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1

Jorge y Sandra se sientan en una mesa del restaurante, uno en ángulo recto del otro. A este tiempo, cuando han terminado ya de comer el postre, se encuentran callados los dos.

Sandra cruza las piernas, mantiene derecha la espalda y apoya un antebrazo sobre el borde de la mesa. Frente a ella, en un plato pequeño quedan sólo restos, trozos amontonados de un chocolate oscuro. Por un tiempo Sandra pareció estar congelada, detenida en los trozos de chocolate, pero ahora despierta, mira en dirección a Jorge un instante y fuma con ansiedad. Sin quererlo, hace una línea horizontal con los labios.

Jorge mira detenidamente a Sandra, tiene los ojos puestos en la complexión morena, delicada de Sandra. Tiene los ojos en sus hombros caídos pero tenaces, están descubiertos esta noche, tiene los ojos en su nariz estrecha y levemente corva, fina y pura, cómo se frunce involuntariamente cuando ella toma lo último de la taza de té, cómo, desde el leve perfil que tiene él sobre su rostro esbelto, se la ve con ella roma y serena. Jorge tiene también sus ojos sobre las tetas de Sandra, alrededor de su cintura alta y delgada, en sus ojos oscuros. Tal si fueran dos frutas, las tetas pequeñas de Sandra lo excitan. Quedando escondidas bajo la blusa holgada, por poco y desaparecen: sugieren un pecho plano y amplio. Luego Jorge nota aquella cintura, es menuda y elegante, es deliciosa, está sostenida con una sencilla correa de cuero beige y da paso a las caderas angostas y las piernas largas. Piensa: más largas quizás bajo el pantalón ceñido que lleva Sandra esta noche.

El mozo se acerca a la mesa, inclina la jarra de vidrio y vierte agua en el vaso alto que se posa junto a la mano derecha de Jorge, en este lapso quieta sobre el mantel, pero Sandra rápidamente hace una venia. No puede soportarlo. ¿Qué cosa?

El mozo se detiene, ofrece un gesto sencillo y parte sin haber logrado su cometido. Vuelven a quedar en silencio.

2

Ahora, cuando la mira, si Jorge pudiera decir algo acerca de Sandra, si Jorge pudiera decir sólo una cosa que resumiera todo lo que, en buena parte, le nace del estómago, Jorge diría: mierda Sandra, qué bonitas son tus tetas.

Ha pasado toda la tarde pensando en ella. Repasó la imagen que lleva consigo de ella. Se preparó el café de la tarde, quedó después parado en el balcón de la oficina, impertérrito, mirando la avenida que corría más abajo. Le pareció que la avenida era un intestino parlanchín. Luego fue que Mónica lo llamó a conversar. Pero antes estuvo 10 minutos parado en el balcón, inamovible, admirando el ventoso intestino atiborrado con autos. Repasa ahora ese momento. Recuerda aquello y la verdad, quisiera pensar que sabe recordarla siempre con esa sensación parecida al contento que ahora siente cuando la tiene a 1 metro de distancia, esa franca sensación con la que se recuerdan pocas cosas y todavía menos personas. Pero no siempre la recuerda del mismo modo. Principalmente, si se lo preguntaran, diría que el recuerdo de Sandra es más bien un espejismo. Y este espejismo, agregaría con un ademán similar al que alguien mantiene cuando está constipado, dependiendo de las circunstancias… ¡dependiendo de las circunstancias se convierte en cualquier huevada! Sí, en cualquier cosa, afirmaría. ¿Como qué cosa?

Por ejemplo, piensa, está la segunda ocasión en que se vieron. Se habían conocido en un bar, el invierno pasado. De hecho, los presentó una amiga en común. Esforzándose, Jorge recuerda ahora que bailaron un momento, quizás dos o tres canciones, pero luego no recuerda nada más de aquella noche. La siguiente vez se cruzaron en una calle de Miraflores. Sandra siempre se lo imputa. Le dice que es un huevón. Él caminaba y ella estaba parada en una esquina, sola como un hongo. Jorge siguió caminando de largo y ella quedó parada. Sola como un hongo, le repite cada vez. Él hablaba por teléfono. Ella lo saludó, agitó la mano unos segundos en el aire; se comió su orgullo, se esforzó: lo saludó. Por un momento se miraron, pero Jorge no recuerda la imagen de esa extraña con pelo de loca, de esa flaca con los hombros desbaratados, de esa sonrisa con la nariz obtusa que lo saludaba. Sólo sabe, está seguro de que la habrá visto con los ojos vacíos, con los mismos ojos vacíos que se ponen cada vez cuando nada de lo que se mira enciende la vista. Hasta ese momento ni se acordaba de haber bailado con ella.

¡Es un huevón!: ella todavía se lo saca en cara. Luego siempre se ríe, se ríen los dos. Y es cierto, piensa, es cierto que es un huevón, pero también es cierto que ha pasado toda la tarde pensando en ella, algunos momentos incluso mientras tomaba café y admiraba desde la terraza el intestino coprolálico, los cláxones zafados, los buses inclinados, cuando se burlaba a solas de la mendiga que llora todas las tardes en la misma esquina y de la gente que cruza la calle a buscarla, presos de quién sabe qué clase de culpas. Y es cierto, piensa, asimismo es cierto que ahora todo no importa un carajo. No es la primera tarde que lo hace. Sí, no es la primera vez que sucede.

Ha meditado lo que debe de hacer mañana. Entre lo que debe hacer, a deslindado entre lo que quiere hacer y puede Sandra saber, ha contrapuesto a esto todo aquello que Sandra jamás podría entender. En suma, no sabe qué chucha hacer. Piensa: esto es un maldito embrollo. ¿Qué carajo? Antes no era así. Antes las cosas fluían, casi líquidas a través de los tractos. Antes podía decir todo lo que quería. Ahora procura ser más prudente. Ahora suele meterse la lengua en lo profundo del culo. ¿Es que esa es una forma de evitarlo todo? Hacerse el cojudo, como le gusta decir, ¿tal es la clave? Triunfar en este mundo, al mismo tiempo inocente y follador… eso sólo puede depender de cuánto uno es capaz de hacerse el cojudo. Lo ha comprobado a cada instante. Por eso ahora, cuando está ella sentada a su izquierda, no piensa en todo lo que debería decirle si no en todo lo que no puede decirle. ¿Qué mierda puede decirle a estas alturas? Ni siquiera a ella. Ya es vano elaborar. Lo sabe. Ya es vano prevenir. También lo sabe. Su única misión es confundirla.

Sandra prende un fósforo y enciende otro cigarro. Esta quieta aún, con las piernas cruzadas. No cambia las piernas de posición. Nada de dejarse llevar, qué huevadas. El cerquillo perfecto cae sobre su rostro cansado. Ella siempre está quieta. Mira hacia abajo, mira los trozos de chocolate: Sandra nunca te mira a los ojos cuando piensa. ¿En qué mierda piensa? Sus piernas están quietas. Ahora inhala la primera pitada y un segundo después exhala el humo en toda su cara. ¡Pof! Pretende ahogarlo con el aliento coqueto y pánfilo. A través de la nube opaca, Jorge la ignora y llama al mozo. Ella lo detesta por no hacerle caso (por no ahogarse, quizás). Él quiere ordenar la cuenta, pero antes pide otra taza de café. Largo, sin azúcar.

En cualquier caso, piensa Jorge, prefiere algo de sosiego. ¡Prefiere una puta poca de libertad! Sí, cualquier cosa es mejor que empezar con Sandra. Todo lo que ya sabe… ¿qué pasaría? Lo imagina claramente. Recuerda en ese momento a Mariana. ¿Que podría pasar? Digamos, si no le importara, si le dijera ahora mismo a Sandra lo que está pensando: mierda Sandra, qué bonitas son tus tetas. Así nomás. Sin huevadas. Esto es lo que piensa que pasaría: piensa que Sandra abriría la boca tanto como una ballena, tanto como la ballena que se tragó a Jonás, ¡como Moby Dick!, sí, por un instante muy pequeño su boca con labios delgados formaría una cueva negra y cálida, y esa cueva sería el lugar por donde podría entrar todo lo demás que quisiera decirle. Él tendría que ser Ahab y embutirla, él tendría que decirle. ¿Pero qué debería decirle?

Lo piensa una vez más: mierda Sandra, qué bonitas son tus tetas. Muy rápido. Y se abriría la cueva. Y daría el salto. Y lanzaría todo allí dentro de cualquier manera. Se acabaría el problema. De inmediato, antes de que pudiera reaccionar: Sandra, y qué bonito, también, mierda, tu pelo. Sandra: tu pelo renegrido y desordenado, que cae sobre tu rostro apaciblemente como si no le importara hacerlo hoy o mañana, como si lo hubieran cortado con una escuadra, este pelo tuyo, con una bacinica, carajo, muy recto, es duro a pesar de tu sonrisa, tu pelo Sandra, que se recoge alrededor de tu cuello esta noche. Sandra, tu cuello es largo y fuerte, de pajarraco. Sandra: tu pelo… o es que quiero decir tus tetas. Me he confundido. Deben ser tus tetas. Quizás tu cuello y tus tetas. Tus piernas. Pareces una gitana. Sandra: tus tetas bonitas me confunden. Sandra: ¿quién eres? Con tu pelo, a veces creo que eres cualquiera. Sandra: ¿cuál de las dos?

3

Y si dijera todo esto, ¿qué pasaría después? Jorge lo evalúa. Mientras tanto arriba el segundo café. El mozo aparece sigilosamente y lo coloca sobre la mesa. De inmediato se difumina desde él un humor ácido, algo como la sensación de estar totalmente alerta. Al principio no lo notan. Luego una cortina delgada y blanquecina asciende de la taza caliente y se atraviesa por el medio de la mesa vibrando, parece que bailara, separándolos un momento. Todo aparece más tranquilo. Permanecen en silencio. Ahora Jorge cierra un segundo los ojos. Siente primero cómo la temperatura baja. Aún con los ojos cerrados, rodea la taza de café con las manos. La temperatura baja conforme avanza la noche y en este momento Jorge es capaz de sentirlo. Sus manos están tibias. Al tiempo que sostiene la taza y cuando sus oídos están agudísimos, cuando cree que oye con sus oídos la manera dulce con que los labios de Sandra se ciernen sobre el filtro del cigarro, amablemente, de pronto lo comprende. De pronto bien sabe lo que pasaría. Si hablara, tras cerrar la cueva, tras poner una de sus sonrisas cándidas, ya sabe lo que pasaría. Ella se reiría. Eso es todo. Es decir nada, pero ya no importa. Ya no lo diría. Así que es vano imaginarlo. Jorge no lo diría. De cualquier modo, Jorge abre los ojos y efectivamente no dice nada.

