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Lo primero que hice fue colocar una bandera… miento, eso sucedió un poco después. En realidad lo primero que hice después de bajar del avión fue tomar un tren, luego tomar el metro, después andar por una calle fría y diagonal, iluminada por faroles metálicos, transitada con mucho orden por autos, hombres en bicicletas y mujeres a pie, subir a un primer piso colmado de una humareda que emanaba de sendos porros, luego bajar del primer piso, caminar hasta la esquina al bar de un chino muy educado, beber 3 cervezas catalanas medianas y una clara, luego subir al mismo primer piso, beber 2 cervezas más, esta vez holandesas y pequeñas, después dormir acurrucado en un sofá plegable, sólo entonces colocar la bandera. Es decir que lo undécimo que hice fue colocar una bandera en Barcelona. Y esa bandera se concretó en la forma de un colchón.

He clavado mi primera bandera en el suelo de esta ciudad. He hundido el asta de mi bandera en el suelo catalán, donde pretendo establecerme. He hundido mi bandera y de tal modo he puesto el primer pie en esta tierra, el primero de los dos pies de los que dispongo aún y que no sé todavía precisamente con qué timing se volverán a juntar en un solo lugar. Quizás eso no suceda jamás otra vez. Quizás estoy destinado, fui hecho para nunca sentirme en casa, como definitivamente no me siento ahora en casa, demasiado frío, y como nunca me he sentido en cualquier ocasión antes en casa. Nunca, con nadie, en ninguna situación. Tengo hoy un pie todavía en Lima y acaso, de hecho ocurre que a veces lo siento así, ese pie jamás se despegue de su ubicación actual, fijo a ciertos lugares comunes a los que constantemente vuelvo y que me halan como si fuera pequeñas cuevas húmedas y dulces y con un talento social para la canción poco afectada.

Quiero decir que me levanté la primera mañana tras mi primera noche en Barcelona y fui a Ikea y me compré un colchón de espuma. Poco después supe que lo quería, le cambié el género y le puse Montserrat. La quería, de pronto lo supe. Era mi primera posesión española y la había elegido por eso con minuciosidad. Había paseado horas por la tienda, luminosa y musical como un casino, hubo algo en ella que me atrajo. No fueron los atributos que pudiera tener –pues no era la mejor– ni su precio –que no era tampoco el mejor– los que me sedujeron. Fue algo más, inmaterial, propio de ella y no ubicable en sus 10 cm de espesor compresible. De hecho si entro a la página web de Ikea, ellos no me recomiendan a Montserrat. Por supuesto, ellos recomiendan colchones mucho más caros que Montserrat. Montserrat sólo cuesta 55 euros, cuando ellos no recomiendan nada bajo los 129. Curioso, no me sentiría a gusto con uno así. En mi condición de excursionista y colocador improvisado de banderas, creo ser solamente digno de Montserrat y de su espuma que Ikea, calculo como menos logrando un margen de 100%, precia en 55 sencillos euros.

Comiendo en un japonés le he contado a Daniel y a Dunja y a Sandra que Montserrat se llamaba así, que había reconocido en ella una identidad persistente y femenina y que la había tenido que bautizar, tal como, por ejemplo, tuve que bautizar mi Bacinica como Robin. Me han escuchado y hemos seguido comiendo. Luego, esa misma noche he sabido que Montserrat es mi primera bandera. Después de encender la luz de mi estrecha habitación, la he reconocido, ondeando en la atmósfera quieta, flagrante como un grito. Apostada fuera de mi hogar, es mi primera señal de auxilio. Montserrat es la primera señal de mi partida, el anuncio de todo lo que debo hacer de ahora en adelante. Es la primera manifestación de que me cago en diversas cosas, la declaración abierta de la guerra silenciosa que se ha ido cociendo bajo tierra, el momento justo en una fiesta antes de que se saque la primera botella de vino.

Escribo ahora mismo sentado en mi primera bandera. Mi primera bandera es sueca y está hecha de espuma. Ahora mismo ondea en una habitación muy oscura, iluminada sólo por la pantalla de la computadora. Fuera llueve, nieva, alternativamente cualquiera de ambos. Totalmente solo, escribo y escribo y escribo sandeces mientras cojo mi bandera del asta, la blando en la oscuridad como si fuera una metralleta.

