Posts Tagged ‘mujeres’

Yo estoy en la cama leyendo, o quizás viendo el programa de Anthony Bourdain y pensando en que él sí tiene un buen trabajo. Entonces ella se adormece, llora a mi costado. Se acurruca a mi lado y me abraza; toma mi barriga, como haciendo una cúpula con la palma de su mano, luego mete su mano debajo de mi pantalón y me dice que me ama. Me lo debe todo y yo lo sé, por eso le hago el amor todos los días. Pero es pésima haciendo el amor y ocasionalmente debo fingir mis orgasmos. Ella es en si misma insuficiente al amor. De pronto trata lo más que puede, me da la mano, me invita vino español que ha sido enfriado en un cántaro de barro y que yo bebo feliz mientras veo el programa de Anthony Bourdain, me besa tristemente en los ojos. De pronto toma mi corazón entre sus labios (un acto bastante temerario). Yo siento pena por ella y es entonces que le hago el amor, finjo mis orgasmos. Luego ella vuelve a llorar, preparamos café y ella prende un cigarro; salimos a la calle y ella compra chocolates baratos. Hemos parado anoche a las 3 de la mañana en un Repsol, le he querido explicar que el Ritter sport es mucho mejor que el Triangulo, que tiene que comprar chocolates con por lo menos 50% de cacao, si no es que 70%, pero ella es demasiado estúpida para entenderme.

Hace muchos años estaba en un bosque cuando me alcanzó por primera vez. Yo iba por una senda y ella apareció por el costado, silenciosa entre las ramas. Tenía el paso de una mujer bruta y yo inmediatamente supe que era bruta, quizás incluso un poco puta, pero ella quiso hacerme creer que era una gata, aguda y culta, lectora de 3 tragedias griegas y una comedia, dueña de 2 viajes a Nueva York (uno antes de la caída de las torres, uno después), es decir una mujer capaz de entretenerme. Sin embargo yo inmediatamente supe que ella era mucho menos. Puedo confesar que en ese tiempo pensé en Darwin: que muy pesimista deduje que estábamos todos jodidos, envueltos y atrapados para siempre por una manada asnal y beligerante de mujeres putas y brutas en busca de parir. En primer término odié su sonrisa, su camisa, sus ojos pardos, su peinado: era, en suma, demasiado hippie. Lo que quiero decir, rápidamente, es que era ese tipo de chica que habría debutado en Woodstock y que yo inmediatamente lo supe. Mientras que yo añoraba un contraste insolente, una desenvoltura púrpura, ella sólo podía proveerme de good vibes.

Me cago en tus good vibes pensé cuando la vi aparecer.

Y ella quiso hacerme creer que era una gata: un objeto seductor; otra cosa, no esa pobre excusa de mundo ocre que en verdad era; algo mejor y azul, algo excitante y refulgente, pertinente, incitante o categórico que me pudiera violar el alma como ya lo habían hecho otras mujeres antes, como ella jamás podría. ¿Por qué no podría? Porque era demasiado real y pertenecía a esa estirpe insana y comúnmente no cuestionada de imbéciles bien intencionados, amables y muy bien leídos que aman lo verdadero y que cargan a cuestas una cantidad infinita de argumentos irrebatibles; porque desconocía que el secreto del deseo no se hallaba en esos escritos con aprobación intelectual unánime que ella acumulaba en su mesa de noche sino sólo en una verde enfermedad, sólo en un avezado y ebrio leap of faith, en el perfecto dislate, en un espléndido absurdo.

Con este propósito –con el propósito de hacer creer que era una gata– primero brincó, anduvo sinuosa por una rama finísima, tan fina como un sollozo. Yo dudé, pensé ¿quién es esta chica?, no dudo puse cara de sorpresa. Y entonces se pasó de conchuda, en un arrebato de soberbia pretendió decirme miau. Miau me dijo. Y yo le dije puta Realidad. Me reía de ella mientras su tez enrojecía, sabiéndose reconocida. ¡Maldita puta, hija de puta Realidad!

En las noches encuentro que todo lo que nos rodea se refiere siempre a este minúsculo error original.

