Posts Tagged ‘perforación’

Detenido, admiro la monumental pila de dinero que ha sido construida ante mis ojos. Creo por ratos que parece un castillo o la casa de un señor feudal… recapacito y creo que parece el botín de un pirata, o quizás la torre en cuya cima vive Rapunzel, recluida por un diagnóstico de Trastorno Bipolar . Y pienso, ¿cómo mierda es posible tanto dinero junto?

De cualquier modo, y sin moverme, en un descampado oscuro esa noche me detengo y la admiro. Ha sido construida ante mis ojos. Y hace un minuto, la pila ha sido rociada con gasolina de 108 octanos por un arlequín que apareció desde muy atrás, cargando una galonera descomunal, y cuyos movimientos –casi arácnidos– me aterraron con su gracia, ritmo y contorsión lumbar. La pila ha sido luego encendida por el mismo arlequín, que para encenderla utiliza un zippo de plata extraído de los profundos bolsillos que tiene su bombacho, y cuando la enciende, justo antes de hacerlo, voltea un instante y me sonríe. Sus dientes son blanquísimos, como la base pálida que cubre su cara, y sus ojos desahuciados están amargos como la bilis. Sus ojos en un principio me impactan, luego me debilitan… pienso que el color de sus ojos estremecidos se aproxima al color del ensueño cuando es opaco y contiene sólo el aliento de la desesperanza.

El arlequín enciende la pila y de inmediato se retira. Se aleja del fuego, que ilumina muchísimo la zona del descampado que lo circunda mas sumerge el resto de él en la sombras, de modo que ya no se pueden observar las paredes de barro y piedra que definen su linde. Se aleja de la pila encendida y así, poco a poco, el morado de su túnica, similar a la de un fraile, se funde en el negro y desaparece. No sé si se ha ido aún del descampado, si ha llegado a la calle lejana que vuelve hasta la ciudad, desde este arrabal húmedo, o si me observa todavía desde un rincón del lote solitario, bajo una tienda. Pero imagino sus dientes pequeños y blanquísimos, sonriendo, mirándome… puedo ver cada vez sus ojos amarillos.

Pronto me despabilo y decido acercarme. Todavía empieza a consumirse cuando yo me acerco a la pila esa noche. Empiezo a sentir que arrecia el calor. En pocos minutos, se eleva la temperatura. La pila completa está encendida y es ahora una hoguera. En ese momento una mujer desnuda se acerca y empieza a devorar el dinero encendido. De mediana estatura, tiene los brazos gordos y el cuerpo fino, los ojos tenebrosos y la nariz corta y muy bella. Su piel es muy suave, propia esta cualidad de la canela, su cuello en cambio no aparenta serlo; fuerte y fibroso, le da un aire mamífero y socarrón a sus gestos. Pero sus pelos lacios rodean su cara en una actitud dócil, reducen lo que en otro caso sería una mirada dura a una sonrisa aguda, con un atisbo de codicia.

Primero la mujer se acerca y recoge un billete. Lo levanta a la altura de sus ojos y observa la llama, entre anaranjada y amarilla, cómo abraza a Benjamin Franklin. Abre su boca y traga a Benjamin Franklin riendo, sin apagar la llama. Sonríe con amplitud y mira la magnífica pila. Eructa una pequeña nube de ceniza. Luego hace lo mismo con el resto de la pila. Uno a uno, recoge los billetes y los traga. Se come miles de veces a Benjamin Franklin. Uno por uno, hasta el último de ellos. Y para mi sorpresa, no se ensancha un centímetro. Si bien no es esbelta (tiene las caderas anchas y el culo largo y si uno tuviera que compararla con una fruta, diría que es una pera), no ha cambiado su figura en este tiempo desde que ha empezado a comer. Cuando termina de comer, empieza a eructar fuera de control. Y sus eructos hieden a humo y ceniza y pastos de planicies incendiadas. Ciertamente en estas planicies podrían filmarse coboyadas pero no, pues esto es el Perú: en cambio se colocan hoteles en chacras que pertenecieron alguna vez a Manco Capac –y a ningún indio común y silvestre– y comunidades reclaman por el deicidio generalizado de los Apus: ¡oh por Jesucristo, no lo hagan!