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Entre dos frases, abrí y luego crucé las piernas como se cierra una cueva oscura –una vagina tibia–, una cueva húmeda y puerca y desconocida que ha estado cerrada 500,000 años y que repentinamente fue abierta durante pocos segundos de espanto, expelió su perfume de pez del pleistoceno, que otra vez vuelve a ser cerrada por 500,000 años más. Recordé a Sharon Stone en esa película en la que hace de loca, la del asesinato y la psiquiatra con el IQ exorbitante, si bien mis intenciones habían sido totalmente otras. Quise sugerir en cambio con ellas una cantidad de suavidad que contrastaba duramente, al mismo tiempo con su locura y con mi ceño endurecido, con mis pómulos vacíos, con mis labios juntados formando un capullo. Así liberé un vaho marino pero dulce, pretérito aún cuando ligero desde mi cueva, se lo lancé hasta sus narices, ciertamente ella lo olió pues se le torció la nariz en un gesto donde no se podía discernir el placer del asco pero ciertamente se podían entrever ambos, hizo una contorsión con los labios, alzó levemente el foco de sus ojos y lo extravió en la decoración del local. Entonces, ya seguro de haberla cautivado, volteé la mirada, miré al mozo y le dije que quería un Manhattan y un vaso con agua, siempre cuidando de dejar colgada mi mano sobre la muñeca mientras ordenaba todavía, dejándola caer siempre de aquel modo particular que alude con flagrancia a la poca gracia de un albatros que camina sobre un bote mientras los marineros amotinados le pegan con los remos de la embarcación, ella francesa y extraviada.

Yo supe perfectamente lo que estaba haciendo.

Entendí que existe un número de poses, modos, caras, ademanes. Entendí que existe un modo específico, fino, particular de concatenar estas poses, modos, maneras, formas, expresiones y ademanes. Entendí que de ese modo podía acaso engatusar a cualquiera. Entendí que lo que hacía y decía y actuaba era irrisoriamente falso, casi injuriosamente prostético, también alienado y ridículo, huachafo pero aún así sensible, estético, esotérico, que tenía una propiedad lubricante o alcohólica. No lo desprecié, mas bien me entregué a aquello que hacía y lo hice con holgura. Concatené con la mejor arte que tuve poses, subterfugios, vergüenzas, nuevas artimañas, sonrisas, diversas formas, inclinaciones lentas de la cabeza, muecas afectadas, otras endurecidas, ademanes estudiados, de pronto vulgares ademanes muy míos, de pronto melosas expresiones completamente prestadas.

Era domingo en la noche. Estábamos en la terraza de un restaurante limeño. Gabriela me había recogido de mi casa y habíamos decidido ir a comer algo. Nos encontramos a Vera sentada en el restaurante. Vera nos acababa de contar que se iba a ir a vivir a Barcelona en el 2011. Había exclamado un montón de cosas y yo me había reído y Vera también y mientras tanto Gabriela había elegido una mesa bonita en la terraza. Luego de escuchar a Vera un tiempo más yo había ido a la mesa, donde Gabriela ya me esperaba. El clima estaba fresco, lo que es decir que la noche estaba fresca y rica, corría algo de viento. Contenta, Gabriela me había visto pedir, me acababa de ver pedir. Antes lo había hecho ella y yo, inversamente, la había visto hacerlo.

Primero yo la había mirado detenidamente. Ella no me había mirado directamente durante casi un minuto. Había mirado en cambio su cartera, el interior de ella como si dentro hubiera una multitud de cosas cuya complejidad mereciera la atención minuciosa que ella les estaba dedicando, como buscando descifrar cualquier propósito u orden o cometido que pudieran tener o de pronto adquirir, cuando en realidad sólo había allí dentro una llana cajetilla de cigarros, su billetera, una latita cuyo secreto contenido le hacía sonreír, su tarjeta de crédito plateada y unos chicles de sandía con yerba buena. Después había hecho algunas muecas con los labios, Satanás sabe pensando en qué, había sacado un cigarro y, ahora sí mirándome fijamente, le había solicitado al mozo un encendedor. Al minuto el mozo había vuelto y le había entregado el aparato. En ese minuto no habíamos dicho ninguna palabra, sólo nos habíamos visto, por momentos habíamos visto también los árboles que rodeaban la terraza, yo había pensando en un avión que sobrevolaba el Atlántico, súbitamente secuestrado por 2 células latinas de Al Qaeda trabajando en perfecta coordinación, una de Tingomaría y la otra con sede en Puerto Mont, y ella bien podría haber pensando en una computadora portátil aún encendida como en un hombre robusto como en una mujer de piel lozana como en un posgrado en diseño de joyería. Todavía mirándome había encendido el cigarro, sólo había dado la primera pitada y luego lo había puesto en un cenicero. Entonces había decidido mirar la carta, la había estudiado todavía mientras el mozo y yo la observábamos, con suma tranquilidad. El mozo se había puesto impaciente, había murmurado algo y ella la había continuado revisando un momento más, en efecto por las huevas, puesto que ya sabía lo que quería. Entonces había dejado la carta de lado, levantado la mirada de la mesa, observado al mozo como si fuera un niño excitado y le había dicho que quería una copa de vino, una vaso con agua, una cajetilla de Lucky Lights y el carpaccio de lomo. Finalmente se había erguido –yo la había mirado erguida, sorprendido–, se había bajado el cierre y había sacado una lombriz portentosa y grosera y bella de su pantalón, la había reposado sobre la mesa: negra como una avispa.