Anuncios

sleep

Gabriela, que según ella está gorda pero que en realidad no me parece que esté gorda, que dice que ha engordado y por eso ya no se pone jeans y politos sino unos trapos sueltos que también están chéveres, pero que más bien debería pensar que está más rica, más power, que aunque no sea algo que a mi me guste ciertamente es algo que le encanta a muchísimos hombres, puesto que mi gusto por las cuerpos andróginos no es generalizado, porque el gusto por la voluptuosidad es en realidad el más extendido entre los hombres, ella, que de vez en cuando lee esto, aunque no me imagino que con demasiada religiosidad ni atención porque siempre me ha dado la impresión de que tiene muchísimo mejores cosas que hacer, porque siempre que la recuerdo imagino que está en orgías lesbianas, envuelta en suntuosidad o tragedia, o en todo caso en algún lugar público y bacán, rodeada de gente hip hablando de cosas comunes, vestidos todos hip y siempre observados por gente que los admira y piensa que nunca podrán ser tan hip como ellos y que intentan lograrlo poniéndose fotos en Facebook a lo Marilyn Monroe por Andy Warhol, o por gente que los desprecia porque se juran hip y son vanos, gente mucho más subte y probablemente mucho más real que ella y sus amigos, gente que no sabe que ser real quizás esté sobrevaluado, que la impostura, cuando amalgama de niebla y escarnio, es hermosa, gente real pero condenada a tener menos plata, cuando quizás, como dudamos en esos momentos menos valientes, más egoístas, la plata no es poca cosa en este mundo porque te permite ir de viaje a Europa o Cuba o Tailandia y eso vale muchísimo, aparentemente, porque te permite curar a tus hijos si los tienes y porque te permite comer delicioso y ver pelas y comprar libros y hasta sexo si lo necesitas y todo eso tampoco es poca cosa, aparentemente, ella, que con todo quizás es mucho más real que yo, mucho más impostada que yo, ella me ha dicho que hace mucho tiempo que no escribo cosas filin: Juan, hace tiempo que no escribes nada filin.

Y Gabriela tiene y no tiene razón: el verano ya pasó hace mucho tiempo, yo estoy viviendo, persistiendo a base da cafeína y deporte y de conversaciones con mis superiores y de pequeños shows, pequeñas ceremonias que orquesto a lo largo de los días, a su vez también pequeños, pequeñas ceremonias que me tienen a mi como protagonista, al mismo tiempo ofrenda, al mismo tiempo músico, coro, sonidista, estoy viviendo a base de ceremonias, posturas frustradas y borracheras largas, resacas vespertinas y alegres y aromas de cafés negros sin azúcar en los que me reflejo, desasosegado, mientras paseo, deambulo por cualquier calle hacia otros barrios, intencionalmente al azar (si eso es posible), fuera de los senderos que contienen mis comercios habituales, mis amores pasados, ahora enamorado de las viejecitas deformes que venden caramelos, especialmente de dos de ellas, una en una banca, con los ojos enormes y la sonrisa perenne que me pregunta la hora, otra sentada en una esquina, arqueada como un arco, y yo fantaseando con esporádicas siestas en parques rociados, muy adepto al humo gris y tratando de pensar, bajo una luz, entre sombras, que cuando fumo un cigarro no lo hago para parecerme a Frank Sinatra en el escenario, tampoco a Woody Allen en esa escena de Manhattan, sino simplemente porque me quiero mucho, mucho más de lo que es obvio, y porque me gusta que el humo entre en mí para ahogarme un tanto, tentando la posibilidad de morir un poco más rápido, un poco mejor, porque morirme bien quiero que sea mi única preocupación, morirme bien espero que sea mi única meta e intención y esfuerzo hoy, hoy que ya nada me preocupa, hoy que no me preocupa lo que diga quien sea, hoy que los espejos me duelen, tétricos como jueces, cuando las mujeres me importan ya muy poco, cuando puede decidir entre dos de ellas, entre sus besos y el humor de sus ingles con la misma ligereza con la que podría escoger unas Margaritas sobre unas Pícaras, hoy cuando lo único que quisiera, cuando aquello por lo que mataría sería algún tipo de certeza, cualquiera.

Así… ¿en qué pensar, francamente? Quizás deba pensar en caminos que se cruzan, en caminos que se bifurcan, en caminos que se cruzan, en caminos que se bifurcan.




  • Radiante

  • Archivo