Tras dejar el café, el mozo no se ha movido. Perfecto, sigue sobre su mismo lugar. Gesticula con modulación y aplomo: el mozo les habla. Ahora procuran oírlo. Se dirige a los dos. El mozo les pregunta si desean algo más. Jorge le dice que no, con una rotunda seguridad de la que pronto se arrepentirá. Sandra gruñe como una hiena. Es decir, en realidad nadie sabe si gruñe o se ríe. Mientras tanto, el mozo no se mueve y voltea un momento hacia ella. Incomodado, Jorge le pregunta si él desea algo más. El mozo no entiende y casi pone cara de indignación. Por ser cordial, sonríe. Jorge le dice que no es necesario que se ría si la broma que él ha hecho no le hizo gracia. Ya está bastante acostumbrado. Suele hacer bromas en diversos lugares. Hace poco, y que no lo dude, hizo una broma en el peor de todos los lugares. ¡Vaya usted a saber lo que pasó! El mozo hace un ademán con los hombros y permanece perfecto, todavía sin sonreír. Jorge le dice que él solo está tratando de ser sincero. Él le responde que no es necesario que se preocupe. Jorge le responde que no sería necesario si él no estuviera tanto tiempo con ellos. Agrega, sorprendido por la indolencia del hombre, que ni se ríe, ni se ofende, ni se mueve, que le ha gustado mucho el lugar. El mozo le da las gracias, pero todavía no da un paso. Entonces Jorge se enfurece: le pregunta si es cojudo o qué. ¿Qué mierda le pasa, no se da cuenta de que están conversando?

Algunos segundos después, el mozo se mantiene quieto, quieto y digno como una prócer de bronce. Jorge lo analiza. Pronto repite la pregunta, esta vez con un tono alto, alargado e increpante que instantáneamente denota una afrenta. El mozo le indica que el señor está siendo irrespetuoso con los otros clientes, que por favor baje el volumen y mantenga la compostura. Jorge le solicita al mozo su nombre. El mozo se llama Pedro. Pues entonces Jorge le explica a Pedro que se está pasando de pendejo. Bebe un trago de agua y deja ahora el vaso vacío. Pedro trae la jarra hasta colocarla muy cerca de la nariz de Jorge –todo este tiempo la ha mantenido en la mano derecha, como un arma que en cualquier momento puede caer y reventarse sobre la sien, la frente de Jorge– y rellena el vaso. Jorge se lo agradece y sus ojos titilan. Sandra echa un suspiro, pero esto todavía no ha terminado: echa un segundo suspiro. Es el suspiro de una hiena, piensa Pedro. De inmediato le comunica a Sandra que no quiere molestar a la señorita. Jorge interrumpe, le dice que entonces no sea tan cojudo y se deje de joder, por la puta madre. Pedro toma cartas en el asunto; le informa que, en cualquier caso, el cojudo es él. Jorge sin lugar a dudas no le cree. Sandra se ríe y empieza a dudar. Jorge le dice a Pedro que por favor se retire. Pedro aún no se mueve. Permanece quieto y digno, digno y quieto como si fuera un prócer de bronce tomando el sol en una plazoleta de verano. Ahora Sandra, súbitamente, le cree a Pedro: Jorge debe ser un cojudo, ¡eso lo explica todo! Jorge le dice a Pedro que traiga la cuenta. Pedro le consulta si pagará con boleta o factura. Jorge se demora automáticamente. Sandra le dice al mozo que se volverá viejo esperando: Jorge es un cojudo. Jorge se ríe estupefacto. Pedro se ríe con disimulo. Jorge para de reír unos pocos segundos después de que Pedro empieza a reír. Le dice que pagará con boleta. Pedro asiente. Jorge lo apura con la mirada. Pedro le pregunta si al señor le incomoda su presencia. Jorge asiente. Pedro le replica que en ese caso…

4

Inmóvil, Sandra no lo puede creer. Está cojuda, no sabe qué hacer. No sabe nadie en este mundo –o casi nadie, todavía, piensa al tiempo que enciende el tercer cigarro– no sabe nadie lo que está pasando. ¿En que sentido? En uno muy general, responde para si misma, en uno tan vasto como el calzón de una gorda.

Quizás se siente confundida. ¡Eso es! Quizás no lo puede soportar. ¡Qué día!: estuvo por la mañana en la piscina, atando cabos. Nadó 1000 metros. Nadó muy lentamente. Primero 20 piscinas en estilo libre, después 10 en estilo espalda, finalmente 10 más de cualquier manera. Casi no lo recuerda. Los primeros minutos se sintió vigorosa, sintió como se estiraba su cuerpo con cada trecho. Luego se dio cuenta de que no ataba nada, cayó en recuerdos y dudas, tragó el agua tibia, sintió que se ahogaba, abrió los ojos, el cloro se escurrió en ellos y finalmente se agotó. Tras descansar un momento en el camerino, almorzó con Lucía en una cafetería en Barranco, cerca del mercado. Lucía pidió una tortilla de pato; ella un jugo de plátano con naranja y una butifarra con salsa Golf. Después de atender unos asuntos, compró un atado de apio y algunos tomates, trepó en su auto y condujo lentamente.

Cuando iba por la playa le pareció que la resolana era extraña esa tarde. Caía la luz angulosa sobre la parte delantera de su auto negro y el reflejo, que llegaba a sus retinas disminuido por los lentes para conducir, impregnaba los alrededores de una fantasmagoría que sólo hubiera podido describir como viscosa y difuminada. Miraba atenta a su alrededor: el mar estaba verde, la marea estaba baja y las olas rompían contra la arena gruesa sorbiéndola con un ruido de alud, tornándose marrones hacia el final, pero sin alcanzar los cantos que recubren la orilla. Por toda la Costa Verde no iban muchos autos. Todo le pareció ilusorio, casi campestre; se sintió alelada y esto la condujo hasta un sopor dulce y pretérito. Al llegar a su departamento, se quitó la camisa, cogió la manta y cayó rendida en el sofá de la sala.

Se bañó 30 o 40 minutos. Mariana la despertó, hablaron un momento por teléfono. Ya había llegado a Chiclayo y tenía muchísimo que contarle. Luego se desnudó y el agua caliente corrió por su espalda y por su pecho amplio. Haciendo un hilo tenue por el medio de sus senos, cayendo veloz, reptando su cuerpo, el chorro espumoso rondó su ombligo. Después de inundar el ombligo, colmó su pubis. En la hermosa maraña de matices de rosa, la breve curvatura, la protuberancia que se asemeja al buche de un ave, entre los vellos gruesos y humorosos, la espuma corrió hasta las ingles y hasta los tobillos por el interior de las piernas delgadas de Sandra. Ella se inclinó de súbito hacia atrás para asirse de la alcachofa, apretó el vientre: los ojos se le habían cerrado por las chispas que tocaron su cornea. Pensó que en este momento todo estaba muy bien. Sus nalgas prensadas, entonces arrugadas y tiesas, la sostuvieron en esa posición un minuto.

Antes Mariana le dijo que ya era tiempo. Hoy se lo repitió. Conversaron un momento después de que Mariana llegó a Chiclayo. Cuando se cepillaba el pelo, Sandra pensó que estaba de acuerdo con Mariana. De pronto, le resultó difícil decidir si es que aquella noche se dejaría el cerquillo o si se amarraría el pelo hacia atrás.

Nunca había contemplado, en estricta realidad, la posibilidad de dirigir cabalmente su vida. Jorge se lo había dicho desde el principio. Desde que Sandra podía recordar, siempre había creído que iba por un camino amplio y que uno no podía divisar las orillas del camino, es decir, que si en efecto existían las reglas –aunque eso en si mismo le parecía debatible–, no era competencia de uno preocuparse por ellas. No por eso dejaba de creer que existiera un camino, era sólo que a diferencia de tantos ella no creía realmente que uno pudiera hacer mucho o demasiado por conducir a lo largo de él. Cuando algunos creían que el camino era una carretera angosta, la curva más cerrada del abismo de Pasamayo donde, si uno erraba, caería hasta lo más negro de la infamia, ella vivía como si comandara a sus anchas –fumando y candelejona– una chancha canoa por el río Amazonas. El efecto que esto tenía en su capacidad para tomar decisiones, a la luz de cualquier ciudadano sensato, era malditamente pasmoso. Jorge no la podía entender: o bien acometía las cuestiones mas serias como si fueran sonseras, putas nimiedades, o bien confundía las más inocentes minucias con las disquisiciones supremas. En cualquier caso, era cuestión de que creyera que lo que en ese instante decidía afectaría francamente su vida para que no decidiera absolutamente nada.

Intentó numerosas veces. Trajo su pelo adelante, lo peinó, lo arregló, lo jaló todo otra vez hasta atrás, lo sostuvo con ambas manos y giro de perfil, se miró un momento y lo dejó caer otra vez. La nariz, los labios juntos… creyó que no estaba preparada.

La otra noche Mariana le dijo que se podían ir de viaje. Después de todo, ambas tenían vacaciones. En el Norte hacía calor. Podían conducir hasta donde quisieran. No era temporada alta, no era necesario planificar y podían salir cualquier día. Si querían, podía salir mañana mismo. Dormirían temprano cualquier noche. Se levantarían a las 6 de la mañana. A las 8 ya habrían abandonado cómodamente la ciudad, podrían desayunar en cualquier restaurante de la carretera. Cuando oscureciera, estarían ya muy lejos. Ahora Sandra se imaginó ir con Mariana más allá de donde había llegado antes (el hecho vergonzoso era que en su vida sólo había llegado hasta Barranca). Odió el frío de la ciudad. Sintió un desprecio nuevo por la neblina que recubría toda la bahía. Quiso ver más allá. Abrió la ventana y el vapor que colmaba el cuarto de baño se desprendió desde el tercer piso: como un vomito cálido se vertió desde el tercer piso sobre el parque helado, alcanzó las bancas de madera donde el agua de la llovizna de la tarde permanecía todavía impregnada con el tinte dulce del óxido. Entonces el aire fresco entró para suplir el espacio que dejaba vacío el vapor y le colmó los pulmones con un puñetazo.

Se despertó: ya eran las 9 de la noche. Pronto llegaría Jorge a buscarla. Irán caminando, pensó, buscarán un sitio donde comer o tomar algo y conversaran de todo, de lo mínimo y de lo vergonzoso también. Antes hubiera estado contenta. Antes se había divertido tanto. Pero no siempre todo permanece de la misma manera, ¿no era cierto? Y hoy, ahora que Sandra está sentada con Jorge en el restaurante, piensa que ha estado embobada mucho tiempo. Cuando Jorge todavía discute con el mozo, Sandra piensa que ya es tiempo. Sandra piensa que es turno de que suceda todo aquello que tanto pugna por suceder. La cara de Jorge le causa cada vez, con cada retruécano una torsión descompuesta en el estómago. Ya no es gracioso: es como si cada vez que lo viera alguien le embutiera un trapo empapado con sopa fría por la garganta.

5

Son las 11 de la noche. Aunque el restaurante está repleto, Sandra piensa que hace un frío de mierda. Saca de su bolso un pañuelo y hace una sortija con él alrededor de su cuello. Algunos grupos todavía esperan en la barra. A cada rato, cualquiera se levanta y otea la platea donde se esparcen las mesas, buscando alguna vacía. Los más emborrachados se pueden acercar a la chica encargada de la recepción. Le hablan muy cerca: es todavía inútil.

