L’AEROFAGIA È UNA DISFUNZIONE DELL’APPARATO DIGERENTE

Sexo con Ornella

Publicado en Uncategorized por Juan Sahumerio en 10 Noviembre 2009

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Ornella me ha dicho que si le pago 5000 dólares me entregará su cuerpo. Me lo ha dicho sobria y me lo ha dicho también borracha. Me lo ha dicho en serio y me lo ha dicho de broma. Me lo ha dicho la última vez hace 2 meses, una madrugada por messenger cuando yo no pensé que me lo iba a decir y se lo sugerí y me lo dijo y me hizo sonreír. (Creo que estaba embriagada otra vez.) De estas formas y otras me lo ha dicho a lo largo de 4 años, algunas veces con duda, otras con franqueza y algo de gracia e incluso una vez en la playa mientras yo comía unos bombones de vainilla y tomaba un café y ella se mecía en su hamaca bajo el sol y cuando en algún otro lado todo lo demás, aquello que verdaderamente importa, sucedía, ciertamente en otro continente o por lo menos a más de 100 metros de distancia, donde no lo oíamos y no sabía yo aún que estaba ocurriendo.

Calculando que siempre existe algo de verdad en toda broma, que el sexo, en términos simples, a todos nos gusta y que el dinero todos bien lo reciben, estimo que si logro reunir los 5000 dólares y se los entrego, es grande la posibilidad de que Ornella se acueste conmigo. Y sin embargo no es tan sencillo.

El primer problema que salta a la mente es que Ornella vive en Brisbane y yo vivo en Lima. La distancia es fabulosa. Bueno, al menos por ahora vivo y trabajo en Lima, aunque espero escapar del país tan pronto como mi racionalidad financiera me lo permita. Vengo preparando mi huída hace meses. Vengo olvidándolo todo, proscribiéndolo todo, fumigando todo aquello que me amarra todavía a este lugar, a esta forma, a esta posición putrefacta que me atrofia y me hace querer objetos y lugares en las que no me sustento, en donde no me encuentro. Un día ya no tendré nada que me ate y podré huir y entonces todo lo que me ata a este lugar hoy estará muerto y en función de eso yo quizás esté libre. Al menos tal es la hipótesis, pues no puedo negar la posibilidad de que quizás en medio del frenesí destruya por error algo que aún sea parte de mi y que de tal modo destruya por siempre gran parte de mi y que con esta manera tragicómica, en consecuencia, muera permanentemente una parte de mí, parte de la que entonces ciertamente no me habré librado ni me libraré jamás sino que arrastraré a donde sea que escape, siempre, doloridamente, como se arrastra una pierna enana, chamuscada o amputada o un ojo enorme y pardo y ciego o un corazón maravilloso pero poseído y ajeno que siempre nos recuerda aquello que quisimos destruir, que por un instante pensamos haber hecho nuestro, que finalmente no pudimos erradicar.

Y aún así creo que, entero o partido, lo más probable es que logre esta huída. Así, que viva el próximo año en Barcelona. Mientras tanto, existe la posibilidad de que Ornella vuelva a Lima. ¿Qué opciones nos deja eso? En el peor de los casos, ella no logrará volver a Lima pronto, pues está desempleada y no parece estar haciendo demasiado por conseguir empleo (quizás sólo espera los 5000 dólares), lo que le impide comprar un ticket de vuelta, además de tener problemas con la visa, y así lo más probable es que para cuando ella logre volver yo habré escapado ya del país, viva fuera. Allá no sé que vida llevaré y ciertamente no tengo la menor idea cuándo esa vida que lleve allá me permitirá volver acá, a Lima. En el mejor de los casos, si no logro escapar o si no he escapado todavía para cuando ella logre volver, podríamos encontrarnos aquí. Pero eso implicaría esperar demasiado tiempo. El cibersexo no es una opción: la solución es un pasaje de avión. Lo que nos lleva al siguiente problema. 5000 dólares, solamente 5000 dólares ya es muchísimo dinero. ¿Carajo, realmente vale 5000 dólares el gusto de echarse un polvo con Ornella? ¿Quién se ha creído Ornella, una profesional? Ciertamente es cuestionable su talento. ¿Qué pruebas tenemos? ¿Qué tan bueno sería ese polvo? ¿Qué estaría dispuesta a hacer Ornella? ¿Será Ornella particularmente talentosa para el amor? ¿No podría conseguir una amante mucho mejor por ese precio? ¿Vale tanto echarse un polvo con una amiga de la infancia? Son todas cuestiones muy delicadas. Y se vuelven aún más validas si le añadimos a los 5000 dólares el precio de un pasaje de avión, sea que lo tome yo para buscarla o que se lo regale a ella para que me encuentre. Pongamos que ella sigua en Brisbane y yo permanezca en Lima. Serían alrededor de 3000 dólares adicionales a los 5000 ya pactados. 5000 + 3000 = 8000 dólares. ¿8000 dólares por dormir con Ornella? ¡Suena demasiado! La única salida iría porque ella acepte debitar el pasaje de avión de sus honorarios. Pero se lo he propuesto y como una meretriz en regla, higiénica y adusta, se ha negado.

El tercer problema es que Ornella es mi amiga desde que tenemos 5 años, más o menos. Más o menos, lo pongo así, porque calculo que en el periodo entre los 5 y los 15 años no me quiso realmente, sino sólo después. Entre los 5 y lo 15 Ornella era popular y yo no lo era y por tanto no me quería. Luego Ornella ha continuado siendo popular, aquí y en Brisbane. Yo he continuado no siéndolo, como no puede ser de otro modo todavía y probablemente no lo deje de ser tampoco cuando logre huir. Sin embargo de algún modo se ha cerrado una brecha y nos hemos hecho mucho más cercanos, se diría que amigos. Quizás porque Ornella es realmente una mujer inteligente, muy a pesar de lo que ella crea, y quizás porque ese tipo de mujer es el único tipo en el que yo confío, pues encuentro que son el único tipo de mujer que al tiempo que es capaz de oírme es capaz de traicionarme, y esa sensación es absolutamente deliciosa. Pero Ornella no sólo es mi amiga, además es ex enamorada de tres de mis amigos más cercanos. Con uno estuvo un verano a los 12 años y podríamos decir que no cuenta. Con otro (quien a propósito es hermano del primero) estuvo una semana, no sé exactamente cuando. Con el tercero estuvo un año a los 17. Además un cuarto amigo mío dice ha cerrado un contrato verbal con ella, han acordado casarse si alcanzan determinada edad (la cual no conozco) ambos solteros.

Como pueden ver Ornella esta cercada por todos los lados, desde el pasado y desde el futuro, por todos los flancos la rodean rígidos límites. Y con todo no termino de desanimarme. De cualquier modo Ornella es la única de mis amigas que me ha visto calato. Aunque haya sido hace 19 años, quiero pensar que el primer paso está dado.

The Creative Cock

Publicado en Uncategorized por Juan Sahumerio en 5 Noviembre 2009

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Me preguntó a qué me había referido cuando había señalado al orador, había sonreído y había dicho él sí que tiene pene. Yo le dije que imagine un corazón dentro de un pene, luego a su vez este pene -que lleva un corazón adentro- dentro de otro corazón. Ella puso cara de estreñimiento y me dijo que eso era rídiculo y que nada tenía que hacer ella -tan hermosa, tan dulce, tan completamente la mujer que yo quería para mí- imaginando corazones (¡qué cursi!) o penes (¡qué vulgar!).

Un momento después yo le dije que no era en absoluto ridículo, que en ocasiones la verdad estaba detrás de lo insolente o lo sincero, y que en ocasiones nada disntinguía el uno del otro. Pero ella insistió. Entonces yo le dije que trate de imaginar un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene dentro de un corazón dentro de un pene…

Ella permaneció con la mirada opaca y en silencio hasta que, habiendo perdido el aliento del todo, me detuve a respirar. Supe así, retorcido por su cara impávida, que ella no tenía remedio. Aún conciente de lo vano del esfuerzo, le dije todavía, procuraba hablar su lengua es como cuando apuntas la cámara a una tele y proyectas en la tele lo que está en el cuadro: exactamente así.