Yo supe perfectamente lo que ella estaba haciendo.

Les dije a mis amigos que existía un lugar seguro. Los interrumpí y se los juré. Estábamos reunidos, todos sentados alrededor de una mesa redonda viéndonos las caras como si fuésemos estatuillas desnudas que se auscultaban unas a otras. Lo dije y entonces se callaron y me miraron como si fuese un cojudo, cosa que no me sorprendió dado que ya había tenido otras señales a lo largo de esa misma noche de que opinaran aquello, cosa que tampoco resentí tomando en cuenta la coyuntura, contenta y lubricada, en la que yo introducía un enunciado que no era sólo un enunciado sino que también algo seco y ancho y poco propenso a fluir a lo largo de cualquier tipo de tracto elongado, algo como una roca atascada en una manguera. Lo supe así, áun así lo dije, así cuando lo dije era de noche, departíamos contentos y de pronto yo había creído entrever, emborrachado por el vino, una estancia paradisiaca donde un manantial enorme y en forma de vientre derramaba un líquido escarlata sobre bowls hechos de chocolate obscuro y donde, a gusto de cada uno, además ese líquido escarlata sabía tranformarse en cualquier otro líquido, fuera ideal o concreto, y ese chocolate transmutarse en cualquier otro sólido. Lo había entendido así y me había sonreído con esta visión.

Inmediatamente José me habló de mujeres. Yo le respondí que habían muchísimas mujeres en ese lugar, miles de mujeres de todos los tamaños, altas y tetonas, chatas y sin tetas, chatas y con tetas, altas y con tres tetas… en fin, todo tipo de mujeres. El replicó que quizás no eran tantas. Yo estuve rápidamente de acuerdo. Recapacité y supe que tan solo había atisbado el lugar a través de una borrachera, y todos sabemos que una borrachera no es como una ventana: en realidad una borrachera es como el hoyo en una cerradura. Pongamos que el lugar que había atisbado fuera muy profundo, como un pasillo que empezara en la puerta sobre la que se contenía la cerradura. Entonces podría ser el caso que yo hubiera subestimado la profundidad del lugar y sólo juzgado la densidad de mujeres en función de la ilusión –carente de profundidad– que causa el corte transversal que se hace con las vista del pasillo, donde la densidad se ve exaltada por la confusión que ocasiona la falta de una visión efectivamente binocular (recordemos que cuando se ve por el ojo de una cerradura sólo se usa un ojo). Suspiré. Luego hablamos de su prima. José tenía la prima más linda del mundo. En cambio todas mis primas o eran demasiado niñas o demasiado viejas o estaban preñadas o no me gustaban. Luego hablamos de comida, de evitar los carbohidratos y después volvimos a hablar de mujeres. Finalmente hablamos de ensaladas, discutimos el fin de semana y eso fue todo.

Al rato Fátima me habló de algo duro como un diamante y similar a la mierda aunque no tan radical ni maloliente y que pululaba la tierra. Yo le respondí que existía aquello que era suave como una esponja, similar al cielo, y que aquello, si se lo podía imaginar, era abundante en ese lugar seguro. Ella frunció el ceño, no me creyó, pareció que no me quiso creer, se rió un poco. Yo pensé que me reconocía en esa cara endurecida y en su humor ácido. También sonreí.

Luciana me habló de una película en la que un hombre muy pequeño, que había nacido en un pueblo muy pequeño, crecía y viajaba una cantidad ridícula de kilómetros hasta alcanzar una ciudad extensa pero achatada, repleta de mujeres medianas y hombres muy grandes que hacían el amor selectivamente sólo con las más bellas entre las mujeres medianas. Una vez allí se hacía famoso, primero alcalde, luego presidente, finalmente fundaba una religión, una línea de ropa, ponía una fábrica de zapatos, un periódico, dos revistas, una de automovilismo y otra de diseño industrial, finalmente se casaba con una mujer mediana, la engatusaba tras ser follada y desechada por un hombre muy grande, luego ella moría asesinada por el mismo hombre muy grande que la venía a buscar y se veía humillado por su matrimonio con el hombre pequeño (pequeño aunque de gran verga), luego él se sumía en la melancolía y se iba de vacaciones eternas a una playa en Borneo. Yo la escuché embobado y cuando acabó le dije que estaba guapísima. Le gustó el piropo. Le indiqué que tenía unos pelos maravillosos. Se sonrío. Luego me habló de su papá. Me dijo que su papá cocinaba muy bien y que su hermana bailaba ballet y que un día quería vivir tranquila, lejos aunque cerca de todos ellos. Yo no comprendí por qué quería estar lejos pero cerca. Yo sólo quería estar lejos de mi familia. Ella se rió cuando le dije que no esperaba más nada que dejar de olerlos, dejar de oírlos, huir de ellos. Luego me dijo que no sea huevón, me sentí huevón y se volvió a reír.