Ahora Pedro le dice a Jorge que no existe una manera fácil de decirle aquello que necesita decirle. Lo que necesita decirle, parece sugerir con un exquisito ademán de las cejas que se le tuercen, es muy delicado. Y Jorge le responde que vaya al grano de una vez. Pedro le explica que si fuera al grano, todo iría mucho más allá de donde yace el grano. El grano, le dice, el grano no es nada comparado a lo que tiene preparado para él. Jorge le replica que eso no tiene sentido. ¿Acaso no entiende la figura? ¿Es huevón? Justamente el grano debe ser lo último, de aquello se trata. Pedro se detiene, modula su respiración, no parece estar de acuerdo. Entonces Jorge piensa comenzar uno de sus discursos largos, trazando parámetros, construyendo un tramado inigualable, y quizás ya está comenzando con las primeras frases, ya está trazando la urdimbre de la ciénaga inmensa en la que piensa ahogar a Pedro, pero pronto se desanima y se detiene. Es vano, está demasiado cansado. Pedro lo mira perplejo. ¿Cuando van a acabar?

Sandra está aburrida. O quizás sólo Sandra esté abatida. Cualquiera lo estaría. Deja el cigarro en el cenicero y ahora mira hacia la calle. Los carros transitan a paso de tortuga por la vía de un solo sentido. A través de las ventanas del local, los conductores podrían reconocer a los comensales. Y sin embargo, dentro de sus autos, no contemplan hacerlo. Solamente miran hacia delante: un poco más allá alcanzarán la Avenida Santa Cruz. Sandra mira los autos encandilada, cada conductor, y las luces intermitentes del semáforo malogrado, entre rojo y verde, la subyugan. Allí se amontonan los mirones y los apáticos. Se entretiene haciendo la diferencia. Los mirones, distingue, son aquellos más atentos, paralizados. Seguro lloran en las madrugadas, piensa, tienen los ojos lumbrosos, en ocasiones presentan espasmos, mean con los ojos cerrados y casi siempre llevan zapatos formales. En cambio los apáticos tienen suerte, pues gozan de poluciones nocturnas. Su abanico del placer es luego amplísimo, aunque cualquier mirón diría que es también llano. Quizás por eso prefieren las zapatillas, deduce ahora Sandra, quizás por eso los apáticos siempre atiborran las tiendas deportivas, las discotecas y –cómo no, concluye al tiempo que vuelve y mira a su alrededor– también los restaurantes.

En eso, sin nadie saber cómo ni por qué, Pedro finalmente se retira. Jorge lo ve caminar hacía la cocina con paso marcial. Bebe de su café. No dice nada. Sandra no lo puedo creer. Sin más, sentencia que Jorge es un tremendo cojudo. Ha virado y lo ausculta de pies a cabeza: de pronto cree que lo tiene entre ceja y ceja. Se dispone a decirlo.

–Jorge… –le dice– Jorge, por favor… –deja la cabeza gacha, mira al mantel un momento, recorre el contorno del pequeño plato con sus ojos oscuros. Los trozos de chocolate permanecen quietos. Jorge piensa que los ojos de Sandra son del color del chocolate amargo. Sandra alcanza la mano de Jorge, alza la mirada– ¡no seas tan cojudo, por la puta madre!
–¿Qué? –replica Jorge. Sí, son del color del chocolate–. ¿Qué te pasa?

Ahora los ojos de Jorge no se han desorbitado. ¿Deberían? Pues no es lo que le sucede. Y no es tampoco un volcán lo que contiene de pronto su garganta cuando se comienza a hinchar, sino una pequeña y molesta bola de pelos. Tose. Inmutable, de la misma manera como si ya estuviera derrotado, Jorge sólo replica indignado, pero quedo, pero sereno. Tiembla. Muy dentro, tan dentro que no se trasluce en su energía, piensa: Sandra se puede ir a la mierda. ¡Qué Sandra le jale los huevos! Ha estado demasiado cansado. Ha decidido que se pueden ir todos a la mierda. Que me jalen los huevos, piensa: ¡que me los jalen! Sí, carajo, ¡que le den por troya! No dice nada. Ha tenido un día de mierda, vaya que sí. Puta madre, coño, mierda, corazón.

6

Ahora toma un trago de su café. Todavía no esta frío. Pasa la bola de pelos. No tiene más problemas. Piensa: por lo menos una cosa está bien. Piensa a continuación: por lo menos, con todo, el café está buenísimo.

Ayer Mónica le propuso quedarse. Le dijo que si se queda, lo enviarán a otra parte. Eran casi las 4 de la tarde. Él había ido por un café. Un café de mierda, si debe ser sincero. Pues la cafetera de la oficina es –cómo más decirlo, admite ahora– una asquerosa cagada. Está sucia, suele rebalsarse, el café caliente chorrea por los lados, se vierte todo y empapa el aparador de la cocina sin importar qué precauciones se tomen. Tiene siempre que llevar mucho papel, o ir corriendo al baño por él. Entonces se quema, y, en ocasiones, si no es diligente con el interruptor de encendido y apagado, el café también. Debe esperar varios minutos cada vez. Echa el agua con cuidado, pone el café molido que han traído de Colombia y el agua tarda casi 8 minutos en hervir. Y a veces más, piensa Jorge. Sí, es entonces que se distrae. Se toma su tiempo: elige la taza con serenidad, se agacha y hurga en el gabinete inferior, reposa su mano lentamente en la superficie de melamina que siempre está fresca, elige una taza muy grande entre todas las tazas que hay allí tiradas. A veces elige la más grande, pero no es buena idea. El café se enfría más rápido y a un lado lleva inscrita la rúbrica de un equipo de béisbol. Ni cagando, recapacita, ¿quiénes chucha son ellos?, él no vive en Boston, y toma otra.

El asunto es que Mónica le propuso quedarse. Le dijo que si se queda, lo enviarán a otra parte. ¿Dónde? Le dijo que sería muy bueno para él, que tenía una amplio futuro y que ese futuro estaba extendido frente a sus ojos. Como una sábana, le dijo Mónica. Como un paciente durmiendo sobre una sábana, pensó él enseguida. No era el caso de todos, se preocupó de acotar de inmediato Mónica. Debía pensar seriamente en aprovechar esta oportunidad, insistió. En cierto sentido, piensa ahora que es buena idea irse a otra parte. ¿Dónde? En otros no. Lo bueno, cualquier otra parte deberá estar lejos de este lugar, siendo este lugar normalmente un lugar donde no se siente a gusto y donde, si fuera libre de elegir, no estaría en cualquier momento designado al azar. Eso, en principio, lo ha encontrado sumamente positivo. Irse, carajo, ¡eso suena bien! El tema lo tiene cojudo. Hoy lo estuvo meditando todo, todo a la misma vez. Es un buen actor. ¿Quién lo podría dudar?

Trabajó como cualquier otro día. Llevaba la corbata muy bien puesta. Eligió la corbata que le regaló el abuelo hace unos años, antes, cuando las vacas estaban gordas. Quería verse bien. Recuerda claramente que el abuelo se compró la corbata en 1971, en Milán. Se lo contó cientos de veces. Ha visto fotos del viaje. Tienen una foto en la Piazza di Spagna. La abuela lleva una blusa celeste y él una guayabera blanca. Ambos están parados, uno junto al otro. La foto está en el aparador, entrando al cuarto de la televisión. Las gafas gruesas y negras del abuelo tornan muy dura su mirada. Una diría que forma parte del Fascio. Tienen otra foto en el Arco della Pace. No recuerda en qué álbum la vio. Sólo recuerda que el abuelo sonríe y el bigote se le ensancha, como un resorte, y aparecen sus dientes enormes. Pero su foto preferida es una en la campiña. ¿Dónde? No lo sabe, pero salen ambos sentados bajo el sol en un pequeño muro de lajas. Detrás hay un campo, una especie de montaña o estribación de Alpe. Él va en terno, terno negro y camisa blanca y corbata negra. Y gafas oscuras. Ella lleva unos anteojos amplios y fucsias. Un enorme pañuelo lila rodea su cuello. Ahora recuerda esa foto. Otra parte. Eso es. ¿Dónde? En la tarde también lo hizo. ¿Qué hizo? Solamente las mismas bromas, mandó los mismos mensajes de siempre. Se preparó el café como si fuera cualquier otro día, pero no era como cualquier otro día porque mientras pasaba el café, cuando caían las gotas mustias dentro de la jarra, él estaba pensando en otra parte. Y en Sandra, es cierto, lo admite, pero más en aquella otra parte. ¿Cuál?

Anduvo con la taza de café a lo largo del pasillo. La sostuvo como si llevara una lanza, acodada bajo la axila. Cruzó la oficina callado. El pasillo es largo y divide el piso en dos. A un lado están las oficinas cerradas que corresponden a los jefes, del otro están los escritorios individuales para todos los demás, rectangulares, distribuidos con ecuanimidad. Pasó con sigilo la turba y abrió la puerta de vidrio, sobre el final del pasillo. Salió. Se paró en el balcón del edificio, en un temible piso 17, Jorge se quedó 10 minutos admirando la avenida más abajo, ponderando aquella otra parte, contemplando su recuerdo tenue de Sandra mientras se proyectaba con la mirada sobre la entrada al pasaje que lleva a la taquilla del cine Pacífico. Y así más cosas también pasaron por su mente. Sí, pues nunca es fácil saber qué pasa exactamente por la cabeza de cualquiera. Y a veces Jorge mismo no sabe a ciencia cierta qué carajo pasa por la suya.

Al cabo de este tiempo, oyó como se habría la puerta de vidrios. Una mujer pequeña, muy delgada, con la cara contrita y con los ojos chinos, se acercó hasta él.

–Jorge… –le dijo Mónica–. Jorge, por favor… quería hablar contigo un momento.