Ahora parece que la mujer va a vomitar. Se tambalea, se dobla sobre su cintura, se retuerce y se inclina. Es tan hermosa, pero mierda… La primera arcada es terrible: sin embargo no aparece nada de su garganta. La segunda arcada es más honda y la mujer cae de rodillas. Su boca continúa seca. Se suceden la tercera, la cuarta, llegamos a la novena arcada. Empieza a engrosarse su pecho y su cuello. Abre los ojos como si fuera a morir de espanto. Nunca habíamos visto nada como esto. Un peluche gris le aparece entre los dientes… tiene la forma de un coco. Hemos vomitado tantas veces y la bola de pelo que expele la mujer de su garganta nos aterroriza. Nunca lo vimos. No es una regurgitación cualquiera: quizás es un parto bucal. El vomito, en cambio de ácido y dulce, ha tomado la forma de una bola de pelos, como si la mujer fuera un búho que ha quedado ahíto de ratas. Pero tan sólo tocar el suelo polvoriento del descampado, de inmediato el vehículo se casca como una fruta y de ella emerge un pequeñísimo bebé. Cubierto en una leche blanquecina abre los ojos por primera vez; mientras tanto su madre a muerto.

El engendro está desnudo y volcado sobre el polvo que recubre el suelo, envuelto en leche. La leche se mezcla con el polvo y empieza a formar una argamasa, como si el engendro estuviera siendo arrebozado. Me detengo y lo admiro en asco, arrebozado en el polvo sucio e iluminado por el destello de la noche plena. Recojo mi teléfono móvil de un bolsillo, enciendo su linterna y lo ilumino en los ojos rojos: mierda, es idéntico a su madre. Veo unos minutos cómo se retuerce en el suelo. Al cabo logra ponerse de pie por si solo. Tambaleándose, se me acerca. Un momento me mira encandilado, me dice… papá. Se ase mi brazo. Me dice que le compre libros, que le enseñe a leer y a comer helados. De pronto, es como si pasaran 16 años y me pide que le permita estudiar filosofía. Quiere irse a Cambridge, donde Sheila, su novia, estudiará Geografía. Le digo que no lo puedo hacer, que no quiero que sea ni pobre ni hipócrita ni defensor de la monarquía constitucional. El me dice que está bien, será feliz como yo quiera.

Esa noche, mientras busco cómo salir del descampado, imagino por segunda vez nuestro futuro. En una pequeña noche, mi bebé cumple 35 años y nos vamos los dos a Cagliari de vacaciones. Una mañana, postrados en la playa, mientras tomamos un Bloody Mary recordamos a su madre. ¿Cuál era su nombre? ¡Qué maravilloso fuera verla otra vez!

Anuncios

He perdido toda facultad de decir algo acerca de todo. Todo resultó ser imposible de describir o juzgar y dibujar y todo resultó ser mucho más grande, mucho más pequeño, quiero decir que todo resultó ser inasible, escurridizo como la superficie de un jamón rancio, al mismo tiempo inobjetable (cosa ciertamente peculiar en un elemento escurridizo), y quiero decir que por eso caí fuera de todo, muy lejos de todo caí resbalándome, regurgitado junto a lo que había querido asir y comprender, sólo un poco al costado, no muy lejos de modo que jamás hubiera sabido de aquello que era todo sino muy cerca de modo que la dislocación fuera evidente y pudiera verlo todo, aquello como un hombre indígena del desierto ve con afabilidad, más allá de la planicie árida, las montanas amoratadas tras las cuales se esconde el horizonte pálido.