Jaimé me habló de algo que no entendí. Con Jaime no pude comunicarme esa noche.

Carolina me dijo las cosas más bonitas. Me dijo que yo era guapo, cosa que jamás he creído y que me hizo pensar que podría estar muy confundida. Después me dijo que yo era bueno, cosa que con seguridad debía ser mentira y que seguramente me dijo porque estaba confundida y pensaba que era guapo y quería caerme bien. Me dijo que yo era gracioso, cosa que me sorprendió gratamente. Yo no pensé jamás que era gracioso, siempre pensé que era solamente ridículo, si no muy ridículo, como un pelícano. Me dijo después que yo la entendía, cosa que nunca he creído posible. No en vano y precisamente por eso la admiro: creo que lo que ella tiene va en varios sentidos más allá de lo que yo he sido o podré ser y creí así, confundido y maravillado por ella, que lo mejor que podía hacer era acercarme lo más que pudiera a todo aquello, fundirme en todo aquello –que es bello– aún nunca pretendiendo cabalmente entenderlo. Me dijo tales cosas y en concencuencia pensé que sería la primera en venir conmigo hasta ese lugar seguro, la única que no me había tomado en broma, pero al rato cambió de opinión y me dejó de decir las cosas más bonitas. Hubo un silencio y me informó que ya no podría venir conmigo. No me resentí con ella por eso. La entendí. Era bastante pedirle que viniera conmigo a ese lugar, si es que acaso se lo había pedido. Nunca supe si se lo pedí o si sencillamente ella se ofreció. El asunto es que después de definir los hechos nos sentamos 15 minutos en mi auto, fuera de su edificio. Ella se fumó un cigarro y me miró, alternativamente miró el vacío. Yo le dije que no iba a tratar de besarla y se rió. Quiero creer que quiso darme un beso, pero en cambio se bajó del auto y entró a su edicificio y no dijimos nada más.

Así fue que les dije una noche a mis amigos que existía un lugar seguro. La noche siguiente todos me traicionaron: se fueron en tropel a ese lugar mientras yo tuve que trabajar hasta tarde. Compraron una botella de sangría por cabeza y fumaron tronchos y se fueron. No me dijeron cómo se iba. Todavía no sé cómo llegar. He podido tratar de acercarme. Camino por la calle y en ocasiones paso muy cerca del pasado. Me he encontrado al pasado en el chat y el pasado me dice que él también lo ha pensado, me dice que iba por la calle y pensó que seguramente pasaría muy cerca de mí.

Ahora los espío de lejos. Así los he visto a todos, cada uno por separado. Beben el líquido X de los bowls hechos de Z y charlan como polillas que flotan en la niebla fina de la ciudad destemplada. Me pone contento verlos. Todos son en alguna medida felices. José recibe un masaje. Fátima hace muay thai. Luciana se engomina la peluca. Jaime carga extraños mientras mean. Carolina me sonríe todavía, con sus labios bonitos, con sus ojos y con sus tetas bonitas.

Reconozco todavía el vaivén de los vientos que atienden esta playa. Es la primera noche que paso en ella este verano. Reconozco una leguminosa telaraña de brisa: creo todavía que es una legaña empalagosa prendiéndose de los pelos sucios, límpida y meticulosa y empapada en whisky, que nos hace y nos deshace y que eso nos viene bien, para eso hemos venido –nos hemos venido–, no para librarnos de la ciudad, patibularia y cacasena, sino sólo para encontrarnos una vez más con el hedor salobre del mar, amplio y libertario como una concha estremecida.

Pero hoy la situación es distinta, está volcada, ha sido controvertida por la memoria selectiva de los labios. Los labios no estuvieron de nuestro lado. Los labios fueron tan traicioneros como cualquier puta mal pagada, como cualquiera parte de la propia anatomía que ha quedado desatendida. Moraleja: no confíes en tus labios si no han dado besos en mucho tiempo, tampoco confíes en tus ojos, lo mismo tu corazón. Tu corazón es una meretriz presuntuosa, pendenciera, ilusa y al tiempo golosa. Confía tan solo en tu pija. Porque tu pija habla cada noche con Darwin por Skype, habla con él e intercambian secretos. Darwin le ha contado que Dios no tiene cara, que es un agujero al final del túnel, en una recámara blanca, una especie de golfa iluminada y con olor a pez, inmóvil, frígida. Esto es decir que tu pija y sólo ella sabe lo que es necesario para ti. Tu corazón (y que no nos llame ahora la atención su índole colorada) es estúpido. Él sólo quiere lo mejor para ti. Tú –como ya debieras saber– no quieres lo mejor para ti. ¡Piénsatelo bien! Tú sólo quieres lo que tu pija quiere para ti.