Labios ahumados

Publicado en Uncategorized por Juan Sahumerio en 3 Noviembre 2009

Una boca llena de humo es una trampa. Es un peligro, en principio, porque el humo nos asfixia. Pero es también indudablemente una trampa. Queremos esa boca y no sabemos por qué y la perseguimos, todavía sin saber por qué. Tomamos un manhattan, ella toma un mojito y la miramos fijamente. Esos labios arden. Más tarde quizás la besamos, luego si podemos penetramos en ella, nos zambullimos como Phelps en esa boca brumosa y esa boca siniestra, no con poco desparpajo y sí con borbotones de ternura y hasta algún llanto, lentamente nos sahúma. En los mejores casos, después de probarnos, esa boca nos acoge. No son pocos los casos en que inmediatamente o pronto nos escupe.

Luego es una mierda. No porque la boca en si misma sea una mierda. No porque el humo sea una mierda. Ni siquiera porque ser escupido sea efectivamente una mierda. Sólo porque el olor del humo es maravilloso, nos ha impregnado, es delicioso, es intoxicante, porque saber que debe uno quitarse el humor del humo del cuerpo es una mierda, porque lo queremos tener encima para siempre, porque por la puta mierda: cómo nos pudo encantar ese humo y cómo jode saber que ya no será así, al menos nunca más de la misma manera, cómo es insidioso sólo entender que encantará a otros y nunca más a nosotros pues hemos perdido esa sensibilidad.

¿Y por qué se llenan las bocas de humo? ¿Dónde, cuándo, cómo, por qué y quién principió esta satánica huevada descomunal, abrasiva y violadora pendejada totalizante? Debo preguntarme eso mientras pienso que todas las mujeres de mi vida han fumado, lo que es decir que todas sus bocas no eran simples bocas sino bocas llenas de humo, así capaces de ocasionar la plenitud etérea y fulminante que suele ser, es y siempre debe ser y nunca no debe ser aunque a veces no ha sido para mí un beso sobre unos labios ahumados.

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José dice que yo atraigo a las cagonas, fatalmente; yo no le creo esta vez y he concluido que atraigo a las que fuman.

No ser quien eres/ser quien no quieres ser/ser el que puedes

Publicado en Uncategorized por Juan Sahumerio en 28 Octubre 2009

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Estoy seguro de que se lo he dicho a Gabriela varias veces. Por ejemplo tomando café descafeinado un domingo a las 11 de la noche, o estacionados más temprano en el malecón, hablando de Italia y España, cada uno, respectivamente. Se lo dije a Clo el día del concierto de Depeche Mode mientras caminábamos en frente de ese cuerpo artificial, ese armatoste terrible que es la oficina principal del BCP en Santa Patricia. Un momento en la terraza de un piso 17 en San Isidro, desde donde maravillosamente se pueden ver los cerros al norte y al este, la playa de la Bahía de Miraflores al oeste, en todas direcciones la ciudad chata y horrorosa, extendida como una sábana sucia, incluso el sunset, en los veranos un sunset cegador que es como una lámpara roja y huachafa, se lo comenté a Rafael y Estefanía y se rieron. Se lo escribí una vez por messenger a Luciana y también se rió (entonces empecé a considerar que quizás sí era gracioso). Se lo he querido decir el domingo a Carolina, quizás antes también, pero se me ha pasado. Probablemente le he dicho cualquier otra cosa en cambio (hay demasiadas cosas que quiero decirle constantemente a Carolina y es entonces muy natural que se me olviden algunas, que no pueda decirlas todas al mismo tiempo).

A Rafael y Estefanía se los dije en medio de un ventarrón y probablemente ni lo recuerden. Estefanía miraba hacia Ripley y Rafael señalaba el nuevo logo del Interbank. Yo trataba de ver por la ventana del baño de mujeres del edifico de al lado y se los dije como se dicen las tragedias en una oficina: con aplomo práctico, como si fueran triviales cojudeces que se dicen rápido mientras se trata de ver dentro de un baño de mujeres y no cuestiones materiales, como si en el instante de un ventarrón cierta providencia –además infalible– fuera a salvarnos de ellas de cualquier modo y no importara realmente lo que pensáramos o pensaran otros al respecto. En efecto, ellos no piensan nada al respecto. Pero a Clo se le dije distinto, como de casualidad. Casi fue un lapsus. Así como el criminal que es atrapado porque delicadamente suelta la verdad en una conversación cualquiera, sobre carros, sobre helados, sobre libros, quién sabe: sobre recetas para escalfar huevos, precisamente de ese modo. Íbamos andando junto al armatoste, yo tomaba té verde y ella comía galletas y yo lo dejé entrever. A Gabriela, en cambio, se lo dije sinceramente, con total intención y no con poca resignación, porque a Gabriela la conozco hace 17 años (y no 10, como ella piensa) y le puedo hablar con sinceridad y resignación, sin discriminar. Por supuesto, también se rió.

Especulo que hay una distancia entre todo y nosotros, entre lo que esperamos y lo que somos. No hay –casi nunca la hay– una coincidencia efectiva entre lo que funciona y lo que somos capaces de hacer. Hay habilidades básicas que se deben conocer. Hay técnicas implícitas que todos deben dominar. Ocurre, y no en pocas ocasiones, que esto no sucede. Luego, se define una brecha. Y en esta brecha, o en las distintas formas como somos concientes de esta brecha, está trazado absolutamente todo lo que haremos, querremos, besaremos, sucederá.

Le he empezado a escribir a Carolina mi papá no me enseñó a saltar, a golpear, a…

Internet

Publicado en Uncategorized por Juan Sahumerio en 26 Octubre 2009

Debo aceptar una nueva paz. Distante del sosiego, es una paz que sé no es la paz final, la paz última, la paz que se nos ha prometido y siempre esperaremos aunque declaremos públicamente que no existe, aunque creamos efectivamente que no existe y lo escribamos en blogs y periódicos y servilletas y se lo digamos a nuestras amigas (tanto las que verdaderamente son nuestras amigas como las que decimos lo son cuando lo único que queremos es darles vuelta, que nos den vuelta) utilizando las fórmulas más impresionantes, tramposas, conchudas, seductoras.

Debo aceptar asimismo, en paralelo, un sosiego bravo. Distante de la paz, es un sosiego que se acentúa en las noches, junto al olor frondoso que penetra la habitación desde el jardín, que se transforma como una crisálida fosca, que parte desde la ingle hasta el universo cada vez que me desnudo.

Kleopatra

Publicado en Uncategorized por Juan Sahumerio en 19 Octubre 2009

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No fueron necesarios mayores malabares, extendidas magias, ninguna especial concentración. Nunca estuve dispuesto a rezar o soñarlo. No me detuve en una colina ni me dejé crecer la barba. Amilanado por los humos de la ciudad –el carbón luminoso de los autobuses, la tos agria: la mirada idiota de los transeúntes horrorosos– empecé esta trayectoria solitaria. No llamé a un pueblo para que viniera conmigo. No propagué esta buena nueva. Había que cruzar el charco a toda costa y yo estaba dispuesto. Me había propuesto aquella meta y ya caminaba por los zócalos del mar, entre lenguados que brincaban sofocados y cientos de pulpos aguerridos, muy campante, muy seco, muy sencillo. Había robado los pertrechos necesarios de la despensa de mi madre: 20 pecanas, 8 huevos y un galón de Coca Cola. No era necesario más. Había traído mi Ipod, unas chanclas viejas y esta mochila de cuero raída. Así podría andar solo por días y no eran todavía días, habían sido solamente horas desde que había partido. Dejando todo: el futuro –que me era tan promisorio– y mi colección de películas de Alfred Hitchcock. Porque al otro lado del charco (donde fuera que eso estuviera) estaba todo lo que yo buscaba, aquello que había perseguido ya demasiado tiempo y que no habiendo sido encontrado me había conducido directamente hacia esta frenética incertidumbre, una incertidumbre amplia que se destilaba rápidamente en una ansiedad ciega y pura, una ansiedad que a su vez era como un vómito verde, ectoplásmico pero concreto, una ansiedad que bloqueaba caminos, inodoros y alcantarillas pero que simultáneamente habría autopistas, que detenía abruptamente toda razón de esperanza pero que indefectiblemente conducía a considerar la posibilidad de que existiera aquello. Y si aquello verdaderamente era todo lo que buscaba (como lo intuía, si bien no lo podía comprobar del todo pues la certeza es en si misma inalcanzable), había que hacer lo que fuera por descubrirlo.

