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No fueron necesarios mayores malabares, extendidas magias, ninguna especial concentración. Nunca estuve dispuesto a rezar o soñarlo. No me detuve en una colina ni me dejé crecer la barba. Amilanado por los humos de la ciudad –el carbón luminoso de los autobuses, la tos agria: la mirada idiota de los transeúntes horrorosos– empecé esta trayectoria solitaria. No llamé a un pueblo para que viniera conmigo. No propagué esta buena nueva. Había que cruzar el charco a toda costa y yo estaba dispuesto. Me había propuesto aquella meta y ya caminaba por los zócalos del mar, entre lenguados que brincaban sofocados y cientos de pulpos aguerridos, muy campante, muy seco, muy sencillo. Había robado los pertrechos necesarios de la despensa de mi madre: 20 pecanas, 8 huevos y un galón de Coca Cola. No era necesario más. Había traído mi Ipod, unas chanclas viejas y esta mochila de cuero raída. Así podría andar solo por días y no eran todavía días, habían sido solamente horas desde que había partido. Dejando todo: el futuro –que me era tan promisorio– y mi colección de películas de Alfred Hitchcock. Porque al otro lado del charco (donde fuera que eso estuviera) estaba todo lo que yo buscaba, aquello que había perseguido ya demasiado tiempo y que no habiendo sido encontrado me había conducido directamente hacia esta frenética incertidumbre, una incertidumbre amplia que se destilaba rápidamente en una ansiedad ciega y pura, una ansiedad que a su vez era como un vómito verde, ectoplásmico pero concreto, una ansiedad que bloqueaba caminos, inodoros y alcantarillas pero que simultáneamente habría autopistas, que detenía abruptamente toda razón de esperanza pero que indefectiblemente conducía a considerar la posibilidad de que existiera aquello. Y si aquello verdaderamente era todo lo que buscaba (como lo intuía, si bien no lo podía comprobar del todo pues la certeza es en si misma inalcanzable), había que hacer lo que fuera por descubrirlo.

Entonces brinqué de mi cama, apagué la televisión y lancé el control remoto por la ventana. Le dije a mi madre que no me esperara, que era como esperar a que volviera Jacques Costeau de entre los muertos: que nadie era tan huevón para esperar que alguien volviera del otro lado del charco. Ella automáticamente lloró, vaciló, me dijo que no me vaya. Yo no hice más que gritarle que ya me había ido; cerrando la reja metálica que daba a la calle, más allá del portón principal y de la puerta de vidrio: ¡ya me fui! le grité. Ella probablemente se quedó pensando en Jacques Costeau; yo me sentí un albatros que planeaba sobre las Islas Galápagos, gentilmente sobrevolando los peñascos, estratégicamente aproximándome poco a poco en perfecto sigilo: un albatros con la misión secreta de cagar el yate blanco como la nieve en el que se asolea Jacques Costeau, un albatros dulcemente escandiendo un gesto amargo de esperanza y bufa en blancas sílabas de caca sobre la oscura piedra volcánica y los nuevos lentes de sol de nuestro memorioso Jacques, siempre bronceado, sexy y de pelo cano, siempre en tanga azul marino. Lo que en ese instante me confirió de efectiva y apreciable libertad, entusiasmo, expedición, lo que fue al cabo positivo dado que no tenía idea de dónde iba ni de lo que me esperaba. Y sí que me esperaba mucho (como lo intuía, si bien no lo podía comprobar todavía).