Ahora me siento en la arena húmeda. Quiero escuchar tan sólo a mi pija enternecida por la zozobra y reconozco en cambio el vaivén de los vientos que atienden el murmullo de fiestas en terrazas, quiero decir gritos de mujeres en terrazas, quiero describir alharaca de niñas con tetas en terrazas, todas bebiendo chilcanos o capitanes, ya quisiéramos, todas esperando algo que yo no podría volver a darles, he deducido a este tiempo, he creído que no era así, he vuelto a creer que es así de cualquier modo, he dudado cómo podría no ser así, cómo sería si no lo fuera y si fuese exactamente lo opuesto. Lo he ponderado y no me ha parecido posible darles ya ni siquiera cualquier cosa: lo que he hecho antes en cada ocasión. Ya no me parece posible nada salvo besarlas con aquella manera pequeña y dulce que se podría considerar al mismo tiempo ominosa.

Entonces digo ¿existirá el método? Y si es así, ¿cómo mierda descubro el método?

Me ha dicho el salvavidas que esta playa está loca, oscurecida por celos patológicos, el amor de 300 madres espartanas, maldita como la vagina de una charapa adolescente, ante todo preñada. Lo hemos conversado por la tarde en la piscina mientras yo comía tequeños y él cuidaba de las niñas que nadaban. Somos amigos hace más de 10 años. Él me enseñó a entrar en el mar cuando las olas estaban gigantes y uno podía morir. Ahora, mientras observa la delgadez de las pre-púberes acuáticas, le he preguntado quién la preñó, si acaso la preñó él (que se jacta de tenerla de 22cm muertita y, en consecuencia, es un candidato viable para preñar tan grande extensión de arena). Me ha mirado confundido. Me ha dicho que por las mañanas, cuando orina en la orilla antes de que lleguen las primeras niñas a la piscina, los pescadores, que lo observan mear, se acercan y le hacen chistes, le conversan y miran de reojo su sexo, boscoso como un oso. Le han contado historias de perros descomunales que caminan los arenales aledaños a las playas por las noches, devorando chiquillas embobadas y enculando muchachos ebrios. Me ha dicho que en las madrugadas esta playa la surcan perros descomunales, pescadores de hombres y chiquillas, lujuriosos perros de la playa, sin pelo, sin corazón y estrictamente siempre sin condón. Se ha preocupado en apuntar, escueto pero determinante, que a pesar de su malignidad debemos tomar en cuenta que la leche progenitora de esos canes, deglutida como almíbar o utilizada para cortar la leche de pantera, puede revitalizar un hombre, puede volverle los ojos blancos otra vez, la mirada ausente, la vista gorda, las axilas humorosas y peludas, la complexión radiante, los dientes luminosos como choclos sagrados, dientes nada menos que adecuados para morder el cuello de una chiquilla petulante.

Y yo digo ¿dónde carajo quedó la novia, aquella novia mía, para mí, ella que tenía los labios delgados, labios para mí?

Dice mi compañera de camarote que la novia ha muerto, que ella vio el cuerpo entumecido cuando se lo llevo la marea, colorado como la cáscara de una langosta. El salvavidas –mi supuesto amigo– la ha violado sobre la torre de salvavidas mientras los canes vejaban a los huachimanes. Me ha dicho que fue una situación espectacular y peculiar, 5 huachimanes murieron empalados, luego murió la novia, luego eyaculó el salvavidas como si alguien hubiera descubierto una torre de petróleo blanquecino (imaginé cuando me lo contó la cara de Daniel Day Lewis y eso no me sorprendió, confieso que lo admiro a él y que también me gusta Paul Thomas Anderson). Me ha dicho que si bien empezó como normalmente principia una violación, quiso decir a la fuerza y en contra de la opinión del violado, en este caso la novia sólo mantuvo esa actitud un momento, inmediatamente empezó a gemir y se volcó sobre el salvavidas enhiesto, rasgó su vestido, rasgó la breve ropa de baño, se sentó sobre su pija como si fuese un pony mientras él se sentaba en la silla de la torre, gozó del coito como una chancha de mierda aún cuando los huachimanes morían empalados en todas direcciones. Me ha dicho que primero murió Escalera, alto y flaco, el perro ardido lo analizó hasta causarle una hemorragia interna, que segundo murió Mosquito, el que se quería con Fernanda (la chica que trabaja en la casa de los Gómez), atravesado de oído a oído, entonces y tercero murió La Mona, el de la cabellera, el can le partió el recto en 7 secciones idénticas, cuarto murió el Zorro, rápido y libre, ahogado y gimiendo con estridencia mientras un can muy parecido a Winston Churchill le convidaba crayola por la garganta, quinto murió El Ronco, con sus lentes, cuyo dolor rememoraba un berimbau si bien algunos dicen que cantaba una de Miguel de Molina, muy grave, sólo luego la muerte le fue dada a ella, cuando el salvavidas estaba por alcanzar el orgasmo y el éxtasis fue tal que sin quererlo la empujó de la torre y ella cayó de cabeza en la arena seca, se rompió el cuello, pero él continuó masturbándose utilizando su mano lampiña, eyaculó sobre la brisa y el semen chispeó sobre ella justo en el momento en que hacía el misterioso tránsito de mujer a cadáver.