Entonces brinqué de mi cama, apagué la televisión y lancé el control remoto por la ventana. Le dije a mi madre que no me esperara, que era como esperar a que volviera Jacques Costeau de entre los muertos: que nadie era tan huevón para esperar que alguien volviera del otro lado del charco. Ella automáticamente lloró, vaciló, me dijo que no me vaya. Yo no hice más que gritarle que ya me había ido; cerrando la reja metálica que daba a la calle, más allá del portón principal y de la puerta de vidrio: ¡ya me fui! le grité. Ella probablemente se quedó pensando en Jacques Costeau; yo me sentí un albatros que planeaba sobre las Islas Galápagos, gentilmente sobrevolando los peñascos, estratégicamente aproximándome poco a poco en perfecto sigilo: un albatros con la misión secreta de cagar el yate blanco como la nieve en el que se asolea Jacques Costeau, un albatros dulcemente escandiendo un gesto amargo de esperanza y bufa en blancas sílabas de caca sobre la oscura piedra volcánica y los nuevos lentes de sol de nuestro memorioso Jacques, siempre bronceado, sexy y de pelo cano, siempre en tanga azul marino. Lo que en ese instante me confirió de efectiva y apreciable libertad, entusiasmo, expedición, lo que fue al cabo positivo dado que no tenía idea de dónde iba ni de lo que me esperaba. Y sí que me esperaba mucho (como lo intuía, si bien no lo podía comprobar todavía).

El asunto es que iba descendiendo por una quebrada que se ahondaba en lo profundo del zócalo marino. La quebrada cortaba el mismo lomo de la placa de Nazca y se hendía como una cicatriz entre dos aristas gigantescas de barro, guijarros y musgo, desde el este hacia el oeste. Yo descendía por un camino rocoso y húmedo, descendía pausado por la ladera que se arrimaba al norte. El suelo estaba todo cubierto de restos de algas verdosas y de palabritas que crujían bajo el peso de mis pisadas. El sol quemaba y eso era extraño, porque en la ciudad de Lima y en la costa y las bahías que la rodean el sol no suele aparecer salvo en los meses de verano, y entonces incluso tímidamente. Esto era octubre y contra todo pronóstico el sol pujaba como un enano perverso, estreñido y sesudo, hacía las veces de un cíclope incisivo, se esforzaba y descendía sobre la ciudad y las costas y las bahías que la rodean, conseguía en efecto subir la temperatura. En consecuencia parecía elevarse un humo salobre desde las rocas y la mugre que recubría el suelo, normalmente acostumbradas al abrigo del agua. Todo parecía estar hirviendo o próximo a hervir, y del musgo y de las algas, de todas partes surgía este hedor pestilente, marciano y soez. El hedor tenía un sabor dulce, agridulce, un efecto intoxicante e inmediatamente narcótico. Entonces, no sé si temiendo perderme en algún nuevo placer o quizás buscando escapar de ese vaho venenoso, cambié de rumbo. Doblando hacia el norte comencé a trepar la ladera. Y la tarea fue dificilísima. El material suelto conjugado con la humedad habían convertido a la cuesta en poco menos que un tobogán. Para lograr avanzar había que patear y hundir el pie en la grava a cada paso, construyendo de este modo un peldaño temporal, abriendo un camino. Así, a pesar de la moderada distancia, sólo después de dos horas fui capaz de alcanzar la cima y el abra que separaba a la quebrada del resto del horizonte. Desde lo alto pude observar los alrededores con mayor claridad: no había nubes por ninguna parte. Podía ver claramente en todas direcciones. Hacia el norte, a unos 5 km, podía ver la gigantesca montaña que era la isla San Lorenzo; detrás de mí, otros tantos kilómetros en esa dirección estaba la península de Chorrillos. La luz solar atravesaba todo, iluminaba la atmósfera completamente, así impregnaba este paisaje lunar de apreciable vida y le confería a la realidad trastocada, en un sentido muy convencional, de un tinte Pop.

De pronto reconocí un yate. Miré hacia abajo: detenido sobre las rocas a unos 200 metros de la cima donde yo me situaba había quedado ligeramente de lado, varado entre unos peñascos filudos. El casco estaba astillado y quebrado, del lado de babor se veían profundas llagas y detrás de él corría un riachuelo de combustible. Sin embargo, a pesar de la zozobra evidente en la que estaba sumido, no parecía haberse detenido la fiesta en él. Decidí acercarme a él y empecé a bajar del otro lado del abra, adentrándome en otro espacio que ya no era un valle agreste sino que más bien parecía una distendida planicie cóncava, un bowl árido y perfumado. Me detuve a escasos metros de la embarcación.

Mi primera conclusión fue que esta tenía que ser la mejor fiesta que había visto en toda mi vida. Si bien el yate no era gigantesco, pues tendría a lo sumo 50 pies de eslora, lucía como una estrella –era totalmente blanco– y estaba todo cubierto de gente. Habría unas 40 personas en él y todas reían, brincaban, jugaban o conversaban, bailaban y brillaban, besaban, bebían de aquella forma en la que bebemos sólo cuando somos totalmente ignorantes de lo que sucede a nuestro alrededor. Luego estaban absolutamente felices, no había lugar a cuestión sobre aquello, y eso hacia perfecto sentido: los 40 embriagados que constituían la fiesta en ese bote de ningún modo sabían que el océano se había secado a su alrededor y que su yate, magnífico como era, estaba encallado en el fondo del mar.

Mi segunda conclusión fue que existía un secreto profundo pero mundano y solemne aunque seguramente satánico que yo desconocía y que se revelaba a casa instante en una forma extravagante, continuamente en la celebración que observaba, validándola, volviéndola maravillosa y entrañable. Se revelaba en los ojos endiablados de las mujeres y en las sonrisas sublimes de los hombres, o quizás en sus camisas abiertas que dejaban entrever sus pechos lampiños, en todo caso siempre sólo en cualquier parte de cualquiera de ellos, hombres y mujeres indistintamente, por ejemplo en sus ropas blancas y frescas o en las comisuras de sus labios al sonreír o en el brillo de sus dientes y en el reflejo negro de sus gafas al inclinar levemente la cabeza hacia atrás para beber un poco más de las amplias copas de cristal. Este secreto, por lo demás, jamás me sería revelado.

Mi tercera y última conclusión fue que la mujer delgada de pelo oscuro y ojos claros que me había visto acercarme poco a poco, que se había erguido y había caminado sin quitarme la mirada de encima hasta el borde de la cubierta, que no llevaba nada sobre la piel excepto un bikini naranja y minúsculo y que sonreía, que sostenía una copa de un líquido enrojecido y de apariencia deletérea, que me miraba ahora a los ojos y murmuraba desde sus labios algo que yo no entendía ni estaba seguro de que quisiera entender pero que quería pensar estaba dicho inglés, que bien podía estar siendo dicho en swahili, francés o rumano, que ella tenía que ser la encarnación irrefutable, la concreción misma de Kleopatra en el Pacífico. Y de pronto la mujer hizo así con la mano, así también con los brazos. Entendí que me invitaba a subir al bote. Trepé por la escalera trasera, caminé entre los invitados y me senté a su lado.