7

–Jorge… –repite Sandra. Jorge ha vuelto a poner sus ojos vacíos– Jorge, por favor… –Sandra estrecha su mano. Le parece que esto es imposible. Está por soltarla. La mano de Sandra está por escapársele cuando Jorge la aprieta. Abre las fosas nasales. Ahora la mira– ¿cómo que no sabías? ¡Te lo dije mil veces!
–¿Pero qué? –replica una vez más. Se ríe–. ¿Qué te pasa?
–Estoy harta, ¿no entiendes? Puta madre, ¡puta madre!, ya no se qué hacer. Me muero de ganas. Estuve pensando toda la semana…
–¿Qué te pasa?
–No lo sé. Me gustó que fuésemos… digo, la otra noche.
–Mira, he pensado… –Jorge hace una ronda entera con las córneas; sus pupilas, al mismo tiempo, hacen un aro más pequeño–. He pensado que…
–Hablé con Mariana hoy. ¿Te acuerdas de Mariana? A veces siento que soy una loca –Sandra se rasca la cabeza. Mantiene el cuello arqueado–. Bueno, hablé con Mariana. Me había dicho que se iba de viaje –apreta los labios, de pronto los abre– ¡presta atención!
–Te estoy escuchando.
–¡No te creo! –Sandra gira y mira a su espalda. Detrás de ella, a través de la ventana amplia ceñida en un grueso marco de madera, se ve la calle y en ella no queda nadie. Sandra vuelve a mirar hacia Jorge. Se está ríendo–. Estás mirando por la ventana, no he nacido ayer, papito.
–Si no quieres no me creas. Total, la que quiere hablar eres tú.
–¿Te acuerdas de Mariana?
–Obviamente. La chata…
–¿Pero sabes cuál es?
–Sí, la que corre tabla, con el pelo claro, desteñido, la que no para de hacer deporte –Jorge medita, cruza los ojos–. El otro día…
–Hoy me llamó.
–Cuando entré a la cocina me habló. Yo me moría de hambre. No había mucho para comer en ninguna parte. Me había escabullido a la cocina para buscar algo. Había abierto el horno cuando entró. Le dije…
–¿Y?
–… que me había atrapado. Me preguntó qué buscaba. Me miró. Supongo que puse cara de huevón. Sus ojos me parecieron extraños, como rojos, enfermos y encandilados.
–…
–Y le dije que no buscaba nada.
–¿Y qué te dijo ella? Era su casa, ¿sabías?
–Me dijo que eso no tenía sentido, era seguro que buscaba algo. Me dijo que nadie entraba a la cocina de alguien si no era para buscar algo. Menos, todavía, se colocaba en cuclillas… nadie exponía tan fácilmente su lado más débil… de ninguna forma metía la cabezota en el horno.
–Obviamente.
–Sí, obviamente, pero me daba vergüenza decir que me había escabullido a la cocina de su casa a robar comida –Jorge luce la dentadura pequeña, abre las orejas, inclina las cejas– sería conchudo, ¿no te parece?
–¿Y qué pasó?
–Me miró y se rió. Me dijo que me parecía un poco a Johnny Depp.
–¿Qué? –los labios de Sandra se tornan duros, es tal si estuviera pariendo a través de ellos–, ¿Y tú que le dijiste?
–¡Que no me joda!… es decir, me reí. ¡Era obvio que me estaba meciendo! Después hablamos un rato.
–No te pareces a Johnny Depp. De hecho, ni un poco… ¿Qué hablo? –Sandra frunce el ceño con empeño–: ¡ni mierda!
–Antes nunca me lo había pensado, pero ella me ha hecho dudar. No me viene mal, ¿sabes?, no me viene nada mal. Quizás si…
–¿Y dónde estaba yo? –interrumpe Sandra.
–En otra parte. Con tus amigas, supongo. Había muchísima gente en esa fiesta. No recuerdo en qué momento te perdiste. Yo había tomado demasiado.
–¿Y de que hablaron?
–Ella estaba totalmente borracha. Sus ojos se movían. Se notaba en sus manos. Me dijo que me parecía a Johnny Depp. Yo sé que estaba jodiendo. Después me contó que era abogada… ¿Y sabes qué?
–Bueno, entonces sabes perfectamente quién es.
–No lo parece ni siquiera un poco.
–Me ha contado algo que no puedo creer. Se fue de viaje al Norte, ¿te conté?
–¿Mariana?
–Sí. Es increíble.
–Creo que más que una abogada parece un bufón. Tiene el corazón de un arlequín.
–Es increíble. Yo no lo puedo creer.
–O quizás parece una actriz de teatro, pero una muy chistosa.
–¿Qué cosa? ¿Quién? ¿De qué carajo hablas?
–De Mariana. Siempre hablo de Mariana.
–¿Te dije que se fue hoy al Norte?
–20 veces, si no 40 –Sandra alarga las orejas–. ¿Las enumero?
–Me ha contado algo que no puedo creer –ahora Sandra tiene cara de espasmo.
–¿Se fue manejando?
–Sí, creo que sí… Bueno, no sabes lo que le ha pasado. Es increíble. Ni te imaginas… –Jorge pone las manos, ambas, sólidas sobre la mesa.
–Debe manejar en zigzags. Así me la imagino. Debe suspirar cuando sus manos tuercen el timón. Debe andar en zig zags… al mismo tiempo riéndose, moviendo la lengua como una espada, sacando a todos el dedo, mostrando el culo por las cuatro ventanas.
–Me llamó cuando llegó a Chiclayo. Me dijo que está muy cansada. Ha ido sola…
–La Panamericana Norte está muy descuidada –interrumpe Jorge–. Es muy importante lo que hace –continúa entusiasmado–. En el Perú falta más gente que insulte a la policía.
–Dice que llegó a Chimbote a eso de las 2 de la tarde… No, pero espera.
–¿Qué?
–¿Te quedaste mucho hablando con ella?
–Casi 20 minutos. No estoy muy seguro. Preparamos algo de comer.
–¡20 minutos! ¿De qué hablaron?
–Ya te dije. Primero de mi parecido con Johnny Depp. Eso nos habrá ocupado casi 15. Luego de que ella era abogada. Aunque no lo recuerdo bien. Te he dicho que yo estaba borracho también.
–No los imagino conversando.
–Yo no imagino muchas cosas. Por ejemplo, no la imagino a ella trabajando en un estudio de abogados.
–No te imagino a ti y a ella. Son tan diferentes.
–No te imagino a ti yendo cada día a la agencia. Pero lo haces.
–¿Qué?
–Lo podría jurar. Todo sucede, y lo peor, sucede en cualquier momento, muy a pesar de lo que nos diga nuestro sentido común.
–Bueno… –Sandra está temblando. Toma el vaso de Jorge y lo inclina sobre sus labios secos. Sólo cuando lo ha colocado casi de cabeza sobre su boca, que está tornada por el esfuerzo en hocico, nota que ya no contiene agua. Lo coloca en su sitio–. ¡No sabes lo que le ha pasado!
–Todavía no. ¿Puedo coger un poco de tu chocolate?
–Sí, claro… pero no queda nada.
–Queda un poco –Jorge extiende el brazo, cuida que la chompa de lana no toque el cenicero y coge algunos trozos pequeños de chocolate. Los traga con prisa. Ahora nota que la ceniza se untó a lo largo de la manga de la chompa. Rumia. Después la limpia–. Me dijo que te conoce de hace años, que se conocieron cuando iban a la universidad. Me contó que siempre hablan, aunque ya no se ven tanto.
–Sí, es cierto.
–Me dijo que te conoció antes de entrar a derecho. Se había visto antes. Tenían algunas amigas en común. Tú querías ir a derecho también, pero al final te fuiste a publicidad. Luego sacó un frasco con alcaparras. Estaba nuevo.
–¿Alcaparras?
–Nunca me habías dicho que antes estuviste yendo a derecho.
–Sí, sólo por un año. Fue una época bastante extraña. Mi papá es abogado, eso sí lo sabes, y mi hermano también. No sabía…
–¡Vez, todo puede suceder!
–Ella es muy distinta a mí.
–Y cocina muy bien.
–¿Qué?
–Ella también tenía hambre. Preparó un sándwich increíble. Tenía alcaparras, una bolsa con pan francés. Sacó de la refrigeradora un queso de cabra.
–¿Lo calentaron?
–¿El queso?
–No, el pan.
–Sí. Ella lo puso un momento en el horno, hasta que la corteza estuvo crocante. Bueno, primero sacó de allí las empanadas pequeñas que yo me estaba tratando de comer al principio.
–Estaban buenísimas.
–Por suerte que no me las comí.
–¿Por qué?
–Por que no me gustan –Jorge junta los labios, hace una pequeña pausa–. No me gustan las empanadas. ¿Nunca te lo dije?
–¿Y sí te gusta el pan con queso y alcaparras?
–No lo había probado antes. Me gustó mucho. Creo que tuvo que ver con el queso. Era de Cajamarca.
–¿Pero quién carajo lo ha probado antes?
–Supongo que Mariana. Y, por lo menos, ahora somos dos. Lo que es verdad, estaba buenísimo. Si me lo preguntaran, diría que Mariana hace el mejor pan con queso de cabra y alcaparras de toda la ciudad.
–¿Sabes una cosa? A veces eres realmente un cojudo.
–No me lo digas –Jorge se ríe. Sandra no se ríe. Jorge se ríe todavía, pero baja los ojos, que ha puesto risueños, y parece sorprendido–. ¡No me lo repitas que puedo emocionarme!
–Voy al baño –Sandra bufa, se retuerce, empuja la silla hacia atrás y toma el rumbo premeditado. Mueve el culo angosto con muchísima gracia. Mea disgustada. Cuando vuelve finalmente, nota que Jorge está inmóvil–. ¿Qué? –lo increpa. Jorge ha terminado su café. Sandra advierte que el cigarro que dejó encendido se ha consumido por completo. La ceniza forma un cilindro levemente torcido en el cenicero.
–¿Qué era lo que me ibas a contar?

8

Jorge cree que es muy difícil saber lo que uno quiere. Lo que uno quiere es sumamente escurridizo. Lo ha recordado cuando observa a Sandra. El sabor del chocolate que tomó de su plato sigue dándole vueltas entre las orejas. Piensa que quizás debería lanzarle un cabo. Sus pelos están eléctricos. Poco a poco, conforme avanzó la noche, los ojos han ido saliéndosele. Se peina el cerquillo a cada momento. Después se ríe. La nariz se le arruga y, si debe aceptarlo, el gesto es francamente encantador. Pero de pronto la sonrisa empieza a torcerse rápidamente, forma una estría irregular. Qué espanto: no hila, Sandra no brilla más, ya no lo engaña. Cuando habla, ahora lo hace con suma dificultad. Es como si tuviera anginas detrás de los labios. Piensa: ¿qué es lo que siempre le quiere decir?

Lo pensó también cuando caminaba. En el balcón, en ese piso 17. Antes inclusive: lo que uno quiere es sumamente escurridizo. Andaba por el pasillo con una ligereza soberbia. Casi no se lo podía creer él mismo. ¡Qué ligereza carajo! Cómo seguía a Mariana por el pasillo de la oficina como si nada pasara. A su izquierda dejaba las oficinas, cada una decorada con fotografías de modelos y productos de belleza, todas cerradas con mamparas de vidrio. No miró dentro de ninguna. A la derecha estaban sentados sus compañeros. No se fijó en los ojos de ninguno. La taza enorme, entonces ya vacía, iba colgando detrás de él amarrada a su mano derecha luciendo la rúbrica de los Boston Red Sox. Y si Mariana le hubiera pedido que describa lo que quería, en ese mismo momento no lo hubiera pensado demasiado. ¡No lo hubiera pensado nada! Le hubiera dicho que aquello que quería era tal y era cual. Nada más. ¿Tal y cual? Sí, y que se parecía mucho a un calamar gigante.

Adicionalmente, piensa ahora, pocas veces es lo mismo aquello que uno quiere que aquello que uno necesita. Menudo detalle. ¿Cómo explicarlo? En ocasiones siente que sabe lo que quiere y luego, al ponderarlo, descubre que no es lo que más le conviene. Haz lo que quieras. ¿Hacer lo que quiere? Pero si nunca está seguro. No lo estuvo antes. Quizás nunca se sabe lo que cualquiera quiere. ¿Y lo que necesita? Todo lo demás, le parece ahora, es pura cacofonía. No está seguro. Mira a Sandra a su lado, esbelta como una escoba. Recuerda los ojos de sus compañeros. Recuerda cientos de pares de cogollos pálidos. No está nada, nada seguro. Cuando iba por el pasadizo, volviendo de la terraza, entonces no era lo mismo. Es decir, era lo mismo. O en cualquier caso era algo muy similar lo que giraba entre sus orejas. A su alrededor estaban sus compañeros de trabajo. Cuando Mónica lo llamó, hoy por la tarde, recordó todo. Pasó junto a ellos sin mirarlos. ¿Cómo pueden 10 minutos ser así?