El asunto es que iba descendiendo por una quebrada que se ahondaba en lo profundo del zócalo marino. La quebrada cortaba el mismo lomo de la placa de Nazca y se hendía como una cicatriz entre dos aristas gigantescas de barro, guijarros y musgo, desde el este hacia el oeste. Yo descendía por un camino rocoso y húmedo, descendía pausado por la ladera que se arrimaba al norte. El suelo estaba todo cubierto de restos de algas verdosas y de palabritas que crujían bajo el peso de mis pisadas. El sol quemaba y eso era extraño, porque en la ciudad de Lima y en la costa y las bahías que la rodean el sol no suele aparecer salvo en los meses de verano, y entonces incluso tímidamente. Esto era octubre y contra todo pronóstico el sol pujaba como un enano perverso, estreñido y sesudo, hacía las veces de un cíclope incisivo, se esforzaba y descendía sobre la ciudad y las costas y las bahías que la rodean, conseguía en efecto subir la temperatura. En consecuencia parecía elevarse un humo salobre desde las rocas y la mugre que recubría el suelo, normalmente acostumbradas al abrigo del agua. Todo parecía estar hirviendo o próximo a hervir, y del musgo y de las algas, de todas partes surgía este hedor pestilente, marciano y soez. El hedor tenía un sabor dulce, agridulce, un efecto intoxicante e inmediatamente narcótico. Entonces, no sé si temiendo perderme en algún nuevo placer o quizás buscando escapar de ese vaho venenoso, cambié de rumbo. Doblando hacia el norte comencé a trepar la ladera. Y la tarea fue dificilísima. El material suelto conjugado con la humedad habían convertido a la cuesta en poco menos que un tobogán. Para lograr avanzar había que patear y hundir el pie en la grava a cada paso, construyendo de este modo un peldaño temporal, abriendo un camino. Así, a pesar de la moderada distancia, sólo después de dos horas fui capaz de alcanzar la cima y el abra que separaba a la quebrada del resto del horizonte. Desde lo alto pude observar los alrededores con mayor claridad: no había nubes por ninguna parte. Podía ver claramente en todas direcciones. Hacia el norte, a unos 5 km, podía ver la gigantesca montaña que era la isla San Lorenzo; detrás de mí, otros tantos kilómetros en esa dirección estaba la península de Chorrillos. La luz solar atravesaba todo, iluminaba la atmósfera completamente, así impregnaba este paisaje lunar de apreciable vida y le confería a la realidad trastocada, en un sentido muy convencional, de un tinte Pop.

De pronto reconocí un yate. Miré hacia abajo: detenido sobre las rocas a unos 200 metros de la cima donde yo me situaba había quedado ligeramente de lado, varado entre unos peñascos filudos. El casco estaba astillado y quebrado, del lado de babor se veían profundas llagas y detrás de él corría un riachuelo de combustible. Sin embargo, a pesar de la zozobra evidente en la que estaba sumido, no parecía haberse detenido la fiesta en él. Decidí acercarme a él y empecé a bajar del otro lado del abra, adentrándome en otro espacio que ya no era un valle agreste sino que más bien parecía una distendida planicie cóncava, un bowl árido y perfumado. Me detuve a escasos metros de la embarcación.

Mi primera conclusión fue que esta tenía que ser la mejor fiesta que había visto en toda mi vida. Si bien el yate no era gigantesco, pues tendría a lo sumo 50 pies de eslora, lucía como una estrella –era totalmente blanco– y estaba todo cubierto de gente. Habría unas 40 personas en él y todas reían, brincaban, jugaban o conversaban, bailaban y brillaban, besaban, bebían de aquella forma en la que bebemos sólo cuando somos totalmente ignorantes de lo que sucede a nuestro alrededor. Luego estaban absolutamente felices, no había lugar a cuestión sobre aquello, y eso hacia perfecto sentido: los 40 embriagados que constituían la fiesta en ese bote de ningún modo sabían que el océano se había secado a su alrededor y que su yate, magnífico como era, estaba encallado en el fondo del mar.

Mi segunda conclusión fue que existía un secreto profundo pero mundano y solemne aunque seguramente satánico que yo desconocía y que se revelaba a casa instante en una forma extravagante, continuamente en la celebración que observaba, validándola, volviéndola maravillosa y entrañable. Se revelaba en los ojos endiablados de las mujeres y en las sonrisas sublimes de los hombres, o quizás en sus camisas abiertas que dejaban entrever sus pechos lampiños, en todo caso siempre sólo en cualquier parte de cualquiera de ellos, hombres y mujeres indistintamente, por ejemplo en sus ropas blancas y frescas o en las comisuras de sus labios al sonreír o en el brillo de sus dientes y en el reflejo negro de sus gafas al inclinar levemente la cabeza hacia atrás para beber un poco más de las amplias copas de cristal. Este secreto, por lo demás, jamás me sería revelado.

Mi tercera y última conclusión fue que la mujer delgada de pelo oscuro y ojos claros que me había visto acercarme poco a poco, que se había erguido y había caminado sin quitarme la mirada de encima hasta el borde de la cubierta, que no llevaba nada sobre la piel excepto un bikini naranja y minúsculo y que sonreía, que sostenía una copa de un líquido enrojecido y de apariencia deletérea, que me miraba ahora a los ojos y murmuraba desde sus labios algo que yo no entendía ni estaba seguro de que quisiera entender pero que quería pensar estaba dicho inglés, que bien podía estar siendo dicho en swahili, francés o rumano, que ella tenía que ser la encarnación irrefutable, la concreción misma de Kleopatra en el Pacífico. Y de pronto la mujer hizo así con la mano, así también con los brazos. Entendí que me invitaba a subir al bote. Trepé por la escalera trasera, caminé entre los invitados y me senté a su lado.