Empezamos hablando de objetos. Ella me preguntó qué me parecía el yate. Yo le dije que me parecía un yate bacán, pero que en líneas generales prefería los veleros. Me preguntó qué pensaba del tamaño de su yate. Le dije que ciertamente era un yate muy grande, que debía gastar mucha gasolina y que tras él debía quedar el agua del mar hedionda y aceitosa. Me sonrió, me dijo que su yate sólo tenía 49 pies y que había yates mucho más grandes, que había yates de 150 pies, por ejemplo. Yo le dije que eso me parecía increíble y que si era cierto, tenía que ser además alucinante. Ella me dijo que habría querido uno con el deck más amplio, pero que los impuestos eran una barbaridad en el Perú. Yo le dije que no sabía nada de eso, pero que seguramente era así porque alguien se hacía rico con ellos. Ella me dijo que era justamente eso, que en este país había mucha gente que se hacía rica con el dinero de otros y que robar sus impuestos era sólo uno de los muchos métodos que habían sido inventados. Yo asentí. Ella me dijo que a eso le llamaban economía de libre mercado y, por si lo dudaba, que era la más grande de todas las maravillas modernas. Yo asentí. Me dijo que todo servía para nada y que lo único que podía hacer uno, al fin y al cabo, era comprarse un yate lo más grande posible y pasarla en él bebiendo copas de este líquido enrojecido (que era hecho en Italia), tomando sol en el deck mientras electrocutaban personas en el SIN, todavía en el año 2009, y especialmente si morían policías en la selva. Yo sólo asentí.

Luego quiso que habláramos de películas. Yo no le quise hablar de películas y traté de asir su mano, pero la retiró sutilmente. Estaba sentada en un pequeño asiento de lona blanca y, muy recta, me miraba hablar, casi declamar. Entonces le dije que me gustaba Isaac Asimov. Recogió su pelo, lo sacó de su mejilla derecha y lo colocó detrás de su oreja. Me preguntó qué películas había hecho. Le dije que ninguna, pero que algunos de sus cuentos los habían hecho películas. Se acomodó los lentes; usando la mano izquierda extendió el dedo índice y con él empujó suavemente la parte de la montura que descansaba sobre su tabique. Me dijo que Asimov sonaba ruso. Asentí, le dije que en realidad era norteamericano, como Dick Cheney o como Arthur Miller, como D.W Griffith. Me dijo que le sonaba ruso, como Garry Kasparov o como León Tolstoi, como la palabra Perestroika. Me reí. Le gustó que riera: me dijo exagerando que le encantaba la palabra Perestroika, que Gorbachov era un genio. Tomó un sorbo de su copa y agregó –empero– que los rusos en general le aburrían. Yo le dije que había muy buena literatura rusa. Ella me dijo que en Rusia hacía demasiado frío. Yo le dije que eso era cierto. Ella me dijo que sólo había leído esa del Archipiélago Gulag. Le confesé que en ese caso la comprendía.

Después hablamos de perfumes. Yo le dije que mi olor preferido era el de los jazmines por las noches de verano, ese perfume esparcido por el aire cálido de aquella temporada. Ella me dijo que eso era muy maricón de mi parte y que su olor preferido era el de las madreselvas, si bien algunas noches era el de los floripondios, perfume que entraba por su ventana eventualmente y la drogaba por sorpresa y que por tanto la hacía feliz por sorpresa. Deduje que le encantaba que la tomen por sorpresa. Me corregí: le dije que mi olor preferido no era en realidad el de los jazmines, que eso la había dicho para encantarla, sino que mi olor preferido era el del agua clorada que se seca sobre la laja una tarde soleada junto a una piscina. Ella me dijo que eso sonaba muy bonito, como a cuento de Lewis Carroll, y que entonces me perdonaba por mentirle. Yo le dije que ella olía a fruta oscura, a madera rancia, a cueva mohosa donde están madurando un Gouda brutal. Ella me dijo que yo olía a sudor de bestia de carga, a cuero curtido y avellanas. Yo le dije que a eso a lo que olíamos le llamaban almizcle, que era una mezcla de sobaco y feromonas. Ella no lo comprendió.

Finalmente hablamos de viajes. Me preguntó a dónde iba. Le dije que iba en busca de dios. Me ordenó que no le mienta otra vez. Le dije que no le mentía, que sólo utilizaba una metáfora. Me pregunto a qué dios buscaba. Le dije que a uno borracho y redentor. Me dijo que ese dios no existía. Tomó de su copa. Me dijo que sólo había un dios y ese dios era macabro, aunque la verdad muy guapo. Le dije que debía tener razón. Me preguntó donde lo buscaría. Supuse que quizás le interesaría buscarlo también, en vista de que claramente su dios, si bien guapo, era macabro. Le dije que al otro lado del charco. Me dijo que eso era demasiado lejos para ir caminando, que quizás este charco no acabara jamás. Le dije que sí lo hacia, que tenía que hacerlo. Ella me dijo que no lo creía. Yo insistí en que ya estábamos muy viejos para cometer ese error. Puso cara de duda. Le dije que me compararían con Leif Ericsson y pondrían mi nombre en un colegio. Tomó un sorbo de su copa. Me aconsejó que en todo caso fuera en avión o me comprara una Jeep. Me reí. Puso cara de confusión. Me reí otra vez. Me dijo que no me burle. Me volví a reír. Entonces me dijo que era un papanatas. Yo le dije que la iba a amar para siempre. Entonces me propuso follar bajo cubierta.

¿Te parezco bonita? ¿Para qué te paras? ¿A dónde vas?

En una cabina el amor es como una burbuja. Fuera de ella el amor es muchas cosas más, todas esas cosas que siempre son dichas y que no nos detendremos a considerar esta vez. Porque dentro de una cabina, bajo una fiesta y después de una copa o dos o tres de un líquido enrojecido, el amor es sólo como una burbuja. No escapa y por tanto sofoca, abruma, se torna tibio, cálido, inevitablemente acaba volviéndose ardiente y fucsia como una estufa, se desata y es una granada tremebunda que nos envuelve y nos fulmina y finalmente nos absuelve. Esto, como todo lo que es maravilloso, es al cabo también violento, vejatorio, vertiginoso. Es decir que en una cabina no se ama bien: bien como se quiere en el campo, con el olor del arroyo y el perfume del heno ascendiendo por las fosas nasales; bien como se quiere en la playa, ventilados los cuerpos de los amantes por la brisa; bien como en un jardín, sobre la grama fresca, bajo la luz de las estrellas de cielo. Es decir que en una cabina se ama mal, como en un video amateur que buscas en Internet. Se ama sin foco y sin nitidez; sí se ama, pero el cuerpo de este amor está partido y perdido, cuadriculado en píxeles que le son insuficientes porque vuelven discreta una pasión irresponsable que de cualquier modo es continua, indivisible. Las tomas de este amor procaz son pobres, están de lado, están torcidas, tiemblan u oscilan al tiempo de los giros y saltos de los cuerpos excitados, a veces no incluyen en el cuadro lo más trascendente o pierden en un descuido el momento culminante de la faena. Los besos que corresponden a este amor son cortos, a lo menos son muy incómodos, a veces demasiado grandes para entregar la ternura suficiente, otras demasiado pequeños para connotar la voluptuosidad que está implícita en él. Es un amor que no tiene espacio para nada, que no atina a nada salvo culminar de cualquier modo, porque está hacinado y es bruto, porque para él la gravedad es un enemigo y eso le confiere una propiedad torpe y ensuciada. En él todo se hace demasiado rápido, quizás demasiado lento –entiéndase: se hace muy mal–, y así no es un amor para todos, claramente no es un amor popular, en realidad es un amor que pocos desean y que menos logran, pero es un amor que en esa hora, envuelto como por un hermoso y vulgar alicate en las piernas de Kleopatra, fue suficiente para mí.

