Posts Tagged ‘tiempo’

No fue siempre lo que dije, pero me pareció de súbito que el tiempo que se pasa meditando no lo recuperaremos jamás. Tal como algunos creen que comprar una casa es una ceremonia culminante, pasan su vida ahorrando para ella, se suceden como envueltos en un vértigo cerúleo los años en que trabajan arduamente y sin descanso y al cabo de muchos la compran, se mudan a ella, surcan los amplios pasillos que soñaron, se detienen a observar las estancias que siempre habían pensando poseer y ahora poseen, principian el ensueño: imaginan la reproducción de su prole, la felicidad (aunque perecedera), premeditan la nostalgia y luego de ella una reconfortante melancolía, pues es este, este es, ¡es este su castillo!… del mismo modo –con aquella misma convicción alegre y fatal cuando cojuda en el rostro que nos podría ser útil también para marchar a la guerra– suelen muchos considerar que el tiempo que dedicamos a solitariamente pensar nos será provechoso, contribuirá a nuestra prosperidad, que finalmente, tras años de llevar una vida interior exquisita, aquel día de nuestra última indecisión, cuando nuestro corazón se vea expuesto y nuestro estómago esté diseccionado ante el jurado, lo recordaremos como un tiempo edificante, tiempo que, pudiendo esto ser evidenciado en un argumento diáfano, nos justificó. No les resulta tediosa la soledad. No se consideran imbéciles por andar embobados. Bordean como borrachos que mantienen el pecho en alto las multitudes aglomeradas que danzan en torno a los polos adamantinos de su tiempo. Es decir que viven en la absoluta decadencia.

En cambio nuestras soledades me han parecido exhaustivas. Me han parecido como esas franjas lúgubres de las ciudades que descansan junto a un gran cuerpo de agua fría sobre las que la neblina, vasta y arremolinándose, corre libremente en las noches frescas, impregnando todo y ahogando todo con un humor salobre, colmando los espacios amplios y los intersticios también y trayendo consigo la herrumbre… quiero decir, en efecto dispersando toda posibilidad de lontananza o memoria. No quiero con eso implicar que sea exclusivamente vano echarle unas horas al acto de pensar, pero bien… aceptemos que es casi siempre un acto sin frutos y tortuoso, desprovisto además de toda elegancia, íntimo pero asimismo puerco. En el mayor número de nosotros existe un error inicial que impregna de soberbia nuestros pensamientos, sesgándolos definitivamente. Pensamos porque sentimos, cuando en realidad podríamos sentir porque pensamos. Luego lo que pensamos es tan sólo la concreción o la consecuencia o –en extraños casos dignos de distinguir– la explicación sistemática de lo que sentimos, nada más que la justificación de lo que sentimos y de este modo, si es sólo eso el meditar, jamás escapa de ser un acto de autoconmiseración.

Empero así, creo que estas horas perdidas contienen, todavía con toda su vulgaridad, la única belleza honesta de la que somos testigos. Todas las otras, que de algún modo son aquellas que, en la medida que concretas, podemos señalar como reales, son, tras bastidores, nada más que una impostura o una comedia. No es mas que una impostura el tiempo que paso girando y girando en los extramuros de mí. No soy realmente una bailarina, justificando y reedificando, soslayando y luchando por dilucidar entre lo inconsistente y lo magno –que es lo diseminado por toda la tierra–, lo que ya fue destruido definitivamente. No es más que una comedia mi sufrimiento explicitado: el sufrimiento azul de los anversos llanos de mi cuerpo, el sufrimiento negro de los reversos de mi espíritu. La tentación de la carne de la que me compongo ante todos, inteligente y colosal para la noche y los auditorios, no dirá, de pronto, salvo esto. Y nada más.

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Nos hemos separado como se separa un puñado de moscas muertas que cae sobre una ola que se forma en un río. El río es amplio, el agua está turbia con sangre de pájaros y cacas de niño. El sitio donde hemos caído está próximo a una catarata inmensa. Bajo la catarata está la ciudad o algo muy similar a una ciudad, pues realmente no tenemos una noción clara de lo que es una ciudad, sólo sabemos que en aquel lugar bajo la catarata están las personas, las librerías, los automóviles, el Starbucks, la enología, el cine, la prostitución, la tauromaquia, un sinfín de cosas y también otras cosas y sobre todas ellas, como un rubio señor feudal con mueca de estar a punto de parir, magnánima está la catarata, y antes de la catarata sólo está el río y dentro de él, ahogado en sus corrientes, todo aquello que viaja hacia la supuesta ciudad (utilizando el río ensuciado y luego cayendo a través de la catarata fabulosa).

