho menos, no me veo bien en traje de luces, no quepo en esas mallas y por tanto la realidad me coge, no me avisa, estoy allí detenido cuando ella viene por mí, no la evito, quizás ni siquiera busco evitarla, no la esquivo: no puedo sonreírle ni puedo, en consecuencia, decir que no puedo creer lo que me está sucediendo. Yo ya lo sabía, yo la había visto venir. Y puesto que es en ocasiones descomunal, es tanta la realidad que se distorsiona. No puede ser de otro modo, pues desdobla sus límites, rápido se quiebran los vasos sanguíneos en su mitra colorada y los ojos se le ponen rojísimos, como dos fogones. Los míos inmediatamente se cierran, se vuelven a abrir, caigo en un vahído, luego vomito y quizás sólo después todo vuelve a la normalidad.

La nonna se va a morir. Tiene cáncer. Es terminal. El Doctor ha convocado a mi mamá a un pequeño cuarto de la Clínica San Felipe. Mi madre ha llamado al nonno también. Han entrado los dos al pequeño cuarto y el Doctor les ha dicho que mi nonna no va a mejorar, que tiene cáncer, que es terminal. Mi mamá se ha puesto a llorar. Mi nonno, así lo dice mi mamá, se limitó a temblar. Por un momento no lo han podido creer. Luego mi mamá ha manejado a mi casa y le ha dicho a mi hermano. Mientras mi mamá ha entrado a su cuarto un momento para lavarse la cara, mi hermano ha entrado a mi cuarto y me ha contado a mí y yo no he sabido qué decir. Me he preparado un café y he visto un rato videos en Youtube. No he sabido qué decir, sólo he sabido cuan real es esto, cuan inevitable. Más tarde mi papá nos ha llamado y nos ha dado la versión oficial, el comunicado familiar, como a él le gusta. Después no ha pasado mucho más. Los días han transcurrido solamente. Hemos almorzado todos juntos, he visto televisión, he dormido, he ido a trabajar. He pensado también qué difícil es saber dónde empieza la identidad que uno posee; cómo, en general, es muy difícil identificar la identidad de uno. No estoy seguro de dónde está ni cuál es mi identidad precisamente, ni la verdadera y menos la falsa, la impostada, pero mientras me siento en mi computadora y veo una fotografía de toda la familia del lado de mi madre y se la explico a Carolina, sé que si de alguna identidad dispongo tiene mucho de lo que estoy viendo, que en alguna parte de esto está algo de lo que soy, si bien no todo algo, y que ese algo inevitablemente tiene que emerger o haberse engendrado de cierto modo en mi nonno y en mi nonna y que así la muerte de mi nonna de algún modo es la muerte de esa parte de mí, quizás el principio de mi muerte o la primera de todas mis muertes. Pues es seguro que yo no soy sólo yo, sino que soy además todos los que me han hecho, incluso quizás soy sólo una esponja y así, más allá del cuerpo que utilizo diariamente, soy sólo todo lo que me ha sido entregado por otros y en realidad nada que haya creado yo mismo.

Me he acercado a su cama y ya no ha abierto los ojos. Le he cogido la mano y ha pestañeado. Kenneth le ha hablado algunas cosas. Mi hermano le ha hablado de polenta, le ha preguntado si prefiere su polenta con tuco o con mantequilla. Ella le ha dicho que tuco. Pero yo me he acercado y a mí no me ha podido decir nada, quizás porque ha estado ya demasiado débil o o ida o quizás porque no dije nada. Sinceramente no recuerdo si dije algo. Sólo recuerdo estar allí y poco más. Recordé cómo era esa habitación hace 5 años, después hace 15 años. Pero esta vez la habitación ha sido distinta. La enfermera me ha visto acercarme y me ha sonreído. El lecho ahora es como el de una clínica. Está ella en el centro de la habitación donde ha dormido los últimos 40 años. A sus lados hay aparatos y tubos apropiados. Una cantidad de máquinas, de últimas ayudas. A su izquierda hay un estandarte: una vara metálica que se eleva sobre una base arácnida y de cuya punta no cuelga un escudo, cuelga solamente una bolsa de un suero ámbar. Desde ella una cánula traslúcida desciende, traza una curva amplia, corre por encima de las sábanas y se acerca a su cara, entra silenciosa por una de las fosas nasales ahora pálidas, envejecidas, quiero decir rendidas.