¿Te gusto? ¿Te gusta mi pañuelo? ¿Do you fancy mon écharpe?

Después de acabar le dí un beso en los labios. Me erguí y vi su cuerpo blanco y desnudo y pequeño que permanecía inmóvil en el lecho. Se encogía en un ovillo tétrico, se protegía todavía de mí. Era pálido y daba la impresión de estar hecho de mármol, cubierto en un esmalte suntuoso y homogéneo. Estableciendo un contraste frío entre su piel y este, un pañuelo azulino le rodeaba el cuello. La cabina a la que habíamos entrado era un cilindro, una especie de cavidad de nave espacial o de cueva mal iluminada, un lugar contradictorio que en ese instante me daba la sensación de asemejarse a una cámara frigorífica. Habíamos entrado y habíamos terminado y yo me había erguido y allí estaba ella: inmóvil y etiquetada. Entonces, precisamente cuando lo noté, ese lindo pañuelo azulino le rodeaba el cuello todavía, le giraba alrededor del cuello como una horca. Yo pensé en una horca, en una ejecución y en una etiqueta, luego me sonreí. En ese mismo instante me empapó un olor a pez que había surgido súbitamente del cuerpo de ella, que había colmado instantáneamente la cabina como un gas, aunado a sus gritos unos minutos antes, contrapuesto a cualquier llanto, multiplicado por mis pasiones ya satisfechas. Me embebía, asimismo, un deseo puro, un estado puro de logro. Mientras me vestía, reconocí por la única claraboya que fuera duraba todavía la ceremonia. Aún bebían, reían, se besaban los invitados entre si. Los vi y me sonreí. Tomé asiento y pasaron unos minutos en perfecto silencio. Me dispuse a verla por segunda vez: estaba pálida como un muerto. ¿Dormía? Su nariz estaba plácida y su ceño estaba seco, su abdomen estaba lánguido, su ingle no se movía. ¿Dormía? Sólo la sien mantenía su color: una pequeña flor, tenía una pequeña flor escarlata descansando sobre la sien. ¿Dormía? Era difícil decirlo. Sus ojos estaban cerrados pero sentía que me miraban todavía.

¿A dónde vas? ¡Vete! ¿Qué es eso?

Estamos preparados para mucho menos de lo que nos sucede. Estamos preparados para todo lo que pensaron que nos iba a suceder, pero de pronto nos sucede mucho más de lo que pensaron. En eso consiste todo: en la sucesión azarosa de eventos para los que estamos y no preparados. De pronto salimos a la mar y nos suceden cosas que no nos debían suceder, que no estaba previsto que nos sucedieran. Por ejemplo, conocemos a una mujer y ella sonríe, lleva un bikini naranja, nos conduce a una cabina que es como una cámara frigorífica. Por ejemplo, bebemos demasiadas copas de un líquido enrojecido. En eso consiste todo: en la sucesión azarosa de eventos para los que estamos y no preparados y antes los cuales hacemos cualquier cosa: el ridículo, lo mejor, lo inimaginable. Y después es fácil. Después vagamos por las quebradas, descendemos desde la ciudad, paulatinamente hasta algo monumental o irrisorio que acumula la mierda o se asemeja a su verdadera esencia –que es divina– y más allá de lo cual, así lo esperamos, está lo que buscamos. Avanzamos entre hordas de caballas estacionadas en los lechos, entre hordas de caballas boquiabiertas que mueren en sus lechos. Si tenemos hambre, asesinamos a un tollo indefenso que ha descansado en cualquier cuesta, nos alimentamos de sus vísceras cartilaginosas. Al cabo, el sol sigue alto, a pesar de nuestros actos. Descendemos en otra quebrada: el musgo, el perfume narcótico de las algas rancias nos excita, nos detiene: nos confunde y propulsa. Alcanzamos un abra nueva: la claridad y el horizonte son todo lo que hay. Todo se repite y en algún lugar entre la espesura y la amplitud ambas, conjugadas, empiezan a diluir la memoria del viajante, otrora tenaz.

¡Dame un beso! ¿Cómo te llamas? ¿Quieres abrazarme?

Como les digo: sencillamente brinqué de mi cama y me despedí de mi madre. Ella trastabilló, lloró mientras yo partía. Hice como si no lo supiera, imaginé que su llanto estuviera demasiado callado y fuera inaudible. Salí y crucé la avenida El Ejercito, caminé unas cuadras y descendí por la cuesta hasta la playa desierta de Magdalena. Sintiéndome entrar en él, el mar se abrió. No se abrió en dos, como partido por una navaja. Ese fue el absurdo método de Moisés. Pobre viejo: maldito, senil y abigarrado. ¡La técnica avanzó tanto desde los tiempos de Moisés! El clarinete, ¡la bala!, el helado de vainilla, ¡la cámara fotográfica!, los implantes de silicona, la inteligencia artificial, el vinagre balsámico, ¡la pornografía!, el teléfono, la vida extraterrestre, el sistema ISO, las metanfetaminas, el borrador, ¡la fresa!, el sticker, la melancolía… Este mar se secó paulatinamente entre mis piernas, hacia mis piernas: como si toda la Bahía de Miraflores fuera una bañera y yo hubiera hundido en ella la boca de mi aspiradora.

¿Me quieres? ¡No te vayas! ¿Sabes francés?

No me parece descabellado el símil que compara un agujero negro con el portal de San Pedro, la puerta de entrada al infierno con el milagro cósmico.

Mala praxis

Publicado en Uncategorized por Juan Sahumerio en 4 Octubre 2009

Yo estoy en la cama leyendo, o quizás viendo el programa de Anthony Bourdain y pensando en que él sí tiene un buen trabajo. Entonces ella se adormece, llora a mi costado. Se acurruca a mi lado y me abraza; toma mi barriga, como haciendo una cúpula con la palma de su mano, luego mete su mano debajo de mi pantalón y me dice que me ama. Me lo debe todo y yo lo sé, por eso le hago el amor todos los días. Pero es pésima haciendo el amor y ocasionalmente debo fingir mis orgasmos. Ella es en si misma insuficiente al amor. De pronto trata lo más que puede, me da la mano, me invita vino español que ha sido enfriado en un cántaro de barro y que yo bebo feliz mientras veo el programa de Anthony Bourdain, me besa tristemente en los ojos. De pronto toma mi corazón entre sus labios (un acto bastante temerario). Yo siento pena por ella y es entonces que le hago el amor, finjo mis orgasmos. Luego ella vuelve a llorar, preparamos café y ella prende un cigarro; salimos a la calle y ella compra chocolates baratos. Hemos parado anoche a las 3 de la mañana en un Repsol, le he querido explicar que el Ritter sport es mucho mejor que el Triangulo, que tiene que comprar chocolates con por lo menos 50% de cacao, si no es que 70%, pero ella es demasiado estúpida para entenderme.

Hace muchos años estaba en un bosque cuando me alcanzó por primera vez. Yo iba por una senda y ella apareció por el costado, silenciosa entre las ramas. Tenía el paso de una mujer bruta y yo inmediatamente supe que era bruta, quizás incluso un poco puta, pero ella quiso hacerme creer que era una gata, aguda y culta, lectora de 3 tragedias griegas y una comedia, dueña de 2 viajes a Nueva York (uno antes de la caída de las torres, uno después), es decir una mujer capaz de entretenerme. Sin embargo yo inmediatamente supe que ella era mucho menos. Puedo confesar que en ese tiempo pensé en Darwin: que muy pesimista deduje que estábamos todos jodidos, envueltos y atrapados para siempre por una manada asnal y beligerante de mujeres putas y brutas en busca de parir. En primer término odié su sonrisa, su camisa, sus ojos pardos, su peinado: era, en suma, demasiado hippie. Lo que quiero decir, rápidamente, es que era ese tipo de chica que habría debutado en Woodstock y que yo inmediatamente lo supe. Mientras que yo añoraba un contraste insolente, una desenvoltura púrpura, ella sólo podía proveerme de good vibes.