Si puedes imaginar un hueso, luego podemos imaginar un esqueleto. Pues imagina un desierto (quizás el mismo desierto por el que transita el indígena, un desierto pretérito y sin embargo ocasionalmente surcado por camionetas Toyota destartaladas que transportan cocaína y las cuales manejan gordos ensuciados de barbas ralas, siempre alimentados por hamburguesas del McDonalds) donde yace un cuerpo al sol cuyas carnes ya han sido consumidas por los insectos, insectos que a su vez han sido devorados por escorpiones quienes a su vez han sido cazados por aves rapaces, aves que ya han volado muy lejos y que, cagándose en su nicho ecológico, bien pueden estar alimentándose ahora de mantis religiosas en Seychelles o tertuliando sobre plazoletas polacas los otoños. Luego imagina que sus ropas han sido quemadas por el sol, raídas por la arena y dispersadas por el viento. No sabemos ya si el esqueleto fue un soldado, si el esqueleto fue una puta, si el esqueleto fue un científico, una periodista, un cantante de blues, una locutora de radio, un campesino, una secretaria apocopada o un escritor de relatos cortos. Queda así solo en tu imaginación el esqueleto, calato como una concha, desnudado en el desierto. Ahora una salvedad: la falta una extremidad. A pocos centímetros, junto al esqueleto yace un brazo: un hueso húmero, un radio, los restos de las falanges de una mano derecha. Nota ahora que no es lo mismo observar este húmero roído echado junto al esqueleto que imaginarlo cientos de metros más allá, muy lejos, quizás llevado a otra parte por un perro.

De tal modo había resbalado. Había resbalado y había caído junto al esqueleto. Lo que fue en efecto sorprendente si tomamos en cuenta que todo siempre me pareció total. Que de algún modo es decir que siempre pensé que el esqueleto era lo único que había, al menos quizás los últimos meses, o que pensé que si bien podía existir aquello que yaciera fuera del esqueleto no sería dominio mío jamás. Quiero decir que siempre aborrecí la metafísica. Y lo sucedido, contra lo que pude haber esperado, significó una libertad inagotable. Me embebió una libertad vieja y peligrosa y temeraria, como aquella libertad de los corsarios ingleses que rodean el Cabo de Hornos en un bergantín y penetran el Pacífico, encuentran un galeón español, repleto de oro para poseer, muchachas para amar y muchachos para encular. Aquella libertad que llaman la libertad del vacío, amplia como un estadio de fútbol. Quizás la libertad de la astucia, agazapada como un arácnido caníbal.

Había oído de un amigo aquella historia apócrifa de ciertas pandillas urbanas que van por los alrededores de la ciudad en automóviles ejecutando sus ritos de iniciación. Salen de noche, sólo cuando hay luna llena. El iniciado lleva el volante y las luces deben estar apagadas. Conducen así por la carretera. Al primer conductor que les advierte de este peligro, sea utilizando un gesto con las manos, un grito o apagando y encendiendo sus propias luces, toman como víctima. Lo persiguen tenazmente, embisten su auto hasta sacarlo de la vía, si es posible lo vuelcan. Se detienen y bajan del vehículo. Son 4 o 5 y están armados hasta los dientes. Se acercan al auto volcado y extraen los cuerpos, los cuales tienden en la arena. Si alguno está conciente todavía, lo obligan a echarse. Si es un hombre, primero el iniciado debe encularlo y luego todos orinan sobre el cuerpo ensangrentado. Si es una mujer, lo mismo el iniciado debe encularla, también alguno de los otros si es que lo desea, luego del mismo modo todos orinan sobre el cuerpo. Se procede de este modo con todos los pasajeros y luego del enculamiento generalizado y el miccionamiento comunal, el iniciado debe ejecutarlos uno por uno colocando una bala en cada nuca, otra en cada sien. Tal es la ceremonia y sólo entonces el iniciado es parte de la cofradía.