Empezamos hablando de objetos. Ella me preguntó qué me parecía el yate. Yo le dije que me parecía un yate bacán, pero que en líneas generales prefería los veleros. Me preguntó qué pensaba del tamaño de su yate. Le dije que ciertamente era un yate muy grande, que debía gastar mucha gasolina y que tras él debía quedar el agua del mar hedionda y aceitosa. Me sonrió, me dijo que su yate sólo tenía 49 pies y que había yates mucho más grandes, que había yates de 150 pies, por ejemplo. Yo le dije que eso me parecía increíble y que si era cierto, tenía que ser además alucinante. Ella me dijo que habría querido uno con el deck más amplio, pero que los impuestos eran una barbaridad en el Perú. Yo le dije que no sabía nada de eso, pero que seguramente era así porque alguien se hacía rico con ellos. Ella me dijo que era justamente eso, que en este país había mucha gente que se hacía rica con el dinero de otros y que robar sus impuestos era sólo uno de los muchos métodos que habían sido inventados. Yo asentí. Ella me dijo que a eso le llamaban economía de libre mercado y, por si lo dudaba, que era la más grande de todas las maravillas modernas. Yo asentí. Me dijo que todo servía para nada y que lo único que podía hacer uno, al fin y al cabo, era comprarse un yate lo más grande posible y pasarla en él bebiendo copas de este líquido enrojecido (que era hecho en Italia), tomando sol en el deck mientras electrocutaban personas en el SIN, todavía en el año 2009, y especialmente si morían policías en la selva. Yo sólo asentí.

Luego quiso que habláramos de películas. Yo no le quise hablar de películas y traté de asir su mano, pero la retiró sutilmente. Estaba sentada en un pequeño asiento de lona blanca y, muy recta, me miraba hablar, casi declamar. Entonces le dije que me gustaba Isaac Asimov. Recogió su pelo, lo sacó de su mejilla derecha y lo colocó detrás de su oreja. Me preguntó qué películas había hecho. Le dije que ninguna, pero que algunos de sus cuentos los habían hecho películas. Se acomodó los lentes; usando la mano izquierda extendió el dedo índice y con él empujó suavemente la parte de la montura que descansaba sobre su tabique. Me dijo que Asimov sonaba ruso. Asentí, le dije que en realidad era norteamericano, como Dick Cheney o como Arthur Miller, como D.W Griffith. Me dijo que le sonaba ruso, como Garry Kasparov o como León Tolstoi, como la palabra Perestroika. Me reí. Le gustó que riera: me dijo exagerando que le encantaba la palabra Perestroika, que Gorbachov era un genio. Tomó un sorbo de su copa y agregó –empero– que los rusos en general le aburrían. Yo le dije que había muy buena literatura rusa. Ella me dijo que en Rusia hacía demasiado frío. Yo le dije que eso era cierto. Ella me dijo que sólo había leído esa del Archipiélago Gulag. Le confesé que en ese caso la comprendía.

Después hablamos de perfumes. Yo le dije que mi olor preferido era el de los jazmines por las noches de verano, ese perfume esparcido por el aire cálido de aquella temporada. Ella me dijo que eso era muy maricón de mi parte y que su olor preferido era el de las madreselvas, si bien algunas noches era el de los floripondios, perfume que entraba por su ventana eventualmente y la drogaba por sorpresa y que por tanto la hacía feliz por sorpresa. Deduje que le encantaba que la tomen por sorpresa. Me corregí: le dije que mi olor preferido no era en realidad el de los jazmines, que eso la había dicho para encantarla, sino que mi olor preferido era el del agua clorada que se seca sobre la laja una tarde soleada junto a una piscina. Ella me dijo que eso sonaba muy bonito, como a cuento de Lewis Carroll, y que entonces me perdonaba por mentirle. Yo le dije que ella olía a fruta oscura, a madera rancia, a cueva mohosa donde están madurando un Gouda brutal. Ella me dijo que yo olía a sudor de bestia de carga, a cuero curtido y avellanas. Yo le dije que a eso a lo que olíamos le llamaban almizcle, que era una mezcla de sobaco y feromonas. Ella no lo comprendió.