Me cago en tus good vibes pensé cuando la vi aparecer.

Y ella quiso hacerme creer que era una gata: un objeto seductor; otra cosa, no esa pobre excusa de mundo ocre que en verdad era; algo mejor y azul, algo excitante y refulgente, pertinente, incitante o categórico que me pudiera violar el alma como ya lo habían hecho otras mujeres antes, como ella jamás podría. ¿Por qué no podría? Porque era demasiado real y pertenecía a esa estirpe insana y comúnmente no cuestionada de imbéciles bien intencionados, amables y muy bien leídos que aman lo verdadero y que cargan a cuestas una cantidad infinita de argumentos irrebatibles; porque desconocía que el secreto del deseo no se hallaba en esos escritos con aprobación intelectual unánime que ella acumulaba en su mesa de noche sino sólo en una verde enfermedad, sólo en un avezado y ebrio leap of faith, en el perfecto dislate, en un espléndido absurdo.

Con este propósito –con el propósito de hacer creer que era una gata– primero brincó, anduvo sinuosa por una rama finísima, tan fina como un sollozo. Yo dudé, pensé ¿quién es esta chica?, no dudo puse cara de sorpresa. Y entonces se pasó de conchuda, en un arrebato de soberbia pretendió decirme miau. Miau me dijo. Y yo le dije puta Realidad. Me reía de ella mientras su tez enrojecía, sabiéndose reconocida. ¡Maldita puta, hija de puta Realidad!

En las noches encuentro que todo lo que nos rodea se refiere siempre a este minúsculo error original.

Mientras anochece en el matadero

Publicado en Uncategorized por Juan Sahumerio en 2 Octubre 2009

La noche está cayendo sobre nuestra Lima múltiples veces centenaria. Ya escucho el ruido de los cuchillos afilándose. Ya puedo ver la Luna enrarecida por la primavera. A través del tiempo y una nube, levemente diluido por el ruido de los autos impactados por la caca de los pájaros, escucho los gritos del Virrey Amat: a través de 4 siglos sus improperios están en catalán y poco los entiendo. Me dirijo a él.

Querido Señor, yo sólo quiero mejorar, o quizás digamos solamente que no quiero empeorar. Acepto que quizás he empeorado con los años, que me he hecho malhumorado y mucho más ridículo, y que inevitablemente, repleto de Inca Kolas y habiendo visto demasiada pornografía amateur, me he hecho al mismo tiempo maligno y burlón, exitoso y galante, amoroso, sensible, imparcial y espaciado, justo y juguetón. Confieso que no he cuidado en absoluto de mis carnes, que he devorado demasiadas veces los alimentos prohibidos y que eso me ha hecho débil. Pero débil he continuado contra todo, a pesar de todo, a pesar de la proliferación de rompe muelles y la humedad del acantilado, destartalado: vapuleado por los profesores de gimnasia e ignorado por las chicas bonitas de la universidad, a pesar de haber odiado tanto a mis amantes, incluso tras haber visto todas las terribles películas que me hicieron comprar. Así, al cabo, creo haber alcanzado una destreza suficiente para el mundo.

Querido Señor, no quiero entonces fracasar. Quisiera acopiar el amor en cualquiera de sus formas, una y otra vez, en porciones continuas o discretas, enormes y también pequeñas. Porque no todos lo saben, pero el amor tiene miles o millones de formas (y el dinero es sólo una). Y por eso mientras viajo por este camino estrecho lo veo todo verde y sólo pienso en usted (que tiene mucho dinero). OK, mentira, no pienso en usted. No puedo pensar más de 8 segundos en usted. Trato de fijarme en usted, en los pelos largos como raíces que emergen de sus fosas nasales y en sus greñas brillantes -que debería lavar-, en cambio pienso en pequeños besos, en pequeños brazos que ocasionalmente engordan y en pequeños cuellos; en labios, finas narices de mujer y en enrojecidas orejas. Ocurre así que acabo pensando en la belleza como en una propiedad perfecta e impropia, ignominiosa, ciertamente una propiedad que usted no guarda y que por tanto debo repudiar.

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La noche está cayendo cada vez más sobre esta costa. Ha reclinado primero su melena roja, ahora su velo púrpura nos cubre. Oscurece cada vez más y los gritos se ahogan en el trayecto de los barcos a la playa como ahogados por el tufo de un dios puto y descansado. Oscurece y oigo los cuchillos afilándose… ¡Ya llega el carnicero! Me dirijo a dios (puto y descansado)

Señor, le confieso que quisiera vivir sumido en el confort, que me he vuelto adicto al confort, que el confort es la cocaína de mi amor. (Me han criado mal en esta casa próspera.) He extrañado un viaje a la playa, una mañana sosegada con el viento del Sur sobre los ojos a través de la ventana del automóvil, despabilando los párpados, un verano con mis padres como aquellos veranos cuando era niño. He extrañado la fotografía que nos tomamos en Epcot Center y esos helados de Chip n’ Dale y esa playa con arenas gruesas en Miami Beach. Ahora sólo quisiera beber vino en los inviernos, ahora sólo puedo comer chocolates belgas sin parar y recordarlo. Quisiera pasear en auto por la misma autopista de entonces, rápido e insolente mientras bebo una cerveza, mareado por ese olor oceánico tan propio del sexo femenino.

Querido Señor, yo quiero amarlo por sobre todas las cosas, pero es muy difícil. Aunque fácilmente podré amarlo sobre mi madre y mi padre, sobre mis hermanos y la Patria, incluso sobre la música de Iggy Pop y el video-arte, encuentro muy difícil ser capaz de quererlo más que a un Mercedes. Sé muy bien que el amor no se encuentra en un Mercedes, pero yo quiero hacer el amor en un Mercedes. Ya lo supo Janis Joplin y ya sabemos todos que ella está con usted. Estoy desamparado, pero aún confío en el secreto que no conozco. Está en sus camisas suaves como párpados de ángel y en su reloj brillante, ¡mucho más brillante que Alfa de Centauro!

El carnicero ha llegado y me mira minuciosamente, se limpia la sangre de la frente y analiza mis curvas, vuelve a afilar el sable. Me dirijo a él.

Querido señor, ¡estoy muriendo! O quizás no estoy muriendo, quizás es sólo que me estoy multiplicando, que me he visto diseccionado y expuesto. ¡Mis carnes no le sirven! Se me está pudriendo la crin: se me están alargando los pies. Cada día parezco tener menos pelo (cada día soy más estable). Aún ebrio ya no me caigo por los suelos. Duermo en las escaleras y no muero: mi gorda billetera hace contrapeso a mis vaivenes. Esta noche he visto a una mujer y no la he deseado. Era suya y yo pensaba en usted. Ok, bueno, quizás no pensaba en usted. Quizás pensaba en una chica con quien me escribo. Usted está muy viejo y sus carnes ya son filetes rancios que no inquietan.

Querido señor, pronto tendré que arrebatarle todo. Antes que lo sepa tendré sus ojos ensartados en mi máscara (y todo su dinero en mi colchón). Perdóname que lo haya molestado con mis suposiciones. Es usted un grandioso Hijo de Puta y no pude contener mi admiración.

Miguel

Publicado en Uncategorized por Juan Sahumerio en 25 Septiembre 2009

jermaine

Miguel se me adelantó y se presentó, se sentó a la mesa del café, sagaz como un gato, me miró los zapatos primero (eran unos sencillos zapatos de lona blanca y debió llamarle la atención su pueril, brillante condición), luego cruzó las piernas con esa manera sensible que tienen los hombres sensibles para amodorrarse y me dijo cómo se llamaba. Me dijo también, con cierta sonrisa orgullosa, que era un consagrado paparazzi.

Hola, soy Miguel, el amigo de Azucena, el consagrado paparazzi.