Conduje mi auto una noche de diciembre, iba un poco embriagado y salí a la carretera que va al sur de Lima, indispuesto y ciertamente dispuesto a no detenerme hasta que se me acabara el dinero para la gasolina. Había figurado esa tarde la metáfora del esqueleto: quería alejarme de todo (como si un perro me llevara a otra parte). Había encendido la radio, puesto música y había recordado también, entre la niebla de la carretera, aquella historia de la pandilla enculadora, meadora y asesina. De pronto vi una camioneta delante de mí. Iba rápido, a más de 150 km/h y pude alcanzarla en un minuto. Me acerqué a ella y era una Toyota destartalada. Tenía las luces apagadas. Me puse a su lado. No llevaba dentro una banda de pandilleros. No la conducía tampoco un narcotraficante gordo de barba rala (si bien los paquetes rectangulares envueltos en papel periódico que llevaba el vehículo en la tolva no excluían aquel negocio). La conducía un viejo de barba tupida, camisa blanca y gafas enormes. Tenía la radio encendida, con el brazo derecho cogía el timón y la mano izquierda colgaba por la ventanilla. En ella llevaba un cigarro encendido. Me puse a su izquierda. Entonces lo miré y él se volvió. Tenía los ojos enrojecidos, atónitos como los ojos de las ratas que mueren heladas a la intemperie. El cigarro cayó de su mano izquierda y rodó por la autopista. Me miró como si lo fuera a matar. Primero pensé que no era una mala idea, si él ya lo esperaba, efectivamente matarlo. Luego pensé que tenía las cuencas de los ojos hondas y oscuras y que me parecía una calavera y que, en ese caso, ya estaba muerto o como muerto por lo que matarlo era fútil y mucho mejor sería entablar una conversación, de pronto así conocer algo acerca de la muerte, la anorexia, el Estigio, la angustia y la reencarnación. Luego noté que frenaba, se colocaba levemente detrás de mí. Embistió mi auto. Casi salí fuera de la carretera. Pude controlar la dirección, desaceleré y volví a colocarme a su lado. Me volvió a mirar, con los mismos ojos despavoridos. Miré hacia el frente. Ponderé un segundo la posibilidad de embistar su auto (de luego encularlo, mearlo y ejecutarlo). Inmediatamente lo descarté. Volví a mirarlo. Pensé que se parecía a mi padre. Entonces lo observé detenidamente y supe que estaba equivocado: no era igual ami padre, era exactamente igual a mí. De súbito me gritó una cantidad variada de insultos alusivos a mi opción sexual. Yo no dije nada.

Pues decir algo, cualquier sencilla cosa, implicaba siempre la presunción de conocer algo acerca de todo: no siendo posible entonces aquello pude optar por el silencio abyecto, silencio que quise creer me conduciría a la desaparición o la desesperación esa noche, conduciendo frente a ese viejo barbón de gafas alucinantes, y a través de ella o las dos hasta alguna instancia distinta y amorfa pero bella y nueva, ejemplificación de la conquista marginal de la autopista, lugar donde quizás pudiera persistir de una manera sosegada, lejos de automóviles, viejos y carreteras que van al sur, a base de piedras y siempre alientos nuevos e ingenuos y pequeños corazones.

Aceleré bruscamente y lo dejé atrás. Quise desaparecer más rápido que la muerte en la noche cuando se instala el aburrimiento, en cambio desaparecí más rápido que el deseo una mañana cuando se aguanta la respiración.

identidad_iii_cimg6510

Estoy seguro de que se lo he dicho a Gabriela varias veces. Por ejemplo tomando café descafeinado un domingo a las 11 de la noche, o estacionados más temprano en el malecón, hablando de Italia y España, cada uno, respectivamente. Se lo dije a Clo el día del concierto de Depeche Mode mientras caminábamos en frente de ese cuerpo artificial, ese armatoste terrible que es la oficina principal del BCP en Santa Patricia. Un momento en la terraza de un piso 17 en San Isidro, desde donde maravillosamente se pueden ver los cerros al norte y al este, la playa de la Bahía de Miraflores al oeste, en todas direcciones la ciudad chata y horrorosa, extendida como una sábana sucia, incluso el sunset, en los veranos un sunset cegador que es como una lámpara roja y huachafa, se lo comenté a Rafael y Estefanía y se rieron. Se lo escribí una vez por messenger a Luciana y también se rió (entonces empecé a considerar que quizás sí era gracioso). Se lo he querido decir el domingo a Carolina, quizás antes también, pero se me ha pasado. Probablemente le he dicho cualquier otra cosa en cambio (hay demasiadas cosas que quiero decirle constantemente a Carolina y es entonces muy natural que se me olviden algunas, que no pueda decirlas todas al mismo tiempo).