Había un número de cosas que tenía que hacer, que cumpliría de cualquier modo, un número incalculable de cosas que una vez hechas serían la afirmación concreta, la concreción pública de todo lo que yo buscaba. Había un número de cosas que estaban destinadas para mí. Existía una facilidad evidente para obtener este número descomunal de cosas (puesto que evidentemente estaban allí para mí). Se había pensado todo con anticipación. Se había tendido todo en el camino como un buffet. Yo había llegado al mundo preparado para obtener todas estas cosas: yo había llegado al mundo para alimentarme del buffet. Tenía todas las herramientas y todas las facilidades, todas las conexiones, se prestaban a mí las metodologías y se postraban ante mí los guardianes. Ciertamente así lo creía mi madre y de este modo lo pregonaba mi padre. Ciertamente así lo creí también yo. Había la certeza total de obtenerlas todas y sobre esa certeza se construía un castillo sensual, visceral sensible, una torre de base sólidas y con un futuro brillante y extendido, libre de enfermedades coronarias, abundante en alegrías largas o pequeñas, ignorante de monotonías, almuerzos en pequeñas cafeterías, agonías cotidianas, tardes de sol cuando uno lleva corbata, nine to five and all that tiresome shit.

Echado al campo, inmediatamente fracasé. No fracasé disimuladamente. No fracasé después de un breve periodo de éxito. Sencillamente discordé desde el principio, en el instante de acometer la realidad me escindí en todas mis partes, así no cabía, totalmente no pude, cómicamente fui errado, básicamente no lo logré, no fui absorbido, no pude explicarme tampoco. Entonces estas cosas se pervirtieron. Primero el horizonte cambió. Un inmenso olor a caca apareció una mañana y lo impregnó todo con su pringosidad y una acérrima opresión mate, con su yugo pastoso y su aplomo defecado. La lista de cosas se desmoronó de pronto, torcida, maldicha. Pronto encontré otros como yo, otros que carecían de aquella lista. Entablamos amistades y nos emborrachamos, estuvimos 4 años metidos en un mismo bar e incluso una vez amanecimos en él. Llovía y nosotros llorábamos, pero ese llanto tomaba la forma de una protesta y esa protesta era inmadura, excluía las lágrimas, estaba poco estudiada, era ideal, delirante, nos expiaba del dolor. En ese instante jurábamos, habríamos jurado que esa protesta nos salvaría. Y si no lograba salvarnos al menos nos justificaría, que si bien no era efectivamente lo mismo que salvarnos, puesto que no podríamos saborear la victoria, como mínimo evidenciaría la contundencia de nuestras acciones. Así nos aproximábamos a la figura del mártir. Queríamos ser mártires alcohólicos, jugadores pequeños de la política y jugadores groseros del amor, adictos al free jazz, having sex all night long with beautiful underaged girls, amantes dispersos que consumían heroína y follaban como locos, actividades ciertamente discordantes pero que nosotros podríamos conseguir, todavía eyaculando en cualquier parte. Orejas, vientres, hombros, narices… nada estaba negado para nuestros penes artistas, penes generosos y promiscuos y nada afectados, puesto que estos heroinómanos adictos al free jazz no podían adoptar poses afectadas, mas bien eran caballeros dispersos de la noche, esporádicos locutores de un humor objetivo, lo que en jerga común se conoce como un arrecho y lo que yo elijo definir como un sensualista escatológico.