Yo me sorprendí. Él tenía los ojos claros y grises. Sudaba aún, a pesar de haber entrado al café hacía rato y de haberse sentado primero en otra mesa, mirándome de lejos unos minutos, dudando sobre si acercarse o no. Yo lo había reconocido a lo lejos –lo conocía ya de unas fotos en el Flickr de Azucena–, había reconocido sus ojos claros y grises. Después de notar mi sonrisa educada él se había decidido, se había levantado procurando una actitud desmedidamente vigorosa y había caminado directamente hasta la silla que estaba al otro lado de la mía. Se había sentado con un ademán elegante, como de intelectual de moda tomando asiento en un concurrido café vienés, y así había descubierto yo que si bien tenía los ojos claros y grises, al mismo tiempo eran demasiado amplios, estaban envidrados, eran brillantes y azules, estaban como estrellados en el espacio. Risueño, los utilizaba para mirarme detenidamente mientras jadeaba. Yo proseguí con la conversación y le dije muy serio que en Lima no había paparazzi. Él me dijo ¿y qué crees, que te estoy mintiendo? Yo le quise decir que sí, que era muy bello y que por tanto tenía cara de puto y que por tanto tenía que ser un mentiroso. Todos los hombres somos así. Pero él no tenía cara de estar mintiendo realmente, nos reímos y así fue que supe que Miguel era el primer paparazzi limeño que conocía.

Había llegado a Miguel a través de Azucena. Había llegado a Azucena a través de un beso. Había llegado a aquel beso a través de una mirada. Me había aventurado a esa mirada, ya un año atrás, gracias a una perfecta desesperación. Un año después y omitiendo cientos de detalles, había quedado con Azucena en tomarnos un café, con ella y un amigo suyo, fotógrafo. Había bromeado con Azucena sobre tomar unas fotos después. Unas fotos en ese sitio donde fuimos una vez me había dicho. Y ahora, mientras me sentaba con Miguel a tomar un café en ausencia de Azucena, no reparaba cabalmente en lo vago que había sido todo aquello. Me atenía a la realidad: sabía ya, por ejemplo, que Azucena era preciosa y estudiaba diseño de modas, que sólo quería saber de hombres y que yo era uno, lo que presentía no debía ser una casualidad: debía ser una señal que me condujera hasta poseerla. A ella, con sus cejas oscuras y con sus greñas magníficas, con sus ojos magos y esos labios que parecían de plexiglás. Adicionalmente estaba por saber que Miguel, a su vez, era el mayor experto en hombres que transitara la ciudad. Experto en siluetas de hombre, en perfiles de hombre, en iluminación muy profesional de hombres: experto en sucios cuerpos de hombre fotografiados en bañeras, indignamente fallecidos bajo puentes, desnudados entre sábanas e incluso montados en vistosos automóviles. En resumen, estaba por concluir que ambos amaban los penes. Sólo que Azucena tendía a escribir poemas –muy malos, por cierto– sobre penes paternales y maravillosos y dignos y generosos, llenos de templanza o sabiduría, mientras que Miguel prefería buscarlos en Internet, principalmente en versiones portentosas. Eso no los hacía perfectamente compatibles, pero eran grandísimos amigos, me explicaría Miguel. Pues si bien Azucena era una chica muy sensible prefería jactarse de femme fatale, entiéndase: de puta imposible. Y Miguel, muy apropiadamente, era efectivamente una puta imposible. En esta coincidencia yacía el secreto de su amistad incondicional, glamorosa, intermitente, jodida, ocasionalmente tierna, al cabo perfecta y envidiable.

Azucena no va a poder venir, se quedó en el estudio me dijo.

Mirar a Miguel me daba cierta paz, cierta lujuria exánime, aquella lujuria que no propulsa ni ocasiona rubores o erecciones sino que reposa, incita al reposo, no coacciona a lo animal, sólo permite intuir su posibilidad o un atisbo de ella lo suficientemente pequeño como para negarla, y que por tanto es una lujuria fácil de llevar, una lujuria acaso moral, colonial, una lujuria secreta de verano y balneario apacible durante la cual se puede tomar un café caliente o escribir un libro extremadamente prudente sobre política económica o tener una familia contenta en la Lima de 1963, recién elegido Belaúnde, con hijos modosos y una esposa poco puta, así como mi madre. Mirar a Miguel me decía que yo estaba tranquilo y era hombre, que este café, negro como un espejo, estaba justamente amargo, bien a pesar de que no hubiera venido Azucena, a pesar de que en vez de ella (junto con la posibilidad difícil pero seductora de desvestirla) sólo viniera un amigo de ella, incluso cuando muy probablemente lo que él quería no era precisamente ayudarme a desvestirla, en cambio desvestirme a mí. Quiero decir que mirar a Miguel en los ojos, todavía con el gigantesco desaliento que me causaba, me permitía pensar con cabalidad, dilapidar cánones, me permitía dilucidar lo estricto de lo estrecho, lo amplio de lo dilatado, hacer deslindes entre política y pasión, casi discurrir como un conquistador por el espacio sonoro, acústico del café. Pero aún así, a pesar de este sosiego en el que Miguel me inducía, y muy a pesar de no estar pasándola nada mal con él, no entendía el cometido de todo. ¿Qué mierda estábamos haciendo los dos solos aquí?

10 minutos después decidimos pagar la cuenta y nos paramos. Él tomo la puerta metálica para que yo pudiera pasar a la calle primero y el viento entró rugiendo mientras cruzaba el umbral. Se me revolvieron los pelos. Me sentí de pronto una dama, perfecta y coqueta. Y no puedo decir que me disgustó sentirme una dama. En cualquier caso era mucho mejor ser una dama con los pelos revueltos que ser lo que era la mayoría de las noches como esta. Salimos y caminamos rápidamente por la vereda mientras él hacía chistes y yo miraba los árboles, los verdes árboles de la noche y el tiempo que vivíamos, árboles fantoches que debían estar riéndose al mirarme pasar: una dama excelentísima, walking around. Yo los escuchaba poco, también escuchaba poco a Miguel. No pensaba en lo que me decía, en cambio miraba derecho: pensaba en la calzada gris rata, rajada por las raíces de los árboles fantoches, pensaba en los autos que pasaban, en la tragedia humeante que era nuestro parque automotor. Pensaba en todo el futuro, abriéndose como una red endemoniada, como la raíz de un árbol fuera del control de todos, de mí, de Azucena y de cualquier Presidente de los Estados Unidos de América. Pensaba en todo el pasado al mismo tiempo, duro y salomónico e incapaz de perdonarme. Y así yo iba ido y él siguió hablando y yo seguí junto a él, siempre completamente ido pero sorteando a los vendedores ambulantes y a los niños que nos pedían propinas con genial pericia, con la gracia generosa y apocopada que quiero sospecharle, hoy tan lejos y con referencias históricas seguramente tan sesgadas, a María Antonieta. Lo que es decir que en ese momento yo fui exacta y perfectamente María Antonieta, y que él fue mi Marlon Brando, que cruzamos raudamente la avenida sobre la que estaba el café, iluminados por las lámparas de los restaurantes (uno suizo, uno israelí, uno italiano, uno chino) mientras brillábamos y sonreíamos y cuando acaso algún taxista de moral moderna envidió nuestro amor flagrante. Del otro lado, al llegar a la esquina, tomamos una calle transversal y caminamos en dirección al sur entre los casinos. Seguimos así alrededor de 30 minutos. Mientras la avenida se volvía cada vez más oscura, se velaba cubierta por edificios angostísimos y toldos rectangulares que penetraban la avenida desde terrazas repletas de recipientes y helechos. Llegamos a una plazoleta inclinada. Después de cruzarla, esquivando el monumento a Bolívar que se apostaba al centro como si fuera un pequeño campo minado, tomamos un pasaje que descendía hacia el acantilado. Estaba bordeado por casas distintamente construidas. Desde fachadas afrancesadas hasta pulcras fachadas mínimas, había una diversidad tal que parecía un catálogo estrambótico de la arquitectura europea del siglo XX. El pasaje desembocaba finalmente en el malecón. Entonces tomamos el malecón otra vez hacia el sur y al cabo de un rato alcanzamos una pequeña redondela. Tras dar un tercio de giro, en diagonal hacia abajo y hacia el acantilado, bajamos por un camino empedrado que se ahondaba después de unos segundos en una quebrada muy angosta. Bajo un puente de caña seguimos el camino hasta que alcanzamos un descanso rodeado por los acantilados. Frente a los ojos, el mar se exponía como una garganta exhalando salmuera sobre nosotros. Era el límite de la ciudad. Allí me senté sobre un poyo de cemento.