Un hombre de negro iba caminando por la calle. Se quedó viéndolo desde el balcón. El ángulo era perfecto. Olvidó todo un momento. ¿Lo hizo? Lo quiso hacer. Lo analizó. Caminaba con mucha confianza, pensó. Tomaba el café lentamente. La cafetera era una cagada, eso era cierto. Un hombre iba caminando por la calle en traje cuando él tomaba ese café de mierda. El hombre de negro venía hacia él por Larco, iba desde el malecón hacia la ciudad. Desde el piso 17, el ángulo era perfecto. En la mano derecha tenía una bolsa de cartón. Podía contener cualquier cosa. Se detuvo frente al Pizza Hut. Compró una bolsa de galletas. Cuando el semáforo se puso en rojo, cruzó la avenida. Abrió el paquete e introdujo 2 en su boca. Se detuvo otra vez y, cuando el siguiente semáforo cambió, cruzó la Diagonal. Se paró frente al Haití. Guardó las galletas en el bolsillo de su chaqueta. Miro en cientos de direcciones. Hurgó dentro de la bolsa de cartón. Extrajo un objeto plateado. Jorge no pudo reconocerlo. Lo volvió a introducir. Entonces quedó parado. Se contuvo inmóvil. Un minuto después lo alcanzó un niño pequeño que bajó de un automóvil azul. Era un Toyota Corona y, por la placa, se puede descartar que fuera nuevo. Se dieron un abrazo muy corto. Hablaron. El niño debía hacerlo con la cabeza proyectada hacia el espacio. Caminaron con dirección al óvalo y entraron al cine de la mano.

Cuando Mónica lo llamó, hoy por la tarde, no supo que iba a pensar todo lo que ahora piensa. ¿Ahora? En la tarde, en este momento. Pensó: mierda, ¡son muchos momentos distintos! Si se lo preguntaran todo otra vez, respondería una cantidad gruesa de cosas diferentes. ¿Si le preguntaran qué? Lo que sea. ¡Lo que quieran! Pero cuando entró a la sala, hoy a las 4 de la tarde con unos minutos, la situación era distinta. Mónica le preguntó si había tomado una decisión. Hundió sus ojos achinados y mórbidos en los suyos ojerosos y atemorizados. Jorge sólo pudo decir la verdad. De hecho, todavía no lo había hecho.

9

–A veces me dices demasiadas cosas –ahora Jorge cruza las piernas. Con las piernas cruzadas, se estira y coge la cajetilla de cigarros que está acomodada sobre el mantel–. Estas huevadas te van matar –agrega. Luego saca uno, coge el cigarro encendido de la mano de Sandra, junto las puntas de los cigarros un segundo, aspira y coloca con suma delicadeza el cigarro de regreso en los labios de Sandra. Ella sonríe.
–¿A que te refieres? –duda: Jorge luce una singular mirada de aplomo.
–Me refiero a que a veces las cosas que dices, si las vez todas juntas, son muchas. A veces hablas mucho tiempo Sandra. Yo siento que todo lo que dices, cuando se acumula, se convierte en…
–¿¡En qué!? –interrumpe ella.
–…una torta.
–¿Una torta? –replica indignada.
–Sí, una torta.
–¿Y que quiere decir eso?
–No lo sé. Quiero decir… bueno, quiere decir que se apila.
–Eso no me dice mucho.
–¡Ya lo sé! –Jorge ha puesto cejas de Eureka–. Quiere decir que lo que dices aterriza sobre lo anterior que has dicho, del mismo modo que lo anterior aterrizó así y lo siguiente aterrizará asá –las orejas de Sandra se abren para tomar vuelo–. Luego se desliza todo hacia mí al mismo tiempo.
–¿Qué?
–¡En el mismo instante!
–…
–¡Es un huayco! Es como un huayco, Sandra.
–¿¡Un huayco!?
–Sí, y yo no lo puedo tragar.
–¿Y que mierda quiere decir eso?
–Que lo he intentado…
–¿Cómo que lo has intentado?
–¿Me tienes que hablar así?
–Discúlpame Yorch, es que no te entiendo nada… –Sandra aligera los pómulos– ¡no te entiendo!
–No jodas, por favor –Yorch se ríe.
–No te jodo Yorchi.
–Ok –Yorchi perdona a Sandra. Se detiene en sus labios–. ¡Estas huevadas te van a matar! –extiende el cigarro encendido hasta la mitad de la mesa de modo que la brasa del tabaco es un faro sobre el plato con chocolate–. Puede ser en mucho tiempo, pero lo harán. Y cuando lo estén haciendo…
–No seas imbécil –Sandra ensancha el hocico y muestra los dientes.
–Ya te lo he dicho –el también–. Nunca se sabe. ¡Nunca!
–No es así de simple.
–Creo que esa es la mayor pendejada de toda nuestra vida –Jorge apaga el cigarro recién encendido comprimiéndolo con un solo movimiento en el plato con chocolate. Al apagarse, el fuego del tabaco da a luz una pequeñísima porción de fudge.
–¿Qué era lo que decías antes?
–Nunca se sabe, jamás se puede saber… –Jorge continúa torciendo el cigarro sobre el chocolate pastoso unos segundos. Sandra hace un botón con los labios, recoge su cigarro del cenicero y le da una pitada–. …es una de esas cosas…
–¡Jorge! –grita.
–Te decía que yo siempre pienso. Sí. Quiero decir… que yo siempre pienso en muchas cosas –deja por fin el cigarro. Tras quedar callado el tiempo que le toma abrir y cerrar los ojos, continúa–: a veces pienso en más cosas de las que tú me dices, por ejemplo. A veces mi cabeza parece una olla llena de spaghetti.
–Todos pensamos. ¿No es lo normal?
–Eso, de por sí, podría considerarse un logro. Pero no lo es.
–Yo pienso en todo lo que me pasa. Últimamente siempre pienso en viajar. Me encanta viajar.
–Ese es tu error –hace una breve pausa.
–Me gustaría salir de aquí. No sé si me gustaría que vengas conmigo. Creo que sí, pero no siempre estoy segura.
–El truco está en pensar en todo lo que no nos pasa, Sandra. Todo lo que no nos sucede… allí se guarda el secreto. Es decir, es tan probable que no suceda…
–Jorge… ¡no empieces!
–¿Qué no empiece con qué?
–¿Vamos a mi casa? Tengo mucho sueño.
–Hay tanto en el mundo Sandra. El mundo es ancho y moreno. Está lo amargo, qué es como el dolor pero mucho más divertido; está lo ácido, donde yace toda la comedia; también está lo agridulce… pero tú siempre quieres volver a casa. Por eso no conoces el mundo.
–Vámonos. Tengo mucho sueño Jorge. Mañana me tengo que levantar temprano. Tengo fotos. Tengo que ir manejando hasta Lurín.
–¿Por qué?
–¿Por qué?
–Sí, ¿por qué?
–Porque tengo sueño. Porque es mi trabajo. Porque de eso vivo. ¿Qué te pasa?
–¿Qué?
–Olvídate.
–Para Sandra. No me vas a convencer.
–¿Que pare qué?
–De decir cosas. Nada de esto importa.
–¿Yo soy el problema? –gruñe.
–Tengo una idea.
–¿Cuál?
–¿Qué tal si hablamos de…
–¿De qué?… ¡De qué! –se ríe. Se detiene. Sandra vuelve a reír.
–¿Qué tal si hablamos de otra cosa?
–¿Pero de qué?
–De lo que más me gusta.
–¿Y qué es lo que más te gusta?
–…
–¿Jorge?

10

Son las 12 de la noche o un poco más cuando Jorge paga la cuenta y Sandra gruñe otra vez y ambos se levantan y Pedro huye hacia la cocina con la carpeta de cuero y Sandra mira la manera sagaz con la que Pedro huye y Jorge no lo hace, pues sólo se queda mirando el perfil de Sandra, sus pómulos salientes y esa barbilla que tiene una pequeña sombra de chocolate. De pronto suena un reloj. O no lo hace, pero es seguro que Sandra cree que lo hace. Mira a su alrededor. Ya nadie espera por una mesa.

Jorge se demora un momento en el baño. Sandra lo está esperando en la calle con los hombros cubiertos. Mira hacia el cielo, mira el suelo de piedra, una puesta junto a la otra, y sus zapatos bailan involuntariamente. Cuando Jorge mea, siente un profundo alivio. Se para de puntas e inclina el pene dentro del urinario. Rechina los dientes. El chorro está caliente y es amarillo. Al rato sale del baño y la busca. Camina un momento por entre las mesas y no la encuentra. Sale a la terraza y mira en todos los sentidos: allí tampoco está. Levanta los ojos y cree reconocer en el cielo una tenebrosidad nueva. El frío es húmedo y se pone la casaca. Luego mira el cielo con vehemencia. El cielo está indudablemente tenebroso. Piensa: el cielo parece el techo de una cueva. Atraviesa la terraza y sale a la calle. Allí está Sandra esperándolo. Ella lo ve y de inmediato, esta vez sin dudar, empieza a andar con dirección a su departamento. Son sólo unas cuadras.

Unos minutos después Jorge camina todavía. Recuerda las tetas de Sandra… no lo logra. Recuerda sus ojos… no puede. Siempre pensó que tenía buena memoria, pensó que se acordaría todas las veces. Quizás si la pudiera ver un momento más sería fácil. ¿Su nariz aguda? ¿Su frente? Ahora no está seguro. Sandra camina 2 metros por delante y él no la puede mirar.

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Había un número de cosas que tenía que hacer, que cumpliría de cualquier modo, un número incalculable de cosas que una vez hechas serían la afirmación concreta, la concreción pública de todo lo que yo buscaba. Había un número de cosas que estaban destinadas para mí. Existía una facilidad evidente para obtener este número descomunal de cosas (puesto que evidentemente estaban allí para mí). Se había pensado todo con anticipación. Se había tendido todo en el camino como un buffet. Yo había llegado al mundo preparado para obtener todas estas cosas: yo había llegado al mundo para alimentarme del buffet. Tenía todas las herramientas y todas las facilidades, todas las conexiones, se prestaban a mí las metodologías y se postraban ante mí los guardianes. Ciertamente así lo creía mi madre y de este modo lo pregonaba mi padre. Ciertamente así lo creí también yo. Había la certeza total de obtenerlas todas y sobre esa certeza se construía un castillo sensual, visceral sensible, una torre de base sólidas y con un futuro brillante y extendido, libre de enfermedades coronarias, abundante en alegrías largas o pequeñas, ignorante de monotonías, almuerzos en pequeñas cafeterías, agonías cotidianas, tardes de sol cuando uno lleva corbata, nine to five and all that tiresome shit.