No lo pude creer. Le dije a mi compañera de camarote por la puta madre, ¿qué mierda es el sosiego? Ha quedado silenciosa. Luego he agregado ¿hay que ser fuck buddies?

Esta noche he venido solo a la playa con una botella de whisky. La botella de whisky la he robado del padre de una amiga. La botella se ha terminado. A pesar de todo me ha dado frío. Estoy borracho y mis pies están húmedos y tengo frío. Son las 11 de la noche y estamos sábado y tengo frío y estoy acongojado. La isla se extiende sobre el mar y me parece una gorda preñada. El salvavidas es un huevón (además de un fantoche y un traicionero). Pues la playa no está preñada: es la isla que está preñada. Y quizás la novia, antes de morir, pudo haber quedado preñada también. Tengo frío. Acongojado, he encendido una copia del Esplín de Paris y con ella ilumino mis genitales. Quisiera poder oírlos otra vez. Parece vano intentarlo. Mi pija ha muerto. Quisiera quedarme pero ya es hora de volver a la casa. Debo huir de los perros empaladores, de quienes no podré defenderme con mi pija muerta. Debo huir de ellos como se huye de todo lo que busca el corazón. Es tiempo de cambiarme, ponerme la camisa con puntitos. Es tiempo de salir a bailar nuevas canciones.

Digo ¿por qué la rosa no indica todavía el rumbo a Praga, barrio judío, tumba de Franz Kafka?

Quiero decir ¿por qué a falta de ella sólo tengo esta isla blanca como la panza de una gorda preñada, nevada pero con guano, estacionada como una caca cetácea contra el horizonte renegrido?

Nos han dicho que la nonna se va a morir. Es así de sencillo.

No puedo decir que sentí que no lo podía creer. No es así: lo creí desde un principio. Quizás mi mamá no lo pudo creer. Probablemente el nonno no lo pudo creer. Pero yo lo creí desde un principio. No gozo de esa particularidad. Siempre creo en las cosas cuando suceden. La realidad a veces se engrandece tanto, se hace en exceso tangible, inmediatamente se distorsiona. Cuando podría no estar sucediéndome aquello, yo sé que lo está. Suelo verla toda, es demasiada, se aparece para mí: la realidad es un monstruo desopilante que me sonríe y se mofa. Yo he aprendido a mofarme de la manera en que ella se mofa de mí y quizás ese sea mi mayor logro, lo único que me justifique, todo lo que haya logrado y jamás logre. Pero otras veces la realidad no se está riendo sino que está hambrienta, es como un toro cachondo que viene a cogerme. Y yo no soy un matador, soy mucho menos, no me veo bien en traje de luces, no quepo en esas mallas y por tanto la realidad me coge, no me avisa, estoy allí detenido cuando ella viene por mí, no la evito, quizás ni siquiera busco evitarla, no la esquivo: no puedo sonreírle ni puedo, en consecuencia, decir que no puedo creer lo que me está sucediendo. Yo ya lo sabía, yo la había visto venir. Y puesto que es en ocasiones descomunal, es tanta la realidad que se distorsiona. No puede ser de otro modo, pues desdobla sus límites, rápido se quiebran los vasos sanguíneos en su mitra colorada y los ojos se le ponen rojísimos, como dos fogones. Los míos inmediatamente se cierran, se vuelven a abrir, caigo en un vahído, luego vomito y quizás sólo después todo vuelve a la normalidad.