Él se despabiló con una risa distendida, rápidamente abrió su mochila, sacó un aparato desproporcionado y telescópico. Para la primera foto se detuvo a 15 metros de mí, mirándome con ojos profesionales. ¡Flash! Yo quise sonreír como la hermosa Farah Fawcett en ropa de baño (mucho antes de su enfermedad). En la segunda foto se puso en cuclillas a 8 metros de mí. ¡Flash! Yo quise sonreír como Farah Fawcett en un vestido de gala (durante su enfermedad). En la tercera, cuarta y hasta la décima foto, Miguel hizo un giro amplio, trazó medio círculo, trasuntó un hemisferio, lo giró desde la imagen frontal de mis ojos hasta el perfil muy próximo de mi quijada incrédula. ¡Flash! Berlusconi en una pool party, cien mujeres calatas rodeándolo y cámaras de televisión. ¡Flash! Bob Marley, reducido y alegre, fumando un porro en un espacio extrañamente oscuro. ¡Flash! Megan Fox desvistiendo a la humanidad entera con los ojos. ¡Flash! Philip Roth dando una conferencia, hablando barbaridades de la literatura sudamericana. ¡Flash! Steven Spielberg, pelucón, muerto en una esquina de Munich. ¡Flash! La Kirchner cruzada de piernas, mira el cielo, se abanica y habla maravillas del futuro. ¡Flash! Yo mismo, durmiendo una siesta en un piso en Barcelona.

No puedo decir que entendía lo que sucedía mientras Miguel hacía de las suyas. No puedo aseverar tampoco que él lo hiciera, pues trastabillaba mientras avanzaba hacia mí, murmuraba indiscutibles incoherencias y parecía volver a transpirar. No puedo aseverar que entonces me sentí cómodo, incómodo, comprendido, sucinto, expatriado, circunscrito, desparramado, ambivalente o tenaz. No puedo aseverar qué demonios trajo a mí esa vorágine que sentí, ese agujero negro y megalómano que enzarzó mi ánimo y que me permitió, por 45 o 60 segundos de gloria celeste, volverme la versión masculina de Kate Moss. No puedo aseverar absolutamente nada. Quizás puedo sugerir que pensaba en la conversación que habíamos tenido, en sus inflexiones frívolas y en las gracias que me había causado la estupidez indescifrable y consistente de Miguel. Quizás puedo aceptar que Miguel había logrado confundirme, que había sacado la diva de mi corazón y que yo, en ese precioso instante, lo admiraba por eso.

Tras la décima foto Miguel se había sentado a mi lado. Se acercó mucho y en ese momento lo interrumpí, detuve su mano que se aproximaba asiéndola con la mía que temblaba, un poco nerviosa. Le dije Miguel, me gustan las chicas. Entonces lo solté y me eché hacia atrás, levantando las piernas sobre el poyo, junto a mis muslos, de tal modo que formaran un escudo contra él. Él se estiró, volvió a alcanzar mi mano y puso en ella la cámara de fotos. Sonso me dijo. Se río: sólo vamos a tomar unas fotos.

Una fotografía lustrosa del puente de los baños. Una fotografía de un anciano que cruza el puente y lleva una gorra de caña. Tiene el mostacho azabache y descomunal. Una fotografía de los restaurantes en lo alto del acantilado, iluminados y radiantes: fucsias, capulíes, verdes, azulinos. Una fotografía del ángulo agudo de las lozas del muro chato que separa el camino del acantilado, extendidas hasta el quiebre del camino. Un tobogán de piedra. Una fotografía de las pálidas nubes contra el éter azul, como leche diluida derramada sobre un hielo profundo. Una fotografía del mar: una fotografía de un útero plástico fecundado con pequeñas semillas de jebe y miles o millones de imaginaciones. Una fotografía de dos amantes que caminan, se separan miles de centímetros, vuelven a caminar juntos y cruzan la pista. Una fotografía de un camión ciertamente misterioso que lleva redes de pescar. Infringe 30 reglas de tránsito. Una fotografía de las pequeñas tiendas de los pescadores clausuradas por la SUNAT. Una fotografía de la playa, de la luz de la ciudad plateándola por la espalda, confundiéndola, sugiriendo que el hombre pequeño que la cruza no es un simple y miserable hombre descalzo. Es Neil Armstrong, un poco encorvado. Una fotografía magnífica de la urdimbre de una estera. Una fotografía obscura, apenas discernible en ella la forma de las sombras: la espuma, un espigón, el reflejo líquido del rompiente. Una fotografía desenfocada de la noche. Una fotografía del sueño mismo, aparecido, personificado en una mujer idéntica a Liv Tyler y vestida de blanco que viene hacia nosotros caminando desde el mar, gritando palabras ininteligibles. Habla el idioma ancestral de las sirenas. Una sencilla pero franca fotografía del abismo.

Yuxtaposición

Publicado en Uncategorized por Juan Sahumerio en 14 Septiembre 2009

Ella me cogió la mano y yo quiero decir que lo recuerdo bien. No lo recuerdo bien. Incluso puede no haber sucedido. Mi cassette es volátil, mi cassette es bastante frágil. Incluso mi cassette es particularmente creativo, bruto, propenso a la mentira. Pero aún así recuerdo, creo recordar que ella me cogió la mano y que entonces yo me sentí efectivamente en cuarto de primaria. Había pensado en aquella costumbre que solía tener en cuarto de primaria: cómo solía agarrar un cassette viejo (digamos que uno de Roxette o uno de los New Kids On The Block), sostenerlo por la cinta magnética, marrón oscura, un poco ocre, soltarlo por la ventana dejando que cayera en la pista y rebotara y se fuera estirando así la cinta, alejándose el cassette hasta quedar toda ella fuera del cuerpecito de plástico donde antes se enrollaba, alargándose hasta dejar 50 metros de cinta colgando detrás, enganchada por un lado a uno de mis dedos y por el otro la cinta extendida como una cola detrás del carro, oscilando y brincando por toda la Javier Prado. Estaba pensando en eso –al mismo tiempo en mi cassette metafórico y en los cassettes tangibles que utilizaba para arrastrar detrás de los autos cuando tenía 10 años– cuando pensé que podría no recordar esto después. Pensé incluso que debía ser mentira, que esta realidad era demasiado pobre. Porque debimos haber estado por lo menos besándonos y era lo que yo habría querido y no lo había intentado porque sabía que ella no podía, que no habría podido, y entonces no había hecho nada más que permanecer sentado, más que ver la noche azul pasar por la ventana del taxi, más que fabular sobre cassettes de plástico y la memoria –que es tan frágil– mientras cruzábamos Barranco, después un poco de Miraflores. Y entonces en un momento que ahora es como una nube incierta de polvo, cálida temperatura y deseo –como el contenido de un cassette que va colgando detrás de un auto en la Javier Prado cuando tienes diez años y ya los has arrastrado feliz durante 8 cuadras, hasta que de pronto la cinta magnética se rompe y lo pierdes para siempre– ella extendió su mano tímidamente hasta la mía, la cogió y la colocó, envuelta todavía en la suya, junto a su pierna. Quizás no es cierto, pero así es como lo recuerdo.