Echado al campo, inmediatamente fracasé. No fracasé disimuladamente. No fracasé después de un breve periodo de éxito. Sencillamente discordé desde el principio, en el instante de acometer la realidad me escindí en todas mis partes, así no cabía, totalmente no pude, cómicamente fui errado, básicamente no lo logré, no fui absorbido, no pude explicarme tampoco. Entonces estas cosas se pervirtieron. Primero el horizonte cambió. Un inmenso olor a caca apareció una mañana y lo impregnó todo con su pringosidad y una acérrima opresión mate, con su yugo pastoso y su aplomo defecado. La lista de cosas se desmoronó de pronto, torcida, maldicha. Pronto encontré otros como yo, otros que carecían de aquella lista. Entablamos amistades y nos emborrachamos, estuvimos 4 años metidos en un mismo bar e incluso una vez amanecimos en él. Llovía y nosotros llorábamos, pero ese llanto tomaba la forma de una protesta y esa protesta era inmadura, excluía las lágrimas, estaba poco estudiada, era ideal, delirante, nos expiaba del dolor. En ese instante jurábamos, habríamos jurado que esa protesta nos salvaría. Y si no lograba salvarnos al menos nos justificaría, que si bien no era efectivamente lo mismo que salvarnos, puesto que no podríamos saborear la victoria, como mínimo evidenciaría la contundencia de nuestras acciones. Así nos aproximábamos a la figura del mártir. Queríamos ser mártires alcohólicos, jugadores pequeños de la política y jugadores groseros del amor, adictos al free jazz, having sex all night long with beautiful underaged girls, amantes dispersos que consumían heroína y follaban como locos, actividades ciertamente discordantes pero que nosotros podríamos conseguir, todavía eyaculando en cualquier parte. Orejas, vientres, hombros, narices… nada estaba negado para nuestros penes artistas, penes generosos y promiscuos y nada afectados, puesto que estos heroinómanos adictos al free jazz no podían adoptar poses afectadas, mas bien eran caballeros dispersos de la noche, esporádicos locutores de un humor objetivo, lo que en jerga común se conoce como un arrecho y lo que yo elijo definir como un sensualista escatológico.

Una noche mientras defecaba y olía la madreselva de los vecinos, cuyo olor penetra el baño a través de la ventana completamente abierta, como proyectado por este aroma pude ver que todas estas amistades habían sido falsas, que se sustentaban en nada, que estaba solo y que únicamente no lo había estado 5 veces. A la luz de esta realización, poco a poco la lista de cosas volvió a aparecer. Se volvió tan concreta como antes, el número de cosas se tornó tan gigantesco como antes. ¿Pero eran las mismas cosas? No lo eran. En realidad eran cosas completamente distintas. ¿Y eso hacía alguna diferencia? Ninguna. Todo había sido lo mismo, continuamente, y todo lo sería también, otra vez para siempre.

jermaine

Miguel se me adelantó y se presentó, se sentó a la mesa del café, sagaz como un gato, me miró los zapatos primero (eran unos sencillos zapatos de lona blanca y debió llamarle la atención su pueril, brillante condición), luego cruzó las piernas con esa manera sensible que tienen los hombres sensibles para amodorrarse y me dijo cómo se llamaba. Me dijo también, con cierta sonrisa orgullosa, que era un consagrado paparazzi.

Hola, soy Miguel, el amigo de Azucena, el consagrado paparazzi.

Yo me sorprendí. Él tenía los ojos claros y grises. Sudaba aún, a pesar de haber entrado al café hacía rato y de haberse sentado primero en otra mesa, mirándome de lejos unos minutos, dudando sobre si acercarse o no. Yo lo había reconocido a lo lejos –lo conocía ya de unas fotos en el Flickr de Azucena–, había reconocido sus ojos claros y grises. Después de notar mi sonrisa educada él se había decidido, se había levantado procurando una actitud desmedidamente vigorosa y había caminado directamente hasta la silla que estaba al otro lado de la mía. Se había sentado con un ademán elegante, como de intelectual de moda tomando asiento en un concurrido café vienés, y así había descubierto yo que si bien tenía los ojos claros y grises, al mismo tiempo eran demasiado amplios, estaban envidrados, eran brillantes y azules, estaban como estrellados en el espacio. Risueño, los utilizaba para mirarme detenidamente mientras jadeaba. Yo proseguí con la conversación y le dije muy serio que en Lima no había paparazzi. Él me dijo ¿y qué crees, que te estoy mintiendo? Yo le quise decir que sí, que era muy bello y que por tanto tenía cara de puto y que por tanto tenía que ser un mentiroso. Todos los hombres somos así. Pero él no tenía cara de estar mintiendo realmente, nos reímos y así fue que supe que Miguel era el primer paparazzi limeño que conocía.

Había llegado a Miguel a través de Azucena. Había llegado a Azucena a través de un beso. Había llegado a aquel beso a través de una mirada. Me había aventurado a esa mirada, ya un año atrás, gracias a una perfecta desesperación. Un año después y omitiendo cientos de detalles, había quedado con Azucena en tomarnos un café, con ella y un amigo suyo, fotógrafo. Había bromeado con Azucena sobre tomar unas fotos después. Unas fotos en ese sitio donde fuimos una vez me había dicho. Y ahora, mientras me sentaba con Miguel a tomar un café en ausencia de Azucena, no reparaba cabalmente en lo vago que había sido todo aquello. Me atenía a la realidad: sabía ya, por ejemplo, que Azucena era preciosa y estudiaba diseño de modas, que sólo quería saber de hombres y que yo era uno, lo que presentía no debía ser una casualidad: debía ser una señal que me condujera hasta poseerla. A ella, con sus cejas oscuras y con sus greñas magníficas, con sus ojos magos y esos labios que parecían de plexiglás. Adicionalmente estaba por saber que Miguel, a su vez, era el mayor experto en hombres que transitara la ciudad. Experto en siluetas de hombre, en perfiles de hombre, en iluminación muy profesional de hombres: experto en sucios cuerpos de hombre fotografiados en bañeras, indignamente fallecidos bajo puentes, desnudados entre sábanas e incluso montados en vistosos automóviles. En resumen, estaba por concluir que ambos amaban los penes. Sólo que Azucena tendía a escribir poemas –muy malos, por cierto– sobre penes paternales y maravillosos y dignos y generosos, llenos de templanza o sabiduría, mientras que Miguel prefería buscarlos en Internet, principalmente en versiones portentosas. Eso no los hacía perfectamente compatibles, pero eran grandísimos amigos, me explicaría Miguel. Pues si bien Azucena era una chica muy sensible prefería jactarse de femme fatale, entiéndase: de puta imposible. Y Miguel, muy apropiadamente, era efectivamente una puta imposible. En esta coincidencia yacía el secreto de su amistad incondicional, glamorosa, intermitente, jodida, ocasionalmente tierna, al cabo perfecta y envidiable.

Azucena no va a poder venir, se quedó en el estudio me dijo.

Mirar a Miguel me daba cierta paz, cierta lujuria exánime, aquella lujuria que no propulsa ni ocasiona rubores o erecciones sino que reposa, incita al reposo, no coacciona a lo animal, sólo permite intuir su posibilidad o un atisbo de ella lo suficientemente pequeño como para negarla, y que por tanto es una lujuria fácil de llevar, una lujuria acaso moral, colonial, una lujuria secreta de verano y balneario apacible durante la cual se puede tomar un café caliente o escribir un libro extremadamente prudente sobre política económica o tener una familia contenta en la Lima de 1963, recién elegido Belaúnde, con hijos modosos y una esposa poco puta, así como mi madre. Mirar a Miguel me decía que yo estaba tranquilo y era hombre, que este café, negro como un espejo, estaba justamente amargo, bien a pesar de que no hubiera venido Azucena, a pesar de que en vez de ella (junto con la posibilidad difícil pero seductora de desvestirla) sólo viniera un amigo de ella, incluso cuando muy probablemente lo que él quería no era precisamente ayudarme a desvestirla, en cambio desvestirme a mí. Quiero decir que mirar a Miguel en los ojos, todavía con el gigantesco desaliento que me causaba, me permitía pensar con cabalidad, dilapidar cánones, me permitía dilucidar lo estricto de lo estrecho, lo amplio de lo dilatado, hacer deslindes entre política y pasión, casi discurrir como un conquistador por el espacio sonoro, acústico del café. Pero aún así, a pesar de este sosiego en el que Miguel me inducía, y muy a pesar de no estar pasándola nada mal con él, no entendía el cometido de todo. ¿Qué mierda estábamos haciendo los dos solos aquí?

10 minutos después decidimos pagar la cuenta y nos paramos. Él tomo la puerta metálica para que yo pudiera pasar a la calle primero y el viento entró rugiendo mientras cruzaba el umbral. Se me revolvieron los pelos. Me sentí de pronto una dama, perfecta y coqueta. Y no puedo decir que me disgustó sentirme una dama. En cualquier caso era mucho mejor ser una dama con los pelos revueltos que ser lo que era la mayoría de las noches como esta. Salimos y caminamos rápidamente por la vereda mientras él hacía chistes y yo miraba los árboles, los verdes árboles de la noche y el tiempo que vivíamos, árboles fantoches que debían estar riéndose al mirarme pasar: una dama excelentísima, walking around. Yo los escuchaba poco, también escuchaba poco a Miguel. No pensaba en lo que me decía, en cambio miraba derecho: pensaba en la calzada gris rata, rajada por las raíces de los árboles fantoches, pensaba en los autos que pasaban, en la tragedia humeante que era nuestro parque automotor. Pensaba en todo el futuro, abriéndose como una red endemoniada, como la raíz de un árbol fuera del control de todos, de mí, de Azucena y de cualquier Presidente de los Estados Unidos de América. Pensaba en todo el pasado al mismo tiempo, duro y salomónico e incapaz de perdonarme. Y así yo iba ido y él siguió hablando y yo seguí junto a él, siempre completamente ido pero sorteando a los vendedores ambulantes y a los niños que nos pedían propinas con genial pericia, con la gracia generosa y apocopada que quiero sospecharle, hoy tan lejos y con referencias históricas seguramente tan sesgadas, a María Antonieta. Lo que es decir que en ese momento yo fui exacta y perfectamente María Antonieta, y que él fue mi Marlon Brando, que cruzamos raudamente la avenida sobre la que estaba el café, iluminados por las lámparas de los restaurantes (uno suizo, uno israelí, uno italiano, uno chino) mientras brillábamos y sonreíamos y cuando acaso algún taxista de moral moderna envidió nuestro amor flagrante. Del otro lado, al llegar a la esquina, tomamos una calle transversal y caminamos en dirección al sur entre los casinos. Seguimos así alrededor de 30 minutos. Mientras la avenida se volvía cada vez más oscura, se velaba cubierta por edificios angostísimos y toldos rectangulares que penetraban la avenida desde terrazas repletas de recipientes y helechos. Llegamos a una plazoleta inclinada. Después de cruzarla, esquivando el monumento a Bolívar que se apostaba al centro como si fuera un pequeño campo minado, tomamos un pasaje que descendía hacia el acantilado. Estaba bordeado por casas distintamente construidas. Desde fachadas afrancesadas hasta pulcras fachadas mínimas, había una diversidad tal que parecía un catálogo estrambótico de la arquitectura europea del siglo XX. El pasaje desembocaba finalmente en el malecón. Entonces tomamos el malecón otra vez hacia el sur y al cabo de un rato alcanzamos una pequeña redondela. Tras dar un tercio de giro, en diagonal hacia abajo y hacia el acantilado, bajamos por un camino empedrado que se ahondaba después de unos segundos en una quebrada muy angosta. Bajo un puente de caña seguimos el camino hasta que alcanzamos un descanso rodeado por los acantilados. Frente a los ojos, el mar se exponía como una garganta exhalando salmuera sobre nosotros. Era el límite de la ciudad. Allí me senté sobre un poyo de cemento.

