Posts Tagged ‘predestinación’

Lo primero que hice fue colocar una bandera… miento, eso sucedió un poco después. En realidad lo primero que hice después de bajar del avión fue tomar un tren, luego tomar el metro, después andar por una calle fría y diagonal, iluminada por faroles metálicos, transitada con mucho orden por autos, hombres en bicicletas y mujeres a pie, subir a un primer piso colmado de una humareda que emanaba de sendos porros, luego bajar del primer piso, caminar hasta la esquina al bar de un chino muy educado, beber 3 cervezas catalanas medianas y una clara, luego subir al mismo primer piso, beber 2 cervezas más, esta vez holandesas y pequeñas, después dormir acurrucado en un sofá plegable, sólo entonces colocar la bandera. Es decir que lo undécimo que hice fue colocar una bandera en Barcelona. Y esa bandera se concretó en la forma de un colchón.

He clavado mi primera bandera en el suelo de esta ciudad. He hundido el asta de mi bandera en el suelo catalán, donde pretendo establecerme. He hundido mi bandera y de tal modo he puesto el primer pie en esta tierra, el primero de los dos pies de los que dispongo aún y que no sé todavía precisamente con qué timing se volverán a juntar en un solo lugar. Quizás eso no suceda jamás otra vez. Quizás estoy destinado, fui hecho para nunca sentirme en casa, como definitivamente no me siento ahora en casa, demasiado frío, y como nunca me he sentido en cualquier ocasión antes en casa. Nunca, con nadie, en ninguna situación. Tengo hoy un pie todavía en Lima y acaso, de hecho ocurre que a veces lo siento así, ese pie jamás se despegue de su ubicación actual, fijo a ciertos lugares comunes a los que constantemente vuelvo y que me halan como si fuera pequeñas cuevas húmedas y dulces y con un talento social para la canción poco afectada.

Quiero decir que me levanté la primera mañana tras mi primera noche en Barcelona y fui a Ikea y me compré un colchón de espuma. Poco después supe que lo quería, le cambié el género y le puse Montserrat. La quería, de pronto lo supe. Era mi primera posesión española y la había elegido por eso con minuciosidad. Había paseado horas por la tienda, luminosa y musical como un casino, hubo algo en ella que me atrajo. No fueron los atributos que pudiera tener –pues no era la mejor– ni su precio –que no era tampoco el mejor– los que me sedujeron. Fue algo más, inmaterial, propio de ella y no ubicable en sus 10 cm de espesor compresible. De hecho si entro a la página web de Ikea, ellos no me recomiendan a Montserrat. Por supuesto, ellos recomiendan colchones mucho más caros que Montserrat. Montserrat sólo cuesta 55 euros, cuando ellos no recomiendan nada bajo los 129. Curioso, no me sentiría a gusto con uno así. En mi condición de excursionista y colocador improvisado de banderas, creo ser solamente digno de Montserrat y de su espuma que Ikea, calculo como menos logrando un margen de 100%, precia en 55 sencillos euros.

Comiendo en un japonés le he contado a Daniel y a Dunja y a Sandra que Montserrat se llamaba así, que había reconocido en ella una identidad persistente y femenina y que la había tenido que bautizar, tal como, por ejemplo, tuve que bautizar mi Bacinica como Robin. Me han escuchado y hemos seguido comiendo. Luego, esa misma noche he sabido que Montserrat es mi primera bandera. Después de encender la luz de mi estrecha habitación, la he reconocido, ondeando en la atmósfera quieta, flagrante como un grito. Apostada fuera de mi hogar, es mi primera señal de auxilio. Montserrat es la primera señal de mi partida, el anuncio de todo lo que debo hacer de ahora en adelante. Es la primera manifestación de que me cago en diversas cosas, la declaración abierta de la guerra silenciosa que se ha ido cociendo bajo tierra, el momento justo en una fiesta antes de que se saque la primera botella de vino.

Escribo ahora mismo sentado en mi primera bandera. Mi primera bandera es sueca y está hecha de espuma. Ahora mismo ondea en una habitación muy oscura, iluminada sólo por la pantalla de la computadora. Fuera llueve, nieva, alternativamente cualquiera de ambos. Totalmente solo, escribo y escribo y escribo sandeces mientras cojo mi bandera del asta, la blando en la oscuridad como si fuera una metralleta.

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Nos han dicho que la nonna se va a morir. Es así de sencillo.