Hemos caído juntos sobre esta ola y no hemos tomado caminos perfectamente contradictorios. Si bien nuestros caminos han sido sinuosos y a pesar de estar profundamente disociados, se han mantenido contiguos a lo largo del tiempo. Arrastrados por las corrientes enrojecidas: confundidos por el sexo y el deseo y la desolación y la ausencia, no ha sido esto tan extraño. Teníamos pasados distintos. El momento en el que caímos sobre la superficie tibia del río fue precisamente singular: una singularidad. Fue el momento imperfectible y puntual y no por eso menos trivial en que nos encontramos y desde ese momento, tal como no había sido sino sólo así antes de encontrarnos por primera vez, no hicimos salvo desencontrarnos. No es esto increíble: lo inconcebible es justamente siempre esperar más que lo que contiene en si misma cualquier conjunción cotidiana.

Quiero decir que habíamos caído en el mismo punto pero que eso fue sólo un instante, que el punto no era matemático, quiero decir que no se regía por aquella definición, entonces el punto en realidad tenía más de una parte –era divisible–, tenía infinitas partes muy juntas y aún así diferentes, y si yo había caído a un lado de todas esas partes quizás él había caído al otro lado o en cualquier otro lado, y así, de tal modo habíamos ya en ese primer momento, desde el principio comenzado a extraviarnos.

Fernanda vive en Saturno. Yo vivo en Lima. Ambos preferimos el vino y estamos demasiado solos. Eso, entre otras cosas más y menos superfluas, nos unirá para siempre.

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Hace muchos años Fernanda vino a la Tierra y se enamoró de mí. Eran los tiempos de la revolución francesa y yo pasaba las tardes soñando con Tocqueville. Es de entender que estaba confundido y en ese tiempo no la quise. En cambio de querer a Fernanda, quise a Lorena. La quise más que a la libertad, la igualdad y la fraternidad, y eso es decir bastante. Ella bebía mucho más que Fernanda y sonreía mucho más que Fernanda, pero era mucho menos inteligente que Fernanda y sobre todo más fea que Fernanda. Por todas estas razones, era también mucho más fácil de querer. Y así, sencillamente, la quise. Yo veía sus ademanes delicados, cada vez más subyugado, y pensaba que si lograba engañarla con astucia y suficientes diamantes, me querría mucho más de lo que nadie podría quererme jamás.

Y Lorena quizás me quiso brevemente, o pensó que podría quererme, pero al poco tiempo ambos supimos que no era susceptible a los diamantes que yo podía producir en mi secreta mina artificial, 1km debajo de San Isidro, como aquellas minas 1.5km debajo de Johannesburgo. Supe que fracasaría: Lorena prefería los topacios o los rubíes y esas gemas las producían otros.

Primero me rendí, luego traté de imitar esas piedras. Lanzaba los frutos de mi esfuerzo como proyectiles desde manos y hondas y catapultas contra la sien pálida o el pecho descubierto de Lorena, pero ella era inmune. Yo simplemente no podía producir otras piedras y mis piedras rebotaban, se acumulaban y un día, mientras las recogía por los suelos del desierto, fue que conocí a Fernanda. Ella se me acercó y me dijo que le encantaban mis diamantes, que no había piedras así en los desiertos de Saturno. Me dijo que eran transparentes y si se sostenían contra la luz, uno podía ver en ellos la misma alma del Demonio.

Ese mismo día nos besamos e hicimos el amor hasta el amanecer.

Terco, no pude dejar de buscar a Lorena. Aunque habían pasado unos meses terribles, quise todavía tratar. Veía a Fernanda ocasionalmente, pero seguí elaborando diamantes, perfeccionando diamantes, puliendo diamantes, cantando diamantes para Lorena. Pero ella estaba ya demasiado lejos, y se había vuelto supremamente puta. Me enteré que ya follaba con cientos de fabricadores de rubíes, miles de pulidores de topacios: que me había olvidado por completo.

Caí en una profunda depresión y dejé de fabricar diamantes del todo. Pasaba las horas leyendo a Bécquer, o quizás algo aún más ridículo. Gritaba, lloraba, me masturbaba como si hubiera vuelto a la adolescencia. Bebía cantidades enormes de alcohol y vagaba por las jardineras. Dormía en las fuentes. Entraba gritando en las matinées de los cines.