Él se despabiló con una risa distendida, rápidamente abrió su mochila, sacó un aparato desproporcionado y telescópico. Para la primera foto se detuvo a 15 metros de mí, mirándome con ojos profesionales. ¡Flash! Yo quise sonreír como la hermosa Farah Fawcett en ropa de baño (mucho antes de su enfermedad). En la segunda foto se puso en cuclillas a 8 metros de mí. ¡Flash! Yo quise sonreír como Farah Fawcett en un vestido de gala (durante su enfermedad). En la tercera, cuarta y hasta la décima foto, Miguel hizo un giro amplio, trazó medio círculo, trasuntó un hemisferio, lo giró desde la imagen frontal de mis ojos hasta el perfil muy próximo de mi quijada incrédula. ¡Flash! Berlusconi en una pool party, cien mujeres calatas rodeándolo y cámaras de televisión. ¡Flash! Bob Marley, reducido y alegre, fumando un porro en un espacio extrañamente oscuro. ¡Flash! Megan Fox desvistiendo a la humanidad entera con los ojos. ¡Flash! Philip Roth dando una conferencia, hablando barbaridades de la literatura sudamericana. ¡Flash! Steven Spielberg, pelucón, muerto en una esquina de Munich. ¡Flash! La Kirchner cruzada de piernas, mira el cielo, se abanica y habla maravillas del futuro. ¡Flash! Yo mismo, durmiendo una siesta en un piso en Barcelona.

No puedo decir que entendía lo que sucedía mientras Miguel hacía de las suyas. No puedo aseverar tampoco que él lo hiciera, pues trastabillaba mientras avanzaba hacia mí, murmuraba indiscutibles incoherencias y parecía volver a transpirar. No puedo aseverar que entonces me sentí cómodo, incómodo, comprendido, sucinto, expatriado, circunscrito, desparramado, ambivalente o tenaz. No puedo aseverar qué demonios trajo a mí esa vorágine que sentí, ese agujero negro y megalómano que enzarzó mi ánimo y que me permitió, por 45 o 60 segundos de gloria celeste, volverme la versión masculina de Kate Moss. No puedo aseverar absolutamente nada. Quizás puedo sugerir que pensaba en la conversación que habíamos tenido, en sus inflexiones frívolas y en las gracias que me había causado la estupidez indescifrable y consistente de Miguel. Quizás puedo aceptar que Miguel había logrado confundirme, que había sacado la diva de mi corazón y que yo, en ese precioso instante, lo admiraba por eso.

Tras la décima foto Miguel se había sentado a mi lado. Se acercó mucho y en ese momento lo interrumpí, detuve su mano que se aproximaba asiéndola con la mía que temblaba, un poco nerviosa. Le dije Miguel, me gustan las chicas. Entonces lo solté y me eché hacia atrás, levantando las piernas sobre el poyo, junto a mis muslos, de tal modo que formaran un escudo contra él. Él se estiró, volvió a alcanzar mi mano y puso en ella la cámara de fotos. Sonso me dijo. Se río: sólo vamos a tomar unas fotos.

Una fotografía lustrosa del puente de los baños. Una fotografía de un anciano que cruza el puente y lleva una gorra de caña. Tiene el mostacho azabache y descomunal. Una fotografía de los restaurantes en lo alto del acantilado, iluminados y radiantes: fucsias, capulíes, verdes, azulinos. Una fotografía del ángulo agudo de las lozas del muro chato que separa el camino del acantilado, extendidas hasta el quiebre del camino. Un tobogán de piedra. Una fotografía de las pálidas nubes contra el éter azul, como leche diluida derramada sobre un hielo profundo. Una fotografía del mar: una fotografía de un útero plástico fecundado con pequeñas semillas de jebe y miles o millones de imaginaciones. Una fotografía de dos amantes que caminan, se separan miles de centímetros, vuelven a caminar juntos y cruzan la pista. Una fotografía de un camión ciertamente misterioso que lleva redes de pescar. Infringe 30 reglas de tránsito. Una fotografía de las pequeñas tiendas de los pescadores clausuradas por la SUNAT. Una fotografía de la playa, de la luz de la ciudad plateándola por la espalda, confundiéndola, sugiriendo que el hombre pequeño que la cruza no es un simple y miserable hombre descalzo. Es Neil Armstrong, un poco encorvado. Una fotografía magnífica de la urdimbre de una estera. Una fotografía obscura, apenas discernible en ella la forma de las sombras: la espuma, un espigón, el reflejo líquido del rompiente. Una fotografía desenfocada de la noche. Una fotografía del sueño mismo, aparecido, personificado en una mujer idéntica a Liv Tyler y vestida de blanco que viene hacia nosotros caminando desde el mar, gritando palabras ininteligibles. Habla el idioma ancestral de las sirenas. Una sencilla pero franca fotografía del abismo.

No me gustan los subterráneos, si bien decirlo así –tan llanamente– quizás sea un exceso, un poco una licencia, el desvarío que me permito una noche de domingo satisfecho y sin melancolía, sin mayores deseos que aquellos de volver a mi casa, hasta mi casa y mi cama y mi water, a mi espacio en otra ciudad desde esta ciudad que todavía me parece tan abrumadoramente seca como cuando llegué a ella. Y seca no por la gente, que es ocasionalmente jovial y me ha extendido ya algunos cariños desprendidos, seca sólo por la ausencia de vapor en su aire y la textura crujiente que le ha dado a mis labios otrora húmedos, ávidos, pringosos.

Porque definitivamente sí me atraen los subterráneos, extensos y esbeltos, me atraen como magnetos poco iluminados, como el olor de la saliva seca sobre la piel entibiada, especialmente alrededor de la zona inguinal, y como los brazos… los brazos largos o cortos que pueden o no abrazarme (y que para mi satisfacción el mayor número de las veces no lo hacen). Por lo menos estoy seguro de que me gustó el Subway. Subí muchísimas veces al Subway en Manhattan, desde la 81 hasta todas partes y siempre de vuelta a la 81. Adicionalmente tengo el presentimiento de que me gustaría el Underground y con demasiada certeza sé que me gustará el Métro.

Todavía no los conocí. (Tantas cosas todavía no las conocí.)

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Es así que subí al avión. Pensando en esto subí al avión de LAN que me dejaría en Ezeiza. Soñando con ir en Subte, escurrido y somnoliento. Y ya han pasado dos semanas desde que he subido al avión en el Jorge Chávez y esta es mi última noche en Buenos Aires y he ido muchísimo en Subte y sí deseo irme y no deseo extraviarme en el Subte para siempre. No quisiera dar esa idea. Menos deseo ya besar a la argentina más linda de todas y contagiarme de gripe, menos ya arrojarme a las vías del tren, muy a lo Luis Hernández.

Les he mentido a mis amigos, en una estación bajo la 9 de Julio, con el ceño trémulo a estas vías se lanzó un poeta chileno. Han puesto cara de sorpresa, terror, y me ha hecho gracia.

Sencillamente espero ahora encontrarme –donde sea, cuando sea–, quizás encontrar a otros también. Después reproducirme. Espero acumular un número siempre creciente de personas, agregarme a ellos y beber sus almas. Y no ha habido poco de todo eso en estas gratas vacaciones.

Pensando en morir había subido a ese avión. Creo que no por un extremo ánimo fatalista, sino sólo por un convencional ánimo convencionalista. Pero subí a ese avión y unas horas después dejé de pensar en morir en el Subte y más bien pensé en robar de cada quien todo lo que pudiera. Me pareció mucho más lucrativo, constructivo, que no son cosas tan diferentes. Eliot dijo alguna vez, más o menos, inmature artists imitate, mature artists steal.

El avión era un típico Airbus y eso no me sorprendió. A mi lado había un argentino, lo pude deducir por su peinado a lo Caniggia y la delatora y misteriosamente gruesa biografía de Hernán Crespo que revisaba abstraído. Eso tampoco me sorprendió. Y así, poco sorprendido, me dispuse a dormir, dormir para luego aterrizar y vivir unos días gloriosos y al cabo morir extraviado en el Subte.

Pero entonces me desperté: había oído una tos. Cabeceé… la volví a oír. ¿Podría concretar tan pronto mis planes?… Reconocí que venía del asiento inmediatamente adelante del mío. Quise investigar: ¿qué tenía a la vista? Sólo podía ver una cabellera rubia, luminosa, lacia, que por el largo ciertamente parecía de mujer. Un estornudo, me agaché: ¿qué podía ver? Sólo unas zapatillas Nike, unas botitas altas Nike que no había visto antes nunca y que me hicieron recordar a las de Back to the future. Después más estornudos, muchos de ellos. Con cada uno, la lacia cabellera rubia saltaba hacia delante: se elevaba un poco del respaldar. Con el más fuerte la cabellera se alzó demasiado y la almohada sobre la que descansaba cayó hacia la izquierda, en medio del pasillo.

La ví: la almohada blanca que decía LAN en letras azules estaba sola en el medio del pasillo y yo, sin pensarlo demasiado, salté hasta el medio del pasillo y la recogí del suelo, la volví mía. Bastante confundida, la cabellera se concretó en un perfil, luego en una chica rubia y pálida de unos 20 años que buscaba su almohada en el pasillo. Mientras sostenía la almohada ligera contra mi pecho, mirándola buscar el objeto extraviado y sin percatarse de que yo la había robado, comprendí que se prefiguraba un viaje muy distinto al que había esperado.

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Puedo ensayar ahora una frase totalizante y huachafa. Diré, quizás, como quien proclama algo determinante:

La realidad es más corta que la ficción, que es la consecuencia ineludible de la imaginación, que es un hábito de la ansiedad.

El Banco me ha llamado y me ha dicho que merezco una tarjeta de crédito.

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Yo le he contestado y dudado un momento, he aceptado por teléfono una tarjeta de crédito y he ido una, dos veces, he recibido de la mano de una señorita siniestramente amable un rectángulo dorado y brillante, un objeto imantado que me permite comprar en Perú y el extranjero, disponer de efectivo y endeudarme hasta el cuello, y que si bien me han ofrecido como un logro o el símbolo de algo como aplomo financiero, yo más bien siento que es lo más cercano que he poseído a un falo prostético.

Lo que no es precisamente un comentario desdeñoso: me encanta mi nuevo falo de plástico. Es brillante y me pone jubiloso, es pequeño y tiene grabado mi nombre en letras muy bellas, como de oro, uniformes y pulcras. Lo sostengo, levemente enamorado, y presiento una gravidez honda pero finita, pero suficiente.

Así recibo alegre mi nuevo accesorio y salgo campante de la agencia del banco y abro el envoltorio y sonrío ante la vista de mi nuevo instrumento de amor, adicional y ciertamente complementario, no sustituto de mi estimable y caluroso y tierno y caprichoso pero amable y ligeramente superior al promedio primer instrumento de amor, que ya tantas victorias, derrotas ha vivido. Pero lo guardo rápido y paso unos días con el secreto escondido en la billetera, un poco temeroso, orgulloso: avergonzado quizás de la envergadura dorada de mi nuevo aparato.