No puedo decir que sentí que no lo podía creer. No es así: lo creí desde un principio. Quizás mi mamá no lo pudo creer. Probablemente el nonno no lo pudo creer. Pero yo lo creí desde un principio. No gozo de esa particularidad. Siempre creo en las cosas cuando suceden. La realidad a veces se engrandece tanto, se hace en exceso tangible, inmediatamente se distorsiona. Cuando podría no estar sucediéndome aquello, yo sé que lo está. Suelo verla toda, es demasiada, se aparece para mí: la realidad es un monstruo desopilante que me sonríe y se mofa. Yo he aprendido a mofarme de la manera en que ella se mofa de mí y quizás ese sea mi mayor logro, lo único que me justifique, todo lo que haya logrado y jamás logre. Pero otras veces la realidad no se está riendo sino que está hambrienta, es como un toro cachondo que viene a cogerme. Y yo no soy un matador, soy mucho menos, no me veo bien en traje de luces, no quepo en esas mallas y por tanto la realidad me coge, no me avisa, estoy allí detenido cuando ella viene por mí, no la evito, quizás ni siquiera busco evitarla, no la esquivo: no puedo sonreírle ni puedo, en consecuencia, decir que no puedo creer lo que me está sucediendo. Yo ya lo sabía, yo la había visto venir. Y puesto que es en ocasiones descomunal, es tanta la realidad que se distorsiona. No puede ser de otro modo, pues desdobla sus límites, rápido se quiebran los vasos sanguíneos en su mitra colorada y los ojos se le ponen rojísimos, como dos fogones. Los míos inmediatamente se cierran, se vuelven a abrir, caigo en un vahído, luego vomito y quizás sólo después todo vuelve a la normalidad.

La nonna se va a morir. Tiene cáncer. Es terminal. El Doctor ha convocado a mi mamá a un pequeño cuarto de la Clínica San Felipe. Mi madre ha llamado al nonno también. Han entrado los dos al pequeño cuarto y el Doctor les ha dicho que mi nonna no va a mejorar, que tiene cáncer, que es terminal. Mi mamá se ha puesto a llorar. Mi nonno, así lo dice mi mamá, se limitó a temblar. Por un momento no lo han podido creer. Luego mi mamá ha manejado a mi casa y le ha dicho a mi hermano. Mientras mi mamá ha entrado a su cuarto un momento para lavarse la cara, mi hermano ha entrado a mi cuarto y me ha contado a mí y yo no he sabido qué decir. Me he preparado un café y he visto un rato videos en Youtube. No he sabido qué decir, sólo he sabido cuan real es esto, cuan inevitable. Más tarde mi papá nos ha llamado y nos ha dado la versión oficial, el comunicado familiar, como a él le gusta. Después no ha pasado mucho más. Los días han transcurrido solamente. Hemos almorzado todos juntos, he visto televisión, he dormido, he ido a trabajar. He pensado también qué difícil es saber dónde empieza la identidad que uno posee; cómo, en general, es muy difícil identificar la identidad de uno. No estoy seguro de dónde está ni cuál es mi identidad precisamente, ni la verdadera y menos la falsa, la impostada, pero mientras me siento en mi computadora y veo una fotografía de toda la familia del lado de mi madre y se la explico a Carolina, sé que si de alguna identidad dispongo tiene mucho de lo que estoy viendo, que en alguna parte de esto está algo de lo que soy, si bien no todo algo, y que ese algo inevitablemente tiene que emerger o haberse engendrado de cierto modo en mi nonno y en mi nonna y que así la muerte de mi nonna de algún modo es la muerte de esa parte de mí, quizás el principio de mi muerte o la primera de todas mis muertes. Pues es seguro que yo no soy sólo yo, sino que soy además todos los que me han hecho, incluso quizás soy sólo una esponja y así, más allá del cuerpo que utilizo diariamente, soy sólo todo lo que me ha sido entregado por otros y en realidad nada que haya creado yo mismo.

Me he acercado a su cama y ya no ha abierto los ojos. Le he cogido la mano y ha pestañeado. Kenneth le ha hablado algunas cosas. Mi hermano le ha hablado de polenta, le ha preguntado si prefiere su polenta con tuco o con mantequilla. Ella le ha dicho que tuco. Pero yo me he acercado y a mí no me ha podido decir nada, quizás porque ha estado ya demasiado débil o o ida o quizás porque no dije nada. Sinceramente no recuerdo si dije algo. Sólo recuerdo estar allí y poco más. Recordé cómo era esa habitación hace 5 años, después hace 15 años. Pero esta vez la habitación ha sido distinta. La enfermera me ha visto acercarme y me ha sonreído. El lecho ahora es como el de una clínica. Está ella en el centro de la habitación donde ha dormido los últimos 40 años. A sus lados hay aparatos y tubos apropiados. Una cantidad de máquinas, de últimas ayudas. A su izquierda hay un estandarte: una vara metálica que se eleva sobre una base arácnida y de cuya punta no cuelga un escudo, cuelga solamente una bolsa de un suero ámbar. Desde ella una cánula traslúcida desciende, traza una curva amplia, corre por encima de las sábanas y se acerca a su cara, entra silenciosa por una de las fosas nasales ahora pálidas, envejecidas, quiero decir rendidas.