Una noche mientras defecaba y olía la madreselva de los vecinos, cuyo olor penetra el baño a través de la ventana completamente abierta, como proyectado por este aroma pude ver que todas estas amistades habían sido falsas, que se sustentaban en nada, que estaba solo y que únicamente no lo había estado 5 veces. A la luz de esta realización, poco a poco la lista de cosas volvió a aparecer. Se volvió tan concreta como antes, el número de cosas se tornó tan gigantesco como antes. ¿Pero eran las mismas cosas? No lo eran. En realidad eran cosas completamente distintas. ¿Y eso hacía alguna diferencia? Ninguna. Todo había sido lo mismo, continuamente, y todo lo sería también, otra vez para siempre.

Voy por Cervantes, son las 3 PM del domingo 1ero de noviembre y estoy pensando en una fila de mujeres que fuman. Es una fila bastante larga que empieza en Camino Real, sigue la calzada dura como una flecha, pasa frente de mí, penetra en la avenida Pezet y luego corre paralela al linde del club de golf, pierdo de vista tras el cruce con Portillo donde gira pocos grados hacia la derecha, presiento debe girar otra vez en el semáforo de la Avenida Salaverry, no sé donde va después. Sin embargo no es lo que normalmente entendemos como una fila de mujeres (si bien se parece mucho a una y aquí, entre nosotros, puedo decirte que alguien desprovisto de nuestra perspicacia o propensión a la bufa podría juzgar que es solamente una fila de mujeres, común y silvestre). Afortunadamente la distinción es obvia para el observador atento. Se contiene en un solo agudo motivo:

No es una concatenación de identidades discretas.

¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que la fila que he imaginado no es una fila de mujeres reales. Sí está compuesta de mujeres, pero cada una de ellas no representa a una que exista en el mundo. Más bien cada una es la efigie laxa de un terrible momento en el tiempo. Así, cada una es en realidad la acumulación malhechora de muchas mujeres, todas aquellas que existieron para mí en un malhechor instante del tiempo, cualquiera que sea el indicado. Así, a lo largo de la fila cada elemento de ella esta casi repetido en el siguiente elemento y en el anterior, los cambios entre elementos contiguos –que representan el desplazamiento entre dos malhechores instantes– son mínimos y graduales, se requeriría un observador meticuloso para notarlos, sólo se hacen obvios a una distancia mayor, digamos con 20 elementos de separación, y de este modo la hilera de elementos conforma una cascada, un degradé de representaciones o efigies laxas o estatuas poco pulidas, más bien ensuciadas o enmohecidas, frías como bancas de parque en San Petersburgo en invierno, paradójicamente sólidas al mismo tiempo, sólidas pero laxas y frías y enmarañadas, vejatorias figuras imaginadas de todas las mujeres en un indigno espacio de tiempo –mi vida– cayendo desde Camino Real hasta Salaverry como una serpiente vituperiosa, intestinal destripada, vaginal ignominiosa, descomponiéndose incesantemente y con un dulce olor a ceniza.

Y de pronto la fila de mujeres se ha concretado a mi lado. Dicen que debes tener cuidado con lo que crees que es la realidad, pues la realidad será exactamente como tú la imagines. Es uno de esos dichos un poco cojudos, pero no parece haber sido del todo falso: de pronto la fila de mujeres se ha concretado a mi lado. Las puedo oler. Su caca todavía caliente, el café árabe y sus labios sahumados. La cháchara incesante me penetra por atrás, me excita también, me conmueve los testículos como si estos fueran recogidos por una mano tibia y maternal. El aroma del tabaco me trae memorias de lamidos inguinales: me presenta otra vez los ojos endemoniados del monstruo aquella vez cuando le di un orgasmo utilizando mis labios, entonces cuando efectivamente logró morir un poco, luego resucitar para destruirme. Oigo las risas del heliogábalo rampante que ha venido por mí corazón una vez más. Pero nada puede hacerme ya el heliogábalo. He mutado. Por la puta madre, he mutado. Luego, muy cool, me aproximo al heliogábalo caminando como si fuera un monstruo cualquiera. Ya conozco al heliogábalo, sus mañas, sus zonas erógenas. Y no le temo, estoy tranquilo –estoy cool–, no poseo más estrellas que pueda devorar. Si algo poseo, sólo poseo una pija en llamas. El heliogábalo ya se comió todas mis estrellas: ahora puede comerse mi pija en llamas. Miro la hora en mi celular. Tenemos tiempo para algunas inquisiciones.