Y quizás una tarde me decido. Quizás una tarde, una noche de domingo estoy comprando un sándwich de pavo con palta en La Gran Fruta mientras espero que sean las 9:30 de la noche para que empiece Harry Potter 6 en el cine. Y de pronto arrojado, decido utilizar mi falo. Lo extraigo, desenvaino y blando mi falo, lo paso yo mismo con esmero por el P.O.S. y ejecuto el resto del trámite con abrumadora diligencia. Extiendo los restos de la faena hasta la señorita, se los entrego: ella los sostiene, me mira y después los revisa, me dice mientras me mira entre los ojos.

Señor, su firma no coincide con la de su DNI.

Lo vuelvo a intentar.

Señor, su firme no coincide. Tiene que hacer su firma EXACTAMENTE igual.

De pronto tengo un falo que no puedo utilizar. De pronto, no puedo querer. Quiero cortar a mi amor en mil pedazos. De pronto quiero llorar y jalar mi amor por el water.

Bajaba por Alfredo Salazar, hacía mi ruta favorita de los domingos. Iba en chanclas, llevaba el jean que me compré hace un par de semanas y en el torso sólo una camiseta. Estaba poco abrigado, yendo por la calle, y el viento me daba de frente y pegaba la camiseta contra mi pecho. No me considero particularmente tetón, soy más bien escuálido, pero igual me sentía expuesto. Iba expuesto por la calle, descarado. Era una diva por la pasarela.

A pesar del frío, del viento que corre en las tardes ahora, no puedo estar más vestido para caminar. Me resulta al rato insoportable. Cuando uno camina, igual cuando uno piensa, el principio es lerdo y lento; el frío, que es el paralelo físico de la soledad, todavía nos envuelve. Pienso que es sólo por eso que la mayoría de las veces nos da flojera aventurarnos hacia ambas prácticas. Pero después de empezar todo se parece a un tren cuando arranca. Silenciosamente nos vamos adhiriendo a un ritmo, ya estamos en marcha, y existe un pulso que crece, se estabiliza, y luego una temperatura tangible aparece, es el síntoma de un trance, un tránsito beligerante y cálido que no es sólo físico sino también sentimental. Y creo que en cada una de estas travesías desopilantes se contienen los breves momentos en que creemos, cándidos, que podemos vencer a todos nuestros enemigos.

Por eso es que yo corría invencible, digamos que caminaba y pensaba en todo esto, llevaba orgulloso mis pezones al viento, era una diva fuera de control: hacía mi ruta favorita de todos los domingos y la verdad es que estaba contento. Faltaban todavía unas cuadras para doblar a la izquierda en Jacinto Lara y luego doblar a la derecha en Víctor Maurtua, de ahí otro tanto de cuadras para llegar a Belén y entrar a la residencial Santa Cruz, penetrar en ella y detenerme en esas pirámides de cemento que sirven de jardineras y que de chico utilizaba de rampas para ir corriendo contra ellas como ahora corro contra rampas abstractas, en los que quizás fueron mis primeros verdaderos intento de proyección.

Bajaba por Alfredo Salazar, todavía faltaba para doblar a la izquierda y en un momento me volví a la derecha. No fue imprevisto, siempre me vuelvo a ver esta misma casa. Me gusta mucho. Tiene dos pisos y un frente antiguo, como ya no los hacen. No es que sea vieja, pero pocas casas están ahora tan abiertas a la calle, sin mayor retiro, con muchas ventanas que las exponen, ventanas con dinteles protuberantes y pasados de moda, tan pasados de moda como la puerta de madera pintada color perla, no muy alta y con la perilla enorme y en el medio.

Vi la casa y todo en ella parecía estar igual, todo en ella parecía estar como cada domingo. Siempre es reconfortante constatar que nuestros símbolos persisten. Estos símbolos son partes de nuestras costumbres. Identificar el tono de esta casa es parte de cada uno de mis viajes. Y las costumbres no son más que formas concretas del ritmo, la cuota de ritmo que nos ayuda a vivir (lo dijo Cortázar en Carta a una Señorita en París, yo sólo lo recuerdo).

Estaba el Volvo ya viejo, color guinda, uno de esos Volvos antiguos que tienen una línea que los envuelve, una arista metálica que le da la vuelta entera al vehículo unos centímetros más abajo de donde comienza la ventana en las puertas. Estaba estacionado como siempre en la rampa de cemento, perpendicular y sobre la vereda. Tras la reja negra, estaba el suelo del garaje, compuesto de mosaicos negros y blancos, mosaicos que conforman bandas ondulantes y diagonales, exactamente los mismos mosaicos que solía tener el Club Regatas en todo el zócalo que es la zona de las Playas 1 y 2. Sobre él estaba el Mercedes Benz verde aún más antiguo que el Volvo, y que podría apostar tiene menos de 20,000 km. Estaba también la mesa del comedor en el primero piso, que puedo ver por una ventana amplia de unos 5 metros de ancho y que en ocasiones velan unas cortinas de tela beige, pero que esa tarde estaban abiertas y mostraban que la sala estaba vacía y que a diferencia de otros domingos, la familia no está reunida para almorzar.

Salvado detalles, el resto de la casa también parecía ser la misma, exactamente. Desde los vitrales que decoran la ventana del baño del segundo piso hasta las palomas en el techo, paradas sobre la antena de Direct TV. Pero entonces, al elevar la mirada, reconocí la diferencia: viendo el segundo piso, por la ventana que está sobre el garaje, dentro del cuarto principal descubrí la forma cilíndrica de un paquete de suero. Colgaba de un parante metálico; pendía de él una cánula plástica que descendía hasta una cama de clínica: amplía, eléctrica, tétrica. No llegaba a verse el enfermo, pero los familiares rodeaban la cama. Uno joven se apoyaba, fingiendo estar cool, a un lado. En el extremo opuesto lloraba desconsoladamente una señora.

Bajé la mirada. Yo estaba del lado opuesto de la calle. A 5 metros mío, cruzando la pista, estaba el guachimán de esa cuadra. Sin mirar di un brinco por sobre el sardinel y atravesé el asfalto.

Acercándome a él, le dije Señor, ¿qué ha pasado?

Joven me dijo, la nonna está enferma.

Dos horas después, sigo sentado en una de las pirámides. Escribo esta crónica sosa y un niño juego con su skate. Se impulsa y va contra la pirámide, no llega hasta la parte de arriba, ya se ha caído dos veces. De pronto no lo intenta con todo, no la acomete lo más rápido que puede. ¿Es que tiene miedo? ¿Teme que yo me ría si se saca la mierda?

Apoyado contra el cemento, yo escribo en una y otra y otra servilleta del Starbucks –tengo alrededor de 20- y él, que pasa muy cerca, no entiende qué mierda hago escribiendo en una y otra y otra y otra servilleta del Starbucks, no sabe que lo estoy viendo y que esta es la crónica sosa que debo escribir, que no puedo dejar de escribir.

Me gustaría explicarle, porque él es yo y viceversa y la cuestión, al cabo, es sencilla.

jb-amazed

¿No son pocos, acaso, los espejos? ¿Cuántos son los espacios donde puede uno verdaderamente reconocerse sin entrar en ficciones? ¿¡Y dónde, por la puta madre, dónde están!?

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Gabriela, que según ella está gorda pero que en realidad no me parece que esté gorda, que dice que ha engordado y por eso ya no se pone jeans y politos sino unos trapos sueltos que también están chéveres, pero que más bien debería pensar que está más rica, más power, que aunque no sea algo que a mi me guste ciertamente es algo que le encanta a muchísimos hombres, puesto que mi gusto por las cuerpos andróginos no es generalizado, porque el gusto por la voluptuosidad es en realidad el más extendido entre los hombres, ella, que de vez en cuando lee esto, aunque no me imagino que con demasiada religiosidad ni atención porque siempre me ha dado la impresión de que tiene muchísimo mejores cosas que hacer, porque siempre que la recuerdo imagino que está en orgías lesbianas, envuelta en suntuosidad o tragedia, o en todo caso en algún lugar público y bacán, rodeada de gente hip hablando de cosas comunes, vestidos todos hip y siempre observados por gente que los admira y piensa que nunca podrán ser tan hip como ellos y que intentan lograrlo poniéndose fotos en Facebook a lo Marilyn Monroe por Andy Warhol, o por gente que los desprecia porque se juran hip y son vanos, gente mucho más subte y probablemente mucho más real que ella y sus amigos, gente que no sabe que ser real quizás esté sobrevaluado, que la impostura, cuando amalgama de niebla y escarnio, es hermosa, gente real pero condenada a tener menos plata, cuando quizás, como dudamos en esos momentos menos valientes, más egoístas, la plata no es poca cosa en este mundo porque te permite ir de viaje a Europa o Cuba o Tailandia y eso vale muchísimo, aparentemente, porque te permite curar a tus hijos si los tienes y porque te permite comer delicioso y ver pelas y comprar libros y hasta sexo si lo necesitas y todo eso tampoco es poca cosa, aparentemente, ella, que con todo quizás es mucho más real que yo, mucho más impostada que yo, ella me ha dicho que hace mucho tiempo que no escribo cosas filin: Juan, hace tiempo que no escribes nada filin.

Y Gabriela tiene y no tiene razón: el verano ya pasó hace mucho tiempo, yo estoy viviendo, persistiendo a base da cafeína y deporte y de conversaciones con mis superiores y de pequeños shows, pequeñas ceremonias que orquesto a lo largo de los días, a su vez también pequeños, pequeñas ceremonias que me tienen a mi como protagonista, al mismo tiempo ofrenda, al mismo tiempo músico, coro, sonidista, estoy viviendo a base de ceremonias, posturas frustradas y borracheras largas, resacas vespertinas y alegres y aromas de cafés negros sin azúcar en los que me reflejo, desasosegado, mientras paseo, deambulo por cualquier calle hacia otros barrios, intencionalmente al azar (si eso es posible), fuera de los senderos que contienen mis comercios habituales, mis amores pasados, ahora enamorado de las viejecitas deformes que venden caramelos, especialmente de dos de ellas, una en una banca, con los ojos enormes y la sonrisa perenne que me pregunta la hora, otra sentada en una esquina, arqueada como un arco, y yo fantaseando con esporádicas siestas en parques rociados, muy adepto al humo gris y tratando de pensar, bajo una luz, entre sombras, que cuando fumo un cigarro no lo hago para parecerme a Frank Sinatra en el escenario, tampoco a Woody Allen en esa escena de Manhattan, sino simplemente porque me quiero mucho, mucho más de lo que es obvio, y porque me gusta que el humo entre en mí para ahogarme un tanto, tentando la posibilidad de morir un poco más rápido, un poco mejor, porque morirme bien quiero que sea mi única preocupación, morirme bien espero que sea mi única meta e intención y esfuerzo hoy, hoy que ya nada me preocupa, hoy que no me preocupa lo que diga quien sea, hoy que los espejos me duelen, tétricos como jueces, cuando las mujeres me importan ya muy poco, cuando puede decidir entre dos de ellas, entre sus besos y el humor de sus ingles con la misma ligereza con la que podría escoger unas Margaritas sobre unas Pícaras, hoy cuando lo único que quisiera, cuando aquello por lo que mataría sería algún tipo de certeza, cualquiera.

Así… ¿en qué pensar, francamente? Quizás deba pensar en caminos que se cruzan, en caminos que se bifurcan, en caminos que se cruzan, en caminos que se bifurcan.




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