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Estoy seguro de que se lo he dicho a Gabriela varias veces. Por ejemplo tomando café descafeinado un domingo a las 11 de la noche, o estacionados más temprano en el malecón, hablando de Italia y España, cada uno, respectivamente. Se lo dije a Clo el día del concierto de Depeche Mode mientras caminábamos en frente de ese cuerpo artificial, ese armatoste terrible que es la oficina principal del BCP en Santa Patricia. Un momento en la terraza de un piso 17 en San Isidro, desde donde maravillosamente se pueden ver los cerros al norte y al este, la playa de la Bahía de Miraflores al oeste, en todas direcciones la ciudad chata y horrorosa, extendida como una sábana sucia, incluso el sunset, en los veranos un sunset cegador que es como una lámpara roja y huachafa, se lo comenté a Rafael y Estefanía y se rieron. Se lo escribí una vez por messenger a Luciana y también se rió (entonces empecé a considerar que quizás sí era gracioso). Se lo he querido decir el domingo a Carolina, quizás antes también, pero se me ha pasado. Probablemente le he dicho cualquier otra cosa en cambio (hay demasiadas cosas que quiero decirle constantemente a Carolina y es entonces muy natural que se me olviden algunas, que no pueda decirlas todas al mismo tiempo).

A Rafael y Estefanía se los dije en medio de un ventarrón y probablemente ni lo recuerden. Estefanía miraba hacia Ripley y Rafael señalaba el nuevo logo del Interbank. Yo trataba de ver por la ventana del baño de mujeres del edifico de al lado y se los dije como se dicen las tragedias en una oficina: con aplomo práctico, como si fueran triviales cojudeces que se dicen rápido mientras se trata de ver dentro de un baño de mujeres y no cuestiones materiales, como si en el instante de un ventarrón cierta providencia –además infalible– fuera a salvarnos de ellas de cualquier modo y no importara realmente lo que pensáramos o pensaran otros al respecto. En efecto, ellos no piensan nada al respecto. Pero a Clo se le dije distinto, como de casualidad. Casi fue un lapsus. Así como el criminal que es atrapado porque delicadamente suelta la verdad en una conversación cualquiera, sobre carros, sobre helados, sobre libros, quién sabe: sobre recetas para escalfar huevos, precisamente de ese modo. Íbamos andando junto al armatoste, yo tomaba té verde y ella comía galletas y yo lo dejé entrever. A Gabriela, en cambio, se lo dije sinceramente, con total intención y no con poca resignación, porque a Gabriela la conozco hace 17 años (y no 10, como ella piensa) y le puedo hablar con sinceridad y resignación, sin discriminar. Por supuesto, también se rió.

Especulo que hay una distancia entre todo y nosotros, entre lo que esperamos y lo que somos. No hay –casi nunca la hay– una coincidencia efectiva entre lo que funciona y lo que somos capaces de hacer. Hay habilidades básicas que se deben conocer. Hay técnicas implícitas que todos deben dominar. Ocurre, y no en pocas ocasiones, que esto no sucede. Luego, se define una brecha. Y en esta brecha, o en las distintas formas como somos concientes de esta brecha, está trazado absolutamente todo lo que haremos, querremos, besaremos, sucederá.

Le he empezado a escribir a Carolina mi papá no me enseñó a saltar, a golpear, a…

Yo estoy en la cama leyendo, o quizás viendo el programa de Anthony Bourdain y pensando en que él sí tiene un buen trabajo. Entonces ella se adormece, llora a mi costado. Se acurruca a mi lado y me abraza; toma mi barriga, como haciendo una cúpula con la palma de su mano, luego mete su mano debajo de mi pantalón y me dice que me ama. Me lo debe todo y yo lo sé, por eso le hago el amor todos los días. Pero es pésima haciendo el amor y ocasionalmente debo fingir mis orgasmos. Ella es en si misma insuficiente al amor. De pronto trata lo más que puede, me da la mano, me invita vino español que ha sido enfriado en un cántaro de barro y que yo bebo feliz mientras veo el programa de Anthony Bourdain, me besa tristemente en los ojos. De pronto toma mi corazón entre sus labios (un acto bastante temerario). Yo siento pena por ella y es entonces que le hago el amor, finjo mis orgasmos. Luego ella vuelve a llorar, preparamos café y ella prende un cigarro; salimos a la calle y ella compra chocolates baratos. Hemos parado anoche a las 3 de la mañana en un Repsol, le he querido explicar que el Ritter sport es mucho mejor que el Triangulo, que tiene que comprar chocolates con por lo menos 50% de cacao, si no es que 70%, pero ella es demasiado estúpida para entenderme.