Una tarde, caminando por la Avenida Arequipa, súbitamente me topé con Fernanda. Ella venía en el sentido contrario, me vio y se sorprendió. Pude ver el brillo de compasión en sus ojos. Yo estaba llorando y ella había visto eso en los míos. Le había escondido la melancolía que me aquejaba, le había ocultado mi tristeza por semanas. Ella propuso que bebiéramos algo, que me haría bien. Me llevó a su cuarto y sacó una botella de vino tinto de una caja negra junto a su cama. Mientras ella descorchaba la botella y traía las copas, yo ya sabía que ella era mucho mejor que Lorena, que podía quererme más, pero no podía pensar en eso: sólo podía recordar que Lorena prefería la sidra y que en los buenos tiempos nos habíamos emborrachado muchas veces con ella. Recordaba cómo nos emborrachábamos y nos abrazábamos y nos besábamos por horas, cómo yo le metía el dedo a la boca y le acariciaba con este mismo dedo los pezones y entonces ella cogía mi verga como quien coge un control remoto.

Fernanda siempre prefirió el vino. Cuando sus labios se llenan de él, cuando se cubren en vino y se tornan rojos y helados, son los mejores labios que existen. Uno los besa, ella se estremece y por un momento eso, la figura que formamos nosotros besando su cuerpo estremecido, es todo lo que se nos aparenta necesario. Los ángeles vengadores, torpes y corruptos, han de haberlos diseñado en un arrebato insano de lujuria. Pero en ese momento, cuando Fernanda me sirvió aquella primera copa de vino, yo no lo supe, y tal fue la circunstancia de mi perdición. De eso estoy seguro. De eso y de que ya soñaba con Tocqueville aunque él no había nacido, y de que ya escribía versos que premeditaban a Rimbaud, y de que todavía no amaba el vino.

Al tiempo finalmente nació Tocqueville y yo dejé de querer a Lorena. Entonces me enamoré de Fernanda: entonces ella se tuvo que ir y volvió a Saturno.

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Toda dicotomía tiende a ser el principio de cierta convalecencia.

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Me voy a fin de mes a Buenos Aires por unos días. No conozco Buenos Aires y quizás me voy por demasiados días, aunque el tío Héctor, una de esas personas a quien oigo mucho y no por eso menos selectivamente, me ha dicho que tal cosa no existe, que entre los cafés, las librerías, los lugares para escuchar tango y las mujeres, tal cosa sencillamente no existe. Luciana viene también y me ha dicho que vamos a tener que vacunarnos contra la influenza.

Juan, la cosa está de locos por allá me ha dicho Luciana, la otra anoche por messenger.

Yo le he dicho que no hace ninguna diferencia, que si nos enfermamos nos enfermaremos, que si me enfermo me enfermaré y probablemente ella también y que no estoy dispuesto a limitar o para tal caso delimitar mi diversión para impedirlo, todavía menos a viajar con una mascarilla, que mejor me muero -literalmente- antes de viajar con una mascarilla en el avión, que antes me hago creyente (y exploto todo los beneficios que aquello tiene, de los cuales hoy no disfruto) que transitar por el Jorge Chávez o por Ezeiza en mascarilla.

Sencillamente no quiero usar una mascarilla, y esa es sólo la más obvia y menos vulgar de todas las formas en las que no deseo cuidarme, y esa es la razón por la que la menciono: me permite ser claro. Este es uno de los pocos -pero tajantes- casos en que la vergüenza sobrepasa en mí al instinto de supervivencia.

Y pienso en nuestras noches allá y me imagino que Dora nos va a llevar a lugares oscuros o iluminados, cuadrangulares o intricados, silenciosos o ruidosos, descubiertos o cerrados, es decir lugares muy parecidos a los que frecuento en Lima, muy parecidos aunque transitados por lindas argentinas con tos. No me preocupa demasiado. Al final, no quiero nada con ninguna. Ando descubriendo que soy más bien adverso al contacto físico. Mentiría si dijera que siempre me gusta besar o que siempre quiero tirar, casi nunca sino sólo en las pocas ocasiones que realmente lo deseo, pero incluso entonces también me ha resultado ocasionalmente engorroso.

En fin: le he contado esto a Luciana y Luciana me ha dicho el problema es que los argentinos son unos insolentes, no te dan mucha opción.




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