A 3 metros de la fila, detenido, cuadrado tal Patton en el cine, les digo ya no las quiero chicas. Luego, a mi señal, marchamos todos, como en un desfile escolar. Marchamos en un batallón contenido y alegre, hacemos cuatro filas y formamos compañías de a 80, vamos así hasta la Avenida Arequipa. Allí hago una señal y la fila se vuelve a extender: cubre cientos de cuadras. Paso revista. Contento, me aproximo a la primera mujer y le doy un abrazo, junto mis brazos tras su espalda, la estrecho sinceramente entre mis brazos. Elijo a la segunda al azar, unos metros más allá: le escupo en los ojos. A la tercera no la toco. La cuarta es mi favorita y le doy un beso en el pecho, otro en la clavícula, abro su blusa y pongo un dedo húmedo sobre su pezón que, endureciéndose, me responde complacido. Luego vuelvo a la primera, pero levemente la esquivo, la humillo, la veo llorar. Busco a la quinta. Le doy por culo a la sexta mientras ella gime que me ama. Le grito a la séptima. Le digo a la cuarta que aún pienso en ella, que no importa que sea tan mala conmigo. Escribo una breve nota en una servilleta dedicada a la quinta. Le sonrío a la primera (quien aún no parece recuperarse de mi abrazo). Corro hasta la octava. Veo como se desnuda la décima. La vigésimo tercera me guiña el ojo. Me fela la décimo octava, se le entumecen los labios. Siento que extraño a la cuarta. Le regalo un chocolate bitter a la trigésima…

Entonces me alejo. Las miro, cual Patton en el cine, recapacito y les digo mentira chicas, en verdad las quiero mucho. Siempre las voy a querer.

Las conduzco hasta el Morro Solar. Marchamos del mismo modo, cruzamos Miraflores y después Barranco, comemos un helado en el malecón y después trepamos lentamente la cuesta. Una vez en la cima, les cuento cómo perdimos en la batalla de Lima. La bahía se abre amplia ante nosotros. Imito a mi profesor de historia y les digo que todo lo que vemos frente a nosotros es cosa del pasado. La bahía reposa, voluminosa pero vacía como un bowl lleno de coles. Les digo que todo lo que hemos sufrido juntos, ¡eso está en el pasado! (Es un pérfido juego de palabras: todo lo que hemos hecho es cosa del pasado, de un pasado inamovible e indestructible, rígido y profético, periférico y determinante, imposible de eludir. Lo único impresionante o contundente y cojudo es cómo cuántos no lo notan.) Les digo que yo conozco la identidad del soldado desconocido. Les cuento que mi abuelo tenía una forja –una metalmecánica– y como él hizo la estatua a imagen y semejanza de James Dean. Les cuento que James Dean era gay, muy gay. Les digo que James Dean amaba que lo atoren duro, muy duro, especialmente si quien lo hacía era Marlon Brando. Les digo que no vean This is it, que yo ya me compré el DVD (vengan a mi casa). Les digo que tengo un LP de Like A Virgin, que mi papá lo compró en Londres en 1985. Les hablo de Christopher Hitchens. Les digo que quiero ser un cowboy mormón. Les hablo de mis bigotes. Les hablo de mis nuevos zapatos de cuero en punta. Les hablo de metales. Les hablo de mi corazón.