Hace muchos años estaba en un bosque cuando me alcanzó por primera vez. Yo iba por una senda y ella apareció por el costado, silenciosa entre las ramas. Tenía el paso de una mujer bruta y yo inmediatamente supe que era bruta, quizás incluso un poco puta, pero ella quiso hacerme creer que era una gata, aguda y culta, lectora de 3 tragedias griegas y una comedia, dueña de 2 viajes a Nueva York (uno antes de la caída de las torres, uno después), es decir una mujer capaz de entretenerme. Sin embargo yo inmediatamente supe que ella era mucho menos. Puedo confesar que en ese tiempo pensé en Darwin: que muy pesimista deduje que estábamos todos jodidos, envueltos y atrapados para siempre por una manada asnal y beligerante de mujeres putas y brutas en busca de parir. En primer término odié su sonrisa, su camisa, sus ojos pardos, su peinado: era, en suma, demasiado hippie. Lo que quiero decir, rápidamente, es que era ese tipo de chica que habría debutado en Woodstock y que yo inmediatamente lo supe. Mientras que yo añoraba un contraste insolente, una desenvoltura púrpura, ella sólo podía proveerme de good vibes.

Me cago en tus good vibes pensé cuando la vi aparecer.

Y ella quiso hacerme creer que era una gata: un objeto seductor; otra cosa, no esa pobre excusa de mundo ocre que en verdad era; algo mejor y azul, algo excitante y refulgente, pertinente, incitante o categórico que me pudiera violar el alma como ya lo habían hecho otras mujeres antes, como ella jamás podría. ¿Por qué no podría? Porque era demasiado real y pertenecía a esa estirpe insana y comúnmente no cuestionada de imbéciles bien intencionados, amables y muy bien leídos que aman lo verdadero y que cargan a cuestas una cantidad infinita de argumentos irrebatibles; porque desconocía que el secreto del deseo no se hallaba en esos escritos con aprobación intelectual unánime que ella acumulaba en su mesa de noche sino sólo en una verde enfermedad, sólo en un avezado y ebrio leap of faith, en el perfecto dislate, en un espléndido absurdo.

Con este propósito –con el propósito de hacer creer que era una gata– primero brincó, anduvo sinuosa por una rama finísima, tan fina como un sollozo. Yo dudé, pensé ¿quién es esta chica?, no dudo puse cara de sorpresa. Y entonces se pasó de conchuda, en un arrebato de soberbia pretendió decirme miau. Miau me dijo. Y yo le dije puta Realidad. Me reía de ella mientras su tez enrojecía, sabiéndose reconocida. ¡Maldita puta, hija de puta Realidad!

En las noches encuentro que todo lo que nos rodea se refiere siempre a este minúsculo error original.

jermaine

Miguel se me adelantó y se presentó, se sentó a la mesa del café, sagaz como un gato, me miró los zapatos primero (eran unos sencillos zapatos de lona blanca y debió llamarle la atención su pueril, brillante condición), luego cruzó las piernas con esa manera sensible que tienen los hombres sensibles para amodorrarse y me dijo cómo se llamaba. Me dijo también, con cierta sonrisa orgullosa, que era un consagrado paparazzi.

Hola, soy Miguel, el amigo de Azucena, el consagrado paparazzi.

Yo me sorprendí. Él tenía los ojos claros y grises. Sudaba aún, a pesar de haber entrado al café hacía rato y de haberse sentado primero en otra mesa, mirándome de lejos unos minutos, dudando sobre si acercarse o no. Yo lo había reconocido a lo lejos –lo conocía ya de unas fotos en el Flickr de Azucena–, había reconocido sus ojos claros y grises. Después de notar mi sonrisa educada él se había decidido, se había levantado procurando una actitud desmedidamente vigorosa y había caminado directamente hasta la silla que estaba al otro lado de la mía. Se había sentado con un ademán elegante, como de intelectual de moda tomando asiento en un concurrido café vienés, y así había descubierto yo que si bien tenía los ojos claros y grises, al mismo tiempo eran demasiado amplios, estaban envidrados, eran brillantes y azules, estaban como estrellados en el espacio. Risueño, los utilizaba para mirarme detenidamente mientras jadeaba. Yo proseguí con la conversación y le dije muy serio que en Lima no había paparazzi. Él me dijo ¿y qué crees, que te estoy mintiendo? Yo le quise decir que sí, que era muy bello y que por tanto tenía cara de puto y que por tanto tenía que ser un mentiroso. Todos los hombres somos así. Pero él no tenía cara de estar mintiendo realmente, nos reímos y así fue que supe que Miguel era el primer paparazzi limeño que conocía.