La nonna se va a morir. Tiene cáncer. Es terminal. El Doctor ha convocado a mi mamá a un pequeño cuarto de la Clínica San Felipe. Mi madre ha llamado al nonno también. Han entrado los dos al pequeño cuarto y el Doctor les ha dicho que mi nonna no va a mejorar, que tiene cáncer, que es terminal. Mi mamá se ha puesto a llorar. Mi nonno, así lo dice mi mamá, se limitó a temblar. Por un momento no lo han podido creer. Luego mi mamá ha manejado a mi casa y le ha dicho a mi hermano. Mientras mi mamá ha entrado a su cuarto un momento para lavarse la cara, mi hermano ha entrado a mi cuarto y me ha contado a mí y yo no he sabido qué decir. Me he preparado un café y he visto un rato videos en Youtube. No he sabido qué decir, sólo he sabido cuan real es esto, cuan inevitable. Más tarde mi papá nos ha llamado y nos ha dado la versión oficial, el comunicado familiar, como a él le gusta. Después no ha pasado mucho más. Los días han transcurrido solamente. Hemos almorzado todos juntos, he visto televisión, he dormido, he ido a trabajar. He pensado también qué difícil es saber dónde empieza la identidad que uno posee; cómo, en general, es muy difícil identificar la identidad de uno. No estoy seguro de dónde está ni cuál es mi identidad precisamente, ni la verdadera y menos la falsa, la impostada, pero mientras me siento en mi computadora y veo una fotografía de toda la familia del lado de mi madre y se la explico a Carolina, sé que si de alguna identidad dispongo tiene mucho de lo que estoy viendo, que en alguna parte de esto está algo de lo que soy, si bien no todo algo, y que ese algo inevitablemente tiene que emerger o haberse engendrado de cierto modo en mi nonno y en mi nonna y que así la muerte de mi nonna de algún modo es la muerte de esa parte de mí, quizás el principio de mi muerte o la primera de todas mis muertes. Pues es seguro que yo no soy sólo yo, sino que soy además todos los que me han hecho, incluso quizás soy sólo una esponja y así, más allá del cuerpo que utilizo diariamente, soy sólo todo lo que me ha sido entregado por otros y en realidad nada que haya creado yo mismo.

Me he acercado a su cama y ya no ha abierto los ojos. Le he cogido la mano y ha pestañeado. Kenneth le ha hablado algunas cosas. Mi hermano le ha hablado de polenta, le ha preguntado si prefiere su polenta con tuco o con mantequilla. Ella le ha dicho que tuco. Pero yo me he acercado y a mí no me ha podido decir nada, quizás porque ha estado ya demasiado débil o o ida o quizás porque no dije nada. Sinceramente no recuerdo si dije algo. Sólo recuerdo estar allí y poco más. Recordé cómo era esa habitación hace 5 años, después hace 15 años. Pero esta vez la habitación ha sido distinta. La enfermera me ha visto acercarme y me ha sonreído. El lecho ahora es como el de una clínica. Está ella en el centro de la habitación donde ha dormido los últimos 40 años. A sus lados hay aparatos y tubos apropiados. Una cantidad de máquinas, de últimas ayudas. A su izquierda hay un estandarte: una vara metálica que se eleva sobre una base arácnida y de cuya punta no cuelga un escudo, cuelga solamente una bolsa de un suero ámbar. Desde ella una cánula traslúcida desciende, traza una curva amplia, corre por encima de las sábanas y se acerca a su cara, entra silenciosa por una de las fosas nasales ahora pálidas, envejecidas, quiero decir rendidas.

A diferencia de muchos, creo que existe tal cosa como la pureza. Todavía más, creo que la pureza es la expresión eterna de la perfección. En consecuencia creo que está sobre todo. No hay duda de que está sobre mí y de que está sobre ti, luego no hay duda de que está por sobre todo. Al mismo tiempo sostengo que la pureza se ha perdido aquí para siempre. Ha sido pervertida, violada, follada irreparablemente. Supe que la pureza hizo el amor en un hostal donde yo no estuve, sé que fue fotografiada y observo ahora cómo todos han comprado las fotografías. Cientos de personas lo ponen en su status en Facebook, lo comentan en Twitter, cientos y miles de adolescentes se masturban cada noche pensando en la pureza desnudada.

No pude ser yo aquel quien folló con la pureza. Yo no fui aquel a quien la pureza se entregó, una y otra vez hasta saciarse. Ella se entregó a otro mucho más bello que yo. Si bien la tenía mucho más pequeña que yo y besaba mucho peor que yo, era corpulento y más bello que yo. Sus chistes no eran tan buenos como los míos, sus insights eran patéticos puestos al lado de los míos, pero era muy guapo y podía decir te quiero con aplomo. Entonces la pureza lo eligió. Sonreía muy bien y esa sonrisa era admirada por todos, le permitía desempeñarse muy bien, era eficiente a lo largo de la ciudad, desde clases hasta fiestas, también en cocktailes, incluso en bares, era todavía mejor en restaurantes, en cuyas puertas se estacionaba en paralelo con facilidad aunque los espacios fueran enanos, donde ordenada con seguridad y, cuando el maître lo saludaba, ponía cara de abonado de la Feria del Señor de los Milagros.