Finalmente hablamos de viajes. Me preguntó a dónde iba. Le dije que iba en busca de dios. Me ordenó que no le mienta otra vez. Le dije que no le mentía, que sólo utilizaba una metáfora. Me pregunto a qué dios buscaba. Le dije que a uno borracho y redentor. Me dijo que ese dios no existía. Tomó de su copa. Me dijo que sólo había un dios y ese dios era macabro, aunque la verdad muy guapo. Le dije que debía tener razón. Me preguntó donde lo buscaría. Supuse que quizás le interesaría buscarlo también, en vista de que claramente su dios, si bien guapo, era macabro. Le dije que al otro lado del charco. Me dijo que eso era demasiado lejos para ir caminando, que quizás este charco no acabara jamás. Le dije que sí lo hacia, que tenía que hacerlo. Ella me dijo que no lo creía. Yo insistí en que ya estábamos muy viejos para cometer ese error. Puso cara de duda. Le dije que me compararían con Leif Ericsson y pondrían mi nombre en un colegio. Tomó un sorbo de su copa. Me aconsejó que en todo caso fuera en avión o me comprara una Jeep. Me reí. Puso cara de confusión. Me reí otra vez. Me dijo que no me burle. Me volví a reír. Entonces me dijo que era un papanatas. Yo le dije que la iba a amar para siempre. Entonces me propuso follar bajo cubierta.

¿Te parezco bonita? ¿Para qué te paras? ¿A dónde vas?

En una cabina el amor es como una burbuja. Fuera de ella el amor es muchas cosas más, todas esas cosas que siempre son dichas y que no nos detendremos a considerar esta vez. Porque dentro de una cabina, bajo una fiesta y después de una copa o dos o tres de un líquido enrojecido, el amor es sólo como una burbuja. No escapa y por tanto sofoca, abruma, se torna tibio, cálido, inevitablemente acaba volviéndose ardiente y fucsia como una estufa, se desata y es una granada tremebunda que nos envuelve y nos fulmina y finalmente nos absuelve. Esto, como todo lo que es maravilloso, es al cabo también violento, vejatorio, vertiginoso. Es decir que en una cabina no se ama bien: bien como se quiere en el campo, con el olor del arroyo y el perfume del heno ascendiendo por las fosas nasales; bien como se quiere en la playa, ventilados los cuerpos de los amantes por la brisa; bien como en un jardín, sobre la grama fresca, bajo la luz de las estrellas de cielo. Es decir que en una cabina se ama mal, como en un video amateur que buscas en Internet. Se ama sin foco y sin nitidez; sí se ama, pero el cuerpo de este amor está partido y perdido, cuadriculado en píxeles que le son insuficientes porque vuelven discreta una pasión irresponsable que de cualquier modo es continua, indivisible. Las tomas de este amor procaz son pobres, están de lado, están torcidas, tiemblan u oscilan al tiempo de los giros y saltos de los cuerpos excitados, a veces no incluyen en el cuadro lo más trascendente o pierden en un descuido el momento culminante de la faena. Los besos que corresponden a este amor son cortos, a lo menos son muy incómodos, a veces demasiado grandes para entregar la ternura suficiente, otras demasiado pequeños para connotar la voluptuosidad que está implícita en él. Es un amor que no tiene espacio para nada, que no atina a nada salvo culminar de cualquier modo, porque está hacinado y es bruto, porque para él la gravedad es un enemigo y eso le confiere una propiedad torpe y ensuciada. En él todo se hace demasiado rápido, quizás demasiado lento –entiéndase: se hace muy mal–, y así no es un amor para todos, claramente no es un amor popular, en realidad es un amor que pocos desean y que menos logran, pero es un amor que en esa hora, envuelto como por un hermoso y vulgar alicate en las piernas de Kleopatra, fue suficiente para mí.

¿Te gusto? ¿Te gusta mi pañuelo? ¿Do you fancy mon écharpe?