Había llegado a Miguel a través de Azucena. Había llegado a Azucena a través de un beso. Había llegado a aquel beso a través de una mirada. Me había aventurado a esa mirada, ya un año atrás, gracias a una perfecta desesperación. Un año después y omitiendo cientos de detalles, había quedado con Azucena en tomarnos un café, con ella y un amigo suyo, fotógrafo. Había bromeado con Azucena sobre tomar unas fotos después. Unas fotos en ese sitio donde fuimos una vez me había dicho. Y ahora, mientras me sentaba con Miguel a tomar un café en ausencia de Azucena, no reparaba cabalmente en lo vago que había sido todo aquello. Me atenía a la realidad: sabía ya, por ejemplo, que Azucena era preciosa y estudiaba diseño de modas, que sólo quería saber de hombres y que yo era uno, lo que presentía no debía ser una casualidad: debía ser una señal que me condujera hasta poseerla. A ella, con sus cejas oscuras y con sus greñas magníficas, con sus ojos magos y esos labios que parecían de plexiglás. Adicionalmente estaba por saber que Miguel, a su vez, era el mayor experto en hombres que transitara la ciudad. Experto en siluetas de hombre, en perfiles de hombre, en iluminación muy profesional de hombres: experto en sucios cuerpos de hombre fotografiados en bañeras, indignamente fallecidos bajo puentes, desnudados entre sábanas e incluso montados en vistosos automóviles. En resumen, estaba por concluir que ambos amaban los penes. Sólo que Azucena tendía a escribir poemas –muy malos, por cierto– sobre penes paternales y maravillosos y dignos y generosos, llenos de templanza o sabiduría, mientras que Miguel prefería buscarlos en Internet, principalmente en versiones portentosas. Eso no los hacía perfectamente compatibles, pero eran grandísimos amigos, me explicaría Miguel. Pues si bien Azucena era una chica muy sensible prefería jactarse de femme fatale, entiéndase: de puta imposible. Y Miguel, muy apropiadamente, era efectivamente una puta imposible. En esta coincidencia yacía el secreto de su amistad incondicional, glamorosa, intermitente, jodida, ocasionalmente tierna, al cabo perfecta y envidiable.

Azucena no va a poder venir, se quedó en el estudio me dijo.

Mirar a Miguel me daba cierta paz, cierta lujuria exánime, aquella lujuria que no propulsa ni ocasiona rubores o erecciones sino que reposa, incita al reposo, no coacciona a lo animal, sólo permite intuir su posibilidad o un atisbo de ella lo suficientemente pequeño como para negarla, y que por tanto es una lujuria fácil de llevar, una lujuria acaso moral, colonial, una lujuria secreta de verano y balneario apacible durante la cual se puede tomar un café caliente o escribir un libro extremadamente prudente sobre política económica o tener una familia contenta en la Lima de 1963, recién elegido Belaúnde, con hijos modosos y una esposa poco puta, así como mi madre. Mirar a Miguel me decía que yo estaba tranquilo y era hombre, que este café, negro como un espejo, estaba justamente amargo, bien a pesar de que no hubiera venido Azucena, a pesar de que en vez de ella (junto con la posibilidad difícil pero seductora de desvestirla) sólo viniera un amigo de ella, incluso cuando muy probablemente lo que él quería no era precisamente ayudarme a desvestirla, en cambio desvestirme a mí. Quiero decir que mirar a Miguel en los ojos, todavía con el gigantesco desaliento que me causaba, me permitía pensar con cabalidad, dilapidar cánones, me permitía dilucidar lo estricto de lo estrecho, lo amplio de lo dilatado, hacer deslindes entre política y pasión, casi discurrir como un conquistador por el espacio sonoro, acústico del café. Pero aún así, a pesar de este sosiego en el que Miguel me inducía, y muy a pesar de no estar pasándola nada mal con él, no entendía el cometido de todo. ¿Qué mierda estábamos haciendo los dos solos aquí?