Así hablo horas de mí, cientos de minutos de mí, hasta que finalmente les digo vamos, denme un cigarro. Lo enciendo, ellas encienden al mismo tiempo uno y entonces todos fumamos y vemos juntos el sunset desplomándose en la bahía: un durazno maricón que se hunde de cabeza en el océano como si el cielo fuera a matarlo arreciado –o intoxicado– por los fuegos fatuos que levitan sobre nuestros pestilentes cadáveres eyaculados. Mientras empieza a penetrar las aguas, una luz sebácea, brillantísima y fulgurosa empapa el morro árido, circunda el aire aciago –delgadísimo como una soga–, transforma en platino nuestras ropas y vela todo en un ruido gelatinoso y vasto pero aglutinador que no está compuesto sino del rumor de nuestras disueltas, siempre infames soledades. En el momento justo en que el cielo vira de un gigantesco fucsia a un sobrio y profundo azul marino, echamos nuestros cigarros a la arena y con la armonía del equipo ruso de nado sincronizado hacemos “El Twist”, destruimos la colilla con la suela de nuestro zapato derecho.

moby-dick

Me preguntó a qué me había referido cuando había señalado al orador, había sonreído y había dicho él sí que tiene pene. Yo le dije que imagine un corazón dentro de un pene, luego a su vez este pene -que lleva un corazón adentro- dentro de otro corazón. Ella puso cara de estreñimiento y me dijo que eso era rídiculo y que nada tenía que hacer ella -tan hermosa, tan dulce, tan completamente la mujer que yo quería para mí- imaginando corazones (¡qué cursi!) o penes (¡qué vulgar!).

Un momento después yo le dije que no era en absoluto ridículo, que en ocasiones la verdad estaba detrás de lo insolente o lo sincero, y que en ocasiones nada disntinguía el uno del otro. Pero ella insistió. Entonces yo le dije que trate de imaginar un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene…

Ella permaneció con la mirada opaca y en silencio hasta que, habiendo perdido el aliento del todo, me detuve a respirar. Supe así, retorcido por su cara impávida, que ella no tenía remedio. Aún conciente de lo vano del esfuerzo, le dije todavía, procuraba hablar su lengua es como cuando apuntas la cámara a una tele y proyectas en la tele lo que está en el cuadro: exactamente así.

Una boca llena de humo es una trampa. Es un peligro, en principio, porque el humo nos asfixia. Pero es también indudablemente una trampa. Queremos esa boca y no sabemos por qué y la perseguimos, todavía sin saber por qué. Tomamos un manhattan, ella toma un mojito y la miramos fijamente. Esos labios arden. Más tarde quizás la besamos, luego si podemos penetramos en ella, nos zambullimos como Phelps en esa boca brumosa y esa boca siniestra, no con poco desparpajo y sí con borbotones de ternura y hasta algún llanto, lentamente nos sahúma. En los mejores casos, después de probarnos, esa boca nos acoge. No son pocos los casos en que inmediatamente o pronto nos escupe.

Luego es una mierda. No porque la boca en si misma sea una mierda. No porque el humo sea una mierda. Ni siquiera porque ser escupido sea efectivamente una mierda. Sólo porque el olor del humo es maravilloso, nos ha impregnado, es delicioso, es intoxicante, porque saber que debe uno quitarse el humor del humo del cuerpo es una mierda, porque lo queremos tener encima para siempre, porque por la puta mierda: cómo nos pudo encantar ese humo y cómo jode saber que ya no será así, al menos nunca más de la misma manera, cómo es insidioso sólo entender que encantará a otros y nunca más a nosotros pues ahora desdeñamos ese humo, hemos perdido esa sensibilidad.

¿Y por qué se llenan las bocas de humo? ¿Dónde, cuándo, cómo, por qué y quién principió esta satánica huevada descomunal, abrasiva y violadora pendejada totalizante? Debo preguntarme eso mientras pienso que todas las mujeres de mi vida han fumado, lo que es decir que todas sus bocas no eran simples bocas sino bocas llenas de humo, así capaces de ocasionar la plenitud etérea y fulminante que suele ser, es y siempre debe ser y nunca no debe ser aunque a veces no ha sido para mí un beso sobre unos labios ahumados.

smokin

José dice que yo atraigo a las cagonas, fatalmente; yo no le creo esta vez y he concluido que atraigo a las que fuman.




  • Radiante

  • Archivo