Después de acabar le dí un beso en los labios. Me erguí y vi su cuerpo blanco y desnudo y pequeño que permanecía inmóvil en el lecho. Se encogía en un ovillo tétrico, se protegía todavía de mí. Era pálido y daba la impresión de estar hecho de mármol, cubierto en un esmalte suntuoso y homogéneo. Estableciendo un contraste frío entre su piel y este, un pañuelo azulino le rodeaba el cuello. La cabina a la que habíamos entrado era un cilindro, una especie de cavidad de nave espacial o de cueva mal iluminada, un lugar contradictorio que en ese instante me daba la sensación de asemejarse a una cámara frigorífica. Habíamos entrado y habíamos terminado y yo me había erguido y allí estaba ella: inmóvil y etiquetada. Entonces, precisamente cuando lo noté, ese lindo pañuelo azulino le rodeaba el cuello todavía, le giraba alrededor del cuello como una horca. Yo pensé en una horca, en una ejecución y en una etiqueta, luego me sonreí. En ese mismo instante me empapó un olor a pez que había surgido súbitamente del cuerpo de ella, que había colmado instantáneamente la cabina como un gas, aunado a sus gritos unos minutos antes, contrapuesto a cualquier llanto, multiplicado por mis pasiones ya satisfechas. Me embebía, asimismo, un deseo puro, un estado puro de logro. Mientras me vestía, reconocí por la única claraboya que fuera duraba todavía la ceremonia. Aún bebían, reían, se besaban los invitados entre si. Los vi y me sonreí. Tomé asiento y pasaron unos minutos en perfecto silencio. Me dispuse a verla por segunda vez: estaba pálida como un muerto. ¿Dormía? Su nariz estaba plácida y su ceño estaba seco, su abdomen estaba lánguido, su ingle no se movía. ¿Dormía? Sólo la sien mantenía su color: una pequeña flor, tenía una pequeña flor escarlata descansando sobre la sien. ¿Dormía? Era difícil decirlo. Sus ojos estaban cerrados pero sentía que me miraban todavía.

¿A dónde vas? ¡Vete! ¿Qué es eso?

Estamos preparados para mucho menos de lo que nos sucede. Estamos preparados para todo lo que pensaron que nos iba a suceder, pero de pronto nos sucede mucho más de lo que pensaron. En eso consiste todo: en la sucesión azarosa de eventos para los que estamos y no preparados. De pronto salimos a la mar y nos suceden cosas que no nos debían suceder, que no estaba previsto que nos sucedieran. Por ejemplo, conocemos a una mujer y ella sonríe, lleva un bikini naranja, nos conduce a una cabina que es como una cámara frigorífica. Por ejemplo, bebemos demasiadas copas de un líquido enrojecido. En eso consiste todo: en la sucesión azarosa de eventos para los que estamos y no preparados y antes los cuales hacemos cualquier cosa: el ridículo, lo mejor, lo inimaginable. Y después es fácil. Después vagamos por las quebradas, descendemos desde la ciudad, paulatinamente hasta algo monumental o irrisorio que acumula la mierda o se asemeja a su verdadera esencia –que es divina– y más allá de lo cual, así lo esperamos, está lo que buscamos. Avanzamos entre hordas de caballas estacionadas en los lechos, entre hordas de caballas boquiabiertas que mueren en sus lechos. Si tenemos hambre, asesinamos a un tollo indefenso que ha descansado en cualquier cuesta, nos alimentamos de sus vísceras cartilaginosas. Al cabo, el sol sigue alto, a pesar de nuestros actos. Descendemos en otra quebrada: el musgo, el perfume narcótico de las algas rancias nos excita, nos detiene: nos confunde y propulsa. Alcanzamos un abra nueva: la claridad y el horizonte son todo lo que hay. Todo se repite y en algún lugar entre la espesura y la amplitud ambas, conjugadas, empiezan a diluir la memoria del viajante, otrora tenaz.

¡Dame un beso! ¿Cómo te llamas? ¿Quieres abrazarme?

Como les digo: sencillamente brinqué de mi cama y me despedí de mi madre. Ella trastabilló, lloró mientras yo partía. Hice como si no lo supiera, imaginé que su llanto estuviera demasiado callado y fuera inaudible. Salí y crucé la avenida El Ejercito, caminé unas cuadras y descendí por la cuesta hasta la playa desierta de Magdalena. Sintiéndome entrar en él, el mar se abrió. No se abrió en dos, como partido por una navaja. Ese fue el absurdo método de Moisés. Pobre viejo: maldito, senil y abigarrado. ¡La técnica avanzó tanto desde los tiempos de Moisés! El clarinete, ¡la bala!, el helado de vainilla, ¡la cámara fotográfica!, los implantes de silicona, la inteligencia artificial, el vinagre balsámico, ¡la pornografía!, el teléfono, la vida extraterrestre, el sistema ISO, las metanfetaminas, el borrador, ¡la fresa!, el sticker, la melancolía… Este mar se secó paulatinamente entre mis piernas, hacia mis piernas: como si toda la Bahía de Miraflores fuera una bañera y yo hubiera hundido en ella la boca de mi aspiradora.