10 minutos después decidimos pagar la cuenta y nos paramos. Él tomo la puerta metálica para que yo pudiera pasar a la calle primero y el viento entró rugiendo mientras cruzaba el umbral. Se me revolvieron los pelos. Me sentí de pronto una dama, perfecta y coqueta. Y no puedo decir que me disgustó sentirme una dama. En cualquier caso era mucho mejor ser una dama con los pelos revueltos que ser lo que era la mayoría de las noches como esta. Salimos y caminamos rápidamente por la vereda mientras él hacía chistes y yo miraba los árboles, los verdes árboles de la noche y el tiempo que vivíamos, árboles fantoches que debían estar riéndose al mirarme pasar: una dama excelentísima, walking around. Yo los escuchaba poco, también escuchaba poco a Miguel. No pensaba en lo que me decía, en cambio miraba derecho: pensaba en la calzada gris rata, rajada por las raíces de los árboles fantoches, pensaba en los autos que pasaban, en la tragedia humeante que era nuestro parque automotor. Pensaba en todo el futuro, abriéndose como una red endemoniada, como la raíz de un árbol fuera del control de todos, de mí, de Azucena y de cualquier Presidente de los Estados Unidos de América. Pensaba en todo el pasado al mismo tiempo, duro y salomónico e incapaz de perdonarme. Y así yo iba ido y él siguió hablando y yo seguí junto a él, siempre completamente ido pero sorteando a los vendedores ambulantes y a los niños que nos pedían propinas con genial pericia, con la gracia generosa y apocopada que quiero sospecharle, hoy tan lejos y con referencias históricas seguramente tan sesgadas, a María Antonieta. Lo que es decir que en ese momento yo fui exacta y perfectamente María Antonieta, y que él fue mi Marlon Brando, que cruzamos raudamente la avenida sobre la que estaba el café, iluminados por las lámparas de los restaurantes (uno suizo, uno israelí, uno italiano, uno chino) mientras brillábamos y sonreíamos y cuando acaso algún taxista de moral moderna envidió nuestro amor flagrante. Del otro lado, al llegar a la esquina, tomamos una calle transversal y caminamos en dirección al sur entre los casinos. Seguimos así alrededor de 30 minutos. Mientras la avenida se volvía cada vez más oscura, se velaba cubierta por edificios angostísimos y toldos rectangulares que penetraban la avenida desde terrazas repletas de recipientes y helechos. Llegamos a una plazoleta inclinada. Después de cruzarla, esquivando el monumento a Bolívar que se apostaba al centro como si fuera un pequeño campo minado, tomamos un pasaje que descendía hacia el acantilado. Estaba bordeado por casas distintamente construidas. Desde fachadas afrancesadas hasta pulcras fachadas mínimas, había una diversidad tal que parecía un catálogo estrambótico de la arquitectura europea del siglo XX. El pasaje desembocaba finalmente en el malecón. Entonces tomamos el malecón otra vez hacia el sur y al cabo de un rato alcanzamos una pequeña redondela. Tras dar un tercio de giro, en diagonal hacia abajo y hacia el acantilado, bajamos por un camino empedrado que se ahondaba después de unos segundos en una quebrada muy angosta. Bajo un puente de caña seguimos el camino hasta que alcanzamos un descanso rodeado por los acantilados. Frente a los ojos, el mar se exponía como una garganta exhalando salmuera sobre nosotros. Era el límite de la ciudad. Allí me senté sobre un poyo de cemento.

Él se despabiló con una risa distendida, rápidamente abrió su mochila, sacó un aparato desproporcionado y telescópico. Para la primera foto se detuvo a 15 metros de mí, mirándome con ojos profesionales. ¡Flash! Yo quise sonreír como la hermosa Farah Fawcett en ropa de baño (mucho antes de su enfermedad). En la segunda foto se puso en cuclillas a 8 metros de mí. ¡Flash! Yo quise sonreír como Farah Fawcett en un vestido de gala (durante su enfermedad). En la tercera, cuarta y hasta la décima foto, Miguel hizo un giro amplio, trazó medio círculo, trasuntó un hemisferio, lo giró desde la imagen frontal de mis ojos hasta el perfil muy próximo de mi quijada incrédula. ¡Flash! Berlusconi en una pool party, cien mujeres calatas rodeándolo y cámaras de televisión. ¡Flash! Bob Marley, reducido y alegre, fumando un porro en un espacio extrañamente oscuro. ¡Flash! Megan Fox desvistiendo a la humanidad entera con los ojos. ¡Flash! Philip Roth dando una conferencia, hablando barbaridades de la literatura sudamericana. ¡Flash! Steven Spielberg, pelucón, muerto en una esquina de Munich. ¡Flash! La Kirchner cruzada de piernas, mira el cielo, se abanica y habla maravillas del futuro. ¡Flash! Yo mismo, durmiendo una siesta en un piso en Barcelona.

No puedo decir que entendía lo que sucedía mientras Miguel hacía de las suyas. No puedo aseverar tampoco que él lo hiciera, pues trastabillaba mientras avanzaba hacia mí, murmuraba indiscutibles incoherencias y parecía volver a transpirar. No puedo aseverar que entonces me sentí cómodo, incómodo, comprendido, sucinto, expatriado, circunscrito, desparramado, ambivalente o tenaz. No puedo aseverar qué demonios trajo a mí esa vorágine que sentí, ese agujero negro y megalómano que enzarzó mi ánimo y que me permitió, por 45 o 60 segundos de gloria celeste, volverme la versión masculina de Kate Moss. No puedo aseverar absolutamente nada. Quizás puedo sugerir que pensaba en la conversación que habíamos tenido, en sus inflexiones frívolas y en las gracias que me había causado la estupidez indescifrable y consistente de Miguel. Quizás puedo aceptar que Miguel había logrado confundirme, que había sacado la diva de mi corazón y que yo, en ese precioso instante, lo admiraba por eso.