A Rafael y Estefanía se los dije en medio de un ventarrón y probablemente ni lo recuerden. Estefanía miraba hacia Ripley y Rafael señalaba el nuevo logo del Interbank. Yo trataba de ver por la ventana del baño de mujeres del edifico de al lado y se los dije como se dicen las tragedias en una oficina: con aplomo práctico, como si fueran triviales cojudeces que se dicen rápido mientras se trata de ver dentro de un baño de mujeres y no cuestiones materiales, como si en el instante de un ventarrón cierta providencia –además infalible– fuera a salvarnos de ellas de cualquier modo y no importara realmente lo que pensáramos o pensaran otros al respecto. En efecto, ellos no piensan nada al respecto. Pero a Clo se le dije distinto, como de casualidad. Casi fue un lapsus. Así como el criminal que es atrapado porque delicadamente suelta la verdad en una conversación cualquiera, sobre carros, sobre helados, sobre libros, quién sabe: sobre recetas para escalfar huevos, precisamente de ese modo. Íbamos andando junto al armatoste, yo tomaba té verde y ella comía galletas y yo lo dejé entrever. A Gabriela, en cambio, se lo dije sinceramente, con total intención y no con poca resignación, porque a Gabriela la conozco hace 17 años (y no 10, como ella piensa) y le puedo hablar con sinceridad y resignación, sin discriminar. Por supuesto, también se rió.

Especulo que hay una distancia entre todo y nosotros, entre lo que esperamos y lo que somos. No hay –casi nunca la hay– una coincidencia efectiva entre lo que funciona y lo que somos capaces de hacer. Hay habilidades básicas que se deben conocer. Hay técnicas implícitas que todos deben dominar. Ocurre, y no en pocas ocasiones, que esto no sucede. Luego, se define una brecha. Y en esta brecha, o en las distintas formas como somos concientes de esta brecha, está trazado absolutamente todo lo que haremos, querremos, besaremos, sucederá.

Le he empezado a escribir a Carolina mi papá no me enseñó a saltar, a golpear, a…

Recordando aquel viejo juego, le dije a María Fe si estuvieran en un bote perdidos en el medio del mar, tú, Jorge y tu mamá, y si tuvieras que sacar a uno, porque si no el bote se hunde y todos se ahogan, si tuvieras que hacerlo, ¿a quién de los dos botarías? Pero ella es completamente incapaz de responderme: no puede decidir entre su mamá y su novio.

Si yo fuera María Fe, con toda su alegría apabullante, inalcanzable, si yo fuera ella, tan imposible como aquello es porque si yo fuera ella ya me habría cortado el cuello (y entonces, por definición, no «sería»), si yo fuera ella botaría a mi mamá sin dudarlo.

Me impresiona la alegría constante de María Fe. Su alegría es como una tetera y la mía es como un cigarro. Su alegría es como un globo y la mía es como un condón. Su alegría es como un cantante y la mía es como un actor. Su alegría es como una estrella y la mía es como un planeta. Su alegría es como tres hojas de menta y la mía es como abundante hierba mate todavía húmeda, pegada al fondo de un recipiente metálico. Su alegría es como un éclair cubierto con perfecto chocolate; la mía como un tiramisú. Su alegría es como la tarde en Bermuda y mi alegría es como la mañana en Londres. En pocas palabras, su alegría es como la felicidad y mi alegría es hosca, dura: mi alegría es como el amor.

dbeclairs10

Ocurre algunas veces que veo a mi mamá, que me habla y le sonrío y conversamos, que me divierto y conversamos. Ocurre otras que veo a mi papá, que lo miro y sé muy poco qué puedo pensar de él, que conversamos y yo no sonrío y él alegre se dispone, por ejemplo, a contarme de su trabajo, de sus éxitos e intricadas fabulaciones. Pero yo lo miro, la miro, los miro y no pienso nada. Me siento triste. Me siento solo.

Ocurre entonces que no entiendo a María Fe, y eso por extensión es decir lo mismo que decir que no entiendo a casi nadie. Otra tarde, le he preguntado a María Fe, francamente intrigado ¿puedo abrazar a tu mamá? y ella se ha reído mucho de mí y me ha dicho ¡no! Entonces yo le he replicado ¿ni el día de tu matri, en el saludo?