¿Me quieres? ¡No te vayas! ¿Sabes francés?

No me parece descabellado el símil que compara un agujero negro con el portal de San Pedro, la puerta de entrada al infierno con el milagro cósmico.

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Yo estoy en la cama leyendo, o quizás viendo el programa de Anthony Bourdain y pensando en que él sí tiene un buen trabajo. Entonces ella se adormece, llora a mi costado. Se acurruca a mi lado y me abraza; toma mi barriga, como haciendo una cúpula con la palma de su mano, luego mete su mano debajo de mi pantalón y me dice que me ama. Me lo debe todo y yo lo sé, por eso le hago el amor todos los días. Pero es pésima haciendo el amor y ocasionalmente debo fingir mis orgasmos. Ella es en si misma insuficiente al amor. De pronto trata lo más que puede, me da la mano, me invita vino español que ha sido enfriado en un cántaro de barro y que yo bebo feliz mientras veo el programa de Anthony Bourdain, me besa tristemente en los ojos. De pronto toma mi corazón entre sus labios (un acto bastante temerario). Yo siento pena por ella y es entonces que le hago el amor, finjo mis orgasmos. Luego ella vuelve a llorar, preparamos café y ella prende un cigarro; salimos a la calle y ella compra chocolates baratos. Hemos parado anoche a las 3 de la mañana en un Repsol, le he querido explicar que el Ritter sport es mucho mejor que el Triangulo, que tiene que comprar chocolates con por lo menos 50% de cacao, si no es que 70%, pero ella es demasiado estúpida para entenderme.

Hace muchos años estaba en un bosque cuando me alcanzó por primera vez. Yo iba por una senda y ella apareció por el costado, silenciosa entre las ramas. Tenía el paso de una mujer bruta y yo inmediatamente supe que era bruta, quizás incluso un poco puta, pero ella quiso hacerme creer que era una gata, aguda y culta, lectora de 3 tragedias griegas y una comedia, dueña de 2 viajes a Nueva York (uno antes de la caída de las torres, uno después), es decir una mujer capaz de entretenerme. Sin embargo yo inmediatamente supe que ella era mucho menos. Puedo confesar que en ese tiempo pensé en Darwin: que muy pesimista deduje que estábamos todos jodidos, envueltos y atrapados para siempre por una manada asnal y beligerante de mujeres putas y brutas en busca de parir. En primer término odié su sonrisa, su camisa, sus ojos pardos, su peinado: era, en suma, demasiado hippie. Lo que quiero decir, rápidamente, es que era ese tipo de chica que habría debutado en Woodstock y que yo inmediatamente lo supe. Mientras que yo añoraba un contraste insolente, una desenvoltura púrpura, ella sólo podía proveerme de good vibes.

Me cago en tus good vibes pensé cuando la vi aparecer.

Y ella quiso hacerme creer que era una gata: un objeto seductor; otra cosa, no esa pobre excusa de mundo ocre que en verdad era; algo mejor y azul, algo excitante y refulgente, pertinente, incitante o categórico que me pudiera violar el alma como ya lo habían hecho otras mujeres antes, como ella jamás podría. ¿Por qué no podría? Porque era demasiado real y pertenecía a esa estirpe insana y comúnmente no cuestionada de imbéciles bien intencionados, amables y muy bien leídos que aman lo verdadero y que cargan a cuestas una cantidad infinita de argumentos irrebatibles; porque desconocía que el secreto del deseo no se hallaba en esos escritos con aprobación intelectual unánime que ella acumulaba en su mesa de noche sino sólo en una verde enfermedad, sólo en un avezado y ebrio leap of faith, en el perfecto dislate, en un espléndido absurdo.

Con este propósito –con el propósito de hacer creer que era una gata– primero brincó, anduvo sinuosa por una rama finísima, tan fina como un sollozo. Yo dudé, pensé ¿quién es esta chica?, no dudo puse cara de sorpresa. Y entonces se pasó de conchuda, en un arrebato de soberbia pretendió decirme miau. Miau me dijo. Y yo le dije puta Realidad. Me reía de ella mientras su tez enrojecía, sabiéndose reconocida. ¡Maldita puta, hija de puta Realidad!

En las noches encuentro que todo lo que nos rodea se refiere siempre a este minúsculo error original.




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