Tras la décima foto Miguel se había sentado a mi lado. Se acercó mucho y en ese momento lo interrumpí, detuve su mano que se aproximaba asiéndola con la mía que temblaba, un poco nerviosa. Le dije Miguel, me gustan las chicas. Entonces lo solté y me eché hacia atrás, levantando las piernas sobre el poyo, junto a mis muslos, de tal modo que formaran un escudo contra él. Él se estiró, volvió a alcanzar mi mano y puso en ella la cámara de fotos. Sonso me dijo. Se río: sólo vamos a tomar unas fotos.

Una fotografía lustrosa del puente de los baños. Una fotografía de un anciano que cruza el puente y lleva una gorra de caña. Tiene el mostacho azabache y descomunal. Una fotografía de los restaurantes en lo alto del acantilado, iluminados y radiantes: fucsias, capulíes, verdes, azulinos. Una fotografía del ángulo agudo de las lozas del muro chato que separa el camino del acantilado, extendidas hasta el quiebre del camino. Un tobogán de piedra. Una fotografía de las pálidas nubes contra el éter azul, como leche diluida derramada sobre un hielo profundo. Una fotografía del mar: una fotografía de un útero plástico fecundado con pequeñas semillas de jebe y miles o millones de imaginaciones. Una fotografía de dos amantes que caminan, se separan miles de centímetros, vuelven a caminar juntos y cruzan la pista. Una fotografía de un camión ciertamente misterioso que lleva redes de pescar. Infringe 30 reglas de tránsito. Una fotografía de las pequeñas tiendas de los pescadores clausuradas por la SUNAT. Una fotografía de la playa, de la luz de la ciudad plateándola por la espalda, confundiéndola, sugiriendo que el hombre pequeño que la cruza no es un simple y miserable hombre descalzo. Es Neil Armstrong, un poco encorvado. Una fotografía magnífica de la urdimbre de una estera. Una fotografía obscura, apenas discernible en ella la forma de las sombras: la espuma, un espigón, el reflejo líquido del rompiente. Una fotografía desenfocada de la noche. Una fotografía del sueño mismo, aparecido, personificado en una mujer idéntica a Liv Tyler y vestida de blanco que viene hacia nosotros caminando desde el mar, gritando palabras ininteligibles. Habla el idioma ancestral de las sirenas. Una sencilla pero franca fotografía del abismo.

No me gustan los subterráneos, si bien decirlo así –tan llanamente– quizás sea un exceso, un poco una licencia, el desvarío que me permito una noche de domingo satisfecho y sin melancolía, sin mayores deseos que aquellos de volver a mi casa, hasta mi casa y mi cama y mi water, a mi espacio en otra ciudad desde esta ciudad que todavía me parece tan abrumadoramente seca como cuando llegué a ella. Y seca no por la gente, que es ocasionalmente jovial y me ha extendido ya algunos cariños desprendidos, seca sólo por la ausencia de vapor en su aire y la textura crujiente que le ha dado a mis labios otrora húmedos, ávidos, pringosos.

Porque definitivamente sí me atraen los subterráneos, extensos y esbeltos, me atraen como magnetos poco iluminados, como el olor de la saliva seca sobre la piel entibiada, especialmente alrededor de la zona inguinal, y como los brazos… los brazos largos o cortos que pueden o no abrazarme (y que para mi satisfacción el mayor número de las veces no lo hacen). Por lo menos estoy seguro de que me gustó el Subway. Subí muchísimas veces al Subway en Manhattan, desde la 81 hasta todas partes y siempre de vuelta a la 81. Adicionalmente tengo el presentimiento de que me gustaría el Underground y con demasiada certeza sé que me gustará el Métro.

Todavía no los conocí. (Tantas cosas todavía no las conocí.)

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Es así que subí al avión. Pensando en esto subí al avión de LAN que me dejaría en Ezeiza. Soñando con ir en Subte, escurrido y somnoliento. Y ya han pasado dos semanas desde que he subido al avión en el Jorge Chávez y esta es mi última noche en Buenos Aires y he ido muchísimo en Subte y sí deseo irme y no deseo extraviarme en el Subte para siempre. No quisiera dar esa idea. Menos deseo ya besar a la argentina más linda de todas y contagiarme de gripe, menos ya arrojarme a las vías del tren, muy a lo Luis Hernández.

Les he mentido a mis amigos, en una estación bajo la 9 de Julio, con el ceño trémulo a estas vías se lanzó un poeta chileno. Han puesto cara de sorpresa, terror, y me ha hecho gracia.

Sencillamente espero ahora encontrarme –donde sea, cuando sea–, quizás encontrar a otros también. Después reproducirme. Espero acumular un número siempre creciente de personas, agregarme a ellos y beber sus almas. Y no ha habido poco de todo eso en estas gratas vacaciones.