Ando todavía sin respuesta, pero sé cómo vivir así: no sería el mismo si no hubiera estado siempre desamparado.

Son las 11 y 11 AM. Me despierto. Me despierto y me masturbo medio dormido, después me limpio y tras unos minutos de meditación apasionada, me levanto de la cama y voy hasta la computadora. La enciendo, espero unos segundos con la cara hundida en mis manos, suspirando como un gato. Bebo el agua llena de hormigas (todas las madrugadas mi agua se llena de hormigas y hay mañanas en las que ya no me importa), abro el itunes y pongo play.

isabella_epoch_1952

Son la 1 y 15 PM. No he podido leer demasiado, sólo unos poemas sueltos. No estoy tranquilo. No me siento cómodo. Traté de leer unos de Belli y al rato se me hizo muy difícil y entonces leí 3 veces Escultura de palabras para una plaza de Roma, que la verdad no es si diría que es algo objetivamente más fácil, pero al menos lo hice más cómodamente, y recordé mientras lo hacía que no conozco Roma, ni Francia ni España ni Inglaterra ni Alemania ni Portugal ni Holanda, ni siquiera Rusia.

Son las 3 PM. (A esta hora murió Jesús.) Son las 3 PM y estoy tratando de leer y ya empezó el concierto. Liz Norton se está follando a Jean Claude Pelletier y yo no estoy follando con nadie. Yo estoy en mi casa metido bajo el edredón leyendo este libro, leyendo sobre cómo Liz Norton sólo folla 3 horas y esto descorazona a Jean Claude Pelletier. A mi, paralelamente, me descorazona este ruido infernal mientras leo, a sólo 4 cuadras, y también me descorazona un poco no estar follando yo con Liz Norton (aún cuando se diga que es un poco tronco, porque a mí eso de ella no me importa: no hay nada más necrofílicamente tierno que darle besos en todo el cuerpo a una chica que es un poco tronco).

Son las 6 y 45 PM y tengo frío en los pies. Me he masturbado hace un momento, otra vez, y ya no se sintió tan bien. No estoy tranquilo. No me siento cómodo. Estoy adormecido y podría dormir 15, 49, 1348 horas, pero he colocado mal el ventilador y el soplido de frío se escurre por debajo del edredón. Enfría mis pies y entonces no duermo. Sólo pienso. ¿Cuántos días caben en un solo cerebro? ¿Cuántas noches caben en una almohada? ¿Cuántos dedos se deben meter en una boca? ¿Cuántos ojos podemos querer besar a la vez? Es decir, ¿cuánta lujuria pueden soportar los hombres?

Son las 9 y 18 PM y estoy tratando de ver Blue Velvet (que no veía hace tiempo y me compré la semana pasada en Polvos Azules, el mismo día en que me compré mis nuevas zapatillas de aficionado al Bowling o de sadomasoquista). La veo y he puesto el equipo a todo volumen. La veo y estoy enamorado de Isabella Rossellini, aunque tenga un afro y a pesar de que sabe cantar, más porque le gustan los golpes, sobre todo por su manejo del cuchillo, esencialmente por sus súplicas devotas.

Son las 2 y 37 AM. Estoy soñando y no quiero soñar. No quiero soñar. Por favor, ¡no quiero soñar! Son las 2 y 37 AM y estoy soñando a pesar de mí y sigue sonando el concierto, a sólo 4 cuadras. Sigue sonando y yo no quiero soñar, sólo quiero morir o tener sexo hasta morir, o en todo caso acepto dormir pero sin soñar, sin desear, sin querer poseer algo.

Son las 3 y 24 AM. Muy contento, he comenzado a bailar.

cristina_fernandez_kirchner

Me voy a fin de mes a Buenos Aires por unos días. No conozco Buenos Aires y quizás me voy por demasiados días, aunque el tío Héctor, una de esas personas a quien oigo mucho y no por eso menos selectivamente, me ha dicho que tal cosa no existe, que entre los cafés, las librerías, los lugares para escuchar tango y las mujeres, tal cosa sencillamente no existe. Luciana viene también y me ha dicho que vamos a tener que vacunarnos contra la influenza.