La pureza hizo un cálculo estratégico: aquello era viable. La pureza fue luego seducida por ese cálculo. La pureza imaginó que tendrían muchas noches divertidas y que eso era lo que realmente quería y la haría feliz. No le pude negar que aquello fuera cierto. Ni siquiera lo puse en duda con seriedad. Así, no importó que yo la hubiera conocido antes. No importó tampoco que la hubiera amado más y por más tiempo y que la fuera a amar todavía. La pureza se entregó a otro, folló con él, lo besó entre el escroto y la ingle, lo quiso –se lo dijo–, fueron al cine, le presentó a sus amigos, a sus padres, a sus primas, a las primas de su mamá, a las primas segundas de su mamá, finalmente una noche él había olvidado los condones, estaban en Máncora, habían tomado vino y se fueron a la cama, él le dijo que se saldría antes de terminar, ella ya estaba mojada y le creyó (él lo creía también), por supuesto no lo logró: la llenó, la preñó, es una niña, viven en Chacarilla, no hubo matrimonio.

Luego este lugar ha quedado desprovisto de lo que antes llamábamos pureza. No hay de qué aferrarnos: sólo hay el constante dolor que nos causa y siempre causará la ausencia de la pureza, la irreversible transformación que esta sufrió hacia otra cosa que ya no es nuestra y que nunca jamás lo será ni podría serlo, pues aún si tuviésemos la posibilidad de recuperarla sólo podríamos recordar las infames fotografías de ella felándolo, mirarla de lado, nos ocasionaría horribles arcadas. No regurgitaríamos un líquido benigno: nuestro vómito sería la argamasa maldita del desamparo eterno, aquel homogéneo mal que ha causado las mayores desgracias de la humanidad, aquella argamasa de las que se constituyen todas las ideologías que han tratado de salvarnos.

Siempre hemos querido huir de este dolor. Hemos ensayado La Redención, La Gloria, La Plenitud y La Esperanza. Pero La Redención nos conduce inevitablemente a creer en los otros. Y La Gloria nos conduce fatalmente a destruir a los otros. La Plenitud, en cambio, nos conduce a olvidar a los otros. La Esperanza, quizás la peor de todas, nos conduce a querer a otros. Todas estas operaciones son abominables, implican básicos errores o presunciones irrisorias, no hacen salvo acabar en un inmenso agujero, han sido comunes fugas de esta soledad intrínseca que cargamos, ciertamente lo seguirán siendo, lo volverán a ser, aparecerán otros Mesías que volverán a publicitarlas con éxito, ya todos lo sabemos.

El constante dolor del mundo es irremediable. El desasosiego colma el corazón y el corazón se vuelve idiota o asesino, casi siempre idiota. La desesperanza infecta las orejas y las pone rojas y secas, alternativamente las pone también azules y susceptibles. La decepción inunda nuestras cavidades profanadas, las vuelve a profanar, nos induce orgasmos, nos enamora, nos hace mierda. El fracaso invade el aliento, estremece el alma, sacude el intestino, es evacuado por el ano mientras arde todavía. Las avenidas… lentamente van pasando las avenidas por nuestros ojos defenestrados. Todo lo que nos rodea está impregnado de una carencia: la ciudad es la concreción infinita de la carestía absoluta.

Toda habitación, Bloody Mary, ceremonia, sin razón, amor, fotografía, zapatilla, melodía, noche, cita en el doctor, beso, cena, playa, copa de vino, caminata, travestida por esta melancolía.

Internet

Debo aceptar una nueva paz. Distante del sosiego, es una paz que sé no es la paz final, la paz última, la paz que se nos ha prometido y siempre esperaremos aunque declaremos públicamente que no existe, aunque creamos efectivamente que no existe y lo escribamos en blogs y periódicos y servilletas y se lo digamos a nuestras amigas (tanto las que verdaderamente son nuestras amigas como las que decimos lo son cuando lo único que queremos es darles vuelta, que nos den vuelta) utilizando las fórmulas más impresionantes, tramposas, conchudas, seductoras.

Debo aceptar asimismo, en paralelo, un sosiego bravo. Distante de la paz, es un sosiego que se acentúa en las noches, junto al olor frondoso que penetra la habitación desde el jardín, que se transforma como una crisálida fosca, que parte desde la ingle hasta el universo cada vez que me desnudo.




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