Pensando en morir había subido a ese avión. Creo que no por un extremo ánimo fatalista, sino sólo por un convencional ánimo convencionalista. Pero subí a ese avión y unas horas después dejé de pensar en morir en el Subte y más bien pensé en robar de cada quien todo lo que pudiera. Me pareció mucho más lucrativo, constructivo, que no son cosas tan diferentes. Eliot dijo alguna vez, más o menos, inmature artists imitate, mature artists steal.

El avión era un típico Airbus y eso no me sorprendió. A mi lado había un argentino, lo pude deducir por su peinado a lo Caniggia y la delatora y misteriosamente gruesa biografía de Hernán Crespo que revisaba abstraído. Eso tampoco me sorprendió. Y así, poco sorprendido, me dispuse a dormir, dormir para luego aterrizar y vivir unos días gloriosos y al cabo morir extraviado en el Subte.

Pero entonces me desperté: había oído una tos. Cabeceé… la volví a oír. ¿Podría concretar tan pronto mis planes?… Reconocí que venía del asiento inmediatamente adelante del mío. Quise investigar: ¿qué tenía a la vista? Sólo podía ver una cabellera rubia, luminosa, lacia, que por el largo ciertamente parecía de mujer. Un estornudo, me agaché: ¿qué podía ver? Sólo unas zapatillas Nike, unas botitas altas Nike que no había visto antes nunca y que me hicieron recordar a las de Back to the future. Después más estornudos, muchos de ellos. Con cada uno, la lacia cabellera rubia saltaba hacia delante: se elevaba un poco del respaldar. Con el más fuerte la cabellera se alzó demasiado y la almohada sobre la que descansaba cayó hacia la izquierda, en medio del pasillo.

La ví: la almohada blanca que decía LAN en letras azules estaba sola en el medio del pasillo y yo, sin pensarlo demasiado, salté hasta el medio del pasillo y la recogí del suelo, la volví mía. Bastante confundida, la cabellera se concretó en un perfil, luego en una chica rubia y pálida de unos 20 años que buscaba su almohada en el pasillo. Mientras sostenía la almohada ligera contra mi pecho, mirándola buscar el objeto extraviado y sin percatarse de que yo la había robado, comprendí que se prefiguraba un viaje muy distinto al que había esperado.

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Puedo ensayar ahora una frase totalizante y huachafa. Diré, quizás, como quien proclama algo determinante:

La realidad es más corta que la ficción, que es la consecuencia ineludible de la imaginación, que es un hábito de la ansiedad.

El Banco me ha llamado y me ha dicho que merezco una tarjeta de crédito.

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Yo le he contestado y dudado un momento, he aceptado por teléfono una tarjeta de crédito y he ido una, dos veces, he recibido de la mano de una señorita siniestramente amable un rectángulo dorado y brillante, un objeto imantado que me permite comprar en Perú y el extranjero, disponer de efectivo y endeudarme hasta el cuello, y que si bien me han ofrecido como un logro o el símbolo de algo como aplomo financiero, yo más bien siento que es lo más cercano que he poseído a un falo prostético.

Lo que no es precisamente un comentario desdeñoso: me encanta mi nuevo falo de plástico. Es brillante y me pone jubiloso, es pequeño y tiene grabado mi nombre en letras muy bellas, como de oro, uniformes y pulcras. Lo sostengo, levemente enamorado, y presiento una gravidez honda pero finita, pero suficiente.

Así recibo alegre mi nuevo accesorio y salgo campante de la agencia del banco y abro el envoltorio y sonrío ante la vista de mi nuevo instrumento de amor, adicional y ciertamente complementario, no sustituto de mi estimable y caluroso y tierno y caprichoso pero amable y ligeramente superior al promedio primer instrumento de amor, que ya tantas victorias, derrotas ha vivido. Pero lo guardo rápido y paso unos días con el secreto escondido en la billetera, un poco temeroso, orgulloso: avergonzado quizás de la envergadura dorada de mi nuevo aparato.

Y quizás una tarde me decido. Quizás una tarde, una noche de domingo estoy comprando un sándwich de pavo con palta en La Gran Fruta mientras espero que sean las 9:30 de la noche para que empiece Harry Potter 6 en el cine. Y de pronto arrojado, decido utilizar mi falo. Lo extraigo, desenvaino y blando mi falo, lo paso yo mismo con esmero por el P.O.S. y ejecuto el resto del trámite con abrumadora diligencia. Extiendo los restos de la faena hasta la señorita, se los entrego: ella los sostiene, me mira y después los revisa, me dice mientras me mira entre los ojos.

Señor, su firma no coincide con la de su DNI.

Lo vuelvo a intentar.

Señor, su firme no coincide. Tiene que hacer su firma EXACTAMENTE igual.

De pronto tengo un falo que no puedo utilizar. De pronto, no puedo querer. Quiero cortar a mi amor en mil pedazos. De pronto quiero llorar y jalar mi amor por el water.




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