Juan, la cosa está de locos por allá me ha dicho Luciana, la otra anoche por messenger.

Yo le he dicho que no hace ninguna diferencia, que si nos enfermamos nos enfermaremos, que si me enfermo me enfermaré y probablemente ella también y que no estoy dispuesto a limitar o para tal caso delimitar mi diversión para impedirlo, todavía menos a viajar con una mascarilla, que mejor me muero -literalmente- antes de viajar con una mascarilla en el avión, que antes me hago creyente (y exploto todo los beneficios que aquello tiene, de los cuales hoy no disfruto) que transitar por el Jorge Chávez o por Ezeiza en mascarilla.

Sencillamente no quiero usar una mascarilla, y esa es sólo la más obvia y menos vulgar de todas las formas en las que no deseo cuidarme, y esa es la razón por la que la menciono: me permite ser claro. Este es uno de los pocos -pero tajantes- casos en que la vergüenza sobrepasa en mí al instinto de supervivencia.

Y pienso en nuestras noches allá y me imagino que Dora nos va a llevar a lugares oscuros o iluminados, cuadrangulares o intricados, silenciosos o ruidosos, descubiertos o cerrados, es decir lugares muy parecidos a los que frecuento en Lima, muy parecidos aunque transitados por lindas argentinas con tos. No me preocupa demasiado. Al final, no quiero nada con ninguna. Ando descubriendo que soy más bien adverso al contacto físico. Mentiría si dijera que siempre me gusta besar o que siempre quiero tirar, casi nunca sino sólo en las pocas ocasiones que realmente lo deseo, pero incluso entonces también me ha resultado ocasionalmente engorroso.

En fin: le he contado esto a Luciana y Luciana me ha dicho el problema es que los argentinos son unos insolentes, no te dan mucha opción.

amy_winehouse_

Quiero que me conozcan. Quiero que no me oigan. Quiero que no me sigan. Quiero que me busquen en google.

Soy solamente una imagen, soy una alteración más: no soy un símbolo. Tengo un cuerpo aparatoso, estoy hecho de trozos y en pocas ocasiones, duras y escasas noches, estos coinciden, se juntan y conforman un hálito, una forma falsa y abyecta que se proyecta como una mancha de sudor contra la puerta de vidrio del market de un grifo.

Quiero que me miren y que no me admiren. Aunque no sea digno, aunque sea un imbécil, quiero que me quieran cada vez más. Mi cuerpo no es perfecto, pero yo lo desprecio. Mi alma es perfecta, pero yo la quiero. Mis suciedades no son secretas. Mis traiciones nadie las conoce. Quiero que no me miren y que me admiren. Aunque no sea digno, aunque sea un imbécil, quiero que me quieran cada vez más.

Quiero que me lo digan todo, lo que soy y lo que no soy, incesantemente. Y que, al tiempo que lo hacen, admiren esta sonrisa sórdida como de personaje de cuento inédito de Kafka. Quiero que no sepan que no he leído demasiado a Kafka, que no he leído demasiado de nada.

Quiero que me abracen, que me deseen al punto de gritarlo. Quiero ser el objeto de muchos deseos, pero sólo si quienes me desean a su vez son dignos de mis deseos. Quiero almas. Quiero miles de almas para después abandonarlas. Quiero cuerpos y voluntades inquebrantables que se quiebren a mis pies. Quiero que me besen el pene, tímidamente. Quiero que me abracen con ternura cuando tenga escalofríos.

Quiero todo y no quiero ser vano y un día, muchos años después de la gloria ,cuando me asolee en cualquier terraza pacífica, espero que aquello que descienda sobre mí no sea la mano de un dios, henchida de ironía y venganza. En cambio espero que sea sólo la mano pequeñita de mi primer hijo -el cual llamaré David- extendida para buscarme, alcanzarme: decirme te quiero, papá, pocos segundos antes de lanzarse a nuestra piscina azul, inmensa para zambullirse contento y no salir de ella nunca más.




  • Radiante

  • Archivo